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Siglo XIX > 1850-1859 > 1852

Digna y patriótica respuesta del presidente arista.
Palacio Nacional, México, abril 15 de 1852.

Excmo. Sr. don Millard Fillmore
Presidente de los Estados Unidos de América

Muy señor mío:

He recibido con particular satisfacción la estimada carta de V. E., fecha 19 de marzo anterior, en que haciendo una reseña de las dificultades que, por el momento, parecen amagar con la perturbación de la amistad que mantienen México y los Estados Unidos, manifiesta V. E. los más vivos deseos de removerlas, excitándome a que contribuya en la parte que me toca al logro de un intento tan conveniente para ambos países.

V. E. debe estar seguro de que mis sentimientos y los de toda la Nación, están perfectamente de acuerdo con los suyos y que, obrando en este sentido, nada absolutamente se ha perdonado para quitar todo motivo u ocasión de un conflicto, no quedando ciertamente por México el que a esta hora no estuvieran ya transigidas, con grandes ventajas de los Estados Unidos, las lamentables diferencias que se han suscitado.

De las que V. E. señala en su apreciable carta no existe, ni ha existido, la que ciertamente podría producir una verdadera dificultad entre ambas repúblicas, pues México siempre ha estado dispuesto a consentir en la apertura de la vía de comunicación por el Istmo de Tehuantepec para el libre y franco comercio de todo el mundo, estando en esta parte de acuerdo, enteramente, con las ideas y principios manifestados por V. E. en su último mensaje a las Cámaras.

Así lo ha asegurado este gobierno en todos sus actos oficiales y la explícita y plena confirmación de tales sentimientos las habrá visto V. E. en el proyecto de convenio que el ministro de Relaciones presentó el día 3 del último enero al ministro plenipotenciario de esa República, en sustitución del Tratado entonces pendiente, que presentaba insuperables dificultades para su aprobación.

En fin, ese mismo sentimiento existe, aún después de haber sido desechado el uno por el señor Letcher y reprobado el otro por el Congreso, pues ayer se ha presentado en la Cámara de Diputados un proyecto de ley imponiendo al gobierno la obligación de proceder inmediatamente a abrir la vía de comunicación por Tehuantepec, empleando al efecto los medios que juzgue convenientes y asequibles.

Estos hechos, consignados en documentos auténticos, prueban de una manera irrefragable que México, lejos de oponerse a la ejecución de la grande obra, la facilita hasta donde le es posible, y que, por lo mismo, no hay ni puede haber tan justo motivo de disgusto entre él y los Estados Unidos.

Pero, al lado de aquella pretendida dificultad, se presenta una que sí lo es verdaderamente y no por sus méritos intrínsecos, sino por las circunstancias particulares que la acompañan.

Éstas se encuentran en las pretensiones formadas por los agentes de la compañía de Nueva Orleáns empeñados, según parece, en efectuar la apertura de la vía de comunicación, precisamente bajo la protección del privilegio otorgado a don José Garay.

Esta pretensión que el señor Letcher se ha creído obligado a defender inflexiblemente, ha causado la total desgracia de las negociaciones entabladas, porque cerraba todas las puertas para llegar a tan prudente avenimiento; ella era incompatible con el decreto del Congreso que habla declarado insubsistente el privilegio de Garay, por la nulidad de su prórroga y, bajo tal precedente, o no era posible celebrar el convenio que se quería o si se celebraba contra su disposición, nada se habría conseguido, porque el Congreso estaba resuelto a reprobarlo.

Tomando en cuenta este estado de cosas y deseando sinceramente remover los obstáculos que él oponía a la comunicación interoceánica y a la consolidación de la amistad de ambas repúblicas, se le propuso, con las más vivas instancias, que abandonara las pretensiones de Garay y excitara a los agentes de la compañía de Nueva Orleáns para que se entendieran directamente con el gobierno de México, asegurándole que no había repugnancia para tratar, como se ha supuesto malignamente, con los ciudadanos de los Estados Unidos, por odio a su origen.

Este medio era equitativo, era decoroso y eficaz, teniendo además la virtud de evadir todas las dificultades, con positivo beneficio de los empresarios.

El señor Letcher pareció adoptarlo y aun aseguró la venida del señor Benjamin con aquel intento; sin embargo, no llegó a verificarse y, corriendo así inútilmente el tiempo, llegó al fin el momento en que su excelencia, con general sorpresa y sentimiento, hizo saber inopinadamente al ministro de Relaciones, que había recibido instrucciones precisas de V. E. para dar por concluida la negociación, exigiendo perentoriamente la aprobación del convenio de 25 de enero de 1851, sin admitir ninguna de las modificaciones propuestas por el Gobierno mexicano.

El pormenor de estos sucesos, justificado con la correspondencia oficial, lo sabrá V. E. por el señor don Manuel Larraínzar, ministro plenipotenciario de esta República, que ha salido ya para darle todas las explicaciones que demanda el caso, con las seguridades de la perfecta disposición en que se encuentra México para mantener sus buenas relaciones con los Estados Unidos.

El ultimátum presentado por el señor Letcher es un suceso que ha llamado fuertemente la atención y predispuesto los ánimos, por el agravio que se hace a México, negándole en la práctica lo que se le concede en la teoría; conviene a saber, el derecho de aprobar o reprobar libremente el Tratado y más cuando de él ha usado V. E. en el mismo negocio reprobando el ajustado en 22 de junio de 1850.

Pero lo que no se comprende absolutamente es, cómo siendo el interés principal el de la compañía de Nueva Orleáns y facilitándole el gobierno de México todos los medios equitativos y prudentes para conciliarlo, con menores sacrificios suyos y sin el inconveniente de poner en choque a dos naciones amigas, se han rehusado sus propuestas, prefiriendo apoyarse en el privilegio de Garay que presenta dificultades insuperables y contingencias de todo género.

Al ver este empeño, tan incomprensible, de preferir lo impracticable a lo fácil y lo gravoso a lo cómodo, podría creerse que lo que particularmente se buscaba era una ocasión para poner en conflicto a los dos países y que, con este intento, se exigía de México lo que ya se sabía no podía ni estaba dispuesto a otorgar.

Aquí, señor Presidente, hay un secreto o un misterio que el tiempo aclarará y que hoy es enteramente desconocido a los jefes de ambas repúblicas, pues no dudo que en V. E. hará la fuerte impresión que causa en mi ánimo ver que se prefieran los peligros a las facilidades y que se sacrifiquen los intereses positivos de la compañía a un ente de razón y a un derecho, tan caduco como el de Garay, a la vez que México le ha brindado con otro que nadie puede disputarle.

Pero, en todo este desgraciado negocio hay algo más funesto que un misterio, hay equivocaciones que cuidadosamente se han propagado para ofuscar la mente y sojuzgar la razón del pueblo y del gobierno de los Estados Unidos.

Los primeros ataques, como era natural, se dirigieron a V. E. para persuadirlo de la justicia de Garay y de la legitimidad de la transmisión hecha a la compañía que hoy reclama sus derechos.

Para conseguirlo no han excusado medios y los que emplearon fueron el engaño y la difamación: con el primero aspiraban a conquistar la respetable protección del gobierno de los Estados Unidos y con el segundo arrebatar a México la estimación y las simpatías del mundo, presentándolo como una nación pérfida que faltaba a su palabra y a sus compromisos.

Estos, señor Presidente, han sido los medios puestos en acción por los que, especulando con la buena fe del gobierno y del pueblo de los Estados Unidos, han querido abrigar con su manto una simple y privada negociación.

La fiel historia del negocio, sacada de sus fuentes originales y comprobada con documentos irrefragables, se encuentra en la adjunta memoria del ministro de Relaciones, cuya lectura recomiendo a la sabiduría, a la probidad y a la conciencia de V. E.

En ella lo encontrará todo, absolutamente todo, pues no se ha omitido ni desfigurado ninguno de los hechos; la verdad aparece en toda en simplicidad y desnudez, probando, en cada página, que si hay algún motivo de queja, ésta solo puede formarse por México que ha sido víctima hasta de atropellamientos que ofendían su carácter y derechos.

Vuelvo, pues, a decir que la recomiendo a la conciencia del primer magistrado de la nación a quien toca decidir irrevocablemente sobre la conservación de su amistad con México, para que, leyéndola sin prevenciones, escudriñe al cerrar su última hoja si sus convicciones son las mismas que antes de leerla.

Ambos hemos de responder a Dios y al mundo del uso del poder depositado en nuestras manos.

Aunque el juicio que deba formarse del asunto lo he querido dejar exclusivamente a la recta razón de V. E., instruida por aquel documento, creo necesario llamar su atención sobre otro punto, para destruir el influjo de cierta prevención que encontraría eco en sus próvidos y generosos sentimientos.

V. E. me hace sentir la necesidad, en que lo coloca su puesto, de defender los intereses de sus ciudadanos donde quiera que se encuentren, presentándomela como la ocasión que podía arrastrar a ambos países a un conflicto, por la protección debida a la compañía de Nueva Orleáns.

Comprendo perfectamente la posición de V. E.; mas también descubro en sus convicciones el influjo del desleal sistema de que antes me quejaba y mediante el cual se ha inducido en error al pueblo y al gobierno de los Estados Unidos.

Yo ruego a V. E. que fije particularmente su atención en los pasajes anotados en la Memoria adjunta a las páginas 13 y 26, porque allí verá que tal dificultad no existe ni puede existir, puesto que los empresarios de la vía de comunicación han debido renunciar expresamente su nacionalidad y la protección del gobierno de los Estados Unidos y de cualquiera otra potencia extranjera, como condición sine qua non para adquirir sus derechos.

Si ellos no quieren renunciarla, entonces tampoco han podido ni pueden adquirir legítimamente la concesión de Garay y, no adquiriéndola, falta la base única que podía autorizar la intervención de su gobierno.

No dudo que, tomando en su seria consideración estas sencillas reflexiones, se persuadirá de que el motivo del temido conflicto queda enteramente descartado y V. E. en entera libertad para seguir el impulso de sus justos y elevados sentimientos.

Todo lo que salga de esta línea sería crear dificultades que repugnan la justicia y la propia conveniencia de las dos repúblicas.

Antes he expuesto cuáles son los sentimientos del gobierno de México, respecto de mi apertura del camino de Tehuantepec y de su buena disposición para tratar con los empresarios, cualesquiera que sean.

La empresa se llevará al cabo y, si en ella no toman parte los que se manifiestan más interesados, será porque no lo quieran o porque en el negocio se atraviesen otra clase de privados intereses, que seguramente no encontrarán protección con perjuicio del intento principal, ni menos cuando ellos aventuran la paz, quietud y bienestar de dos pueblos amigos.

Las ocasiones que el gobierno de México ha presentado para conciliar estos intereses han sido numerosas, plegándose hasta donde podía hacerlo sin comprometer los de la nación y su propio decoro.

Sus esfuerzos han sido infructuosos y V. E. podrá convencerse de ello por sí mismo, si se hace presentar toda la correspondencia seguida sobre este asunto con la Legación americana, que el enviado de México explanará conforme a sus instrucciones.

En los últimos días el señor ministro de los Estados Unidos ha cambiado la faz de los negocios por dejarse arrastrar de su disgusto, hasta el punto de ofender gravemente en sus notas al ministro de Relaciones.

Esto lo hizo en la misma en que pedía que el Tratado se sometiera a la resolución del Congreso y la fuerte impresión que produjo en los ánimos, no, influyó poco en el desagradable éxito del negocio.

Después ha repetido otras notas del propio carácter, que se han dejado de contar cual lo requerían, para no agriar los ánimos, tomándose al fin la resolución de invitar al señor Letcher a suspender la correspondencia sobre este asunto, defiriéndolo al conocimiento de su gobierno.

Esta medida, aconsejada por la prudencia, no excluye, en manera alguna, las pláticas de paz y de avenimiento, sino únicamente la persona con quien deban tenerse, por las dificultades de llegar con ella al término pacifico y amistoso a que se aspira.

V. E. vera, pues, que México está perfectamente dispuesto a otorgar cuanto sea justo y que otorga lo que quizá resistiría cualquiera nación, a trueque de salvar su paz interior y la buena correspondencia con sus amigos.

Pero V. E. sabe que hay ciertos límites que no se pueden traspasar sin perder aún el derecho a la estimación pública y en esta vilipendiosa condición se colocaría la República accediendo a injustas y desmesuradas pretensiones.

Ellas exigen, como primicias, el sacrificio de su dignidad y el de las prerrogativas que goza como Nación, para ponerlas a los pies de uno de sus súbditos que, conculcando los deberes que le imponía su Patria, la ha arrastrado al peligro en que se encuentra.

Anoche recibí la carta de V. E. y aunque el señor Letcher me ha manifestado que esperaría el vapor tres o cuatro días, he querido adelantar su contestación con el deseo de que llegue más pronto a su destino, para prevenir así las desagradables impresiones que debe producir la noticia de la reprobación del Tratado, verificada el día 7 del corriente.

Si a la salida del vapor hubiere ocurrido algún suceso que merezca fijar la atención, repetiré mis letras, poniéndoles ahora fin con las seguridades que ofrezco a V. E. de la sincera estimación que le profesa su afectísimo amigo y seguro servidor.

Mariano Arista

Fuente:

Benito Juárez. Documentos, Discursos y Correspondencia. Selección y notas de Jorge L. Tamayo. Edición digital coordinada por Héctor Cuauhtémoc Hernández Silva. Versión electrónica para su consulta: Aurelio López López. CD editado por la Universidad Autónoma Metropolitana Azcapotzalco. Primera edición electrónica. México, 2006.