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Siglo XIX > 1850-1859 > 1850

El ministro Letcher informa de la rotunda negativa del gobierno del Gral. José Joaquín de Herrera.
México, octubre 22 de 1850.

Sr. Daniel Webster
(Secretario de Estado)

Señor:

El día siguiente por la mañana al de haber tenido el honor de recibir el despacho de usted de 24 de agosto, número 42 –hace 12 días–, sometí a la consideración del ministro de Relaciones Exteriores las varias alteraciones que usted desea hacer al Tratado de Tehuantepec, expresando al mismo tiempo mi esperanza de que su excelencia no tuviese dificultad en dar su consentimiento a cada una y a todas ellas.

En contestación me dijo que su gobierno había sido, severa y vergonzosamente criticado por haber convenido en el Tratado como se halla ahora; que sentía decir que estaba muy lejos de ser popular en su país; que él mismo había sido denunciado como un vil traidor por la parte que había tomado en él; pero que, sin embargo, estaba resuelto, sin temer las consecuencias, a hacer cuanto pudiera para llevar a cabo, de buena fe, una medida de tanta importancia para ambas Repúblicas.

Después de haber mirado las modificaciones ligeramente, objetó del modo más positivo y decidido, la que se propone al artículo 4°, añadiendo después de México, o los Estados Unidos, “señor, me dijo, es absolutamente imposible que México consienta en esa modificación bajo ningunas circunstancias”.

También objetó en términos igualmente fuertes, la modificación propuesta al artículo 11° en las siguientes palabras, y del Gobierno de los Estados Unidos.

Le supliqué que no diese su opinión hasta que hubiese reflexionado con calma, en lo que consintió ofreciéndome pasar el día siguiente, que era domingo, a mi casa, para que discutiésemos sobre el asunto todo con calma y lo considerásemos con detención.

Se presentó, en efecto, temprano en la mañana siguiente, acompañado del ministro de Hacienda.

Inmediatamente después de almorzar, cada modificación se revisó por su orden y discutimos hasta las tres de la tarde.

Primeramente propusieron que se cambiaran las siguientes palabras del preámbulo, de ciudadanos de los Estados Unidos.

Se propuso omitir estas palabras y reemplazarlas con las siguientes: de los poseedores legales del privilegio.

La discusión duró algún tiempo sobre este punto, siendo bastante animada y acalorada por mi parte.

No sé si lograremos hacer la variación bajo la forma que actualmente se halla.

Todos los argumentos, persuasiones, sugestiones y esfuerzos que pude emplear, no fueron suficientes para hacer que el ministro abandonase el terreno que había ocupado el día anterior, en oposición a la modificación de los artículos 4° y 11°.

Convino en adoptar las demás como se hallan y consintió en reflexionar otra noche sobre las que les parecían tan altamente inadmisibles.

La mañana siguiente me presenté a la hora señalada y su excelencia me informó inmediatamente de que, después de haber reflexionado profundamente, no le era posible cambiar la opinión que ya había expresado y que sentía infinito tener que decírmelo.

Discutimos una hora. Sostuvo sus objeciones obstinada y fuertemente.

Yo me tomé la libertad de decirle claramente que, ni sus razones, ni sus opiniones me satisfacían y que, por consiguiente, pedía que se me escuchase ante el Presidente y el gabinete sobre los puntos en cuestión.

Convino en ello gustosamente y, con permiso del Presidente, se fijaron las 11 del día siguiente para la discusión.

A la hora señalada encontré al Presidente y al gabinete que aguardaban.

Me recibieron cordialmente y me escucharon con la mayor atención y respeto durante hora y media y, al despedirme, se me aseguró de un modo muy atento, que se convendría en lo que yo solicitara hasta donde fuera posible.

Dos noches después de esta entrevista, parece que se reunió el gabinete, de las seis a las diez, para decidir sobre los puntos discutidos.

Entiendo que asistieron a esta junta ocho o diez de los principales miembros de ambas Cámaras y siento, infinito tener que decir a usted que después de mucha discusión, las dos modificaciones en cuestión fueron unánimemente desechadas.

El ministro de Relaciones me comunicó el resultado al día siguiente –hace cinco días–, en sustancia con las palabras siguientes:

"Apenas tengo corazón y valor para hacer saber a usted la decisión que se acordó anoche por el Presidente y todo el gabinete. Lo siente el Presidente, lo sienten todos los miembros del gabinete, y yo, especialmente, siento tener que informar a usted de que, a pesar de los mayores deseos que México tiene de mantener las más estrechas relaciones con los Estados Unidos, le es imposible convenir en las dos modificaciones del Tratado en que usted ha insistido con tanto ardor”.

Después de haber cambiado unas cuantas palabras me despedí.

Parece que los principales argumentos presentados contra las modificaciones en cuestión son los siguientes:

Primero.– Que violan la soberanía, el honor y la dignidad de México, a la vez que abaten su orgullo nacional.

Segundo.– El adoptarlos sería de una vez paralizar, deshonrar y, en una palabra, echar abajo la actual administración.

Tercero.– Que un Tratado con semejantes estipulaciones sería desechado por el Congreso mexicano, probablemente sin un solo voto en su favor y que, por consiguiente, no sería de ninguna utilidad para los Estados Unidos, a la vez que sería la ruina del partido que se halla en el poder.

Debo decir que después de aquella final resolución, el Presidente y cada uno de los miembros de su gabinete, han demostrado un vivo anhelo porque a usted no cause el menor disgusto este resultado.

El general Arista, que es el alma del gobierno, está muy inquieto.

Casi todos los días recibo recado de algunos de los miembros del gabinete expresando su sentimiento y deseando que yo no esté descontento.

La única contestación que he dado es que México ha cometido un gran error.

También es conveniente añadir que, durante las varias discusiones habidas sobre los dos puntos en cuestión, me aproveché de una oportunidad para decir que, en caso de que México rehusase entrar en un tratado justo para la protección de la empresa, mi gobierno, por la justicia que debía a sus ciudadanos, que habían invertido sumas considerables en la empresa, estaba resuelto a tomar el negocio por su cuenta.

La contestación fue en sustancia la siguiente:

"El gobierno de usted es fuerte; el nuestro es débil: ustedes tienen poder para apropiarse cualquiera parte de nuestro territorio, o todo si les agrada; no tenemos medios –faculty– para resistir.

Hemos hecho cuanto nos ha sido posible, para contentar a su país, y complacer a usted personalmente.

No podemos hacer más.

La política, así como el deseo de México, es mantener con los Estados Unidos las relaciones más amistosas; no podemos conceder lo, que se nos exige.

Si Mr. Webster conociese nuestra verdadera posición, si conociese lo precario de los medios con que nos mantenemos en el poder, la violencia y la fuerza de la oposición, el espíritu refractario de los Estados y las preocupaciones peculiares del pueblo, no exigiría ciertamente tales condiciones”.

He dado a usted todos estos pormenores para que por ellos pueda conocer el terreno.

. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .

Una palabra más.

Acabo de tener el honor de recibir un recado de parte del general Arista, suplicándole diga a usted que él espera ser el futuro Presidente de esta República y que, en tal caso, no debe usted temer se rehúse que los Estados Unidos faciliten la fuerza necesaria para proteger la obra, si se concluye el Tratado.

Se procurará, dice, que usted quede enteramente satisfecho.

Se indicó, durante la negociación, el deseo, por parte de México, de nombrar dos agentes en lugar de uno, para que residiesen en la línea de la obra.

No quise ocuparme de semejante indicación y nada más se dijo sobre el particular.

Robert P. Letcher
(Ministro de Estados Unidos)

Fuente:

Benito Juárez. Documentos, Discursos y Correspondencia. Selección y notas de Jorge L. Tamayo. Edición digital coordinada por Héctor Cuauhtémoc Hernández Silva. Versión electrónica para su consulta: Aurelio López López. CD editado por la Universidad Autónoma Metropolitana Azcapotzalco. Primera edición electrónica. México, 2006.