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Siglo XIX > 1840-1849 > 1849

Prevé la separación de la iglesia y el estado.
Apróx. septiembre de 1849.

El pensamiento de fundar un Hospicio de Pobres en Oaxaca, se debe al filántropo don Pedro José de la Vega, hijo de esta ciudad, quien el 15 de enero de 1818, confirió poder ante el escribano público, don Francisco Mariscal, a su esposa doña Francisca Varela y a los señores don José María de la Vega y don Francisco Ramírez para testar por él, nombrando a los tres en el mismo orden sus albaceas.

No habiendo tenido efecto este testamento, el 9 de enero de 1828, ante el mismo escribano nombró en lugar de los albaceas segundo y tercero a don Joaquín María Casas, quedando firme el de su esposa.

Habiendo muerto el señor Vega el día 12 de septiembre de 1828, la viuda doña Francisca Varela, cumpliendo con la voluntad del finado, escrituró el 11 de noviembre de 1831 ante el escribano público don José Ignacio Salgado, el capital de $89,290.81 para fundar el referido Hospicio y nombró patrono de la fundación al obispo de Oaxaca y, en su defecto, al que gobernase la diócesis en su nombre o por sede vacante.

La señora Varela puso desde luego el capital en manos del cabildo eclesiástico, quien lo comenzó a administrar e invirtió algunas sumas, pero de los réditos, en auxilio de los hospitales de San Cosme y San Juan de Dios y en limosnas a los pobres.

Electo obispo de Oaxaca el señor don Antonio Mantecón y tomado posesión de su mitra el 6 de julio de 1844, pasó luego el capital de la fundación a ser administrado por él.

Este señor lo mismo que el cabildo eclesiástico, enervaron el establecimiento del Hospicio, y dando diversa inversión a dicho capital, comenzó a murmurarse de su conducta.

Esto pasaba en 1849, época en que el señor licenciado Benito Juárez era gobernador de Oaxaca.

Conociendo este gobernante el mal estado en que la beneficencia se encontraba a causa de las continuas revoluciones que agitaban al país, excitó primero al ayuntamiento a mejorar las condiciones del Hospital de Belén y, conseguido el objeto, fijó después su atención en el establecimiento del Hospicio con el laudable fin de dar a los pobres el abrigo y auxilios que reclamaba su calamitosa situación.

Haciendo la sociedad inculpaciones al gobierno de la mala inversión que se daba a la obra pía del benefactor Vega, de que no se ponía de acuerdo con el diocesano para dar cumplimiento a la fundación de la Casa de Asilo, comisionó al señor licenciado don Manuel Ruiz, que era el secretario de su gobierno, para que en su representación pasara a conferenciar con el señor Mantecón acerca del negocio y conseguir, si era posible, el pronto establecimiento del Hospicio.

El señor Ruiz, en cumplimiento de su comisión, pasó a ver al señor obispo, y recibido por éste le expuso: que deseando el gobierno que la fundación del Hospicio de la Vega no fuera una utopía, le suplicaba se sirviese informarle, si estaba dispuesto a establecerlo, para en su caso ayudarlo con los elementos de que disponía.

El señor Mantecón dijo al señor Ruiz con cierto desdén estas palabras:

“Diga usted señor secretario al señor gobernador que no mueva este negocio”.

Ruiz que no esperaba tal contestación instó al señor obispo sobre la necesidad de tratar de él, no sólo por exigirlo así los deberes del Estado, sino porque era urgente darle una solución para satisfacer al pueblo que tan mal glosaba la conducta tanto de la mitra como del gobierno, que no se insinuaba con ella.

Entonces el obispo citó a Ruiz para después, señalándole día y hora en que debían verse.

Llegado el día, Ruiz se presentó en el palacio episcopal y no fue recibido por el Obispo; el día siguiente ejecutó la misma operación y no consiguió audiencia.

Enojado Ruiz con esta repulsa dejó al secretario de la mitra el siguiente recabo.

“Sírvase usted decir al señor obispo que he venido a buscarle dos veces; que tenga en cuenta que traigo la representación del gobierno y no la mía particular y que mañana volveré a esta hora para hacerme entender”.

A las once de la mañana del día siguiente se presentó Ruiz en el palacio episcopal con los señores regidor don Juan Nepomuceno Almogabar, y síndico del ayuntamiento don Manuel Dublán, y mandó anunciarse.

El obispo Mantecón lo recibió en el acto.

“Recibí -le dijo-, un recado de usted poco comedido y precisamente él me obliga a contestarlo, manifestándole: que no reconozco en el “yopito” que gobierna Oaxaca, autoridad superior a la mía, y como consecuencia, no puedo ni debo tratar con él ni con su representante, el asunto que nos entrevista”.

Ruiz, con la entereza que lo caracterizaba, replicó así al señor Mantecón:

“El que ha estado poco comedido con el representante del gobierno oaxaqueño es usted que ha dado muestras del poco respeto que le tiene” y se retiró.

Dada cuenta a Juárez con el resultado de este negocio, dirigió al obispo el siguiente recado:

“Comprendo bien, padre obispo, que la fundación del Hospicio no se llevará a efecto porque el clero no soltará de sus manos los fondos que dejó el benefactor; pero sepa usted que si hoy aprovecha la preocupación religiosa, que le da superioridad, llegará un día en que esa ficticia superioridad de que hace usted alarde para despreciar al gobierno, quede para siempre bajo la férula del poder civil que es como debe estar.

Dios dé vida a usted para que lo vea, y a mí para que se lo haga notar”.

El señor Mantecón no alcanzó a ver la realización del pronóstico por haber muerto el 11 de febrero de 1852.

Manuel Martínez Gracida

Es copia fiel de su original.

Oaxaca, Oaxaca, marzo 12 de 1956.

Ramón Arjona Villafañe

Fuente:

Benito Juárez. Documentos, Discursos y Correspondencia. Selección y notas de Jorge L. Tamayo. Edición digital coordinada por Héctor Cuauhtémoc Hernández Silva. Versión electrónica para su consulta: Aurelio López López. CD editado por la Universidad Autónoma Metropolitana Azcapotzalco. Primera edición electrónica. México, 2006.

Notas:

(1) No obstante que no se trata de un documento sino de un relato posterior, pero que caracteriza la actitud de Juárez frente al clero de respeto y consideración, pero de exigencia al cumplimiento de obligaciones contraídas, reproducimos esta narración de firma de un distinguido historiador oaxaqueño de la segunda mitad del siglo pasado: Manuel Martínez Gracida. El original no fue publicado y se conoció por la copia que reproducimos, tomada de un periódico contemporáneo de la ciudad de Oaxaca.