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Siglo XIX > 1840-1849 > 1849

No hay hostilidad hacia los estadunidenses; la cancelación sería un acto de soberanía.
Palacio Nacional. México, julio 11 de 1849.

Al Excmo. Sr. don Nathan Clifford.
(Ministro de los Estados Unidos)

El infrascrito, ministro de Relaciones Exteriores de México, ha tenido el honor de recibir una nota fecha 21 de junio último del excelentísimo señor Nathan Clifford, ministro plenipotenciario de los Estados Unidos del Norte de América, en que su excelencia se ha servido manifestarle que tiene instrucciones del gobierno de Washington para expresar al de México, que, habiendo tomado o estando para tomar parte algunos ciudadanos de los Estados Unidos del Norte, en una empresa sobre comunicación de los dos mares por el Istmo de Tehuantepec y temiéndose que por esta causa el gobierno de México fuese inducido a declarar nulo el privilegio dado en años pasados a la referida empresa, el gobierno del excelentísimo señor Clifford no vería con satisfacción esta declaración.

El infrascrito se encuentra tanto más embarazado al responder a esta nota, cuanto que no versándose ella sobre algún hecho positivo sino sobre temores de un suceso, que es incierto si se realizara y con qué circunstancias se realizará si llega a realizarse, no puede menos que lanzarse al vasto campo de las hipótesis, para poder decir algo que, como lo desea, parezca satisfactorio a su excelencia, el señor Clifford y al gobierno de los Estados Unidos del Norte.

Su excelencia, el señor Clifford, permitirá al que suscribe manifestarle que le ha causado pena ver una nota que pudiera interpretarse como un testimonio de que el gobierno de los Estados Unidos no confiaba en la calidad amistosa de las relaciones que unen hoy a las dos repúblicas, o que aspiraba a influir en la resolución de un negocio que aún no se había considerado como interesante a los ciudadanos de los Estados Unidos del Norte.

El infrascrito, sin embargo, que desea conservar la mejor armonía entre ambos gobiernos, procurará no ver en esta nota cosa que pudiera interrumpirla y la interpretará como un medio usado para remover motivos de disgustos.

Ocupándonos ahora del suceso posible a que la comunicación a que tengo el honor de contestar se refiere, el infrascrito manifiesta a su excelencia que aún no se declara nulo el privilegio en cuestión, que es el único caso en que podría tener objeto la referida comunicación; pero, suponiendo que así sucediese y podrá suceder, porque aún no se resuelve tampoco su subsistencia, esto podría verificarse por dos especies de motivos.

Serían los primeros, los que se tomasen sola, única y exclusivamente de la participación en la empresa de ciudadanos de los Estados Unidos, fundándose en algún sentimiento de hostilidad a ellos, bajo el carácter particular de súbditos de los Estados Unidos.

Parece al infrascrito que éste y no otro, será el caso de que el gobierno de Washington se encontrase fundado en razón para no ver esto con satisfacción, y para dirigirse al gobierno de México sobre este asunto; pero disfruta al mismo tiempo el placer de asegurar a su excelencia, el señor Clifford, que este caso está muy lejos, pues el gobierno de México no mezclará tales sentimientos a sus relaciones, ni con el gobierno ni con los ciudadanos de los Estados Unidos del Norte.

Existiendo bajo la paz las expresadas relaciones, se lisonjea el gobierno de México de que el de Washington no le supondrá sentimientos poco conformes a ella.

La segunda especie de motivos es la que de los que nacerían, no de la patria de los individuos interesados en el asunto, sino de la falta de cumplimiento de las condiciones del contrato, sin relación alguna a la nacionalidad de aquéllos.

Si el privilegio fuese declarado no subsistente por esta especie de motivos, nada podría legitimar la intervención del gobierno de los Estados Unidos.

Sea que se considere el origen de este negocio, que es un privilegio concedido por una ley mexicana o un contrato hecho en México por su Gobierno, sea que se atienda al objeto que se versa, que es un bien inmueble, a saber, un camino ubicado dentro de la República, sea, finalmente, que se considere como una industria que debe tener su ejecución en el territorio de esta Nación, no puede haber la menor duda, según los principios del derecho de gentes, que todas las cuestiones que acerca de su validez, cumplimiento de condiciones, caducidad, etc., deben ser calificadas, decididas y terminadas según las leyes y por las autoridades constitucionalmente competentes de México, con exclusión de las de cualquiera otra potencia, sin que, sea cual fuere la resolución tomada por estos motivos, haya fundamento para que el gobierno de quien puede ser súbdito algún interesado, se crea agraviado, ni con causa para que disminuya o se altere la buena y amistosa armonía que reine entre las dos naciones.

Hay otro modo de considerar la cuestión y es bajo el aspecto de la utilidad de la empresa y los bienes que produciría, grandes para el comercio del universo, mayores para el del continente americano y máximos, sin duda ninguna, para México: el gobierno del infrascrito no desconoce que estos serían los efectos de la apertura de una vía de comunicación entre los dos océanos y bajo tal consideración deplora que no se haya efectuado aún y también tendrá poca satisfacción en ver frustrada cualquiera empresa que hubiese de conducir a este fin.

Pero, como cree que es útil a México y por lo mismo está en el deber de su gobierno promover esta comunicación de los mares, el infrascrito tiene el íntimo convencimiento de que aun cuando la empresa del señor Garay no lograse su fin, sea por imposibilidad de ella misma, sea porque se declarase insubsistente su privilegio, todavía otra y otras empresas se presentarían para el mismo, que al fin producirían el bien que deseamos.

De manera, que el objeto se obtendría; a saber, la comunicación de los dos mares, aunque no fuesen tales determinadas personas las que lo emprendiesen.

Al conocimiento de su excelencia el señor Clifford, ha llegado y en el del gobierno de los Estados Unidos debe a esta hora estar también, que muy recientemente se ha abierto una subasta para hacer concesiones para otra vía de comunicación que pasará por el mismo México.

Y el infrascrito se persuade que su excelencia, el señor Clifford, sabrá que el primero y único empresario hasta hoy ha sido una compañía en que figura como socio principal una casa de los Estados Unidos del Norte; también sabrá su excelencia que esa empresa ha tomado opinión del infrascrito y que por el mismo fue apoyado el decreto en el Congreso, en el que ni por vía de argumento de oposición, se alegó nunca la nacionalidad de los empresarios.

Esto demostrará al señor Clifford y a la vez a su gobierno que no existe ese motivo de hostilidad a que se teme que pueda ser inducido el Gobierno de México.

El infrascrito disfruta, pues, la satisfacción de repetir al señor Clifford y, por su respetable conducto al gobierno de los Estados Unidos del Norte, que las autoridades supremas de México no mezclarán a la resolución de este asunto motivo alguno de odiosidad a la nacionalidad de los ciudadanos de los Estados Unidos del Norte; que si por fin se llegase a declarar nulo el privilegio concedido a Garay, será por causas tales que no podrían hacer legítima la intervención del gobierno de los Estados Unidos del Norte y, finalmente, que tiene el convencimiento del infrascrito, de que no porque esta empresa quede frustrada para comunicar los mares, dejará de verificarse esta comunicación, que tanto exige hoy el comercio del universo, el bien del continente americano y la utilidad de México.

Con tal motivo, el infrascrito reitera a su excelencia, el señor Clifford, las seguridades de su muy distinguida consideración.

José María Lacunza

Fuente:

Benito Juárez. Documentos, Discursos y Correspondencia. Selección y notas de Jorge L. Tamayo. Edición digital coordinada por Héctor Cuauhtémoc Hernández Silva. Versión electrónica para su consulta: Aurelio López López. CD editado por la Universidad Autónoma Metropolitana Azcapotzalco. Primera edición electrónica. México, 2006.