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Siglo XIX > 1840-1849 > 1848

Discurso que pronunció Juárez como gobernador de Oaxaca en el acto de la apertura de las sesiones del VIII congreso constitucional del estado.
Oaxaca, julio 2 de 1848.

Señores diputados y senadores:

La solemne instalación del VIII Congreso Constitucional del estado, que venimos a verificar, es un acontecimiento importante, que por las circunstancias en que se realiza, bien podemos considerarlo como el principio de una época feliz para Oaxaca.

Una inmensa desgracia acaba de revelarnos todas las causas del atraso de nuestra sociedad y de la guerra intestina que en veinte años ha debilitado nuestras fuerzas, agotado nuestra hacienda y relajado todos los resortes de la obediencia, del honor y de la moral, sin los que ningún pueblo puede ser libre y feliz.

La guerra extranjera conmoviendo fuertemente nuestra sociedad, ha puesto en evidencia la nulidad de nuestras notabilidades de partido, el egoísmo que reina generalmente en nuestras clases, la desmoralización de nuestro ejército, y todos los vicios y preocupaciones que han carcomido nuestro edificio social, que se presenta a nuestra vista todo destrozado y próximo a desplomarse sobre nosotros, si no acudimos prontamente a repararlo desde sus cimientos hoy que la Providencia Divina nos concede una tregua para remediar nuestros males.

Vosotros, señores, sois los escogidos para emprender esta obra de reparación.

Vosotros que habéis sido espectadores o víctimas de las desgracias de nuestro país conocéis el tamaño de aquellos males y podéis con vuestra sabiduría, con vuestra prudencia, aplicarles el remedio conveniente.

Para esto el pueblo oaxaqueño os elevó a esos encumbrados asientos, con su voto libre y espontáneo, y por esto los ciudadanos ansiaban por vuestra reunión que hoy celebran con entusiasmo.

Muy noble es, señores, vuestra misión; pero muy grande también vuestra responsabilidad, si indolentes o medrosos no empleáis todos vuestros esfuerzos para satisfacer las justas exigencias de vuestros comitentes.

Nada podrá disculpar vuestra omisión en esta parte.

Tenéis a la vista con la claridad que puede ministrar la propia experiencia, todas las causas de nuestros males, y comenzáis vuestras tareas bajo los auspicios de la paz, porque el buen sentido de los oaxaqueños ha rechazado con justa indignación los halagos y las amenazas de los perturbadores del orden.

Para auxiliar de algún modo vuestros trabajos, os presento una exposición sencilla y franca de los actos del gobierno, del estado que guardan los principales ramos de la administración pública, de los obstáculos que embarazan su marcha y de las medidas que pueden dictarse para removerlos.

En ella notaréis que recomiendo con encarecimiento, entre otras cosas importantes, la supresión de la renta de alcabalas, la apertura de caminos de ruedas de esta Capital a la ciudad de Tehuacán y al puerto de Huatulco, y la habilitación de éste para el comercio extranjero, porque estoy convencido de que quitándose los impuestos que gravitan sobre el comercio, la agricultura y la industria, y facilitándose el transporte de sus productos, con la apertura de nuestros caminos y de nuestros puertos, florecerán estos ramos esenciales de la riqueza pública, sin necesidad de otra protección, porque a la sombra de la libertad todo adquiere vida, todo prospera.

También notaréis que, sin embargo de los incesantes trabajos que los enemigos del poder han emprendido para envolvernos en la anarquía, el gobierno ha logrado neutralizar sus esfuerzos y aun reprimir sus criminales maniobras, sin usar de medidas de rigor, que pudo dictar conforme a las facultades amplias de que se halla investido, porque entiende que la acción de las leyes con tal de que en los funcionarios públicos haya voluntad y energía para ponerla en ejercicio, basta para conservar intactas las garantías sociales.

Guiado de este principio, ha tenido especial cuidado de colocar en los puestos públicos a ciudadanos de honradez, de integridad y de energía, de excitar a esos funcionarios al exacto cumplimiento de sus deberes, y de someter a los tribunales competentes a aquellos que olvidándose de sus sagradas obligaciones, han inculcado las leyes que debieran cumplir y hacer cumplir.

De aquí es que, al daros cuenta de las medidas que he dictado en uso de las facultades extraordinarias, no tengo la pena de justificarme por una orden de proscripción que haya expedido, ni siquiera por una de simple detención.

No, señores.

Las garantías individuales han merecido mi más profundo acatamiento.

Los ciudadanos pacíficos y honrados han disfrutado de los goces sociales, bajo el amparo de las leyes y de aquí nace esa confianza que generalmente reina entre los oaxaqueños, y que hace esperar fundadamente que será estable el orden constitucional existente.

Podéis, pues, señores, dedicaros al desempeño de vuestra augusta misión, con la confianza de que contando con el apoyo de la opinión pública, no turbarán vuestras profundas meditaciones los impotentes conatos de la anarquía, que el gobierno sofocará porque tiene la fuerza y resolución suficientes para conservar el orden público, y para hacer respetar vuestras decisiones soberanas.

Aquí debería concluir; pero mi propio honor y el interés de la sociedad me obligan a ocupar por algunos momentos más vuestra atención.

Permitidme, señores, que os hable de mi persona.

Hace ocho meses que en este mismo lugar y en un acto solemne como el presente, manifesté con toda sinceridad que aceptaba el gobierno que se me encomendó en propiedad, porque agotados los recursos del erario, relajados los resortes de la obediencia y de la moral, y amagado nuestro territorio y nuestro ser político por el injusto invasor extranjero, la primera magistratura del estado no era más que su puesto avanzado de inminente peligro, que ningún ciudadano debía rehusar.

Fue, pues, condicional mi aceptación.

En aquellas circunstancias habría sido un crimen no prestarse al llamamiento de la patria; pero hoy que las circunstancias han variado, espero que me concederéis la gracia de relevarme de este encargo, superior a mis fuerzas, y al efecto os suplico que toméis en consideración la renuncia que tengo la honra de presentaros, con la protesta más sincera de que ni el temor ni el orgullo me impulsan a dar este paso, sino sólo el deseo de que el servicio público sea mejor atendido, dirigiendo la nave del estado el funcionario que la ley ha señalado, cuyas virtudes republicanas son bien conocidas, y de que se me conceda volver a la vida privada a proporcionar a mis hijos los recursos que necesitan para su educación y subsistencia.

Como hombre privado prestaré mis débiles servicios al estado, y daré ejemplo de un profundo respeto a las justas decisiones de los representantes del pueblo.

- Dije.

(Oaxaca, julio 2 de 1848).

[Benito Juárez]

Fuente:

Benito Juárez. Documentos, Discursos y Correspondencia. Selección y notas de Jorge L. Tamayo. Edición digital coordinada por Héctor Cuauhtémoc Hernández Silva. Versión electrónica para su consulta: Aurelio López López. CD editado por la Universidad Autónoma Metropolitana Azcapotzalco. Primera edición electrónica. México, 2006.