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Siglo XIX > 1840-1849 > 1848

Contestacion del excelentísimo señor presidente de la Cámara de Diputados, Lic. Manuel Iturribarría.
Oaxaca, julio 2 de 1848.

Excelentísimo señor:

Para ponerse al frente de un pueblo lleno de necesidades, que ya no pueden dar más treguas; para restablecer el nivel de los cimientos y los ejes vacilantes de una sociedad combatida por otras mil pequeñas sociedades, que se llaman unas clases y otras facciones, pero que todas son enemigas de la gran sociedad ante la que debieran callar sus pasiones y subordinarse sus intereses, es necesario pedirle a la esperanza sus ilusiones, a Dios su espíritu y su gracia y armarse de su diestra omnipotente.

Para ponerse al frente de un pueblo a quien deben darse leyes, administración pública, goces y prosperidad, sin obediencia, sin cooperación, sin placer, sin deseos, sin el sentimiento siquiera de sus necesidades, por parte de ese pueblo, se necesitan, señor excelentísimo, genios gigantescos, constancia, valor, energía, un amor tan ardiente a la humanidad como el de padre.

La representación del Estado se siente abrumada con el peso de estas terribles verdades y desfallece ante la sola consideración de las resistencias que tiene que vencer.

Teme más, señor Excmo., la inercia de las facciones; teme más la indiferencia que el crimen; teme más al egoísta que al aspirante; más al aspirante celoso y poseído de la roedora envidia que niega solamente sus fuerzas a la fuerza pública, que al que levanta una bandera y emplea todas las que puede reunir contra la sociedad.

¡Quiera Dios que el celo con que la Legislatura se consagre a sus tareas y a promover el bien de sus comitentes, que las reformas y mejoras que emprenda y su continuo afán por cumplir una misión tan augusta, despierten el espíritu público para que pueda continuar sus trabajos, animada por la esperanza, sin cuya luz nada se puede emprender, nada se puede seguir ni consumar!

El Congreso del Estado ha escuchado con placer la alocución de vuestra excelencia [V. E.], en que brillan con la fatídica luz de la guerra que acabamos de sufrir, las sencillas y terribles verdades que forman nuestra historia, los vergonzosos desengaños que alumbran las únicas esperanzas que nos quedan.

En lo más íntimo de nuestros corazones han resonado las inspiraciones del patriotismo, que ha hecho a V. E. explicarse modesta y francamente al presentar al Congreso la situación del Estado, que necesita vida y movimiento para salvarse de la muerte; vida y movimiento que todos sus hijos deben prestarle en esta nueva era, que será de reparación o de ruina.

La sociedad mexicana ha llegado, por fin, a una verdadera crisis y va a organizarse o morir.

Es ésta una importante verdad.

Ha llegado la hora suprema y es preciso aprovecharla.

Si el amor de los hombres a la humanidad, si el espíritu público, si el patriotismo, si todas las virtudes sociales y cristianas no se han vuelto al cielo, luzcan una vez sobre nosotros, aliéntennos, alúmbrennos, guíennos y derramen por todas partes sus santas y vivificadoras influencias.

Sin ser sabios, señor Excmo., sin pretensiones de políticos y de estadistas, los representantes del Estado conocen sus necesidades y no es la falta de este conocimiento la que los desaliente.

Si pudieran hacer sentir esas necesidades urgentes y con sus punzantes aguijones que destrozan los pechos generosos cuyo patriotismo es estéril, despertar en todos el deseo de satisfacerlas, nos habríamos salvado desde luego.

En una sociedad en que gobierna el pueblo por medio de mandatarios que sin su cooperación nada pueden, es indispensable que el pueblo sienta y que piense; es indispensable que obedezca y que conserve; es indispensable, en fin, que ponga su sello a las leyes de sus representantes y que las sancione y ejecute.

La fuerza de la autoridad pública alcanza a hacerlas cumplir a los individuos que las resisten o las desobedecen simplemente; pero se nulifica cuando pretende obrar en los pueblos, que son extraños a sus necesidades y a sus gobiernos; asimismo, puede decirse, y a la sociedad, [que] V. E., en medio de esta casi general y moral indiferencia, ha podido salvarla de las facciones y conservar una administración pública, merece la gratitud general y tiene la de todos los que sienten.

A V. E. se debe poder examinar estas cuestiones y acometer la difícil empresa de su práctica solución.

La Legislatura del Estado leerá atentamente la Memoria de V. E. y deliberará.

Dictará luego las leyes iniciadas que crea conveniente, así como las demás que de cualquier manera estén indicadas en esa Memoria y que exija la utilidad pública.

De la misma manera que V. E., los representantes del pueblo deben estar persuadidos de que la libertad del comercio y la protección indirecta de la agricultura y de la industria son las primeras necesidades del Estado, así como de que la supresión de alcabalas, la apertura de caminos y la habilitación de puertos para el comercio extranjero y de cabotaje, son los medios más prontos y más fáciles de satisfacer estas necesidades.

La educación popular, la instrucción pública, que exigen una especial atención, sancionarán esas reformas y las llevarán a su último grado de perfección, poniéndoles su sello luminoso.

Debemos emplear infatigablemente toda nuestra atención, toda nuestra capacidad, todo nuestro celo en esas reformas materiales y sociales.

Restablecido el sistema federal, por grandes que sean los defectos de las Cartas de la Nación y del Estado, las reformas políticas no son nuestra primera necesidad.

Las materiales y sociales exigen una preferente atención.

Bastante tiempo hemos perdido soñando sólo con nuestra libertad política, olvidándonos de que las naciones no son aulas de Derecho público y que tienen otras necesidades vitales.

Conservemos y defendamos las libertades que gozamos y restablecida la moralidad, difundida algún tanto la ilustración, libre el comercio, estimuladas la agricultura e industria, hechos sensibles de alguna manera los beneficios de la sociedad y formado así el espíritu público, grandes reformas políticas se harán plaza por sí mismas, triunfarán sin combatir, harán triunfar a la sociedad de sus enemigos conocidos y nos emanciparán, nos redimirán de la esclavitud, del error y de las preocupaciones.

Por ahora, preparando convenientemente esas reformas, amemos nuestras leyes, respetémoslas, hagámoslas cumplir y prevalezcan siempre en procomunal contra los intereses de los particulares.

Mucho bien, señor Excmo., ha hecho V. E. al Estado evitando que las facciones sigan siendo sus reguladoras si es que la anarquía puede regular las sociedades, su único sistema político, si es que pueden constituir un sistema, su soberano, si puede concebirse que tengan algún derecho de mandar.

La facilidad con que son derrocados los gobiernos, la vergonzosa debilidad con que se dejan suplantar, la falta de espíritu público que ha hecho a los facciosos omnipotentes con escarnio de los pueblos, estos son nuestros vicios principales.

Siga V. E. siendo el campeón de la sociedad en ésa, para sus enemigos vergonzosa contienda, y V. E. se llenará de gloria dándole paz y orden y conservando abiertas las puertas de su prosperidad.

Hágase V. E. obedecer en todo lo que tiene derecho de mandar; hágase V. E. obedecer, principalmente por sus agentes, por medio de los que gobierna y administra; haga V. E. que cada cual cumpla con su deber, porque es así solamente como V. E. puede cumplir los suyos y marchar la sociedad.

De otro modo, inútilmente emprenderá el Congreso aquellas importantes reformas.

Entre lo que hoy existe con todos sus defectos y lo que podemos esperar, no debe dudarse en elegir y conservar lo primero si la ley ha de ser por todas partes obedecida y cumplida y en renunciar a lo segundo, sino de ser más que una nueva e inútil página de nuestros códigos.

Nuestra primera necesidad, señor Excmo., es la observancia de la ley y que V. E., como Dios, esté en todas partes para hacerla cumplir.

No es V. E. el que por sí mismo debe instruir al pueblo, administrar sus caudales, hacerle justicia y esgrimir sus armas; pero es V. E. el que la ley eleva sobre los demás para hacer que cada cual, según su encargo, cumpla con esos deberes y en ese sentido es V. E. el que debe instruir al pueblo, administrar sus caudales, hacer justicia y esgrimir sus armas.

El pueblo tiene derecho de exigir a V. E. el constante y reiterado sacrificio de vuestras horas y de vuestra tranquilidad.

No desfallezca V. E.

El premio será la gloria.

La ingratitud no la roba.

El pueblo soberano no tiene derecho para negarla.

Es más pura, es más grande cuando viene más tarde, cuando la trae la rueda de los siglos, cuando la pregonan los postreros.

- Dije.

Oaxaca, julio 2 de 1848

Fuente:

Benito Juárez. Documentos, Discursos y Correspondencia. Selección y notas de Jorge L. Tamayo. Edición digital coordinada por Héctor Cuauhtémoc Hernández Silva. Versión electrónica para su consulta: Aurelio López López. CD editado por la Universidad Autónoma Metropolitana Azcapotzalco. Primera edición electrónica. México, 2006.