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Siglo XIX > 1840-1849 > 1848

Contestación del Señor presidente del Congreso, José María Santaella.
2 de octubre de 1848.

Excmo. señor:

Las Cámaras de la VIII Legislatura del Estado hoy terminan sus primeras tareas.

Una sensible experiencia ha confirmado a sus miembros cuán difícil y escabroso es el encargo de su importante misión.

Desde el momento solemne en que pisaron el santuario de las leyes, se sintieron abrumados con un enorme peso: grandes y urgentes son las exigencias del Estado habiéndose restablecido la Carta de 1824, en que casi se vuelve a reorganizar el sistema federal, y estas exigencias se presentan con más claridad después de la terrible crisis de que ha salido la República, terminada la desastrosa guerra con los americanos del Norte.

¿Y cuántas de ellas se han llenado? ¿Cuántas se han satisfecho? ¡Ojalá que todas se hubieran expeditado! No obstante, todas se han tomado en consideración.

En los tres meses que han durado las sesiones con la prórroga pedida por V. E., las cámaras se han ocupado de los grandes proyectos que el gobierno le ha iniciado, de las proposiciones que sus miembros le presentaron, de las peticiones que les dirigieran los ciudadanos, y aun de los decretos que V. E. expidió a virtud de las amplias facultades con que estaba investido.

Cada asunto que se propone en la tribuna, cada proyecto que se lee en los papeles públicos, y hasta cada idea que se oye en las reuniones familiares, ha sido también objeto del estudio, de la meditación y de la discusión de los representantes del Estado.

Ávidos del acierto, no han perdonado diligencia ni trabajo que no hayan emprendido en cumplimiento de su deber, para expeditar medidas benéficas y leyes que sean aprovechadas a sus comitentes.

Han abundado en deseos: están poseídos de la más sana y recta intención.

¿Pero qué resultados ostensibles podría dar el anhelo aislado, en donde falta el conocimiento del bien de la comunidad, de cuyos intereses se trata, que constituye la ciencia de la legislación, como dice un sabio político, y si no se supieran hallar los modos oportunos de realizar ese bien que constituye el arte?

Ninguno de los miembros del Congreso se atreverá a presumir que ha poseído esa ciencia sublime, ese arte sagaz; pero sí estoy cierto que todos han puesto los medios eficaces para adquirir ambos objetos.

En los asuntos que han encontrado o creído encontrar esas eminentes cualidades, se han resuelto sin temor; pero cuando el bien no se ha presentado con esa luz clara, cuando se ha vacilado sobre el resultado de la medida, o se ha desechado o suspendido su resolución hasta tiempo más oportuno.

“Menos mal recibe la sociedad con carecer de algunas leyes buenas, que ponerse a riesgo de tener una mala de más”.

La prosperidad del Estado, así como el de todas las naciones, está íntimamente unida con su sistema de la legislación: bajo la influencia de leyes sabias y adecuadas, sus áridos valles y escarpadas montañas se transformarán en floridas campiñas: por el contrario, las más fértiles regiones se convertirán en inhabitables desiertos bajo un régimen débil para ejecutar el bien, e ilimitado para causar el mal, régimen fatal que ahuyenta la seguridad y hace desaparecer la confianza.

No extrañe, pues, V. E., que el Código Civil, la supresión de las aduanas y otros grandiosos proyectos iniciados en su Memoria, queden hasta ahora sin resolución.

Las comisiones a quienes se han consignado, trabajan en dilucidarlos: conocen su grande importancia pero cuanta más sublime sea ésta, tanta mayor es la necesidad de que se revuelvan con el mayor tino y acierto, sin exponernos a dar un paso en falso.

Se ha decretado la apertura de caminos de ruedas desde esta capital hasta los puntos opuestos de Tehuacán y puerto de Huatulco con cuantos fondos se pudieran tomar.

Esta sola empresa a toda luz útil y benéfica si se llega a realizar, como todos lo esperamos, reanimará el comercio, protegerá las artes, fomentará la agricultura y será un monumento irrefragable que perpetuará la memoria de la actual administración.

Se ha fomentado el Instituto de Ciencias y Artes del Estado, que planteara la I Legislatura Constitucional: ese fecundo plantel de la ilustración que ha dado óptimos y sazonados frutos al Estado.

Se han arreglado los Tribunales de comercio y minería, acomodándolos a nuestras instituciones.

Se han llenado muchos huecos de las leyes anteriores para el mejor arreglo de las oficinas, del erario y de la administración de justicia, y se han dictado otras medidas que se publican en el periódico del gobierno.

Pocas parecerán a algunos, pero ojalá que fueran menos a trueque de que salieran sabias y perfectas, y que siéndolo, fueran exactamente observadas y cumplidas.

He tocado un punto interesantísimo: la observancia y cumplimiento de las leyes.

En efecto, Excmo. señor, ¿de qué servirían las buenas leyes si faltaba la subordinación, si las autoridades no las cumplían, y si los ciudadanos no obedecían a sus autoridades? Sin subordinación no hay poder en el que manda, ni podrá jamás haber moralidad y buen orden en los pueblos.

La subordinación forma esa admirable traba que une las partes que componen el edificio social, la firmeza de éste, está en razón directa de aquélla; y de aquí brotan como de un manantial la confianza, la seguridad, la paz, la abundancia y otros muchos incalculables bienes.

Todos deben estar subordinados y obedientes: los habitantes del Estado a sus respectivas autoridades, y éstas a la ley.

Aún este cuerpo depositario del Poder Legislativo lo está también, y su más brillante blasón lo ha puesto en tributar su culto a las bases fundamentales y leyes secundarias, observándolas hasta en sus ápices.

Lejos, y muy lejos de nosotros esa libertad mal entendida que atropella con los principios y no reconoce límites.

El actual sistema que nos rige anatematiza a ese error pernicioso y antisocial, con que algunos espíritus ilusos han desmoralizado a los pueblos, causándoles los graves males que lamentamos.

Al separarse los legisladores de este augusto santuario, llevan el sentimiento de no haber podido hacer todo el bien que desearan; pero se mitiga en gran manera su pesar con la consoladora idea de que el timón de la nave del Estado queda en las manos expertas de V. E., que sabrá manejarlo con destreza aun en medio de la borrasca.

Sea V. E. como el águila adornado con la agudeza de su vista para descubrir los delitos, con la ligereza de sus alas para ejecutar sus medidas y con la fortaleza de sus garras para no aflojar en sus providencias.

No tema ni transija con los malvados: pero siga como hasta ahora, llamando en su derredor y protegiendo a la honradez y al mérito en cualquier parte que lo encuentre.

El supremo jefe de las sociedades, de quien es V. E. ministro en el Estado, presida todos sus actos.

Estos son los votos de esta Legislatura.

- Dije.

2 de octubre de 1848.

Fuente:

Benito Juárez. Documentos, Discursos y Correspondencia. Selección y notas de Jorge L. Tamayo. Edición digital coordinada por Héctor Cuauhtémoc Hernández Silva. Versión electrónica para su consulta: Aurelio López López. CD editado por la Universidad Autónoma Metropolitana Azcapotzalco. Primera edición electrónica. México, 2006.