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Siglo XIX > 1840-1849 > 1847

Manifiesto de Antonio López de Santa Anna sobre los infaustos sucesos de la guerra con los Estados Unidos.
Mayo 22, 1847.

Los infaustos sucesos de la guerra me han conducido a la capital de la República, y obedeciendo la ley he empuñado otra vez, y por breve tiempo, las riendas del Estado: es mi deber explicar a la nación los graves y poderosos motivos de esta conducta, y la marcha que me propongo adoptar en los momentos solemnes en que se va a decidir de la vida o la muerte, la honra o la ignominia de la patria.

Desde que se empeñó la lucha más injusta con los Estados Unidos, la fortuna nos ha tratado con desdén y ha anulado los esfuerzos del patriotismo para hacer triunfar la más noble y santa de las causas que se haya defendido en la tierra: el revés de Cerro Gordo no ha sido más que una cadena de desgracias que nos abruma, para probar quizá si somos capaces de sobreponemos con la nuestra al destino de hierro que sin piedad nos ha perseguido.

Apenas lograba humillar el orgullo de los americanos en los campos de la Angostura, y les arrancaba el valor de los soldados de la República los trofeos de la victoria, cuando la imperiosa necesidad de terminar las discordias que estaban destrozando a esta hermosa ciudad, me trajo a ella previa la invitación de la mayoría muy respetable del Congreso general. Conseguido este objeto, atendí ya al muy importante de impedir, si posible fuera, el avance del enemigo que posesionado de Veracruz y Ulúa buscaba climas para salvarse de los rigores de la estación.

En estos días me trasladé de México hasta una posición de antiguo muy recomendada por los peritos en el arte de la guerra, y la fortifiqué cuanto lo permitió la premura del tiempo y la escasez de recursos, reuniendo allí dos brigadas de la división del norte, otras tropas sin disciplina y algunos cuerpos de reclutas. El enemigo combatió con la mayor y más selecta parte de sus fuerzas; y aunque ganó la batalla, ésta le ha costado sangre, y ha adquirido una prueba más de que los mexicanos no se excusan de la pelea aun cuando las circunstancias les son desfavorables.

Por lo que a mí toca estoy satisfecho de que no perdoné diligencia ni fatiga para arrancar a la suerte un favor, de que mi existencia se expuso mientras mantuve alguna esperanza de rehacer lo perdido.

Escapado por milagro de manos del enemigo, me dirigí a la ciudad de Orizaba con ánimo de reunir a los dispersos, de acopiar nueva tropas y de preparar otra resistencia al atrevido invasor, porque mi resolución más firme ha sido siempre no desconfiar de la suerte de la patria, ni abandonarla en sus grandes infortunios: veinte días me bastaron para formar un ejército, (25) y con él me dirigí a la ciudad de Puebla, deseoso de adquirir mayores elementos para prestar más provechosos servicios.

El enemigo entretanto emprendió su movimiento sobre la misma ciudad, satisfecho de que en ella no estaba organizada ninguna defensa, ni se había excitado convenientemente el espíritu público...

Sensible y muy doloroso es para la nación que a una ciudad tan acreditada por su espíritu guerrero en las contiendas civiles (26) se haya hecho aparecer indiferente en la crisis más peligrosa que ha pasado la República desde que conquistó su independencia.

Sin entrar en el análisis de la causa que haya podido influir en tan lamentable acontecimiento, me limitaré a observar que su primera consecuencia fue mi retirada a San Martín Texmelucan para discutir y acordar allí lo que fuera más conducente al interés del servicio.

Reunida por mí la junta de guerra, resolvió que el ejército de Oriente siguiera su marcha hasta esa capital para defenderla y salvarla a todo trance.

Mi vuelta al ejercicio de la suprema magistratura por los pocos días que transcurrirán hasta la nueva elección, ha sido un accidente y también una necesidad por la renuncia a continuar en el mando, del modesto, del acendrado patriota que tan dignamente ha gobernado (27) durante mi ausencia en la campaña.

Obligado a pesar de mi más viva resistencia a encomendarme de la dirección de los negocios, sometí desde luego a la deliberación de todos los generales existentes en la capital la cuestión de su defensa, y ella fue acordada por unanimidad, consultándose no menos a las reglas del arte, que a la conveniencia de alejar de la población el riesgo de sufrir los proyectiles del enemigo.

A la vez que recomiendo próximos sacrificios a la generosa capital de la República, los estados de la federación están comprometidos a auxiliarla prontamente con fuerzas, con dinero y con los demás recursos de que abundan. El sistema federal que reclamó con entusiasmo la nación, por cuyo restablecimiento con pureza y con lealtad multiplica los centros de acción, y lejos de servir para que el gran todo se debilite y desfallezca, le presta valor y energía cuando los esfuerzos se hacen de consuno.

También es necesaria la cooperación de todas las clases de la sociedad, y de todos sus individuos. El clero no puede en conciencia consentir la dominación de un pueblo que admite como dogma de su política la tolerancia de todos los cultos religiosos. (28) ¿Se resuelve ya a sufrir que frente al templo mismo en que se adora la hostia santa, se levanten las iglesias de los protestantes? El sacrificio de una porción de sus bienes lo libraría de perder el resto con los privilegios que respetan nuestras leyes y que no consienten las de los Estados Unidos.

¿Ignoran los propietarios cuán duros y exigentes son los decretos del conquistador? Si las altas conveniencias sociales, si los bienes de la independencia se estiman en poco, si nada vale para México el rango de nación independiente y soberana, ¿para qué luchamos once años continuos derramando torrentes de sangre, y devastando nuestro país para hacerlo libre? Ha llegado, pues, el momento de exponerlo todo, para salvarlo todo. ¡Ay del que no comprenda la gravedad de nuestra situación!

Ahora es cuando estamos cosechando los amargos frutos de nuestra inexperiencia en los años en que nos hemos gobernado por nosotros mismos. Una nación proterva y avara de nuestros elementos de poder y riqueza ha estado asechando como el tigre asecha su presa, el momento en que las discordias civiles hubieran debilitado y postrado a la nación para sorprendería y sojuzgarla, (29) y cuando el enemigo consuma sus depravados intentos, no escarmienta todavía. La desunión progresa, la sedición cunde, las pasiones políticas se agitan en el peor sentido, y como si fuera poco el que el enemigo extranjero nos combata, nos encargamos de desvirtuar a las autoridades, procuramos con funesta ceguedad y empeño que nada puedan en defensa de la patria.

De estas verdades soy a la vez el testigo y la víctima. Desde la vuelta de mi destierro no he pensado más que en la salvación de la República. ¿No he volado a crear y organizar un poderoso ejército? ¿No he peleado con él sin economizar riesgos ni peligros? ¿No he atravesado toda la República para cerrar el paso al enemigo? Mi obligación era pelear, y he peleado.

¿Soy dueño de la victoria para detenerla como esclava? Mi ánimo no era más esforzado que en Cerro Gordo, y la fortuna que me permitió agregar allí un laurel a tantas glorias de la nación, ha rehusado que asegurase su dicha. Consuélame sin embargo que la injusticia de los hombres dura poco; más me consuela todavía que la mayoría de mis compatriotas es imparcial y sensata, y que sabrá perdonar mis yerros y estimar mi constante dedicación al servicio.

Mas por lo que respecta al interés y defensa de la nación, he de ser inflexible. Yo contemplo que la guerra debe continuarse entretanto nuestra situación no mejor: el vencedor oprime al vencido y no acuerda con él, sino que le dicta una paz vergonzosa. ¿Permitiría la nación que se desmembrase una parte inmensa de su territorio? ¡Ah! los destinos de México sólo se salvarán con la fuerza de su acero, y con una resolución incontrastable. (30)

Cuando esté próximo el ocaso de mi vida pública aspiro a terminarla dejando altas lecciones de una consagración sin límites a la causa de la patria: mientras respire su voluntad soberana, ha de ser regla constante de mi conducta. Quiero servirla, y deseo que todos la sirvan con una firmeza y constancia que sea como el muro en que se estrellen los esfuerzos de todos sus enemigos.

¡Mexicanos, compatriotas míos! Examinad mis hechos, y que ellos respondan de mis intenciones. Si el Árbitro Soberano de las sociedades nos ha probado en el crisol del infortunio, ya comienza a mostrar su piedad dejándonos formar una constitución que será la tabla de salvación (31) en nuestras borrascas... La he jurado, la he firmado, y la defenderé... Por lo que respecta a la independencia e integridad del territorio de la nación, mi voto es uno solo, y es el íntimo de mi corazón... Pelear y morir por ellas.

México, mayo 22 de 1847.

Antonio López de Santa Anna.

Fuente:

Carlos María de Bustamante. El nuevo Bernal Díaz del Castillo o sea Historia de la invasión de los angloamericanos en México. Fondo de Cultura Económica. Primera edición, 1997. México.

Notas al pie, de Carlos María de Bustamante:

(25) Es notoriamente falso.

(26) Como pelear contra Santa Anna y echarlo fuera de la República.

(27 El señor don Pedro María Anaya.

(28) Esta proposición esta preñada. En el credo religioso que rezamos a la faz del mundo, decimos... Et unam, sanctam, catolicam et apostolicam eccelesiam. Esta religión excluye a otras y por eso es una... Solo se salvaron los que entraron con Noé, en el arca, los demás perecieron. ¡Mucho tiento!

(29) Ha habido algo más. Las discordias las han suscitado poniendo en Tampico, Nueva Orleans y otros puertos, tres millones de pesos para seducir y cohechar a los malos mexicanos, para que propaguen la sedición, y que debilitados por la discordia no pudieran oponerles resistencia. Ya lo vimos en la Revolución interior de febrero que duró veintidós días por la ley de manos muertas, discutida con precipitación y sin segunda lectura en el Congreso, resultado de esas oscuras intrigas y tanto más funestas, cuanto que herían la fibra religiosa de los mexicanos.

(30) Santa Anna espera vivir los años del judío errante.

(31) Vaya ironía completa; será todo lo contrario.