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Siglo XIX > 1840-1849 > 1844

Discursos: Valentín Canalizo. Enero 1, 1844. Febrero 1, 1844. Marzo 31, 1844. Junio 1, 1844. Santa-Anna: Junio 4, 1844. Julio 1, 1844. Septiembre 12, 1844. Canalizo: Septiembre 21, 1844. José Joaquín de Herrera: Diciembre 15, 1844. Diciembre 31, 1844.
Enero 1, 1844. Febrero 1, 1844. Marzo 31, 1844. Junio 1, 1844. Junio 4, 1844. Julio 1, 1844. Septiembre 12, 1844. Septiembre 21, 1844. Diciembre 15, 1844. Diciembre 31, 1844.

El General D. Valentín Canalizo, al abrir las sesiones del primer período, el 10 de Enero de 1844.

Señores diputados y senadores:

La honrosa confianza con que generosamente me distinguió el ilustre General Santa-Anna, llamándome interinamente á este puesto, me ha sido muy grato, porque me ha tocado en suerte abrir el santuario de la ley, no para referir los acontecimientos de la época de que habéis sido testigos, sino para depositar en vuestras manos el inmenso poder con que las bases de Tacubaya invistieron al Ejecutivo provisional de la República.

Este acontecimiento solemne es un timbre de mi vida política, porque soy el primero en tributar á la Nación los homenajes de mi profundo respeto á la presencia de sus dignos representantes.

Soldado de la Patria desde mis tiernos años, no podré dirigiros la palabra con aquella sublimidad que demanda esta elevada posición; pero, en cambio, seré tan sencillo y franco, como corresponde á los intereses de la Nación de que os vais á encargar desde este momento.

Si la exaltación y las pasiones. no se hubieran introducido, días ha que seguiríamos una senda constitucional, y que habría terminado la dictadura que abrumaba al caudillo de la Nación; pero plugo á la Providencia esa nueva prueba de nuestra constancia, y hoy queda en vuestras manos la suerte de la República, para que consuméis la grande obra de su regeneración.

Encontráis hecha la fusión de los partidos, y no hallaréis en la administración provisional, que hoy termina, rastros de sangre, lágrimas ni persecuciones, sino el germen de vida sembrado en cada uno de sus ramos.

Halláis también organizadas unas Bases para la norma y dirección de los negocios: en ellas se han consignado los principios generalmente recibidos, y considerándose las exigencias y necesidades de la Nación, su opinión y voluntad; y se han establecido los medios más prudentes y eficaces para llevarla á su engrandecimiento, atando las manos al absolutismo y desvirtuando los esfuerzos de la anarquía.

Esa obra no es tan sólo la expresión del patriotismo de los dignos miembros de la Junta Nacional Legislativa, sino el testimonio más auténtico del noble desprendimiento del ilustre General Santa-Anna, y de su empeño por dejar un poder peligroso.

A vuestra prudencia y sabiduría toca desarrollar esos principios por medio de leyes secundarias, detenidamente meditadas.

Vuestra augusta misión no tiene obstáculos. La Nación disfruta de tranquilidad, y una paz general será, dentro de poco, el resultado de las providencias tomadas de antemano.

Los negocios desagradables de Yucatán terminaron, y en breve quedará asegurada de un modo permanente la integridad de todo el territorio.

Nuestras relaciones exteriores se han reducido á un sistema diplomático fijo y determinado, para que no queden expuestas á peligrosas alteraciones por cualquier acontecimiento imprevisto: por el Ministerio del ramo se os impondrá del estado que guardan actualmente, y veréis también, que los vínculos con las otras Américas, nuestras hermanas, se han estrechado hasta procurar que todo el continente forme una sola familia, para la seguridad de su independencia y derechos.

La Administración de Justicia, objeto muy digno de la atención de un gobierno filosófico, si bien debe arreglarse, según las bases, por los Departamentos, no por eso se ha omitido dictar aquellas mejoras de que era susceptible en el triste estado en que se hallaba.

La creación de Tribunales especiales de comercio y minería, aliviando del recargo á los tribunales ordinarios, ha facilitado considerablemente la expedición de los negocios, y dado estímulo á esas clases para apreciar debidamente sus derechos.

Creadas las Juntas de Fomento, se dió un paso muy avanzado para la mejora de la agricultura y de las artes; pero era necesario, además, facilitar los consumos para dar vida á esas fuentes de riqueza nacional, y á ese fin tan importante se dictaron leyes prohibitivas y se pusieron trabas justas y legales al comercio al menudeo, cuyas medidas salvadoras han animado el espíritu público y producido estímulo y entusiasmo en esas clases tan dignas de apoyo y protección.

Establecer los medios de mejorar los establecimientos en estos ramos vitales, fué otro de los pensamientos que ocuparon la atención del Gobierno, y con la creación del Colegio Artístico llegarán á su perfección, luego que cuente con esos elementos el talento precoz de los mexicanos, cuyas obras, mejor que leyes prohibitivas, harán florecer el comercio nacional.

Ni en medio de tantas atenciones ha dejado de ocupar un lugar preferente la educación primaria, base de todos los conocimientos humanos, cuna de la moral de las naciones y fundamento de su prosperidad.

Se ha dispensado la debida protección á la Sociedad Lancasteriana, y sus dignos miembros han correspondido fielmente á los deseos del Gobierno, difundiendo las luces por toda la República.

El Ministerio de Instrucción Pública os dará cuenta oportunamente de las providencias dictadas, y de las que faltan que dictarse para dar complemento á la organización de estos ramos.

El Erario nacional se hallaba reducido á una completa nulidad, á la vez que los gastos se aumentaban por la necesidad de dar impulso á todos los elementos de prosperidad.

Sin fondos, sin crédito, y reducidas las finanzas á, contratos ruinosos, fué el mayor de los obstáculos que tuvo que vencer el celo y la actividad del Gobierno, y si no puede gloriarse de haber organizado la Hacienda de modo que baste para cubrir las atenciones de la Nación, tiene la seguridad de que está en el mejor estado posible, y de que con muy cortos esfuerzos quedará en completo desahogo.

Los nuevos aranceles facilitan el comercio de cuyo tráfico y aumento recibe sus adelantos el Tesoro público, y el Estanco del tabaco y otros artículos han dado rentas fijas que cubren en gran parte los gastos del Gobierno.

Cuando estén consignados sus fondos á los Departamentos, tendrán en sí mismos los elementos de prosperidad: establecerán saludables economías: cuidarán de su buena inversión, y el Gobierno Supremo atenderá con más facilidad sus gastos peculiares.

Restablecido el crédito, amortizados muchos de los más exigentes y dictadas las diversas providencias de que os instruirá la Memoria respectiva, queda á vuestro cuidado dar la última mano en materia de tanta importancia.

El Ejército, firme apoyo de la tranquilidad interior y antemural de la independencia y libertad, estaba del todo descuidado y reducido á corto número; no podía llenar los objetos de su instituto.

Sin estímulo, casi sin disciplina, desnudo y sin socorros, manifestaba que se desconocía su importancia. No podía el Gobierno provisional dejar en el abandono á clase tan benemérita, y procuró desde luego ponerlo en un estado capaz de reprimir las convulsiones interiores y de servir á una pronta defensa en el caso de una invasión extraña.

La Nación tiene hoy un Ejército respetable, y aseguradas en él sus garantías y su independencia. Del pie en que se halla su fuerza y de los adelantos que hay en la Armada nacional, os instruirá, el Ministerio del ramo.

Ligeramente he recorrido las medidas más notables de que se ha ocupado el Ejecutivo durante el ejercicio de su poder, y no será posible traer á un punto de vista las providencias que ha dictado para dar algún concierto y orden á los negocios.

Son muy laudables y dignos de gratitud eterna el celo, patriotismo y constancia con que el benemérito General Santa-Anna ha dirigido su atención á todos los ramos de la administración pública; pero nada realza tanto su mérito como la humanidad con que ha usado del Poder, y la nobleza con que se desprende de él, dando la prueba más cabal de que no conoce otra ambición que la felicidad y el engrandecimiento de su patria.

Su conducta, durante la Administración, la juzgo intachable; pero firme en sus principios, creo que no bajará al sepulcro sin haber realizado el programa de regeneración, venciendo con mano enérgica los obstáculos que se le opongan.

Contáis con esta garantía. La voluntad de la Nación, expresada por el órgano de sus dignos representantes, será cumplida, y vuestras deliberaciones serán acatadas.

De vuestro juicio, rectitud y sabiduría, están muy distantes la exaltación y el espíritu de partido; y el título venerable de padres de la patria, os alejará de poner á la Nación en el borde de un precipicio en que otra vez se vió por el abuso de tan augusta representación. Consumad la grande obra que se os encomienda, y recibiréis las bendiciones de ocho millones de habitantes que esperan de vosotros el bien.—He dicho.

Contestación del Presidente del Congreso, D. José María Jiménez.

Cuando pronunciamos Iny en este lugar los nombres caros de patria, de libertad y orden, de adelanto y felicidad, de perfección y gloria, preguntan los mexicanos: ¿Si se acerca por fin el término de sus desgracias? ¿Si tienen aseguradas las garantías de sus derechos?

¿Si las leyes imperan? ¿Si las pasiones han sido reemplazadas por la justicia, la equidad y la moderación; ó si esta infeliz República, colocada en medio del torrente de aquéllas, sólo ha de poder llorar en silencio la ruina de los elementos de su grandeza, mientras que la corriente la impele y lleva hasta sepultarla en el abismo?

A las autoridades supremas de la Nación toca responder á estas preguntas; y la respuesta no ha de consistir sólo en palabras, porque los pueblos están cansados de promesas vanas y pomposas: la contestación ha de ser práctica, ha de reducirse á las obras; y la base de éstas no puede ser otra, que la probidad de los depositarios del Poder.

La política es una ciencia, cuyos principios se identifican con las reglas inmutables de la moral más estricta; y no merecen llamarse hombres de Estado los que buscan en otra parte los resortes de la verdadera y sólida felicidad de las naciones.

No es esta una sentencia tomada de lugares comunes de sofistas declamadores, ni la teoría de algún filósofo extraño á los negocios públicos, y que encerrado allá en su gabinete, desconoce el corazón humano.

Aquella doctrina envuelve máximas respetables, sostenidas por los sabios de todos los países, verdaderos axiomas confirmados, y nunca desmentidos por la experiencia de todos los tiempos.

Foción, ese hombre grande de la antigua Grecia, á quien parecía alumbrar muchas veces la aurora del cristianismo, cuyos escritos debían ser la cartilla inseparable de los que mandan, y que guiado de la antorcha de la observación y buena fe, encontró en la misma naturaleza del hombre los principios de la ciencia de gobernarle: Foción decía haber experimentado mil veces en el Senado y en las asambleas del pueblo, que su República era débil, vacilante y despreciada, tan solamente porque sus compatriotas habían perdido las virtudes de sus mayores.

Roma y otros muchos pueblos famosos, antiguos y modernos, han sufrido la decadencia y aun la ruina de su prosperidad y gloria primitiva, porque formaron de la política conceptos absolutamente diversos, que no pueden mudar de verdad, por más que algunos quieran acomodar aquélla á los caprichos de su ignorancia, ó á los delirios de su orgullo.

El Congreso mexicano, convencido de la seguridad de tales máximas, procurará partir, en el ejercicio de su autoridad suprema, de los principios en que se fundan la moral y la justicia.

Reunido, en virtud de las Bases constitucionales que ha jurado, las cumplirá y hará cumplir religiosamente: estudiará su letra y espíritu para hacer el bien que sea posible, sin desviarse un punto de las atribuciones que se le han marcado: entregará puro y sin mancha el depósito sagrado que la Nación confió á su sabiduría y lealtad; y espera de la probidad del Gobierno, que, abrazándose fuertemente de esa única tabla que hay de salvación para los mexicanos, marchará de conformidad en su administración con los principios adoptados por el Congreso, bien seguro de llegar al puerto de verdadera felicidad.

El Dios de bondad, ante quien hemos consagrado humildes nuestros votos, y que ve la pureza de nuestras intenciones, oiga nuestra plegaria; alce la mano de su justicia para bendecir nuestras tareas; y cegando la fuente de nuestros males, nos sostenga con su brazo omnipotente dentro de la senda por donde hemos de alcanzar los goces con que nos brindó Iturbide en los días alegres de la independencia!—He dicho.

El General Canalizo, al jurar como Presidente interino, en 1 de Febrero de 1844.

Señores diputados y senadores:

Justa la Nación mexicana en todas sus deliberaciones, no lo ha sido menos llamando á regir sus destinos al Restaurador de los principios, Benemérito de la Patria D. Antonio López de Santa-Anna, que en su sabia y filosófica administración provisional manifestó claramente que había comprendido bien aquella máxima que funda la política en las bases inmutables de la justicia y de la moral; y con mil hechos consignados en ese período de orden y de vida, supo también convertir en realidad los bienes que antes sólo habían sido para los pueblos ilusiones y esperanzas.

Está concluida la voluntad nacional, y sancionada la elección del Primer Magistrado de la República; mas cumpliéndose con el art. 91 de las Bases constitucionales, el respetable Senado me ha honrado con sus votos, y ha puesto sobre mis débiles fuerzas el peso enorme de la administración pública.

No podré explicar con palabras mi gratitud y reconocimiento por tanta benevolencia; pero procuraré corresponder con las obras á esta distinguida consideración. Así, pues, seré el primero en tributar mi respeto y sumisión á las leyes, y en procurar con energía su cumplimiento.

Cultivaré con las naciones amigas nuestras relaciones, que se hallan en el mejor estado y armonía, guardando la buena correspondencia que exigen la civilización y dignidad nacional: seré el apoyo de las garantías individuales, y no omitiré medio alguno para la buena administración.

La paz que generalmente disfruta la República, con insignificantes excepciones, será objeto de mi particular atención, para que no se altere ni interrumpa; y pues Yucatán ha vuelto á la unión nacional y jurado el cumplimiento de las Bases constitucionales, resta sólo que se termine lo relativo á Texas, para que la integridad del territorio sea debidamente conservada.

Ese hermoso Departamento que el Ser Supremo destinó para morada de los mexicanos y que pertenece á la República, por títulos que no pueden ponerse en duda, después que se ha reconocido por el derecho de gentes la extensión y propiedad de cada país, fué sublevado por malas sugestiones; y si nuestras armas han sostenido una guerra en las fronteras, no pueden imputarse sus consecuencias á una nación mal correspondida que defendía sus derechos sagrados.

Se ha dicho al mundo que unir Texas á una República vecina es necesidad de in terés común; pero estoy muy lejos de persuadirme que al verterse tal máxima, una nación amiga, civilizada y que conoce bien los principios de justicia en que se funda nuestra conducta, pueda desatar los vínculos que nos unen.

No debo esperar, repito, que México se vea en aquella imprescindible obligación que tienen todas las naciones de conservar la integridad de su territorio, convirtiendo, á su pesar, en teatro de desolación la tierra que el cielo dió por herencia á sus respectivos habitantes; ni debo temer que se le opongan obstáculos que pueden impedir el libre ejercicio de su soberanía.

Para evitar los males de la guerra, sin ofensa de la dignidad nacional, se inició la paz. Este negocio sigue su curso, y luego que se obtengan resultados, se os instruirá de ellos oportunamente.

He manifestado, señores, los sentimientos que me animan para el desempeño del delicado encargo que interinamente se me confía: en breve tomará el timón del Estado el escogido de la Patria, que, dotado de virtudes y talentos eminentes, y dueño de la confianza y opinión pública, conservará á la Nación en su rango, logrando los mexicanos, bajo su paternal dirección, el complemento de su felicidad.

¡Quiera el cielo que mi administración pueda parecerse á la del ilustre General Santa–Anna! Estos son mis votos.—Dije.

Contestación del Presidente del Congreso, D. José Julián Tornel.

México ofrece á la consideración del filósofo un espectáculo tal vez único en los anales de los pueblos.

Regido por instituciones que parecían calculadas para impedir que el Gobierno obrase el bien de la Nación, se lanzó al mar tempestuoso de las revoluciones, para obtener los goces de una paz duradera; revistió de un poder enérgico y vigoroso al Ejecutivo, para disfrutar de las garantías sociales, y confió una autoridad sin límites al Presidente provisional de la República, para ser regido por instituciones liberales.

Ciudadano Presidente! Desde lo alto de este solio, á que interinamente os han llamado vuestras virtudes y el voto de los Representantes del pueblo, anunciáis á siete millones de mexicanos, que el ilustre vencedor en el Pánuco ha correspondido lealmente á la inmensa confianza de que fué depositario; que el poder que recibió del pueblo, lo devuelve al pueblo mismo; que la obra de la regeneración social está cumplida; que el régimen discrecional ha cesado de existir y que ha tenido principio la era constitucional de la República.

Acabáis de jurar en presencia del Eterno y en el seno de la Representación nacional, cumplir y hacer cumplir esas Bases de organización, obra de la sabiduría de la Asamblea legislativa, y en cuya estricta observancia se cifran las esperanzas de la Patria.

Seréis fiel á vuestros juramentos, porque vuestro carácter es la lealtad y siempre habéis acatado los principios.

Protegeréis la religión, esa institución sublime, descendida de los cielos para la felicidad de los humanos; porque sin religión no puede haber sociedad; porque es el freno de los poderosos y el único consuelo del desgraciado.

Sostendréis la Independencia, porque es la vida de las naciones; respetaréis las garantías sociales, porque sin libertad racional no pueden existir los hombres; porque la propiedad es el vínculo que los mantiene unidos, y sin la igualdad ante la ley no hay que esperar orden, justicia ni libertad.

Sois feliz en encargaros de la administración de la cosa pública cuando los hombres de todos los partidos se han unido en rededor de las instituciones: conservaréis esa unión dichosa, porque en la alta esfera en que estáis colocado, no sopla el aquilón de las pasiones y porque vuestra diestra enarbola la bandera de la Patria.

Los mexicanos tienen en horror las convulsiones de la anarquía; pero tampoco están avezados á doblar la cerviz bajo el yugo del despotismo. Paz, orden, libertad, es el objeto de sus aspiraciones; y haciendo cumplir las Bases de organización, garantizaréis á la República los goces inefables de una libertad sin licencia y de un orden legal.

Dificultades de todo género se opondrán á la marcha de las instituciones; pero sabréis dominarlas con el auxilio de la Providencia bienhechora que se complace en proteger á los mexicanos; con la cooperación del Cuerpo Legislativo, que se apresurará á impartirla siempre que lo exija el bien de los pueblos, y con la cordura, sensatez y buen juicio que forman hoy día el carácter de las autoridades y habitantes de la República.

Date desde el 1 de Febrero de 1844 el principio de una era de dicha y de ventura para la Nación; y que el nombre del Presidente interino que acaba de prestar el juramento de obediencia á la Constitución, llegue á las más remotas generaciones acompañado de las bendiciones de los mexicanos.—He dicho.

El General Canalizo, al cerrar las sesiones del primer período, en 31 de Marzo de 1844.

Señores diputados y senadores:

Termina hoy el primer período constitucional de vuestras sesiones, y volvéis á la quietud doméstica, dejando asegurada la justa opinión que la República y el Gobierno se habían formado de vosotros.

La Nación entera ha sido testigo del fruto de vuestras tareas, y espera tranquila que cuando volváis á este santuario, habréis meditado los medios más eficaces para hacer efectiva la felicidad pública.

Tengo la satisfacción de anunciaros que nuestras relaciones exteriores continúan en buena armonía, y que el nuevo enviado de S. M. B. ha sido recibido con la cordialidad y cortesía que corresponde entre naciones amigas.

Sobre la agitada cuestión del comercio al menudeo, México descansa en que las naciones ilustradas conocen la justicia en que se apoya, porque está universalmente reconocido como incontrastable, que este es un derecho ó un asunto de legislación interior, en que todas las negociaciones y todas las reclamaciones del mundo pueden encallar ante la voluntad de los Poderes nacionales.

La República, en lo interior, disfruta de paz y tranquilidad: en casi todos los Departamentos quedan instaladas sus respectivas asambleas, y en los períodos constitucionales han sido nombrados sus Gobernadores con presencia de las propuestas que se han elevado al Gobierno; y si bien la policía se ha encargado por las Bases á los Departamentos, no por eso ha omitido el Ejecutivo dictar las medidas generales de su resorte.

Los progresos de la industria nacional han sido objeto de mi particular atención, y queda instalada una Junta de Fomento de Artesanos que presenta un porvenir halagüeño. Sobre tan importante ramo se han hecho por el Gobierno iniciativas que vuestra prudencia y sabiduría resolverán como puntos vitales para el bienestar de la Nación.

La instrucción pública está atendida cuanto lo demanda su importancia, y nada se ha omitido en favor de la recta administración de justicia en lo que ha dependido del Poder general.

En el actual orden de cosas el Gobierno se encuentra con mayores obstáculos para darle al Erario el desahogo que demandan las circunstancias; pero marcha con alguna regularidad, cubriéndose las exigencias del momento: á vuestra cordura queda reservado el mejor arreglo con vista de los presupuestos de que debéis ocuparon en el segundo período.

El Ejército sigue en buen pie: se atiende con esmero á su instrucción y disciplina, gloriándose el Gobierno de que se halla en actitud de sostener los derechos nacionales y la paz interior. Sostendrá, Señores, con firmeza tan sagrados objetos.

Tal es el estado de los negocios en todos los ramos de la Administración; y podéis retiraron tranquilos á vuestros hogares, seguros de que cuando volváis al santuario de la ley, hallaréis al Ejecutivo firme en sus principios, decidido por la felicidad de los pueblos y fiel á sus juramentos.

Contestación del Presidente del Congreso, D. Rafael Espinosa.

Excelentísimo Señor:

Fiel el primer Congreso Constitucional á sus sagrados deberes de promover dentro de la órbita de sus atribuciones el bien de la Nación, sus tareas han tenido siempre este noble objeto; y si el acierto no ha coronado sus trabajos, loables han sido sus deseos, pura y recta su intención.

Igualmente distante de todos los partidos y teniendo por única enseña las Bases de organización política de la República, emprendió una marcha leal y franca sobre las huellas que el patriotismo dejara estampadas en la senda constitucional: su voz ha sido el eco de la opinión pública, y sus resoluciones, dictadas con circunspección y detenimiento, no se han separado ni un ápice de las leyes fundamentales.

Llamado á ejercer, en representación de todas las clases de la sociedad, las augustas funciones del Poder Legislativo, para que la Nación continuara imperando, lejos de recibir la ley, que ninguna autoridad ni individuo tiene derecho de imponerle, á la vez quo se ocupaba de formar leyes secundarias, indispensables para el desarrollo y complemento de la Constitución, dirigía sus miradas hacia todos los ramos de la administración en el orden público; y semejante al sol, que lo mismo fecundiza á la encina majestuosa que al humilde helecho, dió fuerza y vida á los objetos sobre que ha legislado, sin tener nunca en cuenta la categoría que los distinguiera, aunque tomando, sí, en consideración la importancia que los caracterizara.

Animado de un espíritu conservador, espíritu particularmente necesario para consolidar las instituciones cuando carecen del prestigio de la antigüedad; y profesando por principio que sería peligrosa toda innovación en las Bases, que no justificara la experiencia y que no reclamara una utilidad notoria, se abstuvo de hacer reformas en ellas, proponiéndose esperar que, consagradas por el tiempo y veneradas por su permanencia, puedan formar el carácter nacional, resultado del hábito que los pueblos adquieren de vivir bajo el amparo de ciertas leyes.

¿Qué resta, pues, para que la Nación comience á saborear los frutos de concordia y de ventura que aguarda del nuevo régimen constitucional! Los proyectos de ley iniciados en la Cámara de Diputados, por saludables y benéficos que aparezcan, necesitan purificarse en el crisol de la Cámara revisora, y que el Ejecutivo les dé algunas veces la última mano de perfección.

Trabas de tal naturaleza, si es verdad que retardan la formación y publicación de las leyes, son también el mejor garante de su necesidad y bondad; y una prenda de confianza de que la sabiduría del Gobierno no se negará después á ponerles el sello de su respetable sanción.

Esta armonía entre los Poderes, que constituye la fuerza en las repúblicas bien ordenadas, será, además, en la nuestra, el talismán que una todas las voluntades, y confirmará lo que anunció el Jefe del Ejecutivo provisional en el manifiesto á sus compatriotas al retirarse del Gobierno: "constituida dejo la Nación de una manera análoga á sus necesidades y conforme á las exigencias del siglo positivo en que vivimos; dejo cerrado el abismo de las discordias y preparado un sepulcro á la arbitrariedad si alguna vez pretendiese humillar las nobles y erguidas frentes de los mexicanos."

En este oráculo se encierra el gran misterio de la felicidad política de la Nación, y revisado el arcano, no es el Congreso el sacerdote que lo ofusque ó que intente ocultarlo, sino el intérprete que lo explica y aclara, y el ministro que dirige al cielo las más fervorosas oraciones por su puntual y perpetuo cumplimiento.

Plegue á Dios acogerlo benignamente, y que este primer ensayo de la nueva constitución de la República fije una época de gloria en los anales de la Patria y tenga por resultado la prosperidad de los Departamentos.

Votos semejantes emitidos por el Congreso en el acto solemne de cerrar sus primeras sesiones ordinarias, y á los que nunca faltará, son una firme y segura garantía de que en su segundo período constitucional concurrirá con todas sus fuerzas á mejorar el estado financiero de la Nación, procurando hacer efectiva la felicidad pública.

Retírase, pues, de la escena política; y los individuos que lo componen, si bien no se lisonjean con la idea de haber llenado la expectación de sus conciudadanos, consuélanse sobremanera con que su conducta patente en las actas de las sesiones, actas que corren por todos los Departamentos, será un honroso testimonio que hablará siempre en su favor, y con que sus trabajos parlamentarios serán para el año venidero un manantial fecundo de importantes resoluciones.

Sírveles también de satisfacción saber que la República goza de paz, que la industria va en aumento y que la instrucción primaria ha sido atendida; que el Ejército se halla en buen pie y en aptitud de sostener los derechos nacionales y la tranquilidad interior; que las relaciones exteriores continúan en buena armonía y que en la grave cuestión que hoy se agita relativa al comercio del menudeo prohibido á los extranjeros, México descansa en su justicia.

¿Qué más tendrían que desear en el plausible día en que tornan á la vida privada y al sosiego doméstico? Nada ciertamente, después que el Jefe interino del Gobierno, cuya lealtad conoce, acaba de proferir estas palabras: "Podéis retiraros tranquilos á vuestros hogares, que cuando volváis al santuario de la ley, hallaréis al Ejecutivo firme en sus principios, decidido por la felicidad de los pueblos y fiel á sus juramentos."

¡Promesa solemne, promesa grande, promesa que encierra en sí todas las esperanzas de la presente generación! —Dije.

El General Canalizo, al abrirse las sesiones extraordinarias; en 1? de Junio de 1844.

Señores diputados y senadores:

El ilustre caudillo de la República viene á ocupar el puesto á que lo llaman el voto y la opinión nacional; viene á empuñar las riendas de la Administración el genio que dió ser á las instituciones, y en el seno de la augusta Representación nacional va á reproducir en un acto solemne el juramento que tiene cumplido de antemano.

Habéis sido llamados para recibir ese nuevo testimonio del eminente patriotismo del benemérito General Santa–Anna.

Mas no es este sólo el objeto con que se os ha convocado por el Ejecutivo: volvéis al ejercicio de vuestra augusta misión antes del período constitucional, porque así lo demandan los más caros intereses de la Patria. Recobrar á Texas es un deber nacional: vuestra sabiduría comprende muy bien cuánto afecta este negocio el decoro y la dignidad de la República; y lastimaría el conocido patriotismo de los representantes del pueblo si me detuviera en manifestarles que se trata de salvar un derecho perfecto.

La justicia de nuestra Patria, en este grave negocio, no es un punto controvertible, es un principio reconocido por el derecho de las naciones; pero los medios para llevar á cabo empresa tan vital, toca á vuestra cordura y prudencia señalarlos, para que se marche sin tropiezo.

No se oculta á vuestra sagaz inteligencia que en el curso de los acontecimientos pueden complicarse intereses extraños, y es necesario prevenirlo todo para hacer frente á cuantos obstáculos se opongan al libre ejercicio de la soberanía nacional; porque la guerra, una vez emprendida, debe ser eficaz y abrazar todos los puntos de contacto.

México tiene recursos y poder, vosotros lo sabéis: poner en acción sus elementos y darles efecto, corresponde al Gobierno; y protesto á la faz del mundo, que México sostendrá su dignidad, ó dejaré de existir; pero cubierto de gloria.

El Ejército, que ha sostenido siempre los derechos de la Patria, será el muro que se presente al enemigo, y el vengador de los ultrajes que se han hecho á esta magnánima Nación por ingratos aventureros y desleales; pero su aumento es una necesidad absoluta por lo mucho que debe dividirse su atención, y basta que lo acordéis para cubrir nuestros campos de valientes.

El Gobierno os dirigirá las iniciativas que considere convenientes para la seguridad de la República y conservación de su independencia.

Me retiro con la dulce satisfacción de que la causa de la Patria queda en las manos de sus escogidos; de que va á ponerse al frente de los negocios el hombre ilustre que posee el don de acierto en todas sus empresas; y me retiro, por fin, de la silla del Poder, habiendo cumplido la solemne promesa que hice en este santuario, de ser fiel á mis juramentos, firmemente adicto á los principios, y decidido por la felicidad de la República. Sólo deseo ser útil á mi Patria, en cuyas aras ofrezco mi sangre por precio de su prosperidad y de su gloria.—He dicho.

Contestación del Presidente del Congreso, D. José de Jesús Dávila y Prieto.

Las críticas y difíciles circunstancias que han motivado en esta vez la convocación del Congreso nacional á. sesiones extraordinarias, no son ciertamente nuevas: tiempo há que existen disfrazadas de diferentes maneras, y que pasan entre nosotros al través de nuestras querellas domésticas y de nuestras disensiones políticas; mas hoy, por desgracia, se presentan con un carácter más grave, y se ven complicadas notablemente, así por el transcurso de un largo tiempo, como por la ingerencia explícita que en ellas ha querido tener últimamente el Gabinete de Washington.

Reconocer por un acto público y solemne la agregación de una colonia naciente que acaba de establecerse en los terrenos más fértiles de nuestra República, que le habían sido concedidos graciosamente y con una generosidad nunca vista; que los había aceptado y recibido con la condición expresa de someterse á las leyes de México, como parte integrante de su territorio, y que sólo los había poseído antes de su alzamiento, por un tiempo tan corto como el que es necesario para que un niño salga de la infancia; esto, considerado aisladamente, no fué otra cosa que acoger y sancionar la más negra perfidia y la más inaudita ingratitud.

Pero entablar después y concluir un tratado de agregación á los Estados Unidos con un Departamento sublevado, si no es una hostilidad verdadera, es, cuando menos, una provocación manifiesta, una amenaza cierta de futura usurpación.

Increíble parece que el Senado de los Estados Unidos llegue á prestar su aprobación á un tratado semejante, violando así el sagrado derecho de las naciones, y poniendo el sello á una sublevación que ha tenido su origen y fundamentos en el más sórdido interés y en la más detestable traición; pero de todos modos es siempre necesario prevenir con prudente cautela una agresión injusta, de que se hace ya tanto alarde, tomando al mismo tiempo las medidas más propias y convenientes, para recobrar de una vez un departamento sublevado que se ha hecho el prototipo de la ingratitud, convirtiendo el beneficio que recibiera de la Nación Mexicana contra su magnánima benefactora.

Para objetos tan caros, tan eminentemente nacionales, y en que resaltan de nuestra parte la razón y la justicia, no hay que dudarlo, el Congreso dictará todas las medidas que estime necesarias, obrando siempre en la órbita de sus facultades consignadas en las Bases que ha jurado guardar y hacer guardar.

Dos puntos tan importantes como delicados ocuparán toda su atención en las sesiones que va á comenzar: la contribución de sangre para el aumento del Ejército que se estime necesario á reivindicar y conservar los derechos de la Nación, y la de los recursos pecuniarios que sean suficientes á estos grandes objetos.

Ambas cosas pertenecen á las atribuciones consignadas en las Bases al Poder Legislativo; y una y otra las desempeñará en esta vez con el tino, sabiduría y prudencia que acostumbra.

Observará atentamente el estado actual de la Nación para imponer sobre ella y distribuir con equidad y justicia los gravámenes que fueren indispensables; pesará en balanza fiel el interés é importancia de los negocios que imperiosamente exijan tan caros sacrificios, y calculará con maduro examen los que debe hacer la Nación para reintegrarse de un departamento que le pertenece.

Ésta, por su parte, aprontará los recursos exigidos como necesarios para la reivindicación de su territorio usurpado; y el Poder Ejecutivo, haciendo de ellos, como de un depósito sagrado, el uso y aplicación convenientes, completará la grande obra de la reintegración nacional, á que se dirigirán unidos los esfuerzos de todos los mexicanos, porque en ellos se cifran su honor, su gloria y su justicia.

¡La Eterna sabiduría por quien los jefes de las naciones rigen con acierto sus destinos, y los legisladores decretan lo justo y conveniente á su bien y felicidad, presida en esta vez las importantes deliberaciones del Congreso, y dirija los Consejos del Poder Ejecutivo de la Nación!

¡El espíritu de reconciliación, de fraternidad y de concordia, influya eficazmente en el noble corazón de los mexicanos, para que, unidos á un mismo fin, el de su honor y el de su gloria, hagan el último sacrificio fructuoso por la independencia é integridad de su Patria; y el Dios de los Ejércitos, que dispone de la suerte de las naciones y fija el éxito de las batallas, infunda valor y prudencia á nuestros capitanes; dé resignación y constancia á nuestras huestes en la campaña, esfuerzo y decisión en el combate, la victoria y el triunfo sobre los enemigos de la Patria, descargando el brazo fuerte y vigoroso de su inexorable justicia, sobre los que han osado hollarla con tanta imprudencia en el delirio de su insaciable codicia!—He dicho.

El General Santa - Anna, al jurar en 4 de Junio de 1844.

Señores diputados y senadores:

Acabáis de presenciar el acto solemne por el que me he obligado á la observancia de las leyes fundamentales de la Nación; y al cumplir con este deber, he ratificado las propias convicciones y sentimientos que tuve al sancionar las Bases Orgánicas de la República el 13 de Junio de 1843.

La marcha de las naciones más cultas nos había dado útiles lecciones, y también las habíamos adquirido en nuestra carrera política: esos pueblos que hoy sobresalen por el esplendor de su poder y su prosperidad, pasaron asimismo por la senda de las desgracias, y llegaron á conocer que un medio prudente en la organización de sus gobiernos, les proporcionaría los verdaderos frutos de la civilización y de las luces y los inapreciables bienes del orden y la paz.

Así comprendí que debía conducirse la República mexicana para plantear unas instituciones que le dieran libertad y justicia, y consolidadas en un gobierno que fuera el apoyo de su permanente tranquilidad.

Con las Bases Orgánicas desaparecieron las exageraciones de los partidos; se establecieron leyes fundamentales en que se afirmó un orden que la Nación tanto necesitaba; se presentó bajo una perspectiva lisonjera el fin de nuestras funestas discordias; y, por último, á la sombra de esas leyes podemos marchar á colocarnos entre los pueblos más distinguidos de la tierra.

Mis esperanzas no se han engañado: la Nación ha adoptado gustosa las Bases Orgánicas; el orden constitucional se ha establecido; y todos miran en la observancia de las leyes fundamentales la felicidad de la Patria.

Yo me complazco en haber trabajado por su establecimiento, y ofrezco delante de mis compatriotas que por mi parte serán indestructibles; que el Poder que se me confía será empleado para su defensa, y que mi entusiasmo y constante lealtad por sacrificarme en servicio de la República, es la mayor garantía de mis promesas.

Las Bases, como obra de los hombres, podrán necesitar algunas reformas: en ellas mismas está señalado el modo de introducir las modificaciones necesarias, y por los medios pacíficos de la discusión.

Esta Nación grande y generosa que mil veces me ha distinguido con su confianza, y que me ha llenado siempre de tanto honor y de tantas distinciones, hoy me llama de nuevo á ocupar el Poder, y no tengo voces con que expresar los sentimientos que pasan por mi alma y cuya explicación dejo á los que saben sentir lo que vale una patria, á los que tienen un corazón ardiente y una alma sensible, y á los que comprenden todo lo que es grandioso y elevado. No olvidaré jamás el papel que México es llamado á representar en el mundo; lo que se debe á su dignidad y seguridad; lo que necesita para su prosperidad interior y para su respeto en el exterior.

Estoy penetrado de la importante cooperación con que los sabios legisladores han de ayudar á mis tareas, y no dudo de cuáles serán los esfuerzos de su patriotismo para uniformarse con el Gobierno, asegurar la independencia de la Nación, hacer eterna la paz en ella y elevarse á toda la altura de su gloria.

Dedicaré al logro de tantos y tan grandes objetos el poder que se me confía como celoso Magistrado, el amor y la decisión de un buen ciudadano, y la espada y la sangre de un soldado.

Contestación del Presidente del Congreso, Don J. de J. Dávila y Prieto.

Ciudadano Presidente:

El juramento que atabais de prestar en el seno de la Representación nacional, de cumplir y hacer cumplir las Bases de organización política de la República, va á ser la sagrada garantía en que los mexicanos fundarán su más firme esperanza de futura felicidad.

Esta promesa solemne, hecha á la Nación ante Dios y los hombres, será á su cumplimiento la egida de las libertades públicas, el apoyo de los derechos políticos del mexicano, y el escudo en que se estrellará todo poder omnímodo, todo poder extraño á las instituciones orgánicas.

En éstas se expresan y detallan uno á uno los derechos del ciudadano mexicano; pero sólo en su observancia y cumplimiento se gozan y disfrutan esos derechos prometidos: allí se fijan los límites que los Poderes supremos deben guardar entre sí y respecto de los pueblos de donde emanan y á quienes representan; mas sólo practicando fiel y religiosamente estas reglas, se sienten y reciben los positivos bienes que ellas contienen.

Sólo en el exacto cumplimiento de la Constitución y de las leyes alcanzan con plenitud las naciones su libertad política; porque así es como se afianza positivamente el sagrado derecho de propiedad, el de seguridad, el de libertad y el de la vida, que son los dones más preciosos que el hombre posee sobre la tierra, y los más grandes y más nobles objetos de todas las asociaciones políticas.

La falta de cumplimiento á la Constitución y á las leyes, ya de parte de los que gobiernan, ya de parte de los gobernados, siempre nos ha orillado á los funestos extremos de la anarquía ó de un poder discrecional; pero uno y otro fatal extremo se evitan en las Bases que habéis jurado, en las que se asegura el orden sin despotismo, y se establece la libertad sin licencia.

Vos habéis sido ahora constituido Primer jefe de la administración pública de México, por el voto de sus pueblos, representados en las Juntas Departamentales: así lo ha calificado y decretado el Congreso nacional, y por eso entráis hoy, después de restablecida vuestra importante salud, en el ejercicio de un cargo tan grave como honorífico.

Vais á comenzar una nueva era para la República, porque venís á desarrollar y robustecer la vida que empezaron á tener nuestras instituciones en el principio de este año: venís á consolidarlas, á perfeccionar y consumar con el cumplimiento y la observancia, la obra que vos mismo sancionasteis.

Desde hoy, benemérito Presidente, vais á quedar colocado por voluntad de la Nación en el centro de una grande esfera de actividad, desde donde debéis extender á largas distancias y á todas direcciones la acción é influencia benéfica de un gobierno paternal y justo.

En las leyes del Cuerpo Legislativo recibiréis la luz que habéis de comunicar por todo el ámbito de la República, alentándola con aquella actividad y calor vivificante que son propios del Poder que entráis á ejercer.

No os olvidaréis, ilustre Presidente, de los Departamentos lejanos del centro, que tiempo ha luchan constantemente con el azote más cruel de la humanidad, con la guerra exterminadora del salvaje; sus habitantes con una mano empuñan el fusil para defenderse y defender de tan cruel enemigo á los Departamentos del centro, y con la otra la azada y el cayado para subvenir á una escasa y siempre peligrosa subsistencia.

Sus pechos leales son las murallas inexpugnables que han contenido y contienen á los bárbaros más allá de San Luis, de Zacatecas y otros Departamentos importantes de la República: por esto demandan de vuestro gobierno una especial protección, y también porque no interesa menos al honor y dignidad de la Nación someter al texano infiel, que auxiliar y proteger al mexicano leal que cultiva y defiende la tierra de México, para México, regándola con su sudor y con su sangre.

El Congreso expidió ya una ley benéfica para aquellos Departamentos que el Ejecutivo sancionó inmediatamente: con ella han recibido consuelo y concebido halagüeñas esperanzas de un futuro bienestar; pero la realidad y el bien positivo lo obtendrán al establecerse efectivamente las compañías presidiales que se han mandado poner de preferencia, lo cual será obra de vuestro gobierno.

El Congreso nacional se halla ligado con el mismo juramento que vos habéis prestado, y por esto debéis estar seguro de que será el primero y más constante cooperador de vuestro gobierno para llevarlo al cabo, y Dios, que ha sido testigo de ambos sagrados juramentos, y que los ha visto desde el fondo de nuestros corazones, sea el que nos ayude á su puntual y exacto cumplimiento para el bien y felicidad de nuestra patria. He dicho.

Mensaje del General Santa-Anna, leído por el Ministro de Relaciones y del Interior, en la apertura del 2o. período de sesiones, el 1 de Julio de 1844.

Señores Diputados y Senadores:

El período de sesiones ordinarias en que vais á entrar, es un acontecimiento importante para la Nación.

El arreglo de sus rentas, la distribución de ellas, el examen de lo que se gastó en las épocas anteriores y el facilitar los medios de igualar los ingresos con las salidas, son cosas de mucha cuantía, son los verdaderos cimientos de la paz interior, y la consolidación de los gobiernos; y prestan, por eso, la firmeza del orden establecido, y la respetabilidad exterior.

Los Estados que llegan á ordenar sabiamente la parte financiera, son poderosos é indestructibles, y tal es el objeto grande que va á ocuparos.

Las dificultades que se presentarán son demasiado grandes: pesa sobre nosotros un desorden antiguo, radicado en cada una de nuestras revoluciones, multiplicado por una situación siempre vacilante y movediza.

La guerra de la independencia fué la que comenzó la serie de los errores y de los trastornos, pues que el gobierno español, en la necesidad de defenderse no se detuvo en los inconvenientes, y por las urgencias del momento no atendió á los males futuros que preparaba: lo más pingüe de sus recursos sufrió golpes mortales como la renta del tabaco; dió ocasión á grandes concusiones, facilitó un espantoso peculado, y cuando su mira fué tener defensores que le ayudasen, cerró los ojos á cualquiera otra especie de abusos y desórdenes.

Estableciéronse nuestros gobiernos nacionales y á ellos tocó coger el triste fruto de una simiente envenenada. Añádase nuestra poca experiencia, nuestras urgencias graves y de cuantía, como que se trató de organizar un gobierno propio de una nación independiente, la astucia calculadora de los que viven de los errores del que manda, y, sobre todo, nuestras disensiones civiles, y tendremos una leve idea de lo mucho que debió sufrir nuestro Erario.

Las falsas ideas sobre la producción, aplicadas en las leyes sin la experiencia necesaria para comprender los verdaderos principios de una economía política adaptable á nuestro propio país, nos indujo á descuidar y aun á debilitar y frustrar los elementos de la riqueza nacional, y así fué que, disminuida ésta sucesivamente, se secaban del mismo modo las fuentes del Erario público.

La voz de la necesidad, más grande y poderosa que los fríos avisos de la razón, estrechó á salir de grandes apuros por medio de grandes compromisos, y así fué que siguió casi sin interrupción un sistema ruinoso de préstamos que, ayudando bien poco á las necesidades más ejecutivas, ponía en su lugar otras mayores y más breves, empeñaba las rentas futuras, y dejaba á la generación venidera un tesoro agotado y unas obligaciones tremendas para cubrir los gastos de las épocas anteriores, sin otro fruto que el enriquecimiento de ávidos especuladores.

Un préstamo extranjero que ni era necesario, y en cuyo ajuste se olvidaron las reglas más sencillas de una ordinaria previsión, vino á poner el colmo á los males, y completa el triste relato de nuestras desgracias.

Tal era la Hacienda y tales los desórdenes con que fué recibida cuando el Ejecutivo provisional se encargó de reanimar este cuerpo pronto á disolverse: pesaron sobre él los errores y las faltas de todos los tiempos anteriores, y contando con su buena fe, con su energía y con su eficacia, se esforzó á establecer el principio de las reformas, y dejar el cimiento de un orden seguro y estable.

Volvió sus miradas á todo lo que es fuente de la prosperidad general: la minería, la industria, la agricultura y el comercio revivieron por leyes protectoras en que se comprendieron los verdaderos intereses de la Nación mexicana, y con las cuales llegarán á ese tamaño extraordinario á que los destina la naturaleza de nuestro suelo, de nuestro clima, de nuestras producciones, y de la aptitud sobresaliente de los mexicanos.

Se destruyó el infernal sistema de préstamos y se puso en obra el medio de ir amortizando las deudas antiguas, de suerte que hoy se han pagado sumas enormes y queda preparado el modo de cubrirlas enteramente.

Se planteó un orden de aumento de recursos por medio de las contribuciones directas; y con ellas no sólo se logrará este objeto, sino el consolidar la Hacienda, lejos de las vicisitudes que pueda ocasionar, no sólo una guerra exterior, sino aun el más simple amago de ella.

La renta del tabaco no existía: fué creada, fué fomentada, hoy produce mucho, y como va en sucesivo aumento, debe esperarse que llegue á lo que fué en los días de su mayor prosperidad.

Falta todavía mucho para que subsista el nivel indispensable entre gastos y productos; pero ya nos hemos puesto en el camino, y cada día nos acercamos más y llegaremos pronto, auxiliados con las sabias decisiones que se promete la Nación, del ilustrado Cuerpo Legislativo, de quien espero los decretos necesarios para cubrir el déficit que existe.

Se advertirá que sólo del año de 1842 á fines de 1843 hay un aumento en los productos totales de las rentas, de más de un millón de pesos: este progreso continúa y se verá en la Memoria del Ministro del ramo, que presto se va á presentar, el modo con que se ha conducido ese plan y lo que falta para realizarlo.

La creación de rentas para los Departamentos, es una cosa urgente y deseo verla realizada; pero en este particular es necesario no obrar con precipitación, que daría por resultado el destruir cuanto se ha avanzado, y acabar con el mismo Gobierno.

Los Departamentos necesitan de rentas nuevas, porque las generales no cubren los gastos del Gobierno; fácil cosa es, del total de productos separar lo que importan los gastos departamentales; pero si los generales se desatienden, volveremos á nuestros antiguos errores, porque á ellos nos conducirá la necesidad, y la Hacienda pública jamás existirá.

Siempre he creído que el arreglo de rentas debe ser obra de un plan general que todo lo abrace, y si vuestra sabiduría alcanza tan ventajoso resultado, ningunos mejor que vosotros merecerán la bendición y gratitud de los pueblos.

Entretanto el Gobierno, que no puede ver con indiferencia la suerte de los Departamentos, les ha cedido la capitación que varios de aquéllos han solicitado; hay ya algunos que han puesto en corriente sus gastos con este recurso; y arreglándolo todos, según las facultades que para ello les dan las Bases Orgánicas, es seguro que nada ha de faltarles para estar en corriente.

La deuda extranjera necesita que se fije la atención en ella, y desde ahora se preparan los medios de apartar los funestos compromisos que podríamos tener si no viésemos para adelante, y si dejásemos llegar el día en que ya no podamos quitar de sobre nosotros un mal tau grave.

Grandes esfuerzos ha hecho el Ejecutivo para atender hasta donde ha podido esta carga que pesa sobre México; se ha cumplido con grandes sacrificios, pero van á llegar presto obligaciones mayores que necesitamos preparar.

La presente Legislatura es llamada, además, á llenar grandes destinos: nos hallamos en esa posición en que la Providencia suele colocar á los pueblos que quiere hacer grandes. La campaña de Texas y la defensa nacional á que ésta puede ciar lugar son las cosas que más han importado á los mexicanos.

Esfuerzos grandes son necesarios; y vosotros, depositarios de esa voluntad nacional tau decidida por su engrandecimiento, estáis en el caso de mostrarla y dirigir la conducta de los ciudadanos. Los recursos extraordinarios que se necesitan han de salir de vuestras ilustradas deliberaciones.

El Ejecutivo, que ha tomado la iniciativa para la defensa de la Nación, hoy espera cuanto vosotros determinéis; sus sacrificios serán sin límites; no tendréis que inquirir su voluntad; ella está enteramente sacrificada por la patria: su ejecución es indefinida como las esperanzas de la Nación, y ésta en cualquier acontecimiento tendrá su frente coronada con la victoria, y su gloria y honor brillarán como el sol; sus derechos serán inviolables, yo os lo prometo.

Deseo, por último, que vuestras resoluciones sean tan acertadas que queden vuestros nombres señalados en la historia de la República Mexicana.

Contestación del Presidente del Congreso, D. Joaquín Ladrón de Guevara.

Cuando el Ejército trigarante levantó sobre estos muros el estandarte victorioso, de tres colores expresivos y bellísimos, vimos en él la enseña del valor, el emblema de los más tiernos recuerdos, el testimonio de nuestra gloria y el símbolo de muy lisonjeras esperanzas.

En el momento de sacudir las cadenas, percibimos asombrados la dicha de una existencia libre, y la Patria fué saludada con la voz del entusiasmo, con el grito cordial, unánime y placentero del gran pueblo mexicano.

Lucía el gozo en los semblantes; todos los acentos eran festivos; disfrutábamos delicias puras é inexplicables, y por todas partes se escuchaba el presagio de un porvenir encantador.

Anunciábamos, con razón, bienes sin cuento, ventura nunca perecedera, puesto que se invocó á. la religión adorable; jurábamos no depender jamás de gente extraña, y se estrechaba el abrazo fraternal que había de unir á los moradores de este país.

Mas persiguiónos la desgracia, que no por ser común dejaremos de lamentar siempre; y aquellos principios, tan justos como benéficos, que debieran estar siempre grabados en la tela más noble del corazón, se olvidaron unas veces, otras se perturbaron, y muchas fueron desatendidos.

Por funesta consecuencia hemos presenciado el llanto, poco interrumpido, de la orfandad, de la ira, ó del dolor; hemos atravesado por arroyos de sangre; hemos oído en nuestras ciudades, llanuras y montañas, el sonido espantoso del bronce exterminador; y frecuentemente han combatido entre sí, luchando con furor, los hijos de esta Nación afligida.

No obstante, la Providencia infinita se ha dignado conservarnos, y parece ofrecernos el alivio, fijando ya nuestra consideración en los sólidos y ahora amenazados intereses. Conocemos la elevada importancia de la sublime moral, la estimación de la independencia y el peso incalculable de la unión.

Las Supremas autoridades que hoy rigen los destinos de México se empeñarán más en manifestar su amor sincero y profundo respeto á la religión excelsa; se dedicarán al cultivo de la feliz armonía, de donde nacen la paz, orden y fuerza; y se mantendrán independientes en cualquier sentido, y á toda costa, pues quieren, saben y pueden serlo.

Se juzga que la República duerme, pero no es atacada por el sueño de muerte; descansa, sí, de las pesadas fatigas, con el sueño restaurador; y se alzará del lugar de su reposo más vigorosa y temible.

Si por fin sonare el toque de batalla, marcharán nuestros guerreros con el heroismo indicado en su frente, llevando la Patria en sus pensamientos, la justicia en el pecho, y el triunfo en la punta de su espada.

Ha insinuado ya el Gobierno que los actuales atrasos de nuestra Hacienda pública, reconocen ciertamente por origen los trastornos y convulsiones que en más de treinta años ha experimentado la Nación: demuéstrase la necesidad de proveer á las urgencias de los Departamentos, y la exigencia que presentan algunas erogaciones prontas.

Las Cámaras, con sus sabias deliberaciones; el Ejecutivo, con sus acertadas providencias, y todos los mexicanos, con su eficaz cooperación, sostendrán la majestad de este pueblo generoso, dibujando un cuadro de futuro bienestar, que deleite al amigo de la humanidad, asuste á los usurpadores, aliente al oprimido, y atraiga la bendición sobre nuestros días.

El General Santa-Anna, al entregar el Poder, en Tacubaya, el 12 de Septiembre de 1844, al General D. J. Joaquín de Herrera, Presidente del Consejo de Gobierno.

El Congreso Nacional ha tenido á bien concederme la licencia que solicité, para retirarme del mando supremo de la República con objeto de reparar mi salud bastante quebrantada.

Se nombró, según las Leyes Fundamentales, para ocupar este alto puesto, interinamente, al Excelentísimo Señor General D. Valentín Canalizo; pero como S. E. no se halla presente al tiempo de separarme, le corresponde ocupar la Presidencia, por ministerio de la ley, al Excelentísimo Señor General D. J. Joaquín de Herrera, Presidente del Consejo de Gobierno.

Tengo, pues, la satisfacción de dejar esta Magistratura depositada en un General de carrera brillante y de una honradez acreditada.

Considero, por tanto, que los grandes intereses de la Nación quedan bien confiados á la aptitud, justificación y capacidad de un individuo tan recomendable, por lo cual le felicito, y debo al mismo tiempo felicitar á la República, de que S. E. es un digno y esclarecido hijo.

Contestación del General D. J. Joaquín de Herrera.

Excelentísimo Señor:

La pérdida que V. E. acaba do tener, de su virtuosa y amable esposa, y el quebranto que por ella ha sufrido su salud, debe ser sensible para la Nación, pues por esa causa se ve privada de tener á la cabeza de su Gobierno, al ciudadano predilecto, en quien ha depositado su confianza para que fuese dirigida con acierto la marcha constitucional de las nuevas instituciones establecidas bajo sus auspicios.

Pues si en un Gobierno antiguo es conveniente que el que esté á su frente sea un hombre que reúna al saber, la energía y el prestigio para violentar los goces de felicidad de los gobernados, mantener el orden y respeto á las leyes y autoridades, enfrenando las pasiones ambiciosas de la anarquía, ¿con cuánta más razón lo será al organizar uno nuevo, en un país donde las revoluciones han tenido tan pocas interrupciones en treinta y cuatro años?

En V. E. se han considerado reunidas éstas cualidades, y por eso las Juntas Departamentales lo eligieron para primer Presidente en el nuevo régimen, con el fin de que fuese consolidado.

Por no hallarse en la Capital el digno mexicano nombrado por el Senado, para encargarse interinamente del Gobierno de la República, por el tiempo que V. E. tiene necesidad de separarse de él, me veo obligado, en cumplimiento de la ley, á substituirlo mientras se presenta: en los pocos días que ocupe este honroso puesto, me esforzaré en cumplir y hacer cumplir lo prevenido en las Bases Orgánicas y demás leyes, tanto por el deber que ellas me imponen, como para corresponder á la confianza que V. E. se dignó dispensarme al nombrarme Presidente del Consejo de Gobierno; y, en consecuencia de esta leal y sincera protesta, V. E. puede marcharse tranquilo á descansar de las fatigas que ocasiona el despacho de los negocios de gabinete, para que por este medio y de los consejos que presta la religión santa que profesamos, se mitigue el justo sentimiento del fallecimiento de su apreciable esposa, restablezca su salud, y aumentando el vigor de su acreditado espíritu (sic), vuelva pronto á ocupar el puesto que constitucionalmente le está designado por el voto público.

El General Canalizo, al jurar nuevamente como interino, en 21 de Septiembre de 1844.

Señores Diputados y Senadores:

Siguiendo las inspiraciones del corazón, y cumpliendo con lo que con tanta sinceridad ofrecí en este santuario, caminaba gustoso á ponerme á la cabeza del valiente Ejército del Norte, destinado á la gloriosa empresa de sostener la integridad del Territorio nacional; pero la Providencia ordenaba los sucesos de diversa manera, y la sensible muerte de la virtuosa y digna esposa del Benemérito General Presidente, hizo á éste indispensable la licencia que le otorgasteis para reponer su importante salud, quebrantada por tan triste acontecimiento.

A consecuencia, la respetable Cámara de Senadores me honró por segunda vez con su voto para encargarme interinamente de las riendas del Gobierno, y he venido á repetir el juramento solemne de guardar y hacer guardar las Bases Orgánicas y las leyes, con la más firme decisión de cumplir unos votos tan conformes con mis sentimientos.

La situación actual de los negocios demanda diligente cuidado y previsión, trabajo asiduo, constancia infatigable y sostenida energía. Por mi parte, nada omitiré para llenar mis deberes, y confío en que los dignos representantes de la Nación tendrán su atención muy fija en lo urgente y grave de la campaña de Texas, para continuar proporcionando al Gobierno los auxilios necesarios. Todo debe esperarse de vuestro patriotismo en causa tan noble, y ningún sacrificio me arredrará, contando con vuestra eficaz cooperación, en el tiempo que permanezca al frente de los negocios.—Dije.

Respuesta del Presidente del Congreso, D. Juan N. Yértiz.

El presente y futuro bienestar de la República están cifrados en la exacta y fiel observancia de las Bases Orgánicas, y persuadida de esta verdad la augusta Cámara de Senadores, al ejercer una de sus altas atribuciones, procuró nombrar para que sustituya al Jefe del Ejecutivo, durante la licencia que le fué concedida, á un ciudadano en quien no sólo concurrieran los requisitos constitucionales, sino que, además, hubiera demostrado prácticamente su lealtad y su adhesión á las instituciones.

En vos, señor General, halló reunidas esas calidades: tuvo presente que, cuando otra vez os invistió de ese inmenso poder, ofrecisteis al recibirlo ser "el primero en tributar respeto y sumisión á las leyes y en procurar con energía su cumplimiento," y recordó que en esa época el sistema representativo, único que puede hacer la felicidad permanente de la República, no tuvo menoscabo.

No olvidó que os hallabais al frente de la Administración cuando el actual orden político comenzó á plantearse, y entendió, por tal circunstancia, que en la ausencia del Presidente propietario, erais el ciudadano más á propósito para hacer que ese orden se consolide, y que las Bases, adoptadas como salvadoras, después de un período de crisis y de transición, ni se quebranten ni se desprestigien por la falta de observancia de ellas mismas.

El respetable Senado, al distinguiros por segunda vez con un voto de tanta confianza, y á virtud del cual acabáis de renovar vuestros juramentos y vuestras promesas, consideró que conocéis toda la importancia de compromisos tan solemnes y sagrados, todas las obligaciones que por ellos contraéis y todos los recursos inmensos que se ponen en vuestras manos para que podáis cumplirlos cabalmente; y debió persuadirse que usaréis de todo ese poder para observar fielmente esos juramentos y para impedir que el orden se trastorne.

La convicción de vuestra energía y de vuestra lealtad que obró en el ánimo del Senado, inspira también la debida confianza á toda la Nación, la cual se promete que en las circunstancias de la República sabréis con tino conservar la debida armonía con las potencias amigas; y no puede dudar, porque conoce vuestros patrióticos sentimientos, que continuaréis con empeño eficaz los preparativos, bastante adelantados ya, para vindicar el honor nacional y para que se reincorpore á la República el rico y feraz Departamento de Texas.

El Congreso Nacional, con ese fin, y secundando los buenos deseos del Ejecutivo, tiene decretados los primeros recursos que se le pidieron: se han comenzado á percibir ya, y según los datos que se le proporcionaron, que tuvo presentes y no se contradijeron al adoptarse los arbitrios en que consisten dichos recursos, es de creerse fundadamente que, el total producto de éstos, será suficiente para cubrir la primera suma demandada, si se recaudan con toda diligencia, se administran con toda pureza y se invierten exclusivamente en el objeto para el cual fueron creados, según lo determinado en la ley y en el reglamento, que para la mejor ejecución de ésta dictó el Gobierno.

Vos, ciudadano General, sabréis cuidar que esas disposiciones se acaten, y haréis que en todos los negocios se observen las leyes. La Nación así lo juzga, porque todo lo espera de vuestro patriotismo.

Este hará que procuréis el completo acierto en todos los pasos del segundo período de vuestra administración; y el Congreso, que desea obrar de acuerdo con el Ejecutivo, no sólo contribuirá en lo que le toca, para que se siga y concluya con éxito la importante campaña de Texas, sino que os auxiliará eficazmente en cuanto pueda ceder en beneficio y decoro de la República, hasta donde lo permitan sus facultades constitucionales.—He dicho.

El General D. José Joaquín de Herrera, al jurar como interino en 15 de Diciembre de 1844.

Señores Diputados y Senadores:

El juramento que acabo de prestar en vuestras manos, en presencia del pueblo que representáis, y, sobre todo, á la vista del ojo escudriñador del Señor Omnipotente, que recibe los votos sinceros y puros de los mortales, y tarde ó temprano hace pesar su poderosa mano sobre el perjuro, me liga nuevamente á cumplir y hacer cumplir las Bases Orgánicas, y á procurar hasta donde alcancen el Poder que se me confía y mis débiles fuerzas, el bien y prosperidad de la Patria.

Un juramento semejante tenía yo prestado como General del Ejército y miem bro del Consejo de Gobierno, y el memorable 6 del mes actual es un testimonio de si acerté á cumplirlo.

Antes de ese día de glorioso recuerdo, de inmarcesible gloria para los mexicanos, abismado por la presencia de los males sin cuento que afligían á la República, confundido por el ruido de la tempestad política que por todas partes amenazaba consumar nuestra ruina con una nueva guerra civil, más desastrosa que las precedentes, estaba muy lejos de prever que el destino legal que fungía, y el recuerdo de los pequeños servicios que alguna vez había prestado á la santa causa de la Independencia, convirtiesen mi persona en núcleo de todos los deseos y voluntades, de todos los partidos y opiniones.

Reciente y escandalosamente conculcados todos los principios, destruidos los Poderes públicos, atacadas todas las garantías, roto, en fin, y hollado el pacto fundamental que acababa de jurarse por todos; erigido un Poder arbitrario, tanto más temible cuanto más indefinible, y proclamado audazmente: por unos cuantos hombres infortunados que habían soñado poderlo todo, á la vez que sus criminales actos habían destrozado con sus propias manos los títulos de su existencia en la escena política; todos y cada uno de los mexicanos sentían sobre su frente una marca de oprobio, y en sus corazones un deseo vehemente de borrarla y de arrojar sus consecuencias al rostro de los atrevidos que tan indignamente habían correspondido á la confianza pública.

Este deseo universal habría dado lugar á una reacción desde el día 2 en que se consumó el crimen; mas una cordura, un sentimiento puro de patriotismo que jamás será dignamente elogiado, persuadió la necesidad de posponer la venganza, para evitar que una lágrima, una gota de sangre, un crimen cualquiera, viniese á degradar la reacción más sublime de que pueblo alguno pueda gloriarse.

Sonó, por fin, la hora de salvación, y entonces se me hizo entender que mi carácter constitucional era necesario para consumar la grande obra. No vacilé, como no vacilaré jamás cuando la Patria exija un sacrificio.

Rodeado y respetado del pueblo y de la guarnición, ayudado por todas las clases de la sociedad, por todos y con todos proclamé el restablecimiento de la ley fundamental, abrí las puertas del santuario de las leyes que una mano sacrílega había cerrado, restablecí las autoridades legales, y, permitidme expresarlo, señores, me gocé en el triunfo espléndido de la Patria, goce indefinible que me recordó otro de ventura universal, el 27 de Septiembre de 1821, único comparable con el que acabamos de disputar.

Dignos representantes del mejor de los pueblos: mexicanos todos, dirigid conmigo un voto fervoroso de gratitud á la Alta Providencia, que para el cumplimiento de sus inescrutables designios se vale muchas veces de pequeños medios.

Tal conceptúo mi cooperación al grandioso suceso del día 6 del actual, consumado en tres horas, que hizo desaparecer como el humo á un gobierno refractario, y que pulverizó planes de antemano y profundamente concebidos, para despojar á los mexicanos de sus instituciones liberales, sustituyéndolas con un despotismo indefinido é inmoral, que pensó asegurarse con la persecución y sacrificio de los mejores y más puros patricios. Así sucederá, siempre que los hombres públicos, embriagados de orgullo cuando les sonríe la fortuna, y desvanecidos por el corrompido incienso de la adulación, desprecian la opinión pública, señora del mundo.

La historia y la experiencia confirman este concepto; mas aquélla pliega sus páginas y ésta niega sus consejos á los que, cerrando los ojos y el oído á la verdad, abren su alma al necio orgullo, á la desmedida ambición.

Después del acontecimiento, que conmemoramos con placer, creí concluida mi misión, y sólo aspiraba volver al encargo pacífico de Presidente del Consejo. Esperaba que el ilustre Senado que me escucha, penetrando con su sabiduría lo difícil y complicado de las circunstancias, hubiese colocado el timón del Estado en manos más expertas. Tales eran mis deseos por el mejor servicio del Estado; pero me engañé.

Tan respetable Cuerpo, usando de sus facultades constitucionales, me designó para Presidente interino, declarando después sin lugar mi sincera renuncia de tan elevado y espinoso puesto, en el que temo más un desacierto perjudicial á los intereses públicos, que el sacrificio de mis inclinaciones y de mi persona.

A esta reiterada prueba de confianza he debido resignarme. Aun se me cree útil, y mi obediencia debe justificar mi prontitud á todo lo que los representantes del pueblo exijan de mí.

Mas si esta resignación y el sacrificio que hago de mi inclinación por el retiro; si mi cooperación al grande y esencialmente patriótico movimiento del día 6 tuviese algún mérito en su alta consideración, desde ahora conjuro, á que tan luego como el sistema representativo deje de estar amenazado, me exonere del enorme peso del Gobierno, superior á mis fuerzas, especialmente en momentos en que, reasumiendo la sociedad la plenitud de sus derechos legales, después de los fuertes y prolongados sacudimientos que ha sufrido, hay necesidad de reorganizar todos los ramos de la Administración, de destruir arraigados abusos, vencer las resistencias que ellos crían, y cicatrizar muy profundas heridas.

Consignada esta mi presente súplica, que espero no será desoída, creo de mi deber indicar hoy ligeramente los principios generales que me guiarán en el corto tiempo de mi administración.

Señores Diputados y Senadores:

Está próximo el día en que el Ministerio, cumpliendo la segunda de las obligaciones que le impone el art. 95 de las Bases Orgánicas, os impondrá, por medio de las Memorias, del estado en que ha encontrado los negocios públicos; por hoy me limitaré á aseguraros, que en las Relaciones exteriores será mi más decidido empeño el que se conserven ó se restablezcan las de una cordial amistad y benevolencia; y persuadido de que la justicia es la mejor política, México la hará á todas las naciones y de todas exigirá el respeto debido á su independencia y á sus derechos que jamás permitirá sean conculcados.

Me complazco en considerar que el último glorioso movimiento contribuirá poderosamente para aumentar el respeto y las simpatías de todos los pueblos civilizados hacia la República. Nuestro prolongado sufrimiento había, acaso, hecho desconfiar de nuestra capacidad para sostener instituciones liberales.

Se juzgaba síntoma de muerte lo que sólo era un cansancio de los males sufridos, una prudencia, si se quiere, llevada al extremo, para no atraer sobre la sociedad los desastres de la guerra civil. Hoy nadie pondrá en duda que los mexicanos que quisieron y fueron libres, querrán y podrán sostener sus derechos como Nación independiente, si alguna vez fuesen desconocidos ó atropellados.

En cuanto á nuestros negocios domésticos, el 6 de Diciembre nos ha dado una saludable lección. Nos ha enseñado que sin el más profundo respeto á las leyes fundamentales, ni el Gobierno puede conservarse, ni el pueblo puede ser feliz.

Que sin el concurso de todas las voluntades, y sin el sacrificio de las propias opiniones no pueden defenderse las leyes, ni asegurarse las garantías sociales que ellas establecen. Unión y leyes fué el grito salvador de ese memorable día: á él deberemos el asegurar el lisonjero porvenir que la Providencia nos ha dejado entrever.

El Gobierno que provisoriamente se ha puesto en mis manos guardará, escrupulosamente, y hará guardar las Bases Orgánicas, único punto de partida en nuestro actual estado social.

Iniciará ó sancionará todas las leyes que se dicten para su complemento, y aquellas que con sujeción á sus preceptos tiendan á mejorar la condición general de nuestros conciudadanos, y la seguridad y prosperidad de los Departamentos, miembros respetables que forman la gran familia mexicana.

Todas las opiniones serán libres y respetadas; la Imprenta no tendrá otros límites que los que las leyes la fijen; pero las vías de hecho y los conatos de seducción para introducir innovaciones peligrosas que no permite la ley fundamental, serán reprimidos con todo el poder de que la sociedad me ha hecho depositario.

La Hacienda, si es que así puede llamarse lo que nos han legado los errores administrativos y un sistema de inmorales especulaciones, llenará exclusivamente toda la atención del Gobierno; y entretanto desaparece este caos impenetrable, pondré todos mis esfuerzos, y cuento con los de mi ilustrado y próbido Ministerio, para que la recaudación sea pura, su manejo económico y su distribución equitativa, á fin de que cese el escándalo de que los caudales del Erario que se forman de los sacrificios del pueblo, sin tocar muchas veces en las arcas públicas, dejen de emplearse en provecho de la sociedad.

El Ejército será lo que debe ser en los países que profesan principios liberales: el sostén de las leyes, el defensor de los derechos del pueblo, que son los suyos propios. Para el que conozca los resortes de esta noble y laboriosa profesión, no será extraño, señores, que él no haya logrado una organización apropiada á las necesidades públicas.

Apoyándose en la fuerza armada, alternativamente, el despotismo ó las facciones, ella ha debido participar de estos movimientos contrarios, y aparecer como una amenaza permanente para todos.

Los últimos sucesos nos han dado un saludable desengaño. Cuando el Gobierno y el pueblo se dirigen á un mismo fin, cuando aquél no intenta oprimir ni éste conspirar, la fuerza pública vuelve á sus límites, protege y no intimida, es amada y sostenida, porque no tiene otros intereses que los del pueblo de que es parte, y el poder de la fuerza y de la opinión marchan de consuno.

¡Que no varíe tan feliz estado! ¡Qué inspiraciones perversas é interesadas no destruyan esta alianza en que están cifrados el poder y el honor de la República!

Mas para poder alcanzar tan grandiosos objetos, cuento con los dignos é ilustrados Representantes de la Nación, impetro los auxilios y las luces de todos mis conciudadanos. La obra es de todos, y á todos incumbe el trabajar para consumarla. El Gobierno que hoy presido, ofrece su más explícita y leal cooperación.

No concluiré sin dar en nombre de la República la más cordial enhorabuena á sus representantes en ambas Cámaras, cuya firmeza para defender las leyes ha preparado los sucesos y salvado á la Nación; al pueblo, digno de ser libre, cuya conducta patriótica y moderada he admirado, y á la parte del Ejército que ya reconoce el orden legal, y que enérgicamente se ha negado á servir de instrumento á la tiranía que ya pesaba sobre sus conciudadanos.

Estoy cierto, señores, que la parte de este Ejército que aun se halla sustraída de la obediencia del Gobierno, volverá á ella luego que se le permita penetrar la posición en que se le ha colocado, y conozca los grandes acontecimientos que aun se le ocultan. Mi mayor ventura será el anunciaros en breve, que en la vasta extensión de la República, no existe una sola clase, un solo partido que no obedezca gustosamente las Bases Orgánicas y los Poderes que de ellas emanan.

Entretanto, señores, no olvidemos un momento que nuestro actual bienestar y el plausible motivo de nuestras congratulaciones, los debemos al Supremo Fundador sostén de las sociedades, y que le somos deudores de una constante y fervorosa acción de gracias por su visible protección.

La guerra civil estaba pronta á devorarnos, y su voluntad Omnipotente nos ha libertado de este azote. ¡Que nuestra conducta circunspecta y noble, que nuestros actos de moralidad y justicia, nos hagan dignos de la continuación de sus beneficios !!!!—Dije.

Contestación del Sr. D. Luis G. Solana, Presidente del Congreso.

Excelentísimo Señor:

El juramento que V. E. acaba de prestar ante Dios y la Representación nacional, es el voto sincero de un corazón patriótico y virtuoso, y, por lo mismo, ha de ser aceptable para el cielo y para el pueblo mexicano, quien debe recibirlo como la más segura prenda de su futuro bienestar.

Este voto solemne formará siempre el más completo contraste con las fementidas protestas de los opresores del pueblo; porque en la boca de los tiranos, el juramento es un engaño, es una perfidia que anuncia nuevas traiciones y los grandes crímenes que van á desolar la tierra.

Los tiranos, así como se burlan de las naciones, piensan también burlarse de la Divinidad; pero ella los reprime y los castiga con su diestra invisible, poderosa, y de esto hoy mismo tenemos un ejemplo memorable.

Sí, Excelentísimo Señor: los perjuros ya empiezan á purgar su crimen: ellos, sofocados de soberbia y de despecho, y casi ahogados con el oro de que están repletos, y con la sangre humana que en todos tiempos han vertido á torrentes, sucumbirán abrumados por el peso de su propia iniquidad.

Sucumbirán sin remedio, y en caso de resistencia, la victoria marcharía al paso de carga con los valientes soldados del pueblo, porque no hay poder en el mundo que sea capaz de reprimir un movimiento popular, excitado por la necesidad, inspirado por el amor de la libertad, reclamado por la moral y la justicia, y sostenido por la ley fundamental del Estado.

Por tan justos motivos, Dios y la opinión pública se declararon en favor de la gloriosa causa, proclamada en esta capital, en la feliz jornada del día seis del presente mes.

Es demasiado patente la protección que la Providencia divina dispensó en aquel día á los mexicanos, pues como ha notado Y. E., lleno de satisfacción y con el placer propio de un corazón tan humano como noble, ni una sola gota de sangre, ni siquiera una lágrima ha costado, una lucha empeñada contra grandes intereses, emprendida con el objeto de destruir proyectos profundamente combinados por la astucia y la ambición, apoyados por el prestigio y el terror, sostenidos por la seducción del oro y por la fuerza material de multitud de legiones armadas.

¡Pero quién lo ha dudado? Es imposible prevalecer jamás contra los eternos Designios providenciales, y contra los principios reconocidos por la moral y por la opinión pública, principios que fueron desconocidos y hollados por la Administración pasada.

En efecto, aquella Administración no sólo manifestó tendencias muy marcadas hacia el Poder absoluto, al cual se había acostumbrado, sino que su conducta era extraviada, innoble y vergonzosa.

Oprimiendo á los Departamentos, y quitándoles todos sus recursos, los exasperaba y los disponía á la escisión: formando grandes cantones de fuerza militar, y dando preferencia á unos cuerpos del Ejército sobre otros, amagaba las libertades públicas é introducía el disgusto entre las tropas: haciendo continuas levas para confinar después á los infelices soldados á la frontera, abandonándolos á las intemperies del clima y á los horrores de la miseria, los preparaba así para la deserción, privando al mismo tiempo de una infinidad de brazos á la agricultura, á la minería y a la industria, y teniendo en alarma perpetua á todas las poblaciones del país: prodigando y multiplicando los empleos civiles y militares, y confiriéndolos por mero favoritismo, gravaba extremadamente al Erario; hacía desmayar en el servicio público al antiguo empleado lleno de merecimientos, y al bravo veterano, cubierto de honrosas cicatrices; y, con frecuencia, exponía también á la mendicidad y á la prostitución á las pobres pensionistas del Montepío: derrochando las rentas, recargando á la Nación de contribuciones, repitiendo al Congreso los pedidos de millones de pesos, obstinándose en no dar cuenta de su inversión, contratando préstamos ruinosos, malbaratando los bienes nacionales y apoderándose de algunas obras pías, perdió la confianza del propietario y del venerable Clero, pues el primero temía que no hubiese fortuna que bastase para tantas exigencias, y el segundo, que la Iglesia fuera despojada de todos sus bienes: desatendiendo ó admitiendo con indiferencia y frialdad las acusaciones que se hacían, reclamando contratos infames y crueldades atroces de que se quejaban los extranjeros, irritaba á las Legaciones, provocaba la guerra extranjera y desacreditaba la moralidad del mexicano y la bella índole de su carácter.

En fin, dió á conocer su inaudita inmoralidad y refinada perfidia, protestando su adhesión á las augustas Cámaras, su fidelidad á los principios liberales y su respetuosa sumisión á la ley, después que había resuelto la disolución de aquéllas, que había decretado la abolición de la libertad de imprenta, y que había declarado que las leyes eran incompatibles con el bien común y con el orden público.

Para no cansaros, aquella funestísima administración faltó á las leyes prescritas por el honor y la justicia, atacó todos los intereses y desconoció las más sencillas conveniencias: por eso ha dicho muy bien el sabio y profundo Montesquieu: que el despotismo es como los salvajes del Canadá, los cuales, para tomar el fruto ele un árbol, lo cortan de raíz.

El Congreso se oponía á que se zapasen los fundamentos de la República, y he aquí de dónde provino la persecución atroz que le suscitaron sus enemigos, llegando á tal grado los satélites de la tiranía, que pidieron que se pusiesen á talla las cabezas de los más distinguidos diputados; he aquí el origen de la gloriosa jornada el 6 de Diciembre último, que ha elevado á V. E. á la Suprema Magistratura, juntamente con el imperio de las leyes.

Estas son las garantías del hombre y de la sociedad, así como la virtud de los gobernantes es la garantía de las mismas leyes. Tal garantía la tenemos ahora afortunadamente en el Supremo Magistrado, quien ha consignado de la manera más franca y leal los principios de su fe política.

V. E. ha recomendado, y con razón, como los más interesantes objetos, que deben llamar nuestra atención con preferencia á Otros, los medios de restablecer la buena inteligencia en nuestras relaciones con las potencias amigas, el arreglo de la Hacienda pública y la mejora del Ejército, que se ha hecho tan acreedor á la gratitud nacional.

Es indudable que las augustas Cámaras cooperarán de la manera más eficaz para el logro de tan benéficas miras, y que harán el mayor esfuerzo para reedificar cuanto se pueda, pues sólo nos han quedado ruinas y escombros.

Conseguiríamos mucho más, si la mayoría de los mexicanos siguiéramos marchando unidos como ahora, y acatando siempre á las leyes. V. E. ha reconocido muy bien que la unión y la ley han salvado esta vez á la Nación: ellas, si les fuéramos fieles, labrarían nuestra felicidad, nos harían respetables en el exterior, y seríamos el modelo y la envidia de los pueblos cultos y civilizados. Hagamos, pues, fervientes votos por la unión y la observancia de la ley.

Concluyo, por último, felicitando á Y. E. á nombre de la Representación Nacional, quien también felicita á la Patria por haber recaído la primera Magistratura en un antiguo y distinguido patriota, en un General de mérito reconocido y en una de las ilustraciones de nuestro país.

El General Herrera, al clausurarse las sesiones extraordinarias y las del segundo período, en 31 de Diciembre de 1844.

Señores Diputados y Senadores:

Cumpliendo con los preceptos de la ley fundamental, termináis hoy las sesiones ordinarias y extraordinarias del primer año de vuestra elevada misión, año tempestuoso en que habéis merecido bien de la Patria, ya sea ejercitando una prudencia y circunspección indispensables para que el sistema recientemente planteado echase vigorosamente raíces, ya combatiendo palmo á palmo las tendencias de la arbitrariedad para ilusionar las leyes juradas; ya, en fin, arrostrando todos los inconvenientes y peligros de que os rodeó una administración ciega que, arrojando la máscara, se atrevió á sobreponerse á las Bases, proclamando la más nefanda tiranía.

A esa constancia, á ese valor civil de que hay pocos ejemplos, debe la República el renacimiento de sus esperanzas. Ella ha correspondido á vuestro noble ejemplo, y de sus más lejanos confines ha lanzado el grito salvador de libertad en la ley.

Mi corazón no me engañaba cuando al prestar hace pocos días ante vosotros el sincero juramento á las Bases como primer Magistrado interino de la Nación, me hacía presagiar que muy en breve tendría el placer de anunciaros no haber en la vasta extensión del territorio nacional una sola autoridad, un solo partido que no reconociese el orden de cosas legal, restablecido con vosotros y por vosotros el memorable seis del que expira.

Tengo, pues, esta inefable satisfacción; hoy todo mexicano que se envanece con este glorioso nombre, reconoce el imperio de las leyes y bendice á los que las han salvado, estando resueltos á toda clase de sacrificios por asegurar el bien que ya posee, las leyes protectoras de sus derechos, las garantías individuales, cuyo goce es la primera necesidad de las sociedades.

Mi satisfacción sería completa, señores, si á este anuncio acompañase el de la sumisión de unos cuantos miles de nuestros compatriotas que rodean al General D. Antonio López de Santa-Anna, y que, complicados por él en un laberinto de falsas y mentidas teorías políticas y de engaños, no han comprendido el movimiento patriótico y salvador de toda la Nación.

Señores: como General, como magistrado, y como mexicano, no me resuelvo aún á calificarlos de criminales.

Acaso su vista debilitada por las fuertes impresiones del despotismo que hábilmente los ha constituido sus instrumentos, no han podido percibir el luminoso fanal que ya alumbra y sirve de guía á toda la Nación.

Esperemos todavía; libertemos algunas víctimas. Mas el primer tiro de cañón dirigido contra esta ciudad, ó cualquiera otra población en que se defienda el orden legal, sea el anatema de su condenación, y haga caer sobre sus cabezas la sangre que viertan, y sobre su memoria la maldición nacional.

Entretanto, señores, os debo mi más sincera acción de gracias por la pronta y acertada cooperación que habéis prestado al Ejecutivo, desde la memorable reorganización de nuestra sociedad, en todas las medidas que demandaban la salvación de la capital y el complicado estado de los negocios públicos.

Si en el primer año no habéis hecho lo que ardientemente deseábais, lo que en bien de la comunidad exigía el desarrollo de las Bases Orgánicas, no es vuestra la culpa, sino de los que por miras siniestras y liberticidas se oponían á toda mejora, á todo arreglo y economía. La República lo sabe bien, y yo cumplo un deber en anunciarlo. Mañana comenzáis el primer período del segundo año de sesiones.

Ellas serán laboriosas como las que terminan hoy; pero sus frutos serán más sazonados. En el año que fenece, sólo encontrábais obstáculos, contrariedades y misterios. En adelante el camino constitucional está libre, vuestra noble misión acatada, y el Ejecutivo pronto á secundar vuestros trabajos.

Desaparecieron las miras personales; un sentimiento universal ha reemplazado las incertidumbres y las desconfianzas. La ley estrictamente observada, la unión más sincera, y el bien de la comunidad; serán el norte de vuestras deliberaciones y el único objeto á que se dirija la parte administrativa que se me ha confiado.

Estad seguros de esto, señores, así como de las bendiciones de los pueblos que todo lo esperan de sus fieles representantes.—Dije.

Respuesta del Presidente del Congreso, D. Luis G. Solana.

Excelentísimo Señor:

El primer período de las sesiones que hoy termina ha sido marcado por grandes y memorables acontecimientos, los cuales han resuelto de una manera evidente, un problema de la mayor importancia en favor de los mexicanos.

Se dudaba que perteneciéramos á la civilización del siglo y que fuésemos dignos de la libertad, observando que por dilatado tiempo, como los pueblos degradados y envilecidos del Asia, estuvimos gobernados sin más ley, sin otra regla ni principio, que la voluntad sultánica y el ciego capricho de una ambición desenfrenada.

Sin embargo, la Nación mexicana está ya bastante adelantada en el camino de la civilización, y es muy digna de ser libre, como lo testifican tantos hechos brillantes consignados en las páginas de su historia.

El fenómeno de haberse hallado en un estado tan humillante y vergonzoso, provino de la misma causa que ha convertido en teatro de la anarquía ó del despotismo á las naciones más cultas é ilustradas.

Las discordias civiles, irritando y desencadenando las pasiones, nos hicieron víctimas de la administración pasada, despótica y anárquica á la vez.

La República entera, atormentada por el mal, y conociendo su origen, vió que sólo con la unión podía salvarse; pero ¿en dónde hallar ese lazo de unidad, cuando parecía que todos los vínculos sociales estaban ya disueltos?

Concibió (y no se engañó en ello) que podía encontrarlo en un Congreso, mas en un Congreso que no fuera el eco de ninguna facción ó del interés exclusivo de algunas clases, sino que las representase á todas con sus necesidades y opiniones, y sin sus pretensiones avanzadas; de modo que fuese un poderoso agente conciliador y una verdadera representación nacional.

Por beneficio del cielo, á quien debemos dar las más rendidas gracias, y merced á los esfuerzos de los ciudadanos pensadores y patriotas, se consiguió tan deseado y loable objeto.

La necesidad, pues, y el peligro común, nos unieron: la unión produce la fuerza, y la fuerza da valor, y he aquí de donde ha provenido esa gran energía parlamentaria que llegará á ser proverbial y servirá quizás de estímulo á nuestros sucesores en las circunstancias difíciles.

Formada la Representación nacional del modo indicado, era natural que se opusiese á los avances irregulares de un poder arbitrario y destructor; y empeñada en una lucha de vida ó de muerte para la Patria, le fué imposible mejorar los ramos de la Administración; pero ha salvado á la República.

Esto explica muy bien las dificultades que impidieron el exacto cumplimiento del art. 49 de las Bases Orgánicas.

Este artículo previene, que el segundo período de sesiones se destinará exclusivamente al examen y aprobación de los presupuestos del año siguiente, á decretar las contribuciones para cubrirlos, y al examen de la cuenta del año anterior que presente el Ministerio.

Tan acertada disposición no tuvo su estricta observancia, á pesar de haberse prorrogado las sesiones ordinarias, porque lo eludió el Ministerio, dando incompletos los presupuestos, resistiéndose á mandar las noticias que se le pedían, y distrayendo al Cuerpo Legislativo, á pretexto de recabar subsidios para hacer la guerra de Texas.

Nadie podrá dudar que aquel fué sólo un pretexto, porque habiéndose alegado aquella guerra para apoderarse de la dictadura, ésta jamás la emprendió; porque teniendo un poder omnímodo y con él todos los recursos de la Nación, no se pensó en tal campaña, sino mucho después de dos años y cuando se acercaba el tiempo de revisar las cuentas de unos ministros acusados de mala versación, porque se pedían millares de hombres y millones de pesos que no se necesitaban, como lo prueba la costosa y ruidosísima expedición que se formó para ir á batir á los que reclamaban la revisión de los actos del poder dictatorial; y porque apenas se consiguió la contribución de sangre y el auxilio de los primeros millones pedidos, cuando se mandó suspender la marcha de las tropas.

En fin, el equívoco negocio de Texas, á más de impedir las tareas legislativas de las sesiones ordinarias del segundo período constitucional, puso en el mayor conflicto á las Cámaras, porque si la guerra se verificaba y obteníamos el triunfo, era segura nuestra servidumbre por el hombre que hasta de sus desaciertos y derrotas saca ventajas en provecho suyo y con daño para su patria; y si éramos vencidos, como en San Jacinto, corríamos el riesgo de que el vencedor, por aquella parte de nuestro territorio nos fijara los límites hasta donde quisiese, sufriendo así inmensas pérdidas la República, y, lo que todavía es peor, derramándose inútilmente la sangre de sus hijos.

La cuestión de Texas terminará bien para nosotros, con una administración concienzuda y patriótica, como la presente, y siguiendo el dictamen de una política prudente, sabia y vigorosa.

He aquí los multiplicados obstáculos que han contrariado los deseos y miras benéficas del Congreso Legislativo; mas él, á lo menos, ha servido de centro de unión á los mexicanos, y les ha procurado evitar cuantos gravámenes ha podido: ha conquistado el principio de la representación nacional, principio que será en lo sucesivo respetado é inviolable; ha cooperado con la Nación, con una gran parte del Ejército y con V. E., al restablecimiento del orden legal; y, por último, con mengua y oprobio para la tiranía, y con honor y gloria para el sistema constitucional, ha concluido las últimas sesiones del año que expira.

La Representación nacional, en todo esto, no ha hecho más que cumplir con su misión; poro queda muy reconocida al honorífico testimonio de aprecio que V. E. le ha manifestado, por haber procurado desempeñar sus deberes; y con el favor divino espera corresponder á la confianza y estimación pública, y al grande y noble celo de V. E. por el bien de la Patria.—Dije.

Fuente:

Los presidentes de México ante la Nación : informes, manifiestos y documentos de 1821 a 1966. Editado por la XLVI Legislatura de la Cámara de Diputados. 5 tomos. México, Cámara de Diputados, 1966. Tomo 1. Informes y respuestas desde el 28 de septiembre de 1821 hasta el 16 de septiembre 1875.

Los cinco tomos fueron digitalizados por la Universidad de Texas:
http://lanic.utexas.edu/larrp/pm/sample2/mexican/history/index.html



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