Buscar en  
  Página principal

  Conquista

  Independencia

  Revolución

  Siglo XXI

  Siglo XX

  Siglo XIX

      1890-1899

      1880-1889

      1870-1879

      1860-1869

      1850-1859

      1840-1849

          1849

          1848

          1847

          1846

          1845

          1844

          1843

          1842

          1841

          1840

      1830-1839

      1820-1829

      1810-1819

      1800-1809

  Siglo XVIII

  Siglo XVII

  Siglo XVI

  Siglo XV

Siglo XIX > 1840-1849 > 1843

Discursos: Nicolás Bravo: Enero 6, 1843. Gabriel Valencia: Junio 12, 1843. Antonio López de Santa-Anna. Junio 12, 1843. Junio 13, 1843. Valentín Canalizo: Octubre 4, 1843. Discurso del Ministro de Relaciones: Diciembre 31, 1843.
Enero 6, 1843. Junio 12, 1843. Junio 12, 1843. Junio 13, 1843. Octubre 4, 1843. Diciembre 31, 1843.

El General Bravo, al abrir las sesiones de la Junta Nacional Legislativa, el 6 de Enero de 1843.

Señores:

Una nueva crisis acaba de pasar en la Nación, sometida á tantas pruebas y dificultades desde que conquistó su independencia, y que en 22 años de vida social, aun no logra fijar sus destinos.

Víctima este pueblo generoso y magnánimo de las facciones que en sangrientos períodos han establecido su imperio, busca con afán y con una incertidumbre llena de angustias, la paz y el reposo, que deben anteceder á la organización de las sociedades.

Unas escenas de guerra civil vienen á reemplazar á otras, porque interesados todos los mexicanos en que su patria sea grande y afortunada, como puede y merece serlo, no han aceptado á tomar un partido filosófico que acerque y concilie los extremos de las opiniones y de los intereses.

Las tendencias del movimiento iniciado en Jalisco en 1841 y consumado en Tacubaya, notoriamente se encaminaron á buscar ese medio que se aproxima tanto á los goces de la libertad racional y justa, como á los beneficios del orden templado, que jamás se confunde con el despotismo.

Desgraciadamente no se penetró por muchos el espíritu ó fisonomía de aquella popular revolución, y otro sacudimiento, aun más fuerte, no deja hoy duda de cuál es la voluntad de la Nación soberana.

Anatematizadas definitivamente las facciones que han destrozado el seno de la Patria, tiempo es ya de consagrar á la libertad los cultos debidos, en altares limpios de sangre. La paz pública y el orden se afianzarán, haciendo que las leyes no sean el martirio de las costumbres, porque las mejores instituciones son las que retratan fielmente el genio de los pueblos.

Vuestra misión es, ciudadanos honrados por la opinión de vuestra patria, señalar las bases sencillas y naturales de su organización política. No temáis que la confianza de la Nación os abandone, porque os sobra ciencia para conocer sus intereses más caros, y patriotismo para sostener con firmeza la adopción de los principios que ilustran á las seriedades en este siglo, y recomiendan su moralidad.

El Ejecutivo, que lleva el timón en días tan difíciles, tiene un propósito firme, y es el de ser leal á su juramento de hacer el bien de la Nación: lo procura incesantemente, y confía en que el Supremo Autor y Legislador de las naciones, atenderá benignamente á las necesidades de la mexicana, y que os inspirará medios adecuados para establecer su gloria y su ventura.—Dije.

Contestación del Presidente de la Junta, General D. Gabriel Valencia.

Las revoluciones son un mal, pero un mal necesario en ciertas épocas de la vida de las naciones, y pueden convertirse en un bien cuando los pueblos saben proveerse de sus terribles lecciones, formando sobre sus escombros las bases de su felicidad y futura grandeza.

Nosotros, pueblo nuevo, salido de la más completa abyección en medio de los desastres de una lucha obstinada para sacudir el yugo de la antigua Metrópoli, no podíamos establecer un gobierno, dejar de pasar por donde han caminado tantos otros pueblos, grandes hoy y florecientes, ni de pagar este ordinario tributo á la miserable humanidad.

Sin embargo, señores, por más que yo oigo á nuestros declamadores políticos ponderar nuestras desgracias de todos tiempos, no sé qué advierto en ellas de suave y consolador cuando las comparo con las de otras naciones.

No por esto creáis que trato de disminuir el justo horror que engendran en los hombres sensibles y sinceros patriotas, nuestras continuas revueltas políticas; no, señores: lo que pretendo es persuadir que no está lejos el día feliz en que se zanjen los sólidos cimientos de nuestra ventura y paz perdurable.

Nos hallamos, es verdad, en una crisis cuyos síntomas extraños la hacen aparecer á los ojos de muchos, comparada con las anteriores, más alarmante y peligrosa; pero yo, si mis buenos deseos no me engañan, advierto, en nuestras últimas convulsiones, una especie de instinto ó buen sentido que nos va conduciendo insensiblemente á afirmar entre nosotros los dos principios salvadores proclamados en Jalisco, y consignados tan solamente en las bases de Tacubaya: la libertad y el orden.

Sí, señores; yo veo en este augusto recinto y en esta solemnidad memorable, los mejores garantes de mis esperanzas y las de los verdaderos amigos de la. libertad.

Yo veo á mi lado y al frente del Gobierno al benemérito ciudadano que habiendo luchado largo tiempo contra los enemigos de la independencia y sobrevivido á nuestros disturbios lamentables, y á quien habiendo tocado una parte no pequeña de las públicas calamidades, no ha desmentido sus votos en favor de la libertad: yo veo en esta honorable reunión las virtudes y los talentos amaestrados por la experiencia, y que representando diversas, y pudiera decirse, todas las opiniones, se han empleado en todos tiempos en procurar la felicidad nacional; yo veo que en los semblantes de ese pueblo sensato y circunspecto, se trasluce la confianza que le inspiran los hombres que tantas veces han merecido sus sufragios, ó contribuyeron á su independencia, ó empuñaron la espada por su libertad; y veo, por último, en su retiro, al General ilustre á quien el voto público puso al frente de la Nación en los momentos críticos del movimiento regenerador iniciado en Jalisco, decidido á afianzar irrevocablemente la libertad y el orden que apetecen los pueblos, y que solemnemente ha ofrecido sostener á la faz de la República.

Y esta reunión de circunstancias me hace asegurar felizmente y prometerme que los trabajos legislativos de la honorable Asamblea de que soy órgano, serán contados entre las obras benéficas que la posteridad mexicana verá con respeto y gratitud.—Dije.

El General Valencia, al presentar al General Santa-Anna las Bases Orgánicas, el 12 de Jimio de 1843.

Excelentísimo Señor:

La Junta Nacional Legislativa tiene el honor de poner por conducto de esta Comisión en manos de V. E. las Bases Orgánicas de la República.

Bien persuadida la Junta de que si el resultado de sus tareas no puede ser la obra más perfecta en su línea para la reorganización de la Nación mexicana, lo está también de que no ha omitido diligencia ni sacrificio alguno á fin de que en ellas se contenga todo lo más conveniente á sus circunstancias particulares y lo más adecuado á constituir y perpetuar su felicidad social.

Sus individuos todos se tendrán por satisfechos plenamente, si han podido contribuir de algún modo á cimentar en su país, la paz y la concordia, la libertad y el orden.

El General Santa-Anna, en dicho acto.

Recibo con satisfacción y con júbilo las Bases que en desempeño de su augusto encargo y con señalado acierto ha formado la Junta Nacional Legislativa con arreglo á los decretos de 19 y 23 de Diciembre de 1842.

Veo en ellas una áncora para las esperanzas de la Nación y confío en que por su medio afianzará nuestras libertades, el orden y la paz pública. La Junta es muy digna de la gratitud nacional.

El General Santa-Anna, al cerrar las sesiones de la Junta Nacional Legislativa, el 13 de Junio de 1843.

Ciudadanos de la Junta Nacional Legislativa y del Consejo de Representantes de los Departamentos:

En fines del año anterior, y durante mi ausencia y separación del Gobierno, pasaron en la República grandes acontecimientos que obligaron á la Administración de la época á excogitar nuevos medios, cediendo al imperio de las circunstancias, para que no se frustraran ó anularan los generosos designios con que fueron concebidas las memorables Bases de la villa de Tacubaya. y las esperanzas de la Nación de obtener por su medio una organización política adecuada á sus necesidades y que robusteciera los principios liberales y dignos del siglo que transcurre, que ella con tanta constancia y con tan noble firmeza siempre ha proclamado.

Se expidieron, en consecuencia, los decretos de 19 y 23 de Diciembre, con un espíritu notable de cordura, consignando en ellos las máximas de un Gobierno ordenado y republicano, y encomendándose á ciudadanos de experiencia, de patriotismo y de servicios, la obra importante de redactar y compilar los acuerdos anticipados de la Nación acerca de su régimen interior.

Acertada fué, en verdad, la designación de personas para tan elevado propósito; y felizmente ella se hizo imitando mi ejemplo invariable de distinguir á la ciencia y á la virtud, sin atender á las marcas odiosas con que los partidos y las facciones señalan á sus corifeos y á sus coadyuvadores.

Cuando volví á empuñar las riendas de la administración, los trabajos de la Junta Nacional Legislativa se hallaban muy adelantados, y me dediqué, con la atención y esmero que tan grave asunto demandaba, á examinarlos, y advertí con satisfacción y placer que prevalecía en ellos un pensamiento de transacción, encaminado á enlazar con el vínculo del interés público á todas las facciones políticas que están de acuerdo en procurarlo, aunque marchan por distinta senda para obtener el fin suspirado.

Fué desde entonces mi propósito expeditar y auxiliar la empresa difícil y patriótica de la Junta, porque ninguno ha estado más convencido que yo de la necesidad de que este pueblo magnánimo condujera y gobernara por sí mismo sus altos destinos, que en un período de transición y de incertidumbre extrema se dignó encomendar con un poder ilimitado, al ciudadano que hoy ha venido á jurar ante Dios y en la presencia de sus conciudadanos, las Bases orgánicas que dan término á la dictadura condicional y hunden en el sepulcro á las facultades discrecionales de que no me han permitido abusar ni mi conciencia, ni mi patriotismo, ni mi reconocimiento á tan señalada como peligrosa confianza.

En las Bases orgánicas que desde este día, de perpetua memoria, de reconciliación y de ventura, comienzan á regir en la República Mexicana, se consigna su voluntad expresa, se manifiestan las reglas que ha escogido por sí misma; ninguna novedad se introduce en los principios fundamentales que se han salvado á pesar de tantas contradicciones y tormentas, y que han venido á formar un credo político inmutable y sagrado.

Así que la Nación es la que continúa imperando, lejos de recibir la ley que ninguna autoridad ni individuo tiene derecho de imponerle; y si se observan algunas disposiciones reglamentarias, ellas se han adoptado para facilitar las elecciones populares, el orden de los poderes públicos y el ejercicio de los derechos, y para restaurar un Gobierno constitucional, porque todos los anteriores habían desaparecido.

Ahora se proclama el derecho salvador y eminentemente popular, de que las Bases orgánicas en cualquiera tiempo pueden ser reformadas y variadas, sin más restricciones que las que naturalmente impone el deseo de evitar la precipitación en los acuerdos.

¡Cuántas discordias y trastornos se hubieran evitado si las diversas leyes que antes organizaron el ejercicio del Poder público, hubieran contenido la máxima de que los Poderes constitucionales pueden y aun deben hacer en el pacto las mutaciones que la opinión pública reclama, sin la violencia y desconcierto de los tumultos y motines, y también de las revoluciones!

El equilibrio de los Poderes públicos separados siempre por la voluntad de la Nación, se encuentra asegurado; y para que los habitantes, los mexicanos y los ciudadanos disfruten de las garantías á que tienen un derecho invulnerable, se han introducido mejoras que recomendaba la experiencia, al cabo de reiterados ensayos para asegurar las libertades.

Yo espero que estas Bases tutelares recibirán el carácter de nacionalidad que naturalmente produce el respeto á todos los derechos y la explicación clara y genuina de todas las obligaciones.

Es llamado el pueblo á ejercer las augustas funciones del Poder Legislativo; y los intereses sociales que pertenecen á ciertas fracciones del pueblo que se llaman clases, pueden ser representadas en el Senado, que se erige ahora en autoridad conservadora; esa grande necesidad de los Gobiernos constitucionales, y cuya falta tantas veces ha originado su ruina.

El Poder Judicial vuelve á sus conocidos límites, y dentro de ellos es tan independiente como importa que lo sea el poder que falla sobre las acciones humanas, y que tanto protege á la inocencia desvalida, como á la vindicta pública, cuan do ella exige la aplicación de penas á los que trastornan la sociedad, violan las garantías ó atropellan las leyes dictadas para mantener el orden y defender al ciudadano de toda clase de agresiones.

El Poder Ejecutivo, como que preside á la administración pública, continúa en sus facultades naturales; no le faltan los recursos que, colocados en una mano enérgica, bastarán para conservar la paz, de que es defensor, y para que en todos los ramos de la Administración se note esa nota firme y progresiva que exige la presente situación de la República Mexicana.

Los Departamentos, objeto de mi especial y favorita atención, van á contar con su administración interior, expedita y tau completa como recomienda la justicia de no desviarse de los términos prudentes que los mantiene unidos al gran todo de la Nación y sin el riesgo de que se menoscabe su reconocida importancia en el mundo político.

Si se logra por el esfuerzo de todos los ciudadanos, y por el universal sacrificio de las pasiones mezquinas y subalternas, cuyo blanco no es el bien público, el que estas Bases no se alteren, y que en el seno de una paz, jamás interrumpida, produzcan sus beneficios esas reglas tan dignas de la civilización de la época, recordaremos y recordarán nuestros descendientes este día, como el complemento de la dicha y de la gloria, cuyo precio ha sido la sangre de los padres de la Independencia y largos padecimientos de la Nación.

Profundamente sensible al honor con que ella me ha distinguido entre todos mis conciudadanos, yo he venido á jurar las Bases orgánicas que rodean de un muro impenetrable á las libertades públicas.

No me limito á pronunciar este voto como Magistrado supremo de la Nación; como ciudadano y como soldado, aunque cuando me restituya al retiro por el que estoy ansiando, yo seré el más firme apoyo de las Bases sancionadas, y mi sangre y mi vida se emplearán en su defensa. Mi juramento procede de mis convicciones y de mis sentimientos.

El poder absoluto es una tentación perpetua para el que lo ejerce, y un escollo en que han fracasado ciudadanos venerables por sus servicios, y á los cuales había preparado la historia páginas de gloria y honor.

En el tiempo de mi administración, modelada por las Bases de Tacubaya, me he limitado á dictar leyes secundarias, y con el propósito de calificar primero la urgencia de las medidas, para no privar á la sociedad de su estado normal, y á fin de preservarla de todos los riesgos de la disolución.

Mis medios represivos han sido humanos, y no he usado de la plenitud del Poder, si no es para que este mismo día se conmemore para el olvido perpetuo, generoso y sincero de todas las discordias que desgraciadamente nos han separado, con grave daño y detrimento de nuestra común patria.

Me aprovecho de ocasión tan solemne para tributar humildes gracias al Todopoderoso, que ha preservado á la Nación mexicana de los riesgos amenazantes de la anarquía, y porque ha mantenido vivo en mi pecho, no menos un respeto profundo á los derechos de la Nación, que el reconocimiento por su bondad sin límites.

Volved, ciudadanos de la honorable Junta Legislativa, á vuestros pacíficos hogares, y esperad en ellos las lisonjeras bendiciones que siempre acompañan á los que han apetecido y procurado el bienestar de los pueblos.

Respuesta del Presidente de la Junta Legislativa, D. Manuel Baranda.

Excelentísimo Señor:

En el grande y sublime acontecimiento de que somos testigos, todos se agitan queriendo guardar el valor de lo que pasa, y cada cual aspira á mirar los sucesos futuros. No seré yo ni el profeta que descubra lo que está por venir, ni el sacerdote que pueda explicar los difíciles oráculos de nuestra situación.

Podré únicamente llamar la atención sobre el hecho que está pasando, las causas que lo han ocasionado, los motivos que lo hicieron ejecutar, y lo que la prudencia humana debe prometerse.

La Nación mexicana va á regirse por un orden constitucional, y ésta sola palabra envuelve pensamientos profundos y fecundas ideas. Se establece el reinado de los principios, impera la ley, la sociedad toma una forma, se asegura la libertad, se afirma el orden, y comienza esa época tan deseada, en que un pueblo se presenta á la faz del mundo, anunciando su nueva existencia, colocándose á la altura de la civilización, y reclamando las miradas y las simpatías de las naciones cultas.

Si México ha sido capaz de llegar á este término, ha tenido que aprovechar su propia experiencia, estudiar en los sucesos de otras naciones y recoger las luces de todas partes; ha tenido que reconocerse y observarse, y que emprender mayores trabajos y vencer más dificultades que otros países más afortunados.

México, con sus tradiciones de otros siglos, con las ideas de otras edades, con las costumbres de otras épocas y con los hábitos de otros gobiernos, se lanzó en la carrera noble y gloriosa de los pueblos libres y adoptó también las tendencias y aspiraciones de su siglo. Conoció los adelantos de la ilustración, comprendió los derechos del hombre, y supo el modo de conquistarlos.

Se colocó en el tránsito difícil de lo viejo á lo nuevo, emprendió la lucha de lo moderno con lo antiguo, y ha estado sosteniéndose en esa transición difícil de que todavía no acaba de salir; ha representado esos terribles dramas desordenados y sangrientos que se mueven en la caída de los imperios y en la formación de otros nuevos; ha pasado por sublimes y horrorosos interregnos de la razón y de la justicia, que la mente no osa contemplar, y que la Historia suele encubrir; ha representado en sus leyes su situación equívoca; la democracia con sus clases privilegiadas, la libertad tiránica, el poder sin vigor, y la igualdad queriendo distinciones: mezcla confusa y necesaria de todo lo existente; edificio de proporciones desiguales al que no se le puede conocer ni el origen ni el fin.

De aquí esa multitud de ideas encontradas, de aquí el choque de las opiniones y el origen de los partidos.

Tal es el principio de nuestras funestas discordias, y de las tempestades que á todos nos han arrebatado: se han creado leyes que no han podido subsistir; se han ensayado diversas combinaciones de los gobiernos, y el torrente de la destrucción ha pasado sobre todo esto.

En tales momentos es llamada la honorable Junta Legislativa á proponer unas bases para la organización de la República.

Ha visto todo lo que existe y ha escudriñado las ruinas de lo que ha dejado de existir; ha tenido que edificar sobre escombros, que respetar tantas ideas, que conciliar tantos intereses, y que poner su trabajo al abrigo de los ataques de las revoluciones; ha buscado la paz; ha querido salvar los principios; ha emprendido afianzar la libertad y el orden, y ver si era posible cerrar el templo del dios de la guerra, y colocar á la Nación en una senda que pueda llevarla á su adelanto y perfección.

Su trabajo es un fiel traslado de las circunstancias, es la expresión de la época presente, es, en su concepto, el eco de los sentimientos de los mexicanos; y si no ha hecho lo mejor, cree que ha adoptado cuanto era propio del estado actual de la República.

Ha creído que en las Bases que acaban de jurarse, se hallan consignados todos los principios que ha conquistado la razón y que forman la esperanza del género humano y preparan su suerte futura.

Las garantías del hombre, todos los derechos que le ha concedido la naturaleza, no sólo se definen y explican, sino que se han asegurado en la adopción de un gobierno representativo, en la división de poderes, en la designación de sus límites, en el modo de ejercer sus facultades, y en toda su organización.

La cuestión sobre el gobierno de los Departamentos ha procurado resolverla, atendiendo á. que las localidades estén expeditas para cuidar y procurarse todo aquello que les interese.

Esta cuestión, que ha sido el móvil de todos los partidos, es muy difícil por su complicación, con nuestras disensiones, y se ha puesto en ella una mano tímida para no abrir llagas recientes, para no excitar disturbios apagados.

La imprenta, cuya aparición asombró al mundo, este móvil poderoso de la razón humana, ese beneficio que la Providencia ha acordado á los hombres, ejercerá sobre nosotros su benéfico influjo: se deja afianzado su libre ejercicio, y nos guiará en nuestra carrera tau difícil.

Al construirse grandiosos edificios, suelen arrojarse en los cimientos las joyas más preciosas; así nosotros liemos colocado la religión en el cimiento de nuestra ley fundamental; la libertad ha sido su corona, y se sostiene sobre la columna de la justicia.

Esta honorable Junta ha deseado salvar los principios adoptados por los pueblos que nos preceden en la civilización, y combinarlos con la situación en que nos hallamos: ha querido que no se sacrifiquen; pero ha huido de que su exageración encienda la guerra. Tal vez se podría haber hecho más; pero si la perfección ideal es fácil de alcanzarse, la perfección práctica es obra del tiempo.

El edificio de las leyes es vasto y secular: las generaciones lo acaban y cada una pone aquella parte que le es posible. Hemos deseado que la crítica de nuestras obras sea sólo la del tiempo en que vivimos y no de nuestra voluntad é intención.

Recordemos lo que han sido y son las legislaciones de otros pueblos, y ellas llevan, o el carácter del legislador que las formó, ó el de los pueblos que se las dieron: son religiosas las leyes de Confucio; supersticiosas las de Nema; crueles las de Dracón y políticas las de Solón: son filosóficas las de Inglaterra; prudentes é ilustradas las de Francia; sabias y adecuadas las de Norte América.

Sean, pues, las nuestras lo que somos nosotros: hijas de la civilización que queremos aprovechar, mediadoras entre los partidos, conciliadoras de los intereses, protectoras de la libertad, defensoras del orden, y reine en ellas un espíritu de libertad, concordia y prudencia. Ojalá y ellas hagan resplandecer el carácter de los mexicanos y los retraten con fidelidad!

Si en estos momentos logramos que se acaben nuestras antiguas disensiones, podemos vaticinar nuestra felicidad. La Junta no ha olvidado que no hay entre nosotros un recuerdo de gloria que no lo sea de unión.

El célebre caudillo de la Independencia logró conseguirla reuniendo todos los partidos, y el hecho más grande, el que nos dió la existencia de Nación, el recuerdo más glorioso de nuestra historia, lo es también de un tiempo de unión.

Cuando los antiguos dominadores quisieron volvernos bajo de su poder y emprendieron una invasión, volaron los mexicanos á su encuentro entonando el cántico de guerra, pero cantando igualmente los himnos de la fraternidad.

La misma hoguera que consumió los odios nacionales, hizo brillar la llama vengadora á los ojos de nuestros enemigos, y la palma espléndida que coronó las cabezas de nuestros guerreros, nació sobre los sepulcros de los partidos.

¿Queremos que la Nación vuelva á su antigua gloria? Démonos el abrazo de paz, y no nos acordemos de nuestras querellas.

Esto se ha propuesto la Junta, y tales han sido sus intenciones. De esta manera, sin el estruendo de nuestras guerras, ha oído el mundo el gemido de la agonía de la Nación; pero no lograrán sus enemigos que se escuche el suspiro de su muerte, sino que resonará en todas partes el grito glorioso de su resurrección.

No habrá necesidad de revoluciones para promover leyes convenientes á nuestra Patria: la puerta de la discusión está abierta; ahí quedan levantadas dos tribunas, para hacer resonar en ellas la voz de la Nación; desde allí se hará escuchar la razón pública, y no será necesario hacer oír la opinión nacional con el alarido del iroqués, ni infundir las creencias políticas con la cimitarra del mahometano.

Volvamos los ojos al Jefe de la Nación, que, revestido de un poder sin límites, viene á deponerlo ante las aras de la ley: recordemos que ofreció leyes fundamentales á su patria y que hoy se las presenta; y busquemos después en la Historia muchos ejemplos de esta clase.

Hagamos votos porque la Nación sepa apreciar este rasgo heroico, y que halle el medio de hacer estimable este ejemplar en honor y loor de nuestro siglo.

En cuanto á nosotros, los vocales de la presente Junta, sólo podré repetir las palabras de una sola de las grandes celebridades actuales: "No tengamos ni desprecio ni orgullo por lo que hemos hecho; no creamos que la verdad, que pertenece á todos los tiempos y á todos los hombres, haya esperado nuestra hora para elevarse sin nubes sobre nuestra cuna: no olvidemos que toda verdad es hija de otra, hija del tiempo, como han dicho los sabios, y que la civilización entera está suspendida en esta cadena de tradiciones, de que es una figura brillante la cadena de oro de que pendía el mundo; pero tampoco nos calumniemos á nosotros mismos: al fin vendrá el día de la justicia: muy breve dirá la posteridad pesando nuestra memoria: fueron (lo que somos en efecto) los hombres de una época doble en un siglo de transición."—Dije.

El General Canalizo, al jurar en Tacubaya, ante el Consejo de Representantes, como Presidente Interino, el 4 de Octubre de 1843.

Excelentísimo Señor:

La honrosa confianza con que V. E. se ha servido distinguirme, bastaba para asegurarle mi lealtad; mas obsequiando la ley se ha unido al vínculo de la gratitud, el de la augusta ceremonia del juramento, y á la presencia de los altos funcionarios de la Nación, he invocado al Ser Supremo por testigo de la sinceridad de mis votos y de la fidelidad con que me propongo cumplirlos.

La senda que ha trazado la sabiduría y previsión de V. E. para la felicidad de los mexicanos, la seguiré con energía y eficacia de voluntad: las leyes benéficas que ha dictado su celo paternal serán fielmente cumplidas, y sus consejos saludables que no me negará desde su asilo doméstico, serán escuchados como la voz del padre de los pueblos, y acatados como la inspiración del genio tutelar de la Patria.

El inmenso Poder que se me confía como depósito sagrado, y de que ha usado V. E. con inimitable prudencia y con una nobleza sin ejemplo, lo emplearé en bien de la Nación y sólo pesará sobre el que osare quebrantar las leyes, ó trastornar el orden público.

Procuraré, en fin, que cuando vuelva V. E. á empuñar las riendas del Supremo Gobierno conforme al voto universal de los mexicanos, halle en mi Administración cumplidos sus patrióticos deseos y testimonios de la lealtad con que le serví en unas tan difíciles circunstancias. —Dije.

Contestación del General Santa-Anna, Presidente Provisional.

Excelentísimo Señor:

Precisado por el estado decadente de mi salud á dirigirme al Departamento de Veracruz, y deseoso también de prestar allí los servicios que pueda demarcar la Patria en circunstancias extraordinarias, he depositado en V. E., de acuerdo con el Consejo, el Poder Ejecutivo de la República, por la confianza que la lealtad de su carácter y la fuerza de su patriotismo siempre me han inspirado.

Deseo eficazmente que se conserven los bienes que he procurado á la Nación con un celo tan desinteresado como vivo, y que Y. E. los aumente para que así se llenen las justas esperanzas del grande y generoso pueblo mexicano.

El Ministro de Relaciones, á nombre del Supremo Poder Ejecutivo, en la clausura de sesiones del Consejo de los Departamentos, en 31 de Diciembre de 1843.

El Diario del Gobierno da cuenta de dicha clausura en los siguientes términos:

Abierta la sesión, se presentó el Ministerio acompañado de una comisión de Señores Consejeros nombrada al efecto: se leyó y aprobó el acta de la sesión pública habida en la mañana, y en seguida el Señor Ministro de Relaciones manifestó al Consejo á nombre del Supremo Gobierno, en un breve discurso, "que no por una vana ceremonia ni por una mera cortesía, se presentaba el Ministerio en nombre del Gobierno en el seno del Consejo de Representantes, sino verdaderamente animado del sentimiento que demanda la justicia, para hacer público ante la Nación que el Ejecutivo ha hallado en el Consejo de Representantes todo el auxilio y toda la cooperación que se propusieron las Bases de Tacubaya, al darle existencia en 1841.

Que hoy termina con las facultades que fueron dadas al Gobierno, estando éste persuadido de que en el Consejo y en el Ejecutivo se han acatado los derechos del pueblo, se han hecho cuantos bienes fué posible hacer, y se alejaron los males de la sociedad.

Que el Gobierno declara haber recibido el mejor consejo, cuantas veces lo pidió, y sin duda los dictámenes fueron efectos del saber, de la prudencia y del más recto juicio."

Contestación del Presidente del Consejo de los Departamentos, D. Joaquín Ramírez Esparta.

El Consejo de Representantes de los Departamentos, ha escuchado con el más grato placer la manifestación que el Gobierno provisional de la República ha hecho por conducto de su digno Ministro de Relaciones, de los sentimientos de benevolencia y gratitud que le animan en favor del Cuerpo y de todos los individuos que lo componen, y aquél, al rendirle por este acto de noble cortesanía los homenajes del reconocimiento más puro, disfruta también la satisfacción de anunciar, por el órgano de mi débil voz, que si bien sus miras no han sido otras desde su creación que las de procurar por todos los medios posibles que la grande Nación mexicana conserve en el decurso de los siglos, la libertad é independencia que justamente le granjearon sus virtudes, no puede lisonjearse en los últimos instantes de su existencia, de haber, no ya acertado, pero ni ofrecídosele la ocasión de llenar objetos tan grandiosos; porque reducido en sus facultades por el triste imperio de las circunstancias, al estrecho y pasivo círculo de dictaminar únicamente en las cuestiones que se le proponían por el Ejecutivo, y careciendo aun de la apreciable prerrogativa de iniciar aquellas leyes que en su concepto pudieran ser necesarias, para verlos realizados, ha tenido que ceñirse á dar su opinión cuando se le pedía, sin más arbitrio para hacer el bien ni para evitar el mal.

Ninguna es, por lo mismo, muy pequeña, la parte que le puede tocar en las glorias de su época; pero ninguna es igualmente la que lleva en la responsabilidad y censura que justa ó injustamente puedan merecer los actos que en ella han pasado; pudiendo, sí, asegurar tranquilo, que si no ha producido ventajas á los Departamentos que le honraron con su confianza, tampoco les ha ocasionado menoscabo de ningún género.

Simple espectador de los acontecimientos políticos ocurridos en este último bienio, ha visto cambiar de fases á la revolución, y toca al término final de sus tareas, con el consuelo de que al poder discrecional va á suceder el que las Bases Orgánicas han establecido, y de cuyos buenos ó malos resultados no tiene que dar cuenta el Consejo, pues que ninguna parte le ha cabido en las variaciones que experimentó el Poder Constituyente.

El buen sentido de la Nación, y la larga y costosa experiencia de tantas revueltas, serán los mejores guías del porvenir, por cuya dicha y prosperidad dirige al cielo el Consejo sus más fervientes votos, confiando en la buena fe y en el patriotismo de los nuevos depositarios del Poder público, y en la nunca desmentida docilidad del virtuoso pueblo mexicano.

El Consejo se congratula muy cordialmente con el Ejecutivo, por el feliz término de la revolución que comenzara en 1841, y espera que, atento siempre á los intereses nacionales, será el primer defensor de la libertad, y el primer súbdito de la ley.

Y vosotros, Representantes dignos de los Departamentos, volved á vuestra vida privada, con la satisfacción de haber llenado vuestros deberes: la Nación sabe, porque os conoce, que más hubierais hecho en su obsequio, si más se os hubiera permitido.

Esta convicción debe bastaros para vuestra tranquilidad. Podéis recordar vuestro ministerio sin remordimientos, y esperar sin temor el fallo de la pública opinión.

Fuente:

Los presidentes de México ante la Nación : informes, manifiestos y documentos de 1821 a 1966. Editado por la XLVI Legislatura de la Cámara de Diputados. 5 tomos. México, Cámara de Diputados, 1966. Tomo 1. Informes y respuestas desde el 28 de septiembre de 1821 hasta el 16 de septiembre 1875.

Los cinco tomos fueron digitalizados por la Universidad de Texas:
http://lanic.utexas.edu/larrp/pm/sample2/mexican/history/index.html



Descargar Archivo (s): [ 1843.pdf ]