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Siglo XIX > 1840-1849 > 1841

Manifiesto del presidente Bustamante con su propuesta política frente al levantamiento militar que proclama la dictadura.
19 de septiembre de 1841.

MANIFIESTO DEL PRESIDENTE BUSTAMANTE CON SU PROPUESTA POLÍTICA FRENTE AL LEVANTAMIENTO MILITAR QUE PROCLAMA LA DICTADURA.

19 DE SEPTIEMBRE DE 1841.

Mexicanos:

La crisis política en que han puesto á la república las asonadas militares de Guadalajara y de esta capital; el escándalo que han difundido por todas partes, y la dolorosa ansiedad en que se encuentran el pueblo y las clases del estado, me obligan a dirigiros de nuevo la palabra.

Es de mi deber inculcaros saludables verdades, que no debéis perder nunca de vista, y también manifestaros que vuestra sensatez basta por sí sola para contener el torrente revolucionario.

Permitidme que os descubra el cuadro que están formando los perturbadores del reposo público.

Que arranque la máscara con que intentan ocultar sus maquinaciones, y que os ponga en claro la inconsecuencia de sus planes y la injusticia con que quieren erigirse en árbitros sangrientos y crueles de sus conciudadanos.

Que la nación ha sufrido males gravísimos, que no se halla en estado de prosperidad á que es llamada por la Providencia, que necesita de importantes reformas en sus instituciones y ramos administrativos, es tan notorio y tan indispensable, que no hay ni un solo mexicano que pueda dudarlo racionalmente.

El gobierno supremo lo ha repetido en multitud de documentos oficiales, y yo lo he anunciado en los discursos que he dirigido á la representacion nacional.

Se han demostrado ya cuáles han sido las diversas causas de esos males, y se ha discurrido con mas ó menos acierto sobre los sucesos y circunstancias complicadas que han venido á reagravarlas en las diferentes revueltas que hemos presenciado.

Cualquiera que sea el juicio que pueda formarse sobre la influencia de cada uno de los elementos de desorganización y desorden, la opinión es uniformemente contraria á los trastornos á que ha dado lugar la ambición de gefes militares y sus repetidas defecciones.

Sin ellas, la paz se habria conservado, la reflexión y el poder del tiempo y de las luces habrían enmendado nuestros yerros políticos, no se habrían enconado las pasiones á expensas de los pueblos.

Llaman déspota al gobierno cuando apura hasta el último grado las medidas de lenidad y clemencia; y faltando con descaro al respeto que se debe á la nación, se llaman sus regeneradores y libertadores.

En vista de esto, ¿cómo ha de extrañarse la volubilidad é inconsecuencia de los caudillos revolucionarios?

Sin otro norte que su ambición, aprovechan cualquiera oscilación política, cualquiera circunstancia, para convertirse en enemigos del gobierno establecido; y el que ayer era reputado como el terror de un partido, hoy lo invoca y se pone bajo su protección.

Incautos unos y seducidos otros, se alistan en las banderas del que así ha vendido sus juramentos, su fé política, su espada y su nombre militar.

Nada importa que haya derramado torrentes de sangre, que esté aún fresca la memoria de los compromisos con que se ligó ante la república toda, que todos señalen su perfidia y alevosía, como en lo pronto pueda halagar á una facción, ó servir de instrumento para consumar una insurrección; se le proclama libertador y se olvidan sus anteriores crímenes.

Decidme si exagero su conducta, y no llevéis á mal que me desentienda de las personas.

Yo no pretendo ni quiero hacer la apología de mi administración. Rodeado de dificultades, agitada la república por tan diferentes opiniones y partidos, relajados los resortes de la obediencia y respeto á las leyes y autoridades, hostilizada aquella, en fin, por enemigos interiores y exteriores, han venido á pesar sobre mi todos los desórdenes de las pasadas revoluciones.

Mi intención siempre pura y patriótica, ha sido contrariada por sucesos que si he previsto, no he podido impedir, y la nación no puede olvidar cuáles han sido los embarazos en que me han puesto la ambición de unos, la conducta extraviada de otros, y mas que todo, los diversos juicios de los buenos mexicanos sobre las medidas de salvación y engrandecimiento de la patria.

¿Ni cómo puede haber un acuerdo uniforme cuando se encienden los ánimos y se prepara la anarquía más sangrienta y desastrosa?

Puedo sin embargo apelar á vuestro fallo imparcial, y aseguraros con franqueza y verdad, que no he perdonado medio de ninguna clase para contener el desorden revolucionario.

He instado vivamente (con buen éxito en cuanto ha estado al alcance de las augustas cámaras) por las reformas constitucionales.

He llamado al desempeño de los ministerios á personas de probidad y aptitud conocida.

He iniciado cuantas mejoras me han parecido convenientes en los ramos administrativos.

He procurado cumplir religiosamente los compromisos de la hacienda pública.

He pagado con puntualidad las cantidades destinadas á cubrir los intereses de la deuda extrangera; y he respetado y defendido hasta sus últimos ápices las garantías individuales.

He hecho más; he olvidado las ofensas y los ataques que me ha dado la ambicion ó la perversidad; y he seguido una política durante el periodo crítico de mi administración, que quizá no habrá sido acertada, pero que ciertamente tiene el mérito de la indulgencia y de la tolerancia.

Cúlpese á estas en buena hora por los amantes de la justicia y del rigor de las leyes; pero no sirva de pretexto á los partidarios de la rebelión.

¿Podía imaginar alguno que estos me acusaran á un tiempo de indulgente y déspota?

La nación debe reorganizarse, y avanzar sobre bases y cimientos sólidos su reposo y prosperidad.

Este es el voto de todos los buenos, y yo lo sostendré con cuantos recursos me dá la suprema magistratura que ejerzo y la decisión y patriotismo de los Departamentos.

Ninguno de ellos quiere ni espera nada de una sedición militar, que tiende á todos los escesos del despotismo, ó á todos los horrores de la anarquía.

Uno ú otra harían más lastimosa nuestra situación, despreciable nuestro nombre ante las demás naciones, desapareciendo en consecuencia por muchos años los beneficios de la libertad.

Podemos luchar contra ambos, podemos conservar á la razon las armas que quieren quitarle los hombres injustos é inmortales; podemos hacer triunfar al verdadero patriotismo, y decidir, sin el estruendo del cañon, las más importantes cuestiones políticas.

Podemos todo esto; pero es necesario convertir nuestros intereses y nuestras opiniones, hacia el punto cardinal en que están confundidas; que el bienestar de la patria quede asegurado bajo los auspicios de la paz y del orden público.

Por lo que a mí toca, he apelado desde luego á la voluntad nacional que han invocado los revolucionarios.

Ellos creyeron encontrar en el supremo poder conservador el apoyo de sus planes liberticidas; y como es el órgano legal de dicha voluntad soberana, en circunstancias como las presentes, el gobierno y el congreso no temieron ocurrir a él, para que su declaración fijase el verdadero estado de la opinion pública.

En ella habéis visto consignados los principios más importantes y más nacionales, y las verdades más confirmadas por una experiencia dolorosa.

Ella dice que nos es vuestra voluntad que veais el juguete de las facciones, que se derrame vuestra sangre por intereses privados, que se sustituya á las leyes y orden establecido, el capricho de gefes ambiciosos, y que sí lo es, que nuestras diferencias políticas se terminen como en los países cultos, por la discusión, el examen y el convencimiento.

Hombre de buena fé, estaba yo dispuesto á obsequiar el decreto del conservador, y á obrar en consonancia con su suprema declaración cualquiera que fuese.

¿Podía hacer más? Pero los que han proclamado la rebelión, dan ya á sus planes por una inconsecuencia que nadie dudaba, otra direccion, luego que han visto frustradas sus miras por el anatema que ha descargado sobre ellos la voluntad nacional.

Proclamaron dictadura, y un gobierno de terror, proclaman ya comicios, é invocan cualquiera otra cosa que á su juicio pueda escitar en favor de sus planes, las simpatías de sus conciudadanos.

Obrarán sin concierto, y querrán quizá apoyarse en el desorden mismo, para lograr un triunfo que les niegan la opinión, la moral y la justicia.

Sin apego ninguno al puesto en que me colocaron los sufragios de todos los Departamentos, no puedo, sin embargo, entregarlo ni á la ambición ni á la anarquía.

Pesaría sobre mí la tremenda responsabilidad, si por un sentimiento bastardo de delicadeza personal abandonara al capricho de los revoltosos las garantías de mis compatriotas, el depósito sagrado de las leyes é instituciones, y la suerte del inocente y generoso pueblo, cuya felicidad no puede asegurarse sino á la sombra de la paz y de las autoridades legítimas.

Decidme si son dignos de gobernar los que han levantado el estandarte de la anarquía, posponiendo á su codicia ó á su ambicion vuestros más caros intereses.

Examinad su vida pública, su fidelidad y honor, é indignos al contemplar sus absurdas pretensiones.

Yo no tengo la presunción de creer que poseo las cualidades que exige hoy en el primer magistrado el estado crítico de la nación; pero mientras las leyes, las autoridades y la verdadera opinión pública no me obliguen á separarme del puesto en que me hallo, lo sostendré con todo el valor que inspira el buen derecho y una conciencia tranquila.

Tranquila, si, y muy tranquila, porque cualesquiera que hayan sido los errores de mi administración, he procedido siempre de buena fé; he procurado calmar las pasiones con medidas de suavidad y clemencia; he respetado las opiniones y á ninguna he perseguido: me he rodeado de hombres en los diferentes periodos de mi gobierno, que si han sido atacados cuando ocupaban los ministerios; al separarse de ellos no ha habido mas que una opinión sobre su probidad y patriotismo.

He sido, en fin, generoso con mis enemigos; y les he enseñado con mi conducta, cuáles son los sentimientos de honor y decencia que deben caracterizar á los gefes supremos de las naciones.

Si me han hecho traición, y si con perfidia inaudita se rebelan hoy contra el que les hizo bien, sea de ellos la ignominia, y agóbielos siempre el peso de su ingratitud.

Franco por carácter, y amigo de la verdad, no quiero disimular la gravedad y peligros de la crisis en que nos encontramos.

Si ella determina, como lo espero en favor del gobierno, fácil será ocuparse inmediatamente de las mejoras sociales, organizar á la nación, y obrar en consonancia con los deseos de los buenos mexicanos, uniendo los ánimos y tomando de todas las opiniones los que más convenga á la felicidad común.

De lo que menos puede acusárseme es de intolerante: he buscado el acierto en todos los órganos del verdadero patriotismo; y si éste, por una desgracia que todos debemos lamentar, se ha dividido, podemos unirlo y fundar en él una paz estable, unas sabias instituciones, nuestra felicidad interior y nuestro crédito exterior.

Pero si la anarquía se sobrepone al orden público, si la nación ha de constituirse en el tumulto y confusión de las facciones, si la discordia ha de ser la que impere, y si al mérito y la virtud no se le deja otra elección que ocultarse de ambiciosos desenfrenados ó de bases turbulentas y frenéticas, perded la esperanza de tener patria, sosiego y felicidad.

Ya estáis viendo las escenas que se os presentan en esta capital, y el sobresalto de sus pacíficos moradores.

Interrumpidos los giros, privados los artesanos y jornaleros de los medios necesarios de subsistencia; consternadas las familias que abandonan sus casas é intereses; cerrados los templos y difundido el terror en todos los ánimos; la hermosa México es hoy el teatro de la desolación.

¿Y cómo no se conmueven á vista de tantas desgracias los que así afligen á sus compatriotas?

¿Qué gloria puede tener el triunfo del caudillo revolucionario, que pone en tan inminentes riesgos los bienes más preciosos de la sociedad?

Gracias al cielo, jamás los he comprometido; los defenderé, por el contrario, y expondré mi vida por ellos, apurando hasta los últimos recursos de mi autoridad, para evitar el desorden.

Yo espero todavía que los militares que se han sustraido de la obediencia al supremo gobierno, escuchen la voz de la razón de la patria y de la humanidad.

Al contemplar el cuadro que han comenzado á formar, y los desastres que va á producir la guerra civil, no pueden menos de escitarse en ellos todos los sentimientos que los han animado otras veces al emplear su valor y su espada en defensa de sus compatriotas.

Olvidaré sus estravios, y la nación que los conjura hoy para que no desgarren su seno, los acogerá benigna y solo recordará sus anteriores servicios.

Pero si sordos al clamor nacional se obstinaren en fomentar la anarquía y en ensangrentar la república, yo los hago responsables ante Dios y ella, de los males que sobrevengan.

Si se pierde la unión, si se derrama sangre mexicana, si la discordia forja las cadenas con que haya de esclavizarnos algun tirano, sobre ellos, y solo sobre ellos debe pesar la venganza de la nación.

Sensible es para mi alma no poder anunciaros que la rebelión se ha terminado, que la razón se ha sobrepuesto al frenesí revolucionario, y que las leyes han recobrado su vigor y su imperio.

Nada dejaré de hacer en estos días de turbación y de dolor para disminuir los males que derraman sobre nuestro infortunado país sus hijos ingratos y estraviados.

Posible es que propaguen el incendio, y que lejos de contenerse en la funesta carrera que han emprendido, abran más el abismo que ha de tragarlos: posible es también que enjuguen las lágrimas que hacen verter por todas las partes reconociendo sus errores y sometiéndose al gobierno.

Los llamo de nuevo en nombre de la nación, y les recuerdo su honor, sus juramentos, y sus obligaciones como soldados mexicanos.

Los que permanecen fieles, merecen toda la confianza que siempre inspiran el valor y la lealtad.

Me la inspira igualmente el buen sentido del pueblo, y la decisión, prudencia y virtudes de sus autoridades.

Mexicanos:

Conservad vuestra sensatez en estos momentos, y nada podrá destruir, ni la unidad nacional, ni la independencia de la república.

Vosotros sois sus hijos el firme apoyo de las garantías.

Fuente:

Román Iglesias González (Introducción y recopilación). Planes políticos, proclamas, manifiestos y otros documentos de la Independencia al México moderno, 1812-1940.  Universidad Nacional Autónoma de México. Instituto de Investigaciones Jurídicas. Serie C. Estudios Históricos, Núm. 74. Edición y formación en computadora al cuidado de Isidro Saucedo.  México, 1998. p. 199-203.