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Siglo XIX > 1840-1849 > 1841

Manifiesto del General Paredes y Arrillaga.
18 de octubre de 1841.

MANIFIESTO DEL GENERAL PAREDES Y ARRILLAGA.

18 DE OCTUBRE DE 1841.

Responsable solamente á la opinion pública de los actos en que se haya intervenido ó causado, á consecuencia del movimiento político que adoptó la nación y que inicié en Jalisco, es ya tiempo de sujetarme á esta censura y ofrecer los datos sobre que recaiga el fallo de la imparcialidad.

El egoismo y la malignidad desparramaron en mí contra las especies más ofensivas al honor y delicadeza, de que fué preciso desentenderse con dignidad, por no complicar la defensa justa y sagrada de la regeneración nacional, convirtiéndola en tristes apologías personales. Los hechos, y nada más que los hechos debían ser su contestacion.

Agoviada la nación mexicana bajo el enorme peso del infortunio que le han podido acarrear treinta años de una guerra civil; dividida en bandos y facciones intestinas; violada en la integridad de su territorio; saltada de naciones feroces y salvajes; sin constitución análoga á sus necesidades; sin hacienda, ejército ni marina; sobrecargada de deudas y de leyes, que multiplicando las esacciones y gavelas, no cubrían ni una sola de las atenciones á que se destinaban; sin gobierno que pudiera sacarla de esta postración y darle un impulso vigoroso; con la anarquía mas completa de los poderes públicos que debían dirigir sus destinos; olvidada la obediencia, desusado el castigo, premiado el favor, y sin esperanza de salir de tan triste estado, ¿no era ésta la situación de nuestra república?

Observaba esta crisis, dolorosa para todo buen mexicano, y contemplaba ya muy próximo el término de la disolución social, cuando me resolvía á dar el Manifiesto de 8 de Agosto prócsimo pasado.

Al apelar á la nación y no á las influencias de un partido, exponiéndole sus desgracias y al arbitrio que conceptuaba para remediarlas, quise con esto buscar la fuente de legitimidad; dejar á ella misma la decisión de las eternas querellas de los partidos, y establecer una esencial diferencia entre este movimiento y las convulsiones anteriores, cuyo vital interés había sido el solo cambio de personas.

A este fin, mis primeros pasos fueron los de entenderme con las autoridades con quienes me hallaba en contacto, hablarles en su relación de mexicanos, prometerles garantías, y obligarlos por la profesión de unos mismos principios á meter el hombro al edificio social, mientras éste se reparaba; y en este sentido abundan las contestaciones habidas con las autoridades de Jalisco, que ellas mismas publicaron al disolverse respontáneamente.

Hombres inquietos y turbulentos creyeron acaso llegada la hora de moverse en la esfera de su acostumbrada acción; procuraron esparcir especies, que dejadas correr sin contradicción, pudieran haber servido de funesta seducción y engaño: fué preciso hablar claro, y la proclama de 16 de Agosto [... ] les quitó la esperanza de desvirtuar un movimiento político, que sin tocar las cuestiones precisamentes de formas de gobierno, solo se ocupaba de la reorganización social, en la manera que la nación la quisiese por medio de sus mandatarios, y previo el establecimiento de un gobierno enérgico que la mantuviera en paz y orden, mientras esto se verificaba.

El gobierno anterior, ya espirante, probó todos los medios que le sugería el deseo de su conservación; el uso de la autoridad, la destitución, la prodigalidad escandalosa de empleos, la amenaza y amago de la fuerza; nada de esto podía contener la conmoción escitada en las más delicadas fibras de los mexicanos, cuales son, las que afectan á su independencia y nacionalidad, que veían próximas á desaparecer.

El buen sentido reanimó el espíritu público, y los Departamentos del interior guiados y presididos de sus mismas autoridades, respondieron los primeros á una interpelación que les recordaba los intereses que nos creara nuestra gloriosa emancipación política.

El Departamento de Guanajuato, con la fuerza y el prestigio que le ha dado siempre la cordura con que se ha manejado, unió sus votos á los de Jalisco, y duplicó su fuerza, que al mando de su digno comandante general, se puso á mis órdenes.

Lo mismo hicieron los de Zacatecas, San Luis, Querétaro, y sucesivamente todos los del interior, que convencidos de la necesidad de la regeneración y de los médios que para ella se proponían, me honraron con su confianza, poniendo en mis manos la fuerza del poder y los recursos necesarios para que su voz y voto resonase unísono por todos los ángulos de la república, con la respetabilidad que le dá el principio de su procedencia y el noble motivo de su emisión.

Nada estaba mas en su deseo, y en nada me afané con mayor empeño, que en hacer que esta revolución fuese verdaderamente filosófica, obra del convencimiento, como lo logré en aquella parte de la república, en que por fortuna me constituyó mi suerte.

Mas las chispas de la revolución saltaron á México, centro del poder empeñado en resistirla, y á donde juzgó hacer un último esfuerzo para apagarla: la capital y sus habitantes sufrían los estragos de la guerra civil, mientras que en toda la república se obraba una revolución pacífica que cambiaba su faz.

El Ecsmo Sr. general benemérito de la patria D. Antonio López de Santa Anna correspondió á la esperanza de la nación, que tenía fijos en él los ojos buscando su auxilio para salir de tan peligrosa crisis.

Nunca la nación ha fiado en vano en los esfuerzos de su caudillo, y en esta vez, como en otras, se prestó gustoso á libertarla: tomó el mando del ejército, y desde allí rigió la revolución.

Fuente:

Román Iglesias González (Introducción y recopilación). Planes políticos, proclamas, manifiestos y otros documentos de la Independencia al México moderno, 1812-1940.  Universidad Nacional Autónoma de México. Instituto de Investigaciones Jurídicas. Serie C. Estudios Históricos, Núm. 74. Edición y formación en computadora al cuidado de Isidro Saucedo.  México, 1998. p. 213-214.