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Siglo XIX > 1840-1849 > 1841

Discursos de Anastasio Bustamante. Enero 1, 1841. Junio 30, 1841. Julio 1, 1841. Discurso de Antonio López de Santa-Anna, en la Junta de representantes de los Departamentos, después de haber jurado como Presidente. Octubre 10, 1841.
Enero 1, 1841. Junio 30, 1841. Julio 1, 1841. Octubre 10, 1841.

El General Bustamante, al abrir las sesiones del primer período, en 11 de Enero de 1841.

¡Ciudadanos diputados y senadores!

Al instalarse el Congreso General en 1841, no puede el Supremo Gobierno dejar de congratularse por un suceso que, aunque repetido todos los años, es del más alto interés en el sistema representativo.

Yo estoy poseído de la más viva alegría al considerar que en los anteriores trastornos, ni la funesta discordia, ni los males que han ocasionado, han podido destruir nuestras formas tutelares y las esperanzas de un porvenir de paz y de felicidad.

Vosotros venís, señores, á realizarlas en la parte que os toca, y el Gobierno encuentra en vuestra sabiduría el más firme apoyo del orden público y el resorte más eficaz de las mejoras sociales.

Demos gracias á la Providencia porque nos reunimos hoy bajo mejores auspicios que los que podíamos esperar el 19 de Julio del año próximo pasado.

Al hablar del estado de los negocios, tendré el placer de anunciaros que podréis hacer mucho en beneficio de la Patria, y á la vez el sentimiento de manifestaros que las desgracias públicas no han permitido hasta ahora al Congreso General dictar todas las leyes importantes que exigen los diferentes ramos de la Administración.

Pero antes debo poner en vuestro conocimiento que nuestras relaciones con los Estados europeos y americanos continúan cultivándose en buena inteligencia y armonía.

Las reclamaciones pendientes de algunos ciudadanos de los Estados Unidos terminarán por el fallo de los comisionados de ambos Gobiernos, reunidos en Washington ó por el del árbitro representante de S. M. el rey de Prusia en su caso.

Sabéis que S. M. la reina de la Gran Bretaña se ha servido aceptar el arbitraje para decidir las cuestiones propuestas en el tratado de paz celebrado con Francia.

El Gobierno de la República y el de S. M. B. se ocupan de nuevo por medio de sus Plenipotenciarios de un tratado que por ambas partes presta todas las seguridades de que impedirán cuanto esté á su alcance el horroroso tráfico de esclavos.

Al hacer justicia á los sentimientos humanos y á la eminente civilización del Gabinete de S. M. por el celo con que promueve la abolición de la esclavitud en todo el mundo, os recomiendo, señores, que toméis en consideración el convenio ajustado, luego que se os presente por el Ministerio respectivo.

Como los Secretarios del Despacho os instruirán circunstanciadamente del estado de los negocios de su cargo, no llamaré vuestra atención sino hacia aquellos puntos de tan vital importancia que están identificados, por decirlo así, con la felicidad de la República.

Si nuestra Hacienda ha ganado mucho en el crédito interior y exterior por el puntual cumplimiento de los arreglos hechos en Agosto de 1839, y el pago religioso de la sexta parte de las aduanas marítimas consignada á la deuda extranjera, no por eso es capaz de cubrir los gastos de la Administración.

Ya se ha manifestado con repetición al Congreso por el Ministro del ramo la desproporción que hay entre los ingresos y egresos y la imperiosa necesidad de nivelarlos.

Esta escasez de recursos ha influido poderosamente en que la revolución de Yucatán no se hubiera sofocado en su principio; y si bien pudo terminar en pocos días la asonada que consternó á esta hermosa capital, en Julio del año pasado, fué debido á la lealtad de los bravos que combatieron por el restablecimiento del orden y al buen sentido de la mayoría del pueblo.

La revolución del Norte, que tanto afectaba á los sentimientos nacionales, por la idea desconsoladora de que mexicanos extraviados hacían la guerra á su patria, se ha conducido del modo más feliz que pudiera desearse.

Ya se ha instruido al Congreso del sometimiento de aquéllos al Supremo Gobierno y de la noble franqueza con que se han presentado, reconociendo su error y protestando que no auxiliarán nunca las miras usurpadoras de los ingratos texanos.

Muy dignos son, sin duda, de la gratitud nacional, los valientes defensores de la integridad del territorio en la frontera del Norte, que reuniendo felizmente el valor y la política, han logrado un desenlace tan honorífico para el buen nombre de la República.

Este fausto acontecimiento facilitará el recobro del Departamento de Texas, contando con los auxilios que espero de vuestra eficaz cooperación.

La paz sería inalterable y los pueblos felices, si la organización interior en sus diferentes ramos correspondiera á sus necesidades. La administración de Justicia es defectuosa, y el Gobierno no tiene medios ni el poder necesario para conservar en buen estado esta institución, que debe ser el terror del crimen y la más firme garantía de los derechos civiles de los mexicanos.

La independencia del Poder Judicial en el ejercicio de sus atribuciones, es un principio reconocido universalmente en los sistemas representativos. Pero esta independencia, tal cual se ha entendido y parece consignada en la actual Constitución, presenta obstáculos que no pueden conciliarse con ninguna clase de Gobierno.

Que éste tenga los medios indirectos, pero indispensables, para corregir los defectos ó abusos de los tribunales y jueces, como los tiene respecto de las oficinas, establecimientos y empleados aun de la más alta categoría de la República, no sólo no choca con la independencia del Poder Judicial, sino que es esencialmente necesario para que el Ejecutivo cumpla con la obligación que se le impone de hacer observar las leyes.

Ningún Gobierno puede tampoco llenar sus deberes constitucionales si para obrar en los casos más graves y urgentes y para iniciar las leyes, devolver con observaciones las que contra su acuerdo se han expedido, necesita la conformidad de mi cuerpo muy numeroso aunque sea muy ilustrado.

El Ejecutivo, dentro de su órbita peculiar, debe tener toda la libertad posible para obrar bajo su responsabilidad; y de otro modo sería injustísimo culparlo por actos administrativos ó por sus resultados, no teniendo ni en unos ni en otros la parte que debiera corresponderle, como sucede frecuentemente.

El Consejo no sólo es útil, sino necesario para el acierto de las providencias, considerado puramente como Cuerpo consultivo.

La organización conveniente de los Departamentos y la extensión de facultades á sus autoridades superiores, con sujeción al Gobierno General, es otro punto digno de ocupar vuestra ilustrada atención.

Adoptar un justo medio sería bajo todos aspectos lo más conveniente para poner término á una cuestión que ha dividido los ánimos, y que resuelta con tino, quitaría todo pretexto para nuevas turbaciones.

Tenéis á la vista el luminoso Proyecto de Reformas, y pronto sabréis la opinión pública, expresada por las Juntas Departamentales y por la prensa imparcial é ilustrada. A vosotros está reservado este cambio saludable y pacífico en nuestras instituciones: el Gobierno, llegado el caso, manifestará su opinión sobre los artículos constitucionales que hayan de reformarse.

Si el Ejecutivo, señores, no ha de estar suficientemente autorizado; si sus actos y los del Congreso General se han de anular por otro cuerpo desconocido en las instituciones modernas, no tengáis la menor esperanza de la felicidad pública.

Lejos de que se conserve el equilibrio entre los Supremos Poderes, como se intentó con la mejor buena fe al dictarse la actual Constitución, se suscitarán á cada paso cuestiones que dividan los ánimos, den pretexto para el desorden y priven á la Administración Suprema de los respetos que se la deben.

Sea en buena hora el Gobierno responsable por todos sus actos; administren los jueces y tribunales justicia con toda la independencia y libertad consignadas en los códigos de las naciones civilizadas; limítese el Congreso á sus funciones legislativas; pero no se confundan las ideas ni se usurpen los Poderes sus facultades peculiares bajo el pretexto vano y contradictorio de evitar con esta usurpación que traspasen sus límites constitucionales.

Sólo la opinión y la responsabilidad oficial deben contenerlos, y cualquiera otro medio es peligroso y funesto. Apelo, señores, á la experiencia de estos últimos años y á las instituciones de los pueblos que han adoptado el sistema representativo.

He tenido el honor de gobernar á la República en el período de más discordia interior y de mayores compromisos en las relaciones exteriores.

Los que no conocen que las circunstancias y los sucesos lamentables se sobreponen muchas veces á los esfuerzos más constantes y á la intención más pura, culparán al Gobierno y los presentarán quizá bajo un aspecto desfavorable.

Sin pretender justificar en todo los actos de mi administración, porque es imposible dejar de cometer errores en crisis tan difícil, sí puedo protestar: que nada he perdonado para evitar los diferentes trastornos ocurridos; que la anarquía no ha triunfado y que aun podemos asegurar los destinos de nuestra patria.

Trabajad, pues, señores, con esta lisonjera esperanza, contando siempre con el ardiente y patriótico celo del Ejecutivo.—Dije.

Contestación del Presidente del Congreso, D. Pedro Barajas.

Al abrir el Congreso las sesiones el año de 1841, observa que son tan urgentes como graves las exigencias de la República y que se presentan muchas dificultades para atenderlas con la prontitud que demanda su importancia.

El ve que en cada uno de los años que pasan, no falta algún acontecimiento que reagrave los males de la Patria, y está persuadido de que si no se hace hasta el último esfuerzo para remediarlos, acabarán hasta las esperanzas de orden y de paz.

Las leyes constitucionales, con una combinación desgraciada en algunas de sus partes, entorpecen muchas veces los negocios públicos y dejan al Congreso y al Gobierno imposibilitados para cumplir con sus obligaciones, sujetándolos á otros Poderes que revisen sus actos y fallen contra ellos sin apelación: de que se sigue que aunque el Legislativo y Ejecutivo juzguen una leyó una medida conducentes al bienestar de los pueblos, si los Poderes revisores opinan en diverso sentido, pueden destruir lo que la Representación Nacional y el Gobierno estimaban necesarios para atender á las necesidades públicas y cubrir su responsabilidad.

La Administración de Justicia se halla bastante desarreglada, y con la indepen dencia absoluta en que la Constitución ha colocado al ramo judicial, no hay poder capaz de corregir eficazmente sus abusos.

El Gobierno, con muy escasas facultades, carece de los resortes necesarios para obrar con la energía debida, y repartidas acaso fuera de lo natural, las fuerzas del Estado, los Poderes no están en el puesto que deben tener en un sistema republicano.

La Hacienda pública está reducida á la nulidad, y sin ella la sociedad no puede existir: á esto se agregan las revoluciones continuas que tienen á la Nación en un perpetuo movimiento, y después de muchos años no la dejan establecerse de una manera que haga felices á todos los mexicanos.

En medio de tantos males que afligen al Congreso, tiene la satisfacción de que nuestras relaciones en el exterior se conserven en tan buena armonía y no le ha sido menos satisfactorio el modo con que terminó la revolución de los Departamentos del Norte.

Las Cámaras, por su parte, proporcionarán el premio debido á los valientes y humanos militares, que supieron pelear y también unir cordialmente á sus compatriotas que volvieron al orden.

Todos los trabajos del Congreso deben dirigirse á organizar el país, y no le será tan difícil lograr este fin haciendo á la Constitución las reformas que la experiencia nos ha manifestado indispensables: por ellas los tres Poderes colocados en sus puestos legítimos y sin las trabas que hoy les impiden obrar, corregirán los abusos que se han introducido en todos los ramos de la Administración.

El Congreso está penetrado de las necesidades de la República: sabe que á ella debe consagrar todo su tiempo, y que si los pueblos han depositado en él sus más preciosos intereses, está obligado á corresponder á su confianza.

Así, pues, no perderá los momentos, y todos los empleará en el cumplimiento de sus obligaciones; pues los individuos que forman las dos Cámaras, no ignoran que, aceptando el encargo que les ha hecho la Nación, deben servirlo fiel y exactamente, pues de lo contrario faltarían á Dios y á la Patria.

El Ejecutivo abunda en los mismos sentimientos del Congreso, y ambos, reconociendo que todo bien desciende del Padre de las luces, de El mismo esperan los auxilios necesarios para reorganizar la sociedad.—Dije.

El General Bustamante, al cerrar dichas sesiones, en 30 de Junio de 1841.

Señores diputados y senadores:

Hoy que termina el primer período constitucional de la presente legislatura, podéis abrigar la satisfacción de haber llenado vuestras funciones, concluyendo en tan corto tiempo algunos asuntos de utilidad é importancia, y preparando otros que más adelante reorganizarán á la Nación, afianzarán la paz interior y le granjearán toda la consideración y respeto de que es digna.

No se ofenda vuestra moderación, cuando emito estos conceptos, después que los trabajos de ambas Cámaras han publicado ya por todas partes cuáles han sido vuestros desvelos por el bienestar de la República.

Nadie los ignora; ninguno desconoce el patriotismo, el empeño é imparcialidad que han dominado en vuestras deliberaciones; y si fuere necesario encarecerlos, bastaría al efecto recordar uno de los asuntos que han ocupado vuestra atención más vivamente, á saber, el que se refiere á los auxilios decretados para conservar la integridad del territorio de la República en el Departamento de Texas.

Yo no puedo menos, al tocar esta materia, que hacer un acto particular de gracias al Congreso por unas medidas que afectan íntimamente el honor de la Nación y la reputación gloriosa de los mexicanos.

Esos aventureros que intentan hacer independiente un suelo donde no nacieron; que no pueden tener con los hijos del país otras relaciones que las de gratitud por la hospitalidad generosa que allí encontraron, y que lejos de obrar conforme á los principios que proclaman, excluyen de su población á las gentes de color é introducen la esclavitud en su territorio virgen, donde sólo se habían enseñoreado la libertad y la filantropía, ningún título tienen para justificar sus pretensiones: no merecen otros nombres que los de usurpadores y tiranos de la humanidad, y es un deber del Gobierno escarmentarlos y volver á la unión nacional aquella porción hermosa de la República.

Los recursos decretados se emplearán oportunamente en este objeto, y yo no dudo del éxito feliz de la empresa, contando con vuestra ayuda y con el voto firme é irrevocable de la universalidad de vuestros compatriotas.

Los diversos acuerdos que se han dado para la amortización de la moneda de cobre, son otros tantos testimonios del celo que os anima por libertar al país de una plaga tan funesta y hacer su bien y prosperidad á costa de cualquier sacrificio.

La gravedad y trascendencia de este asunto estimuló vuestros nobles sentimientos en favor de los pueblos, y os dedicasteis á examinarlo hasta por tres veces distintas, de una manera que hace honor á vuestra sabiduría y que acreditará siempre la justicia con que vuestros comitentes depositaron en vuestras manos su ilimitada confianza.

Aprobado por el Senado, como era de esperar, el último acuerdo de la Cámara de Diputados, terminasteis ya satisfactoriamente esta cuestión ruidosa que afecta tan de cerca los intereses del comercio y de la industria; y el Ejecutivo, que hasta aquí ha caminado unísono con el espíritu que guió al Poder Legislativo en todo el curso de aquélla, cumplirá puntualmente sus disposiciones, realizando los filies saludables que se propuso desde que inició tan grave negocio.

El Gobierno no puede dejar de mostrarse complacido por la anuencia que prestaron las Cámaras á la iniciativa que les hizo, á fin (le que la capitación que se había decretado en 21 de Agosto del año anterior, se moderase en los términos que aparecen en la ley de 8 de Marzo último.

Este ha sido un asunto de los que más han afligido mi espíritu y el de todos los miembros del Gabinete; pues al mismo tiempo que por una parte se representaba y escribía con declamaciones fuertes contra la dicha capitación, por otra se pintaba con los colores más espantosos la suerte miserable de los empleados de los Departamentos, y se solicitaba del Gobierno de la manera más exigente que ministrase los recursos de que carecía, para socorrerlos.

No cabía, pues, otro arbitrio prudente, que el de rebajar las cuotas á unas cantidades que no pueden llamarse gravosas y destinar exclusivamente á los gastos de los Departamentos la mitad de los productos del nuevo impuesto; por este medio las dificultades é intereses quedaron bien conciliados y sólo pueden tenerlo en el descrédito de la ley los hombres inquietos que viven del desorden.

Es verdad que estos recursos no son suficientes para cubrir el déficit considerable de las arcas públicas; pero servirán á lo menos para llenar en parte las obligaciones más urgentes é indispensables; y vosotros habéis previsto, que corriendo el tiempo, será este un ensayo sobre el cual podrán formarse cálculos de mucha importancia para el sistema de Hacienda.

Finalmente, las disposiciones dictadas para la mejora de algunos caminos, la que facilitó la introducción del agua potable en la Municipalidad de Veracruz, y, en general, las que se han dirigido á lá conservación y fomento de nuestra industria naciente, hacen palpar que, aunque la magnitud de los negocios de que va hecha mención, ha sido más que sobrada para absorber la atención de las Cámaras en el período que finaliza, vuestra diligencia y cuidado se han extendido hasta el punto de fijar la vista y deliberar sobre esos otros objetos de no menos interés y utilidad para la Patria.

Ella os queda reconocida por vuestros buenos servicios, y el Gobierno, á la vez que trabaja incesantemente á fin de conservarla tranquila, apurará sus esfuerzos, dando el lleno debido á vuestras resoluciones, para que la veáis también verdaderamente libre y dichosa.

Contestación del Presidente del Congreso, D. José Baria Bravo.

En este día que el Congreso general cierra las sesiones de su primer período constitucional, desearía presentar á la nación aquel cuadro halagüeño y lisonjero que sólo dejan pintar la paz y la tranquilidad en medio de sus delicias; mas desafortunadamente, habiendo huido ésta mucho tiempo ha de entre los mexicanos, aquél no ha podido hacer otra cosa que dedicarse á preparar el camino que nos pueda hacer llegar á ese tiempo venturoso.

No contento con llenar el tiempo prefijado para sus primeras sesiones, acordó prorrogarlo por el que le permitía la ley, tanto porque las exigencias públicas lo demandaban, como porque muchos ciudadanos tenían decisiones pendientes, que en otro tiempo no pueden tomarse en consideración.

Alterada la paz de la República y conmovida ésta en su interior por extravíos de hombres que con opiniones equívocas le han estado continuamente hundiendo en una espantosa desmoralización, el Ejército ha tenido que dividirse para atender á la conservación y restablecimiento de aquélla en varios Departamentos: afortunadamente se ha logrado este objeto; pero esto ha impedido que hubiese el número suficiente de tropas en nuestras fronteras para guardarlas de las incursiones de los bárbaros, y éstos, prevalidos de lo mismo y de nuestras divisiones intestinas, han llegado á internarse hasta el centro de algunos Departamentos, inmolando á su furor muchas inocentes víctimas y talando y devastando fértiles y pobladas haciendas.

Sensible el Congreso á estos males, se ocupó de dictar una ley para que se organizasen fuerzas auxiliares en aquellos Departamentos, y con ellas pudiesen atender á su seguridad, conservando también la integridad del territorio.

Estableció una contribución personal para el sostén de las Compañías Presidiales de los Departamentos fronterizos que era necesario reanimar para contener estas mismas incursiones, y en los demás de la República para sus atenciones generales; medida esta última tan justa y exigente, cuanto que los Poderes habían recibido manifestaciones de muchas Juntas Departamentales, haciendo presente la carencia de fondos aun para cubrir las más precisas atenciones de sus pueblos.

Las medidas que el Gobierno ha dictado para el cumplimiento de esas leyes, han dado en parte, y seguirán sin duda dando el buen resultado que el Congreso se propuso al expedirlas.

La campaña de Texas ha sido otra de las materias que han ocupado la atención del Poder Legislativo. Unos aventureros ingratos, unos hombres que, plagados de crímenes, no han podido tener cabida en otros países; que han querido imponer á la República y usurparle una de sus más preciosas posesiones; ha creído que es necesario escarmentarlos y que debe dárseles una lección que les haga aprender á respetar los justos derechos de los pueblos.

El honor de los mexicanos lo exige de una manera irresistible; los principios de una verdadera justicia lo demandan, y cualesquiera que sean los sacrificios que se impendan para llevar esta obra á su complemento, no deben omitirse.

Con este fin se dictaron leyes, imponiendo una moderada contribución sobre fincas rústicas y urbanas y sobre sueldos y pensiones, juzgando con éstas poder llenar el objeto nacional y sagrado á que se dedican, y que los mexicanos, celosos de su honor y la justicia, cooperarán gustosos á ellos.

Los empleados á quienes por las penurias públicas el Tesoro no ha podido satisfacerles sus sueldos que adquieren con su personal trabajo, tienen dedicada una parte de las rentas que se representaba en los vales expedidos al efecto: se ocupó el Congreso de extinguirlos, señalando el mismo producto, aunque cobrado de una manera que ni los acreedores pudiesen ser perjudicados, ni los malvados criminales medrar más con el sudor de los pobres y trabajo de sus servidores.

Tampoco ha podido desentenderse de los males tan graves que en la República ha ocasionado la circulación de la moneda de cobre en algunos Departamentos, circulación que, desnivelando los mercados, paralizando los giros y prestando ocasión para corromper á los ciudadanos, por la facilidad de contrahacerla, se ha hecho una necesidad de primer orden su amortización, cortando un cáncer que sin duda se extendería á todo el país con inmensos perjuicios á todo él.

Se dictó una ley que, haciendo parar este mal, la extinguiese con el menor gravamen posible á que las circunstancias prestaban lugar: si ella no surtió los efectos que el Congreso se propuso, al menos la Nación le hará justicia en creer que en los muchos días que ocupó en las deliberaciones de este asunto, no lo guió otra cosa que el bien nacional, ni fué presidido más que por la buena fe y unos vehementes deseos de cortar un mal que amenazaba una crisis bastante peligrosa.

No obstante, se siguió ocupando de este asunto, y hoy mismo se ha dictado otra que á su juicio llenará los objetos que ella abraza.

Las reformas constitucionales ha sido otra de aquellas materias que ha creído de suma urgencia y gravísima importancia: se ha ocupado de principiarlas: si no ha presentado á la Nación algunas, es porque no habiendo llegado en tiempo oportuno las observaciones de las Juntas Departamentales, necesarias á formar mayoría, han tenido que pasarse éstas á la Comisión respectiva que se halla dedicada con empeño y exclusivamente á presentar el fruto de sus trabajos.

Varias Juntas Departamentales, así como señores Representantes, tenían iniciadas medidas justas y convenientes á algunos Departamentos: se han dictado sobre ello las leyes necesarias.

Los ciudadanos, que sólo en este tiempo pueden alcanzar las gracias que solicitan del Poder Legislativo, han sido atendidos cuanto lo han permitido los asuntos públicos, obsequiándose la justicia y conveniencia social, y se han premiado en medio de las escaseces del Erario á algunas buenos servidores de la patria y sus familias.

Ni han podido ocultarse al Congreso las penurias tan grandes que la República sufre por la desorganización del sistema de Hacienda: exhausto el Erario por falta de recursos; consumidas las pocas rentas con que cuenta, por ciudadanos ingratos que alimenta un país que devoran con su insaciable avaricia; minorados los ingresos por la inmoralidad ó falta de vigilancia en muchos de los empleados de este ramo, que ha presentado un vasto campo al fraude de los traficantes ambiciosos protegido á veces por la mala administración de Justicia en algunos puntos de la República, ha creído que debe ponerse un remedio fuerte y radical; pero como para una obra de tanto tamaño sea necesario fijar de antemano las bases primordiales á que deba sujetarse, y ésta sea una de las materias consignadas á las reformas constitucionales, se ha abstenido hasta tanto no estén ellas señaladas, dictando sólo medidas que, no oponiéndose á esto, puedan aumentar las rentas públicas por medio de economías justas y racionales, remediando al mismo tiempo los abusos introducidos en este sistema.

Con este objeto fué expedida una ley, así como con el de dar al Gobierno los recursos necesarios para que tome las providencias de su resorte y prepare el arreglo de un ramo tan interesante.

Estos y otros son los trabajos que han ocupado á las Cámaras en el período de sesiones que hoy concluye: ellos es verdad que no han dado aún el fruto de la prosperidad; pero al menos preparan un camino que nos hará llegar á aquel punto, siempre que los mexicanos unidos todos, cooperen á un fin tan sagrado.

¡El cielo quiera darnos esta unión, único baluarte de nuestro país! Sin ella, es necesario desesperar de un lisonjero porvenir.

El General Bustamante, al abrir las sesiones del segundo período, en 1? de Julio de 1841.

Señores diputados y senadores:

No han pasado todavía 24 horas desde que os separásteis de este lugar, y ya volvéis á reuniros para continuar vuestras tareas legislativas. ¡Cuánto bien podéis hacer á la República en el período de sesiones que ahora comienza!

Llamados por la Constitución á examinar la cuenta general de inversión del año penúltimo, el presupuesto de los gastos que han de hacerse en el próximo venidero y las contribuciones con que éstos deben cubrirse, tenéis abierto un campo vastísimo donde ejercitar vuestro patriotismo y sabiduría, realizando los altos fines que se propusieron los legisladores de 1836 en la sanción del art. 14 de la tercera ley fundamental.

Sin necesidad de grande estrépito, sin producir graves temores y disgustos, sin engolfarse en el obscuro laberinto de cuestiones complicadas y peligrosas, podéis dar orden y sistema á los diversos ramos que forman ahora la Hacienda del Estado: combinar equitativamente algunas economías con la creación de nuevas rentas para nivelar en lo posible los ingresos con los egresos; arreglar á este mismo intento la contabilidad de todas las oficinas, y organizar, por último, los tribunales del mismo ramo de una manera más económica, más conforme con las instituciones, y que, sobre todo, asegure por resultado el que se haga efectiva con pureza y prontitud la responsabilidad de los que intervienen en el manejo de los caudales públicos.

De vuestro arbitrio depende, señores, que los pueblos disfruten de tan inapreciables ventajas: la ley ha puesto en vuestras manos el poder suficiente para ello; y el celo ardiente que habéis manifestado por la felicidad pública no puede negarse á emprender un trabajo que, si bien demanda actividad, conocimientos y desvelos muy penosos, nada dejarán que desear los dignos representantes de la República.

Muy pronto se os presentarán por la Secretaría respectiva los datos que han de servir de materia á vuestras deliberaciones, y podéis contar con mi cooperación y la de todo el Ministerio para llevar al cabo esta obra importante, que puede llamarse con propiedad de la resurrección de la Hacienda pública.

Aquí habría de concluir sí el deber y mi propio convencimiento no me obligaran á recomendar de nuevo al Congreso el pronto despacho de las reformas constitucionales. Una vez declarada sobre este particular la voluntad de la Nación, y confirmada ésta después de la manera más explícita, no podéis dejar de obsequiarla persuadidos de que aun el estado de incertidumbre y ansiedad en que se encuentran los pueblos con relación á su suerte futura, es un mal de magnitud enorme que puede acarrearles consecuencias muy lamentables.

Previéndolas el Ejecutivo, creyó que no debía omitir esta indicación, y acaso sería conveniente que se diera preferencia al examen y resolución de ciertos puntos vitales que de pronto aliviasen los males que sufren los Departamentos, y pusieran al Gobierno desembarazado y expedito para ejercer con libertad y energía las funciones que le corresponden.

Acometed, pues, señores, con firmeza y prontitud tan ardua como gloriosa empresa, sin que la superioridad de vuestro espíritu se arredre por los truenos de la tempestad que de cuando en cuando amaga la existencia de los Poderes Supremos.

El Ejecutivo vela sin descanso por disiparla, y ella desaparecerá del todo tan luego como hayáis reorganizado á la Nación del modo más conforme á sus intereses.

Respuesta del Presidente del Congreso, D. Pedro Rojas.

El Congreso Nacional debe dedicar las sesiones del segundo período al examen, tanto del presupuesto para el año venidero, como de la cuenta del próximo pasado.

Así lo previnieron los Legisladores en la Constitución que nos rige; y lo previnieron justamente, porque bien consideraron que en toda Nación, para estar bien organizada, era indispensable que fuera su Hacienda la más bien dirigida; pues de otra manera ni se sabrían los gastos para proporcionarlos á los recursos, ni, caso de algún deficiente, podría éste cubrirse con aquellas contribuciones al efecto indispensables.

El Cuerpo Legislativo no ignora la importancia de este deber: antes, sí, está muy persuadido de que si el ramo de Hacienda no debe olvidarse aun en los tiempos de prosperidad, menos debe desatenderse en los difíciles y calamitosos como los presentes, en que ella debe ser el objeto más interesante.

Tiempos difíciles como los presentes, porque, ¿cómo no han de serlo hoy para una Nación, á quien, después de haber agotado sus recursos y dejado exhausto su Erario, tienen empeñada en cuantiosas sumas las disensiones continuas de 20 años á esta parte, y la no interrumpida desorganización de su Hacienda?

¿Para una Nación que se ve reducida á la triste y dura necesidad, ó de multiplicar sus empeños para respirar algunos momentos, ó de resolverse á perecer para no figurar entre las naciones!

¡Y para una Nación á quien, sobre sus atenciones comunes, precisan á erogar cuantiosos gastos espíritus inquietos que, alimentándose en la discordia, por todas partes la respiran; hombres aventureros que, no soportándolos acaso el suelo que los vió nacer, han pagado la hospitalidad que encontraron en el nuestro, con la misma ingratitud; é hijos desnaturalizados que han convertídose contra la madre, después que ésta les dió la vida?

Tiempos difíciles y muy difíciles por cierto: empero no por esto desmaya el actual Congreso; porque aunque considera á la Nación enferma, no la considera muerta: antes sí advierte en ella elementos más que sobrados para sanar y para vivir; para cubrir todas sus atenciones, para escarmentar al sedicioso, para llevarle la guerra al aventurero usurpador y lanzarlo de nuestro suelo, para recobrar lo perdido y para conservar su integridad.

Ni el sacrificio indispensable es muy costoso: basta poner en movimiento esos elementos de vida; pero cuidando siempre de que la recaudación de los caudales públicos sea una recaudación exacta y fiel, así como su inversión económica y justa.

Si, pues, el Legislativo cuenta con que el Ejecutivo, desplegando toda su energía, hará que las leyes se cumplan cual es debido, él se encargará de dar cuantas fueren convenientes para que el sistema de la Hacienda, en todos sus ramos, salga de los tortuosos senderos por donde ha caminado, los vicios se corrijan, mande la rectitud la Nación progrese en su felicidad.

Aunque la Hacienda pública es en lo que debe ocuparse el Congreso en este período, no es ella sola la que debe arrebatar sus atenciones; porque otro (sic) le demandan imperiosamente la necesidad y el clamor en todos los pueblos: las reformas constitucionales.

Cuando los Departamentos todos han significado su voluntad, y cuando todos están en expectativa de esas prontas reformas en que ven cifrada la felicidad común, el Congreso no puede mostrarse indiferente sino bastante cuidadoso: lo está en efecto; sus dos Comisiones trabajan sin cesar, y no perdonan ni á cuidados ni á desvelos: sus trabajos aun no están concluidos, pero sí muy avanzados: llegarán á su término, y entonces el Congreso fijará sus miradas, no sobre éste ó el otro pueblo, sino sobre la Nación entera; y atendiendo igualmente á los pueblos más cercanos que á los de los más remotos países, pues que todos son igualmente acreedores á sus cuidados, hará cuanto esté en su parte para que esas modificaciones sean cual las apetecen los pueblos y cual convenga al bien general de toda la Nación Mexicana.

Estos son los sentimientos que lo animan: quiera el cielo bendecir sus tareas, y el Autor y Conservador de las sociedades, dirigiendo sus trabajos, haga que al fin llegue á ver cumplidos sus deseos.

El General Santa-Anna, en la Junta de representantes de los Departamentos, después de haber jurado el 10 de Octubre de 1841.

Ciudadanos representantes de los departamentos:

Cuando en el año de 1834 se concibieron esperanzas de una reforma radical en la sociedad, se explicó un vehemente deseo de fijar como reglas invariables en la administración del Estado, aquellos nobles principios que han constituido en todas épocas la prosperidad de las naciones.

La mexicana había fluctuado hasta entonces entre los escollos del despotismo y los de la anarquía, sin acertar con el puerto de salvación, que en este siglo no puede ser otro, que una libertad ilustrada y justa.

Pareció que tantos desengaños y costosas experiencias nos habían traído el camino del verdadero progreso, sin avanzar demasiado en una senda rodeada de precipicios, ni retroceder tampoco á edades las más vergonzosas de la historia.

El nuevo ensayo de 1836, deja, al desaparecer, memorias dolorosísimas, porque las instituciones de año tan funesto ahogaron la voz del pueblo, enervaron sus fuerzas, entorpecieron la marcha de los negocios y condenaron á los hijos de la patria al último envilecimiento, y los precisaron á derramar en los campos de batalla torrentes de sangre, para que se borrasen esas leyes que dictó la inexperiencia y conservó la obstinación.

En los años que han transcurrido, esta República, llamada por la Providencia y por sus grandes elementos de poder, á figurar entre las naciones cultas, se convirtió en el escarnio de todas, y llegó á tal extremo de postración y de debilidad, que no le era ya posible mantener el respeto á las autoridades, conservar inviolables las garantías, ni descansar sobre las bases del poder y de la paz.

No volvíamos los ojos sin rubor á las campiñas de Texas, ni á las costas de Tabasco y Yucatán; y estas pérdidas presagiaban otras nuevas; y estos graves males, la completa disolución de la sociedad.

La Administración en sí misma, y los directores de la cosa pública no descubrían más que una sola tendencia, y ésta era la de abandonar los pueblos á sus tristes destinos.

Les restaba, sin embargo, una esperanza peligrosa: la de armarse contra las instituciones y contra el Poder, cuyo descrédito aumentaba con la miseria pública, con reiterados gravámenes, con el errado empleo de los fondos del Estado. Lanzóso, pues, la Nación, en la carrera de las revoluciones, y dos meses ha que en Jalisco se anunció una nueva era de gloria y de ventura, de resurrección y de vida.

En los Departamentos del interior, en esta misma capital, del uno al otro extremo de la República no se escuchó más que una voz, no se manifestó más que un interés: el de regenerar á los pueblos, el de asegurarles la libre, la quieta, la pacífica posesión de sus derechos.

En los anales del mundo apenas se menciona una revolución semejante. Cuánta uniformidad de ideas y cuánta generosidad de conducta! Apenas ha costado el triunfo una poca dé sangre; de esa preciosa sangre que no debe verterse sino es en nuestras playas ó en las fronteras, en defensa de los sacrosantos derechos de la independencia.

Los que fueron ayer enemigos en el campo, se abrazan hoy, y juran en la presencia del Ser Eterno, la continuación de esa benevolencia que es el carácter propio del sensible mexicano.

Bajo de tan felices auspicios, emprendemos una nueva marcha, sin memorias de lo pasado y con nobles deseos para lo futuro.

He venido desde el retiro que ama mi corazón, á dirigir este irresistible movimiento, sin otro designio, sin otra aspiración, que la de procurar que la Patria, á la que debemos todos los sacrificios, disponga de sí misma con entera libertad, y que desde este día se coloque en el lindero que la utilidad pública ha señalado entre el despotismo y la licencia.

Libertad y orden apetecen los pueblos, y libertad y orden tendrán. Yo he venido á jurarlo así, ilustres representantes de los Departamentos, y mi juramento, que Dios ha presenciado, no será el escándalo de los pueblos, engañados tantas veces con vanas palabras y mentidas promesas.

Colocado por tercera vez en este elevado asiento, que os también un precipicio, ofrezco como ciudadano, y juro como soldado, que todos mis anhelos se dirigirán al engrandecimiento de la Nación, á la concordia de todos sus hijos, y al establecimiento de principios, dignos del tiempo en que progresa el género humano.

¡Representantes del pueblo! Mi reconocimiento á vuestro insigne favor, es igual á las obligaciones que me imponéis, en este día de reconciliación y de esperanzas.—Dije.

Contestación del Presidente de la Junta, D. José María Tornel.

Exacto, doloroso, lamentable, es el cuadro que ha trazado con mano diestra un ciudadano, cuyas gloriosas hazañas ilustran tantas épocas, de los vicios y errores administrativos que han conducido á la Nación al mayor peligro de su ruina.

En 1834 y en 1836, se perdió la segunda esperanza de que se adoptase una Constitución conforme con las exigencias de la República, y se pasó indiscretamente de un extremo al otro, sin aprovechar las lecciones del desengaño, tanto para conocer nuestras necesidades, como el genio de la época en que vivimos.

En las repúblicas modernas y en las monarquías de Europa, se admite como sagrado el dogma de la soberanía del pueblo, y ante él se doblegan los cetros y las coronas.

Estaba reservado á un país de América darle instituciones que enfrenasen al pueblo y sometiesen la representación á un pesado yugo: este país desgraciadamente fué el nuestro.

Se violó el pacto iniciado en Iguala, y los que habían comprado el derecho de ciudadanía con grandes servicios á la patria, renunciaron á la suya y no ganaron otra.

En la organización de la Cámara de representantes se escogieron odiosas restricciones, y á la otra Cámara no se le concedió facultad más que para pronunciar monosílabos.

Se desquicio al Poder. Judicial otorgándole la iniciativa en las leyes, y el nombramiento de empleados que pertenece al Ejecutivo.

Este marchaba débilmente, y embarazado en sus resoluciones, que dependían de las del Consejo.

Se levantó sobre todos los poderes el que se engalanó con el título de Conservador, cuando sus facultades realmente entorpecían la marcha de los negocios, y era posible y era probable que tendiese á la ruina de la Nación.

Consolémonos con la idea de que más á las cosas que á los hombres debe atribuirse tanto desconcierto, y que en vez de crímenes aparezcan solamente errores.

¿Cuáles fueron, pues, los resultados! Los más tristes y azarosos. Los ingratos colonos de Texas poseyeron impunemente nuestro territorio. Tabasco y Yucatán se separaron de la unión nacional; la gangrena amenazaba á la República en todas sus extremidades, y próxima estaba la disolución social.

Combatida la República por enemigos exteriores, débil fué su defensa; y sin embargo de que son grandes sus recursos, no fué dado imitar el denuedo heroico de otra de las repúblicas de América.

Abandonado el Ejército, se acercaba á su desmoralización; la Hacienda pública, formada con inútiles gravámenes al pueblo, pasaba á las manos de ávidos especuladores; la educación, este primer elemento de la felicidad de los pueblos, era desatendida, y era ahogada en la cuna la naciente industria nacional.

Restaba un remedio, y este era el peligroso de las revoluciones; las naciones lo poseen como un derecho y á él finalmente apeló la mexicana.

En Jalisco, un hijo querido de la Patria lanzó el grito de salvación: otro General ilustre plantó la insignia de la libertad frente á frente de todos los recursos del Poder: la mayoría do las secciones del Ejército siguieron tan noble impulso, y gracias al Ser Eterno que hoy todo entero forma unos mismos votos, siente unos mismos deseos y abriga una misma esperanza, con beneplácito y regocijo de los pueblos.

A su cabeza se colocó el caudillo que en Tampico y Veracruz selló sus servicios con su sangre y que marcha siempre precedido de la opinión y acompañado por la victoria.

¡Ilustre General en quien hoy el poder se deposita: los pueblos apetecen orden sin despotismo, y libertad sin licencia! En este siglo de progreso, para los gobernantes el único sendero es el de la libertad: seguid por ella, y la Nación será por vuestros esfuerzos, grande, libre y venturosa.—Dije.

Fuente:

Los presidentes de México ante la Nación : informes, manifiestos y documentos de 1821 a 1966. Editado por la XLVI Legislatura de la Cámara de Diputados. 5 tomos. México, Cámara de Diputados, 1966. Tomo 1. Informes y respuestas desde el 28 de septiembre de 1821 hasta el 16 de septiembre 1875.

Los cinco tomos fueron digitalizados por la Universidad de Texas:
http://lanic.utexas.edu/larrp/pm/sample2/mexican/history/index.html



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