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Siglo XIX > 1830-1839 > 1839

Manifiesto del Presidente Interino Santa Anna insistiendo en la necesidad de reformas a las siete leyes.
10 de julio de 1839.

MANIFIESTO DEL PRESIDENTE INTERINO SANTA ANNA INSISTIENDO EN LA NECESIDAD DE REFORMAS A LAS SIETE LEYES.

10 DE JULIO DE 1839.

A fines del año anterior fue necesario un grande esfuerzo para manifestar á los gratuitos enemigos del la república, qué un revés de la inconstante fortuna, lejos de disminuir el noble brío con que los mexicanos volaron á tomar las armas en defensa de sus mejores y privilegiados derechos, era un fuerte y poderoso estímulo para unir á los titulos de nuestra justicia, el de la venganza, por el honor ultrajado de un pueblo que ha sido desgraciado en sus luchas alguna vez, pero jamás envilecido ni humilllado.

Me puse al frente de los valientes que en recinto de la heroica Veracruz, dieron una severa lección á los que desconociendo nuestro carácter se lisonjeaban de triunfar en medio de nuestras discusiones, por el error, que tan caro les costó, de suponer extinguido el verdadero patriotismo, y que habia cesado de arder en nuestros pechos el fuego santo que multiplicó los héroes y los mártires en la sangrienta y gloriosa guerra de independencia.

Inmensos han sido los resultados de la jornada de diciembre, porque su noticia transmitida á Europa, disminuyó la sensacion grave y profunda que habia producido la inmadura pérdida de San Juan de Ulúa entre amigos y enemigos.

Habíase creido que la dominación de un punto al frente de nuestras costas bastaba para resolver un gran problema político, y que amedrentados los mexicanos, serían después más dóciles que en Jalapa y menos esforzados que en las épocas de Hidalgo, Morelos é Iturbide.

Se engañaron los que nos juzgan por relaciones de viajeros superficiales e interesados, quienes ignorando quizá lo que es su propio país, vienen al nuestro de tiempo en tiempo, más para darse á conocer á si mismos, que para investigar con suceso, el genio, las costumbres y la verdadera situacion política de la república mexicana.

Allá en Tampico no pudo sorprender á los españoles en 1829, la constancia hereditaria de sus hijos, porque los habían visto más valientes, más orgullosos y decididos después de las derrotas: pero en Veracruz, y en 1838, se peleó para destruir errores y restaurar una fama que no pudo perderse por un infortunio, como no pudo perderse la gloria de las armas francesas en la grande y decisiva batalla de Waterloo.

Imprudentemente se ha desconocido la energía de un pueblo que sostiene los derechos de su existencia: y el primer honor de mi vida, es haber colocado el de mi patria, y á expensas de mi sangre, en el lugar de que jamás podrán privarla los rigores de un incierto destino.

Dividida, sin embargo, la nación en bandos políticos, continuaron mereciendo la execración pública de los mexicanos que no reunieron al derredor del gobierno al primer amago del enemigo, ó al menos cuando su cañón tronó sobre la más importante de nuestras fortalezas: pero el crimen de los que en Tampico y en Tuxpan identificaron sus intereses como el enemigo común, y lo proveyeron de medios para continuar una guerra desastrosa para la república, es de aquellos que la historia perpetua con espanto ó indignación.

Entonces concebí que el gobierno debía revestirse de ejemplar severidad, y hacer marchar sobre el cuartel general de los traidores, sus fuerzas más selectas, poniéndose á la cabeza de ellas el presidente de la república, mientras que yo oponía desde el lecho de dolor que pudo haber sido el de la muerte, una firmeza digna de la noble causa de la nación.

El supremo magistrado se prestó dócilmente á mis insinuaciones, y tomando sobre sí las fatigas de la campaña, me designó para reemplazarlo interinamente, lo que apoyado por el consejo y el congreso nacional, mereció la aprobación del supremo poder conservador.

Aunque el ejercicio del poder, tiempo ha que carece para mi de todo prestigio, y no podía tener alguno para el que estaba espuesto á perecer en el camino, ó por el cambio de clima cuando tenía abierta una grave herida, me resolví á marchar, porque para mí no valen los temores, ni los peligros, cuando á nombre de la nación, y por la expresión legal de su voluntad se me exigen sacrificios.

En 18 de Marzo tomé sobre mi la inmensa responsabilidad de gobernar los destinos de la república en el periodo más crítico de su existencia, y nadie ignora la gravedad de sus situación.

Se había presentado pocos días antes con el carácter de intercesor, á nombre del gobierno de S. M. B., un ministro acreditado entre nosotros por su circunspección y prudencia; y como anunció que podían terminarse nuestras diferencias con la Francia, de una manera que salvase el honor, la independencia y soberanía de la nación, me presté gustoso á las conferencias, por el convencimiento de que es bárbaro ó indigno de este siglo el sistema de guerras perpetuas, cuando la paz se ofrece en términos razonables y equitativos.

Siempre he estado persuadido de que á la nacion mexicana conviene mantenerse en buena armonía con todas las naciones, porque no pudiendo ella inspirarles temores, les proporciona innegables ventajas en el cambio de sus frutos preciosos por los artículos de su industria.

En este siglo de filosofía, parece que el interés ha puesto de acuerdo á todos los pueblos en la conveniencia de transigir amigable y generosamente sus diferencias, mas bien que exponerse á los innumerables desastres que la guerra siempre produce.

Los elementos de la república mexicana para formar una gran nación, y adquirir una importancia notable en la balanza politica, la inclina á procurar desarrollarlos en medio de la paz, y exitando las simpatías del mundo civilizado.

Por esto consideré como una fatalidad el que el gobierno de la Francia se dejase arrastrar por el inútil deseo de hacer una demostración de fuerza, cuando una discusión franca y leal pudo haber producido la satisfacción de sus reclamos en lo justo, y no más en lo justo; en lo decoroso, y no más en lo decoroso á entrambos pueblos.

Felizmente se ajustó el tratado de paz, que impulsé aún exponiendo mi popularidad a los ojos de los pocos reflexivos; y mi voto es ahora, que esta paz se conserve, y que jamás se alteren las relaciones con un pueblo, que habiendo colocado en la cumbre de la civilización no pueda más [ilegible en el original] nosotros importa que este pueblo amigo se consolide tranquilamente, para que pueda darles todas las garantías de un gobierno vigoroso que se haga respetar de todos, respetándose á si mismo.

¡Quiera el cielo que el escándalo de una guerra esterior jamás se reproduzca, ni que sea necesario apelar otra vez al denuedo y constancia con que sabemos sostener nuestros derechos en la paz y en la guerra!

Mi política en el régimen interior ha sido franca y enérgica, como lo es mi carácter. Yo no he podido consentir que violándose los principios salvadores de nuestra existencia, se procurase á mano armada el cambio ó mejora de nuestras instituciones.

Una vez que se consagren estos actos de violencia, la nación se perdería en la tempestad de las facciones y de los partidos.

Todo el que abanderiza gente para causar un trastorno, es un traidor á la patria, cuyos destinos no pueden regirse por la voluntad caprichosa, tiránica é inconstante de turbulentos demagogos.

Sobrado tiempo ha sido víctima la nación de aspiraciones interesadas, y era necesario poner un coto á la ambición de supuestos regeneradores.

La república apenas ha podido salvarse por milagro de la Providencia en los frecuentes combates de la guerra civil que ha dividido los ánimos sin provecho alguno, que ha ensangrentado nuestro virgen suelo, destruido nuestros recursos, y debilitado nuestra existencia.

Yó he mandado castigar á los contumacos, y perdonar á los que escucharon dócilmente la voz del gobierno y el grito poderoso de la nación.

Hubo un momento en que el más audaz de los caudillos de la revolución, se lanzó, sugerido por su necio orgullo, sobre la ciudad de Puebla; marchó en persona á presenciar el triunfo de nuestros valientes, á escarmentar en una cabeza todos los crímenes de la revolución, y á conceder la vida por un acto de clemencia, á 500 prisioneros.

La nación es deudora de su tranquilidad á la campaña de S. Miguel la Blanca, cuyo fruto han recogido con tanta discreción y tino los generales que han conducido nuestras tropas en Nuevo León, Tuxpam y Tamaulipas.

Merced á la combinacion de tantos esfuerzos ha terminado la revolución más inmoral y desastrosa de cuantas han atormentado y afligido á la república.

Llegó entonces el tiempo de calcular en medio de la calma, si las instituciones de 1836 eran suficientes para todos los objetos de la sociedad; si se deslindaron bien en ellas los límites de los poderes; si fueron estos revestidos de la fuerza necesaria; si se consideró el estado de nuestras costumbres, el genio de nuestro pueblo y los medios más propios para mantenerlo en paz, y hacerlo feliz.

He manifestado mi opinión, que es la de la inmensa mayoria de la nación, de que las leyes constitutivas necesiten de reforma en partes muy esenciales, y de que si éstas no se verifican oportunamente en términos prudentes y legales, la república se expone á grandes peligros y á una catástrofe general.

Como no puedo ser traidor á mi conciencia, ni á las obligaciones que me impone la gratitud, he debido patentizar francamente una opinión que ya está formada, y cuyos fundamentos son razonables para que alejándose la posibilidad.

No dejo de conocer que mi franqueza ha disgustado á unos cuantos que en la posibilidad de un cambio, ven la de que pueda disminuirse su influjo en la dirección de los negocios; pero a intereses individuales y mezquinos yo opongo intereses más altos y privilegiados, los de la sociedad, que tiene justicia para mejorar su suerte, sin estimar las conveniencias de pocos en perjuicio de todos: deseo que no sean perdidas entre nosotros las útiles lecciones de la historia, y que los directores de los negocios se persuadan de que en una nación libre y soberana de sus destinos, su voluntad es la única regla y su prosperidad su único fin.

Una obstinacion imprudente es fecunda en desastres, y pesa mil y mil veces sobre los que por no marchar con el tiempo vienen á sufrir sus desengaños.

Vuelvo á mi retiro, con la satisfacción de que en un corto periodo he procurado grandes bienes y evitado grandes males á una nación constantemente generosa para conmigo.

Podré no haber complacido á todos, y mis errores acaso habrán dado motivo á su displicencia; pero no se me niegue que mi ánimo ha sido firme y resuelto, atendiendo á todos los deberes de un gobierno.

Lo dejo en manos del ilustre presidente del consejo, porque la gravedad de mis males no me han permitido esperar la llegada del legítimo presidente de la república.

Incontables son los favores que debo á la nación, y si ella alguna vez necesitare de mis servicios, ó de mi vida, seré como fui en 5 de Diciembre de 1838, BUEN MEXICANO.

Fuente:

Román Iglesias González (Introducción y recopilación). Planes políticos, proclamas, manifiestos y otros documentos de la Independencia al México moderno, 1812-1940.  Universidad Nacional Autónoma de México. Instituto de Investigaciones Jurídicas. Serie C. Estudios Históricos, Núm. 74. Edición y formación en computadora al cuidado de Isidro Saucedo.  México, 1998. p. 167-170.