1839
Discurso de Anastasio Bustamante. Enero 1, 1839. Discursos de Antonio López de Santa-Anna. Junio 30, 1839. Julio 1, 1839. Discurso de Nicolás Bravo al jurar como Presidente. Julio 10, 1839. Discurso de Anastasio Bustamante. Diciembre 31, 1839.
Enero 1, 1839. Junio 30, 1839. Julio 1, 1839. Julio 10, 1839. Diciembre 31, 1839.


El General Bustamante, al abrir las sesiones del primer período, el 1 de Enero de 1839.

Ciudadanos representantes y senadores:

En el año anterior la República ha sido teatro de grandes acontecimientos. Por la vez primera desde su gloriosa existencia como nación independiente y soberana, ha sido comprometida á sostener una guerra extranjera.

Rindamos gracias á la celestial Providencia, porque la justicia y el honor han estado de nuestra parte, y porque nos ha dado suficiente firmeza para desentendernos del poder y de la influencia del Gobierno agresor, y para comparar solamente los derechos y no los recursos de los beligerantes

Cuando México se colocó en el lugar que le pertenecía entre las naciones libres, proclamó solemnemente los principios más benévolos y generosos para crear, fomentar y conservar relaciones amigables con los gobiernos de los pueblos civilizados que reconociesen nuestros títulos á la independencia, nuestra voluntad y nuestra fuerza para defenderla.

Hemos celebrado tratados con las potencias de Europa y América que lo desearon, estableciendo en ellos como bases, las que desde una época feliz para el comercio del mundo sirven de regla en esta clase de transacciones.

Respecto de los pueblos que no se han ligado con nosotros por negociaciones especiales, hemos guardado delicada y felizmente las máximas del derecho universal.

Los gobiernos y los pueblos han correspondido con nobleza y lealtad á esta conducta, y han considerado que la República Mexicana, aun en la incertidumbre é inexperiencia de su infancia, promete la consolidación del orden público y sobradas garantías para hacerse respetar.

La Francia, cuyo gobierno tardó demasiado en admitir nuestras proposiciones de franca amistad, ha sido la primera y única de todas las naciones de Europa que ha consultado á su poder más bien que á su derecho, para pretender humillar y envilecer á un pueblo nuevo, que no se ha resistido á concesiones compatibles con su decoro, y que está denodadamente resuelto á perecer ó á triunfar, sosteniendo su merecida reputación y aquellos derechos que no pueden sacrificarse sin degradación é ignominia.

El gobierno de Francia ha comenzado la guerra, ha iniciado enemistades entre dos naciones cuya unión debió ser perpetua; y México, resolviéndose á repeler la fuerza con la fuerza, presentará un espectáculo de fortaleza y de constancia, que no puede dejar de excitar las simpatías y quizá la admiración del universo.

Considerando á la guerra como una calamidad para las naciones que sufren sus estragos, el Gobierno procuró evitarla, satisfaciendo, en lo posible, á las exigencias del gobierno francés, no rehusándose á la discusión de sus reclamaciones, ofreciendo atender á las que fuesen equitativas, procurando conciliar, no menos los intereses que el honor de los dos pueblos desgraciadamente empeñados en estas diferencias.

El ultimátum presentado en 21 del último Marzo por el plenipotenciario de S. M. el rey de los franceses, desde un buque de guerra, contenía amenazas y demandas que el Gobierno debió rechazar y rechazó, porque no le era dado menoscabar los derechos de la nación, ni manchar una página de su historia con ejemplo de vergonzosa debilidad.

El bloqueo de nuestros puertos en el Atlántico fué la consecuencia de antemano prevista; y aunque desconociendo nuestro carácter, se creyó que privándonos por este medio de una parte considerable de nuestros recursos, llegaríamos á sucumbir más tarde, el gobierno francés ha recibido un desengaño, tanto acerca de nuestros poderosos elementos de conservación, como de la magnanimidad del pueblo mexicano.

La misión diplomática del Contraalmirante Baudin y los plenos poderes que lo acreditaban, dieron esperanzas de un acomodamiento entre México y Francia. La negociación que iba á entablarse destruía por su propia naturaleza el ultimátum de 21 de Marzo, y cualesquiera que fuesen las pretensiones del nuevo plenipotenciario francés, el ultimátum ya no existía.

El Gobierno vió consignada en este paso del Gabinete de las Tullerías la confesión de la justicia con que México había procedido, y no se negó á una nueva negociación á que se le invitaba con miras al parecer pacíficas y conciliadoras.

No se le ocultaba, sin embargo, que la nueva forma que tomaban las diferencias con Francia, podría ser precursora de un rompimiento inmediato; pero habiéndose anunciado el Contraalmirante como negociador de paz en sus primeras comunicaciones al Gobierno, éste, obrando en consonancia con los principios que había establecido, se prestó á las conferencias, y nombró un Ministro que se dirigió á Jalapa para tratar con el de S. M. el Rey de los franceses.

El Gobierno había protestado en 30 de Marzo, que no se tomaría en consideración el ultimátum mientras no se retirasen de nuestras costas las fuerzas navales francesas. Claros son los motivos en que se apoyó tan honrosa como inevitable resolución, y están, además, bien explicados en la respuesta que dió entonces el Ministro de Relaciones Exteriores, al Encargado de los negocios de Francia.

La misión del Plenipotenciario francés y la negociación que promovía, eran de muy diferente naturaleza que la primera intimación, que contenía la amenaza de bloquear los puertos mexicanos y autorizaba al Gobierno para no insistir en el retiro de las fuerzas francesas: manifestó, no obstante, la conveniencia de que cesase este obstáculo para que las conferencias adquiriesen un carácter completamente conciliatorio; mas el Contraalmirante Baudin contestó que no le era posible retirarlas conforme sus instrucciones.

El Gobierno, para evitar que la Nación tomase sobre sí la inmensa responsabilidad de los mayores males que la guerra debía causar á los demás países, no hizo de este preliminar una condición sine qua non, privando así de pretextos á los que pretendieran calificar desfavorablemente su conducta.

Podía decirse que la Francia había cedido en no llevar adelante sus protestas, y fué prudente modificar en un punto no substancial la resolución del Gobierno Mexicano.

Es incuestionable que México, lejos de oponerse á los medios de conciliación, los ha procurado sin mengua de sus derechos; y las memorables conferencias de Jalapa, presentan de esto un brillante testimonio.

El Plenipotenciario mexicano, animado de este espíritu, se prestó á las concesiones que el carácter franco y generoso de la Nación permitía, y resistió enérgicamente las propuestas inadmisibles del Ministro de Francia.

El corto término que éste fijó para la conclusión de las conferencias, las pretensiones exageradas en que insistió, y la forma que daba al convenio, injuriosa en alto grado para la República, manifestaron que ni su misión diplomática, ni sus primeras protestas al Gobierno Mexicano estaban en armonía con las intenciones que aparentaba al tratarse por parte de México de una transacción decorosa.

Evidentes han sido los testimonios de nuestra sinceridad y de nuestra buena fe, para llegar á un arreglo, aun á costa de sacrificios que no se debían ni al derecho ni á la justicia, pero que eran conciliables con la dignidad de la Nación.

Por parte de Francia se advertían sensiblemente ataques á las prerrogativas y soberanía de la República, y que estaba decidida á no corresponder francamente á los sentimientos pacíficos y benévolos (le un pueblo que admitió una negociación que se decía honrosa, y que se sobrepondrá siempre á las amenazas y á las exigencias del orgullo y del poder enemigo.

Concluidas las conferencias de Jalapa y declarado por el Plenipotenciario francés el rompimiento de las hostilidades si no se accedía á sus demandas, el de la República le acompañó la convención en que se consignaron aún nuevos esfuerzos de la Nación en obsequio de la paz. Las conferencias de Jalapa han realzado las intenciones del Gobierno, y su Plenipotenciario recibió una completa y señalada aprobación.

No aceptadas las propuestas (le México, y rotas las hostilidades por las fuerzas francesas contra la fortaleza de Ulúa y plaza de Veracruz, ha comenzado la guerra de mayor escándalo de que hará mención la historia de los tiempos modernos.

San Juan de Ulúa, cuya defensa se confió á jefes y tropas valientes, capituló honrosamente después de una vigorosa resistencia. Un revés tan común entre los azares de la guerra, no priva de un solo derecho, y será reparado por triunfos sucesivos.

El obtenido en Veracruz el día 5 de Diciembre ha manifestado hasta dónde alcanza el arrojo y entusiasmo de nuestros valientes.

Un General, tan distinguido por sus servicios á la causa gloriosa de la Independencia, rechazó vigorosamente al enemigo que asaltó á la plaza, violando el compromiso que se hallaba pendiente.

Los franceses, cuyo número era notablemente superior al de nuestras tropas, fueron derrotados y sufrieron el castigo de su temeridad.

La victoria coronó las sienes de los ilustres defensores de la emancipación; y si las heridas que recibió el Benemérito de la Patria, General Santa-Anna, no hubieran puesto en riesgo su existencia, la noticia del suceso hubiera difundido por todas partes el regocijo más puro, con un elevado sentimiento de cuánto vale un pueblo que es libre y quiere serlo.

Resuelta por el gobierno francés la cuestión de la paz ó de la guerra, á ésta debemos prepararnos después de rotas las hostilidades, poniendo en acción todos los elementos con que la República cuenta felizmente para su defensa.

El terreno en que hemos nacido se sostendrá palmo á palmo, y ni un solo mexicano, digno de este nombre, dejará de tomar las armas ahora que se ven comprometidos derechos que no se pueden renunciar y deberes que es indispensable cumplir.

El Gobierno, señores, con vuestro apoyo y con el de la Nación entera, está firmemente resuelto á que sea grande é imponente el esfuerzo en esta lucha, de honor ahora y de gloria futura para la Patria.

Si la Francia adoptase una política conciliadora para con la República mexicana, el Gobierno ocurrirá á vosotros, legisladores, á manifestaros lo que sea justo conceder en su opinión, y lo que sea justo negar. La confianza del Ejecutivo en vuestras resoluciones, es igual á la que habéis merecido de los pueblos.

Me complazco al aseguraros que las naciones amigas de la República continúan manifestando el interés más vivo y cordial por su prosperidad, y que otras no unidas todavía por tratados con ella, desean celebrarlos para estrechar más y más las relaciones de benevolencia que felizmente existen.

El Gabinete de San James ofreció su mediación al de Tullerías para terminar las diferencias con México, y esta mediación desgraciadamente no ha sido aceptada.

El Presidente de los Estados Unidos de América no ha brindado con su mediación al gobierno francés, solamente por guardar consideración al de S. M. B. que se había anticipado; pero también explicó su eficaz deseo de que por medios honrosos para ambos países, se llegue á un acomodamiento definitivo.

México estima y agradece estas demostraciones de simpatía que le son dadas por dos naciones que tan noblemente figuran en el catálogo de los pueblos civilizados.

Las Ciudades Anseáticas han empleado igualmente sus buenos oficios cerca de los gabinetes de San James y de las Tullerías para que sea admitida la mediación del primero: han sostenido, además, la ilegalidad del bloqueo de Veracruz, en una manifestación que han circulado al Cuerpo Diplomático, residente en Hamburgo.

En correspondencia á esta conducta tan favorable á México, el Gobierno recomienda al Congreso Nacional la aprobación del tratado, tiempo ha pendiente, y que fué celebrado con el Senado de aquellas ciudades. Así se afianzan las buenas relaciones ya existentes con ellas.

En 10 de Septiembre del año anterior, se firmó en Washington una convención entre el gobierno de aquella República y el Plenipotenciario de la nuestra, para arreglar el modo de calificar y satisfacer las indemnizaciones que puedan ser debidas á ciudadanos de los Estados Unidos, por medio de Comisarios nombrados por cada gobierno, y de un arbitrador en caso de disidencia, que podrá serlo, según se ha estipulado, S. M. el Rey de Prusia.

Nuestras relaciones con Inglaterra continúan, como siempre, francas y amistosas. El Gobierno de la República, por su parte, ha tenido el placer de haber satisfecho en estos últimos tiempos á las reclamaciones de algunos súbditos ingleses, cuya legitimidad había reconocido de antemano.

En opinión decisiva del Gobierno, formada después del más serio y detenido examen, el convenio celebrado en Londres por el Encargado de Negocios de la República, con los tenedores de Bonos, á consecuencia de la ley de 4 de Abril de 1837, debe ser aprobado, y es urgente que lo sea por las funestas trascendencias que produciría su anulación, y por exigirlo también la gratitud debida á la nación inglesa por los intereses que ha invertido en nuestro país, y por su constante decisión á favor de nuestra prosperidad y engrandecimiento.

El Gobierno considera como una fatalidad que se hubiera abandonado el proyecto de reunir una asamblea de Plenipotenciarios de las Repúblicas del Continente Americano para arreglar el derecho Internacional de éstas, y adquirir por su unión la fuerza que pudiera faltarles aislando el poder y los recursos de cada una de ellas.

La guerra en que se han empeñado algunas naciones del Sur, pudiera haberse evitado, del mismo modo que el escándalo que produce, si los derechos é intereses se hubieran debatido en una asamblea que era por su naturaleza un arbitrador permanente y amigo.

Preciso es reparar lo perdido, é insistir en la reunión de la grande Asamblea Americana, para lo que el Gobierno empleará sus más prontos oficios con la cooperación del Poder Legislativo.

Volviendo la vista á la situación interior de la República, no es por desgracia tan halagüeña como exigen imperiosamente sus compromisos en una guerra extranjera.

Afortunadamente no aparece diferencia de opiniones acerca del punto vital de nuestra defensa; y es de esperar que al llamamiento do la Patria en su gran conflicto, correspondan los hombres de todos los partidos con las renuncias de sus pretensiones, dejando su arreglo para el día del triunfo.

La unión es necesaria, y si para conseguirla lo fuere reformar alguna de nuestras instituciones por medios constitucionales, la opinión lo dirá, el Gobierno lo propondrá, y las autoridades competentes, establecidas al efecto por la ley, podrán decirlo. Entretanto, el deber del Gobierno es hacer respetar las leyes, y esta obligación será plenamente satisfecha.

El Ejército ha merecido bien de la Nación, peleando por la integridad de su territorio y por su independencia, conservando el orden interior y sometiéndose á las duras privaciones de que sólo es capaz el heroico sufrimiento del soldado mexicano.

El Gobierno ha pedido recompensas para el Ejército, é insta de nuevo al Congreso con el más ferviente anhelo para que se le concedan.

Facultado el Ejecutivo para su arreglo, están al concluirse sus trabajos, y en breve esta noble institución llenará su objeto, afianzándose la suerte de los valientes que sirven á la Patria, contribuyendo á que la de ésta sea grande, próspera y feliz.

Es muy conveniente que se autorice al Ejecutivo, como ha solicitado, para expedir un reglamento de corso en el que se respeten los tratados celebrados con las naciones amigas y los principios del derecho de gentes.

Infructuosos han sido los esfuerzos empleados hasta aquí para arreglar un plan de Hacienda que asegure recursos estables y haga cesar la necesidad de solicitarlos en el día mismo en que son urgentes.

El Gobierno presentará á vuestra deliberación el que ha concebido, y espera que de vuestras manos saldrá una obra que satisfaga á una necesidad y á un pensamiento que no se pueden abandonar. Inconcebible parece que la deuda interior haya sido desatendida hasta ahora, y como su arreglo es preliminar al de la Hacienda, el Gobierno presentará la correspondiente iniciativa para que el Congreso Nacional pueda disfrutar de la gloria de hacer contemporánea su existencia con la del crédito público.

Solamente un pueblo tan dócil como el mexicano ha podido conservarse sin policía. El establecimiento de ésta se halla identificado con la vida de la sociedad, y el Gobierno, al recomendarlo, desea también que los ladrones y asesinos puedan ser castigados severa y prontamente.

La absoluta independencia en que hoy está el Poder Judicial del Ejecutivo, priva á este último de un gran medio de acción, y sanciona el contraprincipio de que la autoridad responsable del orden y seguridad interior carezca de los elementos precisos para sostenerlos.

La primera dificultad que se nos presentó al erigirnos en Nación soberana é independiente, fué la de dar instituciones liberales y dignas del siglo, á un pueblo cuya educación se había descuidado.

Los gobiernos que tan rápidamente se han sucedido en la República, no han podido aplicar debidamente su atención á un ramo tan esencial para el progreso de las naciones, y hoy desgraciadamente nos encontramos con pocos adelantos y sin un plan que pueda prometer, al menos para un tiempo futuro, la ilustración de todas las clases del pueblo.

La más pobre ha sido la más desatendida; y el Gobierno, que mira la educación primaria como una condición indispensable para vivir en sociedad, consultará un plan de que se ocupa para generalizarla, sin descuidar la adquisición y la perfección de las ciencias. Muy felices son las disposiciones del genio mexicano, pero no pueden desarrollarse sin eficaz empeño y protección.

Los Secretarios del Despacho os presentarán los trabajos y designios del Gobierno en todos los ramos de la administración pública.

¡Ciudadanos Representantes y Senadores! La guerra que nos hace la Francia debe ser fecunda en importantes resultados. La base de la política del Gobierno en tales circunstancias, será la firmeza que no excluye á la moderación. La base del Gobierno en la política interior, es la de que la paz. y la unión de todos los mexicanos se procuren francamente y á costa de cualesquiera sacrificios.

La Nación os ha confiado sus gloriosos destinos. Ella espera que logréis presentarla fuerte y noble para con sus enemigos exteriores; tranquila y dichosa en su territorio, siempre respetable en sus relaciones con los otros pueblos, por leyes y costumbres propias de la civilización del siglo.—Dije.

Contestación del Presidente del Congreso, D. José Luciano Becerra.

Renovado el Congreso por la vez primera en la forma que prescriben las leyes constitucionales, hace hoy con arreglo á ellas la solemne apertura de su primer período de sesiones.

En él puede ocuparse de todos los asuntos que ocurrieren, y sin desechar ni menospreciar alguno, preferirá, como es justo, los de mayor urgencia ó mayor utilidad, cuales son ciertamente los que en desempeño de sus altos deberes acaba de recomendarnos el Gobierno.

Ellos son muy importantes en sí mismos, y tienden, además, directamente á la consecución del grande objeto que hoy ocupa el ánimo de todos los mexicanos: la conservación de la independencia y del honor nacional.

Desavenidas por desgracia la República y la Francia, han llegado las diferencias, aunque no por culpa nuestra, á un estado demasiado grave: los hechos son bien públicos, y los documentos que los esclarecen corren impresos, atestiguando por todas partes la justicia de nuestra causa y nuestra consiguiente y firme resolución de sostenerla.

No sólo se nos exigen superabundantes indemnizaciones que sólo por el deseo de la paz y por dar la última prueba de nuestra justificación nos allanábamos á satisfacer, sino que se quiere también nuestra ignominia; y por eso sí no pasa ningún pecho mexicano.

Aun hacíamos más, y fué la propuesta de sujetarnos á la decisión de una potencia imparcial sobre los puntos en que no podíamos convenirnos, con cuyo paso, según los principios del derecho de gentes, ya es de notoria injusticia.

Así es que no hay un ángulo de la República á donde no se haya extendido el justo sentimiento de la injuria: así es que por todas partes y en las mejores formas, se dejan ver la resolución y el entusiasmo: así es que el soldado y el paisano, el opulento y el pobre, el sabio y el que no lo es, los ancianos y los jóvenes, los ministros del santuario, y hasta el mismo sexo débil: todos, todos apuran sus esfuerzos para concurrir en su manera y en caso necesario, sin ninguna reserva, al sostenimiento de la patria y á la conservación de su decoro.

Y así también vuestro Congreso, mexicanos, estimulado no sólo por sus propios sentimientos, sino también por vuestro ejemplo, se dedicará con el mayor empeño á dictar todas las providencias que fueren necesarias para la más segura y fácil consecución de tan preciosos como sagrados objetos.

Una cosa, sin embargo, me permitiréis que os recomiende, y es la unión, la íntima unión que debe reinar entre nosotros. Hoy deben cesar todas nuestras diferencias para que podamos ocuparnos exclusivamente de la defensa de la patria.

¿Quién hay que mirando á las puertas de su casa un grande incendio, amenazando devorarla toda por momentos, lejos de dedicarse á contenerlo y apagarlo, se ocupe en el entretanto de dar un nuevo arreglo en lo interior á su menaje?

Semejante conducta no sólo sería muy ajena de cordura, sino que tal vez ni aun se tuviera por creíble. Nosotros nos hallamos ya con ese incendio: la poderosa y orgullosa Francia ocupa nuestra fortaleza de San Juan de Ulúa, y amenaza penetrar sin demora á lo interior.

Y ¿habrá alguno de nosotros que en semejantes circunstancias se divague á otros objetos, y no piense únicamente en contenerla y repelerla?

Esto es lo que reclaman nuestros más caros intereses, y esto lo que debemos todos practicar si no queremos exponernos al más inminente riesgo, no sólo de perder el triunfo que unidos debemos conseguir, sino á ser también el objeto sempiterno del desprecio y la ignominia. Unámonos pues, conciudadanos, y preparémonos sin pérdida de momento para hacer con honor nuestra defensa.

Cuidemos por ahora solamente de tener patria, que nos hallamos tan en peligro de perder. El cielo protegerá sin duda nuestra causa, y nos coronará con la victoria. Unión, pues, y nada más que unión y patria sea nuestra divisa.—Dije.

El General Santa-Anna, al cerrar dichas sesiones, en 30 de Junio de 1839.

Ciudadanos diputados y senadores:

Al comenzar en este año el período de vuestras sesiones, era muy difícil y angustiada la situación de la República. Empeñada en una guerra extranjera, era también víctima de las diferencias intestinas. Rindamos gracias á la Providencia, porque una paz franca y honrosa ha reconciliado á dos naciones destinadas á ser siempre amigas, y porque la victoria ha coronado en todas las luchas el valor y el esfuerzo de los que han militado bajo el estandarte augusto de las leyes.

Llamado por voluntad de la Nación á regir sus destinos en la época más lamentable de nuestra historia, he obrado con la firmeza que inspira una causa tan noble, con la actividad que el deber exige, con la energía que es la compañera inseparable de la justicia, con la clemencia que es el mejor apoyo de los gobiernos, con la moderación propia de mi carácter y con el desprendimiento de que tantos testimonios he dado en mi vida pública.

La recompensa está en mi corazón: esta es la satisfacción de haber correspondido hasta donde mis fuerzas alcanzaron, al favor y confianza de una nación grande, magnánima y generosa.

Ciudadanos representantes! En vosotros he encontrado la más cordial cooperación á mis designios; y como hemos servido bien á la Patria en días de consternación y peligro, congratulémonos porque la guerra exterior y las discordias civiles han desaparecido.

Contestación del Presidente del Congreso, Marcelino Ezeta.

Si es un deber de todo gobierno republicano dar cuenta de su administración á los representantes del pueblo, como lo acaba de hacer el órgano del Gobierno; lo es también de la representación nacional instruir á sus comitentes del uso que ha hecho de su misión. Para este doble objeto han establecido todos los gobiernos libres estas públicas ceremonias, como la que hoy ocupa al de México, que á ninguno cede en franqueza.

Los asuntos pendientes é iniciados de nuevo, relativos á la administración interior, se habrían concluido hasta su sanción si no hubieran distraído la atención de las Cámaras dos negociados del exterior, muy graves, muy arduos, de suma importancia é increíble trascendencia. Tales fueron la conversión de la deuda inglesa y la aprobación de los tratados con Francia.

Sabedora ya toda la Nación de los sucesos desgraciados á que dió ocasión la demanda del gobierno francés, esperaba con cuidado, á la par que con ansia, su último resultado: por él dirigía sus más fervientes votos al cielo, hasta que éste se lo dió en las transacciones que todos los mexicanos han visto y el Congreso aprobó; pero ya sin las exigencias y pretensiones anteriores, que más que un tratado libre entre dos naciones soberanas, eran una capitulación que sólo un vencido, á más no poder, presenta á su vencedor, y especialmente habiendo después la fortuna caprichosa hecho correr entrambas suertes á su vez, tanto á nuestros agresores como á los agredidos.

Por otra parte, la paz en aquellas difíciles circunstancias era de interés vital para la. República y un bien demasiado grande é importante para que los ricos y liberales mexicanos no la hubieran obsequiado con un sacrificio generoso, y principalmente porque estiman y aprecian más que todo el oro y la plata de sus ricas y abundantes minas, á la sangre preciosa de sus compatriotas; pero aun mucho más precioso que ésta habría sido su honor, si para salvarlo les hubiera exigido verter hasta la última gota.

Aunque por otros principios, no demandaba menos la consideración de las Cámaras y del Gobierno, que recomendó muy particularmente la conversión de la deuda inglesa, de esta nación la primera que desde más allá de los mares nos saludó libres y reconoció nuestra independencia. Así que, la razón de Estado y la justicia nos imponían este deber, y ya lo hemos satisfecho.

Libres ya de estos negocios del extranjero, los mandatarios del pueblo fijaron su atención en los que más de cerca lo afectan, y desde luego se penetraron del clamor general contra los atrasos y extorsiones que hace sufrir al tráfico interior, especialmente al del infeliz, el actual reglamento de comisos: se ha reformado ya, ó para decirlo mejor, se ha creado una nueva pauta en la que se ha procurado conciliar el interés del comercio con el del Erario, y cuando no ha sido posible, se ha hecho el sacrificio de éste en obsequio de aquél.

También han discutido y aprobado un sistema de contribuciones indirectas, que harán una parte del general de Hacienda, sin perder de vista la base de la igualdad entre las necesidades del Estado y los recursos que se le den, y es hasta donde deben llegar sus cálculos; pues que las repúblicas no se han creado como las monarquías, para hacer la fortuna de un favorito, enriquecer los empleados, ni mucho menos mantener una corte fastuosa, sino por el bien y sólo el bien de los asociados.

Si firmes en estos principios, y penetrados del interés por el Erario á la par que del amor á los pueblos, lograsen sus representantes enriquecer á aquél sin empobrecer á éstos, tendrán la satisfacción de haber resuelto el gran problema que ha dado tanto qué hacer á los economistas.

También tendrán la gloria é inexplicable placer de que la inocencia y la virtud les deban su triunfo sobre la maldad y la injusticia; de que la verdadera libertad triunfe también sobre el libertinaje, porque los hombres no pueden ser libres si no son justos, con la reforma importante y ya muy adelantada de la ley reglamentaria de Tribunales.

Así estos lugares respetables, que sin buenas leyes y ministros justos, sólo son de espanto y terror para la inocencia sin protección y para la virtud sin apoyo, serán los verdaderos santuarios de Themis, y los magistrados sus fieles é incorruptibles ministros, que defiendan y pongan á cubierto al virtuoso y miserable contra el malvado y poderoso, y á los derechos y obligaciones de todos al justo nivel de las leyes.

Y si éstas no son más que la expresión de la voluntad general, ninguna ciertamente era más digna de aquel nombre que laque expresara ese clamor y execración general de todos los mexicanos contra el mutuo usurario, llamándolo unos cáncer maligno que todo lo consume; otros polilla roedora de la riqueza pública; quiénes hidra insaciable de nuestra propia sangre; quiénes corrosivo de la sustancia ajena, y los empleados, con más justicia que todos, saqueo disimulado del tesoro público; y aunque se le ha querido disfrazar y cohonestar, dándole impropiamente, como dice uno de sus patronos (Ver Nota 1), ese nombre de interés del dinero como más decente y menos expresivo, siempre se descubre, á pesar del disfraz, aquella misma usura sobre que descargaron sus maldiciones los libros santos y sus anatemas la religión.

La Nación le habría faltado en su más solemne promesa y el Congreso quebrantado sus juramentos, si no hubiera subvenido á las necesidades que ha tanto tiempo padecen la Diócesis Metropolitana de México y su sufragáneo de Oaxaca; mas ya se ha decretado la provisión de los Pastores de ambas Iglesias.

Así que no lamentarán ya su prolongada casi viudez: habrán enjugado sus lágrimas, y se prepararán ya y engalanarán para sus nuevos desposorios.

Pueblos: he aquí las principales entre otras tareas de vuestros mandatarios y el empleo que han hecho de la misión que les disteis. Pero aún falta mucho por hacer; pues desgraciadamente la perspectiva de la República, véase por el aspecto que se quiera, no es muy atractiva y halagüeña.

Por una parte, la devasta y asola (sic) en tres departamentos dignos de mejor suerte una guerra atroz y á muerte, pues que la hacen los bárbaros; por otra, ciertos hombres desnaturalizados é ingratos sin ejemplo á la hospitalidad mexicana, pretenden robarnos una gran parte de sus posesiones: esos mismos pueblos, que acaban de libertarse del azote de la guerra civil, lloran y llorarán por algún tiempo la devastación que les llevó esa guerra de hermanos, y, en fin, la escasez y miseria que generalmente aquejan á la República desde el más alto funcionario hasta el infeliz, han hecho caer al cuerpo social en una mortal parálisis y casi reduciéndolo á un mero esqueleto.

Como órgano hoy de la Representación Nacional en esta augusta ceremonia, no dudo ofrecer en su nombre al Ejecutivo la más pronta y eficaz cooperación para el bien de la República, y me atrevo también á ofrecerle la de todos los mexicanos; pues si bien, en fuerza de nuestra educación política, carecemos aun de algunas virtudes republicanas, tenemos, y es nuestro carácter, la moderación, esa bella virtud, suplemento de las demás y mejor garante del orden, según la expresión de un sabio político.

Unámonos, pues, todos, y con el mismo ardor y entusiasmo que en nuestra, emancipación, para ver si acaban de fijarse los destinos de la República, que vacila aun después de más de tres lustros de independencia; que la patria agradecida á tamaño é importante servicio, consagraría al que se lo prestara algunas páginas en los fastos de sus glorias y lo colocaría en el templo de la inmortalidad, y junto al héroe de la Independencia, como al de su felicidad, su bienestar y engrandecimiento.

El General Santa-Anna, al abrir las sesiones del segundo período, el 1 de Julio de 1839.

Hoy comienza un período interesante de vuestras sesiones; el período en que somete la Constitución á vuestro circunspecto examen los presupuestos del año para que establezcáis, si posible fuere, el nivel entre los gastos y los productos, entre las necesidades y las contribuciones que satisface el pueblo.

Como vuestros trabajos se emprenden bajo los auspicios consoladores de la paz, felizmente restablecida, aunque comprada á tanto precio, marcharéis sin inquietud ni sobresaltos por la senda que trazó el legislador, dando la preferencia al arreglo definitivo de Hacienda, que es la vida y la verdadera existencia de las naciones.

No pudiendo apartar la vista de lo que exigen con imperio las circunstancias en que se halla la República, meditaréis si ha llegado el momento inevitable de reformar las instituciones de 1836.

Para el Gobierno la cuestión está resuelta; no sólo porque la opinión se ha explicado de una manera inequívoca, sino porque estándole encomendado uno de los altos poderes del Estado, ha palpado por la experiencia, que son insuficientes los medios que la ley fundamental ha puesto á su arbitrio para asegurar el reposo, la felicidad permanente, la gloria y engrandecimiento de la Nación.

He mandado, en consecuencia, que se os dirija la correspondiente iniciativa: á vuestras manos vendrá para que peséis las razones en que se cree apoyado el Gobierno, y que manifiesta con la franqueza y lealtad que son su divisa en todos los actos administrativos.

Yo he condenado y combatido los principios anárquicos y desorganizadores, de los que usurpando el nombre augusto de la Nación, han pretendido darle leyes, someterla á su capricho y anular de mano armada el pacto que hoy existe.

La Nación adoptó el sistema representativo, para ahogar en su cuna las revoluciones, los levantamientos y tumultos, para que sus legítimos apoderados decidiesen libremente en las cuestiones vitales lo mejor y más conveniente, sin el riesgo de entregarse á una demagogia turbulenta y desatinada.

Pero cuando en la ley fundamental se han señalado recursos para los casos extremos en que la Nación pudiera encontrarse, los principios se salvan valiéndose de aquellos mismos y no de otros, y se evita que los pueblos, despreciando sus pactos anteriores, derriben airadamente una obra que es susceptible de arreglo y de mejora.

Siempre es tiempo de examinar lo hecho, de buscar y adoptar lo más perfecto. En este siglo de movimiento, en que unas necesidades sociales se reemplazan por otras, el legislador no puede dirigir la nave del Estado sin llevar la sonda en la mano á fin de evitar riesgos y escollos imprevistos.

En este mismo siglo en que los hábitos cambian con inconcebible rapidez, las instituciones se mudan con la misma violencia, y no se conoce otro medio para evitar las consecuencias de una imprudente veleidad, que la existencia permanente de congresos legisladores que marchen con el tiempo é impidan la lamentable necesidad de que los pueblos marchen por sí mismos:

Ahora que la fuerza de las leyes se ha sobrepuesto á las de las facciones, podéis, ciudadanos legisladores, entregaron á la difícil y comprometida tarea de corregir los defectos de que son tan susceptibles las concepciones de los hombres.

Grande y penosa es la empresa; pero la Providencia ha querido poner en vuestras manos los intereses más caros de la Nación. Ella respetará vuestro fallo, mientras que mi gobierno os asegura entera libertad, franca y sincera obediencia.

¡Representantes de la Nación! Os dije lo que mi honor y mi conciencia me han inspirado. Así correspondo al favor del pueblo y sirvo á sus deseos.

Respuesta del Presidente del Congreso, D. Antonio Madrid.

Cuando, reciente todavía el suceso grandioso de la Independencia, hacíamos los primeros ensayos del uso de nuestra libertad política, podíamos entregarnos á dulces ilusiones, y concebir las más lisonjeras esperanzas. Oíanse, con razón, en los actos solemnes de nuestras asambleas legislativas, como en toda reunión pública y privada, expresiones del más vivo entusiasmo y predicciones de futura prosperidad y engrandecimiento, que parecían tan fundadas como indefectibles.

Pasaron ya esos días como un sueño agradable, y ¡para qué calificarlo? Hoy, por desgracia, nuestra situación es muy diversa. En lo pasado no encontramos sino duras lecciones y amargos desengaños de que, ojalá, supiésemos siquiera aprovecharnos; y apenas percibimos en lo porvenir remotos motivos de consuelo, débiles por cierto y muy insuficientes, si han de compararse con el grado de congoja y aflicción á que nos vemos reducidos.

Verdad es que ha desparecido la guerra exterior, y que la mano inteligente y activa del Ejecutivo ha cortado en lo interior una revolución desastrosa que había echado ya largas y profundas raíces; pero sin tocar á otros ramos de administración pública que se hallan en deplorable estado, hoy mismo, al entrar el Congreso á ocuparse de los presupuestos y de la cuenta del Ministerio de Hacienda, ó no es verdad que grandes abusos y demasiado generalizados, en la recaudación é inversión de las rentas, oponen obstáculos casi insuperables á todos sus esfuerzos?

Es un hecho constante que, á pesar de ser considerables las que hay establecidas, á pesar de los diversos arbitrios extraordinarios que se han dictado, y (le los multiplicados préstamos con que se ha gravado á la Nación, los apuros han llegado al extremo; y antiguos, fieles y honrados servidores de la Patria, altos y respetables funcionarios, no menos que las viudas y huérfanos, gimen en la más espantosa miseria, sufriendo, además, el dolor de ver rodeados de fausto, esplendor y magnificencia á una turba de orgullosos especuladores cuyas rapidísimas é inmensas fortunas se han levantado sobre la ruina del Erario público.

¿Qué medio, pues, podrá adoptarse para cubrir los gastos y cortar de raíz tantos y tan graves males?

Aumentar impuestos cuando los pueblos apenas pueden soportar los que existen, es ocurrir á un remedio duro y peligroso, sin conseguir, por esto, el principal objeto; porque, en efecto, mientras subsistan los abusos que se absorben y consumen todos los caudales de la Nación, en vano es pensar en nuevas contribuciones, que cualesquiera que sean, siempre sufrirán la misma suerte.

A vista de esto, el Congreso entraría temblando á tratar de la delicada materia de que exclusivamente debe ocuparse, 6 más bien, abandonaría del todo la empresa, si por otra parte no tuviere tantos motivos para descansar en la firme, ilustrada y eficaz cooperación del Gobierno.

Está persuadido de que la recaudación de las rentas no será confiada sino á manos fieles y puras; que la misma fidelidad y pureza presidirán á su inversión; y que al hacer á los empleados sus respectivos pagos, una sincera imparcialidad evitará el descontento que naturalmente deben producir la injusta desigualdad y arbitrarias preferencias con que se da lugar á que uno tal vez vicioso y corrompido, ostente un lujo escandaloso, al mismo tiempo que otro lleno de honradez y merecimientos, y rodeado de una numerosa familia, abatido por la indigencia, no tenga ni aun aliento para quejarse.

Este sistema de racionalidad y justificación, digno de un Gobierno virtuoso y verdaderamente republicano, es el que, extendido á todos los ramos de la administración, debe inspirarnos la mayor confianza. Continuas revueltas interiores habían relajado la fuerza de las leyes y abierto mil puertas á la más desenfrenada inmoralidad con todos los vicios que la acompañan; pero es ya tiempo de pensar seriamente en hacer que aquéllas sean respetadas y obedecidas, y castigada ésta con severidad y firmeza, si se quiere que comiencen á tener estabilidad el orden y la paz; que ninguna voluntad privada sea superior á la ley; que la probidad y rectitud se consideren siempre como requisitos indispensables, y entonces los esfuerzos y deseos del Cuerpo Legislativo y del Gobierno tendrán, sin duda, su cumplido efecto: habrá rentas: se acudirá con oportunidad á los gastos públicos: recobrará la máquina política su movimiento regular, y nos dará por resultado todos los beneficios á que debe aspirarse en las sociedades civilizadas.

El General D. Nicolás Bravo, al jurar en 10 de Julio de 1839.

Ciudadanos diputados y senadores:

Para acatar el decreto que acabáis de dar, he prestado ante la Soberanía Nacional el juramento de cumplir y hacer cumplir las leyes de la República. Ninguno, hasta hoy, me ha imputado, ni aun en medio de las más crueles persecuciones, que haya intentado siquiera faltar á mi palabra. El Congreso y la Nación entera me verán observar mi juramento.

Yo me había resistido á prestarlo y aun á presidir el Consejo, porque conozco mi insuficiencia; amo mucho á mi país, y deseo las riendas de su gobierno en manos más diestras; mas la Nación ha gustado que yo las retenga en mi poder, las pocas horas que tarde en llegar á esta Capital el digno Presidente Constitucional de la República, y acato este precepto soberano. No es pequeño el sacrificio que en ello hago; pero ¿cuál no se debe hacer por una patria que me ha juzgado siempre con tanta indulgencial—Dije.

Contestación del Excelentísimo Señor Presidente del Congreso, D. Antonio Madrid.

La ley os conduce hoy á un elevado puesto, de que hace mucho tiempo os habían hecho digno vuestras virtudes, vuestro puro y acrisolado patriotismo. El pueblo mexicano debe congratularse muy sinceramente, viendo colocado á su cabeza al servidor antiguo de la Patria, al ciudadano benemérito é ilustre que, en los campos de batalla como en el gabinete, en los sucesos prósperos como en los adversos, ha tenido siempre fija la vista en el bien público, jamás en sus conveniencias privadas.

Vuestra larga y honrosa carrera de que tenéis por testigos á todos vuestros conciudadanos, deben inspirar al Congreso y á la nación entera la consoladora confianza de que el solemne juramento que acabáis de prestar, no es en vuestro concepto una ceremonia vana é inútil, sino que, al pronunciar la fórmula constitucional, vuestros labios están perfectamente de acuerdo con vuestro corazón.

El General Bustamante, al cerrar dichas sesiones, en 31 de Diciembre de 1839.

Ciudadanos representantes y senadores:

Una de las cuestiones más graves y vitales que han podido ocurrir en nuestra carrera política, ha ocupado vuestra atención en el período de sesiones que hoy concluye. La franqueza y circunspección con que habéis examinado la iniciativa que os pasó el Gobierno, de acuerdo con su Consejo, y la excitación que por resultado de vuestro convencimiento habéis dirigido al Supremo Poder Conservador, con el fin de declarar ser voluntad de la Nación se anticipase la época de hacer en las leyes constitucionales las reformas que la experiencia y el bien público reclaman como indispensables, ha llenado la expectación general, arrancando del patriotismo exaltado y de la peligrosa demagogia todo pretexto plausible para nuevas turbaciones.

Varias leyes habéis también discutido y acordado en los diversos ramos de la administración pública, que han obtenido la sanción constitucional. Merece entre ellas especial atención, la que habéis dictado autorizando al Gobierno para modificar el pago de una parte de la deuda sobre las aduanas, conciliando á la vez los derechos de los acreedores al tesoro nacional con sus preferentes atenciones.

Por el Ministerio del ramo se os ha informado de los diversos arreglos hechos por el Ejecutivo; y puedo aseguraros que ellos han llenado el objeto que tuvisteis presente al dictar la mencionada ley.

Quedan aún pendientes de vuestra deliberación muchos y muy importantes negocios. La Nación desea ansiosamente que os encarguéis de ellos en las próximas sesiones con todo el criterio, actividad y preferencia que su salud demanda de vuestro patriotismo. Estoy seguro de que no quedarán frustradas sus esperanzas.—Dije.

Respuesta del Presidente del Congreso, D. Pedro Barajas.

Al cerrarse las sesiones del segundo período constitucional de 1839, desearía manifestar que los trabajos no interrumpidos del Cuerpo Legislativo habían sido coronados con abundantes frutos.

Mas por una fatalidad sólo podré decir: que el Congreso ha hecho lo posible para cumplir con honor sus obligaciones, ocupándose de remediar algunos males de la República, que por su gravedad y urgencia exigían que se les atendiese sin pérdida de tiempo.

No hay quien ignore que el año que hoy termina, ha sido uno de los más aciagos para México, pues desde sus principios la guerra extranjera y la civil pesaban sobre la Nación, y el Gobierno, dividida su atención, no podía encargarse exclusivamente de una sola. Terminó la primera, aunque á costa de sacrificios, y continuó la segunda, que hasta hoy existe en algunos Departamentos.

Las consecuencias de la guerra han sido las que naturalmente deben seguirse en todos los pueblos donde está perturbada la paz.

Consistiendo una parte muy considerable de las rentas públicas en los productos de las aduanas marítimas, bloqueados nuestros puertos, resultó un gran deficiente al Erario; y no siendo bastantes las rentas de lo interior ni aun para sostener los gastos de la guerra, ha sido indispensable apelar á arbitrios bien gravosos, que han aumentado considerablemente nuestra deuda.

La inmoralidad de algunos empleados, la codicia insaciable de los que hacen su fortuna de las necesidades de la patria, y la corrupción de muchos jueces, protectores del contrabando y de los malos empleados de Hacienda, han hecho subir á muy alto punto las desgracias del país.

En estas circunstancias, ¡podrá el Congreso remediar todos los males de la República! Estos son muy graves y muy inveterados, y no se exterminarán sino con el tiempo y la paz.

En los días más apurados para la Nación fueron celebrados varios contratos con gravísimo perjuicio de la hacienda pública.

Los Poderes Legislativo y Ejecutivo deseaban reformarlos, haciendo menos gravosas sus condiciones; y al efecto se expidió un decreto facultando al Gobierno para que entrara en nuevos convenios con los interesa dos en los fondos del 15 y 17 por ciento.

Se había contratado un préstamo con los extranjeros, de 130,000 libras esterlinas, el que perjudicaba de una manera insoportable á los intereses de la República. El Congreso, encargándose de este contrato, excitó al Supremo Poder Conservador para que lo declarara nulo, como en efecto se verificó.

Se debía pagar en un plazo fijo cierta cantidad de dinero, pues de lo contrario sufriría la Nación una pérdida muy considerable: las Cámaras se ocuparon de este asunto, y por un decreto facultaron al Ejecutivo para que se proporcionara arbitrios con que cubrir la deuda en tiempo oportuno.

El Gobierno, al principio de estas sesiones, se hallaba con muchos empeños y carecía de recursos para atenderlos; y el Congreso, con varios decretos de autorizaciones al mismo Gobierno ó al Banco, ha consultado á las necesidades del momento.

Si los decretos no han producido todo lo que de ellos se esperaba, no ha sido por culpa de los Poderes, sino por las calamidades de los tiempos. La Tesorería general necesitaba de un reglamento y las Cámaras se han ocupado de él.

Todos los que sirven los destinos públicos, careciendo por mucho tiempo de los sueldos que les designan las leyes, han padecido grandes trabajos, sin tener de qué subsistir; lo que redunda en muy grave per juicio de la administración, porque la miseria de los empleados les imposibilita para servir sus destinos. El Congreso, atendiendo á este mal, expidió una ley para remediarlo.

Si los presupuestos no han podido aprobarse por las insuperables dificultades presentadas al tiempo de formarlos, no por esto se ha dejado de trabajar en ellos, y la Comisión Inspectora podrá, el año que entra, presentar un arreglo exacto de este punto tan interesante á toda sociedad bien administrada, y, además, se halla en revisión la ley sobre el modo de aprobar dichos presupuestos.

No sólo los asuntos de Hacienda llamaron la atención de las Cámaras en este período de sesiones: también se han ocupado de algunos otros que han creído conducentes á la buena administración y bien de los Departamentos.

Faltaba un reglamento para las actuaciones del Jurado, y se dió en estas sesiones. Se debía atender al modo de cubrir las vacantes que ocurrieran en el Senado, en la alta Corte de Justicia y la Marcial, y se cumplió con este deber.

El Departamento de Oaxaca necesitaba de algunos auxilios y el de Chiapas deseaba que se le concediera la libertad del tabaco: á todos se atendió dándoles decretos convenientes.

Una Compañía de minas pedía que se le protegiese, estableciendo una Casa de Moneda y Apartado en el mineral de Guadalupe y Calvo, y se accedió á la solicitud de los mineros.

Los defensores de Ulúa, que dieron en aquel castillo pruebas tan brillantes del valor mexicano, y los beneméritos militares que en Texas y otros puntos han derramado su sangre sosteniendo los derechos de la Nación, exigen de ésta el premio á que justamente se han hecho acreedores, y las Cámaras no han olvidado que es un deber suyo recompensar los servicios de los buenos defensores de la Patria.

Un negocio de mayor interés y gravedad ha ocupado también á las Cámaras: hablo de las reformas constitucionales, que se ha creído conveniente hacer antes de cumplirse el término prefijado por la Constitución para modificarla.

El Congreso, previa iniciativa del Gobierno, excitó al Poder Conservador á fin de que hiciera en la materia la declaración que era propia de sus facultades. Se ha expedido el decreto por el Conservador, y está allanado este punto, que se ha estimado.

La separación de Texas, declarándose república independiente, jamás ha podido verse con indiferencia por los verdaderos mexicanos; pero los trastornos del interior y las desavenencias con Francia han sido un obstáculo para atender á ella.

Los colonos, juzgando por esto á México impotente para conservar su territorio, extienden ya sus miradas más acá de los límites que se habían fijado en un principio, y los descontentos del país no han dudado sacrificar su patria á sus intereses personales, favoreciendo la causa de los texanos.

El Gobierno no puede prescindir por más tiempo de una guerra que exigen el honor de la Nación, la conservación de su territorio y la tranquilidad del país: por esto prepara las fuerzas necesarias para arrancar de las manos de los colonos ingratos el territorio que se han usurpado y en el que la generosidad mexicana les dió hogar, ocupación y subsistencia.

Para cumplir el Ejecutivo con el deber de conservar íntegro el territorio nacional, pide recursos al Congreso, y éste ha trabajado asiduamente para proporcionárselos.

Los asuntos dichos y algunos otros han ocupado á las Cámaras en el segundo período de sesiones de este año. Ellos no han dado, es verdad, todo el resultado que sería de desear: sin embargo, no son infructuosos, pues predisponen el arreglo de otros más importantes al bien nacional.

¡Quiera la Providencia conceder á México días más serenos! Entonces los Poderes unidos trabajarán con mejor éxito para sacar á esta Nación del abismo profundo en que la han sumido los que con doctrinas absurdas han alterado todos los principios sociales.

Acaso no está muy lejos el término de nuestras desgracias; pues la Nación, cansada ya de padecer, busca el orden y desea la paz.

Nota:

(1) Juan Bautista Saz en su Economía política. tomo III, capítulo VIII, párrafo I, "Del Préstamo á interés: "El interés "de los capitales prestados, llamado impropiamente interés del dinero, se llamaba en otro tiempo usura (alquiler del uso ó del "goce), y este era el término propio; por esta voz se ha hecho odiosa, ya no existe más que la idea de un interés ilegal exorbitante y se ha sustituido en su lugar otra más decente y menos expresiva, como es costumbre."

Fuente:

Los presidentes de México ante la Nación : informes, manifiestos y documentos de 1821 a 1966. Editado por la XLVI Legislatura de la Cámara de Diputados. 5 tomos. México, Cámara de Diputados, 1966. Tomo 1. Informes y respuestas desde el 28 de septiembre de 1821 hasta el 16 de septiembre 1875.

Los cinco tomos fueron digitalizados por la Universidad de Texas:
http://lanic.utexas.edu/larrp/pm/sample2/mexican/history/index.html