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Siglo XIX > 1830-1839 > 1837

Discurso de Anastasio Bustamante al prestar el juramento constitucional como Presidente. Abril 19, 1837. Al cerrar las sesiones extraordinarias. Mayo 24, 1837. Al abrir las sesiones. Junio 1, 1837. Al cerrar las sesiones. Diciembre 31, 1837.
Abril 19, 1837. Mayo 24, 1837. Junio 1, 1837. Diciembre 31, 1837.

El General Bustamante, al prestar el juramento constitucional, en 19 de Abril de 1837.

He ofrecido, señores, el más solemne y delicado voto que mis labios pudieran proferir: voto que será cumplido, cuanto me lo permitan el honor y la conciencia.

Arduo y difícil es sobremanera el sendero que se abre ante mis ojos; pero me asiste la confianza de no quedar abandonado en medio de tan ingentes obstáculos. Cuáles sean éstos, no es la ocasión oportuna para enumerarlos; en otra muy próxima procuraré hacerlo, por medio de un manifiesto dirigido á la Nación.

Ahora sólo debo aseguraron oh dignos representantes! que afrontaré todo género de trabajos y peligros: que penetrado de lo mucho que demanda el procomunal de la Patria, haré que un celo asiduo y esmerado, una intención recta y sana, suplan el vacío de cualidades que confieso desde luego en mi persona para llenar los altos deberes anexos á la Suprema Magistratura.

Yo descanso en la eficaz cooperación del Congreso, y en las de las autoridades de todos los órdenes del Estado: confío en la ilustración del Consejo, y en el buen sentido del pueblo mexicano: cuento con el civismo del bizarro Ejército: cuento con la benévola inteligencia de las naciones amigas; y cuento, en fin, con la excelsa protección del Arbitro Supremo de las sociedades. Bajo tales auspicios, ¿podré dudar del buen éxito? —Dije.

Contestación del Presidente del Congreso, D. Juan Manuel de Elizalde, al discurso del General Bustamante, de 19 de Abril de 1837.

¡Qué agradable espectáculo se ofrece á la vista del mexicano amante de su patria, observando la garantía más firme del restablecimiento del orden, que hará renacer la prosperidad nacional!

La irrefragable experiencia patentiza con cuánta razón las naciones, sea cual fuere su forma de gobierno, han puesto tanto esmero para elegir el supremo magistrado que ha de hacer efectivas las leyes, pues las más sabias y benéficas, sin su necesario influjo, quedan expuestas á ser ineficaces en su ejecución.

Del acierto en la elección de este primer funcionario depende la bondad extrínseca de las leyes, aquella que resulta en la práctica: sin la cual sus ventajas especulativas suelen reducirse á nulidad. ¿Cuántas no han producido su efecto por falta de buena aplicación? ¿Cuántas lo han tenido contrario al que se propuso el legislador?

Mas cuando un supremo magistrado celoso une sus esfuerzos á los del cuerpo legislativo, da complemento á sus decisiones, añade una fuerza provechosa, que realza, en cierto modo, el mérito intrínseco de las leyes, y destruye aquel secreto triunfo que causan las infracciones provocadas por su falta de cooperación.

¡Qué distinta expectativa era hace poco la de los habitantes de nuestra República! La melancolía acompañaba inseparablemente su memoria, vagante por el espacioso camino de los cálculos sobre nuestra reorganización social.

A cualquier punto que se inclinase la sorprendían imágenes que causaban horror, inconvenientes al parecer insuperables; en fin, dificultades de tal magnitud, que fatigado el espíritu más profundo y abatido hasta el extremo de caer en el desfallecimiento, elegía por único recurso abandonarse en manos de una providencia sapientísima y bienhechora, que parece se complace en estrechar más y más el círculo de las posibilidades para no dejar duda, aun á los más incrédulos, de su omnipotencia y predilección.

Sí, dignos representantes, sí, compatriotas todos. Entendéis claramente lo que he querido sólo bosquejar; y me persuado que vosotros admiráis este maravilloso desenlace de tantas y tan heterogéneas concausas que el sabio Creador y Conservador de las sociedades ha hecho servir para un objeto muy diverso de aquel á que según nuestra limitación se dirigían indefectiblemente.

En efecto, cuando se trazaban los cimientos de nuestra actual organización, y formaban el asunto las deliberaciones de esta augusta asamblea, hasta sus dignos miembros renunciaban aquella dulce esperanza, que era el premio de sus honrosas tareas. El anhelo mismo con que se demandaba su conclusión, parecía precursor de un resultado funesto, no siendo fácil condescender al clamor público.

Pero tocamos felizmente la época venturosa, en que destruida la tempestad, formada de diversos combustibles, se sancionaron las leyes constitucionales que han tenido una favorable acogida, especialmente la que organiza el poder Ejecutivo del modo más análogo á la situación de la República, y en consonancia con el voto general de los pueblos.

La elección del primer Magistrado está confiada á manos puras, á ciudadanos que han merecido el sufragio de sus compatriotas para regir los altos destinos de la nación, á individuos cuya ciencia y probidad obligaron á sus comitentes para depositar en ellos tan alta confianza.

Se han removido en lo posible los obstáculos que el espíritu de ambición, el influjo pernicioso de los partidos, y acaso las maquinaciones extrañas presentaban para el acierto en negocio de tanta trascendencia. Tales han sido los fundamentos que determinaron al Congreso constituyente á dictar la cuarta ley constitucional.

Creo no se ha engañado en su concepto. El resultado es una prueba inequívoca. Los cuerpos electorales, la Nación toda han aplaudido tan exactas medidas. Así lo acredita la uniformidad de sufragios, y la expresión sincera de los mexicanos.

A las reflexiones lúgubres, al porvenir espantoso, ha sucedido una esperanza lisonjera de ver restablecida la paz, precursora de todos los bienes: ella restituirá el orden en los diversos ramos que la fatal agitación política había reducido al estado más deplorable. Desaparecerá la miseria, origen fecundo de todos los males.

Se asegurarán los derechos del ciudadano con la vigilancia del Gobierno é inflexibilidad de la justicia rectamente administrada; y sofocados generosamente los resentimientos, se reunirán en un punto los deseos de los mexicanos, resonando por todas partes la voz uniforme de independencia y ley.

De nosotros depende nuestra felicidad y no hacer infructuosos tan distinguidos favores de la Divina Providencia. Si no queremos participar de los terribles desastres en que naciones muy antiguas é ilustradas han caído por separarse del camino recto, es necesario que deponiendo todo espíritu privado, uniformemos nuestros pasos al fin único de consolidar la tranquilidad, elevando la nación mexicana al rango de que es digna.

Cesen desde hoy las quejas de toda especie, sacrifíquense los intereses individuales al grande, al primero ante quien deben desaparecer los demás, que e s la gloria de la república y el bien de nuestros compatriotas.

Convencidos de que las obras humanas son imperfectas, evitemos el funesto empeño de destruir lo que existe por aspirar á lo mejor.

El tiempo, maestro irrecusable, asociado de la paz, facilitará el remedio de las imperfecciones que se noten en nuestro edificio político; y las reformas serán sin duda saludables, como precedidas de la experiencia y la calma. Así es de esperar de la sensatez de los mexica nos, manifestada al mundo con pruebas inequívocas.

Y vos, respetable Magistrado, que acabáis de poner al Dios eterno por testigo de vuestra fidelidad á las leyes constitucionales, y del deseo que os anima por el bien de nuestros conciudadanos, no temáis entrar en el camino honroso aunque difícil, á que os ha llamado la ley y el voto nacional. Vuestro ánimo puro y dedicación constante al servicio público, deben prometeros el fruto de vuestros desvelos.

La rectitud y prudencia con que os habéis conducido, nos asegura la acertada elección que haréis de vuestros colaboradores para la ardua empresa que váis á acometer.

Ella os presenta un vasto campo donde emplear útilmente vuestras luces, y desahogar los patrióticos sentimientos que os adornan.

La patria tiene fijos los ojos en vos: realizad, pues, sus esperanzas, restituidle su gloria y decoro tan vilmente ultrajados, siempre por las sendas de la justicia y el honor; y haceos digno del justo reconocimiento de los que han puesto en vuestras manos los destinos de esta gran nación.

El General Bustamante, al cerrar las sesiones extraordinarias, el 24 de Mayo de 1837.

Señores:

La ley me impone el deber de concurrir en este día á la ceremonia solemne con que va á cerrar sus sesiones el Congreso Constituyente del año de 1836, y la justicia me obliga á manifestarle en el nombre augusto de la Nación los sentimientos más sinceros de gratitud, por las importantes tareas que ha consagrado á la felicidad y engrandecimiento del pueblo mexicano.

Si ardua y en extremo peligrosa ha sido siempre en todos los países la empresa de constituirlos bajo un sistema de gobierno fundado en sus costumbres, análogo á su carácter, y regulado por su ilustración y necesidades, los inconvenientes crecen al reconstituir una sociedad en que al mismo tiempo que intereses encontrados, fruto de las anteriores instituciones, concurre también la exigencia de reformas trascendentales, pero necesarias ciertamente, como indicadas por la voluntad nacional, sugeridas por la razón, y aconsejadas por la experiencia.

Mas vosotros, ¡oh padres de la Patria! habéis allanado los obstáculos y vencido todo género de dificultades, marchando hasta el fin de vuestra laboriosa carrera, no obstante los graves incidentes que llamaran vuestra atención hacia varios puntos del territorio nacional invadido por enemigos extraños.

Sus agresiones impulsaron medidas salvadoras, inspiradas por vuestro ilustrado civismo para sostener el más sagrado de los derechos, el primero de los bienes de las naciones, la independencia.

La carta de 1824 llegó á estimarse insuficiente para llenar todos los objetos de interés común: las clases todas y los diferentes partidos clamaban á la vez por alteraciones legales: empero continuaron y aun tomaron incremento los abusos de aquel sistema hasta hacerlo odioso. Entonces la Nación, agobiada de padecimientos, os confirió, señores, los más amplios poderes para sustituir al régimen federativo las leyes constitucionales que nos rigen.

En medio del violento choque de las pasiones, fijasteis las bases del nuevo sistema. Quiera el cielo que la exaltación de los partidos no interrumpa la marcha tranquila de las nuevas instituciones!

¡Que la Nación mexicana vaya disfrutando gradualmente de las ventajas que habéis querido proporcionarle! ¡Que la experiencia y la difusión de las luces, dicten las ulteriores reformas bajo los auspicios de la paz !

Nada hay más contrario á la felicidad y crédito de las naciones, que la inestabilidad de sus gobiernos, porque entorpece los progresos de la civilización y de todos los ramos de prosperidad pública.

Convencido de estas verdades el Ejecutivo, en cumplimiento de sus deberes, nada omitirá para guardar y hacer guardar las leyes juradas.

Y vosotros, ciudadanos representantes, volved tranquilos á vuestros hogares, con la dulce satisfacción de haber consagrado á la Patria los afanes laudables que para su felicidad impendisteis con la intención más pura y sana.

Respuesta del Presidente del Congreso., D. Miguel Valentin.

El Congreso Mexicano toca hoy el término que algunos meses hace columbraba envuelto entre sombras y amenazas.

En su escabroso camino ha sido acometido por todos lados: oyó los destemplados gritos de la demagogia, vió levantados sus brazos para exterminarlo, se desconocieron sus títulos, se calumniaron sus miras, redobláronse con tesón y sagacidad las instigaciones, derramóse á manos llenas el veneno sobre los corazones, varias veces se enarboló el pendón de la guerra civil, y los demagogos dijeron á los pueblos: reuníos alrededor de nosotros, acometed con denuedo á esas autoridades ilegítimas é intrusas, sacrificadlas sin miramiento, ponedlo todo en nuestras manos y os haremos felices.

El sensato y trascendido mexicano se sonrió con desdén, y continuó tranquilo á la sombra del Congreso, que miraba como el centro y regulador del orden. La guerra civil estalló en un extremo de la República, rompiéronse los lazos de la unión interior, y se abrió ancha brecha á la invasión extranjera; mas el Congreso no se arredra; conoce los recursos de la Nación, estima su dignidad y dicta leyes que mantengan la integridad del territorio y el honor mexicanos.

Si amenaza la guerra, no la teme, y adopta medidas de resistencia: algunas de ellas, hijas de la angustia de nuestra situación, debían hallar por enemigo inexorable el interés personal: no temió cargarse con la odiosidad y sufrió paciente los murmullos de la maledicencia.

¡Doloroso es decir que hubo plumas que echaron sobre sí la mengua y oprobio eterno de hacerse apologistas no sólo del rebelde, sino también del extranjero invasor de nuestro suelo!

En medio de tantas tareas, el Congreso trabajó constantemente en la reforma de la Constitución de 1824, suprimió en ella y añadió también, no consultando teorías, sino los documentos de la experiencia.

Podrá no haber acertado en todo, y en lo sucesivo será menester corregir lo hecho; pero los males inminentes se conjuraron y quedaron construidas las bases esenciales de las libertades mexicanas; y pues una Constitución en todas sus partes no es obra de un golpe, sino del curso de la civilización y de los tiempos, á estos agentes toca perfeccionarla.

Para acabar tantos trabajos en medio de tantas contradicciones, sólo pudo sostenerse el Congreso por una voluntad firme y denodada de hacer á toda costa el bien de su patria, como aquel caudillo griego que viendo el campo enemigo, dijo á los suyos: acometamos, que en ese campo hallaremos, ó una tumba honorífica, ó la salud y gloria de la patria. Tal el Congreso arrostró todos los peligros y azares para llenar sus deberes.

Contaba con la Providencia, á quien tiene la gloria de adorar, y que efectivamente le condujo por entre tantas dificultades: ella dirige los destinos mexicanos á pesar de los errores de los agentes de la autoridad, y convierte en beneficio los males: ella consumará la obra que sólo ella ha comenzado, y sobrepujará nuestros deseos.

El General Bustamante, al abrir las sesiones del primer período, en 1 de Junio de 1837.

Os habéis reunido, señores, para formar el primer Congreso Constitucional de la Nación, según las bases de la actual forma de gobierno, y prontos ya á desempeñar una misión tan honorífica como grandiosa, tengo la satisfacción de congratularme con vosotros, que vais á asegurar por medio de leyes sabias y justas la paz y la felicidad de la República.

Al entrar en el puesto á que he sido llamado por la voluntad nacional, no me ha animado otro deseo que el de emplear todos mis esfuerzos en defender los más caros intereses y promover el bienestar y la prosperidad de la patria.

La mutua dependencia y armonía que debe reinar entre los supremos poderes de una República, me obliga hoy á dar el carácter más solemne á esta ceremonia, protestando, como lo hago ante la Nación, mí sincero respeto á las leyes constitucionales y mi firme resolución de conservar esa conformidad tan necesaria entre el Ejecutivo y la Representación nacional.

Para que marchen de acuerdo, la ley ha establecido que el Jefe del Gobierno dirija su voz al Congreso en el acto de la apertura de sus sesiones; yo, en cumplimiento de este deber tan conforme á mis deseos, voy á presentares un ligero bosquejo del estado de la República, á la vez que el plan de conducta que me propongo seguir en mi administración.

Reorganizada la República por las leyes constitucionales del año de 1836, su administración interior ha tenido, en casi todos sus ramos, variaciones tan importantes como difíciles de llevar al cabo con la prontitud que sería de desear, ya para proporcionar cuanto antes á los pueblos las ventajas del nuevo sistema, y ya para evitar motivos de crítica ó trastorno por una falta momentánea de acción en la máquina del Estado, inevitable, entretanto no adquiera con el uso de todos sus resortes necesarios, el impulso y movimiento que deben darle vida.

Las Juntas departamentales se encuentran ya instaladas: se han nombrado algunos gobernadores escogidos de las ternas que aquellas formaron, y el Gobierno se ocupa del nombramiento de los demás.

La administración de justicia ha sufrido demoras y atrasos en algunos departamentos por falta de una ley reglamentaria de este importante ramo: dada ésta y publicada inmediatamente, muy pronto se establecerán los juzgados y tribunales que designa, y los intereses sociales y particulares serán garantizados bajo la égida de la ley.

El decreto dictado últimamente para reglamentar esta administración, en los Tribunales de la República, apenas podrá bastar para que marchen de algún modo los ministros del Poder Judicial: en concepto del Gobierno, exige reformas muy substanciales; tiene muchos vacíos que llenar, y presenta un campo inmenso á las cavilaciones del foro; deja vigentes multitud de leyes españolas y mexicanas que deberían refundirse en una sola, á fin de cortar radicalmente toda complicación en los procedimientos judiciales, entretanto que se procede á la formación de nuestros códigos, á. cuyo importantísimo objeto el Gobierno dirigirá oportunamente las iniciativas correspondientes.

Por una de las bases constitucionales debe reglamentarse la jurisdicción contenciosa en el ramo de Hacienda Pública; pero habiéndose omitido este punto en la citada ley, es de toda necesidad llenarlo de una manera que corresponda á los grandiosos fines de su Instituto. Sin una organización tan sencilla como exacta de los Tribunales de Hacienda, el fraude será inevitable, siendo el Ejecutivo un triste espectador de los males consiguientes sin poder remediarlos.

La Administración de Justicia en los delitos de imprenta, pudo y debió expeditarse con la ley que los declaró delitos comunes; pero los mismos jueces opusieron embarazos que, aunque allanados unos, quedan sin vencer otros. El Gobierno hará cuanto esté en sus facultades para evitar estos inconvenientes, y en lo que exceda de sus atribuciones ocurrirá al Legislativo.

Sostendrá siempre ileso el derecho del ciudadano para manifestar libremente sus pensamientos por escrito, como esencial á todo sistema representativo; pero cuidará al mismo tiempo de que esa justa libertad no degenere en una licencia criminal, ni que jamás produzca una impunidad eversiva en todo orden social.

Aunque el orden y la paz se conservan en casi toda la República, tengo el sentimiento de presentar como una excepción á los departamentos de Texas y Californias y una pequeña parte de San Luis.

El Gobierno se ocupa incesantemente de dictar las medidas oportunas para asegurar el éxito de las armas nacionales, restituyendo á la República hasta el último límite de su Territorio en Texas: tiene las más fundadas esperanzas de que á la fecha, ó muy poco después, se haya restablecido completamente el orden en todo el departamento de San Luis, habiendo deplorado la pérdida de los mexicanos que murieron en las inmediaciones de Ciudad Fernández, seducidos por las detestables maquinaciones de los enemigos del orden público.

No tardará mucho en obtener iguales resultados en el de Californias, y se dictarán también las medidas oportunas para impedir las invasiones de las tribus bárbaras en algunos de los departamentos más distantes de la Capital.

Descuidada la policía en casi toda la República, se aumentan los desórdenes y los delitos que muy fácilmente se evitan bajo una vigilancia que sin llegar al extremo de suspicaz y molesta, tenga el carácter de celosa.

Toca al Legislativo dictar todas las medidas necesarias para sistemarla: el Ejecutivo formará reglamentos oportunos, y los Gobernadores, Juntas departamentales y nuevos ayuntamientos desplegarán toda su energía en un ramo que es el objeto de la más seria atención en todas la naciones cultas, como tan indispensable para mejorar la moral pública y para proteger las garantías de los ciudadanos.

Prevenidos los crímenes, los actos revolucionarios y los ataques que hasta aquí se han dado con tanta impunidad á las supremas autoridades del Estado, la civilización y el respeto á las leyes progresarán rápidamente, y la República será el asilo de la libertad bajo los auspicios de la paz.

El Gobierno protegerá con el mayor empeño la Instrucción pública, persuadido, como lo está, de que sin ella jamás podrá promoverse la felicidad de la Nación; aumentará y perfeccionará las escuelas primarias bajo un plan sistemado, los establecimientos científicos y literarios, y los de Beneficencia pública.

Nada podrá hacer, sin embargo, si el Congreso no se ocupa de los planes de enseñanza remitidos á su examen y aprobación.

Autorizado el Supremo Gobierno para reformar y arreglar las aduanas marítimas y de frontera, y para sistemar la Hacienda, entretanto se da la ley orgánica del ramo, trató de combinar las medidas que consideró más convenientes para lograr aquellos fines: estableció, al efecto, las plantas de aquellas oficinas, las dotó con el competente número de empleados, asignó á éstos sus respectivos sueldos, según las localidades, y últimamente reformó el Arancel de Aduanas marítimas con vista de los datos que ministraba la experiencia, así como la ley ó pauta de comisos, por los defectos que se habían advertido en la de 31 de Marzo de 1831.

Si esta obra no puede calificarse de perfecta, el Gobierno puso en ejercicio la mayor actividad, el celo más puro y los mejores deseos para arreglar una renta considerada como la primera de las que forman el Erario público, fijando toda su atención en un objeto tan importante y de tan íntima conexión con el interés bien entendido del comercio.

Al poner en práctica las disposiciones que estimó convenientes al mejor arreglo de la Hacienda nacional, no se ha descuidado de observar sus efectos, á fin de iniciar cualquiera reforma ó variación que la experiencia aconseje, ó para dejarlas subsistentes si correspondieren los resultados.

El Gobierno no puede menos de manifestar, que estando tan estrechamente unida ó enlazada la parte de Hacienda con el sistema ó forma de Gobierno, partió de este principio y fué conducido por guía tan segura al dictar sus providencias, para que éstas se amoldaran al nuevo orden político de la Nación. Si ha acertado en la elección de medios, si ha hecho buen uso de las autorizaciones que se le concedieron, el Congreso Nacional y la práctica de esas mismas medidas lo calificarán. Todas ellas fueron dictadas por la anterior administración.

Durante la mía, debo manifestar que me he ocupado incesantemente del arreglo de los contratos celebrados por el Supremo Gobierno con algunos particulares para proporcionarse recursos con que subvenir á los gastos de la Hacienda pública, y de los medios más eficaces que puedan adoptarse á fin de que el Erario tenga los productos de sus rentas sin sacrificios por su parte y sin mengua y descrédito de la nación.

Por desgracia de ésta, parece que el único arbitrio á que las circunstancias conducían al Gobierno para llenar sus obligaciones, era el de entrar en negociaciones en cuya final realización debían resultar empeñadas las rentas, empobrecida la Hacienda, disminuido su crédito y desatendidos aun los pagos de mayor preferencia.

El estado de este asunto al encargarme del supremo poder que en mí depositó la nación, era en extremo desagradable y hacía caer en desaliento al ánimo más fuerte: todo ello fué debido al conjunto de circunstancias azarosas que arrastraron en pos de sí los cálculos y combinaciones del Ministerio.

Arreglar, pues, este punto, conciliar los intereses particulares con los del Erario, respetar en los términos que exija la justicia las promesas del Gobierno, y, en suma, determinar lo más justo y conveniente para que la Hacienda cuente con los indispensables recursos, era obra difícil y del momento.

Con este fin ocurrí al Congreso por medio del Ministerio del ramo, pidiendo la autorización necesaria, y, en consecuencia, se sirvió facultar al Gobierno para prefijar y consignar la cuota que le pareciera, de las rentas hipotecadas para el pago de órdenes procedentes de los contratos celebrados que á su juicio deban subsistir, graduadas según sus circunstancias, y siendo previa la modificación ó rescisión de ellos hecha convencional ó judicialmente.

En virtud de esta autorización proseguí, con acuerdo de los tenedores de órdenes expedidas por contratos celebrados con la anterior administración, al arreglo de los respectivos pagos, dictando reglas y prevenciones que surtieran los efectos propuestos, sin perder de vista el principal; esto es: que la parte más considerable de los productos de las aduanas marítimas, quede libre y á disposición del Gobierno.

Todas las providencias que he dictado en los pocos días que llevo en la dirección de los asuntos públicos, conspiran substancialmente á la mejor ejecución de las leyes y decretos sobre que giran las operaciones del Ministerio de Hacienda, á la regularidad de la recaudación y distribución de los impuestos, al restablecimiento del crédito nacional, y á la extinción de la deuda que abruma al Erario.

Para lograr tan importante resultado, ha sido preciso abandonar la senda que hasta ahora se ha seguido, y salvar por otros medios el abismo en que se han hundido las administraciones anteriores, á causa de la necesidad de ocurrir á gastos crecidos que demandan las circunstancias, á la vez que en lo pronto no pueden dar las rentas los recursos necesarios.

El auxilio espontáneo y franco de corporaciones é individuos particulares bajo garantías que el Gobierno pueda cumplir religiosamente, es el único arbitrio que en la posición actual del Erario puede libertarlo de caer en las redes que se le tienden para que no prospere.

El Gobierno, por tanto, ha hecho las invitaciones que le han parecido más propias y conducentes, y espera un buen resultado, porque tratándose de la felicidad de la República, cuenta con la eficaz cooperación de todas las clases de la sociedad que se hallan animadas del patriotismo más puro.

Después de haber sufrido el Ejército el golpe mortal de su destrucción en el año de 1833, apenas se iba reorganizando, cuando se presentó la campaña de Texas que interrumpió la mayor parte de las medidas dictadas para su mejor arreglo.

El Gobierno, sin embargo, cuenta hoy con una fuerza que, con el aumento que ha meditado, será suficiente para sostener el honor de las armas nacionales, y tiene ya acordados los medios para organizarla convenientemente y para darle los refuerzos que necesita.

Por el decreto de 20 del mes pasado se halla autorizado para allanar las dificultades que pudieran presentársele, y el Ejército bien pronto se hallará en estado de ser un firme apoyo de las instituciones, de la paz interior y de los derechos de la nación.

La creación y aumento de una marina nacional de guerra, depende de progresos que no es posible obtener sino con el tiempo: nuestra pequeña fuerza naval necesita do un arreglo radical que proporcione el desarrollo de los elementos con que ya se cuenta con el menor gasto posible.

El Gobierno, autorizado para hacer este arreglo, lo verificará cuanto antes, y espera conseguirlo sin aumentar los gastos que ahora eroga el Erario.

El Gobierno se ocupará también de la formación (le establecimientos facultativos que proporcionen la instrucción y conocimientos necesarios á los que se dediquen á la noble carrera de las armas; restablecerá la disciplina militar para evitar en el Ejército los abusos que la nación, el Gobierno y los mismos jefes y oficiales subordinados han deplorado tanto; premiará el mérito y los sufrimientos de las valientes tropas que defienden el orden y el honor nacional, y no perdonará medios para evitar las escaseces que han padecido por las circunstancias angustiadas de la Hacienda pública.

Nuestras relaciones exteriores siguen en buen estado y estrechándose los vínculos que unen á la República con las naciones con quienes ha celebrado tratados de amistad y comercio.

Persuadida la España de la justicia de nuestros derechos y de las mutuas ventajas que deben producir á ambas naciones las relaciones políticas y mercantiles, ha reconocido de un modo pleno y absoluto nuestra independencia por un tratado de paz y amistad que, aprobado por el Congreso general y ratificado por el Gobierno, sólo está pendiente del canje de las respectivas ratificaciones, para que pueda observarse como una ley de la República.

Dentro de poco recibirá el Gobierno los de comercio, y los pasará al Congreso para su examen y aprobación.

La República marcará siempre como uno de los sucesos más brillantes de su historia, el pacto de la antigua Metrópoli, y apreciará debidamente la circunspección con que se ha celebrado, sin perder de vista ni sus intereses ni su dignidad. Su Santidad el Sumo Pontífice ha reconocido también la independencia de la nación, de la manera más satisfactoria, y en consecuencia, no se presenta ya embarazo para cultivar las relaciones convenientes con la Silla Apostólica.

Como propio de este ramo, aunque enlazado con el de Hacienda, debo manifestar al Congreso que el Gobierno espera los resultados más satisfactorios de la ley, y medidas que la reglamentaron, sobre conversión y amortización de la deuda extranjera. El crédito de la República va á renacer y á aumentar considerablemente su relaciones políticas y mercantiles.

A reserva de los beneficios de esta sabia medida, no omitiré medios de cuantos quepan en mis facultades constitucionales para hacer efectivo el pago de los dividendos que tanto reclama la justicia y el buen nombre de la nación.

De esta perspectiva halagiieña que he trazado en nuestras relaciones exteriores, tengo el sentimiento de exceptuar la conducta observada por el gobierno.de los Estados Unidos.

Sin embargo, la ley que autoriza al de la República para transigir en los reclamos que hiciere aquel Gabinete, y para tomar las medidas convenientes para la seguridad de la nación si no se presta á la satisfacción que debe exigírsele de nuestra parte, me hacen esperar con fundamento que se restablecerán nuestras relaciones con la República vecina. En el caso contrario, la nación se pondrá en la actitud que reclaman su dignidad y su honor.

Terminaré la parte relativa á Relaciones exteriores, indicando brevemente que para el mejor servicio de las legaciones y consulados de la República, dotaciones de sus empleados, pensiones que deben disfrutar y reglamentos á que deben sujetarse, estima el gobierno indispensable que se reformen las leyes vigentes y se fijen bases uniformes para el conveniente arreglo del Cuerpo diplomático y consular.

El Ministerio respectivo hará sobre tan importante objeto las iniciativas oportunas.

Tal es, señores, el estado de la República, y tal la marcha que la administración actual se propone seguir: quiera la Providencia divina, que tan visiblemente ha protegido al pueblo mexicano, aun en medio de sus desgracias, inspiraron las leyes más adecuadas, y al Ejecutivo la energía y acierto convenientes, para elevarlo al rango y prosperidad que en sus altos decretos le tiene destinada.

El General Bustamante, al cerrar las sesiones del segundo período, a 31 de Diciembre de 1837.

Termina hoy, señores, el período de vuestras sesiones, que conforme al precepto constitucional habéis destinado para el examen y aprobación del presupuesto general de Hacienda. El Congreso Constituyente previó con acierto, que establecer las bases del equilibrio entre los ingresos y egresos de los caudales públicos, sería uno de los trabajos más difíciles y complicados del Cuerpo Legislativo.

Nada era más natural ni más conforme al interés nacional, que fijarle el período que debía consagrar á este ramo importante. El Gobierno considera como una de las disposiciones más benéficas de la Constitución, la que os ha obligado á ocuparos incesantemente del arreglo de nuestro Erario.

Si no lo habéis concluido, la Nación y el Gobierno saben muy bien las grandes dificultades que se han presentado á vuestro celo y á vuestros deseos.

El caos en que se ha encontrado la Hacienda, la falta de noticias y datos indispensables, la complicación de las leyes y disposiciones sobre muchas de las partidas de los respectivos Ministerios, y los graves obstáculos para formar prontamente un plan que satisfaga al voto nacional, han debido retardar el término de vuestros trabajos.

Mucho, sin embargo, babéis adelantado, y el Gobierno no duda que, arreglado una vez el presupuesto general, podrán las Cámaras en los años venideros desempeñar con el mayor éxito la más importante atribución de las asambleas representativas.

El Gobierno, entretanto, nada omitirá, como lo ha practicado ya, para establecer la más severa economía en todos los ramos de la administración; y yo debo aseguraron que el retardo del presupuesto del presente año económico no dará lugar á gastos que no sean absolutamente necesarios.

El Gobierno conoce á fondo las obligaciones que le imponen la suerte y el bienestar de los pueblos, y os tributa las más sinceras gracias por vuestras tareas legislativas: preparaos, señores, á continuarlas animados de los mismos sentimientos por la felicidad común. —Dije.

Contestación del Presidente del Congreso, Lic. D. José María Jiménez.

Una de las facultades principales y más inherentes al Cuerpo Legislativo de una nación libre, es, sin duda, aquella en virtud de la cual se prefijan los gastos de la administración en todos sus ramos, se decretan las contribuciones con que han de cubrirse, y se examinan las cuentas generales de inversión de los caudales públicos.

De esta facultad depende dar vida y movimiento á la máquina del Estado, y el ejercicio de ella, es, por decirlo así, el regulador de la potestad ejecutiva contra cuyo abuso, abstrayéndonos de personas, no puede oponerse remedio más pronto y eficaz.

El servicio de la Nación, su dignidad y esplendor, exigen dispendios considerables, que ella misma está obligada á pagar. Mas para que tal obligación se cumpla por su parte, de modo que pueda combinarse el desempeño con los progresos de su prosperidad, para que tenga siempre en su mano el medio de evitar que se convierta en daño suyo lo que sólo debe emplearse en el sostenimiento de su independencia, de su quietud y adelantos, es preciso que reserve á sus representantes el uso exclusivo de aquella prerrogativa, so pena de dejar de ser libre por el mismo hecho.

El usurpador más audaz sucumbirá con sus legiones si no arranca de los pueblos que oprime el consentimiento forzado de imponer contribuciones á su arbitrio.

Así discurrían los legisladores de Cádiz el año de 1812, al sancionar desde la duodécima hasta la décimasexta de las atribuciones de las Cortes: así se ha discurrido en otros países libres, cuyas actas y estatutos presentan disposiciones análogas; y guiado de esos mismos principios nuestro Congreso Constituyente de 1824 numeró la expresada facultad entre las prefijadas á las Cámaras generales.

Mas como ésta casi nunca se puso en ejercicio en tiempo del régimen federativo, las leyes constitucionales del año de 1836, dando á esta materia toda la importancia que merece, no sólo reprodujeron la disposición anterior, sino que la sistemaron hasta cierto punto, estableciendo entre otras cosas este período anual de sesiones, destinado exclusivamente al examen del presupuesto, de la cuenta general de gastos y de los medios de cubrirlos.

El pensamiento no pudo ser más feliz, y no tardará mucho en producir ventajas considerables á los departamentos de la República. Mas como todo sistema nuevo ofrece embarazos en su primera ejecución; como la ley fundamental supone reunidos de antemano los datos que deben servir en dicho período á las Cámaras y al Gobierno, no era dable que en el primer año llenaran ambos poderes sus respectivas obligaciones.

El Ejecutivo no ha contado, al efecto, ni con la mitad del tiempo que la ley juzgó indispensable, y tropezando á cada paso con la obscuridad del caos en que han sumergido á la Nación las revoluciones de muchos años, era imposible que formara con puntualidad y exactitud presupuestos y cuentas sobre constancias fijas y bien purificadas.

El Congreso, por su parte, careciendo de noticias importantes, que sólo podía esperar del Ministerio, halló cerrado el camino por donde debía marchar al término de sus deseos.

El conflicto era grave, y colocados los representantes del pueblo en la alternativa de reservar sus trabajos para el año entrante ú obsequiar en lo posible la ley fundamental, no dudaron decidirse por este segundo extremo y empeñarse en vencer dificultades cuanto estuviera en su arbitrio.

Desde luego la Comisión inspectora y la Contaduría Mayor aplicaron todo su dan, asiduidad y desvelo al desempeño de sus respectivas labores, verificándolo de una manera que siempre honrará su probidad y civismo; y las Cámaras, llenas de pundonor y animadas de los sentimientos más puros, por corresponder á los votos de sus comitentes, no sólo se ocuparon de discutir con prolijidad los presupuestos del exterior, del interior y de Hacienda, sino que, en el tiempo en que vacaban por necesidad á este trabajo, atendieron al despacho (le otros negocios, cuyo examen reclamaba con urgencia el interés común.

Tales fueron, entre otros muchos, la revisión del acuerdo sobre el establecimiento de un Tribunal de cuentas; la reforma de la pauta de comisos; la aclaración de la ley de 23 de Mayo último sobre tejidos ordinarios de algodón; la reparación del muelle de Veracruz; la provisión de plazas vacantes de la Suprema Corte de Justicia, de la Marcial y de la Contaduría Mayor; el tratado pendiente con el gabinete inglés sobre abolición del tráfico de esclavos; y, por último, el decreto de 7 del presente, en que á un mismo tiempo se arregló la facultad constitucional de los gobernadores para que vigilen sobre las oficinas de Hacienda, y se satisfizo en lo posible al justo clamor de los empleados públicos, quienes por falta de sueldos, ó desertaban del servicio ó se resignaban á sufrir con sus familias privaciones verdaderamente heroicas.

Entretanto el período constitucional se acercó á su vencimiento, y sucediéndose nuevas dificultades á otras que se desvanecían, á la vez que era inminente el riesgo de que en el próximo Enero cesaran los ingresos del Erario, se adoptaron medidas salvadoras, capaces de evitar un peligro de trascendencia funesta.

De aquí tomó su origen el decreto de 25 de este mes sobre prórroga de contribuciones para el año entrante, en el que, al par que se conciliaron las disposiciones constitucionales con la conservación de la República, se cumplieron religiosamente las promesas del Congreso anterior, suspendiéndose la exacción de los derechos de patente y de dos ó tres al millar, creados por las leyes de 30 de Junio, 5 y 7 de Julio de 1836.

Y para cubrir el déficit, que debe resultar en las arcas, aun después de acordados algunos ahorros, se dispuso separadamente que la Comisión respectiva de Hacienda, con presencia de varios datos y de lo que expongan las Juntas Departamentales, abra dictamen sobre las contribuciones indirectas menos gravosas que puedan revivirse ó establecerse de nuevo.

El Congreso se lisonjea de haber obrado en este segundo período de sesiones cuanto cupo en la posibilidad de sus esfuerzos; y si bien reconoce la imperfección de su primer ensayo en el examen de presupuestos y cuentas, entiende que se ha ganado mucho con haber empezado á poner en práctica los artículos importantes de la Constitución relativos á este grave asunto.

Ya se abrió el campo á la discusión sobre materias financieras, aplicándolas á las necesidades y circunstancias de nuestro país: ya se comenzó á descorrer el velo que no dejaba percibir con claridad los desórdenes causados en las rentas por la codicia y la ineptitud, la negligencia y el despilfarro; y obligadas las Cámaras y el Gobierno á ocuparse anualmente de esta materia en determinado período, de un año para otro se adelantará en conocimientos, se descubrirán mejor los males, se acertará en los remedios: acaso al Gobierno presente se reserva la gloria de aproximar el día en que no se pondere la bondad de su administración, por la habilidad que manifieste en buscar los que se llaman arbitrios, sino por su pericia y tino en la creación de un sistema sencillo, claro y practicable, mediante el cual se satisfagan las cargas públicas con el menor gravamen de los pueblos.

El cielo quiera conceder á la Nación la paz que necesita, para llegar cuanto antes á ese término dichoso.

Fuente:

Los presidentes de México ante la Nación : informes, manifiestos y documentos de 1821 a 1966. Editado por la XLVI Legislatura de la Cámara de Diputados. 5 tomos. México, Cámara de Diputados, 1966. Tomo 1. Informes y respuestas desde el 28 de septiembre de 1821 hasta el 16 de septiembre 1875.

Los cinco tomos fueron digitalizados por la Universidad de Texas:
http://lanic.utexas.edu/larrp/pm/sample2/mexican/history/index.html



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