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Siglo XIX > 1830-1839 > 1835

Discurso de Antonio López de Santa-Anna al abrir las sesiones ordinarias. Enero 4, 1835. Discurso de Miguel Barragán al cerrar las sesiones ordinarias. Mayo 23, 1835. Al abrir las sesiones extraordinarias. Julio 19, 1835.
Enero 4, 1835. Mayo 23, 1835. Julio 19, 1835.

El General Santa-Anna, al abrir las sesiones ordinarias, el 4 de Enero de 1835.

Ciudadanos diputados y senadores del Congreso de la Unión:

La Providencia nos concede, por un favor señalado, que comencéis á desempeñar vuestras augustas funciones, cuando la paz extiende sus beneficios por toda la República, cuando los partidos y las facciones que la mantuvieron en prolongada agonía, han perdido el funesto poder de convertir en principios los extravíos de la razón en acciones heroicas los crímenes más espantosos.

Encadenado ya el monstruo de la anarquía, los talentos y las virtudes republicanas cesaron de ser títulos de proscripción; y aquel estado de inestabilidad que no presentaba garantías sólidas de ninguna especie, ni á la sociedad, ni á sus individuos, se disipa finalmente, dejando en todos los corazones sensibles á los impulsos del amor á la Patria, una aversión profunda á las exageraciones, á las extravagancias de una época de desorden y escarmiento.

Los directores de los negocios se entregaron imprudentemente á ilusiones de perfectibilidad, y desconociendo el prestigio de hábitos antiguos, la prevención de los espíritus, la debilidad y complicación de nuestra máquina social, le imprimieron un movimiento irregular que debió conducirla á su última ruina.

La política, esa ciencia sublime, cuyo objeto es dirigir los intereses particulares al bien general, sirvió solamente para contrariar las intereses de todos, para erigir á la opresión en sistema de gobierno.

Se olvidó que las verdades políticas y morales pasan lentamente por medio de los errores, que se desenvuelven poco á poco, y que su fruto sazona por la tarda operación del tiempo.

Suponiéndose que la ilustración había penetrado hasta en las masas del pueblo, se intentaron reformas que no habían sido discutidas ni analizadas de antemano, se plantearon con una violencia escandalosa, se apoyaron en la fuerza física, recurso único y efímero de las medidas que se separan de la opinión ó que la combaten.

El Gobierno se puso en guerra con sus propios súbditos, y éstos sufrieron todas las vejaciones de una tiranía desconcertada, á la vez que se invocaban los derechos santos de la justicia, los goces de una libertad racional y todos los bienes que mejoran y consolidan una sociedad civilizada.

Sorprendido el pueblo, arrastrado hacia una senda que veía lo llevaba al abismo, reflexionó sobre su suerte, palpó toda la extensión de sus peligros, apeló al enérgica recurso de su voluntad y de su poder.

Se espera en vano sumisión y obediencia de los pueblos, cuando se les considera como viles esclavos, cuando el capricho de unos cuantos hombres, célebres únicamente por su audacia, es la regla de las operaciones administrativas.

No es extraño, señores, que la indiferencia ó pasibilidad con que se da en cara á nuestro pueblo, hubiera cambiádose de repente en actitud hostil, y que una revolución provocada de tantas maneras, estuviera á punto de inundar en sangre á nuestra infeliz Patria.

Los tormentos de la sociedad se habían multiplicado: las persecuciones se sucedían unas á otras: la propiedad era un motivo de execración: los talentos causa de ruina; y aun los grandes servicios á la Nación, título de oprobio y escalón quizá para un suplicio injusto, preparado secretamente por la más negra ingratitud.

El rumor de la tempestad llegó al retiro que había escogido para alejarme de la intervención fastidiosa de los negocios públicos, para dar lecciones prácticas á los que tanta injusticia hicieron á mis sentimientos, de que el ejercicio del poder no es objeto digno de una alma verdaderamente republicana.

En medio del universal conflicto se me señalaba como á única esperanza de salud; los que observaron el desenfreno de los odios y resentimientos, los que veían encendida la antorcha de la doble guerra civil y religiosa, me conjuraron con la instancia del grave peligro que amenazaba á la República, á que volase á su ayuda y á su socorro.

No pude, no debí ser indiferente á la presencia de tantos males. Volví á empuñar las riendas del gobierno en el momento crítico y preciso, en que la sociedad se aproximaba á su disolución.

En este tiempo se manifestó en la ciudad de Orizaba una chispa eléctrica, que debía naturalmente generalizar el incendio para que la imprudencia y la maldad habían acumulado tantos combustibles. Por una fatalidad, siempre lamentable, el Congreso de la Unión se rehusó á participar del convencimiento del Gobierno, de que era urgente indispensable retroceder en un camino en que se avanzó demasiado.

La suspensión ó derogación de las leyes que obligaban á los Obispos, bajo de terribles penas, á dar pastores á sus iglesias, y las llamadas de ostracismo, hubieran bastado para restablecer la tranquilidad á los espíritus, y á la sociedad su perdido equilibrio.

El amor propio se creyó ofendido, y con algunas honorables excepciones, se prefirió por las Cámaras correr los riesgos y azares de una revolución, á la sumisión que tiene el pueblo derecho de exigir á sus mandatarios, de no obrar contra su expresa y terminante voluntad.

Cuando la Administración se lisonjeaba de que los miembros del Poder Legislativo, dóciles al influjo de las circunstancias se hubieran prestado á tomar en consideración el estado de la causa pública, y á acordar las medidas salvadoras que ellas mismas indicaban, fué enteramente abandonada, por haberse suspendido las sesiones, á pesar de que el Gobierno manifestó enérgicamente la inoportunidad de esta conducta y sus funestas consecuencias.

Las representaciones del Ejecutivo, urgentes como lo eran las necesidades, se atribuían á miras, á proyectos innobles; llegó á suponérsele connivencia en una revolución, que era la de las masas fuertemente sacudidas y violentadas, en una revolución que anunció de antemano, porque conocía las opiniones, los intereses y las simpatías del pueblo que gobernaba. Un error vino en seguimiento de otro error.

Los mismos individuos que afectando un temor y sobresalto que no tenían, precipitaron al Congreso á dar punto á sus sesiones en tiempo hábil, lo obligaron á reunirse después de fenecido el en que podían prorrogarse las sesiones con arreglo al art. 71 de nuestra Constitución.

El Gobierno, haciendo abstracción de los motivos que notoriamente se tuvieron para violentar esa reunión tan resistida por las Cámaras cuando debía verificarse, declaró que desconocía los actos que emanaban del Congreso fuera del tiempo legal de sus sesiones, porque revestido del poder salvador de hacer guardar la Constitución de los Estados Unidos Mexicanos, no podía desatenderse de.la infracción cometida, por altos que fuesen los respetos debidos á la autoridad que prorrogaba su ejercicio más allá de lo que le permitía la ley fundamental.

La nación ha pronunciado ya su respetable juicio acerca de esta providencia, y el Gobierno cree que al dictarla, no solamente cumplió con un riguroso deber, sino que á ella es deudora la sociedad, de no haberse visto envuelta en los desastres consiguientes al abuso del poder.

No habiéndose cerrado las sesiones del Congreso, con las formalidades prescritas por la ley, no pudo instalarse el Consejo de Gobierno, que tiene lugar solamente en su receso legal; y el Ejecutivo, sin apoyo ni auxilio alguno en las circunstancias más difíciles en que se ha hallado la nación desde que se constituyó, afrontó los peligros, y se dedicó con el empeño y tesón de que el mismo pueblo es testigo, á dirigir la revolución preexistente á un fin racional y justo, evitando por este medio que degenerase en los excesos y horrores de que es susceptible un movimiento popular.

Después del levantamiento de la nación para conquistar su independencia, no ha ocurrido otro más enérgico, regular y simultáneo que el hecho en masa para sacudir el yugo de la esclavitud doméstica, para defender las garantías vilmente holladas en los cinco primeros meses del año que acabó.

La resistencia á la opresión es del carácter del pueblo mexicano: ilustrado y justo, obedece ciegamente á las leyes; pero es incapaz de sufrir á sus tiranos. El pueblo se contempló atacado en su creencia por hombres desmoralizados, que fincaron su gloria en promover la angustia de los espíritus.

Nada se había concedido á las preocupaciones, que respeta el legislador, mientras no ceden al poder de la luz y el tiempo. Materias abstractas, de difícil inteligencia, se remitieron á la discusión del pueblo, á tiempo que se expedían leyes en contrariedad con ideas profundamente radicadas por más de tres siglos.

Estas leyes se escudaban con el terror, como si los pensamientos de mejora no pudieran sostenerse si no es por medio de vejaciones y destierros.

Tal era la cólera y la indignación del pueblo, que si el Gobierno no hubiera hecho pronta justicia á su voluntad, durarían hoy y durarían por muchos años las venganzas provocadas.

El Gobierno, considerando sus facultades para hacer cesar tantos males, suspendió los efectos de aquellas leyes, más abiertamente condenadas por la opinión pública.

El pueblo correspondió generosamente á este obsequio, debido á sus deseos. El Gobierno ha recibido las bendiciones desinteresadas de cuantos alcanzaron á penetrar la gravedad de la crisis que amenazaba con una larga y peligrosa confusión.

Los hombres imprudentes ó perversos, que habían arrancado á la sociedad de sus bases, sin detenerse en la elección de los medios, con tal de que condujesen al fin de conservar el imperio de la anarquía, comprometieron á las autoridades de los Estados de México, San Luis Potosí, Michoacán, Jalisco, Puebla, Oaxaca, Yucatán, y las Chiapas, á que desconociesen las autoridades del Ejecutivo de la Unión, preparando inútiles resistencias á sus mandatos. Sostenido el Gobierno por los sufragios del pueblo, triunfó sobre el último recurso de los agitadores.

La acción, sin embargo, del Poder, se limitó á restablecer el de las leyes; nada de venganzas, nada de castigos; los hechos correspondieron á la fe política del Gobierno, á su acreditada moderación, á las solemnes promesas de obrar exclusivamente por los grandes intereses de la sociedad.

En Querétaro, en Morelia, en Guadalajara y en algún otro punto aislado aparecieron nuevos síntomas (le desorganización. Cayóse en el error, de que para romper el yugo de una pasión tiránica era inevitable cambiar de sistema de gobierno.

El desorden de los acontecimientos, la funesta alternativa de los partidos en el poder y en el mando, han impedido la realización completa de los beneficios que es capaz de producir y ha producido en parte la organización política que adoptamos en 1824.

Debe hacérsele justicia: sus bases son excelentes: contienen lo bastante para preservar á la sociedad de su disolución. Aunque nuestra ley fundamental encierra algunas partes débiles y otras mal coordinadas con el todo, y presta á las facciones demasiado poder para combatirla, no debe confundirse lo reglamentario con lo esencial, que no participa de sus vicios.

Por estas consideraciones, el Gobierno cuidó de rectificar la opinión, y halló la docilidad necesaria en los que no habían meditado acerca de los riesgos que envolvía un proyecto tau atrevido.

La orden circular de 9 de Julio satisfizo á todos los deseos y á todos los intereses. Para establecer una libertad conveniente, es necesario identificarla con el orden. Defectos muy conocidos de nuestro régimen político han contribuido á esa peligrosa agitación que tantas angustias ha causado á la sociedad.

Sin separarse de los principios generales, puede darse al edificio mayor regularidad y solidez. Todos los hombres ilustrados y de buena fe, confiesan que el orden actual de cosas no es subsistente.

¿Qué debe hacerse? Mejorar sin destruir. Este ha sido el designio del Gobierno; esto lo que ha recomendado á los pueblos. Amplíense los poderes de los representantes, sálvanse los trámites puramente reglamentarios para establecer las reformas, y ellas se harán sin estrépito, sin peligro, sin consecuencias desagradables.

Desgraciadamente se dio por algunas juntas electorales arbitraria latitud á los poderes de los representantes del pueblo, sin reflexionar, que separándose de las bases primordiales de la Constitución, rompían los títulos de su existencia, y colocaban á los nuevos mandatarios en una posición verdaderamente falsa, ilegal y perniciosa.

El Congreso, para el cual se hacían las elecciones, era un Congreso constitucional y ordinario; y no podía suponérsele funcionando legítimamente cuando destruía la ley fundamental que lo autorizaba.

A fin de prevenir las consecuencias de un extravío, el Gobierno se apresuró, por circular de 15 de Octubre, á declarar que la ampliación de facultades no se podía extender á tocar las bases que la Constitución estableció como invariables.

Cierto es que el edificio construido sobre ella es defectuoso; la experiencia lo ha demostrado. Elevémonos á los principios fundamentales, no veamos á la Constitución mas que en ellos; considerémonos obligados á mantenerlos, y á nada más.

De este modo, no se faltará á lo esencial de nuestros juramentos; se atenderá á los males donde realmente existen, y no nos expondremos á ciar pábulo á las disensiones que tan fácilmente renacerían.

Así es como el Ejecutivo, sin apartar la vista de la ley fundamental, ha podido contener en los límites de la razón y del deber tantas y tantas pretensiones que se atropellaban para aumentar la importancia de las desgracias públicas.

¡Cuán satisfactorio es al Gobierno haber resistido con noble firmeza al torrente de pasiones enérgicas, sin embargo de ser encontradas, que conspiraron á arrebatarle el timón de los negocios, á extraviar el rumbo, á perder la nave vacilante del Estado!

El odio público se había explicado contra los ciudadanos que compusieron el Congreso anterior; y la revolución que miraba á las cosas, se afectó igualmente de siniestras prevenciones hacia las personas que influyeron en los desacarríos tan lamentables de la época.

Así es que, desconocido el Congreso, no pudo evitar el Ejecutivo la renovación total de la augusta Cámara de Senadores, confiándose por segunda vez á las legislaturas de los Estados la facultad de distinguir con sus sufragios á ciudadanos amados y favoritos del pueblo. Ignora el poder de las revoluciones populares, el que las confunde con el estado sereno y tranquilo de los tiempos comunes.

Escoger de los males el menor, es una regla de prudencia; obedecer al pueblo cuando habla, es un reconocimiento de su soberanía.

Ese mismo pueblo, dotado de feliz instinto para descubrir el origen de los males que fatigan su paciencia, y los remedios que puedan dar término á su ansiedad, demandó con tesón é imperio el restablecimiento de la Corte Suprema de Justicia, porque veía desorganizado á uno de los poderes supremos de la Federación.

La suspensión de la mayoría de sus ministros mereció el concepto de ser un acto calculado y arbitrario de proscripción.

El motivo era pequeño é insignificante; no así el designio: éste era, no hay que dudarlo, el de trastornar á la sociedad, para elevarse en medio de la confusión y sobre ruinas y escombros.

Para sostener estos hechos escandalosos; se introdujo una novedad anticonstitucional de gran tamaño: una corte de suplentes estables y duraderos por muchos años, suplentes que no admite la Constitución ni puede dar una ley ordinaria de un Congreso Constitucional.

La ley de 18 de Marzo, desfigurando nuestro Código, lo despedazara, si el Ejecutivo no hubiera hecho cumplir la justicia restituyendo al templo de Astrea á los ciudadanos que fueron colocados en él por el voto de los pueblos, y arrancados por el furor y ceguedad de las pasiones.

La imprudente ley de curatos produjo el erecto que se encerraba en los cálculos más comunes de la previsión.

Las iglesias carecieron de sus pastores; resistieron éstos con unánime decisión y energía el cumplimiento de una ley que condenaba sus conciencias: fieles estos ciudadanos á sus deberes religiosos, se sometieron á la autoridad que les imponía una pena, y la sufrieron con laudable resignación.

El pueblo reclamó esta violencia. ¡Cuán vivas son las simpatías que inspira la desgracia injusta en la multitud!

El Gobierno que suspendió la ley, suspendió también sus efectos. Los prelados volvieron á su silla; el culto del Ser Supremo tornó á su esplendor. El art. 3 de la ley fundamental había prescripto al Ejecutivo sus deberes; se gloría de haberlos satisfecho.

El Gobierno, sin embargo, no ha consentido más que lo preciso á las necesidades urgentes de la Iglesia mexicana. Los respetos debidos á la autoridad del Congreso se han salvado. La circunspección ha marcado todos los pasos de la conducta del Ejecutivo.

Haciendo restablecer las autoridades supremas del Estado de Durango, el Gobierno ha manifestado su acatamiento á la ley fundamental. Aquellas autoridades no desconocieron la autoridad del Ejecutivo nacional, no se alarmaron, no obraron hostilmente. ¿Podía tolerarse un extravío de los fines que justificaba la revolución?

El Gobierno, imparcial, justo, circunspecto, no debió obrar de otra manera. Los gobiernos que tienen moralidad, no se dejan arrastrar de pasiones políticas ó de intereses de partido.

Nunca ha sido más ardiente ni encarnizada la lucha de nuestros bandos políticos que en el tiempo presente. No consultando el Gobierno á otro bien que el procomunal, ha marchado por una senda sembrada de obstáculos y de peligros. Todas las fuerzas conspiraban á arrastrarlo: todas las facciones á combatirlo y á perderlo.

El Ejecutivo ha conservado su superioridad en medio de tantas contradicciones. Satisfecho de la gratitud y grandiosidad de las miras que había conseguido, se contentó con presentar los resultados, hechos evidentes que no podían desfigurar ni la malicia ni el error.

El ha condenado á las facciones y perdonado á los partidarios. El ha salvado de persecuciones á las clases y á los hombres, sin conceder otro favor que el de la ley á los que se llaman privilegiados.

El ha dejado abiertas las puertas á los progresos de la razón, y las ha cerrado á la imprudencia del fanatismo político que no distingue tiempos, ignora lo que son los hombres y el influjo de las circunstancias. El Gobierno ha conservado intacto el depósito que se le confió, y espera con sumisión y confianza el fallo del Congreso Nacional.

Los nobles esfuerzos del Gobierno han obtenido su mejor y más halagüeña recompensa; la restauración de la confianza, la de la fuerza moral, cuya ausencia vuelve nulos á los gobiernos. El de la República es obedecido en toda ella, y no es ya su poder aquel fantasma que retrocedía á la presencia de las dificultades y de las contradicciones.

Mis Secretarios del Despacho os instruirán de los pormenores. Puedo, señores, anticiparos que la bancarrota del Erario público ha cesado: que auxiliado el Ejecutivo por el heroico sufrimiento de los empleados de la federación, ha podido amortizar grandes sumas de la deuda interior, y se han cubierto las cargas principales y más urgentes.

Recomiendo á vuestra atención este negocio como el más digno de ser preferido, porque sin recursos la máquina social no puede moverse, y se toca por desgracia el extremo de la carencia de ellos.

Se conservaba un grupo miserable de los antiguos veteranos de la Independencia, para sufrir la ignorancia de la disolución del Ejército.

Objeto de acriminaciones audaces, lo había sido también de leyes que propendían á dejar al orden público sin apoyo, á la libertad sin brazos robustos que pudieran defenderla, sin recompensa á los que se gloriaban de poseer el privilegio del peligro, el de ofrecer sus pechos á las heridas y á la muerte, antes que el resto de sus conciudadanos.

En mí habían fijado sus ojos mis antiguos compañeros de armas; hice lo que debía á su gloria y á la de la nación; reorganicé el Ejército. Hoy se halla 'en un pie regular de fuerza: grandes mejoras se han practicado en su instrucción y disciplina.

El Congreso perfeccionará esta institución; mi interés es el de la patria; mis motivos los de gratitud hacia los creadores de la independencia, los sostenedores de la libertad y de los derechos que libremente gozamos.

La nación conserva sin la alteración más pequeña sus relaciones con las que solicitaron su amistad, é hicieron justicia á su generosa resolución de colocarse en el solio de los pueblos soberanos é independientes.

Lisonjero es el porvenir que se nos espera, si por la experiencia y las lecciones de lo pasado nos colocamos en el medio que aconseja la prudencia, tan distantes de favorecer la retrogradación de los espíritus, como de precipitarlos en una carrera violenta hacia el país de las ilusiones y de las teorías.

Ocupáos, señores, de poner en armonía las instituciones con los hábitos y costumbres; procurad que éstas adelanten, generalizando las luces, socorriendo y aliviando las necesidades del pueblo, ansioso de beneficios reales, más que de promesas falaces y seductoras.

No puede decirse que hasta ahora haya existido una verdadera República, porque no lo es aquella en que el grito de la opinión y el interés público son hollados por las facciones dominadoras.

Cesen las intrigas de agitar al pueblo en todos los sentidos, cesen de convertir la fuerza contra él mismo, cesen de alarmarlo con el amago de restituir á las facciones su horrendo poderío.

Vuestra misión, ciudadanos Representantes, es la de procurar la felicidad del pueblo que os ha favorecido con una confianza sin límites. Vosotros conocéis la índole de nuestros conciudadanos, las circunstancias locales, el estado de los espíritus.

Vuestras intenciones son puras, rectas y justificadas: poder os sobra; empleadlo útilmente, para que la memoria del Sexto Congreso Constitucional de los Estados Unidos Mexicanos sea de honor y bendición.

¡Ciudadanos Representantes! Un grande acto de justicia, de política y de clemencia os pido. Otorgad un universal olvido á los delitos políticos cometidos hasta el momento de vuestra feliz instalación.

Fíjese por ella una época de reconciliación y de consuelo; restitúyase á las leyes su vigor; que lo pasado carezca de recuerdos aflictivos; que para lo futuro no existan otras esperanzas que las del deber, otras recompensas que las merecidas por el talento y por la virtud.

¡Representantes de la Nación! Cordialmente os felicito en este día de gozo nacional. Sabéis que soy amigo sincero de mi generosa patria! Llegue su prosperidad al término á que aspiran mis deseos.—Dije.

El General D. Miguel Barragán, al cerrar las sesiones ordinarias, e1 23 de Mayo de 1835.

Ciudadanos representantes de la nación:

Al comenzar el año vinisteis á, este mismo augusto santuario á realizar las esperanzas que la Nación había justamente concebido de que vuestras luces, vuestra prudencia é interés por la República, la salvarían de las tormentas que pudieran amenazar á la paz, cuya benigna influencia disfrutaban los pueblos.

Vuestra resolución era noble y generosa: deseabais multiplicar los beneficios que se gozan solamente cuando el orden no se altera, y cuando la sociedad no se siente agitada por el furor de las pasiones políticas.

Estábais preparados á oponeros, con la energía digna de los representantes de un pueblo grande, á los avances de la anarquía, á los conatos de los que invocan la libertad para envilecerla, á los derechos más sagrados para hollarlos, y á la causa santa de la Nación para confundirla y arruinarla. Habéis correspondido á vuestros designios.

La Nación es deudora de bienes inestimables, al anhelo constante que habéis manifestado por su sólida felicidad, y las pretensiones de los que aspiraban á reconquistar el poder de vejar, de oprimir y de disolver todos los vínculos sociales, se han estrellado en la firmeza con que habéis sostenido los principios, las garantías que á todos sin distinción favorecen los goces y deberes de los ciudadanos.

Dando una rápida ojeada sobre los actos y política de la Administración anterior, anunciasteis solemnemente el fallo que la Nación había pronunciado sobre tantos crímenes y errores que fatigaron su paciencia.

Debida era la reparación: que os apresurasteis á declarar nulo é insubsistente cuanto se había practicado abusando de la facultad de legislar, barrenando las garantías, confundiendo los poderes, violentando las conciencias y disolviendo el pacto que no puede decirse existente cuando se conservan las obligaciones del súbdito, y éste no recibe otra recompensa que persecuciones, destierros é ignominia.

Por esto mereció vuestra aprobación la conducta del Presidente en el año último, como que ha sido digno, por ella, de ser saludado padre y libertador de la Patria.

La Nación, instruida por los más amargos desengaños, conocedora por un feliz instinto que jamás la ha abandonado en medio de tan repetidos desastres, de que su dicha y bienestar se fincan en la conservación de la paz y en la obediencia y sumisión á las leyes, ha resistido todas las tentativas de la seducción y de la perfidia. La primera chispa que apareció en el Sur del Estado de México, se sofocó sin demora alguna. La sedición de la fortaleza de Ulúa fué corregida y será castigada.

Las autoridades del Estado de Zacatecas han recibido una dura lección, sirviendo su desacato á las leyes, para afianzar más su indestructible prestigio, para sublimar las glorias del ilustre vencedor de Tampico, y del denodado Ejército que lo acompañó en la brillante jornada que tanto lustre ha dado á nuestros fastos militares.

Decisivas y muy sólidas son las ventajas de esta campaña. Nadie osará oponerse en adelante á la voluntad de la Nación: paz y orden son el objeto de su anhelo, y paz y orden disfrutará.

En vano vuelven sus miradas á un rincón del Sur del Estado de México los enemigos implacables del reposo de la Nación: el escarmiento obra allí sus necesarios efectos; y los que fueron seducidos por esperanzas quiméricas, reconocerán en breve sus errores. El Gobierno está dispuesto á usar, según convenga, de su poder ó de su clemencia.

Muy satisfactorio es al Ejecutivo haber desempeñado sus altos deberes sin haberse separado un ápice de los prescriptos por la Constitución. Cuando los Gobiernos cuentan con el invencible apoyo de la opinión, su poder es tan enérgico como la voluntad del pueblo.

Todo es debido al espíritu público; mucho se debe á las autoridades constituidas y á ese Ejército que conquistó la Independencia con su sangre y la Libertad con sus heroicos esfuerzos. El Ejecutivo no ha vacilado en el cumplimiento de sus obligaciones, y se goza en la perspectiva de una suerte más feliz y segura para la República.

Las naciones amigas han continuado los testimonios de su benevolencia. Esperemos atraernos el respeto del mundo civilizado luego que la paz se haya consolidado, y puedan desplegarse bajo de sus auspicios los elementos del poder, concedidos tan francamente á este suelo privilegiado.

¡Representantes de la Nación! Volved á vuestros hogares con la dulce confianza de haber obrado el bien, y dispuestos á continuar vuestras útiles y gloriosas tareas tan presto como las necesidades públicas lo exijan.

Contestación del Presidente de la Cántara de Diputados, Don Basilio Arrillaga.

El sexto Congreso Constitucional de la Unión va á cerrar hoy sus sesiones ordinarias después de haberlas prorrogado cuanto le permitía la ley, y los Diputados y Senadores que lo componen suspenden las grandes y continuas tareas que hasta aquí han impendido en obsequio del bien público.

Cuántas y cuán fructuosas han sido éstas, no me atrevería yo á descubrirlo si por una parte no fueran tan notorias, y por otra la ley, interpretada por la costumbre, no me impusiera el grato aunque difícil deber de hacer de ellas una ligera reseña.

Al verificarlo, no seguiré todos los ramos de la administración pública á que se ha consultado con sabias providencias. Esto sería recorrer un inmenso y variado campo en que fuera imposible dar orden al discurso. Me ceñiré más bien á observar las calidades generales que han marcado los pasos de las presentes Cámaras y caracterizado su primer período legislativo.

La imparcialidad, prudencia y circunspección, la sólida é ilustrada piedad, la severa justicia, la generosa beneficencia, y, por último, el más puro y ardiente celo por la felicidad pública, son las virtudes que las han acompañado en su marcha política, presidido á sus deliberaciones y causado sus aciertos.

Siempre han sido necesarias en los legisladores la imparcialidad que debe regular los intereses individuales y los comunes, y la prudencia y circunspección para que sus resoluciones lleven el sello de la permanencia y estabilidad; pero lo han sido mucho más en las presentes circunstancias por la contrariedad de los intereses que existían formados y la efímera duración á que por las oscilaciones políticas se exponen las leyes, si en sí mismas y en su justificación no llevan el principio de vida y de perpetuidad.

Los que no conocían suficientemente á los beneméritos individuos que iban á formar esta augusta, asamblea, y sólo consideraban las circunstancias en que entraron á ocupar esos espinosos asientos, acaso presumieron que sus primeros pasos se ordenarían á asegurarse en ellos, á consolidar su poder, ensanchar su esfera, y á mostrarse servilmente unidos y sumisos al Gobierno; mas todo el mundo vió que, olvidados de cuanto podía decir relación con sus intereses, se consagraron tranquilamente, desde el primer día, al despacho de los negocios más indiferentes, presentando así un espectáculo poco interesante á los ojos vulgares, pero sublime á los del filósofo observador que no descubre en la historia de las grandes revoluciones un comportamiento semejante.

¡Cuán lenta y circunspectamente se descendió á las grandes cuestiones políticas de los poderes del Congreso actual, y de los actos administrativos del Ejecutivo, verificados fuera de su órbita ordinaria!

Se aprobaron éstos, pero con la conveniente restricción, y se declararon amplísimos aquéllos; pero se decretó no usarlos en su plenitud y se les fijaron voluntarios y estrechos límites, obrándose en ambos casos según el espíritu público atentamente observado y cautamente rectificado.

Siguiendo éste, se vieron las Cámaras en la dura necesidad de destituir á un alto funcionario, contra cuya cabeza se había vibrado el tremendo rayo de la execración nacional. Pero esta medida importante, testimonio ilustre de la firmeza de sus autores, lo fué no menos de su imparcialidad.

Se ha objetado por sus enemigos (á falta de otro cargo) á la presente Legislatura, que estaba animada del espíritu de discusión: si esta frase ha de significar algo de cierto, será sólo que algunas materias se ilustraban demasiado, y que el celo por la verdad y el acierto tocaba á veces el extremo de una nimia escrupulosidad.

Una de esas materias fué sin duda el célebre negocio de aquella destitución, discutido por un día entero hasta cerrada la noche, no obstante de estar tan pronunciada la opinión pública y tan á la vista menos perspicaz sus justos fundamentos.

La cuestión se presentó bajo todos sus aspectos, se ventiló en todas direcciones, y el fallo que sobre ella recayó fué dictado por la razón y la imparcialidad. La que en lo demás ha habido se acredita también por la variada combinación que siempre se ha observado en las votaciones, de que dan testimonio las actas, y lo podrán dar cuantos hayan asistido á las sesiones.

Jamás se ha podido con certeza pronosticar lo que votaría cada individuo: ni el lugar que ocupaba, ni el traje ó profesión que tenía, ni la mancomunidad de representación, ni sus amistades privadas, ni sus ideas políticas han podido servir ahora de regla indefectible. Hoy se separaban los que ayer se reunieron en una opinión.

El pro y el contra alternaban frecuentemente; muchas ocasiones, de una sección de cuatro ó cinco amigos reunidos se oían salir uno ó dos votos afirmativos, entre los otros negativos. Si se accedió á alguna solicitud del Gobierno, otras muchas se denegaron.

En suma, cada uno ha sido dueño de su voto: lo ha emitido con libertad y franqueza, sin temor de crítica, desagrado ó vituperio, y, por consiguiente, sin el menor influjo de alguna adhesión caprichosa, sistema tenaz, ó partido ciego.

A esta imparcialidad no se opone el que por convencimiento é impulso propio, hijo de la piedad cristiana, se hayan adunado casi con generalidad en beneficio de la Iglesia y de la religión. Gustosos y prontos cooperaron á dar decente y segura subsistencia al culto y ministros de la insigne Colegiata de Santa María de Guadalupe, ornamento el más precioso de nuestra República y de la América Universal.

Con igual uniformidad se declaró la nulidad de las funestas y atentatorias leyes que en lo expreso de su letra despojaban á los canónigos y sacristanes mayores de sus beneficios, á los regulares de sus curatos, á los obispos de sus temporalidades, á la patria de sus obispos, y á la Iglesia de su libertad; pero que en lo secreto de su espíritu intentaban quitar al clero su probidad y conciencia, á la Iglesia su unidad; á la República su Iglesia, y á los mexicanos el sacerdocio, la religión y el cielo.

La nulidad de estas leyes estaba solemnemente proclamada en Cuernavaca, y evidentemente notoria de hecho y de derecho. Sin embargo, el Congreso se ocupó de su examen, oyó cuanto se pudo escogitar en su favor, y cuidó, al anularlas, de poner á cubierto, por medidas prudentes y licitas, los derechos de la Nación, á que se suponía haber querido favorecer aquellas.

De esta manera la conducta del Congreso fué cauta y circunspecta, y su piedad ilustrada, y sus dignos miembros tienen la gloria de haber presentado al mundo civilizado el importante ejemplo de atender á los derechos de la soberanía civil sin invadir los fueros sacrosantos de la religión, equilibrando armoniosamente el trono y el altar.

Mucho resta qué hacer en esta parte, porque fueron muchas, profundas y enconadas las heridas que infirió al cuerpo político y moral la mano parricida de la irreligión armada del poder en el vértigo de su furor. Pero la atención de los legisladores se ha dividido entre los diversos elementos de la pública felicidad, de los que, Si bien la religión es el primero y mayor, no es, sin embargo, el único.

Lo es también, no pequeña, ni poco principal, la observancia estricta de la justicia que obliga al mismo legislador, y ha de ser la base, y formar el fondo de sus disposiciones.

Este deber nos ha obligado á anular muchas disposiciones de las legislaturas de los Estados, de las anteriores Cámaras y del Poder Ejecutivo que las dió á virtud de facultades extraordinarias.

La autoridad de que emanaron eran, en lo general, muy disputable; pero no fué este el principio de donde partió el actual Congreso que antes respetó en ellas el simulacro de la representación nacional.

No se anularon, pues, sino aquellas providencias que abiertamente peleaban con la Constitución y derecho natural, y atacaban las del hombre y ciudadano que aquellas garantizan.

Por este principio se invalidaron varias que usurparon bienes ajenos: las que desterraron sin motivo ni formación de causa á ciudadanos beneméritos: las que despojaron de sus empleos á varios militares con ocasión del plan de Zavaleta: las que quitaron sus sueldos á los españoles cesantes á quienes la ley y la fe pública se los habían prometido: las que destituyeron á otros muchos de sus empleos por motivos notoriamente injustos, ó proporcionaron que se les pudieran quitar, haciéndolos amovibles al arbitrio caprichoso del favoritismo: las que confiscaron bienes con el nombre de ocupación de temporalidades, y aplicaron pena gubernativamente, bajo varios nombres, contra el tenor expreso de la Constitución.

Todos estos son otros tantos testimonios que se transmitirán á la posteridad, de la justificación de la presente Legislatura, y otras tantas lecciones prácticas de justicia que ha dado á las naciones todas del globo, no sólo por la solemne restitución que ha hecho á todas de sus derechos, sino por la repetida y útil declaración de que no son leyes en manera alguna las que, lejos de proteger, invaden la propiedad de individuos ó corporaciones, las formas tutelares de la inocencia y los principios eternos de la justicia.

Con arreglo á éstos se interpretó de tal manera la ley sobre compostura de caminos que no perjudicará á los acreedores, á los antiguos peajes: se mandaron devolver á los militares retirados los descuentos que se les hagan durante el proceso, si este concluyere á su favor, como se hace con los que están en servicio.

Tantas y tan importantes leyes, harían por su número y su materia, honor á este Congreso, aunque no hubiera dado otras, y haría grata á los pueblos la época en que el poder se emplea en administrar justicia; pues ¿cuánto más lo será ahora, cuando á la par de aquélla se han dispensado copiosamente y á manos llenas los beneficios?

El Congreso, que por su imparcialidad es ajeno de todo partido, compadeció á la vez los extravíos de todos ellos, y ofreció una amnistía, comprometiéndose á nombre de la Patria á olvidar los crímenes, con la esperanza de que se olviden los motivos que los han producido.

Cuando hubo igual esperanza ú otros motivos que hicieron moderar prudentemente el rigor de la justicia, se concedieron indultos á personas particulares, y á la generalidad de los que cayeron bajo la cuchilla de la ley en la memorable jornada de Zacatecas.

Pero si el crimen fué objeto de la beneficencia del legislador, mucho más lo fue el mérito. A los buenos servidores de la Patria se les han prodigado las gracias en jubilaciones, aumento de sueldos, ascensos y dispensas que han necesitado de alguna circunstancia ó requisito legal, y esto ya en su persona, ya en la de sus hijos ó viudas, pues se han premiado no sólo los servicios presentes, sino los que en cualquiera época so prestaron á la causa pública.

El héroe del Pánuco, los Andoneguis, Villa Urrutia, Flores Alatorre y otros muchos, serán los testigos de esta verdad. Pero sobre todos, la desgraciada víctima de Padilla, Iturbide, el padre de la Independencia.

A su memoria se han decretado honores póstumos: á su familia se le ha permitido volver al seno de la Patria que debió á aquel su libertad, y se ha consultado á su subsistencia, ratificando la recompensa que le decretaba en otro tiempo la Suprema Junta Gubernativa. Y sin embargo de todo ésto, su único verdadero premio, será el eterno amor, la gratitud y compasión nacional.

La concesión de víveres extranjeros á Yucatán hará que los habitantes de aquel Estado trasmitan con gratitud á sus pósteros la memoria de la presente Legislatura, y lo mismo harán los españoles exceptuados de la malhadada ley de expulsión, y los que han obtenido dispensas de diferentes géneros.

Quien se ha mostrado tan solícito del bien de los particulares, no podía menos de serlo y estar lleno de celo por el bien general. Así es que el Congreso lo ha promovido fomentando todos los ramos de la prosperidad, y atendiendo principalmente á la seguridad y tranquilidad de la Nación.

Para ensanchar nuestras relaciones, y asegurar nuestra independencia, creando en las naciones extranjeras intereses que la aseguren y consoliden, se celebró una convención provisional con la ilustre nación francesa; pero cuidando al mismo tiempo de salvar con firmeza el honor de la nuestra, para que se entienda que si bien esta clase de relaciones nos es estimable, no por eso las mendigamos, sino que las establecemos con plena inteligencia y justo aprecio de lo que valen recíprocamente.

Para la mayor y más fácil defensa del territorio mexicano, se mandaron trasladar á puntos convenientes los presidios militares establecidos para contener las irrupciones de los bárbaros.

Para fomentar al comercio, interesante por los puertos del mar del Sm., y promover la extracción de maderas de tinte, concha de perla, cosa mineral, y otros muchos artículos preciosos y abundantes, se han habilitado puertos, y concedídose permisos útiles y bien sistemados.

Estas medidas acreditan desde luego el celo del Congreso por el bien público; pero ninguna lo recomienda tanto como la famosa ley sobre diminución y arreglo de la milicia cívica: con ella sola se ha consultado á la agricultura y artes, restituyéndoles brazos; al Erario, ahorrándole gastos; á la moral pública, cerrando el camino más seguro de la pronta corrupción de costumbres; al sostén de la Federación, impidiendo la ambiciosa preponderancia de los Estados y los medios de resistir á las autoridades generales; á la libertad de los pueblos, quitándoles el pesado yugo con que los gravaba la oligarquía; y, en fin, á la tranquilidad pública, destruyendo esas masas tumultuarias, indisciplinadas, armadas, y que por el principio mismo á que deben su existencia y vida son esencialmente anárquicas.

Esta medida, aunque apoyada en la petición expresa de varias legislaturas y en la tácita de toda la Nación, encontró alguna resistencia que fué superada fácilmente y que sólo sirvió de que se cegara para siempre el manantial de las turbaciones públicas, se extinguiera el poderío de las facciones, y se cortara de una vez la cabeza de la hidra revolucionaria.

Después de este acontecimiento, que bastaría por sí solo para fijar la época de gloria de sus autores, inútil es que yo mencione otras muchas leyes menos considerables, como la dotación y estabilidad de algunas plazas de la Suprema Corte en calidad de audiencia, decretadas para la mejor administración de Justicia: la declaración sobre bienes anteriormente vinculados, que evita litigios fijando los dominios: la libertad de portes á una obra jurídica, que premia y excita los trabajos literarios: el arreglo de comercio de cabotaje y otras.

Estas y todas afluyen más ó menos de cerca en el beneficio general, y son, señores Diputados y Senadores, obras de vuestro celo, fruto de vuestra ilustración, y testimonio de vuestras fatigas y trabajos. Para calcular el valor de esto, sería menester enumerar todos los acuerdos de ambas Cámaras que por falta de revisión ó aprobación no han sido elevados al rango de ley, y los innumerables dictámenes que aun no se han discutido.

Yo no debo ahora mencionarlos: está reservado á otro el honor de anunciar á la Nación el progreso de nuestras tareas, y la mejora sucesiva de sus leyes: sólo me permito el decir que, si todas y cada una de dichas producciones no contuvieren aciertos, á lo menos todas respiran, á la vez y respectivamente, la imparcialidad, prudencia y circunspección, la piedad, la justicia, la beneficencia y el celo por el bien común.

Estos recomendables atributos forman vuestra gloria y vuestro timbre: retiraos, pues, gozosos del que ha sido teatro de vuestras fatigas, no para abandonar la causa pública, sino para disponeros mejor al arduo desempeño de vuestras delicadas atribuciones. La cesación que os anuncio tiene más altos objetos que el justo descanso.

Id á preparar al silencio y al retiro, grandiosos y útiles proyectos de pública felicidad; á consultar de nuevo, con un estudio menos interrumpido, los libros, la experiencia, el voto y opinión pública: considerad atentamente todas las partes del sistema ó debilidad del edificio social.

Así vendréis mejor preparados cuando la patria ponga de nuevo en ejercicio vuestras luces y vuestra autoridad para conducirla á la completa felicidad que ella tiene derecho á esperar de tan dignos Representantes, fieles depositarios de su augusta, soberanía.

Sería injusto, además, si al terminar mi rápido bosquejo de las providencias legislativas del primer período del año de 1835, no tornase mis ojos con verdadera gratitud hacia los dignos Ministros del Poder Ejecutivo que han tenido en ello tanta parte.

Unas las han iniciado, á otras han cooperado eficazmente, á todas han dado gustosos su sanción, y con celo ilustrado y superior á todo elogio han sabido hacer las ejecutar, hermanando admirablemente la prudencia con la energía, la actividad con la dulzura. Qué habrían servido excelentes disposiciones sin el exacto cumplimiento, que resiste en cada caso el interés personal, y más en tiempos turbulentos?

Loor, pues, y gratitud eterna á tan apreciables funcionarios, en quienes libra la patria, y á su nombre el Congreso, la grande empresa de dar todo el lleno á esas medidas saludables, para que su exacta ejecución haga su utilidad prácticamente indispensable.

He concluido, y quise consignar por escrito mis conceptos, para que constasen de un modo más fijo y permanente. Me lisonjeo de que ellos están grabados en la memoria de los mexicanos, y de que les será siempre grata la del sexto Congreso Constitucional.

El General Barragán, al abrir las sesiones extraordinarias, el 19 de Julio de 1835.

Ciudadanos representantes del Congreso de la Unión:

Desde el año anterior comenzó á manifestarse una tendencia inequívoca y enérgica de la Nación, hacia un cambio en el sistema de gobierno con que ha sido regida desde 1824.

Una serie jamás interrumpida de desgracias, la ineficacia, la nulidad de los medios discurridos con el mejor celo para poner un término á los males públicos, la dolorosa inquietud, la ansiedad que tanto se ha acercado al desconsuelo sobre la suerte futura de esta sección importante del mundo civilizado; todo ha contribuido á inspirar este deseo, transmitido ya á este augusto santuario por todos los órganos conocidos de la opinión.

Inútiles, aunque gloriosos, han sido los esfuerzos del Ejecutivo para detener esta revolución; ó para que respetase al menos una de las bases consagradas como perpetuas en la ley fundamental.

El Ejecutivo se lisonjeaba todavía de que pudieran bastar reformas secundarias en nuestro pacto para fijar el carro de la revolución, y que no corriese de precipicio en precipicio hasta el abismo inmenso abierto á nuestros pies.

Pero hay ciertos acontecimientos en el orden político, tan inevitables, como los que en el sistema de la naturaleza obedecen á las leyes de su divino Autor.

El prestigio, la popularidad ganada por el Ejecutivo cuando hizo cesar las calamidades de una época, la más fecunda en tristes recuerdos, la influencia merecida y poderosa del Libertador, la confianza con que la Nación puso en sus manos vencedoras el arreglo de sus destinos, pudieron retardar por un año los conatos que se han explicado en el presente año con el carácter de una voluntad imperiosa é incontrastable.

La revolución injusta, imprudente y temeraria de Zacatecas arrolló el dique que á esa misma voluntad se había pretendido imponer.

No fué ya imposible evitar, que el pueblo, tan reflexivo acerca de sus intereses, considerase como elementos necesarios y seguros de la anarquía los principios del sistema federal, mal entendidos, mal explicados, instrumentos funestos de una demagogia inquieta y bulliciosa, que ha logrado desacreditar los nombres y las cosas que merecieron mayor respeto.

El Ejecutivo, en una crisis tan difícil, ha desempeñado sus altos deberes con la prudencia filosófica que justifica los resultados. A pesar de tantos y tan fuertes vaivenes, el edificio social permanece en pie, la unidad nacional se conserva, las autoridades subsisten, el pacto no ha sido violado.

Los pueblos, usando con plena libertad de sus derechos primitivos, de esos derechos identificados por su soberanía, en nada se han separado de las reglas comunes, en nada han desmerecido el honroso concepto con que se hace justicia á su ilustración y á sus virtudes.

El Ejecutivo exigió á los dignos ciudadanos que componen el Ejército, la resignación de su voluntad en la de la nación; y á este mandato de previsión y cordura, han correspondido con una obediencia ilimitada y generosa.

Así que, ni la fuerza, ni la violencia podrán servir para poner en duda la independencia de todo estímulo con que el pueblo ha expresado su definitiva resolución. A vosotros toca, prudentes y virtuosos representantes, examinar lo que la nación desea, realizar lo que la nación espera.

El Ejecutivo es esclavo de la voluntad del pueblo: vosotros sois los órganos que escogió para explicarla. Vuestra obra será sostenida por el poder de las leyes, por la obediencia desinteresada y ciega que solemnemente pro testo.—Dije.

Contestación del Presidente del Congreso, D. Francisco Manuel Sánchez de Tagle.

No es hoy la vez primera que despliego mis labios en este augusto sitio para anunciar su futura suerte al pueblo americano: poco tiempo hace me oyó pronosticarle la nueva era que se abre delante de nosotros.

Bendito sea mil veces el soberano Dios, conservador del Universo, y dense loores repetidos á la noble índole y quieta sensatez del mexicano, porque hemos llegado á ella, sin todos los horribles vaivenes que sufren las naciones en el camino que hemos recorrido, y hacen que á este punto sólo lleguen sus restos.

No hay remedio: las naciones, lo mismo que los hombres, tienen, desde el nacer hasta el morir, prefijadas épocas de progresión y decadencia: las mismas horas de placer y días de duelo: los mismos tiempos de alucinación y de vértigo: unas y otros se divierten con fruslerías en su niñez, nutren fuertes pasiones en la juventud, aspiran á la gloria y abrazan el trabajo en la edad varonil, aman la sabiduría y rumian los frutos de la experiencia en la vejez.

Once años hace, que encantados con nuestra independencia, y absolutamente inexpertos en la difícil ciencia del gobierno, devorábamos teorías halagüeñas, perniciosas ó quiméricas, buscando en cuál fijar y cómo consolidar ese bien inestimable.

Considerándonos, falsamente, en el estado de aislamiento ó de unidades moralmente individuales, elegimos el hermoso sistema federal, el más á propósito para ese estado, verdaderamente tal; pero quizá poco adecuado á nuestra situación de entonces, y difícilmente acomodable á nuestras costumbres, educación y propensiones de aquel tiempo. ¡Ojalá, que al sistemarnos y construir nuestro edificio político no hubiésemos olvidado en el cálculo esos y otros elementos de resistencia y variaciones!

Tal vez hubiésemos evitado los defectos en que nos hizo incurrir una servil y mal entendida imitación: tal vez nos hubiéramos ahorrado muchos de los males sufridos. Trojaque nunc stares, Priamique arx alta maneres.

Y contentos con un sistema, bueno en sí, sólo aspiraríamos á irle poco á poco enmendando los defectos inseparables de toda humana institución.

Pero pon nuestros males consecuencias forzosas del sistema adoptado?

¿Será preciso desecharlo totalmente; ó bastará modificarlo con tino y con sabiduría? ¿La Nación quiere una renovación absoluta; ó cuanta baste á remediarla?

La variación que haya de hacerse, sea cual fuere, ¿deberá y quedará estable y bien hecha por el actual Congreso?

Ved aquí unas cuestiones para cuya resolución unos abrazan los extremos: otros buscan los medios; y yo me cuidaré muy mucho de prevenir el juicio y anticipar la decisión de puntos tan graves, reservados exclusivamente á la sabiduría y prudencia de las Cámaras, á quienes debo ya dirigirme.

El trabajo y las dificultades son, señores, el único camino de la gloria: en superar aquél y vencer éstas, ha consistido siempre el verdadero mérito; y difícilmente se os podrían presentar en mayor número y con más complicaciones, que en la actualidad.

Los primeros constituyentes recibieron en la Nación una cera virgen, blanca, dócil, susceptible de cualesquiera formas.

Los partidos perversos que han desgarrado después las entrañas maternales de la Patria, aun no existían; y los que podrían llamarse tales, acababan de nacer: sus puntos de división eran insignificantes; y ellos, verdaderos niños, que si riñen por coger una varita, al momento siguiente entrambos se acomodan en ella, gozosos á la par.

A vosotros se os entrega una masa endurecida en la deformidad, compuesta de partes heterogéneas, muchas de ellas durísimas, y que no cederán al golpe del cincel, ni se prestarán sino difícilmente á la configuración que exija el todo.

Tendréis que habéroslas con partidos mutuamente enconados, avezados al mal, concitados por el deseo de la venganza, y entre cuyos prosélitos en vano buscaréis alguno que pueda decir con verdad, como el prudente Colocolo: "codicia de mandar non ze convida."

Cada uno querrá haceros el instrumento de sus miras, y todos minarán astuta y sordamente, de antemano, los cimientos del edificio, en la parte que no cuadre bien á sus proyectos.

Además: vosotros mismos vais á ser la rémora mayor en las resoluciones. Vuestro pundonor y delicadeza van á sufrir muchísimo al decidir cuestiones que indefectiblemente personalizará la perversidad interesada.

Lucharéis, balanceando entre el bien general y el interés privado: temeréis manifestar lo que os sugieran vuestra razón y el amor de la Patria, porque no se crea que os impele provecho individual.

Yo que os conozco, sé y respondo de que todo lo sacrificaréis al bien común, incluso el mismo honor; mas aunque esto ha de ser al fin el resultado de la lucha, ¡cuántas ansiedades y congojas repasará vuestro espíritu antes de llegar á ese término!

Vencido ese primer escollo ¡cuán arduas y difíciles cuestiones esperan vuestra sabia resolución! Ya os ha indicado algunas el Ejecutivo en su mensaje.

A vosotros está reservado entrar con el hilo de Ariadna en el oscuro laberinto de la opinión pública y voluntad general, decidir cuál sea, y fallar sobré su acierto ó extravío.

Aunque para nada necesitáis de mis avisos, el puesto que me habéis hecho ocupar, indignamente y mal de mi agrado, me obliga y me disculpa al manifestaros: que los pueblos tienen sensaciones; pero no forman raciocinios abstractos: experimentan siempre el mal; pero no siempre atinan con la causa, y menos alcanzan el remedio: desean innatamente el bien, la paz y el orden; pero nunca se pueden fijar mi uniformidad en los seguros medios de alcanzarlos.

No es sólo la imposibilidad de reunirse en la asamblea, sino la de conocer la naturaleza de su mal y los remedios, lo que los hace ponerse hoy en vuestras manos, confiándoos su suerte y sus destinos.

Hagamos, pues, su bien, no contra su expresa voluntad, cuando la hubiere; pero sin cuidarnos de esos caprichos vagabundos que el interés de los partidos cuida siempre de bautizar con tan respetable nombre.

Mucho tenéis que trabajar, amados compañeros; mucho que caminar, y siempre entre Scylla y Caribdis.

Adoptaréis muchas veces, no el bien que desearíais, sino el menor entre los males que se os presentarán para escoger. A vosotros está encomendado darnos patria, dándole á la Nación ser estable y moralidad augusta, á pesar de los partidos y sus luchas, de la impiedad y sus embates, de las preocupaciones é intereses y de su resistencia.

A vosotros toca crearnos hacienda sin empeorar nuestra suerte con el peso de contribuciones odiosas; providencias que se nos administre cumplida y prontamente la justicia, reprimiendo el vicio, pero sin vejar en nada la justa libertad; hacer que las leyes no sean como hasta aquí, fórmulas vanas que expiran con el sonido de la promulgación, sino reglas fijas que obedezcan á la par el Magistrado y el último jornalero.

A vosotros pertenece hacer que los tres poderes sociales sean verdaderamente supremos en su línea, estableciendo entre ellos (como hizo el dedo omnipotente con la mar) el dique donde mueran las olas de cada uno, sin pasar un solo dedo más allá.

De vosotros exigen los mexicanos que les deis la seguridad y libertad que nunca han disfrutado; y á la sombra de vuestras sabias disposiciones esperan trabajar en paz en sus talleres y en sus campos, dormir tranquilos en sus lechos, sin temer la mano voraz del usurpador, el brazo feroz de los déspotas; y seguros de que sólo el crimen podrá atraer sobre sus cabezas los males del castigo.

Tanto, en fin, os toca, tanto os espera, amados compañeros, que cuando imagino seguir esta reseña, ni sé que dije ni qué tomé para decir.

Manos, pues, á la empresa: ya de hoy no somos nuestros: la Patria, los conciudadanos, su bienestar, son ya nuestra mujer, nuestros hijos, y el objeto único de nuestras vigilias y conatos: trabajemos incansables, sin esperar otro premio que el testimonio de nuestra conciencia de haber obrado bien.

Confortémonos con la certeza de que en el Poder Ejecutivo tenemos colaboradores sabios y celosos, consagrados sin reserva al bien común; que los tenemos igualmente en el Poder Judicial, donde la integridad y la sabiduría corren parejas.

Mucho espera la Patria de nosotros: yo sé que sus esperanzas no quedarán burladas, por falta de aplicación y de trabajo.

¡Quiera el Ser Eterno, dador de toda luz y todo acierto, que tampoco lo queden por alguno de los otros capítulos que están fuera del arbitrio del hombre; y El, que con tanto y tan paternal esmero ha velado hasta aquí sobre nosotros á pesar de nuestros extravíos, siga amparándonos y consolide nuestra felicidad en lo futuro!—Dije.

Fuente:

Los presidentes de México ante la Nación : informes, manifiestos y documentos de 1821 a 1966. Editado por la XLVI Legislatura de la Cámara de Diputados. 5 tomos. México, Cámara de Diputados, 1966. Tomo 1. Informes y respuestas desde el 28 de septiembre de 1821 hasta el 16 de septiembre 1875.

Los cinco tomos fueron digitalizados por la Universidad de Texas:
http://lanic.utexas.edu/larrp/pm/sample2/mexican/history/index.html



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