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Siglo XIX > 1830-1839 > 1833

Discurso de Manuel Gómez Pedraza. Marzo 29, 1833. Discurso de Valentín Gómez Farías al jurar como Vicepresidente. Abril 1, 1833. Discursos de Santa-Anna: Mayo 16, 1833. Mayo 21, 1833. Junio 1, 1833. Discurso de Valentín Gómez Farías. Diciembre 31, 1833.
Marzo 29, 1833. Abril 1, 1833. Mayo 16, 1833. Mayo 21, 1833. Junio 1, 1833. Diciembre 31, 1833.

El General D. Manuel Gómez Pedraza, al abrir las sesiones ordinarias el 29 de Marzo de 1833.

Ciudadanos Representantes:

Constantemente pedí al cielo, cuando en 1829 tomé la espontánea resolución de desterrarme por salvar á mi patria de los horrores de la guerra civil, que si alguna vez anteponía mis intereses á la salud pública, sufriese para siempre aquel castigo á que me había sometido libremente; pero que si mi conducta había sido consagrada al bien de la nación, ella misma se acordase de mí, y me volviese á su sociedad inestimable.

De hecho, los Estados soberanos, el Ejército libertador, y una numerosa mayoría de pueblos proclamaron mi regreso, y de la abyecta clase de proscripto fui levantado á la honrosa categoría de supremo jefe de la República.

En ese suceso singular no intervinieron resortes privados ni intereses de familia; tampoco hubo reclamaciones fuertes de los parientes, súplicas tiernas de una esposa, plegarias dolorosas de los hijos, ni empeños repetidos de un hermano que identificó su suerte con la mía.

Tales mediadores consiguieron el regreso á Roma de Popilio, Mario y Cicerón; mas yo fui llamado á la patria por un grito espontáneo del Ejército y por decretos libres de los Congresos soberanos.

Aquellos célebres ciudadanos de Roma fueron restituidos del destierro con la muerte de sus enemigos, y yo lo he sido teniendo la fuerza y el poder los que me obligaron á desterrarme, y siendo ellos mismos los que más han cooperado á volverme al seno de la patria: ¿Que hombre ha merecido más que yo de la generosidad del pueblo?

Todo lo debo á los mexicanos, y la nobleza de los que fueron mis enemigos, me ha colmado de honor y de satisfacción.

A mi arribo á Veracruz, los partidos estaban empeñados en un combate á muerte. Las Cámaras, desechando las medidas conciliatorias, cerraban las puertas á todo acomodamiento. Los liberales, que nada debían esperar del poder público, libraban en sus espadas su suerte futura y la de la patria.

La guerra se encendía por todas partes, y la vista más perspicaz no alcanzaba á ver el término de la lucha sangrienta. Tal era la posición del Estado, cuando pisé las playas de la República.

Las fuerzas beligerantes, concentrándose, se aproximaban entre sí; las del general Bustamante acudían de los Estados del interior hacia la capital de la Federación.

Las del general Santa—Anna abandonaron el sitio de México para marchar al encuentro de las otras. Todo anunciaba, en fin, una nueva Farsalia, decisiva de la suerte de la nación, como lo fué apena batalla del destino de Roma y del universo.

En tales circunstancias me dirijo á la ciudad de Puebla. Los ejércitos se acercan á aquella capital; la sangre de los mexicanos se derrama á torrentes, y los campos de Posadas sembrados de cadáveres reclaman un arbitraje augusto.

La naturaleza del negocio lo demandaba en el momento. Una tregua mientras se recababa el importante consentimiento de los Estados para cualquier tratado, no era fácil obtenerla en el calor de las pasiones enardecidas, que jamás dan espera.

Muchas legislaturas, cuyas opiniones eran conocidas, se hubieran negado á una conciliación cual era necesaria; y por último, la tregua hubiera producido únicamente el efecto funesto que dejaron otras de dar tiempo á los partidos para reparar sus quiebras, y á las pasiones más vuelo y osadía.

Estas consideraciones poderosas, los clamores de la humanidad afligida, y los deberes sacrosantos que me imponía mi regreso á la patria, me decidieron á aprovechar el momento feliz de hacer la paz.

El carácter suave y generoso de los mexicanos, y la filosofía de los generales y jefes de los dos ejércitos, me inspiraron la idea de iniciar una reconciliación fraternal; pero como las opiniones políticas eran diversas y los intereses individuales opuestos, fué preciso apelar á un principio seguro, reconocido é incontrovertible, y ese principio es la soberanía nacional, fuente y origen del poder público: ¿qué otro principio si no éste, podía en una sociedad agitada uniformar las opiniones diversas, avenir los intereses opuestos y combinar las miras contradictorias?

Movida y disputada con las armas una cuestión que comprendía todo lo que constituye la existencia civil de los ciudadanos, I cuál era el tribunal augusto que pudiera resolverlo? Sin duda no habría otro que el pueblo, pues en él solo reside aquella suma inmensa de poder necesaria para dirimir contiendas de tal naturaleza.

La historia de las repúblicas antiguas y aun la de las monarquías, comprueban esa verdad. Los reyes más déspotas, en las crisis políticas, han echado mano, como tabla de salvamento, de convocar Estados generales, congresos extraordinarios, dietas y otros cuerpos representativos, que bajo diversas denominaciones no han tenido otro objeto que consultar la voluntad del pueblo y acatarla.

En el pueblo están todos los hombres, en él se hallan fundidos los intereses particulares, y los partidos y las pasiones desaparecen ó se neutralizan en la masa común, siendo, en consecuencia, sus deliberaciones imparciales y acertadas.

Tales fueron los principios directorios de mi conducta en Diciembre anterior. Conmovida la sociedad hasta en sus fundamentos, destruida la confianza pública, violada la Constitución, despreciadas las leyes, el Estado sufría una espantosa crisis.

Las personas que ocupaban los puestos supremos, pugnaban con la mayoría de la Nación, y en vez de dirigir con tino y prudencia los grandes acontecimientos, por un capricho inexplicable se obstinaron en resistir al voto público.

Para entenderse en aquel desconcierto general, era preciso hacer callar el estruendo de las armas, y escuchar después la voluntad suprema de la Nación. El armisticio celebrado en 9 de Diciembre llenó el primer objeto, y el convenio de Zavaleta ha desempeñado el segundo.

Si fuera propio de este lugar, yo describiría la memorable entrevista habida en aquella hacienda entre los generales, jefes y oficiales de las fuerzas contendientes.

Bajo el techo polvoroso de un edificio rústico y sin nombre, se discutieron libremente las cuestiones más importantes al bienestar de la Nación: allí resplandecieron la buena fe, la libertad republicana y el patriotismo puro: allí las pasiones individuales quedaron deprimidas por la sana razón; y allí, en fin, los militares dieron una prueba de honor y de civismo, cediendo generosamente de sus empeños y acatando la voluntad suprema del pueblo.

La reunión de la hacienda de Zavaleta ofreció un cuadro de interés al filósofo observador; en ella brillaba un no se qué de noble y augusto: los hombres que la componían, aquellos mismos hombres que dos semanas antes entre el humo y el estallido del cañón se buscaban para exterminarse, presentaban en sus semblantes y en su compostura el grandioso espectáculo de una asamblea patriarcal.

Jamás la insolente aristocracia, en sus orgías, ha ofrecido al mundo una reunión de ciudadanos más desinteresados en sus miras, ni más nobles en su conducta.

Este es, ciudadanos representantes, el ligero bosquejo de lo que pasó en la hacienda que ha dado nombre al convenio de pacificación; convenio aplaudido en aquellos días por los mismos que hoy lo invectivan, y sancionado después por la Nación misma.

Ese plan, obra de la filosofía y el buen juicio, mal que pese á los enemigos de la democracia, será para nosotros un monumento de honor, y una lección instructiva para nuestra posteridad, porque él recordará siempre á los mexicanos que en el pueblo, y sólo en el pueblo, reside la suma de poder bastante á salvarlo de los grandes peligros.

Cuando nadie se acuerde de los subversivos panfletos que hoy se esparcen profusamente, ni del nombre de sus autores, el plan de pacificación, objeto de su encono, ocupará un lugar distinguido en la Historia.

Pero al paso que aquel documento ratifica el importante dogma político de la soberanía popular, ha sido el escándalo del partido aristocrático, porque en él consideran los hombres de los privilegios un antemural á sus ulteriores pretensiones: nada extraño es que ataquen con encarnizamiento un plan que les ha arrebatado para siempre el poder de que han abusado ferozmente.

Encargado el 26 de Diciembre del Gobierno Supremo, procuré, en cuanto es dado á la humana naturaleza, hacerme superior á las pasiones ruines, y á las afecciones de los partidos: me propuse ser justo en mi conducta, imparcial en mis juicios y tolerante con todos. Las dificultades que he tenido que vencer no son explicables.

No sé si he acertado en la administración, ni es fácil que yo mismo me juzgue: si pude obrar mejor, no alcancé á hacerlo, y la Nación que tantos favores me ha dispensado, sabrá, por último, disimular mis errores.

A mi arribo al poder, encontré al Erario exhausto y empeñado en una deuda inmensa; atrasos enormes en los pagos, y las viudas, huérfanas y pensionistas aherrojadas en la miseria.

Por el respectivo Ministerio transigí con el comercio, de manera que cubriéndose éste, el Erario ha tenido ingresos para satisfacer sus principales obligaciones más allá de lo que podía esperarse. Grandes ahorros se han hecho, y el crédito nacional y la confianza pública se han restablecido.

Si se continúa el mismo sistema de economía, si las aduanas marítimas se administran mejor, y si se establece el importante Banco de crédito público, el Erario se aumentará, cubrirá los gastos de la administración y la inmensa deuda que sobre él gravita. 

El Secretario de Hacienda hará muy luego las iniciativas correspondientes, cuyo buen despacho recomiendo muy mucho á los legisladores, pues que de él depende nuestra existencia política.

No es de menos interés el arreglo de la Administración de Justicia. Penetrado profundamente mi corazón de los males de la Patria, y animado de los más vivos deseos de remediarlos, en el mismo día que ocupé el Gobierno Federal dediqué mi atención á examinar el estado en que se hallaba la Administración de Justicia.

Convencido de que de ella dependen esencialmente los bienes que la Constitución y las leyes aseguran á los ciudadanos bajo el nombre de derechos ó garantías individuales, cuyo cumplimiento produce la moral pública y privada y la sólida felicidad de los hombres, hice luego á luego dictar cuantas providencias estaban en mis atribuciones, para vigorizar este ramo importante enervado por las circunstancias.

Yo recomiendo del modo más eficaz el pronto despacho de las reformas que presentará oportunamente al Congreso de la Unión el Secretario del ramo.

El de Guerra y Marina hará también á su tiempo las iniciativas á que me comprometí en el plan de Zavaleta, y las demás que conduzcan al indispensable arreglo del Ejército permanente y activo.

Ese Ejército, objeto (le la maledicencia de los ingratos, ha resuelto sucesivamente los dos importantes problemas de la Independencia y de la Libertad; y si bien ha caído en la desorganización consiguiente á las revoluciones, llegado es el tiempo de reorganizarlo de la manera conveniente á nuestra República.

Los elementos de que se compone, se prestan muy bien para una reforma útil. Los generales y jefes que lo mandan, desean ver restablecida la disciplina. Al Congreso General toca dictar leyes orgánicas adecuadas al objeto.

En el desenlace de la revolución pasada se reunieron en la capital más de catorce mil hombres de todas armas y de los puntos más remotos de la República. Las tropas de nacionales se retiraron, y están ya en sus respectivos Estados.

Las de la milicia activa han marchado á sus correspondientes demarcaciones, y siendo el instituto de estos útiles cuerpos, formados de ciudadanos industriosos, separarse del servicio activo cuando cesa el motivo porque se les llama, se ha retirado la mayor parte de ellos, resultando anualmente á la Hacienda pública un ahorro de tres millones setecientos y tantos mil pesos.

Respecto á nuestras Relaciones exteriores, ellas se conservan en un estado favorable, y sólo ha ocurrido de nuevo la noticia, aunque no oficial, de un cambio político en España.

El gobierno no ha descuidado los intereses de la nación á este respecto, sin olvidar las leyes relativas. Tengo motivos para creer que el gobierno de Washington aprecia nuestra regeneración política, y que breve nos dará pruebas de ello. El pueblo culto de los Estados Unidos del Norte, desea nuestra felicidad social y aplaude los triunfos de la libertad.

Aquí termina la ligerísima reseña del estado de la nación. Testigos presenciales de los sucesos, no necesitan los mexicanos de pormenores para juzgar del estado de la República.

El mundo civilizado que nos observa, desea imponerse más á fondo de nuestra situación: nosotros estamos en obligación de satisfacer su deseo, y él quedará cumplido con las memorias que los cuatro secretarios de Estado presentarán dentro de breves días á esta augusta asamblea, y que se imprimirán acompañadas de un pequeño manifiesto.

Esos documentos, escritos con sinceridad republicana, relatarán nuestras disensiones y nuestros errores; pero harán ver al mismo tiempo, que si el pueblo mexicano tiene defectos y vicios, como toda nación, está también dotado de tacto para huir del precipicio, y de energía para reclamar sus derechos ofendidos y hacer respetar su soberanía.

Concluida la parte histórica de nuestros sucesos, séame lícito decir algo sobre la conducta política de mi administración.

Ella ha sido noble, franca y liberal; y sean cuales fueren los sarcasmos del partido de oposición, es evidente que desde el 26 de Diciembre en que tomé las riendas del gobierno, no se ha disparado un fusil, no ha corrido una lágrima, nadie ha sido preso, ninguno perseguido; en resumen, la acción del gobierno ha sido enérgica, constante, pero insensible; ¿quién podrá argüir contra los hechos?

Legisladores: quiera el Dios Omnipotente que los mexicanos disfruten por siempre de la paz y de la libertad, que les proporcionó el plan de Zavaleta!

Sólo algunos generales y pocos oficiales del Ejército, por error ó por capricho, incidieron en la pena de privación de empleo que imponía el art. II de dicho plan á los que no se adhirieren á él.

Yo, como Supremo Magistrado, y como garante del convenio, me ví en la triste necesidad de declararlos comprendidos en la mencionada pena, hasta la resolución del Congreso general. Protesto solemnemente que en aquella disposición tuve que hacer un esfuerzo para sobreponerme á los sentimientos de mi corazón.

Jamás me ha ocurrido la idea de abusar del poder; pero como hombre público debí cumplir una penosa obligación: ella queda desempeñada; mas hoy que rindo cuenta de mi proceder á los representantes de la nación; hoy que es la víspera de retirarme para siempre al olvido, séame permitido exponer mis súplicas como un simple particular á cada uno de los miembros de esta asamblea respetable en favor de aquellos ciudadanos. Los representantes de un pueblo generoso deben ser magnánimos y píos.

Yo me lisonjeo de que mis ruegos van á ser escuchados, y ya presiento el dulce placer de que aquellos generales, jefes y oficiales sean repuestos en su honor, en sus empleos y en la plenitud de sus goces. Justo es que al terminar mi carrera pública, recomiende la concordia que invoqué cuando llegué á Veracruz á hacer cumplir la orden del pueblo soberano.

Si se compara nuestro estado político actual con el muy lamentable de la República en Noviembre anterior, hallaremos motivos para felicitarnos. Entonces el genio del mal presidía nuestros destinos, y la desolación y la muerte amenazaban al anciano y al niño. Hoy reina la paz por toda la República, y los ciudadanos viven seguros y libres.

Los mismos descontentos que zahieren al Gobierno sin razón ni justicia, gozan (le todos los derechos y garantías individuales, y en nada se les molesta. En aquella época desgraciada, México sufría de su Gobierno una hostilidad interior, muy más ominosa que los ataques de un enemigo extraño.

Los caudales de los hombres acomodados, cada día eran mermados por contribuciones forzosas; no era lícito hablar, menos escribir; las cárceles estaban llenas, y ninguno podía contar con la seguridad del asilo doméstico. Mexicanos que me escucháis, ¿no es cierto lo que os digo?

Mas, después que el pueblo recobró sus derechos, ¿quién tiene que quejarse 1 Los hombres hablan y escriben libremente lo que piensan; la propiedad es respetada, las cárceles se ocupan por los verdaderos criminales, y las casas de los ciudadanos son sagradas é inviolables.

Entonces.    ¿pero para qué referir sucesos que deben olvidarse para siempre? Baste decir que la sociedad caminaba á su disolución, y hoy se organiza y se reforma. Hoy cuenta la Nación con un Congreso elegido por el pueblo, formado de hombres conocidos después de diez años, amaestrados por la revolución y enseñados por la desgracia.

Hoy está nombrado para ocupar el Poder Ejecutivo un general ilustre, que sabrá convertir el prestigio que le ha dado la victoria en beneficio del pueblo que tanto le honra. Ese general ha rematado empresas de un atrevimiento extraordinario, de una utilidad reconocida, concebidas en virtud de ideas propias, y dirigidas con audacia y perseverancia.

El que ha hecho esas cosas, es, sin duda, un genio, y podrá fácilmente terminar los males de que convalece la Nación. Yo me felicito de que mi sucesor sea un tal hombre, y de ver depositado el Poder Legislativo en ciudadanos próbidos y republicanos federalistas.

Contestación del Presidente del Congreso de la Unión, Sr. D. Juan Nepontuceno.

Cumplido. El Congreso General de la Nación, siempre atento al sagrado depósito que se le ha confiado en nuestra Carta Fundamental, recuerda con sentimiento los graves recientes males que ha sufrido la República, según la reseña histórica que de ellos ha hecho el Supremo Poder Ejecutivo.

Observa, aunque rápidamente, que el edificio constitucional, hace tiempo desquiciado, en los vaivenes que eran consiguientes, ha producido perjuicios irreparables; y como ha conocido el viciado origen de que todo esto dimana, ve lo difícil, pero no imposible, que es aplicar el oportuno remedio.

Es verdad que no presenta otro aspecto la Nación Mexicana, después de la última revolución que animosos brazos emprendieron hasta conseguir el triunfo, que el de solo un pueblo constituido, pero sin los recursos necesarios para arreglar los más interesantes ramos de su pública administración; y á esto nos ha conducido, ya el extravío de los principios, ya la postergación de las fórmulas legales, y últimamente, el prescindir de lo más importante por obsequiar ciegamente los tortuosos pasos que sugiere el degenerar al fanatismo, y caminar de acuerdo con proyectos que concibió la aristocracia, vestidos con el falso brillo de orden y prosperidad común, sujetando las libertades públicas al capricho de unos pocos.

Mas ya el memorable tratado de Zavaleta, que terminó una guerra fratricida y desoladora, ha dejado á los verdaderos amantes de la libertad de su Patria el difícil empeño de restablecer el orden constitucional, y hacer la felicidad común en uso de la democracia garantizada por sus leyes primitivas.

Por tanto, el Congreso general desea eficazmente contribuir al arreglo de lo más importante al Erario nacional: el Ejército será el objeto de mucha parte de sus desvelos; la administración de justicia y otras cosas de igual entidad, mucho se recomiendan en su consideración.

No presidirá en sus deliberaciones el furor y ciego espíritu de la venganza, sino la serenidad, en medio de la que dictará resoluciones conducentes á la perpetuidad de nuestro sistema de gobierno adoptado, ni tampoco invocará los respetables nombres de Constitución y leyes para vilipendiarlos, sino para que todo mexicano esté sujeto á su observancia; por lo que el Supremo Gobierno debe descansar sus nobles conatos en la ilustración y sanas intenciones que animan á los representantes de la Nación; y si en algo más de los objetos indicados se excita su filantropía, hija digna de las luces del siglo, obrará anuente en cuanto se lo permitan los deberes de justicia y de pública utilidad. —Dije.

El Sr. D. Valentín Gómez Fallas, al jurar como Vicepresidente, el 1 de Abril de 1833.

He jurado, señores, ejercer fielmente el encargo que se me ha confiado, guardar y hacer guardar la Constitución y leyes generales y este juramento será cumplido.

La esperanza de que se observe la ley fundamental, y la de gozar de la felicidad tantas veces prometida, es necesario que no sea ilusoria por más tiempo. Baste ya de ofrecimientos falaces; que el pueblo sienta, que experimente el bien, que mejore de suerte.

Por fortuna se puede todavía establecer una buena administración. Sucediendo la calma á la exaltación de los ánimos que ha debido producir la guerra civil, redoblando los trabajos, y presidiéndolos la razón, los males desaparecerán y serán reemplazados por bienes positivos.

No basta, es verdad, el respeto y la observancia del pacto social para hacer el bien de los pueblos; son necesarias, además, leyes secundarias: el ramo de Hacienda demanda reformas en las que lo arreglan; demanda que se completen las que le faltan; que se adopte una economía prudente, y que haya pureza y fidelidad en el manejo de los caudales.

La enseñanza primaria, que es la principal de todas, está desatendida, y se le debe dispensar toda protección, si se quiere que en la República haya buenos padres, buenos hijos, buenos ciudadanos, que conozcan y cumplan sus deberes.

La administración de justicia se halla, por desgracia, en un estado lamentable, y de este grave mal se resentirá nuestra sociedad, mientras dependa aquélla en gran parte de las leyes antiguas y modernas, inaplicables unas, y otras de difícil aplicación en nuestras instituciones; mientras nuestros códigos cumulosos se compongan de leyes dadas para una monarquía absoluta, y para una monarquía moderada, para una colonia, y para una nación independiente; para un gobierno central y para una república federativa.

Este caos de legislación da lugar fácilmente al espíritu de embrollo, eterniza los procesos y confunde la justicia. Es, pues, de suma necesidad la reforma de este ramo, no por leyes aisladas, sino por códigos completos. La empresa es ardua, pero es menester arrostrarla; dése principio á ella, aunque se deje á otros la gloria de acabarla.

Grande es la importancia de las materias que he tocado, y no lo es menos la de colonización de terrenos inmensos, que esperan la mano del cultivador para enriquecer á nuestro país con innumerables y preciosas producciones, que proporcionarían la subsistencia y la comodidad de muchas familias, que sumergidas en la miseria y entregadas tal vez contra su voluntad á la holgazanería, son inútiles ó perjudiciales á su Patria.

Otra ventaja de mucho interés resultaría también de la colonización, y es la de conservar la integridad del territorio mexicano, cubriendo con pobladores sus fronteras que están casi desiertas; pero me extiendo inútilmente, cuando los dignos representantes de la Nación conocen mejor que yo sus necesidades, y los elementos de felicidad y de grandeza que hay por desarrollar.

Los que ven con dolor frustrados sus designios, los que quieren paz si ellos mandan, y provocan la discordia si no ocupan los puestos, los que temen que el Gobierno les haga sentir el peso de las leyes si no desisten de sus maquinaciones; los que esperan que las resoluciones del Congreso sean generalmente bien recibidas por el prestigio de sus miembros, han difundido con malicia la falsa especie de que se intenta destruir el Ejército; pero este recurso de los enemigos del reposo público, de los amigos de la tiranía, no surtirá los efectos que desean.

La sensatez de los jefes y oficiales, el buen sentido de los soldados, y la atención particular que han merecido todos al Gobierno, y que le seguirá prestando éste, hará vana esta tentativa.

Concluiré, por último, ofreciendo al Congreso toda la cooperación de que yo soy capaz, mientras fuere depositario del Poder Ejecutivo, de que me encargo hoy por enfermedad .del Presidente de los Estados Unidos Mexicanos.

Contestación del Sr. Presidente de la Cámara de Diputados, C. Juan Rodríguez Puebla.

La República toda se halla en expectativa de los extraordinarios y grandes acontecimientos que el curso de nuestros sucesos políticos ha preparado para la Era que hoy comienza.

La nación, que por una constancia heroica conquistó su independencia en la última sangrienta revolución porque acaba de pasar, manifestó la subida estimación que hace de su libertad, y al designar los depositarios de su confianza para la presidencia y vicepresidencia de los Estados Unidos Mexicanos, emitió libre y solemnemente sus votos, distinguiendo con encargos tau delicados y honoríficos, á quienes tanto lo han sabido merecer por su enérgica, inflexible y probada decisión en el sostenimiento de los imprescriptibles derechos de los pueblos.

Las esperanzas nacionales no serán ilusorias. Los solemnes juramentos y promesas que la Representación Nacional acaba de escuchar, auguran un porvenir en el que incontrastablemente se consolide la forma de República Representativa Popular Federal. Los derechos del hombre y del ciudadano serán respetados: nadie osará poner precio á la cabeza de otro; el asesinato no será premiado, y antes bien serán reprimidos y castigados con brazo inflexible los delitos de todo género.

El Legislativo cooperará eficazmente á la buena administración de las rentas, para que sin injustas excepciones sean atendidas las que dependen del tesoro público.

Los ciudadanos militares jamás serán empleados en ocupaciones infames: llamados á ser la custodia de la patria, ella recompensará con munificencia á los que se distingan en servirla.

Los mexicanos confían en que la nueva administración consagrará sus desvelos á la mejora de las costumbres y á la propagación de los primeros elementos del saber, para aliviar la suerte abyecta de un sinnúmero de nuestros conciudadanos, y porque la moral y la ilustración son los más firmes apoyos de los goces de la libertad.

El humilde y honrado artesano no sufrirá las vejaciones de una execrable y ridícula aristocracia; antes bien será protegido por el Gobierno: la República será purgada de los que tuerzan la vara de la justicia, y quedarán para siempre escarmentados los que aspiren á rehacerse de esa tiranía que sacrificó ilustres mexicanos, que hacinó cadáveres sobre cadáveres y que empapó nuestro suelo con sangre.

Feliz la patria si los nuevos funcionarios, altamente convencidos de su posición política, marchan á paso firme guiados por el espíritu del siglo, por la prudencia, quo todo lo combina, y por el valor, que á todo se sobrepone.

El General D. Antonio López de Santa-Anna, al tomar posesión del gobierno en 16 de Mayo de 1833.

Ciudadanos Representantes de la Nación:

Elegido por los Estados Unidos Mexicanos, depositario del Supremo Poder Ejecutivo, he jurado ante Dios y el pueblo el exacto y leal cumplimiento de mis obligaciones. Este voto sincero de mi corazón no será cumplido sin los auxilios de la benévola Providencia, que gobierna la suerte de las sociedades.

Ella nos ha asistido en la lucha que precedió á la conquista de la independencia; nos favoreció en el recobro de la libertad perdida, y hoy nos concede que mi administración comience bajo los auspicios halagüeños de la paz, reinando la concordia entre una mayoría inmensa de ciudadanos. Imploro sumiso la continuación de sus favores sobre esta nación que me distingue con su mayor confianza, y que me sea permitido cooperar cuanto deseo á su prosperidad y engrandecimiento.

Necesario me es también el apoyo constante de los mexicanos. Su voluntad irresistible me confiere un puesto de sublime honor, y en la ardua empresa de regir los destinos de más de siete millones de hombres libres, me faltan los talentos y experiencia que supone. Ocurriendo al pueblo, única fuente de autoridad y de poder, doy un testimonio franco y solemne de obediencia á sus mandatos.

¡Representantes, magistrados, soldados, ciudadanos! El único y sagrado objeto de toda mi vida ha sido, yo os lo juro, afianzar á los mexicanos el pleno goce de los derechos que constituyen la felicidad pública romper el triple yugo de la ignorancia, de la tiranía y del vicio.

Mi alma se ha colmado de júbilo en los triunfos de la libertad, que nadie podrá arrancarnos, y á cuya benigna sombra progresan y se consolidan los principios eminentemente sociales.

Mi promesa de guardar y hacer guardar la Constitución de la República, es una garantía más de su inviolabilidad. La considero como el título auténtico del mando supremo, como el principio de organización, fundamento de estabilidad, como lo fué de esperanza en nuestros naufragios políticos.

No sucumbiría, sin contradecirme á mí mismo, á las ilusiones de la ambición. Amante de la verdadera gloria, la cifro en mantener al pueblo en la tranquila posesión del Código que quiso darse para su dicha.

El genio tutelar de México inspiró á sus legisladores la prudencia y acierto de preferir el sistema de Gobierno en que subdividiéndose el ejercicio del poder, son vanas todas las pretensiones de la tiranía.

El interés general se sostiene en él por la sabia combinación de los intereses locales: abunda en elementos propios para contentar las pasiones políticas sin producir desorden, porque multiplicando funcionarios ensancha la esfera al mérito y al talento, al paso que aumenta los agentes de la administración y los defensores de los derechos establecidos.

Vuelvan la cara á Tampico y presencien la humillación del General español, los que temieron la falta de toda energía en un sistema que no menoscaba la fuerza y la acción. Los que veían en su adopción el reinado perpetuo de la anarquía, confiesen que le somos deudores de la prodigiosa facilidad con que se restablece la calma en nuestras deshechas tormentas.

Resuelto ya el problema de su conveniencia, no consentiré que se repitan peligrosos ensayos, ni que se atreva alguno á presentarnos como esperanza de salud el cetro de un tirano doméstico ó extranjero, ú otra forma de Gobierno que la aclamada espontáneamente por la Nación.

El momento de asegurar el reposo llegó, y nunca cesaré de procurar este resultado que la humanidad y la filosofía se prometieron de la última revolución.

La libertad política sin los excesos de la anarquía, la libertad civil sin menoscabo de los derechos individuales, la libertad de la prensa sin la difamación, la igualdad ante la ley sin la confusión del virtuoso con el criminal, son los frutos de doce años de penosa experiencia y los beneficios que procuraremos trasmitir á nuestra remota posteridad.

Mi administración será dulce, tanto como es mi carácter suave y tolerante. Protesto que el ejercicio del Poder público, no será en mis manos un instrumento de venganza y opresión. Pero elevado un muro invencible contra los abusos de autoridad, yo sabré mantener elevado otro, contra los que aspiren á la subversión de la sociedad.

El convenio de la Hacienda de Zavaleta, formado en la mayor angustia de la Patria, puso término á los horrores de la guerra civil, reconcilió voluntades que se creyeron enajenadas para siempre, restituyó su marcha al sistema constitucional, frustró las miras perversas de los enemigos de la Independencia, que se gozaban en los males de la anarquía.

Remitido á la sanción de las Cámaras, como era deber hacerlo, la resolución que dictaren, y cuya urgencia recomiendo á su sabiduría, será sostenida fiel y puntualmente.

La religión, dada por su autor para el bien de los hombres, el mejor legado de nuestros padres, freno de las pasiones antisociales, apoyo y sostén de la libertad del hombre, de los derechos del ciudadano y de la independencia de las naciones, será respetada por deber y por convencimiento.

El Ejército, compuesto de tropas permanentes, activas y nacionales, continuará siendo un firme sostén de las instituciones, y mi Gobierno, recordando su mérito y su antigua gloria, impetrará de los legisladores su reorganización, conforme á nuestras necesidades, y la recompensa á que sea merecedor.

La educación, elemento vital de la prosperidad de las naciones, merecerá el primer cuidado de mi Gobierno, para que sea digna la Nación de su elevado rango, y se prepare la existencia de un pueblo que pueda gozarse con la memoria de sus benefactores.

Mi política para con las naciones que viven en paz y armonía con nosotros, está bajo de la base de la más estricta reciprocidad, justa, imparcial é inalterable. La paz es un beneficio del género humano y será conservada mientras lo permita la dignidad nacional.

¡Representantes de la soberanía de la Nación! Mi fe política es sencilla, y rectas mis intenciones. Amparadme con vuestras luces y el favor del pueblo, de que sois la porción escogida, en el empeño de promover á costa de la misma vida, su libertad y su ventura—Dije.

Contestación del Sr. Presidente del Congreso, D. Andrés Quintana Roo.

Cuando por los heroicos esfuerzos del Ejército libertador se vió la República restituída al goce interrumpido por acontecimientos imprevistos, del régimen constitucional que espontáneamente había adoptado, volvió agradecida los ojos hacia el caudillo ilustre, que, autor de tan grandiosa obra, era el más propio para consolidarla y llevar su complemento al último punto de perfección posible.

Reuniéronse, pues, todos los votos en favor de la elección que os ha constituido Jefe Supremo del Estado: la ceremonia augusta que hoy consagra la expresión unánime de la voluntad pública, es el acto solemne del contrato por el cual os obligáis con la Patria á sacrificaros todo entero á su servicio, en las tareas pacíficas de la administración, después de haberla libertado de los horrores de la guerra, conduciendo á la victoria el estandarte de la libertad.

Arduos, difíciles, extensos y complicados son los deberes anexos al sublime cargo que os han confiado vuestros conciudadanos. Sostener el orden sin declinar al despotismo; proteger la libertad sin fomentar la anarquía; olvidar todos los extravíos pasados sin dejar á la impunidad la esperanza de repetirlos; tomar una posición conveniente entre la facción liberticida que pugna por restablecer la antigua tiranía, y el partido nacional que aspira á conservar el clon precioso de la Independencia; respetar profundamente la religión, dejando al mismo tiempo abierto el camino á las reformas saludables que abusos inveterados exigen imperiosamente; reunir todos los ánimos, conciliar todos los intereses; ser, en una palabra, jefe de un pueblo libre, y no corifeo de una facción despreciable; tal es el bosquejo, el cuadro de las inmensas obligaciones que tenéis que desempeñar.

El Congreso General, animado de los más rectos, puros y patrióticos sentimientos, mirará como su mayor gloria dictar las leyes conducentes á favorecer los generosos designios que acabáis de manifestar; y cuando por fruto de esta cooperación eficaz se vea afianzado el orden, extinguidos todos los odios políticos, restablecida la concordia, protegida y generalizada la ilustración, floreciente la agricultura, prosperar las artes, enriquecido el comercio, y abiertas todas las fuentes de la felicidad social, nuestra historia grabará en sus anales: "El hijo predilecto de la Patria, á cuyos pies rindió el orgulloso ibero su temible y poderosa espada, fué aun más grande por la sabiduría de su administración, que por el explendor de sus victorias."

El General D. Antonio López de Santa—Anna, en la clausura de las sesiones ordinarias, el 21 de Mayo de 1833.

Ciudadanos Representantes del Congreso de la Unión:

Circunstancias verdaderamente lamentables impidieron que comenzáseis vuestras sesiones en el período designado en la Constitución. Por esta causa, independiente de vuestra voluntad, no os fué posible atender á todas las necesidades públicas para expeditar la marcha del sistema constitucional. Disfrutad, sin embargo, de la satisfacción de no haber omitido nada de lo que ha podido depender de vuestro celo en el cumplimiento de vuestros augustos deberes.

Conocéis, señores, la importancia de volver en breve á las tareas que apenas habéis comenzado; aunque han sido aprobadas las bases del convenio de Zavaleta, resta que decidáis acerca de otros puntos contenidos en él, que no son menos interesantes en las iniciativas que os presentará el Gobierno y manifestarán cuán penetrado se halla de la conveniencia de cerrar para siempre las heridas de la Patria, por aquellas medidas generosas que tantas veces redimieron á otros pueblos de los males que necesariamente trae consigo la guerra civil.

Llamará también vuestra preferente atención el arreglo de la Hacienda Pública, para que se cubran las necesidades de la administración con el menor gravamen de los pueblos.

Por una fatalidad inconcebible, en lo que menos se ha avanzado desde que la Nación se gobierna por su propia voluntad, es en la Administración de Justicia. Como ella es el fundamento de las preciosas garantías, no dudo anunciaros desde ahora que el Gobierno os pedirá que deis á este ramo la debida preferencia.

La reorganización del Ejército es un deber de gratitud; es urgente para que las leyes se apoyen en este medio que dieron ellas mismas á la autoridad, y para que aparezca la Nación en la actitud respetable que exige imperiosamente la probabilidad de nuevos ataques á la Independencia.

La libertad de la prensa merecerá de legisladores distinguidos por su ilustración y por su amor al orden, que la establezcan de una manera digna del siglo en que vivimos.

Retiraos, señores, con el placer de haber obrado el bien; disponeos á dar á nuestras instituciones la perfección á que aspiráis y que os recomienda el Gobierno. ¡La Providencia, que vela siempre sobre los pueblos, quiera dar cumplimiento á nuestros votos!

Contestación del Sr. D. Andrés Quintana Roo.

El mismo espíritu de libertad que impulsó el movimiento general hacia el recobro del orden constitucional, que por una fatalidad deplorable se había trastornado entre nosotros, ha guiado en sus deliberaciones á los depositarios de la confianza nacional, que firmes siempre en su propósito de asegurar los más caros intereses del pueblo, han dirigido á este objeto las tareas á que en la estrechez y complicación de las circunstancias han podido hasta ahora dedicarse.

Si no han producido todas sus disposiciones los resultados felices que con ellas se prometían, ciertamente no puede rehusárseles la justicia de confesar que han guardado la más severa circunspección en medio del acaloramiento y efervescencia de las pasiones, mirando más bien á la sincera reconciliación entre todos los ciudadanos, que á la venganza de agravios que la más ilustrada política ha creído deber sepultar á los pies del altar de la Patria.

Con tan benéfica mira ha sido aprobado el convenio salvador de Zavaleta; y si con anterioridad á este acto de clemencia y generosidad se dió lugar á una causa célebre en que la barbarie y atrocidad de los crímenes aparecieron en todo su horror y evidencia; no podrá decirse que la prevención haya hecho confundir la justicia con la venganza, ni que un solo paso legal haya sido omitido en perjuicio de los acusados.

Aun podrá esperarse más de la munificencia del Congreso General, si las circunstancias que obligaron á tan justo procedimiento, permitiesen dar toda su extensión á las medidas de paz y de dulzura que han estado siempre en la intención de los representantes: el interés de la causa pública será en esto como en todo lo demás, el norte de sus operaciones; y apoyados por los sentimientos que tan enérgicamente ha manifestado el Gobierno, no dudaré que la grande obra de la reconciliación general será felizmente conducida á su último término.

Fácil será, en consecuencia, completar la reorganización del Estado; el arreglo de la Hacienda Pública, de la administración de justicia, del Ejército y de todos los ramos que constituyen el buen orden social, será el objeto de las tareas del Congreso en la sesión inmediata. Entretanto, nada más desea que el acierto del Ejecutivo en la dirección de los importantes asuntos encomendados á su celo, prudencia, discreción y sabiduría.

El General Santa-Anna, al abrir las sesiones extraordinarias el 1 de Junio de 1833.

Representantes de la Nación:

El Consejo de Gobierno ha usado de la facultad que la Constitución le concede para reuniros en sesiones extraordinarias. Volvéis á las penosas tareas que la Nación os impuso como deber, y será satisfecho con el celo por la cosa pública que siempre os ha animado.

Para que se satisfagan los deseos de los amigos de la paz, será muy conveniente que se dé complemento al Convenio de Zavaleta, combinando los intereses de la sociedad y vuestras miras generosas y humanas.

Es digno de vuestra especial consideración el arreglo de todos los ramos de la hacienda federal y el urgente del crédito público.

Las necesidades del Ejército y de la Marina reclaman del Legislativo su pronta reorganización.

La administración de justicia, particularmente en el Distrito Federal y Territorios, exige del legislador la preferencia debida á las primeras garantías del hombre y á los derechos del ciudadano.

Cuanto dice relación á los límites de la República, interesa á la integridad de su territorio y á la conservación inalterable de la paz. El Gobierno espera de vuestra sabiduría, leyes que afiancen estos bienes.

La aprobación de los tratados pendientes con las naciones amigas, les dará un nuevo testimonio de los principios francos de nuestra política.

El Gobierno no encuentra motivo para recelar que puedan frustrarse las esperanzas que ha concebido la Nación, de marchar serenamente al término de sus destinos.

Las instituciones fedérales están profundamente arraigadas en el corazón de los mexicanos. Aleccionados por dolorosas experiencias, desatienden los pretextos que suelen invocarse para sobreponerse' á los principios y turbar los goces benéficos de la concordia.

Representantes de la Nación:

El Gobierno está unido sinceramente á vosotros en el noble propósito de mantener ilesas sus leyes y su dignidad. Comenzad, señores, vuestros trabajos, apoyados en la confianza del buen sentido del pueblo, y en la de que el Gobierno es fiel á sus juramentos. Estad seguros de que cualquiera que sea la marcha de los acontecimientos, el Gobierno sabrá con inconstrastable firmeza salvar el depósito sagrado de las leyes.

Contestación del Presidente del Congreso, Sr. D. José de Jesús Huerta.

El Congreso de la Unión se penetra de la importancia y urgencia de los objetos que motivan la apertura de sus sesiones extraordinarias, después de solos diez días de haber estado en receso.

Mira con el más dulce placer el vivo interés con que los recomienda el Ejecutivo, y el amor patrio que arde en el pecho de cada uno de sus individuos: frisa armoniosamente con los heroicos sentimientos del soldado del pueblo, que por el voto más libre que vieron los siglos, ha sido llamado á encargarse de la Magistratura Suprema de la República.

¿Ni cómo podría ser otra cosa? Digan lo que quieran los que nada omitieron de cuanto podía conducir á sumirnos en el inmundo fango de la esclavitud, la nación en el triunfo de su libertad ha sabido escoger sus mandatarios; y éstos primero dejarán de existir que faltar á sus compromisos: jamás harán traición á la confianza de que son depositarios.

Ellos conocen su posición; conocen la de sus comitentes; conocen las necesidades de éstos; conocen sus deseos, y, sobre todo, sus opiniones; y con este conocimiento, dejádmelo decir, mexicanos, en la efusión de mi espíritu, el Gobierno y el Congreso, sin salir de la órbita de sus atribuciones buscarán unidos el acierto en el difícil desempeño de sus respectivas obligaciones

¡Desunión! ¡Desconfianza! Huid para siempre de la mansión de la paz, de la unión y de la concordia. Aquíno habrá más que un corazón y una alma, y el deseo de hacer el bien será el único resorte que dé impulso á las operaciones de los Supremos Poderes Federales.

Ellos, respetando las leyes y aspirando de consuno á un mismo fin, sabrán contrastar y reducir á nulidad los esfuerzos con que el genio del mal atiza en diversos puntos el fuego de la discordia.

Escritores preocupados, eternos perturbadores de la quietud y sosiego públicos, desengañaos: el pueblo no quiere trastornos, lo que quiere es vivir en el seno de la paz, disfrutando tranquilamente de las conocidas ventajas que le ofrece el sistema de Gobierno que adoptó y por el que lleva hechos hasta hoy tantos y tan dolorosos sacrificios.

Ni debéis esperar que en su inmensa mayoría preste oídos á la voz de la seducción: el buen sentido que tiene por distintivo, ayudado por el progreso de las luces, verá con desprecio los sofismas, las equivocaciones y supercherías con que habéis querido extraviarlo.

El pueblo de hoy no es el de 1810. Pero no sé á dónde me impelía el tropel de ideas que en este momento se presentan á mi espíritu. Vuelvo al asunto.

Los debates del cuerpo deliberante, á pesar de los insultos y amenazas que prodiga el abuso de la imprenta, serán tan libres como lo fueron, á despecho de enemigos implacables, los actos electorales que dieron por feliz resultado el restablecimiento del orden constitucional, después de la sangrienta lucha que hizo cesar el memorable Convenio de Zavaleta con gloria inmarcesible de sus ilustres autores.

Pero en las discusiones el calor del debate jamás se confundirá con el odio, ni el vivo deseo de poner un término á las dolencias de la República podrá nunca degenerar en espíritu de venganza.

Tales sentimientos no caben en los representantes de un pueblo generoso, que ha perdonado mil veces á sus más crueles opresores.

Las leyes que van á emanar del Congreso General, serán el efecto del convencimiento: su apoyo el de la razón, de la justicia y de la conveniencia: su carácter el de la beneficencia, de la suavidad posible, y su fin la prosperidad y felicidad nacional.

Si por desgracia llega el caso, lo que no permita el cielo, de que algunas medidas legislativas vayan marcadas con el sello de una severidad inevitable, quizá entonces el Gobierno y el Congreso, serán los primeros en lamentar la dura necesidad de dictarlas violentando sus más bellas disposiciones de dulzura y lenidad.

No es seguramente la caprichosa insensibilidad del facultativo la que echa mano del cáustico y de la incisión: lo que hace necesaria la aplicación de remedios tan aflictivos, es la misma gravedad de los males que se resisten obstinadamente á toda otra curación.

En fin, el Congreso tomará de luego á luego en consideración los asuntos que se le detallan en la convocatoria, dando, como es justo, la preferencia á los que acaba de recomendar el Gobierno.

Sus tareas legislativas en estas sesiones extraordinarias, podrán compensar las que por motivos que todo el mundo conoce, no pudo tener en una buena parte del tiempo que prescribe la Constitución; esa Constitución tan querida del pueblo y tan odiada por los enemigos del nombre mexicano; esa Constitución perseguida desde su nacimiento, atacada repetidas veces en los nueve años que lleva de existencia, y que últimamente ha venido á nuestras manos rota y hecha pedazos por la maniobra de una facción, cuyo designio fué nada menos que el de que quedase destruida y olvidada para siempre.

El Sr. Gómez Farías, al cerrar las sesiones extraordinarias, el 31 de Diciembre de 1833.

Señores Diputados y Senadores:

En la peligrosa crisis en que se ha visto la República durante el período de las sesiones extraordinarias de este año, nada habéis perdonado para corresponder dignamente á la confianza de los pueblos.

Jamás los enemigos se habían presentado en un aspecto más importante, ni jamás tampoco encontraron una resistencia más sabiamente combinada, ni más feliz en sus resultados. Seducida una porción considerable del Ejército permanente, provocado el fanatismo religioso á tomar una parte activa en la contienda, y diseminados los principios desorganizadores, que á un tiempo se proclamaron en diversos puntos de la República, para figurar en la simultaneidad de los pronunciamientos un simulacro de opinión pública, opusisteis á tantas causas reunidas de trastorno y disolución, la fuerza incontrastable de leyes bien calculadas sobre el verdadero y sólido interés de los pueblos.

El mal fué atacado en su raíz, cuando parecía más difícil la aplicación de remedios convenientes.

Ni el temor de sublevar añejas preocupaciones, ni las amenazas aterradoras de la fuerza armada, ni los estragos de un contagio mortífero, que vino á juntar sus horrores á los conflictos de la revolución, bastaron para haceros abandonar el puesto en que la Nación os había colocado para salvarla.

A todo acudisteis con próvido celo; y mientras los soldados fieles de la Patria vencían y desarmaban á sus enemigos, mientras el ciudadano Presidente recogía nuevos laureles en acciones merecedoras de inmortal gloria, vosotros echabais los cimientos de una prosperidad duradera, á cubierto de los ataques de las facciones.

El Ejército llamó fuertemente vuestra atención para introducir en él las reformas que exige el bien de la Patria y que sean compatibles con las consideraciones debidas al mérito de los dignos militares que han sostenido las instituciones.

La Nación, que había comenzado á pagar la deuda que contrajo por las dilapidaciones y gastos enormes de los tiempos pasados, se ha visto precisada á ocurrir á nuevos recargos y gravámenes, que desaparecerán con el restablecimiento pronto de la paz. Los sublevados del Sur sucumbirán á las armas victoriosas de la República.

En vano se han empleado, para destruir los derechos del pueblo, los artificios del fanatismo: en vano se han hecho esfuerzos, hábilmente combinados, contra la Constitución Federal: los mexicanos conocen ya á los que quieren tiranizarlos, los observan atentamente, y por más que se empeñen en realizar sus proyectos liberticidas, serán burladas sus esperanzas.

Con la autorización concedida al Gobierno para la reforma fundamental de la instrucción pública, se ha dado á este objeto de primera importancia el impulso que demandan las exigencias y luces de nuestro siglo.

Los establecimientos de enseñanza están ya abiertos, y puesto en ejecución el plan de la Dirección General, encaminado más bien á generalizar entre el pueblo los conocimientos de que necesite, según las diversas profesiones y oficios á que se dedique, que á ostentar un vano aparato de ilustración, incompatible con el estado de la sociedad naciente.

Los avances temerarios de los defensores inconsiderados del fuero eclesiástico han sido prudentemente contenidos, sin perjuicio de la integridad y pureza de los dogmas inefables de nuestra divina religión.

Los espíritus más prevenidos han conocido que no es opuesto á la profesión del catolicismo el uso de las prerrogativas inherentes á la soberanía de la Nación; y sin alarmas, sin escándalos ni la menor contradicción, han sido respetadas y obedecidas las leyes concernientes á diezmos, canonjías nulamente provistas, y votos monásticos.

El pueblo, en cuyas preocupaciones mal conocidas, ha querido siempre encontrarse un pretexto para perpetuar abusos, lejos de oponerse á su reforma, ha dado los testimonios más decisivos del agrado con que la recibía, presentándose voluntariamente al Gobierno en los momentos de más riesgo para sostener las leyes que le libertaban del yugo de los errores, y afianzaban su libertad y dicha venidera.

Robustecida con tan fuertes apoyos la acción del Gobierno, tiene hoy la lisonjera satisfacción de asegurar al Cuerpo Legislativo, que no ha sido burlada la confianza con que depositó en sus manos la suerte de la Patria.
Contestación del Presidente del Congreso, D. Juan J. Espinosa de los Monteros.

Fué ciertamente un señalado favor de la Providencia que vela sobre los destinos de los Estados Unidos Mexicanos, que desde el principio de los deplorables casos que el Poder Ejecutivo acaba de recordar, y que en el curso de seis meses se han desarrollado á la vista de las Cámaras, se hubiese dejado percibir que en la maligna textura que debía prolongarlos se hallaría complicada toda la existencia política de la República Federal, y que sólo la prudencia, energía y poder del Congreso de la Unión, serían capaces de salvarla.

Este fué el principal y más urgente motivo de su convocación á sesiones extraordinarias, y el suceso ha demostrado el acierto de tan importante medida.

Con efecto: cuando la Nación, en el borde de los precipicios en que se encontró al abatir la orgullosa y sanguinaria tiranía que por espacio de tres años había trabajado en esclavizarla, volvió á tomar por sí misma con pie seguro la senda constitucional y trazó con tanta claridad la marcha que debía seguirse, no era posible que los representantes á quienes colocó á la cabeza para dirigirla, se pasmasen á la presencia de los nuevos acontecimientos que la impunidad dejaba preparados, ó se aterrasen con las desaforadas vocerías de rebelión, las insolentes amenazas y perversas maquinaciones que anunciaban su exterminio.

Bien pudo la saña y furor de sus enconados verdugos decretar matanzas y degüellos; los miembros de ambas Cámaras, sin otro apoyo que la dignidad de su representación y la conciencia de haber obsequiado hasta allí la voluntad de la Nación, fiel é inflexiblemente, descansaron en la confianza de que ella no vería con indiferencia sus sacrílegos ultrajes, y que tenía un inmenso poder para pulverizar á sus pérfidos enemigos.

Y, ¿por qué temerlos en una tan desigual contienda en que de una parte se pugnaba por el amor á la Patria, por la Independencia nacional, por la libertad y demás derechos del ciudadano, por las instituciones y garantías especiales de nuestra sociedad; y de la otra por la destrucción de ellas y de toda forma liberal de Gobierno, por la tiranía y teocracia militar, por los fueros y enmohecidos privilegios de clases fantásticas, por el estúpido fanatismo, por las ilusiones, humillaciones y sacrificios del pueblo?

Se mostró desde luego en la lealtad, firmeza y energía del Poder Ejecutivo el brazo fuerte de la tremenda indignación nacional; y cuando por un invento, el más refinado de la detestable política que dirigía la conspiración, se pensó desquiciar este poder levantando otro absoluto y despótico que destrozase la Constitución Federal; en esta misma vinieron á embrollarse confundidas tan insidiosas tramas.

La autoridad ordinaria del Gobierno, en sí competentemente vigorosa, fué robustecida después de algunas particulares facultades que se le confirieron con la plenitud de todas las que tuviese por oportuno usar para el restablecimiento del orden. No era ciertamente difícil la elección entre el poder dictatorial ofrecido por un puñado de rebeldes y el que franquea la Constitución para casos en que á la sombra de su protección se vea insolentemente atacada y sea necesaria ejercitar la represión ó la clemencia.
Pero más insensato y temerario fué el engaño de los que creyeron que apoderándose de la persona del Presidente de la República y corrompiendo la porción más numerosa y disponible de los hombres regimentados con que contaba el Gobierno, y que más que otro alguno tenían el sagrado deber de prestar sus servicios á la Patria con inviolable fidelidad, se llenaría de estupor y sobrecogería la Nación al verse destituida de sus armas y aun del apoyo del primer Magistrado que con tanto entusiasmo se había elegido, y que en los dos más graves conflictos la había colmado de gloria, sosteniendo su independencia y libertad.

La artería y la perfidia parecieron haberse competido en esta infame maniobra, y ella ofuscó de tal modo á sus autores que se regocijaban de haber asegurado un golpe magistral y decisivo.

¡Miserables! Una nación tan magnánima é ilustrada no podía desconocerse á sí misma ni dejarse fascinar; y si los mandatarios que envió al Congreso de la Unión supieron usar dignamente de su poder, lo publicará la ley de 11 de Junio último, en que el Presidente de la República recibió para jamás olvidarlo el testimonio más preclaro del noble, grato, ardiente empeño que la Nación tomó por su libertad y vida.

Después de esto, una lección. de sobrada fuerza y amargura pudo advertir á los pertinaces enemigos de nuestra independencia y sistema que trabajaban en su daño: que atraían sobre sí mismos los males é infortunios que preparaban para la República; y que del desorden que habían querido introducir en ella para llevar adelante sus temerosas pretensiones, debía resultar definitivamente el orden que las desahuciase para siempre.

Así ha sido que, á pesar de haber redoblado y apurado los sediciosos sus impotentes y torpísimos esfuerzos, y mientras de un abismo de crímenes se precipitaban en otros y otros insondables, hollando crueles y enfurecidos, como no pudiera creerse de naturales mexicanos, la doliente humanidad que reclamaba en una devastadora epidemia las más tiernas y cuidadosas atenciones, el Congreso General aplicó á este vital objeto toda la que en sus atribuciones cabía, y continuó impasible decretando las leyes más convenientes para la tranquilidad y prosperidad pública.

Según estas exigencias, el Ayuntamiento de la Ciudad Federal fué regenerado: al militar inválido se le proporcionó el apetecido descanso y la mayor comodidad para percibir sus socorros: se pusieron iguales ante la ley los oficiales desertores y los jefes y generales más entonados de cualquiera graduación que desertasen: se ha dado más seguridad á algunas relaciones exteriores con la aprobación. de los tratados respectivos; se ha decretado el arreglo que para su mejor desempeño necesitaban los Consulados; se sacó á los indígenas de ambas Californias del abyecto pupilaje á que los tenían sometidos las Misiones con títulos de catequismo y administración espiritual, y ésta se trasladó al clero secular con las reglas más precisas para su gratuito desempeño: se proveyó del modo más expedito al arreglo de la enseñanza y educación pública en el Distrito y Territorios, y se le dotó con generosa munificencia; á la Marina Mercantil Nacional se le dispensó la protección que necesitaba para su fomento, y se fijó el interesante carácter de su nacionalidad; se redimió á la agricultura de la opresión en que gemía encorvada bajo la obligación civil de pagar el diezmo eclesiástico, dejando en esta materia á cada ciudadano el libre dictamen de su conciencia para arreglarla sin temor de vejaciones, en obsequio de la población, que es la que hace á una Nación robusta y poderosa; y para que no continuase descuidada la fortificación de los puntos fronterizos, se dió al Gobierno la más amplia autorización para la colonización de los territorios de la Federación y demás puntos baldíos, y para levantar fortalezas en las fronteras; se le dió también para asegurar la colonización de la Alta y Baja California y la secularización de sus misiones: las trabas que el comercio y la industria sufrían por las leyes civiles para la adquisición de capitales, han sido removidas; por la derogación de otras semejantes leyes, que con grave perjuicio de la sociedad imponían coacción, ya directa, ya indirectamente para el cumplimiento de los votos monásticos, la libertad del hombre ha recobrado su natural ejercicio, y la perfección cristiana todo el realce que la hace tan maravillosa: los derechos de la majestad de la Nación venerables é imprescriptibles, altamente consignados en la Constitución Federal, y hollados con increíble violencia en la provisión de canongías, fueron vindicados: los que son inseparables de la soberanía de los Estados para arreglar los puntos concernientes á rentas eclesiásticas, fueron reconocidos así como preservados los de la Federación sobre los bienes de temporalidades: el ejercicio del derecho de patronato, arreglado para la provisión de curatos: la lenidad y la templanza se han hecho admirar en las providencias que la seguridad y la vindicta pública demandaban respecto de los cuerpos sublevados contra las instituciones: al Erario Público se le ha proporcionado todo el desahogo que cabe en una prudente conciliación de las necesidades más urgentes é imperiosas, y las atenciones más propias de la equidad y buena fe; y al mismo tiempo se le ha redimido de aquella angustiada inopia á que lo tendría siempre reducida la liviana operación de emitir órdenes sobre las aduanas por aparentes ó ruinosas anticipaciones de derechos.

En suma, si no han podido agotarse los copiosos manantiales de las materias que la convocatoria designó para las sesiones extraordinarias del Congreso General, éste, como se deja entender por lo indicado, no ha omitido recorrerlas todas para ocuparse en cada uno de lo que con más urgencia é interés público reclamaba su atención.

Sus trabajos fenecidos y otros muchos preparados, han llegado infatigablemente, á través de las agitaciones con que se ha pensado embarazarlos al término que la Constitución prescribe para comenzar sus sesiones ordinarias.

Continuará en ellas sin intermisión ni descanso, y ciertamente con más entusiasmo y ardor, porque insta ya la hora de satisfacer cumplidamente los votos más fervorosos de la Nación.

Su espíritu ha emprendido ya vigorosamente el vuelo para seguir con rapidez el del siglo: pide leyes dignas de su ilustración y de las grandes dotes con que la ha enriquecido la naturaleza: nada, jamás, ha demandado con mayor vehemencia y claridad que el que en los momentos presentes se le asegure su tranquilidad futura.

Quiere que se aniquile aquella conspiración sorda, activa y permanente que no ha cesado de trabajar en dividirla para encadenar su libertad, y que se extirpe de una vez el germen oculto y misterioso que ha fructificado tantos absurdos y mortíferos planes para derrocar sus sabias instituciones.

Esto desea y espera de sus actuales mandatarios, y sería muy aflictivo que resultase vana e desmentida tan lisonjera esperanza.

Ellos ciertamente conocen y han aceptado todas las consecuencias de confianza tan ardua; pero sólo podrán responder con la pureza de sus intenciones y la actividad de su celo.

Ni saña ni imbecilidad será su divisa: la prosperidad pública y el consiguiente bienestar individual, el objeto de sus cuidados.

Confían en que la razón y las luces triunfarán de las preocupaciones; la justicia, de la maleficencia; y que los cubrirá con su escudo la opinión nacional, este poder tutelar y formidable, porque contra ella no hay astucia, no hay disciplina, no hay fuerza, no hay liga, no hay prestigio, el más seductor que pueda prevalecer.

Fuente:

Los presidentes de México ante la Nación : informes, manifiestos y documentos de 1821 a 1966. Editado por la XLVI Legislatura de la Cámara de Diputados. 5 tomos. México, Cámara de Diputados, 1966. Tomo 1. Informes y respuestas desde el 28 de septiembre de 1821 hasta el 16 de septiembre 1875.

Los cinco tomos fueron digitalizados por la Universidad de Texas:
http://lanic.utexas.edu/larrp/pm/sample2/mexican/history/index.html



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