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Siglo XIX > 1830-1839 > 1832

Discursos de Anastasio Bustamante: Enero 1, 1832. Mayo 23, 1832. Agosto 3, 1832. Discurso de Melchor Múzquiz al jurar como Presidente. Agosto 14, 1832 y al tomar posesión como Presidente. Diciembre 26, 1832.
Enero 1, 1832. Mayo 23, 1832. Agosto 3, 1832. Agosto 14, 1832. Diciembre 26, 1832.

El General Bustamante, en la apertura de las sesiones ordinarias del Congreso General, el 1 de Enero de 1832.

Ciudadanos diputados y senadores:

En ningún período de nuestra existencia política habíamos tenido tan justo motivo de felicitarnos mutuamente por los progresos de la República como en el presente. En ninguno tampoco los inmensos beneficios de la Independencia habían sido tau palpables, ni tan ventajosa hacia nosotros la comparación de nuestra situación interior y exterior con la de otras naciones.

Mientras que muchas del antiguo y nuevo mundo se hallan despedazadas por guerras sangrientas, amagadas por turbaciones ó devastadas por epidemias asoladoras, la Providencia, volviendo sus miradas paternales hacia estos Estados, antes afligidos por semejantes calamidades, ha conservado en ellos la paz interior, sin la cual todos los demás bienes son ilusorios; ha calmado las rivalidades y el furor de los partidos; ha dirigido el espíritu público hacia empresas útiles y benéficas, y ha afianzado sobre estos cimientos la prosperidad futura de la Nación.

Bendigamos, conciudadanos, esta mano poderosa, á quien reconocemos deber tantos beneficios y hagámonos dignos de la continuación de su favor, esforzándonos á conservar tan inapreciables bienes.

Sin embargo de este próspero estado de los negocios públicos, se presenta todavía un vasto campo á las arduas tareas del Congreso en sus presentes sesiones ordinarias.

Debe tratarse de afianzar y mejorar lo que ya existe, de arreglar los ramos de administración que lo requieren, de aumentar el crédito nacional y de poner la Hacienda Federal bajo el pie de cubrir completamente las atenciones del servicio público; y con este fin me propongo cuál sea, bajo un punto de vista general, el estado actual de los negocios y cuáles merecen llamar más particularmente su atención.

Las relaciones amistosas establecidas con muchas potencias de América y Europa se han estrechado más, y el Ejecutivo continúa cultivándolas por medio de las legaciones que ya existían y de las que nuevamente se han nombrado, de las cuales dos han sido destinadas cerca de los Gobiernos del continente americano: me prometo de esta medida los más importantes resultados.

Se han dado las instrucciones correspondientes al Plenipotenciario nombrado para la celebración de los tratados de amistad, comercio y navegación con la Prusia, Francia y Ciudades Anseáticas, para que, abriendo nuevas negociaciones sobre los artículos que han presentado dificultades para su aprobación, queden removidas éstas, y entonces las relaciones amistosas y comerciales de la República con aquellas Potencias se hallarán confirmadas por pactos que aseguren ventajas recíprocas.

Los estragos que causa en diversos países del Norte de Europa, la enfermedad conocida con el nombre de cholera morbus, han obligado al Gobierno á tomar medidas de precaución para evitar que tau mortífero contagio se comunique á nuestro territorio.

Estas medidas se han reducido á establecer una cuarentena de observación para los buques procedentes de puntos sospechosos, á requerir un certificado de sanidad expedido por los agentes de la República en los lugares de su procedencia, previniéndose á éstos no lo expidan cuando el barco hubiese salido de algún puerto contagiado, ó tocado en él, prefiriendo algunos inconvenientes que podrán seguirse en el comercio marítimo, al riesgo de ver extenderse entre nosotros esta plaga asoladora.

Poco progreso habría podido hacerse en las negociaciones exteriores si no se hubieran cumplido fielmente las obligaciones contraídas en virtud de la ley de 2 de Octubre de 1830 con los acreedores á los empréstitos negociados en Inglaterra.

La parte de los productos de las aduanas marítimas de Veracruz y Tampico, que la referida ley asignó para el pago de dividendos, se ha aplicado religiosamente á este objeto, y con ella se han pagado los réditos respectivos, lo cual ha mantenido el crédito de los fondos mexicanos, aun en medio de las grandes vicisitudes que han sufrido los de otras naciones.

Este aumento del crédito exterior se debe muy esencialmente al buen orden y tranquilidad que ha existido en el interior. Después de las inquietudes que por tantos años afligieron á la República, cuando tantos elementos de división y de trastorno debieron quedar existentes como resultado de las turbaciones anteriores, parece que era necesario un largo transcurso de tiempo para calmar la exaltación de los partidos y hacer amar la paz por el hábito de los goces que proporciona.

El de un año solo ha bastado, sin embargo, para obtener tan grandes ventajas; y si en este intervalo algunos nuevos síntomas de turbaciones se advirtieron, se han tomado inmediatamente las medidas convenientes para evitar trastornos funestos.

Todas las ocurrencias de esta naturaleza se han puesto oportunamente en conocimiento del Congreso, y algunas aguardan su resolución para ser definitivamente terminadas.

Las artes no prosperan sino á la sombra de la paz, cuando el espíritu de partido ha desaparecido y se sustituye, en su lugar, el de asociación que tiene por objeto las empresas útiles.

Así ha sucedido entre nosotros; y hoy vemos con satisfacción formar se por todas partes compañías industriales que con sus fondos propios y los que le proporciona el Banco de Avío, emprenden el establecimiento de fábricas, las más de hilados y tejidos de algodón, las otras de lanas; varias se organizan para el laboreo de las minas y para otros diversos ramos.

Son incalculables las ventajas que la República va á sacar de este espíritu de empresa, no sólo por el impulso que recibe la industria, sino aun en lo moral y político; por lo que merece ser fomentado con empeño.

Para que la moral y la instrucción pública adelanten en la misma proporción, se hace indispensable que un plan de estudios conforme á las luces de nuestro siglo, aumente y regularice los varios establecimientos que existen en el Distrito y Territorios, cuyo objeto merecen toda la atención del Congreso.

Provistas las iglesias en su mayoría de dignos prelados consagrados en el precedente año, queda vacante la Mitra de Yucatán, cuyo Obispo no se ha nombrado en razón de las circunstancias de aquel Estado, habiéndose acordado ya la presentación del que ha sido electo para la de Sonora, que se había retardado en espera de la exclusiva de que debían usar los Gobernadores de los dos Estados en que se dividió el antiguo de Occidente.

Se han nombrado también los párrocos en propiedad, y de este modo han quedado suficientemente cubiertas las más urgentes atenciones de la Iglesia.

La administración de Justicia aguarda, para obtener ventajas efectivas, la conclusión de los trabajos que tau adelantados quedaron en las últimas sesiones extraordinarias, para el arreglo de este importante ramo, así en el orden civil como en el militar: no puedo menos que recomendar eficazmente á la sabiduría del Congreso la preferente necesidad de perfeccionar cuanto antes la organización del Poder Judicial, de que depende en gran parte la conservación de las garantías y derechos sociales.

Entretanto, me es muy grato manifestar que la cárcel pública de esta capital se trasladó al antiguo edificio de la Acordada, dispuesto del modo más adecuado para llenar el objeto de la seguridad de los reos, sin perjuicio de su salud y desahogo, conciliando al mismo tiempo las miras benéficas de su moralidad y ocupación.

Las rentas federales, merced á las medidas que se han dictado para mejorar su recaudación, han producido en el último año económico más que en ninguno de los precedentes desde la época de la Independencia.

Así han podido cubrirse casi todos los gastos ordinarios, y lo habrían sido en su totalidad si todos los Estados hubiesen pagado con la debida puntualidad sus contingentes, y si las cuantiosas responsabilidades que quedaron pendientes de pago en tiempos anteriores, y se han satisfecho en mucha parte por la presente administración, no hubiesen disminuido los fondos con que debió contarse para las atenciones corrientes.

Es, sin embargo, asunto de la mayor importancia dar á nuestro sistema de Hacienda la perfección que requiere, y, para lograrlo, debo recomendar al Congreso el despacho de las leyes pendientes, y en especial las relativas á la organización de la renta del tabaco y el arreglo de las Aduanas marítimas, á fin de evitar en cuanto sea posible el contrabando, que á pesar de toda la vigilancia del Ejecutivo, aun se hace por diversos puntos.

En el arreglo y organización del Ejército se ha trabajado con igual empeño; mas para hacerlo con el necesario fruto, debo recomendar á la consideración del Congreso la expedición de las leyes relativas al contingente de hombres, y las que tenga á bien acordar para prevenir y castigar la deserción.

Es también indispensable la reforma de nuestra Marina, estableciendo el pie en que debe quedar, no sólo para el servicio marítimo militar, sino también para la seguridad de los intereses nacionales en el de guardacostas.

Creo haber manifestado en general lo que la República ha adelantado y lo que más esencialmente le falta para perfeccionar los diversos ramos de su administración.

Cuando la fuerza de la justicia y de la opinión decidió á los mexicanos á romper el lazo que por tantos años los hizo depender de un dominio extranjero, muchos patriotas tenían menos que al poder de las armas enemigas, á los peligros y vicisitudes que son inevitables antes de obtener una organización política: estos temores fundados han desaparecido; porque no sólo hemos logrado la independencia, sino también constituirnos bajo un sistema el más análogo á nuestras circunstancias y el más conforme á los principios de libertad é ilustración de nuestra época; pero es preciso adelantar esta grande obra, precio de tantos sacrificios, estableciendo lo que aun falta y perfeccionando lo que existe; y estos trabajos serán el digno objeto de las ilustradas tareas del cuarto Congreso General, en el segundo período de sus sesiones ordinarias, que se abren hoy bajo los auspicios de la paz.—Dije.

Contestación del Sr. Presidente de la Cámara de Diputados, D. Francisco Molinos del Campo.

Legisladores:

La Patria, después de una tormenta deshecha y peligrosa, iba quizá á sumergirse de por siempre en los senos oprobiosos de la degradación y de la infamia: sus buenos hijos la arrancan de entre los brazos del crimen para depositarla en nuestras manos: desde entonces colocasteis sobre vuestros hombros esta carga sagrada, y desde entonces os ocupáis dignamente de curar las profundas heridas del gran pueblo y establecer sobre bases que no puedan destruirse su bienestar perdurable.

Maestros con las lecciones dolorosas que os diera una triste pero provechosa experiencia, habéis huido constantemente los escollos: ninguna ley de circunstancias manchará la historia de vuestro período memorable, y si ella existe alguna vez, exigida por el poder omnipotente de los sucesos, no será escrita sin duda con la pluma de la ferocidad y las pasiones, ni con las tintas del horror y de la sangre: ella será, por el contrario, el voto de la prudencia ó el fallo de la bondad ó la justicia, aplicado por la beneficencia á los acontecimientos.

El asesino de 27 de Septiembre de 1823 desaparecerá de entre nos otros: os estaba reservado su exterminio, porque se os debía la gloria de salvar las liber tades y el pacto sacrosanto de la Patria, del más irreconciliable y del mayor enemigo.

Habéis dictado pocas leyes, si se compara su número con la multitud de necesidades de un pueblo, que al desprenderse de sus antiguos opresores y al salir del estado colonial, fué á la vez presa y víctima inocente de la ambición. y del furor de las pasiones; pero esas leyes han sido el fruto sazonado y precioso de la meditación, de la justicia y del verdadero patriotismo: sabíais que no el hablar sin coto de los legisladores, sino las resoluciones detenidas y sabiamente consultadas, hacen la felicidad y producen el engrandecimiento de los pueblos: salíais también que una ley buena es la vida, y una mala, la muerte de los Estados, é hicisteis en las aras del acierto el grande y difícil sacrificio de vuestros ardientes deseos, para atender con medidas de salud á todas y á cada una de las dolencias nacionales: la Patria conoce todo el valor de este holocausto, y su gratitud inapreciable es el alto premio que os destina.

Habéis vencido, siguiendo recto por los senderos del deber, la mitad de la carrera: vais á emprender vuestra marcha para concluirla: vuestras obras se hallan apenas principiadas, y hoy recomenzáis las tareas para dar el último toque y consumarlas.

Os aguarda un porvenir agitado y peligroso; porque os espera la época en que debe decidirse sobre uno de los más grandes intereses de la República: la elección del hombre que haya de colocarse al frente de sus destinos.

La Patria descansa en vuestra firmeza y confía su tranquilidad á la prudencia y al saber de sus representantes: vosotros no engañaréis sus esperanzas: contáis con la cooperación del ilustre caudillo de Jalapa, que no desmentirá sus juramentos ni hará traición á su gloria.

Legisladores: creo que puedo y que debo prometer á la Nación y al Gobierno en vuestro nombre, que al desocupar esos asientos para volver al asilo delicioso de vuestros hogares, dejaréis establecidos sobre cimientos eternos un orden feliz é inalterable; el poder soberano y exclusivo de las leyes; un decoro sin mancilla; un crédito sin tacha; una Constitución sin ultrajes, respetuosa y universalmente acatada; una libertad pura y cierta; el imperio suspirado de la justicia, y una gloria que jamás perecerá.

El General Bustamante, en la clausura de las sesiones ordinarias, el 23 de Mayo de 1832.

¡Ciudadanos diputados y senadores!

Cuán distinto es el cuadro que hoy ofrece la República del que presentaba al abrirse las sesiones ordinarias del año presente! ¡Cuán diverso el objeto de las tareas del Congreso General durante ellas del que hubiera debido ser, si las lisonjeras esperanzas que entonces concebíamos se hubiesen realizado!

El primero de Enero de este año teníamos justo motivo para dar gracias á la Providencia Divina por los inmensos beneficios de que nos había colmado; hoy lo tenemos para deplorar los males de la guerra civil siempre funestos á todas las sociedades.

Entonces la paz interior aseguraba y hacía palpar todos los bienes de la independencia; las rivalidades calmadas, el furor de los partidos apagado, el espíritu público dirigido hacia empresas útiles y benéficas, afianzaban sobre sólidos cimientos la prosperidad de la nación, y este bienestar que disfrutaba, aumentaba su crédito en el exterior y la hacía estimable para los otros pueblos.

La Hacienda pública, por efecto de las mejoras que se habían ido practicando en su manejo, cubría casi en su totalidad las atenciones del servicio, y proporcionando los medios necesarios para cumplir religiosamente las obligaciones contraídas con los prestamistas extranjeros, hacía crecer la confianza que hubiera facilitado los arbitrios de disminuir considerablemente esta misma deuda, cuyos intereses se estaban satisfaciendo.

En tan feliz estado de cosas, las Cámaras iban á ocuparse no de medidas del momento exigidas por las circunstancias, sino del arreglo fundamental de todos los ramos de la administración, y la nación esperaba de su sabiduría aquellas leyes que perfeccionando lo que existe hubiesen completado lo que falta.

Toda esta perspectiva lisonjera á los ojos del patriota varió repentinamente. Una nueva revolución comienza en Veracruz el día dos del mismo mes de En y aunque de poca consideración en sí misma, lo es de mucha por el punto importante en que estalló. Tómase por pretexto la remoción de los Secretarios del despacho, y esta remoción se exige con las armas en la mano.

A la voz de la guarnición de Veracruz, se ponen en movimiento todas las pasiones que la paz había adormecido, renacen las pretensiones del espíritu de partido, y la ambición y el aspirantismo, disfrazados con la capa del amor á la patria, pretenden derrocar el Gobierno so color de defender las libertades públicas. Mas si por una parte se manifiestan muy á las claras estas pretensiones, por otra la opinión, con una admirable generalidad, se declara con energía por la conservación del orden.

La nación, entretanto, sufre todos los males de la guerra civil. La ocupación de las Aduanas marítimas de Veracruz y Tampico privó á la Tesorería de los ingresos ordinarios, y fué preciso ocurrir á los medios extraordinarios de empréstitos, que si bien se han contratado con condiciones menos gravosas que en otros casos semejantes, siempre resultan en menoscabo de la Hacienda pública.

El arreglo que iba estableciéndose en ésta, se interrumpe por los propios motivos, siendo acaso ese mismo arreglo una de las causas más poderosas de la revolución, porque evitándose por él el tráfico clandestino, todos los que hallaban en éste un manantial de riquezas ilícitas, han cooperado al trastorno en que esperan asegurarlas.

Esa misma ocupación de las principales Aduanas marítimas impide la remisión á Europa de los caudales destinados al pago de dividendos de la deuda extranjera; y esta falta debe haber, si no destruido del todo, por lo menos disminuido en gran manera el crédito que se había logrado restablecer.

Por la indicada causa cesan los ingresos de los caudales consignados al fomento de la industria y se embaraza la llegada de las máquinas destinadas á las diversas fábricas que se habían establecido; y en suma, á cualquier ramo que se dirija la vista se encuentran en él las señales destructoras de una guerra que ha venido á interrumpir todas las medidas acordadas para el fomento de las artes y engrandecimiento de la nación.

El Ejército, en cuyo arreglo y organización se trabajaba, vuelve á ponerse en campaña para reprimir con las armas los intentos revolucionarios, y el Ejecutivo se ve en la necesidad de usar de este recurso extremo después que ha agotado todos los medios de lenidad y de conciliación.

En medio de circunstancias tan penosas las Cámaras se han visto obligadas á ocuparse de las medidas del momento que aquellas han exigido, y han dictado todas las que su sabiduría ha creído más oportunas para ocurrir al mal.

El Ejecutivo ha encontrado en ellas un apoyo para sostener el orden público y ha recibido los auxilios que le eran indispensables, por lo que debo dar al Congreso las más cumplidas gracias.

A la primera noticia de haber estallado la revolución, los Secretarios del despacho, deseosos de remover el pretexto ostensible de ella y de evitar que á su permanencia en los puestos que ocupaban se atribuyesen el derramamiento de sangre y todos los horrores consiguientes á la guerra civil, hicieron formal dimisión de sus encargos, que reiteraron después; mas persuadido íntimamente de que el decoro de la autoridad constitucional que ejerzo y el respeto debido al sagrado Código exigían no ceder en un ápice á las pretensiones de los sublevados mientras conservasen la actitud hostil en que se hallaban, y deseando por otra parte obsequiar la respetable opinión de ambas Cámaras del Congreso general, de varias Legislaturas y Gobiernos de los Estados, y de porción de autoridades, tanto civiles como militares, me negué entonces á admitirlas; pero habiendo insistido con posterioridad dichos funcionarios, instando porque les permitiese retirarse de unos puestos en que con tanto disgusto habían permanecido, me ví precisado á condescender, tanto porque no hay ley alguna que me autorice para obligarlos á continuar prestando sus servicios, cuanto porque he creído que los que abrazaron la revolución dé buena fe por solo el pretexto ostensible de ella, removido éste, volverían al sendero del orden, y los que la promovieron y fomentan, por otras miras encubiertas y avanzadas, quedarían por virtud de este paso en necesidad de ponerlas en un punto de vista más claro, y el Gobierno en actitud de obrar con mayor energía para contrariarlas contando con la eficaz cooperación de todos los Estados y el buen sentido de la Nación, que habiendo buscado las delicias de la paz y palpado las ventajas que ella le proporciona, ve con indignación y horror las revoluciones.

La valiente división que operaba sobre Veracruz, ha sido obligada, por las enfermedades que la afligían, á alejarse del clima mortífero en que estaba situada, y se han librado las órdenes oportunas para colocarla en puntos que al mismo tiempo que la pongan á cubierto de los peligros de la estación, sean á propósito para evitar los progresos de la revolución hacia el interior.

El Gobierno se lisonjea con la esperanza de que la división que se halla sobre Tampico, conseguirá en breve poner término á los males que sufre aquella población, y de que restablecido el orden en ella, los ingresos que proporcione al Erario su aduana marítima, cubrirán los objetos importantes á que están destinados.

Ciñéndome á los límites que permite este género de discursos, he hecho una ligera reseña del estado en que se halla la causa pública; pero antes de concluir, séame permitido protestar á la Nación toda, en presencia de sus dignos representantes, que consecuente á mis principios y fiel á mis juramentos, si bien tendré siempre los brazos abiertos para recibir á los mexicanos extraviados que reconociendo sus errores se sometan á las leyes, seré inflexible para con los que olvidando lo que deben á la cara Patria, é insistiendo en sus depravadas miras de trastornarlo todo, pretendan aún hollar la Constitución, atacando el sistema federal, que estoy decidido á sostener á toda costa.

Retiraos, pues, conciudadanos, bajo esta seguridad á descansar de las penosas tareas que han ocupado vuestra atención.—Dije.

Contestación del Sr. Don Miguel Alfaro, Presidente de la Cámara de Diputados.

Aun resuena en este sitio el eco de la voz con que al principio del año anunciaba el Gobierno la apertura del Congreso bajo los auspicios de la paz. No se ha confundido en cinco meses con los nuevos sucesos que ese distinto cuadro acaba de presentarnos. Se repite más sonoro, sofocando el débil grito, que apenas pudo escucharse dentro de las murallas de un puerto.

No se han oído aquí los tiros, sino los clamores de la sangre derramada en Tolome: una mirada compasiva sobre las víctimas inocentes y una oferta generosa á los infelices y culpados, llenan el brevísimo paréntesis en que se han mezclado los sudores con las lágrimas: nuevas y muy oportunas leyes son el fruto de la tranquilidad y firmeza con que se emprendieron y se consumaron los trabajos: nada ha embarazado á la actividad del Gobierno para circularlas por toda la República; y aun en los Estados más distantes han sido escuchadas con respeto y obediencia al punto.

No hubieran deseado tanto las naciones antiguas y modernas para poderse felicitar de una paz tan acrisolada en el fuego de las discordias, tan sostenida por el voto común de siete millones de habitantes, tan vinculada en el ser y en el honor de veinte Estados soberanos, tan defendida por más de sesenta mil soldados, bien armados y valientes, y tan proclamada por todo cuanto es, en grande y en pequeño, la heroica República mexicana.

Toda animada de un mismo espíritu y llena del más celoso entusiasmo, ha protestado á la faz del universo, que jamás escuchará otra voz que no sea la de la ley en la boca del soberano, y que los gritos de alarma no serán ya más que voces de alerta á la nación.

Tal es hoy el carácter, el honor y la gloria de nuestra América. Demos, pues, gracias al Dios de la paz: felicitemos por ella á la República, y cerremos el santuario de las leyes para no abrirlo jamás por la guerra, y con más firmeza que la que ostentaba Roma al cerrar el templo augusto del Dios Jano.—Dije.

El General Bustamante, en la apertura de las sesiones extraordinarias del Congreso General, el 3 de Agosto de 1832.

Ciudadanos diputados y senadores:

Una débil ráfaga de esperanzas lisonjeras había asomado sobre el horizonte nacional, anunciando la paz y la ventura. Parecía ya que las pasiones desfallecidas sólo respiraban con languidez, para ceder el campo á la razón, vaticinando el momento de la dulce concordia.

El mexicano desnaturalizado, que arrojó la máscara en Veracruz, lanzando el anatema de eversión de los principios sociales, afectó por un momento rendirse al imperioso grito de las leyes, cuyo nombre había profanado. Propone, en efecto, un armisticio, para transigir, entretanto, en acomodamientos racionales y conducentes al restablecimiento de la tranquilidad pública.

Su conducta falaz y tortuosa no debiera inspirar confianza, porque apenas hay mexicano tau poco penetrativo, que desconozca el carácter simulado y pérfido del caudillo de los disidentes; pero no obstante esto, quedó acordada la suspensión de hostilidades por el general en jefe de la división de operaciones, á quien le habría sido muy fácil en aquella vez batir las masas de los incautos que se habían reunido en Corral Falso, por las ventajas que brindaban con el triunfo á las armas nacionales.

Mas el expresado general abundaba en los mismos sentimientos filantrópicos que han marcado la conducta del Ejecutivo, y á su imitación quiso con su deferencia dar una prueba de que jamás al Gobierno le han parecido gratos los espectáculos de sangre, y que nada ha omitido para afirmar el reinado de la ley por los medios más suaves de humanidad y clemencia, á pesar de cuanto en contrario han divulgado la detracción y la calumnia.

Empero, por desgracia, estaban escritos en el libro del destino otros nuevos sufrimientos para la magnánima Nación Mexicana; pues habiendo concurrido los bene méritos ciudadanos comisionados del Gobierno, en el punto convenido, en vano se esforzaron para venir á un acomodamiento razonable, sin menoscabo del alto respeto debido á los principios constitucionales, á la dignidad de las leyes y al decoro nacional.

Así es que todas las esperanzas concebidas se desvanecieron con la misma celeridad con que el jefe de la revolución puso de manifiesto la falsedad de sus promesas; y en lugar de observar una conducta consecuente á los deseos de paz que había aparentado, se ocupó desde luego de medidas hostiles con notoria violación de lo pactado, y de nuevos pretextos para llevar adelante sus depravadas miras.

Por tales motivos, conciudadanos, los males de la guerra continúan; y el Ejecutivo, rodeado de obstáculos para procurar su término, ha solicitado la cooperación, tan enérgica como necesaria, del Poder Legislativo, convocándoos do acuerdo con el Consejo de Gobierno á sesiones extraordinarias.

La nave del Estado está á pique de fracasar: las oscilaciones irregulares de la máquina social hacen temer su disolución, al propio tiempo que trastornan la balanza del comercio é infunden desaliento para toda clase de empresas.

Por unas partes descuella el egoísmo más sórdido ataviado con los nobles arreos del sano amor á la Patria; por otras pululan los sediciosos, que consumen las horas de luz y las del sueño en meditar la ruina de las instituciones; por otras, en fin, algunas autoridades respetables, degradando su carácter y abusando de las leyes tutelares, promueven la anarquía y preparan, acaso sin meditarlo, las cadenas ominosas de un despotismo feroz, exhibiendo pésimos ejemplos de insubordinación y fomentando la llama devoradora de la guerra civil.

Ocupados los principales puertos de la República por los facciosos, las rentas federales se han disminuido notablemente, y el Erario carece de medios suficientes á cubrir sus urgentes atenciones.

Remediar estas necesidades y el cúmulo de males que hoy aquejan á la Nación que dignamente representáis, he aquí, ciudadanos legisladores, los importantes asuntos que van á interrumpir vuestro reposo, llamando de preferencia vuestra ilustrada atención.

El Ejecutivo se desvela por cumplir con los deberes de su instituto y protesta que en sus manos, ni la debilidad, ni afectos innobles harán vacilar el timón de la República, sino que firme en sus principios, surcará con frente serena por el golfo de las contradicciones, sin sucumbir á proyectos criminales ó temerarios. Aun tenemos patria, hay leyes y Ejército para sostenerlas con honor.—Dije.

Contestación del Sr. D. José Xavier de Bustamante, Presidente del Congreso.

Muchos y muy útiles trabajos que demandan imperiosamente las necesidades pú blicas, debieran ser materia de estas sesiones extraordinarias; pero la fatalidad que hoy preside los destinos de la Patria, apenas os permitirá, representantes de la Nación, ocu paros de la tranquilidad pública.

El funesto cuadro que acabáis de oír, exige de vosotros una cooperación tan pronta como digna del objeto á que se dirige; mas vuestro patriotismo y prudencia acredita dos tantas veces, son el mejor garante del éxito feliz porque claman ansiosos los pueblos del Anáhuac.

Ellos esperan de vosotros que, al considerar los extravíos de vuestros hermanos, sólo usaréis de la corrección que vuelve á la Patria hijos descaminados, convertidos en ciudadanos útiles, sin dar jamás lugar á esa pasión que degrada al hombre hasta desnaturalizarlo.

Vuestras medidas serán siempre constitucionales, siempre enérgicas, pero conservadoras. Los mexicanos, en su legislador, tendrán un padre en sus quejas, un mediador en sus diferencias, que jamás dejará de ser justo.

¡Qué ventura, representantes de la Nación Mexicana, ocuparos de tan nobles como indispensables tareas! La Providencia, que vela incesantemente sobre nosotros, permita que mis predicciones se cumplan; y que, unidos los individuos de esta gran familia en un sólo punto, desaparezca para siempre la tea de la discordia, elevándose la República entre las naciones al rango de que es digna.—Dije.

El General D. Melchor Múzquiz, al entrar en ejercicio del Poder Ejecutivo, el 14 de Agosto de 1832.

Señores diputados y senadores:

Acaba de tener cumplimiento el precepto que la Cámara me ha impuesto de tomar el mando supremo de la República, para guardar y hacer guardar la Constitución y leyes. Nada más satisfactorio para un republicano, convencido de que sin la observancia de la Carta no puede existir una nación á que pertenece y á la que ha consagrado toda su juventud, sin rehusarle ningún sacrificio.

Es ciertamente muy grande el que ahora se presenta, encargándose de regirla en las difíciles circunstancias en que se encuentra y á las que la han conducido sus mismos hijos, acaso con buenas intenciones.

El mal está hecho, y el Gobierno que sinceramente va á buscar el remedio, no olvidará que hay una gran parte de ciudadanos llenos de luces y patriotas á la vez, que pueden cooperar á la grande obra que se pone en sus manos, y que por sí solo no podría ejecutar.

Conozco, señores, la insuficiencia en que me hallo; pero me sobrepongo á todo, cuando recuerdo que soy mexicano y que debo hacer á mi patria .todo el bien que estuviere á mi alcance; y al presenciar que estoy en el santuario de las leyes y entre representantes de la Nación, que morirían primero que verla sucumbir á los horrores de la anarquía, renacen mis esperanzas de ver libre á la República de los males que la afligen, y de los más terribles que amenaza el porvenir si no se hacen los mayores esfuerzos para calmar los que actualmente sufre. Todo debe esperarse, y con justicia, de vuestras luces y patriotismo.

La política del Gobierno tendrá por base la justicia; y el saber y los servicios á la Patria, encontrarán la recompensa de que son dignos, así como el escarmiento los crímenes que se cometan, sin consideración á persona ú opiniones políticas.

¡Quiera el cielo que el Gobierno no encuentre sino acciones virtuosas, que lo hagan ser mejor de lo que sea!

El General D. Manuel Gómez Pedraza, al tomar posesión de la Presidencia en Puebla, en 26 de Diciembre de 1832.

Entre los sucesos felices de la vida, ninguno proporciona al hombre goces más puros que el regreso á la patria después de un largo y penoso destierro. La tierra natal, la vista de los amigos, de los parientes, de los conciudadanos; los dulces recuerdos de la infancia; la presencia súbita de objetos halagüeños; la memoria de acontecimientos plausibles, y la alegría que produce el recobro de los vínculos de amistad, sangre y paisanaje, vivifican al corazón, lo arrebatan, lo enajenan y lo inundan, por decirlo así, de una fruición de gloria.

¡Pero qué pronto se acibaran ó se disipan las felicidades de la tierra! Yo he retornado al seno de mi patria; estoy ya en los brazos de mis amigos y compatricios; mas extiendo la vista por nuestro vasto continente, y sólo veo las huellas sangrientas, los funestos vestigios de una guerra fratricida que en un trienio nos ha arrebatado multitud de ciudadanos, tesoro el más precioso de una nación.

La sombra funesta del Duque de Alva parece que vaga entre nosotros como en los Países Bajos, pidiendo veinte mil víctimas que sacrificar. ¡A quién no desasona, abate y estremece un espectáculo tan lúgubre y sangriento!

Cesaron en el Sur las calamidades de la guerra con el sacrificio de una víctima ilustre, de un ciudadano sostenedor de la Independencia desde las primeras reacciones, y guardián perpetuo de la libertad; él conservó en los desiertos la chispa patriótica que en ochocientos veintiuno inflamó el corazón de los mexicanos, ¡y ese hombre fue condenado á una muerte ignominiosa por un Ministerio terrorista y cruel!

Ese suceso sirvió como de señal de alarma á todos los libres, y los derechos ofendidos del hombre y del ciudadano fueron reclamados por la valiente guarnición de la heroica Veracruz.

Ella pidió la remoción de los ministros; ella, para defender y asegurar el sistema constitucional, representó con viveza las demasías del poder; ella interpuso la mediación respetable del soldado del pueblo, del ilustre Santa-Anna, y este genio singular, tomando á su cargo el arbitraje augusto de la humanidad, eh su sacro nombre pide la variación de los ministros; pero este proceder prudente y justo se considera como crimen de Estado; las Cámaras se oponen á que el General Bustamante siga los consejos de su razón, se desoyen los clamores de la naturaleza oprimida, y se levanta contra ella el sangriento estandarte de la guerra, se dispara el cañón y se lanza contra los inocentes el exterminio y la muerte.

Olvidaba sin duda el Ministerio que la denegación de la justicia y aun las afectadas dilaciones para obsequiarla, disculpan la cólera de un pueblo; y que la opresión grave y manifiesta, justifica su levantamiento.

La guerra desde entonces ha sido justa por parte de los libres, empeñados solamente en salvar su independencia, sus garantías y sus leyes fundamentales; sin embargo, el Ministerio los trató como traidores y rebeldes, violó los principios reconocidos por todos los pueblos civilizados, llenó las cárceles de ciudadanos, sembró el terror en las poblaciones, é inundó de sangre los campos; pero los pronunciados redoblan su cólera y su energía, el sentimiento se generaliza, la revolución justa y razonable en sus motivos toma un nuevo carácter de nacionalidad, y se hace por último constitucional, proclamándome el Ejército pronunciado, y los Estados soberanos del interior, Presidente de la República, conforme á la voluntad nacional manifestada en la mayoría absoluta de once Legislaturas, que espontánea y libremente sufragaron á mi favor: mas como si en este paso se hubiera cometido un nuevo crimen, el Ministerio y las Cámaras atizan el voraz incendio, aumentan las fuerzas militares, multiplican las expediciones, hacen la guerra á los Estados soberanos, y á la misma Nación que ha explicado categórica y solemnemente su voluntad.

El Gobierno de México, acobardado después con las victorias sucesivas que reportara el Libertador en los campos del Palmar, y en la toma de esta Ciudad, propone negociaciones de paz, y envía en comisión á los ciudadanos Lemus y Castrillón: el General Santa—Anna escucha, desea la paz, se decide, y nombra en comisión á los ciudadanos Ramos Arizpe, González Angulo y Vizcaíno: estos tienen en México largas discusiones con el Gobierno, y nada adelantan, sin embargo de haber apurado las cuestiones hasta el último término.

El Ejecutivo, siguiendo su plan de afectadas dilaciones, mientras llegaba en su auxilio el General Bustamante, dirige en última comisión á los Sres. Molinos del Campo, Quintero y Mora, autorizados plenamente para ajustar los tratados.

El Libertador los recibe en una junta de notables, á que concurrieron también las autoridades de esta Capital, y sus anteriores enviados; se entra en seria y detenida discusión; y, por último, se conviene y determina con los comisionados del Gobierno lo que ellos mismos propusieron, á saber: la no admisión de la renuncia á la presidencia que hice en Diciembre de 1828, y mi consiguiente llamamiento; se da cuenta á las Cámaras para su aprobación, y ellas, obrando como por un plan meditado, nada examinan, nada discuten, y en un solo día todo lo desechan, suspenden sus sesiones, y se niegan á toda conciliación y acomodamiento razonable llevando adelante la guerra de una fracción de la sociedad contra el pueblo soberano, de quien se han vuelto enemigos obstinados.

Cerrados así los caminos felices de la paz, la cosa pública debía decidirse por el filo de la espada; el numeroso Ejército de los libres, deseando economizar la sangre, creía reportar el triunfo por la sola impresión moral; pero entretanto se aproximaban una á otra las fuerzas beligerantes, y la Nación aguardaba el éxito que parecía cifrado en una sola batalla decisiva.

En tal estado de cosas piso las playas de Veracruz, y desde aquel momento me ocupo de la paz; manifiesto á mis paisanos y al Sr. Múzquiz las fuertes razones que reiteradamente se me expusieron para obligarme á venir, mi decisión, mis miras, mis deseos; invito á los mexicanos pensadores á que me auxilien en la empresa, procuro inútilmente, por la interceptación de los caminas, relacionarme con las Legislaturas y Supremos Magistrados del interior de la República; me dirijo á todos, pido consejo, hago de mi fe política la profesión más clásica; pulso la obstinación y caprichos de algunos; pero esfuerzo la razón para convencerlos: nada me retrae, nada me arredra, ningún tiempo estimo por perdido en llamar á los hombres á los principios: el noble objeto de mi misión ha sido la paz, y ésta no es cara á ningún precio.

Hombres cuyo elemento es la discordia y cuyos corazones arden en deseos de venganza, impugnad mi conducta, puesto que sois libres para hacerlo; pero sabed que la filosofía me defiende de vuestras invectivas, y que si logro completar la obra comenzada, mi nombre pasará á la posteridad, y pasará sin mancha.

Anuncio al Libertador desde Veracruz mi venida á esta ciudad memorable, resuelve aproximarse á ella con su Ejército; el del enemigo le sigue en su marcha; sucede entre ambos un fuerte encuentro, la sangre corre á torrentes, la heroica Puebla resiste un ataque por tres días de continuado fuego; en el mismo teatro me toca ser testigo de es cenas sangrientas y horrorosas, representadas por hijos de una misma Patria, idénticos en intereses, en costumbres, en idioma, en religión: la humanidad gime bajo del azote de las pasiones; la civilización huye de nosotros asustada de los estragos que causa la discordia: la población se disminuye, la agricultura es abandonada, el comercio y la industria se paralizan, y, sobre todo, la educación de la juventud se corrompe, pervirtiéndose la moral pública, sin la cual ningún pueblo puede ser dichoso.

A vista de tan deplorable cuadro, la sensibilidad recobra sus derechos. Hagamos justicia á la naturaleza, haciéndola igualmente á la verdad.

El Excmo. General Luis de Cortazar, ciudadano recomendable y poseído de las virtudes que honran al género humano, solicitó una entrevista á que me presté gustoso, manifestó su decisión por la paz, y el General Libertador, que ha dado reiterados testimonios públicos de desearla sinceramente, se adunó conmigo en sentimientos: entramos, pues, en conversaciones con varios Jefes del Ejército de S. E. el General Bustamante, y movidos todos por un espíritu patriótico, convencidos de que el Ministerio y la mayoría de las Cámaras habían querido convertirlos en tiranos de su Patria sacrificándolos á miras personales, se deciden á fraternizar con sus compañeros de armas, y á reconocerme como Presidente Constitucional, conviniendo, por último, en el armisticio firmado a nueve del presente mes en el Cuartel General en puente de México.

El proyecto de pacificación presentado al Ejército del General Bustamante por el Sr. Santa-Anna y por mí, se ha dado al público, y cualquiera que atentamente lo haya leído confesará que sus bases son la buena fe y la justicia; el respeto á la soberanía nacional en su misma esencia y origen, y el deseo de una justa libertad en los augustos actos electorales: aquellos jefes y oficiales se penetraron de luego á luego de la conveniencia del proyecto; y en efecto: ¿quién no desea el término de una guerra civil siempre desastrosa?

¿Qué mexicano no conoce el confuso laberinto, y la discusión irritante é inútil á que conduciría el examen de los actos electorales del pretérito lustro?

Sin embargo de estas consideraciones poderosas, los generales, jefes y oficiales de la referida división quisieron, antes de determinarse, tributar á las Cámaras y al Gobierno un nuevo homenaje de respeto y subordinación, y remitieron el proyecto en cuestión á México, con el fin de que los poderes existentes en aquella capital se ocupasen de él; pero poseídos aquellos hombres de un vértigo funesto, sin meditar en la angustiada situación de la República, reprobaron el proyecto, calificándolo de inconstitucional: ese decreto equivalía á declarar irremediables nuestros males, y á condenar á la Nación á una muerte lenta é infalible: entonces los militares que acaudilla el General Bustamante cortaron denodadamente el nudo gordiano, decidiéndose por la santa causa de la libertad, y dando á la Patria un día de gloria.

En ese proceder verán los pueblos cultos (le la Europa que nuestros soldados son filósofos, y que bajo del morrión se ocultan almas pensadoras, que escuchando la voz de una inmensa mayoría, los preceptos y voluntad de un pueblo soberano, se han pronunciado por sus sagrados derechos y por su libertad.

En esa noble resolución se palpa el civismo más puro, y la circunspección y mesura con que hasta el extremo se ha conducido aquella porción recomendable del Ejército.

El art. 3 del proyecto que habla de la renovación total de los funcionarios elegibles por el pueblo, ha alarmado á algunos hombres que están en posesión de disponer de esos destinos como de un patrimonio; ellos temen perder la presa en las nuevas elecciones, y de ahí deriva el empeño de combatir un plan que no halaga sus intereses; pero precisamente ese artículo es el más importante del proyecto, y sin él la revolución no habría producido otro resultado que la muerte de los ilustres defensores de la libertad.

Al recobrar los pueblos los derechos imprescriptibles que les habían usurpado, justo es que entren en posesión de su soberanía, eligiendo libre y espontáneamente á sus mandatarios.

Encendida la guerra, irritados los partidos, y exaltadas las pasiones, ha sido imposible que la calma, la prudencia y el juicio, tan necesarios para el acierto, pudieran presidir las elecciones populares.

Los pueblos, conforme nuestro sistema feliz, deben ejercer estos actos en plena libertad. Hombres elegidos con madurez, escogidos por el buen sentido del pueblo libre, y escarmentados del ciego furor de los partidos, que nos han precipitado á la vez, serán sin duda los que hagan la felicidad de la Nación.

Un congreso formado de tales hombres salvará á la República del naufragio que la ha amenazado: los enemigos implacables del sistema conocen esta verdad, y hoy que son impotentes para resistir al torrente impetuoso de la opinión, maquinan pérfidamente para frustrar el glorioso resultado de nuestros afanes.

Ciudadanos que me escucháis, generales, jefes y oficiales del Ejército, que habéis prodigado vuestras vidas en el campo del honor; Gobernadores de los Estados, legisladores de los pueblos, mexicanos todos: sabed que se forma un plan liberticida para envolver á la Nación dentro de breve en el caos espantoso de la anarquía.

Ese plan se reduce á indisponer entre sí á los amigos de la libertad, y á impedir las elecciones prevenidas en el art. 3 del plan de pacificación, para dejar al Gobierno aislado, y á la Federación sin la asamblea legislativa que regularice la marcha constitucional desde el 1 de Abril en adelante.

Yo desde el alto y peligroso puesto á que hoy me ha elevado el destino, levanto mi voz como guardián de las libertades patrias, y os anuncio las maquinaciones de nuestros enemigos: aun es tiempo de eludirlas identificando nuestras opiniones, y procurando caminar acordes y unidos hacia un mismo fin: ese fin queda indicado en el plan de pacificación, que circula ya por todos los Estados: un extravío de opinión nos perdería sin remedio; y yo, al anunciaros la calamidad que nos prepara la perfidia, cumplo con la más sagrada de mis obligaciones.

Esos maquinadores de que os hablo, son aquellos que desprecian los derechos y clamores de un pueblo rey, los que le abaten y comprimen, los que han violado la Constitución y conculcado las leyes, y los que querían hacer nadar por un siglo, á los restos de sus hermanos, en el mar de sangre de una anarquía sin término; pocos son cierta mente, aunque bárbaros y tenaces, pero conocidos del pueblo, y contra ellos se hará únicamente la guerra, y sobre sus cabezas, si no se humillan á la voluntad soberana de la Nación, descargará la justicia su brazo inexorable.

Para dirigir la marcha de un gran pueblo, he sido llamado del destierro; y si entonces hubiera escuchado solamente los dictámenes de mi razón, nunca me habría prestado á encargarme de la Suprema Magistratura de que acabo de tomar posesión; pero convencido de que la Nación me imponía sus órdenes soberanas, fue preciso obedecer, y obedecer sin réplica.

Desde este momento os presido mexicanos, y ese tremendo, aunque augusto encargo, durará por tres meses; en ellos seré el blanco del ciego furor de las pasiones, tendré que luchar contra enemigos astutos é implacables; pero siendo mi divisa la concordia y la paz, no desmayaré en el noble designio de reconciliar á todos: he aquí mi misión y mi principal objeto, que no puede envolver en medio de los azares, de los compromisos y de los peligros, ninguna mira personal: hasta hoy el generoso carácter de mis paisanos ha favorecido mis esfuerzos; pero nunca más que ahora me es necesaria la eficaz cooperación de todos los patriotas en tan glorioso empeño, contraído puramente á salvar las libertades patrias; á hacer respetar la soberanía de los Estados; á engrandecer la Federación mexicana; á afianzar la independencia nacional; y á consolidar la paz de una manera perdurable.

Fuente:

Los presidentes de México ante la Nación : informes, manifiestos y documentos de 1821 a 1966. Editado por la XLVI Legislatura de la Cámara de Diputados. 5 tomos. México, Cámara de Diputados, 1966. Tomo 1. Informes y respuestas desde el 28 de septiembre de 1821 hasta el 16 de septiembre 1875.

Los cinco tomos fueron digitalizados por la Universidad de Texas:
http://lanic.utexas.edu/larrp/pm/sample2/mexican/history/index.html



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