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Siglo XIX > 1820-1829 > 1826

Documento 18. Informe sobre las Negociaciones de Pedro Briceño Méndez.
Bogotá, 15 de agosto de 1826.

Pedro Briceño Méndez

Al señor Secretario de Estado del Departamento de Relaciones Exteriores de Colombia

Después de haber tenido el honor de presentar a US. personalmente las cuatro actas de la Asamblea General americana reunida en Panamá, me resta sólo hacer a US. una ligera exposición o análisis del curso de la negociación.

De este modo creo que podrá suplirse la falta que US. habrá notado del diario de las negociaciones y conferencias que no fue posible llevar; así porque la legación no tuvo secretaria que la aliviase de esta penosa parte de los trabajos, como porque la urgencia y celeridad con que éstos se ejecutaron, no daba lugar para la redacción de aquel instrumento.

US. Sabe por el protocolo, que la legación peruana presentó un primer proyecto al tratado principal y que no fue admitido a discusión, porque no estaba redactado en forma y porque contenía objetos muy ajenos de un acta de unión, liga y confederación.

Era necesario presentar un contraproyecto, y auque nosotros los colombianos lo teníamos preparado, no creíamos conveniente ofrecerlo como tal, porque temimos justamente que los actos que se habían dejado entrever de parte de alguna otra legación, fuesen un obstáculo para su admisión, y aun causa para que se rechazasen los principios más esenciales a la unión.

Con el fin, pues, de desvanecer aquella desfavorable prevención contra Colombia, dando de nuestra parte pruebas irrefragables de franqueza y de sinceridad, propusimos que el contraproyecto se formase entre las legaciones de Colombia, Centro América y México, reunidas en conferencias confidenciales; que cada una llevase sus apuntes o memorias de los puntos, que en su opinión, debieran entrar en el tratado principal; y que del resumen y reunión de todos resultase el contraproyecto.

Este pensamiento fue aplaudido, como que lisonjeaba el amor propio de todos los ministros, y alejaba toda idea de pretensión o superioridad.

Propusimos también, que las conferencias confidenciales se tuviesen en la casa del señor Larrazábal, proposición que acabó de ganarnos la benevolencia de la legación central, y confirmó superabundantemente el espíritu de moderación y fraternidad que nos conducía. (1)

Habiendo concurrido al día siguiente a la casa del señor Larrazábal, escribimos nuestros apuntes sin darles el nombre de proyecto, sin embargo de que estaban redactados el preámbulo, los artículos y la conclusión en la forma de tal, con la diferencia de que los artículos no tenían número, y cada uno estaba escrito en una hoja suelta en disposición de poderse enmendar, corregir y aún extraerse del todo.

Expusimos el plan que nos habíamos propuesto, la división de las partes que abrazaba, y todo lo que podría aclararlo.

Se leyó y tuvimos la satisfacción de que no sólo se creyese bueno por todos, sino que añadiesen las demás legaciones que era innecesario presentar otros apuntes, puesto que los nuestros podían ser admitidos desde luego con algunas ligeras variaciones y adiciones.

En esta virtud nos pidieron, y les dimos, copias de ellos. Lo mismo hicimos con los señores ministros peruanos, después que ellos se reunieron a los otros en el sentimiento de aprobación por nuestros apuntes, y manifestaron sus deseos de asistir a las conferencias confidenciales para que de una vez saliese acordado unánimemente el contraproyecto.

Dos días después se abrió la discusión de cada uno de los artículos y US. convendrá en que no me es fácil recordar ahora todo lo que se adujo en pro o en contra de ellos.

Bastará decir que nuestro proyecto fue admitido casi generalmente, habiéndosele extraído los siete artículos que acompaño.

De éstos, unos no fueron rechazados sino refundidos, y su sustancia se halla en otros de los que constan en el tratado; algunos sólo fueron corregidos.

Puede decirse que no han sido rechazados sino los dos que establecían la libertad del tráfico y comercio terrestre y marítimo entre los confederados, impidiendo el establecimiento de barreras; el que atribuía a la asamblea el derecho de resolver definitivamente en juicio de conciliación todas las diferencias de los confederados; y el que fijaba en Panamá la residencia de la asamblea.

Todos tres fueron excluidos por el voto de la legación mexicana, excepto el último que fue objetado no sólo por ella, sino también por la central.

En compendio diré a US. que las objeciones principales fueron: al primero, que los artículos de comercio hacían innecesaria ya toda otra convención sobre esta parte de nuestras relaciones, que él por sí solo las abrazaba todas, del modo más extenso y liberal, y que la legación que hablaba (la mexicana) no estaba autorizada para concluir semejante convención, porque todavía no había dado el congreso las bases a que debía arreglarse el ejecutivo en esta especie de negociaciones.

Contra esta última razón casi no había qué replicar.

Así fue, que en vanos nos esforzamos para que se fijase de alguna manera positiva nuestro comercio, aunque no fuese sino dando la base primordial.

Todo lo que pudimos recabar fue lo que aparece del artículo 25 del Tratado, con la oferta positiva de que los confederados obtendremos ventajas comerciales que no se concederán a ninguna otra nación.

En confirmación de esta oferta se nos dijo que la razón de no haberse concluido los tratados de comercio que están negociando tanto tiempo ha, la Gran Bretaña y los Estados Unidos del Norte, era porque estas potencias pretendían equipararse a las aliadas, y el gobierno mexicano estaba decidido a sostener sus principios de preferencia a favor de sus cohermanos.

Relativamente al segundo, era fácil prever que no sería admitido, puesto que la fuerza definitiva que se pretendía dar en él a los juicios de conciliación de la asamblea, la sacaba de la clase de conciliatoria para colocarla en la de árbitro, atribución que le había sido negada positivamente por el congreso mexicano al ratificar el tratado de liga con Colombia.

No aceptando México el arbitramento, debimos nosotros reformar en esta parte nuestras convenciones con el Perú y Centro América, porque nos parecía indigno de nuestro honor y nuestra gloria someter nuestras diferencias definitivamente al juicio de una asamblea cuyos miembros todos no estuviesen ligados con un mismo compromiso.

Así fue que rehusamos prestarnos a la proposición hecha por los señores ministros centrales al aceptar nuestra declaración para que quedase vigente también esta parte de la convención de Bogotá de 15 de marzo de 1825.

A pesar de todo, en los artículos 16, 17, 18 y 19 del Tratado verá US. que conseguimos no sólo establecer el juicio de conciliación respecto a las diferencias que ocurrieran entre los confederados sino también la interposición y mediación más eficaces entre éstos y las potencias extrañas, dejando en el primer caso abierta la puerta para que la conciliación tenga la fuerza de arbitramento, y obligando, en el segundo, a la confederación a que declare desde luego se si liga o no con el confederado, sin poderse ligar nunca contra él, y castigando la infracción en ambos casos con la pena mayor que US. nos autorizó estipular.

Era lo más que, a mi ver, podía alcanzarse después de haberse pronunciado tan explícitamente contra el arbitramento el gobierno mexicano, y a la verdad, yo hallo que la confederación ha ganado con las modificaciones, primero porque se ha conciliado y convenido con ellas el deseo de conservar la paz con el derecho de hacer la guerra de un modo, que, a la vez hace si no imposible, al menos muy difícil el rompimiento, sin que para esto se hayan impuesto los confederados el penoso sacrificio de un derecho tan precioso como esencial de la soberanía.

Por lo que respecta al tercero, puedo asegurar a US. que sólo nuestra sumisión al gobierno y nuestra consagración a la gloria y honor de la república que nos podría haber obligado a presentar a Panamá como el punto más adecuado para la reunión de la asamblea, porque estábamos íntimamente persuadidos de la oposición de las demás legaciones, y quizá teníamos fundamento para temer que no volviese a celebrarse otro congreso si hubiere de ser aquélla su residencia.

La insalubridad del clima, la carestía del país, y las pocas habitaciones de la ciudad para recibir a tantos ministros y proporcionarles alguna comodidad, eran razones demasiado obvias, para que pudiesen ocultársenos.

Cumpliendo, sin embargo, con nuestro deber sostuvimos la proposición, y no cedimos sino cuando todas las otras legaciones estuvieron acordes en la opinión de la traslación y después que desechadas igualmente Guayaquil y Quito, se manifestó claramente el ardiente deseo de la legación mexicana porque pasase el cuerpo a su territorio. US. conoce perfectamente bien la importancia de México en la Unión americana, y las grandes ventajas que le reportarán de que esta aliado lleno fielmente sus compromisos.

Acaso la residencia de la Asamblea dentro de su seno, presta alguna garantía para esperarlo así, y contribuye en bastante manera a consolidar las instituciones de aquella república, que pueden considerarse como vacilantes todavía.

En lugar del número 1o de la copia B, la legación mexicana presentó el que se ve en el Tratado, bajo el artículo 21. Se creyó cortar de este modo las graves dificultades que ocurrirían cada vez que por desgracia era necesario usar de la palabra límites. A esta sola voz variaban de aspecto todas las discusiones.

Al ver que ella sola bastaba para convertir en serias y acaloradas las conferencias en que regularmente reinaba la sangre fría, la moderación, la fraternidad, y la franqueza más admirables, podría decirse que ella ejercía sobre la asamblea una influencia mágica e irresistible.

La legación del Centro aducía al instante sus derechos sobre la provincia de Chiapas contra México y sobre las costas de Mosquitos contra Colombia. La del Perú protestaba que ella no podía pasar ni una sola sílaba sobre la materia, porque su gobierno se lo había expresamente reservado.

La de México sostenía viva y firmemente la incorporación de Chiapas, y aun llegó a anunciar que tal vez el congreso habría decretado ya la posesión por la fuerza, del cantón de aquella provincia que había pertenecido en la unión del Centro.

No crea US. que fuese suficiente la ambigüedad de nuestro propuesto artículo para acallar tanta pretensión. Se intentó variar de cien maneras la redacción, sin que jamás se consiguiese unanimidad en la aprobación; fue, pues, forzoso prescindir de este punto, y conformarnos con la garantía estipulada en el artículo 21 del Tratado contra las colonizaciones extranjeras.

Afortunadamente al rever el proyecto en las conferencias formales, pudimos convenir en la inserción del artículo 22 no sin grandes dificultades. US. verá bien que este artículo no da sino la expectativa a un derecho cuya consecuencia es de temer que sea precedida de hostilidad.

La legación mexicana introdujo, además, los artículos 15, 20, 27, 29 y 30, y el adicional del Tratado. El 15 estaba concebido en términos tan absolutos y generales que anulaba del todo y estaba en abierta contradicción con el 14, cuando el objeto de él era modificarlo solamente.

La condición que finalmente se le insertó y lo convenido en el artículo 18, hace sin duda peligrosa la reserva pretendida por aquella república, pero ella encierra siempre el germen de la disolución de la conferencia así como el 3o prueba claramente que México no desea una liga perpetua sino transitoria, sin más duración que la de la guerra actual. La primera redacción con que se presentó este artículo no nos dejó dudar un momento de que tales eran los sentimientos del gobierno mexicano relativamente a la unión.

Proponían sus ministros que tal Tratado concluyese con la guerra y que entonces se formase otra acta de unión, siempre que todos los aliados conviniesen en ella unánimemente.

Nosotros dijimos que esto sería cambiar absolutamente el carácter y naturaleza del Tratado, y contradecirse abierta y vergonzosamente con lo establecido en los artículos 1 o y 2o.

No fue el menor de nuestros sucesos en el curso de la negociación, haber conseguido que este artículo se modificase del modo que aparece en el Tratado.

En cuanto a los artículos 21 y 27, nosotros creíamos que sus contenidos podían ser objeto de estipulación general entre las potencias americanas, fuesen beligerantes o neutrales, y por esta consideración los omitimos en el proyecto; pero insistiendo las demás legaciones en mirar como conveniente su inserción en el acta de unión, hubimos de ceder luego que obtuvimos en el 27 una modificación importante a la claridad e inteligencia del artículo, y luego en lugar de las demás condiciones que fijaba el proyecto se limitó a referirse a un convenio especial que se concluirá cuando convenga a los gobiernos. Una corrección mayor sufrió el 29.

La primera redacción de este artículo tendía a establecer una especie de intervención de la liga en la organización interior de los Estados, porque según él ninguno de los aliados podía varias sus actuales formas de gobierno, y el que lo hiciese no sería reconocido por los demás, y sería excluido para siempre de la confederación. Semejante principio nos pareció demasiado peligroso y perjudicial a los estados, escandaloso y de funesta trascendencia respecto a la política europea.

Lo combatimos, pues, hasta que tuvimos la satisfacción de que se reformase, suprimiéndole lo que podía interpretarse como intervención y concibiéndole en términos que, si bien garantiza y afirma más las presentes instituciones de cada confederado, les deja también salvo el imprescriptible derecho de constituirse como más les convenga sin imponerles más pena que la misma establecida por los otros artículos del Tratado.

El artículo adicional ha sido una de las pruebas de la más alta deferencia que pudimos dar a la legación de México, porque en nuestro sentir él no entraba en los objetos del Tratado de Liga, y hace diferir demasiado la conclusión de los trabajos que se habían asignado a la asamblea en las convenciones de Colombia con cada uno de los confederados.

Además de esta objeción, nosotros expusimos que por este artículo se cambiaba notablemente el carácter y fin de aquellas estipulaciones, puesto que en su origen no tuvieron otro que el de definir entre las naciones de este continente los principios controvertibles del derecho público, para alejar todo motivo de rompimiento; que asociar ahora en esta saludable obra al antiguo mundo, era poner dilaciones, complicarla, embarazarla y quizá malograrla, exponiéndolos a todos los resultados de una negociación en que ciertamente tendremos desventajas.

Lo único que pudimos alcanzar fue que el artículo no se insertase en el cuerpo del Tratado y que se omitiesen algunas cláusulas que daban margen a interpretaciones siniestras o exageradas.

El convenio a que se refiere el artículo 11 del Tratado, no necesita a mi ver explicación, sino en los párrafos 2o y 8o, después que he expuesto los motivos que influyeron en la traslación de la asamblea, y para fijar su nueva residencia.

Parecerá acaso extraño en el 2o que un cuerpo no deliberante sino negociador esté obligado a concluir sus trabajos en un término dado; pero esta objeción se desvanece leyendo con detención el párrafo.

Su espíritu no es fijar el término de las negociaciones, sino impedir que éstas se prolongues por interés o malicia de una de las partes con perjuicio o burla de las demás.

Para estos casos es que se ha reservado a cada gobierno el derecho de retirar sus ministros, esperando que sea el plazo de los tres meses, sin que por este paso pueda ser vista como rota la negociación establecida.

El artículo, pues, concilia todos los intereses, pone algún freno a la mala fe de los aliados y evita a la confederación las consecuencias funestas que trae siempre el rompimiento de una negociación.

El 8o puede mirarse como ofensivo a la dignidad, al honor y a los intereses del gobierno y pueblo, dentro de cuya jurisdicción se reúne la asamblea. Nosotros nos habríamos abstenido de prestarle nuestra aprobación, si no hubiésemos considerado, lo primero, que el proyecto de este convenio fue redactado por la misma legación mexicana, que era la que podría fundar esta queja por ahora; y lo segundo, que por los párrafos 1o y 10o, esta transacción es de una naturaleza puramente transitoria, que será revista y revocada o reformada tan pronto como se aumente el número de los confederados o se crea conveniente por los actuales varias la residencia de la asamblea.

Creo que estas razones excusan suficientemente nuestra deferencia en esta parte, deferencia que no habríamos tenido si las sesiones hubiesen de continuar dentro del territorio de Colombia.

La Convención de Contingentes y su accesorio y el concierto general de operaciones, son por sí solos bastantes para recomendarse.

Ellos están basados del modo preciso que US. nos previno, y si se atiende a nuestra posición y al curso de la guerra hasta hoy, no puede dejar de confesarse que es Colombia la que ha ganado, obteniendo que sus cohermanos vengan a ayudarla y a dividir con ella los costosos sacrificios que estaba haciendo por sí sola. Lejos de aumentar nuestros gastos, los vamos a disminuir considerablemente, sin perder nada de nuestra actual importancia marítima.

El único defecto que US. notará en estas transacciones, es que no se haya celebrado el convenio a que se refiere el artículo 16 de la Convención, porque efectivamente la falta de este instrumento deja un vacío inmenso y compromete las operaciones de la escuadra, si llega a ponerse en acción antes que aquella transacción haya pasado.

Para ocurrir a este inconveniente, mi ilustre compañero y yo aprovechamos la ocasión que nos presentaba el haber sido comisionados para la redacción de la Convención de Contingentes, e insertamos en ella los cuatro artículos que hallará US. en la copia marcada con D.

Al ofrecer el resultado de nuestros trabajos a la consideración de la asamblea, tuvimos cuidado de exponer extensamente los fundamentos que en nuestra opinión había para que estos artículos fuesen admitidos, como que sin ellos la escuadra federal se hallaría a cada paso comprometida. Nuestras razones persuadieron, pero no convencieron a la legación mexicana.

Ella confesó la necesidad de que fijasen los principios que habíamos establecido en el proyecto; pero añadió que no estaba autorizada para hacerlo ni se atrevía a tomar sobre sí la responsabilidad de prevenir a su gobierno en una materia de tan gran trascendencia, y últimamente nos aseguró que éste sería el primer objeto de que se ocuparía la asamblea de Tacubaya, para que pudiese estar terminado al tiempo de canjearse los presentes tratados, y se salvasen las dificultades en que preveíamos que iba a colocarse la escuadra por falta de una regla única de conducta, y por el doble conflicto en que debía verse, obrando cada buque conforme a la ley particular de su nación y dando motivo de queja a todos los neutrales, si, como es de temes, aquella ley es diferente en cada aliado respecto de ellos.

Esta explicación me hace recordar que he omitido exponer a US. las razones en que nos fundamos para revocar el artículo 7o del Tratado de unión, las estipulaciones que existían entre Colombia y sus aliados, respecto a los tribunales de presas.

En el artículo citado restringimos a sólo los corsarios la jurisdicción que por aquellas convenciones se había atribuido a los tribunales marítimos de cada parte, para juzgar también las presas hechas por buques pertenecientes a la otra.

En estas estipulaciones era Colombia la que únicamente hacía prestaciones sin que recibiese compensación, atendiendo a que las demás repúblicas confederadas no han organizado sus departamentos marítimos ni erigido cortes de presas, ni tienen puertos cómodamente situados para que concurran a ellos las presas nuestras.

Añada US. a estas razones los inconvenientes que nacen de semejantes estipulaciones en el modo vago e indefinido en que estaban concebidas. En ellas no se determinó cuál de los gobiernos era el responsable por los juicios que se pronunciasen, si aquel de quien depende el tribunal que juzga, o aquel a quien pertenece el captor.

Tampoco estableció qué ley debía aplicarse en los juicios, si la del captor o la del tribunal; y US. ve bien cuán diferentes y peligrosas consecuencias nacen de la resolución de estas dudas, que cada una envuelve otras muchas igualmente difíciles en su aplicación. La república ha ganado, pues, infinito, libertándose de compromisos que le imponían obligaciones y responsabilidades efectivas, sin producirle derechos reales ni ventajas convenidas.

En el concierto sobre operaciones hemos comprendido algunos puntos que, aunque por su naturaleza debían encontrarse en la Convención de Contingentes, no convenía insertarlos en ellas, porque debiendo ésta ser pública, mientras que el secreto es de la esencia de aquellas, era necesario reservarlas.

Así, nuestro principal cuidado en la redacción de estos instrumentos, fue expresar en la Convención todos aquellos puntos que necesitan la ratificación del congreso, y limitar el Concierto a los que son de pura administración; y por lo tanto del resorte exclusivo del ejecutivo.

Me prometo que esta clasificación será agradable al gobierno tanto como es importante para el éxito de las operaciones.

La redacción de esta parte de los trabajos de la asamblea, me fue confiada a mí, asociado con el general Michelena.

No siéndonos posible combinar en este instrumento todos los doce planes de operaciones que deben formarse en virtud de la Liga, combinadas las relaciones militares de los aliados entre sí con sus propios recursos y necesidades, fue necesario dejar pendiente estos arreglos hasta que los gobiernos puedan ejecutarlo con presencia de todas las circunstancias. [...]

Réstame sólo decir algo sobre la conducta del comisionado inglés que concurrió a Panamá, y siendo una verdadera satisfacción al comunicar a US. que ella ha sido noble, franca y leal.

No hemos tenido motivo alguno de queja y mucho menos de desconfianza del señor Dawkins; antes bien, todas las legaciones le debieron señales de un respeto y consideración muy lisonjero.

Los colombianos particularmente fuimos un objeto especial de sus atenciones, y no me avergüenzo de confesar que las que recibió mi célebre amigo y compañero el señor Gual, excedieron en mucho a todas las demás, y manifestaban claramente la alta opinión que se tenía de sus talentos, de su saber y de su carácter.

En el protocolo consta el único paso oficial que dio el señor Dawkins en Panamá. Privadamente se limitó a aconsejarnos que manifestásemos respeto por las instituciones de los demás pueblos, cualesquiera que ellas fuesen, que no sólo evitásemos todo cuanto pudiese contribuir a fomentar los temores y desconfianza que la Europa tenía de los principios revolucionarios, sino que procurásemos acreditar que la política de la América republicana no era lo que la Francia profesó bajo el mismo régimen, que no confirmásemos las sospechas de que íbamos a formar un sistema particular de política en contraposición a la europea, sino a cuidar sólo de nuestros intereses, y proveer a nuestra seguridad; que sobre todo nos importaba dar pruebas de amor a la paz, y disposición para abrazarla aunque fuese a costa de algún sacrificio pecuniario.

Sobre esto último insistió con tanto tesón, que yo no he dudado de que él fuese el objeto principal de su comisión, sin embargo de que constantemente protestaba que cuanto decía era su opinión y deseo, y no la de su gobierno.

El nos aseguró que la Gran Bretaña se encargaría de la mediación, y que podría esperarse con confianza el suceso de ella, siempre que se diese como base de la negociación, la indemnización pecuniaria, porque decía que sin esto la Francia no cooperaría jamás, y sin su ayuda no podría la Inglaterra adelantar nada; que convendría sobre manera, ganar tiempo para entablar la negociación, porque él creía que el momento era el más oportuno y temía mucho que, pasado una vez, no se presentase otro igual, porque cada día se complicaba más la cuestión del reconocimiento.

Para apoyar esto nos alegó lo que los Estados Unidos habían declarado relativamente a Puerto Rico y Cuba, y añadió que la intervención que aquella república había dado a la Rusia en la cuestión, había causado ya, y causaría, nuevas y mayores dificultades.

En un momento de calor él nos dijo que estaba cierto que ninguna de las repúblicas obtendría en Europa empréstito para continuar la guerra, mucho menos si era de invasión, y que por el contrario podría tenerse como seguro que los conseguiría muy cómoda y fácilmente, siempre que fuesen como precio de la paz.

Según parece, él esperaba que la asamblea no se retiraría de Panamá sin dar algún paso notable hacia la paz, y no pudo ocultar su sorpresa y sentimiento cuando supo lo contrario.

Entonces apuró sus esfuerzos con cada legación, y esto dio lugar a lo que US. habría visto en las últimas conferencias de la Asamblea.

Por lo que hace al resultado de las tareas de la asamblea, se manifestó bastante alarmado por ellas, en una visita que le hicimos el señor Gual y yo, dando a entender que los confederados habíamos renunciado el derecho de tratar con las naciones extrañas, reservando hacerlo en la Asamblea.

Nosotros le hicimos ver su equivocación, y para desvanecer cualquiera otra prevención que acaso le hubiesen inspirado los rumores públicos, le permitimos que leyese el Tratado de unión y el de Contingentes.

Después de haberlos leído los aplaudió, excepto la traslación del Congreso a México, porque los servicios, dijo, de Colombia a la causa de América y su adelantamiento, le dan derecho a tener en su seno aquel cuerpo, prescindiendo de su posición geográfica y de su importancia política.

Fuente:

Germán A. de la Reza. El Congreso de Panamá de 1826 y otros ensayos de integración latinoamericana del Siglo XIX. Estudio y fuentes documentales anotadas. Ediciones y Gráficos Eón. Universidad Autónoma Metropolitana Azcapotzalco. México, Primera edición: 2006, 287 pp. Documento tomado de: Daniel F. O´Leary. Memorias del General O´Leary. Imprenta Nacional. Caracas, 1830. Tomo II. Pág. 531-541.

Notas:

(1) A pesar de esto, es probable que la "armonía" no fuera tal. La desavenencia con los Plenipotenciarios peruanos, como consecuencia del rechazo de las bases de Vidaurre y del efecto que había causado la publicación de su manifiesto en la Gaceta del Istmo, se prolongará a lo largo de las conferencias de Panamá.