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Siglo XIX > 1820-1829 > 1825

Discurso de Guadalupe Victoria en la clausura del Congreso.
México, mayo 21 de 1825.

Discurso del excelentísimo señor presidente de los Estados Unidos Mexicanos, al cerrarse las sesiones del congreso constitucional federal.

Señores del congreso general:

En observancia de la ley constitucional expuse a las cámaras en enero de este año el estado de la cosa pública; y ahora tengo el honor de anunciar que de entonces acá nuestra situación ha mejorado notablemente, y que nuestro pueblo, lejos de retrogradar o debilitarse, se ha robustecido y adelantado en la carrera de la prosperidad y de las naciones.

El lazo de federación se conserva y consolida en lo general; la mayor parte de los Estados han sancionado su constitución o están para concluirla; cada uno trabaja en plantear, poner expedita y rectificar su administración; todos se esmerarán y esforzarán, como lo han hecho en parte, para cubrir el contingente que les corresponde, y si no lo que quedarían inertes y como vacías las instituciones que nos rigen; y en una palabra, atendidos los datos que se tienen en esta parte, y la buena suerte y felicidad que el cielo ha encaminado hasta aquí los negocios de la república, es de esperar que obrando cada Estado en la propia órbita para su bien, pero sin olvidar el de la federación, y girando, por decirlo así, en torno del gobierno común, se repita de algún modo en el orden político el espectáculo asombroso de equilibrio, concierto y armonía de las grandes masas de nuestro universo.

El poder ejecutivo no ha perdido ni puede perder de vista la moral y la ilustración, y por lo que a ésta hace, una junta está actualmente entendido en un proyecto grandioso de enseñanza pública, a fin de que los mexicanos no tengan que ir a buscar estos socorros a otros países; al mismo tiempo los establecimientos de comodidad, los que corresponden al ornato, dignidad y grandeza de la república, la agricultura, además, el comercio y la industria, toda va medrando de un modo bien perceptible para los que volviendo atrás la vista, meditan los años anteriores o los días antiguos de humillación y de esclavitud.

Así es que se reproduce y confirma en nosotros la idea de que el espíritu de reglamento y el querer dirigir minuciosamente ingiriéndose en todo, es lo más adecuado para disminuir o desterrar tal vez para siempre la abundancia y la riqueza; y que por el contrario, para introducirlas y fomentarlas un gobierno ilustrado y bienhechor, sólo debe remover los grandes estorbos, dejando lo demás a la acción e interés de los particulares.

Ahora, por lo que respecta al manejo y dirección de la hacienda, son inmensos los trabajos que se han hecho y los que se tienen preparados.

Sería menester mucho tiempo para entrar en su detalle; y así, contrayéndome a los resultados propios de este ramo, las cámaras deben quedar entendidas, que el ejército ha sido pagado por quincenas adelantadas, que los almacenes militares están provistos; que la lista civil está satisfecha; que el último préstamo se ha realizado ventajosamente; que se ha pagado a los cosecheros de tabacos sus existencias y créditos; que se ha extinguido una parte de la deuda, que no exista ya papel moneda que se ha adquirido una cantidad bien considerable de fusiles y toda clase de pertrechos; que se han puesto en diversos puntos fondos cuantiosos para compra de buques; que se ha introducido un sistema de orden y de economía que ha ahorrado gruesas sumas; y finalmente, que la administración del dinero público, sólo espera para consolidarse y perfeccionarse, la resolución sobre algunos proyectos y consultas pendientes en el cuerpo legislativo.

El ramo militar se va también mejorando sensiblemente: los cuerpos de todas armas, se van completando; la disciplina se va restableciendo; la ley sobre deserción contribuirá poderosamente a dar tono en esta parte.

Al mismo tiempo se ha guarnecido el Estado de las Chiapas, se ha reforzado también la frontera del poniente y norte, atendiendo con particularidad la parte de Tejas, y los trabajos emprendidos y que continúan sobre un proyecto general de defensa, y para el que ingenieros formados entre nosotros han salido a levantar planos de nuestras costas, cordilleras y avenidas, harán siempre honor al saber del estado mayor mexicano y acreditarán de un modo perentorio la vigilancia y circunspección del poder ejecutivo.

Por lo que hace la marina, aunque está bien servida y administrada, si se atiende al número y fuerza de los buques, puede decirse que no ha salido de su primera infancia.

El gobierno había poder contar para este tiempo con fuerzas respetables en uno y otro mar; pero contrariedades inevitables nos han privado hasta ahora de este auxilio, que indudablemente tendremos dentro del algunos meses.

Entre tanto ha salido una expedición para proveer de toda clase de auxilios a las Californias, se ha reconocido y perdido la habilitación de nuestro puerto de Manzanillo, uno de lo[s] más seguros, espaciosos y magníficos del globo; se ha habilitado interinamente el de Galveston, se han dado órdenes para construir algunas lanchas cañoneras en nuestro territorio, con lo que se multiplicarán los recursos, ganará la civilización, se aumentará el comercio, y lo que más debe interesarnos, empezará a medrar el arte del constructor, del que tanto necesitamos, sobre todo en el Pacífico.

Nuestra administración estaba incompleta y como manca faltando el resorte del supremo poder judicial, que debe dirigir las cuestiones en grande y proveer a lo que necesitan los territorios y la hacienda de la federación; pero afortunadamente el 15 de marzo se instaló la suprema corte de justicia.

Los poderes están en la plenitud de su integridad, y cuando se concluya la ley que determine detalladamente sus atribuciones y procedimientos, se habrá desembrollado el caos en que su falta nos había hundido.

Así, aun cuando haya intervenido en este tiempo alguna ocurrencia desagradable, o sucedido alguna quiebra aislada y de ninguna trascendencia, considerando las cosas en grande y pasando rápidamente la vista sobre nuestro interior, tendremos que hay orden y concierto en la cosa pública, que ésta se consolida a grande prisa, que se desarrollan sobre nuestra expectación los gérmenes de bienestar, y lo que debe llenarnos de complacencia y aun de un noble orgullo es el que esto suceda y se verifique planteando un sistema difícil y nuevo para nosotros a todas luces.

La perspectiva de nuestras relaciones con los demás pueblos es tanto o más lisonjera y satisfactoria, que la del interior y ya las cámaras estarán entreviendo un porvenir de fortuna, de esplendor y de grandeza que los poderes de la república tratarán de asentar sobre un cimiento de buena fe, de justicia y de moderación.

La Inglaterra, la potencia más poderosa de la Europa relativamente a nosotros, ha reconocido la independencia del Anáhuac, y esta nación, que viviendo a millares de leguas de nuestras costas, puede decirse que habita sobre el continente americano y que aún es nuestra limítrofe, ha celebrado sobre esta base tratados de amistad, navegación y comercio, que se sometieron oportunamente al conocimiento de las cámaras y que en el día tienen ya su aprobación.

Semejante acontecimiento, que será de lo más memorables en nuestra historia, aumenta el poder y consideración de la república, y su ejemplo no dejará de ser imitado cuanto antes por potencias ultramarinas que no pueden hacernos mal, aunque quieran y a quienes por otra parte podemos beneficiar franqueando bajo igual garantía nuestros mercados.

Tal vez se pasarán algunos años sin que quiera reconocer y confesar cierta potencia la legitimidad de nuestra emancipación, siendo así que debía ser la primera a anticiparse y que para ello se le han presentado toda clase de oportunidades: empeñada en destruirse a sí misma, y en un estado de desfallecimiento y consunción, sus ojos se reaniman para dirigirnos miradas amenazadoras; pero cesarán algún día estos raptos de furor, cuando llegue al época de la reconciliación, época que deseamos no menos por nuestro bien, que por el suyo propio, se desengañará entonces de que cuando su impotente rabia trataba de arrebatarnos la libertad y todos los bienes, nosotros por el contrario estábamos animados relativamente a ella de sentimientos de moderación, de benevolencia y generosidad.

Y viniendo a las naciones americanas, nuestro plenipotenciario ha días que reside en Washington en toda la plenitud que reconoce la diplomacia, así como residirá dentro de poco en nuestra capital el de los Estados Unidos del Norte que ha entrado ya en nuestro territorio.

En los mismos términos se haya entre nosotros el de nuestra hermana y aliada, la belicosa Colombia, y debiendo nombrarse cuanto antes un ministro plenipotenciario por nuestra parte, tenemos entre tanto un encargado de negocios cerca de aquella república.

También el ministro de los Estados Unidos del Centro, ha días que presentó sus credenciales y fue solamente reconocido en México, y el gobierno por su parte ha propuesto ya el senado al que recíprocamente debe representarnos en aquellos Estados.

Finalmente, ha marchado ya para su destino la legislación que debe ponernos en contacto con el jefe de la Iglesia.

Y no debiéndose perder la oportunidad de fomentar la ilustración, se han nombrado jóvenes adictos para el estudio de la diplomacia, y se han destinado algunos pensionados de nuestra academia, para que poniéndose al corriente del mejor gusto en las bellas artes, puedan después trasladarlo a la república.

Pero tratándose de lo exterior, es justo que llame sobre todo la atención de las cámaras un acontecimiento que naturalmente interesa a todo americano, que agrada el sentimiento de sus fuerzas y de su dignidad, y que aunque sucedió en un punto aislado, debe reputarse como doméstico y propio en toda la América: en los campos de Ayacucho ha dado la última boqueada el monstruo de la tiranía, finando para siempre en nuestro continente el imperio de la Península.

Valor, constancia, desinterés a toda prueba, son las marcas de esta jornada memorable.

Por donde quiera que se examine este hecho, despide gloria y magnificencia.

Un ejército sin pagar, una fuerza vencedora incomparablemente menor, una resistencia la más obstinada y sostenida, y una derrota la más completa y universal que pudiera desearse.

He aquí un modelo de heroísmo republicano, y el bien merecido título para la inmortalidad de Sucre, de su ejército y del Libertador.

Un tratado de alianza había identificado ya los intereses más esenciales y la suerte y destino de México y Colombia; y en consecuencia, hemos sido invitados para la asamblea de representantes de las repúblicas, que debe cuanto antes verificarse, con objeto de acabar de consolidar la emancipación de todos y neutralizar las miras y proyecto opresivos de los que quisieran extinguir entre los americanos el sentimiento y hasta las nociones y memoria de libertad e independencia.

Es, pues, llegado el tiempo en que la nación se glorifique, pues que tanto se debe a su seso y buen sentido, y en el que las cámaras se llenen del placer más activo y puro al ver el buen éxito que van teniendo sus trabajos, su celo y su interés por el bien público.

Mucho falta que hacer todavía para llegar al punto en que debe pararse la nación; estamos como sembrando, pero la tierra es de lo más pingüe; y tenemos a mano riego con abundancia.

¿Con cuánta satisfacción, pues, y con cuánto esmero no deberán los poderes de la nación cultivar el precioso terreno que ésta les ha confiado?

Por mi parte, y para concluir, tengo el honor de recomendar al cuerpo legislativo el expediente de algunos negocios graves y de mucha trascendencia que están pendientes y entorpecen el curso de la administración.

Entretanto, el gobierno confía en que el intervalo de receso se prepararán y facilitarán los trabajos en las comisiones, a fin de que llegado el caso de reunirse las cámaras, puedan éstas resolver y consultar de modo más expeditivo a la marcha y felicidad de la república, que todos deseamos ver cuanto antes en su colmo.

Imprenta del Supremo Gobierno de la Federación Mexicana, en Palacio.

Fuente original:

BN (Biblioteca Nacional de México), Colección Lafragua vol. 1519, impreso.

Fuente:

Carlos Herrejón Peredo y Carmen Saucedo Zarco. Guadalupe Victoria. Documentos. Instituto Nacional de Estudios Históricos de las Revoluciones de México. Secretaría de Educación Pública. México, 2012. Primera edición. 557 pp.