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Siglo XIX > 1820-1829 > 1825

Discurso de Guadalupe Victoria al cerrar las sesiones extraordinarias del Congreso.
México, diciembre 19 de 1825.

Señores:

Un deseo tan ardiente en vosotros como en mi pecho de que se perfeccionase el sistema y la organización de la república, o reunió a principio de agosto, después que fuisteis convocados a sesiones extraordinarias en uso de la facultad que me concede la constitución federal, y de acuerdo con el consejo de gobierno, para que deliberaseis sobre los negocios de alta importancia que señalé en cumplimiento del artículo 72 de nuestro código.

En pocos días habéis analizado con ojo muy penetrante las relaciones de moral y de política que envuelven las materias sujetas a vuestra decisión.

Si un anhelo o inquietud patriótica parecía demandaros la expedición de diferentes leyes, ella se satisface con la sabiduría de las que habéis dado, con el adelanto de trabajos que anuncian obras completas en el orden social, y con la esperanza halagüeña de que pronto volveréis al ejercicio de vuestras augustas funciones, interrumpidas un breve espacio de tiempo para sólo marcar el periodo constitucional.

Las cámaras han manifestado designios y miras muy profundas en la discusión que prepara una ley orgánica para la corte suprema de justicia.

Se han desarrollado teorías luminosas que suponen el perfecto conocimiento del corazón del hombre.

Se trata nada menos que de someter al fallo inexorable de la ley a los que ella misma colocó en los puestos más elevados de la república.

Esa corporación ilustre reúne en su seno ciudadanos íntegros y patriotas; pero las leyes no consideran personas cuando establecen garantías.

La sabiduría del legislador se extiende a todos los casos posibles.

Vosotros no dejaréis vacilante la vida, el honor y la propiedad del ciudadano.

Vosotros salvaréis a la república en el santuario de la ley.

El arreglo para la administración de justicia en el distrito y territorio de la federación, cuya urgencia recomendé a las cámaras, no tardará en derramar sus beneficios en los pueblos que esperan todo de los altos poderes de la nación.

En esta parte jamás serán quiméricas las ideas de perfección.

Al hombre se debe irrevocablemente su seguridad y su reposo.

La deserción que arruina los ejércitos y ha plagado desgraciadamente el nuestro, porque las revoluciones producen males necesarios, ha excitado vuestro celo para que desaparezca de las filas de los hijos de la victoria.

La nación apetece con ansia el establecimiento de su crédito, la clasificación y liquidación de la deuda, que se afecten intereses a su pago y se difunda un principio vital en los capitales que animarán la industria; ella se lisonjea con la esperanza que habéis fundado de nivelarnos con los pueblos en que la confianza es el mejor apoyo de las instituciones.

Se aumenta incesantemente la confluencia de extranjeros a nuestro país, que se apresuran a visitarlo para cultivar relaciones de utilidad recíproca.

Muchos han elegido una patria en este manantial de riqueza y abundancia, ofreciendo en garantía y recompensa sus capitales, su industria y sus sudores.

Sea al especulador, sea al viajero, sea al colono infatigable, a todos se promete el ampara de leyes hospitalarias, que sabréis combinar con las precauciones que demande la seguridad del estado.

El mundo civilizado ha fijado la vista sobre estas medidas de salud en que brillarán a la par la generosidad y la previsión del congreso mexicano.

La libertad de las prensas es de esencia vital en las naciones que se gobiernan por máximas y principios liberales; pero ella se acomoda las circunstancias peculiares de los pueblos, porque el más y el menos en esta delicada materia son relativos a los creces de la ilustración y a las mejoras del sistema moral.

Vosotros os habéis ocupado de un asunto el más grave para los hombres de estado y las ideas anunciadas debatidas en la cámara de diputados, prometen, sin dejar lugar a la duda, que saldrá de vuestras manos una ley eminentemente emancipadora de la libertad, con el orden y el reposo público.

El ejercicio del patronato en toda la federación, este negocio que hacía más y más necesaria la especial atención del legislador, llamó la vuestra y nada restará qué desear a los pueblos tanto tiempo inciertos sobre la naturaleza de sus relaciones con la Silla Apostólica.

¿Para qué, señores, caminar con vosotros en los detalles de los afanes que habéis impendido en obsequio y bien de la patria?

Apenas se citará una sola de las cuestiones marcadas en la convocatoria que no haya merecido de vosotros consideraciones importantes.

El supremo poder ejecutivo, depositado en mi persona por el sufragio de los pueblos que tanto han empeñado mi tierno reconocimiento, os impondrá en el tiempo que manda la ley de sus tareas y de los resultados que han producido.

Os anticipo, señores, que mi voz excitará en vosotros sentimientos de júbilo, porque os gozáis en la felicidad y engrandecimiento de la república.

¡Ciudadanos diputados!

¡Ciudadanos senadores!

La patria os reconoce el útil y gloriosos empleo de vuestras luces y de su confianza.

Dije.

Imprenta de la federación mexicana, en Palacio.

Fuente original:

BN (Biblioteca Nacional de México), Colección Lafragua, vol. 1519, impreso.

Fuente:

Carlos Herrejón Peredo y Carmen Saucedo Zarco. Guadalupe Victoria. Documentos. Instituto Nacional de Estudios Históricos de las Revoluciones de México. Secretaría de Educación Pública. México, 2012. Primera edición. 557 pp.