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Siglo XIX > 1820-1829 > 1823

Manifiesto de Vicente Guerrero a sus compatriotas.
San Agustín de las Cuevas Mayo 16 de 1823.

Ciudadanos: seame permitido dirigíros la palabra en esta vez, no para robar vuestra atención con bellas teorías, ni estilo encantador, sino para manifestaros sencillamente las ideas patrióticas con que me alimento, y lo que en mí concepto necesita la nación para caminar acelerada al colmo de su felicidad: prestadme vuestra atención.

Sí llegais a penetraros de mis razones, sea vuestro distintivo el ejercicio de las virtudes sociales; pero también os ruego que sí me separo de la conducta que debo observar, me indiqueís mi deber y vuestros deseos, que seguiré gustoso en siendo justos.

No me envanece el orgullo, ni me preocupa la ignorancia; y sí mis escasos talentos no pueden avanzar hasta donde llegan mis deseos, tampoco me alucinan superficialidades, ni pospongo la libertad de mi patria por intereses rateros.

No me es tan desconocido el estado político de mi nación, aunque no soy profesor de las ciencias necesarias para el caso; mas como fuese un interés común de la sociedad el constituir su gobierno bajo la forma que le convenga, es un deber de los ciudadanos concurrir con sus votos para este fin.

Así es que me arriesgo a demostrar mis pensamientos al público de quien espero la indulgencia que merezco, porque no siendo escritor es consiguiente que abunde en defectos.

Ni tampoco escribo una historia; pero como por incidencia, tocaré
algunos puntos de mí vida política que dicen relación con lo que pretendo demostrar; y si en este sentido expresare los servicios que tengo hechos por la libertad de mí patria, no se crea que los refiero por hacer mérito de ellos síno para mí satisfacción, y para asegurar al público que mí patriotismo me ha hecho superior a los infortunios, y a los halagos de una corte seductora.

Cuando después de once años de guerra, quiso tomar a su cuidado el señor D. Agustín de Iturbíde la empresa de libertar a la patria bajo el plan de Iguala, me adherí a él, y me puse a las órdenes de aquel caudillo, porque llegué a entender, que era el camino menos peligroso para lograr nuestra emancipación, y por donde debíamos allanar los obstáculos que se nos oponían tan fuertemente; más por fortuna penetré igualmente hasta que grado pudiera extenderse el espíritu que lo animaba, y aunque repugnaba dicho plan a mis ideas, porque se le daba una fuerza de ley, y contenía las fundamentales del estado, no me costó violencia el aceptarlo, fundado en que la nación cuando se viera libre, tendría un derecho para desecharlo, negando a Iturbide la facultad de legislar, puesto que no tenía poderes para ello, y cuantos actos ejercía a nombre de la nación, sólo comprometían su voluntad presunta.

Testigo es su comisionado D. Antonio Mier y Villagómez a quien manifesté mí decisión y las nulidades que padecía el plan no pudiendo menos que confesarlo sin resistir a mis exposiciones.

No me fue desconocida la ambición de nuestro héroe, mas esperaba que la ennobleciera haciendo la felicidad de la patria y la suya particular; pero ió desgracia! que no tuvo límites esta pasión y ella sola lo condujo a los excesos que obscurecieron su mérito.

Ya lo vimos al instalarse el Soberano Congreso de la nación, obligarlo a que jurase a cumplir en todas sus partes lo contenido en el plan de Iguala y tratados de Córdova, exijiendo además bajo el mismo juramento que la nación debía constituirse en monarquía hereditaria.

Véase un hombre solo envanecido de su triunfo, dando leyes a una nación que no le ha conferido el menor poder para ello; un hombre que apoderado de la fuerza armada quiere subyugar a la nación que acaba de hacerse libre, y que le ha ofrecido garantir y defender su libertad... fenómeno extraordinario en política y el colmo de la insensatez; pero el testimonio más auténtico de lo a que aspiraba.

Los ruidosos y violentos acontecimientos de su proclamación e inauguración de emperador, fue un consiguiente necesario al elevado empleo de generalísimo almirante que se hizo dar por la primera junta provisional que él mismo erigió.

He aquí que el autor del plan de Iguala y tratados de Córdova da en tierra con ellos, con tal de ser emperador, y se olvida del celo que manifestaba por el pundonor de la nación que debía cumplirlos.

Ni paró en eso su temeridad; porque no sería tan costoso el que Iturbíde imperara en el Anáhuac, si gobernara por el sendero que demarcan las leyes; pero sí es horroroso el fulminante decreto que declara un trono hereditario a sus descendientes, al mismo tiempo que el género humano ha llegado a conocerse, y detesta a los reyes de la tierra como el mayor mal de las sociedades.

Nuestra nación aleccionada por el ejemplo de la América del Norte, ilustrada por los mejores publicistas del viejo y nuevo mundo, no se ha considerado con derecho a dictar leyes para las generaciones futuras: quiere que seamos libres y que lo sean los que nos van a suceder.

Iturbide por fin, arrastra con cuantos respetos debe a la sociedad, y después de infringir las leyes constitucionales, con las prisiones de los diputados y otras personas de alto carácter, atentó contra la soberanía de la nación destruyendo su Congreso que la representaba; y segunda vez le vimos dar leyes erigiendo la junta instituyente a quien cometió la facultad legislativa, sujeta a la ley orgánica que le presenta.

Sigue aun dando leyes bajo la salvaguardia de la misma junta, a quien las presentaba para que las aprobara por la iniciativa que se había reservado.

Hasta aquí fuimos fríos espectadores que silenciosamente lamentábamos nuestra desventura, mírando amenazada nuestra existencia política.

Yo que por un convencimiento llegué a entender la opinión general, que nunca aparté la vista de las operaciones cómicas del que se llamó Emperador, y que conocí que los males se acercaban al estremo, no me detuve más en pronunciarme por la causa de la libertad, cuya voz acaba de resonar en Veracruz.

Acompañado del Excmo. Sr. D. Nicolás Bravo, abandoné los brillos y comodidades de la corte, y atravesando en medio de los peligros, partimos hasta Chílapa donde hicimos tremolar el estandarte de la libertad, cuya defensa puso en riesgo mi vida; pero dejando en silencio los sucesos que siguieron a mi separación de México, me detengo a admirar la rapidez con que termina nuestra empresa: debido fue ciertamente a los invictos generales que siguieron en la defensa de tan justa causa: su ejemplo sólo bastó para que nuestro ejército los siguiese, y las provincias simultáneamente declaran su voluntad, proclamando la libertad que tanto han deseado: idíchoso pueblo que sabe unirse a defender sus derechos y no consiente tiranos!

Llegamos a la época en que derrocado el coloso asoma la aurora de nuestra felicidad: ella será la recompensa de nuestros cuidados y fatigas, y bastará a resarcir nuestras pérdidas.

Somos libres y la nación se halla a la vez en el estado natural; pero no faltarán enemigos interiores que por siniestras miras quieran perturbarnos: es preciso observarlos y conocerlos.

Ya teneis, ciudadanos, la presea que tanto sacrificio os ha costado por buscarla desde el año de 1810, si estimaís la sangre de vuestros conciudadanos, si respetais los héroes de vuestra historia, si veneraís las cenizas de los mártires de vuestra patria, y si por fin amais vuestra libertad, no la dejeis huir de vuestro suelo.

Segunda ocasión os veo en el goce cabal de vuestros derechos, y no encuentro enemigo que se oponga, sí no es que entre vosotros mismos promovaís vuestra desgracia.

Nada os queda que desear, sino el fijar para siempre la paz y libertad productoras de todos los bienes humanos; pero cuidado Mexicanos, rotas estan para siempre vuestras cadenas: no consintaís otros amos que os vuelvan a aprisionar, ni una gratitud indiscreta os llegue a persuadir de que vuestros defensores merecen divinizarse; nada tendrán de recomendable sí posponiendo vuestros intereses, sólo buscan su elevación y no respetan más leyes que su capricho: tales hombres son indignos de vuestro reconocimiento, no merecen vuestra confianza.

Dichosamente tenemos en nuestra defensa el baluarte de la libertad, el muro donde se estrellarán los díscolos, el antemural de nuestras cuestiones domésticas, el soberano Congreso Constituyente: a esta asamblea somos deudores del bien que comenzamos a disfrutar: sus miembros han correspondido a la confianza de sus comitentes, y más quisieron ser perseguidos y sacrificados que sucumbir a las solicitudes del tirano: iy aun buscaremos, mejores pruebas de su heroicidad?

No, yo no creo que han merecido justamente el renombre de Padres de la Patria: ellos han adquirido tanto mérito por su entereza cuando se vieron amenazados, como el más valiente general que haya abatido a los ejércitos que se oponían a vuestra libertad.

Todos somos testigos de los gloriosos afanes que tomaron por su patria, y el pueblo con razón los preconiza por la noble firmeza con que se opusieron al tirano, que a fuerza de intrigas quería que todos se ocuparan en constituirle su imperio.

La nación agradecida e interesada en su felicidad dispensa su confianza a cuantos la merecen, y esto es bastante para que se vindiquen de las calumnias que sufrieren, y para que indemnicen a la patria de sus padecimientos, afianzando su independencia y libertad.

Unámonos, y venerando el sacro santuario de las leyes, no tengamos otra regla que las que éstas nos señalen: seguros que los padres de la patria oirán la voluntad general.

Les vimos con serena frente desaprobar el plan de Iguala y tratados de Córdova, anular la proclamación e inauguración del Emperador, declarar a la nación libre y en el amplío ejercicio de su soberanía: descubrirán y destruirán las maquinaciones interiores y exteriores que conspiren contra nuestra libertad; y no hay que dudarlo, seremos felices sí ellos son nuestros guías.

Tiempo es ya de que los pueblos ejerzan el acto más grandioso de su soberanía, sin temor de que nadie les robe esta prerrogativa, cuando ya pasó el tiempo de estar sujetos a las reglas que quiso darles el hombre que debia asegurar y defender su libertad.

Discurramos ahora sobre las obligaciones de los ciudadanos para con la patria, y procuremos llenar nuestros deberes respectivos.

La verdadera libertad consiste en la rigorosa observancia de las leyes, y en cuanto se traspasen éstas por alguno de sus estremos, caemos, bajo la cuchilla del despotismo cruel; lo mismo es que el que infringe las leyes sea emperador, como que se llame general, gobernante, ministro &c. porque siendo todos unos ejecutores de las leyes, esto y nada más pueden aunque se cansen de buscar interpretaciones violentas:

Observad ciudadanos a vuestros magistrados, y demostradles sus errores cuando los conozcaís; pero de un modo decoroso, con el respeto que debeis, sin mancillar su honor y modestia: ellos atenderán vuestras reclamaciones, y conociendo sus descarríos pondrán remedio, puesto que un gobierno liberal jamás se ofende de que le adviertan.

Los de esta clase saben economizar los subsidios dispendiosos que gravitan sobre la nación: los empleos públicos en su mayoría, son una carga concejil que de justicia desempeñan los ciudadanos, y pocos los lucrativos.

No se conocen los cortesanos, condecorados y nobles que en las monarquías.

Los militares se nivelan con los ciudadanos en común, sin más distintivo que el de unos criados de la nación, que le sirven por el salario que se les paga.

Tengamos presentes estas máximas, y seamos alguna vez los mexicanos el modelo de las naciones: seamos justos y benéficos, y desprendámonos de aquellas costumbres añejas con que nos educaron nuestros mayores, tan opuestas a nuestra libertad: reemplacemos nuestros usos con otros que correspondan a nuestros deseos, y formemos una nación nueva.

Militares: yo soy vuestro compañero, pero es necesario despreocuparse: no aspiremos a los puestos por alcanzar cuantiosos sueldos, no las armas que portamos para defender la patria las convirtamos contra los ciudadanos: no profanemos la libertad que proclamamos: no queramos que todo ceda al poder de la fuerza armada: no exageremos por un mérito extraordinario los servicios que de obligación debemos a la patria: no pretendamos premios por defender nuestros mismos intereses:

No exijamos respetos y acatamientos más allá de lo que se nos debe, estas no son máximas de verdadera libertad: desengañémonos y conozcamos que no somos más que hombres lo mismo que todos: que no hay título más honroso que el de ciudadano, y que lo son el militar, el empleado, el magistrado, el eclesiástico, el potentado, el labrador, el artesano, el jornalero... porque el santo dogma de la igualdad nos ha nivelado de esta suerte ante la ley; así como ante Dios no puede haber más mérito que el de las buenas obras, por más que queramos ostentar superioridad sobre las clases medias los que nos vemos revestidos de alguna autoridad.

¿Qué diré de los diplomáticos, empleados de hacienda, jueces y demás que respectivamente busquen del mismo modo los ascensos y premios, condecoraciones, respetos y privilegios? ¿qué diré generalmente de los hombres todos que hacen consistir su felicidad en un buen empleo, y que incesantemente corren tras ellos hasta envilecerse por conseguirlo, sea bueno, mediano ó inferior?

No, mexicanos, lejos de nosotros máximas tan destructoras: una nación de empleados no puede ser feliz: imitemos el ejemplo de los virtuosos Moran, Echavarri, Negrete y otros muchos, que se nos presentan por modelo de patriotismo en estos días, y cual de ellos demos un testimonio al mundo de verdadera filantropía; reanimemos nuestras fuerzas, y olvidando solicitudes vergonzosas, oigamos la voz de la naturaleza, conozcamos que nuestro trabajo es el mejor patrimonio que debemos disfrutar, y el que han de heredar nuestros hijos:

Un estado libre protege las artes, la industria, las ciencias y comercio; y no premia más que la virtud y el mérito: si este queremos adquirirlo, ocupémonos en cultivar los campos, las ciencias, y cuanto puede facilitar el sustento y entretenimiento al hombre: hagamos de modo que no siendo gravosos a la nación antes le aliviemos sus necesidades, ayudándole a reportar sus cargas y consolando a la humanidad afligida: conseguiremos también que la nación abunde en riquezas y prospere en todos sus giros.

La hemos salvado dos veces, la salvaremos siempre que lo necesite; pero no pretendamos por esto sobreponernos a ella: enseñémonos a ser virtuosos y verdaderos patriotas: amémonos mutuamente y estrechemos más y más los vínculos de nuestra sociedad, para que guiados por la reciprocidad de intereses, apartemos la vista de los agravios que suponemos habernos inferido otras personas, y convencidos de que la patria es nuestra madre común, esforcemos nuestra unión desterrando siempre las discordias.

Réstame recomendar a los escritores que consagren sus tareas a la ilustración pública: que escriban cosas útiles: que propongan planes de beneficencia e industria: que ilustren la ciencia del gobierno para mejorar nuestras instituciones, y en una palabra, que empleen sus talentos en obsequio de esta patria por quien se manifiestan tan celosos: pero que aborrezcan el estilo de prodigar libelos infamatorios contra toda clase de personas, sin otro fin que el de desahogar sus pasiones; semejantes hechos sólo hacen deshonrar a la nación, escandalizar al mundo, dar a conocer nuestras rivalidades, obscurecer el carácter nacional y fomentar partidos que tarde o temprano llegarán a espirar mutuamente por la venganza:

¿Y acaso esto podrá constituir nuestra felicidad? ¿siempre estaremos divididos en opiniones, y el convencimiento lo pretenderemos a fuerza de violencia, insultos y chocarrerias? ¿somos tan incautos que no conocemos las vicisitudes y peligros a que aun estamos espuestos? ¿y no recelamos promover la amargura, cuando está en nuestras puertas? No hay que abandonarse indistintamente a una infundada confianza: reunamos el espíritu de nuestros hermanos y reconcentremos a un centro la opinión general: en una nación libre y en medio de convulsiones políticas, no es delito el que los hombres piensen diferentemente unos de otros; más para uniformar sus opiniones se requiere la política, persuasión, prudencia y moderación, mejor que improperios y castigos.

Recorramos sí no nuestra historia como más reciente, y veremos una guerra fratricida de padres a hijos, hermanos con hermanos; ¿y por qué? Porque se dividió la nación, se encarnizaron los partidos y el bárbaro derecho de represalia hacía que nos mataramos, nos infamaramos y perjudicaramos de todos modos posibles.

Conciudadanos, amémonos y un solo espírítu nos guíe al alcance de lo que buscamos por distintos caminos: la unión constituye la fuerza, y esta repele las invasiones cualesquiera que sean; pero mi voz es débil y el Supremo Poder Ejecutivo que por nuestra dicha tenemos al frente de los negocios públicos, va caminando a su perfección y enseñando a los ciudadanos el camino de la felicidad.

Tu voz, Serenísimo Señor, es más fuerte que la mía, en tus manos está encomendada nuestra suerte: prepárate a recibir las bendiciones de este pueblo, cuando hayas cumplido con tus deberes; ó las execraciones que vierte en cambio de aplausos cuando se ultrajan o usurpan sus derechos.

Quiera el cielo que V. A. no toque en los escollos donde se han estallados los tiranos, y que proporcione a esta Patria infortunada por medio de su filantrópico gobierno, las felicidades que tanto se ha prometido, y que han tocado a sus umbrales.

San Agustín de las Cuevas, Mayo 16 de 1823. 3° y 2º.

Vicente Guerrero.

Fuente:

Independencia Nacional Tomo II. Morelos – Consumación. Coordinador: Tarsicio García Díaz. Instituto de Investigaciones Bibliográficas. Seminario de Independencia Nacional. Universidad Nacional Autónoma de México – Biblioteca Nacional – Hemeroteca Nacional. México, 2005. Páginas 351-357. Tomado de: La Águila Mexicana, 25, 26 y 27 de mayo de 1823.