Buscar en  
  Página principal

  Conquista

  Independencia

  Revolución

  Siglo XXI

  Siglo XX

  Siglo XIX

      1890-1899

      1880-1889

      1870-1879

      1860-1869

      1850-1859

      1840-1849

      1830-1839

      1820-1829

          1829

          1828

          1827

          1826

          1825

          1824

          1823

          1822

          1821

          1820

      1810-1819

      1800-1809

  Siglo XVIII

  Siglo XVII

  Siglo XVI

  Siglo XV

Siglo XIX > 1820-1829 > 1823

Discurso de Agustín de Iturbide, al reinstalar el Congreso. Marzo 7, 1823. Discurso de Miguel Domínguez, Presidente en turno del Supremo Poder Ejecutivo al abrir el Segundo Congreso. Noviembre 8, 1823.
Marzo 7, 1823

Discurso de Iturbide al reinstalar el Congreso el 7 de Marzo de 1823.

Señores:

Como la voluntad soberana de los pueblos reunidos en una gran sociedad no tiene ni puede tener otro objeto que el bien y felicidad de ella misma, el órgano de esta voluntad, que es la Representación Nacional, no menos se debe contemplar animado del más vivo celo por la libertad política, que del cuidado más diligente por la tranquilidad y seguridad del Estado.

En todo lo que conviene á la libertad de la Nación puedo gloriarme de haber sido el primero que preparó el asiento inmutable de sus bases; y el primero también que las fijó del modo más claro y positivo.

Mi desvelo y cooperación posterior para la instalación más pronta de este Congreso Constituyente, ha sido también notorio; y esto debe bastar para que con imparcialidad se pueda formar juicio de que si en el suceso de 31 de Octubre se ha de atender á mis intenciones, decisión y propósito, no necesitan de apología, y si á la rectitud del dictamen que fine gobernó, la mayor acriminación sólo convencería de que nada es ajeno á la debilidad del entendimiento humano. Pero no es este día de cargos y exculpaciones. Este es el día feliz de reconciliación.

Día grande, glorioso y memorable en que el primer Congreso de la Nación recobra sus augustas funciones como si jamás hubiesen sido interrumpidas, en que se vuelven á atar los vínculos de la sociedad desgraciadamente relajados; en que la Representación Nacional va á concentrar las voluntades de todos los que aman la Independencia y Libertad de la patria, asegurándoles el bien inestimable de la concordia; y en que al sagrado interés de la seguridad del Estado y tranquilidad pública, cederá indudablemente todo recuerdo doloroso é irritante que fuera capaz de opacar la gloria y celebridad de tan afortunado momento.

Se repone en su solio el primer Congreso Nacional, porque él, y no otro alguno, es el que se debía al voto de los pueblos, si su verdadero voto se propuso seguir el acta firmada en Casa-Mata por los jefes y oficiales del Ejército destinado á la ocupación de Veracruz.

Nadie puede dispensar el cumplimiento de un acto de justicia después que como tal había sido reconocido. Para obtenerlo debió ser y hubiera sido con efecto suficiente su sencilla reclamación; pero después de manifestada con tanta energía habría ya reputado que la ofensa á la Representación Nacional comenzaba en el momento en que presuponiéndose lastimada por un procedimiento de puro hecho, la hubiese considerado destituida de la existencia que tenía en sí misma según el mérito de la reclamación.

Además, ¿de qué otra suerte se podrían haber allanado las dificultades que se presentaban para la convocatoria de un nuevo Congreso?

¿Quién sería el que pudiese arreglarla sin contradicción ni divergencia de opiniones? ¿Quién sería el que para esto pudiese ejercer la suprema autoridad inquiriendo y declarando la voluntad general de los pueblos?

Y ¿cómo podría dilatarse no ya por meses ó por años, pero ni aun siquiera por más días el cumplimiento del voto que desea ver en su plenitud la Representación Nacional?

Padres de la Patria que la tenéis por la libre elección de los pueblos: ejercedla de hoy más en hora buena hasta desempeñar su confianza. El Congreso queda en toda la libertad que el acta de Casa-Mata ha indicado.

De mi parte debo añadir todo lo que nadie dudará de quien se propuso sacrificar cuanto podía serle más amable y aun su misma vida por la libertad y felicidad de la Patria, por satisfacer el voto de su independencia, y por evitar que el esfuerzo de obtenerla agravase hasta su exterminio los males lamentables de una guerra intestina de diez años.

A mí me bastará una insinuación de la voluntad explorada de los pueblos de parte de un Congreso tan justo como fiel á aquella voluntad; y en obsequio de ella y de la tranquilidad de la Nación, nada me parecerá que es costoso sacrificio.

Por tanto, lo que ahora interesa eficazmente la discreta atención del Congreso es el restablecimiento de la tranquilidad pública y de la unidad del gobierno, expidiendo para ello los decretos que estime necesarios, en que declare su legítima continuación; el lugar que elige para continuar sus sesiones; el que deben ocupar todas las tropas del Imperio que deben tener un solo interés por ser llegado el caso á que se refieren el art. 2 de la acta de 20 de Febrero extendida en Jalapa con asistencia de la comisión que envié á los jefes y oficiales del Ejército y el artículo último del acuerdo celebrado consiguientemente en Puebla con aquel Capitán General; y, en fin, los medios de satisfacer al presupuesto de que habla el art. 3 de la citada acta de Jalapa.

Si á todo esto tuviere á bien el Congreso agregar una amnistía que disipe toda memoria de ofensas ó errores pasados, será indefectiblemente digno de la más dulce y grata de la posteridad.

Respuesta del Vicepresidente del Soberano Congreso, D. José María Luciano Becerra.

Señor:

El vasto y grande Imperio mexicano no podrá menos de reconocer en el actual procedimiento de V. M. los vivos deseos que lo animan para proporcionarle todo bien. Yo felicito á V. M. por este paso que se ha servido ciar y que manifiesta con toda claridad la sinceridad de sus augustas intenciones que se dirigen á conformarse en todo con la voluntad de la Nación.

Quiera el Cielo, Señor, que pueda esta medida proporcionarnos lo que todos deseamos, que es la tranquilidad pública y la gloria de V. M.

El Soberano Congreso tomará en consideración los diversos puntos que se ha servido insinuar V. M., y por el conocimiento que tengo de sus dignos miembros, le protesto que lo harán con el mayor empeño, y con los deseos mejores del acierto.

Discurso de Don José Mariano Michelena, Presidente en turno del Supremo Poder Ejecutivo, al cerrar las sesiones del Congreso el 30 de Octubre de 1823.

Al tiempo que V. Soberanía deja el asiento que tan dignamente ha ocupado, ya que no lleve el dulce placer de dejar constituída la Nación, porque ha sido imposible atendidas las circunstancias, por lo menos siempre tendrá la gloria que se ha adquirido en la lucha honrosa que ha sostenido, cuyo resultado ha sido la libertad de la patria, de que estábamos muy distantes.

Nuestro pueblo, tan digno de ser libre por sus virtudes y por sus heroicos sacrificios en favor de la libertad, luego que adquirió la independencia, se vió despojado de su soberanía.

El Congreso, al tiempo de instalarse, no podía verificarlo sin sucumbir á la ley que se le había impuesto, y se vió con escándalo del mundo que la Nación no era convocada sino para llamar tiranos y consolidar un trono que había sido y debía ser ominoso á la libertad nuestra y de toda la América, y de ninguna manera para hacer su constitución.

No eran los príncipes llamados los únicos obstáculos que se presentaban á la libertad; había otro de mayor importancia, más inmediato y más peligroso.

Se veía que Iturbide no dictaba la ley sino para proporcionarse su engrandecimiento, y que no perdería cualquier momento favorable que se presentase á su ambición, para arrollarlo todo sin pararse en los medios, aunque de este modo hiciese conocer, aun á los menos advertidos, que jamás había trabajado por la libertad de la patria, ni por su independencia, sino por sus miras particulares.

El Congreso, en tan tristes circunstancias, apenas podía consigo mismo. Los trabajos de los patriotas diseminados y sin combinación no podían dar apoyo á la libertad: era necesario darles tiempo, y mientras mantener el campo.

Esta marcha iba produciendo sus efectos cuando el Congreso se sintió repentinamente atacado por una turba insolente, que aunque nada pudo sacar de la mayoría del Cuerpo, consiguió arredrar á la de los presentes.

Un Congreso, á quien le faltaba el principal apoyo con que debería contar, que era el Poder Ejecutivo, no podía hacer otra cosa que presentar una resistencia constante á todas las medidas que de cualquiera modo le pudieran consolidar el dominio opresor.

Fruto de esa resistencia fué la disolución de este mismo Congreso, que acabó de correr el velo á muchos preocupados y decidió á la mayoría de la Nación á remover á toda costa la primera causa.

Así se verificó; y el Congreso reunido en verdadera libertad, desde luego pronunció la de la Nación, recobrando ésta sus derechos soberanos é imprescriptibles de que se hallaba despojada.

El Poder Ejecutivo, á nombre de la Nación, felicita al Congreso por un acontecimiento que nos puso en posesión de un bien tan grande, cuya adquisición hará siempre la gloria del primer Congreso Mexicano: da también las gracias á los señores diputados que á costa de sus padecimientos, y con sus virtudes han enseñado prácticamente á nuestros pueblos cuánto pueden, uniéndose á su Representación Nacional, y cuáles son los males que se siguen cuando ésta no cuenta con el apoyo firme de sus comitentes.

Ojalá que éstas se fijen para siempre en el corazón de sus conciudadanos! Entonces tendremos patria y contaremos con una de las primeras bases sobre que deberán fundarse la felicidad y libertad nuestras y de todas nuestras generaciones.

A más de estos motivos comunes de reconocimiento, los individuos que componen el Poder Ejecutivo tienen otro particular por la confianza con que les ha honrado el Congreso.

Nosotros hemos tratado de corresponder á esta confianza con el modo que nos ha sido posible y no hemos ahorrado trabajo para conseguirlo: acaso no habremos podido llenar los deseos de la Nación ni los del Soberano Congreso; pero les suplicamos que, teniendo consideración á las circunstancias dificilísimas en que nos hemos visto y á la falta absoluta de recursos que hemos sufrido, nos disculpen todo aquello que no nos haya sido posible hacerlo mejor.

Nuestro objeto primero ha sido conservar la unidad de la Nación, para que cuando llegase el momento de instalarse el Nuevo Congreso Constituyente, éste no encontrase obstáculo alguno para dictar las leyes con toda la libertad con que deben dictarse.

Contestación de D. Francisco Manuel Sánchez de Tagle, Presidente del Congreso.

Conscientia bene actoe vita multorumque benefitiorum recordatio jueundissima est, y yo añado que el íntimo conocimiento de haber obrado bien no sólo es el más dulce placer del hombre honrado, sino la única satisfacción y el solo premio á que debe aspirar el hombre público.

Padres de la Patria: he ahí el seguro puesto de vuestra quietud y descanso; permitidme que os señale, con el dedo, dirigiéndoos la palabra por la postrera vez.

Sí, generosos mártires del honor y gloria mexicanos: al desocupar unos puestos en que os colocara, no la ambición, no la presunción ni el interés, sino el conjuro de la Patria, echad una ojeada de satisfacción á lo pasado; recordad las huellas de vuestra conducta como legisladores, y ese examen llenará vuestras almas de augusta tranquilidad silenciosa que desafía á la envidia y en cuyos brazos duerme el justo.

Si fuere ya tiempo y no me lo impidiesen el deseo de no robar ni momentos á vuestro merecido descanso y el temor de que se desconfié de mis palabras, creyéndome parcial, trazaría el cuadro histórico del primer Congreso Mexicano, confrontando la serie de sus decretos con la de las circunstancias en que ha obrado; y estoy seguro de que no habría en él siquiera un rasgo que no estuviese tirado por la mano de la fortaleza y probidad ó por la de la prudencia llorosa y afligida.

No faltará más adelante quien llene este vacío; y entonces, y sólo entonces, se hará generalmente justicia á vuestro mérito, porque la vista débil necesita retirarse un tanto del objeto para bien percibirlo.

¡Cómo se excitará algún día la gratitud de muchos compatriotas al ver que no disteis un paso sin escollo; que casi en cada resolución corrían vuestra existencia, libertad ú honor algún peligro; y que ni la vida ni cuanto la hace amable, pudo contrabalancear en vuestro espíritu los intereses patrios!

¡Cuál será su indignación averiguando que el día mismo en que por la primera vez se abrieron las puertas de este augusto santuario, y mientras ellos regocijados é inocentes lanzaban vítores festivos, la malignidad hipócrita armaba trama, concertaba planes y solicitaba aun apariencia de pretextos para disolver la primera Asamblea en que la Patria depositara sus confianzas y que asestara á su pecho las armas con que aparentaba hacerle honores!

A tan tristes principios fueron siempre análogos los sucesos siguientes. Erais llamados para constituir á la Nación; pero estaba jurado, al parecer, no dejares quietud ni posibilidad de ejecutarlo.

Ni ¿cómo habíais de hacerlo siendo las oscilaciones de la opinión tan incesantes?

Cuando os reunisteis, se había ya de antemano aniquilado el erario público, segado todas las canales que corrían á engrosarlo en otro tiempo y halagado á los pueblos con la exención de impuestos, único recurso de todo Gobierno para cubrir sus atenciones.

Abierto á la derecha este precipicio enorme, se os estrecha y aqueja sin descanso desde el día siguiente á la reunión augusta, pintándoos, exagerándoos las miserias, las urgencias, la nulidad de los recursos, y como si al Cuerpo Legislativo tocara dar arbitrios prontos para necesidades del momento, se os exigen instantáneamente para echar sobre vuestras espaldas ó los males que no se remediaron, ó la odiosidad de los pueblos y personas, ya mal habituadas, á quienes vuestros decretos hiciesen contribuir.

Dabais arbitrios y no se ejecutaban: pedíais con insistencia datos y noticias y los estáis esperando todavía: se hacían ocultaciones para abultar la necesidad y afligir más y más vuestros espíritus.

Aprovecháronse varias divisiones y facciones para calumniar á vuestros compañeros. ¡Memorable 3 de Abril de 1822, tú harás siempre asomar lágrimas á mis ojos: tú viste un Senado todo de héroes asentarse en sus frentes venerables imperturbable la firmeza; estrellarse allí todos los embates de la malignidad; "etsi fata Deum .......... intpulerant argolicas fa'dare latebras."

¡Con cuántas y diversas maneras se os quisieron arrancar decretos ominosos! Pero tenéis la gloria de que jamás cedisteis sino á la Nación, respetando hasta su simulacro.

Todo se ha puesto en ejercicio para intimidaros y veneros: promesas, amenazas, persecuciones, calumnias, largas prisiones de algunos de vosotros, hasta que vuestra inmovilidad en la justicia y en el bien, vuestra sabiduría y prudencia en manejar las circunstancias, hicieron conocer que la simulación sería siempre infructuosa y que no había más remedio que obrar bien ó arrancaros de esos asientos, donde la Nación os colocara.

Consumóse la iniquidad; tomóse este último partido, pero no impunemente, pues la Nación no muere ni deja sin castigo sus ultrajes.

Volvisteis á ocuparlos, mas como ya no os fuera dado el constituir, entrasteis á luchar con estorbos de otra naturaleza; porque ignorando cuál había de ser el sistema futuro y no debiendo avanzaros á ese santuario majestuoso y cerrado, os habéis visto con las manos atadas para organizar establemente la hacienda y demás ramos de la ad-ministración, y precisados á no salir de la línea de lo indiferente ó muy provisional.

El filósofo que quiera en pocas palabras hacer la descripción del primer Congreso Mexicano, deberá asegurar que jamás obró el mal, y que para no hacerlo tuvo á veces que arrostrar aun con la misma suerte: que hizo cuanto bien no le impidió la fuerza física, opuesta y superior: que ni un solo día se le dejó libertad y poder para desempeñar el augusto y primordial objeto de su instituto y que su mayor mérito consiste no en lo que hizo, sino en lo que evitó, y en que fué manteniendo y ha conservado hasta hoy la sociedad que había de constituirse.

Pueblos de Anáhuac, favorecidos de la naturaleza sobre todos los pueblos de la tierra: no os dejéis seducir; y la historia de vuestro primer Congreso os enseñe á uniros cordialmente, y á sostener á todo trance al augusto que se va á instalar dentro de pocos días, si queréis lograr constitución, felicidad y paz.

Tened en hora buena las opiniones que gustareis; pero cuidado, sí, cuidado con que la voluntad sea otra que la de vuestro Congreso Constituyente: ejecutad cuanto él os diga ó temed que vuestras desgracias se hagan irremediables.

Vosotros, sabios y amados compañeros míos, retiraos ya á reponer vuestras quiebras y espíritus cansados, en la quietud y silencio doméstico.

¿Qué importa que no marchéis coronados de laureles y rosa, ni entre ruidos triunfales, si lleváis con vosotros la gratitud de los hombres de bien y, sobre todo, el testimonio consolador de vuestra propia conciencia, que os asegura que hicisteis cuanto os fué dado hacer; que expusisteis todo y sin reserva por la Patria; que tolerasteis sufrida y constantemente toda clase de privaciones, y que si habéis errado alguna vez, no ha tenido en ello vuestro corazón la más mínima parte?

Tampoco os inquiete la suerte futura de esa Patria adorada: queda en manos de los sabios legisladores que se han escogido y que sabrán constituirla y hacerla envidiable y feliz, y en los brazos de un Gobierno cuyos miembros vosotros mismos elegisteis tan acertadamente, que podéis desafiar con confianza á que se les sustituyan manos más activas ó más puras.

Dignos miembros del Supremo Poder Ejecutivo, el Congreso se congratula porque tan altas funciones quedan aún en manos tan expertas, y jamás recordará sin gratitud que á vuestra constante cooperación debe mil bienes el Estado.

Mexicanos: hemos concluido como legisladores, pero nos hallaréis siempre en las filas de vuestros ejércitos para defenderos, en vuestros campos para alimentaros, en vues-tros talleres y minas para enriqueceros: siempre prontos al primer grito de las necesidades públicas; y estad seguros de que jamás revocaremos el voto patriótico que una vez pronunciaron nuestros labios, y que sólo el último momento de la vida verá terminar nuestro amor y sacrificios por vuestra común felicidad.

D. Miguel Domínguez, Presidente en turno del Supremo Poder Ejecutivo, al abrir el Segundo Congreso el 8 de Noviembre de 1823.

Señor:

Cuando el Supremo Poder Ejecutivo por la primera vez tiene el honor de tributar sus respetos, de protestar su reconocimiento y obediencia, y de felicitar á Vuestra Augusta Soberanía en el momento tan deseado y feliz de su instalación, se completaría su gloria y complacencia si pudiera presentar un cuadro lisonjero que manifestase al Estado en una paz y tranquilidad inalterables, en una copiosa abundancia, y colmado de todos aquellos bienes que con pródiga mano le brinda la Naturaleza; pero una continuada serie de sucesos desgraciados no ha permitido que se realice esta hermosa . perspectiva, y antes bien sucede otra confusa y triste, aunque momentánea y fácilmente reparable, porque su remedio pende de las sabias y prudentes determinaciones de este Soberano Congreso, á quien, para que lo aplique, es necesario darle una breve idea de nuestra actual situación.

Con este precioso fin, y el de dar cumplimiento á la ley, se han escrito las memorias que entregarán á Vuestra Soberanía los Ministros, según sus respectivos ramos, en las cuales dá razón el Poder Ejecutivo de su conducta, de sus procederes, de las ideas que ha meditado en favor de la Patria y de los trabajos en que se ha ocupado por todo el tiempo que ha sido á su cargo el escabroso y difícil gobierno de este vasto hemisferio.

No se lisonjea el Poder Ejecutivo de haber acertado siempre en sus providencias, ni remotamente presume haber desempeñado sus deberes con toda la perfección que ellos exigen; pero sí tiene el dulce placer de haber puesto para conseguirlo todo el celo y eficacia de que es capaz, y asegura, que si no se ha logrado esa perfección, antes que á la ineptitud, que se confiesa, de sus individuos, más bien debe atribuirse el defecto á la extraordinaria grandeza de los objetos que comprenden sus atribuciones, á la complicada, delicada y peligrosa crisis en que se le encargaron, y á la falta de recursos y auxilios con que ha luchado desde luego que tomó las riendas del Gobierno.

Permítame Vuestra Soberanía recordar con sumo dolor, que á nuestra gloriosa emancipación y á nuestra feliz libertad habían precedido dos Gobiernos destructores, en que parece que no se trataba de otra cosa que de aniquilar, si fuera dable, todas las posibilidades que ofrece nuestro fértil y opulento territorio: que precedió una porfiada y desastrosa guerra civil, prolongada por espacio de once años entre dos partidos opuestos, que por tan dilatado espacio de tiempo se mantuvieron consumiendo, por una parte, los apreciables brazos trabajadores que hacen la riqueza de las naciones, y por otra, la substancia y facultades del común y del particular, sin respetar lo más precioso ni lo más sagrado.

Cuando parecía que conseguida la Independencia, habíamos llegado al puerto de la felicidad, entonces uno de los principales agentes que habían cooperado á ella, se convirtió repentinamente en un usurpador presuntuoso, que arrebatando el cetro que ni había formado la Nación, ni su mano era digna de empuñar, á fuer de Emperador, dilapidó lo que había quedado, agotando no solamente los fondos de las Corporaciones y rentas, sino también avanzándose sobre los bienes de la Iglesia y sobre los de los ciudadanos pacíficos, dejándolos en el caso lamentable de la desolación y de la miseria.

No se necesita ciertamente de exageraciones para persuadir el estado de impotencia y abatimiento en que después de estos desastres se hallaba todo el país; y este fué el descarnado esqueleto que se entregó al Poder Ejecutivo: esto es, un Gobierno naciente que encontró arrasadas las existencias, paralizados los giros, obstruidas todas las fuen¬tes productivas de las rentas, y, lo que es más, enteramente perdido el crédito y confianza del erario público.

Además, el Poder Ejecutivo se halló sin Ministros ni Ministerios; porque la razón, la prudencia y la política, dictaban imperiosamente que no se valiese de los agentes que habían servido al usurpador: se halló sin la Junta Consultiva que previene su reglamento, y no se ha nombrado; en una palabra, se halló aislado á los solos conocimientos de sus principales individuos sobre tantas, tan graves y complicadas materias, heterogéneas y ejecutivas todas, como abraza el Gobierno, con la dura necesidad de destruir primero, para edificar después.

Pero ¿cuáles eran entonces las obligaciones del Gobierno? Me estremezco sólo de imaginarlas; pues prescindiendo de las comunes y generales de mantener el Ejército y la lista civil, era indispensable oponerse al poderoso partido del opresor, que estaba presente, y tratar con la mayor urgencia de alejarlo de nuestras costas, invirtiendo en ello cuantiosos caudales, equilibrar las diversas ideas, cimentar el orden que había desaparecido por el trastorno que trae consigo como consecuencia necesaria una guerra de tantos años, dirigir la opinión y convertir la atención á tantos objetos que es imposible enumerar; pero que todos eran instantes, ejecutivos, indispensables.

La sola, la simple y sencilla exposición de estas gravísimas materias hace ver los embarazos y dificultades en que ha estado envuelto el Poder Ejecutivo; y se han traído á la memoria estas especies para que sirvan de satisfacción á este Soberano Congreso y á este respetable público, cuando extrañe lo que se ha dejado de hacer después que vean lo que se ha hecho y reduciré á una sencilla relación.

En medio de tantas dificultades y escaseces que van referidas, se ha ocurrido á todos los gastos generales del Estado, se ha mantenido con menos atraso que antes al Ejército y la lista civil, sin establecer nuevas contribuciones, y antes bien, haciendo desaparecer los arbitrios gravosos del anterior Gobierno, como eran los préstamos forzosos y el egreso del papel-moneda que existía y tantas pérdidas ocasionó al público.

Sin hacienda, no hay Estado ni proyecto alguno de utilidad; y hallándose la nuestra en un punible abandono, fiada casi á la arbitrariedad de sus agentes, la mayor parte infieles, ineptos unos, y poco exactos otros, ha sido necesario solicitar el remedio.

Con tal designio se ha meditado un sistema de hacienda, que se presenta ahora á Vuestra Soberanía, fácil y sencillo en su administración y manejo, que sin gravamen de los contribuyentes, cubra las necesidades del Estado; y mientras se realiza, se concertó un préstamo de veinte millones con poderosas casas inglesas, con el cual, luego que empiece á girar, se animarán la agricultura, la minería, el comercio y la industria; y, además, se han tomado las medidas posibles para evitar el contrabando y la mala administración de las rentas.

La administración de justicia se hallaba quizá en peor estado; porque no hay el competente número de jueces de primera instancia, ni en la capital ni en las provincias: no hay las audiencias necesarias ni hay Tribunal Supremo de Justicia, y, por consiguiente, es un Cuerpo desordenado; pero su remedio solamente puede emanar de Vuestra Soberanía conforme á la Constitución y forma de Gobierno que establezca, y Códigos que forme, para este importantísimo ramo del Estado.

En el entretanto, el Poder Ejecutivo, experimentando el desenfreno é insolencia con que se aumentaban los excesos y crímenes que no es bastante á contenerlos la actual legislación por sus defectos, se vió en la triste necesidad de pedir leyes duras, que se resisten á la filantropía de sus individuos; pero que consideró absolutamente necesarias para mantener el Estado hasta la formación de los Códigos penal y de procedimientos.

El Ejército se ha procurado arreglar por los principios de la táctica que han parecido más conformes al arte de la guerra, según el proyecto que está ya aprobado últimamente, con el número de regimientos de línea y provinciales que se ha considerado suficiente para resistir cualquiera invasión interior ó exterior, y, además, el Gobierno ha comenzado y sigue formando las milicias nacionales, como una de las principales fuerzas del Estado, y se ha contratado el número de armas necesarias, que luego empezarán á venir, sin perjuicio de las providencias que se han tomado para el establecimiento de fábricas nacionales.

Nuestra marina puede decirse que ahora comienza á existir; y para formarla progresivamente y asegurar nuestras costas, puede ser ahora suficiente, aumentada con los buques que nos pertenecen, y están para llegar del Norte de América, donde existían.

Es constante á toda la Nación la circunspección y buena fe con que el Gobierno manejó los asuntos de España, deseando evitar los males de un rompimiento; pero sin embargo, al mismo tiempo de estarse tratando en paz y buena armonía con los comisionados de aquella nación, fuimos invadidos por el jefe del castillo de Ulúa después de haber experimentado inútiles los esfuerzos que hizo para apoderarse de nuestro territorio é imponer la ley á nuestras costas; y con una felonía indigna de los militares honrados, rompió el fuego no sólo contra nuestras baterías, sino contra un pueblo inerme, que descansaba tranquilo bajo la promesa que él mismo había hecho de no disparar una bala sin anticipado aviso; por lo cual, el Poder Ejecutivo, á vista de un procedimiento tan contrario al derecho de la guerra y que tiene el carácter de traición y barbarie, ha creído que debe resistir la fuerza con la fuerza; para lo cual ha tomado todas las medidas convenientes para proveerse de todas las máquinas y municiones que juzga necesarias para rendir ese mezquino y último asilo del despotismo español, y está el Gobierno resuelto á no admitir parlamento alguno de esa nación, cuyo primer capítulo no sea la entrega del castillo.

El Gobierno, en medio de sus aflicciones y escaseces, ha nombrado un Encargado de Negocios en la Corte de Londres y otro en la de Washington: ha escrito á Su Santidad por medio de su Ministro, protestándole la obediencia de esta América y su adhesión á la religión católica, apostólica, romana, y, por último, ha cerrado un tratado de fraternidad y alianza con la heroica República de Colombia, el cual se presenta también á Vuestra Soberanía.

Esto es lo que el Poder Ejecutivo ha podido hacer en el poco tiempo de su administración, prescindiendo de otras varias providencias, que para evitar mayor dilación, quiero omitir; y tanto con estos procedimientos cuanto con otros que son públicos, dirigidos á la economía de la hacienda y á sofocar en su origen una ú otra conspiración que se ha meditado por los enemigos del orden, cree haber allanado en mucha parte los embarazos y dificultades que se presentan á unas nuevas instituciones, ó más bien, á la creación de un Estado nuevo, que se va á presentar ante las naciones.

Esta gloriosa creación está confiada á vosotros, dignos é ilustres representantes de la América del Septentrión; á vosotros, verdaderos Padres de la Patria que os clama y representa, que dentro del recinto de un vastísimo continente os ha dado la Providencia hijos sabios, de talentos sublimes, de admirable valor, y capaces de cualquiera empresa por el constante y decidido amor con que miran al país en que nacieron, y han jurado conservar independiente y libre: que os ha dado unos campos donde viven de asiento la fertilidad y la abundancia; donde pueden cultivarse cuantas producciones se conocen, repartidas en todo el ámbito del orbe; unos montes, que si en su aspecto exterior presentan las maderas más exquisitas y las yerbas más útiles y otras medicinales, en su centro depositan tantas riquezas, que no pudiendo abarcarlas en su maravillosa extensión y profundidad, las arrojan y derraman á lo exterior de su superficie en grandes masas de plata y abundantes placeres de oro, para que no cueste ni aun el trabajo de buscarlo en sus cavernas interiores: unos mares sembrados de perlas, y que franquean el paso tanto para que nosotros pasemos á todas las partes del mundo, cuanto para que los habitantes de ellas vengan á gozar nuestra felicidad, de que no somos avaros: os ha dado.

Pero ¿dónde voy después de haber abusado ya de vuestra prudencia y sufrimiento, cuando vosotros sabéis mil y mil veces mejor que yo las inmensas posibilidades con que la misma Providencia ha mejorado en la partida de sus bienes al delicioso país del Anáhuac !

Este infinito cúmulo de bienes no espera otra cosa para su desenvolvimiento y repartición sino la obra de vuestras manos; quiero decir, la oportuna Constitución Política de nuestra tierra, esto es, aquella "ley fundamental que ha de ser el norte que nos dirija y gobierne, dando impulso á los resortes que sean capaces de mover esta grande máquina: la cual ansían los pueblos y reclaman imperiosamente nuestras circunstancias.

Mas si para formarla, si para secundar las ideas del voto general de la Nación, y si para procurar de algún modo, sea el que fuere, sus adelantos y felicidad, se considera útil el poner las riendas del Gobierno en manos más expertas, idóneas y capaces de formar la unión de todos los ánimos, los actuales miembros del Poder Ejecutivo tendrán un verdadero é inexplicable gozo en ello y en obedecer todos los decretos que se sancionen; pues que sólo aspiran á que se logre la prosperidad del Estado; y devolviendo en este acto á este augusto Congreso la autoridad toda que ha tenido depositada en sí, claman con ansia al cielo para que le dé luz y acierto en todas sus providencias, para que haciendo la felicidad de la Patria, reciba las más tiernas y expresivas bendiciones de sus presentes y futuros hijos.

Fuente:

Los presidentes de México ante la Nación : informes, manifiestos y documentos de 1821 a 1966. Editado por la XLVI Legislatura de la Cámara de Diputados. 5 tomos. México, Cámara de Diputados, 1966. Tomo 1. Informes y respuestas desde el 28 de septiembre de 1821 hasta el 16 de septiembre 1875.

Los cinco tomos fueron digitalizados por la Universidad de Texas:
http://lanic.utexas.edu/larrp/pm/sample2/mexican/history/index.html



Descargar Archivo (s): [ 1823.pdf ]