Buscar en  
  Página principal

  Conquista

  Independencia

  Revolución

  Siglo XXI

  Siglo XX

  Siglo XIX

      1890-1899

      1880-1889

      1870-1879

      1860-1869

      1850-1859

      1840-1849

      1830-1839

      1820-1829

          1829

          1828

          1827

          1826

          1825

          1824

          1823

          1822

          1821

          1820

      1810-1819

      1800-1809

  Siglo XVIII

  Siglo XVII

  Siglo XVI

  Siglo XV

Siglo XIX > 1820-1829 > 1822

Discurso de Iturbide al instalar el Congreso. Febrero 24, 1822. Discurso de Iturbide, al jurar como emperador. Mayo 21, 1822. Discurso de Iturbide, en la instalación de la Junta Nacional Instituyente. Noviembre 2, 1822.
Febrero 24, 1822

Arenga de Agustín de Iturbide al Instalar el Congreso el 24 de Febrero de 1822.

Señor:

Bien puede gloriarse el pueblo mexicano de que puesto en posesión de sus derechos, es árbitro para fijar la suerte y los destinos de ocho millones de habitantes y de sus innumerables futuras generaciones.

Esta gloria, digna de una nación virtuosa é ilustrada, fué justamente uno de los motivos sublimes que me decidieron á formar el plan de independencia, que firmé hoy hace un año en Iguala, y dirigí al Virrey, y á todos los jefes y corporaciones de esta América; que el 2 de Marzo proclamé y juré sostener con el Ejército Trigarante, y que ratificado en Córdoba el 24 de Agosto recibe por último todo el lleno en la feliz y deseada instalación de V. M.

Confieso ingenuamente que si jamás me arredraron las grandes dificultades que de suyo presentaba la empresa, tampoco estuvo en mi previsión el colmo de los felices acontecimientos que apresuraron y siguieron el éxito, que creo no acaban aún de desenvolverse, y han de formar un cuadro que vean con asombro nuestros nietos.

Lejos de mí la vana presunción de arrogarme el pomposo título de libertador de la patria! Soy el primero que tributo la más sincera gratitud á los esforzados ciudadanos que con su valor, su celo, su ilustración y desinterés cooperaron á mi designio para llevarlo felizmente al último término.

Empero, tengo la dulce satisfacción de haber colocado á V. M. augusta en el sitio donde deben dictarse las mejores leyes, en total quietud, sin enemigos exteriores ni en la vastísima extensión del Imperio, pues que no pueden considerarse como tales, por su nulidad, trescientos españoles imprudentes que existen en el castillo de San Juan de Ulúa, ni los poquísimos mexicanos que por equivocados conceptos ó por ambición propia, pudieran intentar nuestro mal.

La dominación que sufrimos trescientos años fué sacudida casi sin tiempo, sin sangre, sin hacienda, de un modo maravilloso. El país está enteramente tranquilo y bien dispuesto: el Dios de la Sabiduría y de los Ejércitos, así como protegió visiblemente al trigarante mexicano, se digne por su infinita misericordia ilustrar y sostener á V. M.

En efecto, me lisonjeo de haber llegado al término de mis ardientes votos, y miro complacer levantarse el apoyo de las esperanzas más halagüeñas, porque nuestra felicidad verdadera ha de ser el fruto de los desvelos, de las virtudes y de la sabiduría de V. M. Señor, aun no hemos concluido la grande obra, y no faltan peligros que amenazan nuestra tranquilidad; no más que amenazan.

Por fortuna está uniformado el espíritu de nuestras provincias; ellas espontáneamente han sancionado por sí mismas las bases de la regeneración, únicas capaces de hacer nuestra felicidad, y ya dan por concluída, conforme á sus votos, la constitución del sistema benéfico que ha de poner el sello á nuestra prosperidad; no faltan, con todo, genios turbulentos que arrebatados del furor de sus pasiones, trabajan activamente por dividir los ánimos é interrumpir la marcha tranquila y majestuosa de nuestra libertad.

¿Quién hay que pueda ni se atreva á renovar el sistema de la dominación absoluta, ni en un hombre solo, ni en muchos, ni en todos? ¿Quién será el temerario que pretenda reconciliarnos con las máximas aborrecidas de la superstición?

Se habla, no obstante, se escribe, se declama contra el servilismo, bajo el concepto más odioso; se señalan con el dedo partidarios de él; se cuenta su excesivo número; se exagera su poder, y tal vez se añade, por un audaz de mala intención, que el gobierno le favorece.

Por el contrario, ¡qué de invectivas contra el liberalismo exaltado! Se persigue, se ataca, se desacredita, como si estuviéramos envueltos en los funestos horrores de una tumultuosa democracia, ó como si no hubiese más ley que las voces desconcertadas de un pueblo ciego y enfurecido. Se cree minado el solio augusto de la Religión y entronizada la impiedad.

¡Qué delirio! así se siembra el descontento, se provoca la desunión, se enciende la tea de la discordia, se preparan las animosidades, se fomentan las facciones y se buscan las trágicas escenas de la anarquía. Estas son puntualmente las miras atroces de unos pocos perturbadores de la dulce paz.

¡Seres miserables que vinculan su suerte en la disolución del Estado, que en las convulsiones y trastornos se prometen ocupar puestos que en el orden no pueden obtener, porque carecen de las virtudes necesarias para llegar á ellos; que á pretexto de salvar á los oprimidos, meditan alzarse con la tiranía más desenfrenada; que á fuer de protectores de la humanidad, precipitan su ruina y desolación!

¡Ah! líbrenos el cielo de los espantosos desastres que se nos han pronosticado por algunos espíritus débiles y por otros dañados para los momentos críticos en que vamos á constituirnos. Las naciones extranjeras nos observan cuidadosamente, esperando que se desmientan ó verifiquen tan ominosos anuncios, para respetar nuestra cordura ó para aprovecharse de nuestra ineptitud.

Pero V. M., superior á las instigaciones y tentativas de los malvados, sabrá consolidar, entre todos los habitantes de este Imperio el bien precioso de la unión, sin el cual no pueden existir las sociedades; establecerá la igualdad delante de la ley justa; conciliará los deseos é intereses de las diversas clases, encaminándolas todas al común.

V. M. será el antemural de nuestra independencia, que se aventuraría, manifiestamente destruida la unidad de sentimientos; será el protector de nuestros derechos, señalando los límites que la justicia y la razón prescriben á la libertad, para que ni quede expuesta á sucumbir al despotismo, ni degenere en licencia que comprometa á cada instante la pública seguridad.

Bajo los auspicios de V M. reinará la justicia, brillarán el mérito y la virtud; la agricultura, el comercio y la industria, recibirán nueva vida; florecerán las artes y las ciencias; en fin, el Imperio vendrá á ser la región de las delicias, el suelo de la abundancia, la patria de los cristianos, el apoyo de los buenos, el país de los racionales, la admiración del mundo y monumento eterno de las glorias del Primer Congreso Mexicano.

Desde ahora me anticipo, Señor, á celebrarlas, y tan satisfecho del acierto en las deliberaciones del Congreso, como decidido á sostener su autoridad, porque ha de cerrar las puertas á la impiedad y á la superstición, al despotismo y á la licencia, al capricho y á la discordia, me atrevo á ofrecerle esta pequeña muestra de los sentimientos íntimos é inequívocos de mi corazón y de la veneración más profunda.

Arenga de Don José María Fagoaga, Presidente de la Junta Provisional Gubernativa, el 24 de Febrero de 1822.

Mexicanos:

La Junta Provisional Gubernativa, que he tenido el honor de presidir, os da cuenta de sus tareas en el manifiesto que acaba de formar, el cual, de su orden queda sobre la mesa para que pueda leerse en hora y ocasión más oportuna.

A mí sólo me toca felicitaros una y mil veces con la más dulce y pura efusión de mi alma, por vuestra independencia venturosa y porque ya tenéis reunidos á vuestros representantes, cuya prudencia y sabiduría ha de asegurar vuestra dicha hasta la más remota posteridad.

Habéis sido testigos del juramento solemne que han pronunciado en la augusta presencia del Dios de la verdad: estad seguros de que no han mentido, y vuestros deseos son cumpli-dos. Grande es la empresa; pero gloriosa: difícil, y en gran manera, si se quiere; pero ¿qué no vencen las luces y el amor á la patria si marchan reunidos?

Ni debéis olvidar las ventajas que la favorecen y que aseguran su éxito. La inefable bondad del Dios de vuestros padres os ha dado una Religión santa, hija del cielo, enemiga del error, y cuyos virtuosos é ilustrados Ministros os sabrán guiar con el tino y prudencia que no lograron otras sociedades sino á costa de guerras sangrientas, por la senda de la salud, haciéndola compatible con la felicidad de que es capaz el hombre sobre la tierra.

El vasto Océano y desiertos sin mensura, os ponen á cubierto de la envidia de otros pueblos que osaran turbar vuestro reposo.

Nuestra conocida docilidad está muy distante de la ruda obstinación con que en otros países, que se llaman libres, se sostiene el yugo de las preocupaciones políticas: ni aun tuvimos gobierno que fuera nuestro, para que las falsas instituciones contrarias al bien público pudiesen echar profundas raíces: no existen entre nosotros esos privilegios odiosos, opuestos al bien común, cuyos títulos arrancados por la fuerza en los tiempos de obscuridad y desorden, han servido de pretexto para oponer la resistencia más injusta á las reformas saludables; ni establecimientos góticos en que el egoísmo y espíritu de cuerpo entorpece la marcha de las luces y su progresivo aumento.

No os ocultaré, sin embargo, que en el mar que vamos á surcar hay escollos en que se han estrellado otras naciones; pero son conocidos ya, están marcados, y esos mismos naufragios servirán de guía para evitarlos. Si á pesar de lo que os digo sobrevinieren sucesos extraordinarios que deban sobresaltaros, recordad que está con vosotros, para gloria de la patria, el héroe que ha sabido vencer dificultades que se creyeran insuperables.

Entregaos, pues, mexicanos, sin reserva, á las más lisonjeras esperanzas: nada hay que pueda haceros dudar de vuestra dicha.

Cimentad la verdadera fraternidad entre todos los habitantes del Imperio, trabajad constantemente en el aumento de vuestras fortunas, de cuya suma se compone la riqueza pública: sed dóciles á las resoluciones de este Congreso, apoyándolas con la fuerza de vuestra obediencia gustosa, y entonces serán gratas á vuestros representantes las graves obligaciones que les habéis impuesto.

Ilustres miembros del augusto Congreso mexicano: permitid ahora que os dirija la palabra, para congratularme con vosotros por la alta gloria que coronará vuestros trabajos, y que cumpliendo con la orden expresa de la Junta Provisional Gubernativa, os pida declaréis por días de festividad nacional el 24 de Septiembre, para que burlando el poder del tiempo, recuerden con gozo los hijos de nuestros hijos los faustos memorables sucesos de estos días del año de 1821.

Manifiesto (á que se refiere la arenga anterior) en que la Junta Gubernativa da cuenta de su gobierno, y testimonio de la disolución de la misma Junta.

Señor:

La Junta provisional Gubernativa, al poner en las augustas manos de V. Al. el sagrado depósito que con este solo objeto ha tenido en las suyas, juzga de su deber manifestar sucintamente el uso que hizo de la autoridad que se le había confiado: no es su objeto recomendarse ni hacer alarde del inmenso cálculo de asuntos gravísimos, que desde su instalación han sido objeto de tareas jamás interrumpidas; pues sobre lo primero vive tranquila y recompensada con la persuación íntima de que hizo por la felicidad pública cuanto supo, pudo y permitieron las circunstancias en que se ha hallado; y de lo segundo dan un testimonio irrefragable las actas de sus sesiones, que cuidó de imprimir para inteligencia universal.

Tampoco trata de dar cuenta á V. M. del estado en que se hallan todos y cada uno de los negocios públicos: esto es propio del poder Ejecutivo, que sabrá desempeñarlo dignamente.

Ceñiráse sólo y por lo mismo á hacer un bosquejo del sistema que constantemente ha seguido y de las dificultades contra que ha luchado, procurando allanar estorbos y facilitar el camino á V. M.

Dos atribuciones se le dieron en el artículo 12 del tratado de Córdoba, á saber: la de Cuerpo Legislativo, y la de auxiliar y consultivo de la Regencia; ciñendo la primera de dichas facultades á los casos en que ó no hubiera ley ó fuera incombinable con el actual sistema de nuestra independencia, y en que no se pudiera esperar la recesión de V. M.

Esta sola taxativa, justa en sí misma y que deja ver las miras políticas prudentísimas que para ella se tuvieron presentes, manifestará á la sabiduría de V. M. el sinnúmero de dudas y dificultades que han debido estorbar la marcha de la Junta; pues en una legislación tan complicada y monstruosa como la española, á cada paso era preciso empezar dudando si había determinación legal, si era adoptable en nuestro sistema, si el asunto podría sufrir demora y por qué tiempo, ó si exigía resolución definitiva.

Fácilmente se hará cargo V. M. de que las pasiones é intereses opuestos aumentarían á lo sumo estas dificultades, pues cada uno, según le convenía, se habría de empeñar en per-suadir que su asunto era del momento; cuando, por el contrario, los que tenían resolución poco favorable á sus deseos y modo de pensar, divulgarían que no había necesidad ninguna de tratarlo.

La precisión en que el artículo ponía á la Junta, de proceder de acuerdo con la Regencia, fué otra de las causas que embarazaron varias veces; no porque la Regencia no haya estado siempre animada de los más vivos deseos del acierto, ni porque haya habido rivalidad en ambos Cuerpos, sino porque la naturaleza misma de los poderes que depositaban una y otra, lleva consigo la diversidad de ideas y cierta contraposición en las resoluciones.

Es tan natural que un pueblo, á quien jamás se ha dado educación, esté sumido en las preocupaciones más groseras, como que los que de él empiecen á ilustrarse tiren á un extremo totalmente contrario, sin contenerse en el debido medio que dictan la razón y la prudencia, y que por una y otra parte se abriguen principios y errores contradictorios y se defiendan con calor.

Tal estado de cosas es otro de los graves escollos que va también á embarazar á V. M. y que embarazarán á cualquier legislador que, so pena de faltar á la sabiduría y á la prudencia, no debe nunca chocar de frente con las preocupaciones de los pueblos.

Quedó el Imperio, al disolverse el antiguo Gobierno, sin erario; obstruídas las fuentes de la riqueza pública, alterados los rumbos todos de los giros; extraviada la opinión en millares de puntos; recargados los pueblos de contribuciones gravísimas, y acostumbrados, de consiguiente, á defraudarlas; sin ningún sistema de hacienda ni administración; sin seguridad de la adhesión ó aversión de los empleados públicos; sin poder continuar los antiguos impuestos por ruinosos, mal combinados y contrarios á la opinión é interés general; pero sin poder tampoco suprimirlos del todo, por no haber con qué acudir á los gastos civiles y militares que con la independencia debieron aumentarse; y, en fin, sin poder pensar en contribuciones directas, por no poderse sistemar todavía, ni estar los pueblos en disposición de recibirlas: la renta del tabaco, la más valiosa y productiva en el sistema antiguo, cargada de deudas enormísimas, sin existencia de consideración que poder realizar, sin primeras materias que dedicar al laborío ; en una palabra, sin arbitrio para volver á ser lo que antes fuera.

Todo esto, Señor, ha debido tener el espíritu de la Junta en continua tortura y atarle las manos en cada providencia, ó para no darla, ó para restringirla en términos de que sufriese menos contradicciones.

España y las demás potencias, por su dudosa disposición hacia nosotros, han ofrecido trabas de otra naturaleza y obligado á resoluciones y sacrificios duros. No sabiendo cómo recibirá aquélla nuestra emancipación, ni si éstas se adherirán á su causa ó á la nuestra, ha sido preciso, por una parte evitar cuidadosamente que el mismo Imperio les ministre armas con que lo perjudiquen, y por otra continuar el enorme gasto de un ejército, que, licenciado, una vez cuando llegase la de ser necesario, sería muy difícil y muy costoso volverlo á organizar y que debía mantener al gobierno en actitud siempre respetable.

A pesar de éstos y de otros bien sabidos obstáculos, vuestra Majestad encuentra ya asignados puertos en los puntos mejores de nuestras costas; establecido el libre comercio, que debe empezar á ser manantial inagotable de riquezas, y señalados los únicos derechos que deben satisfacer los artículos de importación y exportación: vivificado con providencias equitativas el importante ramo de minería que ya se hallaba casi exánime, ese ramo que será siempre la industria primordial del Imperio y que sólo es capaz de sacarlo de sus ahogos presentes y de llevarlo con rapidez á su prosperidad futura; protegida la industria y todo el mundo en libertad de ejercitarse en la que más le conviniere: libres los pueblos de enormes contribuciones que sufrían, y todas ellas reducidas á una moderada cuota de alcabala, y aun exentas de éstas las semillas y artículos de primera necesidad: en fin, la renta del tabaco, si no restituida á su fecundidad y esplendor primitivos, porque ni su actual estado, ni las luces del siglo lo toleran, al menos examinados cuantos proyectos y medidas se han presentado hasta ahora, propuesto al poder Ejecutivo lo que ha parecido más propio para verificarlo y prepararlo todo para que V. M. con luces y tino superiores resuelva en tan importante materia lo que más cuadre al bien de la Nación. Estas y otras medidas que constan en las actas, darán su fruto indefectiblemente; y en todas ellas la sabiduría de V. M. perfeccionará lo que la Junta sólo ha principiado, porque no pudo más.

Poco ha hecho ésta como legisladora, por el respeto religioso con que miraba aun de lejos á V. M.; y no queriendo ni tocar las altas atribuciones de que debía estar revestido, procuró constantemente reservarle cuantos asuntos permitieron esperar cómodamente; pues se deja entender que aunque algunos por su naturaleza pudieron haberse diferido, la prudencia, la política y el público interés han aconsejado tomar sobre ellos alguna pro¬videncia por bien que, como provisional é interina, V. M. la reformaría del mejor modo.

En la clase de legislativas se cuentan las providencias sobre la libertad de la imprenta y declaraciones que fué preciso hacer para que ese precioso derecho del ciudadano fuese asegurado, y sus abusos pudieran reprimirse con oportunidad; y la formación de reglamentos para gobierno interior de la Junta y de la Regencia, y para el de otras oficinas que se ha creído indispensable crear, por exigirlo el nuevo orden de las cosas. En todas ellas notará V. M. que nada hay que no sea provisional y sujeto á su soberana aprobación, y que los edificios levantados por la Junta, son de naturaleza que pueda V. M. ó desbaratarlos con un soplo, ó consolidarlos para siempre.

Como Cuerpo consultivo y auxiliar de la Regencia ha tenido que examinar y dictar multitud de providencias gubernativas y económicas y resolver las dudas consultadas por el Poder Ejecutivo. Molesto sería especificarlas, y ocioso además, pues las actas manifestarán á V. M. cuáles han sido, y la madurez con que la Junta procuró conducirse; de suerte que si no acertó siempre, lo deseó con suma ansia y lo procuró por todos los caminos; y si no en todas veces dió la resolución, que vista en sí misma parecía la más acertada, la obligaron á ello circunstancias poderosas, que no era tiempo ni estaba en su mano resolver.

En nada percibirá V. M., con mayor claridad la indicación antecedente, que en la convocatoria para la instalación de este augusto Congreso, objeto el más principal entre los que motivaron la reunión de la Junta. Ella, Señor, luchó en este asunto contra preocupaciones diversas; quiso evitar males que eran muy terribles, alejar temores que eran próximos y allanar dificultades que iban á entorpecer y á diferir el suceso más fausto y más interesante para el Imperio Mexicano.

Confesará con la sinceridad que la caracteriza, que la convocatoria tiene defectos substanciales, y que ciertamente no es lo mejor que se podía haber hecho, si el asunto se considera, especulativamente; pero si se examinan las circunstancias de nuestros pueblos, los influjos predominantes, las preocupaciones actuales y lo demás que va indicado, será preciso confesar, que por entonces no se pudo hacer otra cosa, y que en éste, como en otros varios asuntos, no ha estado en manos de la Junta escoger lo mejor, sino lo menos malo.

Esta incertidumbre de las disposiciones de España y demás gobiernos, no ha querido la Junta otra cosa que disiparla y no exponerse á compromisos; y dejando obrar al tiempo, se ha contentado con que se remitan puros comisionados á algunos países para que descubran su disposición hacia nosotros.

El castillo de San Juan de Ulúa es el mejor testigo de la circunspección y madurez de la Junta en esta parte: observe V. M., en prueba, lo que ha pasado y pasa en él, y las disposiciones dictadas en un acaecimiento tan desagradable y delicado.

El cuidado principal de la Junta ha sido quitar los estorbos que pudieran demorar la carrera gloriosa que emprende V. M. en servicio de la Nación y prepararle materiales para que aproveche los que lo merezcan, en la fábrica del augusto edificio político, que hará la gloria y felicidad del Imperio.

Con este objeto nombró comisionados que fuesen trabajando con el sistema de hacienda, formación de códigos, etc., y que oportunamente, ó cuando V. M. se lo pida, le presentarán sus trabajos.

Las vibraciones que en los Cuerpos políticos, lo mismo que en los físicos, quedan después de un recio movimiento, son ya mucho más lentas que cuando la Junta tomó sobre sus hombros el Gobierno: la opinión pública está más preparada, algunos obstáculos vencidos y otros atacados; y, sobre todo, el amor y docilidad de los pueblos consagrados del todo á V. M. y ellos pendientes de sus augustos labios.

En fin, Señor, los Vocales de la Junta, despreciando todo personal interés, se olvidaron aun de sí mismos para consagrarse á la sociedad sin reserva: han sembrado en parte el terreno y lo han desmontado en otra, cuanto les fué posible. Abrieron el camino á V. M., y ésta es toda su gloria.

Desempeñaron todo lo mejor que pudieron y cuanto permitían las circunstancias, las arduas funciones á que fueron llamados, ínterin se instalaba el Congreso.

Han concluido y se disuelven con la satisfacción propia del que ha procurado obrar bien y con el consuelo de que la cara patria, objeto único de sus vigilias y deseos, queda en manos de V. M. que, mejor que nadie, conocerá sus males y remedios, y que tiene toda la sabiduría y autoridad necesarias para enmendar lo que la Junta pudiera haber equivocado.

José María Fagoaga.— Juan José Espinosa de los Monteros.— José Ignacio García Illueca.— Juan Bautista Raz Guzmán.— José María de Jáuregui.— José Sánchez Enciso.— José Mariano de Almanza.— El Conde de Casa de Heras Soto.- Nicolás Campero.— El Marqués de Salvatierra.— Juan de Harbegoso —José Domingo Rus.— José Rafael Suárez Pereda.—Manuel Montes Argüelles.— José Manuel Velázquez de la Cadena.— Francisco Manuel Sánchez de Tagle.— Juan. Bautista Lobo.— José María de Bustamente.— José Miguel Guridi y Alcocer.— Antonio de Gama y Córdoba.  Manuel Martínez Mancilla.-- Juan Francisco de Azcámte.— Juan Cervantes y Padilla.— El Conde de Jala y de Regla.— José Manuel Sartorio.— Anastasio Bustamante.— A nombre y por disposición del Sr. Maldonado, Pedro Tantés.— José María Cervantes y Velasco.— Por enfermedad grave del Exmo. Señor Capitán General D. Manuel de la Sota Riva, José Francisco Guerra de Manzanares.— Isidro Ignacio de leaza.— El Marqués de San Juan de Rayas.

Don Agustín de Iturbide, al jurar como Emperador el 21 de Mayo de 1822.

Séame permitido, dignos é ilustres Representantes, Pueblo amado: séame permitido empezar protestándoos por el Dios de la verdad, por el honor de que blasono, por vosotros, que son para mí los juramentos más sagrados, que cuanto articularán mis labios en este momento son los sentimientos del corazón, la efusión más pura de mi alma franca y sensible.

Cuando pronuncié en Iguala la Independencia del Imperio, cuando resonó en todos los confines de Anáhuac la encantadora voz de libertad, además de proponerme romper las cadenas con que un Mundo sujetó á otro Mundo, sin otra razón que la violencia y el terror, autorizada en los tiempos sombríos de la ignorancia, tuve por principal objeto salvar á la Patria de una horrorosa anarquía, en cuyos bordes ya balanceaba.

Yo la ví próxima á recibir por la divergencia de opiniones el impulso que iba á precipitarla sin remedio: con voz tan sentida como majestuosa reclamaba auxilios de sus hijos: corrí á extenderle una mano protectora.

Nada es más natural en ocurrencias extraordinarias, prontas y difíciles, que olvidarlo todo sin pensar más que en evitar el daño: á mí, sin embargo, quiso la Providencia darme serenidad bastante para no ser sorprendido por el peligro: creo que poco olvidé de lo que convenía tener presente: el éxito es el garante de mi aserción; pero sobre todo cuidé de respetar la voluntad de los pueblos acallados entonces, sofocada, diré mejor enmudecida, pues tres siglos de silencio ominoso, la habían privado hasta de la facultad de expresarse: el estado era violento, y una vez conseguido reanimar este cuerpo casi exánime y robustecerle, tiempo vendría en que por su naturaleza misma recobrase sus derechos y los pusiese en ejercicio; es el principal la elección de un hombre que puesto á su cabeza le dirigiese, le amase, le defendiese; éste es el Príncipe, éstas sus virtudes.

Era preciso reunir la opinión á un centro, era preciso dejar á salvo la voluntad general cuando pudiese libremente pronunciarse; espinosa y difícil empresa conciliar en aquel tiempo extremos tan opuestos.

Llamé, no ví otro medio, á reinar en México á la dinastía de la segunda rama de Hugo Capeto, con tal de que su advenimiento al trono fuese precedido de la Constitución de la Monarquía; así, los Padres de la Patria remediarían los inconvenientes que trae consigo poner el Cetro en manos acostumbradas á manejarlo á su placer sin más ley que su antojo, y la corona en quien tal vez no profesa á los americanos todo el amor que un Príncipe debe á sus pueblos: si la Constitución no evitaba estos males, me quedaba al menos el consuelo, aunque triste, de que no era obra mía.

El llamamiento, pues, de los Borbones conciliaba la opinión sin constreñir la voluntad de los pueblos.

A falta de aquéllos quedaban éstos autorizados para invitar á otro Príncipe de casa reinante; el objeto que me propuse fué alejar de mí toda sospecha relativa á sentimientos de ambición que nunca tuve.

Trabajé, pues, en todos sentidos y con previsión para levantar á la Patria del abatimiento en que yacía y para arrancarla del punto del peligro: el orden de los sucesos la fué atrayendo después á otro abismo no menos fatal que el en que se viera cuando resucitó en Iguala, y estos mismos sucesos exigían de mí nuevos esfuerzos, nuevos sacrificios: acaba de exigirme el mayor; yo cedo á la necesidad y miro mi destino como su bien, porque él lo proporciona á mis conciudadanos; como una desgracia, porque me arrebata de mi centro colocándome en un estado fuera de mi naturaleza.

Si, Pueblos: he admitido la Suprema Dignidad á que me eleváis, después de haberla rehusado por tres veces, porque creo seros así más útil; de otro modo preferiría morir á ocupar el Trono.

¿Qué alicientes tiene éste para un hombre que ve las cosas á su verdadera luz?

La experiencia me enseñó que no bastan á dulcificar las amarguras del mando las pocas y efímeras satisfacciones que produce: de una vez, Mexicanos, la dignidad Imperial no significa para mí más que estar ligado con cadenas de oro, abrumado de obligaciones inmensas: eso que llaman brillo, engrandecimiento y majestad, son juguetes de la vanidad.

Acabo de jurar sobre los Santos Evangelios lo que ya había jurado antes de ahora en mi corazón, con propósito de no ser perjuro aunque cayesen sobre mi cabeza más males que encerró la fatal caja. ¡Con cuánta satisfacción, pues, no habré renovado mis juramentos!

¡Generales, Jefes, Oficiales y Tropa del Ejército Trigarante: vosotros fuisteis testigos de mis votos; ellos os dieron el nombre honroso que habéis sabido conservar! Nuestra divisa fué siempre la Religión Sagrada, la Santa Independencia, la Unión que es la perfección de la moral, la justicia que sirve de escudo á los derechos que dió naturaleza al hombre y que perfeccionó la sociedad.

Pueblos: he jurado por convencimiento, por obediencia, por daros ejemplo y por dejar establecido para mis sucesores un acto de reconocimiento á la Soberanía de la Nación, de adhesión á ella, de subordinación á las leyes, de respeto á sus Representantes y de adoración al Autor y Supremo Legislador de las sociedades.

El peso que habéis puesto sobre mis hombros no puede soportarlo un hombre solo, sean cuales fueren sus fuerzas, menos yo que las tengo muy débiles; pero cuento con las luces de los sabios, con los deseos de los buenos, con la docilidad del Pueblo, con la fortuna de los opulentos, con los robustos brazos del Ejército Libertador, y con las preces de los Ministros del Santuario. Padres de la Patria: la Constitución y las Leyes son los fundamentos de la sociedad; una y otras son obras de vuestra sabiduría; también lo es ayudarme á conducir á nuestros súbditos á la felicidad; ellos os harían el más grave cargo si me abandonaseis.

¡Y qué podré decir de mi agradecimiento á una Nación tan generosa! Las pasiones no tienen idioma conocido: mi corazón late … la ternura no me permite articular…

¡Ojalá sea tal mi conducta que el Pueblo que me ha elegido y el Congreso que ha confirmado sus sufragios se den por satisfechos; yo, sin embargo, jamás podré creer que mi gratitud corresponda á mis deseos!

Quiero, Mexicanos, que si no hago la felicidad del Septentrión, si olvido algún día mis deberes, cese mi Imperio; observad mi conducta, seguros de que si no soy para ella digno de vosotros, hasta la existencia me será odiosa. ¡Gran Dios! no suceda que yo olvide jama que el Príncipe es para el Pueblo y no el Pueblo para el Príncipe.

Discurso de Don Agustín de Iturbide en la instalación de la Junta Nacional Instituyente, el 2 de Noviembre de 1822.

Señores :

Cuando la Nación, agobiada con las cadenas que arrastró por el espacio de tres siglos, no podía explicar la voluntad de recobrar su natural independencia, yo, con un pequeño número de tropas, me decidí á pronunciarla al frente de espantosos peligros; y desde entonces mi voz, por una exigencia forzosa y esencial del acto, se constituyó el órgano único de la voluntad general de los habitantes de este Imperio.

De mi deber fué considerar bien y tomar los verdaderos puntos de la voluntad que en sentido político se llama general, y este grave cuidado fué uno de los muchos prerequisitos esencialísimos para la felicidad de la empresa.

De este modo designé las bases sobre que debía apoyarse la majestad de un Gobierno correspondiente á Nación tan grande y de tau extenso territorio: declaré el derecho que consiguientemente adquiría de ordenar la Constitución que le fuese más adaptable, y con la más diligente atención advertí que sería necesario que la Representación Nacional se convocase, no por la forma demagógica y anárquica de la Constitución española, sino por reglas justas y convenientes á nuestras circunstancias.

Esta obra delicadísima pude hacerla por mí mismo; pero por el fervoroso deseo del mayor acierto, me pareció más seguro encomendarla á una Junta de hombres los más sobresalientes y recomendables por su ilustración, probidad, fortuna y destinos.

Si fuese posible desnudar á mi voz de la autoridad que le confirió la naturaleza misma de las garantías que tomé á mi cargo, bastaría el voto uniforme que después ha manifestado la Nación con su adhesión al Plan de Iguala y tratados de Córdoba, para reconocer en todo el rigor de los principios de derecho público la ratificación más solemne de aquel Plan y tratados, y la aceptación más clara de las garantías que en él ofrecí con el Ejército.

En todo lo que á éste tocaba para obtener cumplidamente la Independencia de la Nación, y en todo lo que yo debí practicar para asegurarla invenciblemente con el establecimiento del Gobierno, nada quedó por hacer; pero la Junta provisional gubernativa se halló desgraciadamente embarazada para adoptar en la convocatoria de la Representación nacional el plan más conveniente, y aun llegó á persuadirse que no tenía facultad para hacer lo que fuese mejor y más útil á su Patria.

Poseída, al parecer, de la ilusión de que aun no estaba suelta de las cadenas españolas, ó que aun no era independiente, puso mano en la convocatoria, y coordinó lo que tanto se ha censurado.

Graves son los vicios que le imputan; pero acaso el más cierto es el de haber dejado la elección de los representantes de la Nación bajo el influjo ominoso de sus ocultos enemigos, y de los enemigos también de la voluntad verdaderamente nacional.

De la una y de la otra clase penetraron hasta el solio del Congreso, y el éxito se entrevió tanto desde sus primeros pasos, y se hizo últimamente tan sensible, que el Gobernador español de San Juan de Ulúa lo anunció desde 23 de Marzo y en la junta extraordinaria que convoqué en 16 del inmediato Octubre, no se pudo disimular que caminábamos al más horroroso precipicio.

Para no caer en él ha sido necesario dar un paso retrógrado, y si ha de ser seguro es inexcusable que sea no sobre las huellas extraviadas que seguíamos últimamente, sino sobre las primeras del Plan de Iguala por donde llegamos al difícil y glorioso término de nuestra Independencia. Volvamos, señores, á tomar animosamente este seguro camino regado de sudores y laureles.

Marchemos sobre él con paso firme y sereno y la felicidad de la Nación será obtenida. Llevémosla por él á la gloria de constituirse de un modo pacífico, sólido y estable. Organicemos su Representación de manera que no dé otro sonido que el puro, limpio, claro y genuino de la voluntad general, y tomemos en lo pasado la experiencia de lo futuro.

El escollo en que hemos tropezado es el del sumo poder que, por el error más impolítico, se ha querido transferir de la masa de la Nación, á quien exclusivamente pertenece, á un Congreso constituyente.

La autoridad tan poderosa que no tiene sumisión á ley alguna, ni admite otra que la que quiera á sí misma prescribirse, obra indudablemente por su arbitrio, y esta idea es tan característica y peculiar del despotismo como incongruente y repugnante á la de un Gobierno moderado.

Entre hombres, el mayor poder es una predisposición al mayor abuso, porque es muy difícil que el que puede hacer todo lo que quiere, no quiera hacer más que lo que debe, y si respecto de un solo hombre, ó entre pocos, es imprudencia fiarse á la mera presunción de una moderación virtuosa y voluntaria, entre muchos nada hay que pueda inspirar semejante confianza.

Es verdad que nuestro Congreso siguió el ejemplo de las Cortes españolas; ¿pero qué copia de un modelo deforme no traslada las imperfecciones en aumento? Y ¿á dónde iríamos á parar si siguiéramos en todo aquel ejemplo pernicioso?

Pensar que la confianza que emana de un pueblo que ve con celo la libertad que acaba de recobrar, sea indefinida porque la haya depositado en algunos para formar su Constitución, sería trastornar los principios más conocidos.

En donde la suerte que se corre es más interesante, allí debe ser mayor la precaución.

Un Cuerpo constitucionalmente legislativo podrá causar bienes ó males al Estado; pero el Cuerpo constituyente decidirá de su felicidad ó infelicidad, porque la mala Constitución no es tan susceptible de reforma como las leyes indigestas.

Con todo, el poder que ejerce un Cuerpo Legislativo, según la forma constitucional, encuentra en ella un vínculo que la modera; mas un Cuerpo constituyente, cuál tendrá, si no lo liga la ley de su misma institución?

Entre los publicistas más entusiasmados por los sistemas representativos y más exaltados en las ideas liberales, es máxima especialmente recomendada que una Nación no debe emprender la formación de una Constitución nueva hasta después de haber reunido todos los poderes de la sociedad en las manos de una autoridad favorable á este proyecto, y que esta autoridad provisional cuando reconoce una Asamblea encargada de constituir, no debe confiarle más que esta función, y reservarse siempre el derecho de hacer mover la máquina hasta el momento de su completa renovación.

Los desastres que ha llorado la Francia y está experimentando y experimenta la España, no se atribuyen á otro principio que al exceso con que las autoridades constituyentes traspasaron la línea del determinado objeto de su institución.

Yo, á la verdad, siempre entendí que sin una indiscreción peligrosa, no podría pueblo alguno libre que ha hecho los últimos esfuerzos para substraerse de la opresión y despotismo, poner su suerte al arbitrio absoluto de una reunión de individuos que, perteneciendo á la especie humana, son participantes de todas sus miserias, y no exentos de las pasiones que acompañan al poder ilimitado.

Por esto, al formar el plan de Iguala y arreglar los tratados de Córdoba, no me decidí, sin embargo de la eficacia con que deseaba la reunión de un Congreso Nacional, á convocado por mí mismo siguiendo el orden de la Constitución española, con solas aquellas materiales variaciones que en este supuesto habrían sido tan fáciles, sino que, desconfiando de mis luces y conociendo la importancia del asunto, estimé más conforme á la voluntad general, que la reunión del Congreso fuese objeto de una junta de personas de reputación conocida, y que ésta permaneciese con el alto Gobierno, hasta que se formase la Constitución.

Me propuse en esto que la confianza de la Nación se dividiera entre la Junta y el primer Congreso Nacional, depositando en aquélla la que fuese necesario para la arreglada institución del Congreso, y en éste toda la que exige la grande obra de la Constitución peculiar y adaptable al Imperio.

Me propuse proveer para el primer Congreso, cuya existencia debía ser anterior á la Constitución, lo que ella proveerá para la institución de los Congresos futuros.

Me propuse, en suma, se obrase en todo con sujeción á una ley anterior: que la ley de la voluntad general fuese superior á toda autoridad, y que esta ley fuese al mismo tiempo el apoyo y el vínculo de la confianza de la Nación.

Si, pues, debemos procurar hoy que tenga cumplimiento lo que con este objeto se prescribió en el Plan de Iguala, y si la adhesión á él de la Nación entera nos presenta la norma más segura de nuestras ulteriores operaciones, necesario es que retrocedamos á buscar el orden que se había perdido, y que reasumiendo esta Junta Nacional el carácter de instituyente, trabaje con el celo que es de esperar de los muy dignos representantes de que queda compuesta, en desempeñar los importantes objetos que contienen las bases orgánicas que he tenido por oportuno designarle, en consecuencia de estar ya proclamadas, reconocidas y juradas las que constituyen el actual Gobierno, y do hallarse éste también solemnemente proclamado, establecido y jurado, y en aptitud de prescribir cuanto es conducente á que se disciernan las facultades del Cuerpo instituyente y constituyente; y á que no se vuelva á tropezar en los escollos de que no sin trabajos y peligros indecibles, se ha salvado la Representación Nacional.

Fuente:

Los presidentes de México ante la Nación : informes, manifiestos y documentos de 1821 a 1966. Editado por la XLVI Legislatura de la Cámara de Diputados. 5 tomos. México, Cámara de Diputados, 1966. Tomo 1. Informes y respuestas desde el 28 de septiembre de 1821 hasta el 16 de septiembre 1875.

Los cinco tomos fueron digitalizados por la Universidad de Texas:
http://lanic.utexas.edu/larrp/pm/sample2/mexican/history/index.html



Descargar Archivo (s): [ 1822.pdf ]