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Siglo XIX > 1820-1829 > 1821

Llegó el día más fausto que pudiera ver la nación mexicana: Carlos María de Bustamante.
Jueves 27 de septiembre de 1821.

Llegó el día más fausto que pudiera ver la nación mexicana, y muy diverso del memorable y malhadado 8 de Noviembre de 1521, en que se presentaron aquí por primera vez las huestes españolas, tlaxcaltecas y zempoales, que vinieron a reducir a una ominosa servidumbre el imperio de los aztecas.

El Sol parece que echó sus rayos con mayor esplendor y brillantez para alegrar este suelo marchito, alejando las tinieblas, compañeras inseparables de la esclavitud: las sombras de los antiguos emperadores mexicanos entiendo que salieron de sus tumbas, construidas en el antiguo panteón de Chapultepec, para preceder al ejército de los libertadores de sus hijos, recreándose con su vista, así como los cautivos que en sus mazmorras ven trozadas de repente por manos prepotentes y generosas las fuertes cerraduras...

¡Ah! Yo me extravío de mí relación, que debe ser sencilla y modesta; mas para continuarla, permítaseme que inundado de gozo bendiga al cielo porque me dejó llegar a época tan venturosa...

¡Sí, día hermoso: yo te saludo, y al pasar al sepulcro, sea tu memoria la única que me haga sentir la sepración de este suelo, donde he vívido rodeado de azares y amargura! ¡Ojalá y jamás te apartes de la memoria de mis conciudadanos, para que aprecien, como deben, el grande bien que hoy han recibido!

¿Qué no fuera dado a los Hidalgos, Allendes y Morelos, disfrutar de espectáculo tan encantador? Ellos honran la patria en sus suplicios, como hoy la honra Iturbide a la cabeza de estas huestes vencedoras.

Dicho jefe contribuyó mucho a aumentar este torrente de júbilo con este precioso trozo de un razonamiento digno de que lo lean nuestras generaciones venideras.

"Mexicanos: ya estais en el caso de saludar a la patria independiente, como os anuncié en Iguala: ya recorrí el inmenso espacio que hay desde la esclavitud a la libertad, y toqué los diversos resortes para que todo americano enseñase su opinión escondida; porque en unos se disipó el temor que los contenía, en otros se moderó la malicia de sus juicios, y en todos se consolidaron las ideas.

Ya me veis en la capital del imperio más opulento sin dejar atrás ni arroyos de sangre, ni campos talados, ni viudas desconsoladas, ni desgraciados hijos que llenes de execración al asesino de sus padres; por el contrario, recorridas quedan las principales provincias de este reino, y todas uniformadas en la celebridad, han dirigido al ejército trigarante vivas expresivos, y al cielo votos de gratitud.

Estas demostraciones daban a mi alma un placer inefable, y compensaban con demasía los afanes, las privaciones y la desnudez de los soldados, siempre alegres, constantes y valientes.

Ya sabéis el modo de ser libres, a vosotros toca señalar el de ser felices..."

Desde muy temprano empezaron a entrar gentes de todas clases, carruajes y equipajes por las diversas garitas y calzadas que circuncidan la capital, y se ocuparon las calles y plazas por un gentío inmenso que iba a gozarse con el espectáculo del mayor ejército que aquí se ha visto.

Este, viniendo por la garita de Romíta, camino de Tacubaya, principió su marcha dentro de la ciudad a las diez de la mañana, y concluyó dadas las dos de la tarde.

Entró por la calle de S. Francisco, y dando vuelta por la calle de Palacio, se fue retirando a sus respectivos cuarteles y alojamientos que se les tenían señalados.

Venía con el mayor órden marchando, dividido según las divisiones que ocupó la línea de su acantonamiento sobre México; empezando la Columna de granaderos en columna por compañías, é interpolándose después las demás armas, según exije el órden de marcha.

A la cabeza del ejército se presentó el general Iturbide a caballo que precedía en la vanguardia rodeado de sus ayudantes y estado mayor, con las parcialidades de indios, los principales títulos de castilla, y crecidísimo número de vecinos de México.

En frente del convento de S. Francisco encontró al ayuntamiento; echó pié a tierra y recibió juntamente con los plácemes una hermosa llave de oro, en una fuente de plata, por uno de los cuatro maceros, que le entregó el alcalde ordinario más antiguo coronel D. Ignacio Ormaechea, órgano de los votos del pueblo mexicano, que lo aplaudía, devolvíósela Iturbide dándole gracias por los servicios que había prestado la municipalidad en la lid de la Independencia.

Continuó su marcha a caballo por estar lastimado de una pierna, y en la plaza mayor se multiplicaron los vivas y aplausos más festivos.

Para antes de empezar a entrar el ejército, se trasladó de su casa a Palacio el Sr. O'Donojú, y allí recibió al General Iturbide acompañado de todas las corporaciones.

Habiendo acabado de desfilar el ejército (que vieron Iturbide, O'Donojú y todo el concurso desde el balcón) se trasladaron todos a la Catedral, donde se entonó el himno Te-Deum por el señor arzobispo, y duró hasta cerca de las tres de la tarde, sin que cesaran en todo el día las salvas de artillería ni los repiques de campanas.

En Catedral se recibió al Sr. Iturbide bajo de palio, que mandó retirar, como více-patrono, según el acuerdo anterior tenido por el cabildo por medio de sus comisionados con la junta de gobierno.

Este fue el primer acto posesorio que ejerció a nombre de la nación de una prerrogativa que es consecuencia de la protección que goza la Iglesia en el estado, y que no necesita especial declaración de Roma.

Concluido este acto se retiró toda la comitiva a palacio, donde el ayuntamiento previno mesa y refresco a la noche, a que asistieron las principales personas de México, y lo mismo al paseo de por la tarde.

En el convite de este día espresó la poesía sus conceptos por medio del mayoral de la arcadia mexicana (el regidor D. Francisco Sanchez de Tagle) en la siguiente:

Fuente:

Independencia Nacional Tomo II. Morelos – Consumación. Coordinador: Tarsicio García Díaz. Instituto de Investigaciones Bibliográficas. Seminario de Independencia Nacional. Universidad Nacional Autónoma de México – Biblioteca Nacional – Hemeroteca Nacional. México, 2005. Páginas 345-348. Tomado de: C. M. de Bustamante, Cuadro histórico..., t. V, pp. 315-316.