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Sucesos que precedieron y siguieron a la prisión y destitución del virrey don José de Iturrigaray.
México, 15 de diciembre de 1820.

NÚMERO 282 - Tomo I

1. Anticipada la verdadera historia de los sucesos que precedieron y siguieron a la prisión y destitución del virrey don José de Iturrigaray, de los de la insurrección y de sus causas próximas y remotas, no es ya difícil acertar en la crítica y censura justa del escandaloso informe del señor don Manuel de la Bodega, y de la representación, que se dice, de la diputación americana a las Cortes de España, de 1 de agosto de 811.

Los documentos con que se comprueban, no dejan vacilar al juicio imparcial sobre el concepto que deba formarse especialmente en orden al que dicho señor ministro llama enorme atentado, principio de las vejaciones que pondera; la diputación americana, origen de la rivalidad excitada entre europeos y americanos; y el citado reverendo padre fray Diego Miguel de Bringas en el sermón que predicó en Querétaro el día 7 de diciembre de 810, acción prudente y esforzada.

Los indicados documentos agregados en confirmación de lo que el señor Calleja expone en su manifiesto, desde el párrafo 112 hasta el 148, y citados en la nota de este último, valen sin duda algo más que el dicho del señor Bodega, reproducción del de los rebeldes declarados, aunque sin su franqueza.

Faltaba solamente el voto de un sucesor del mismo Iturrigaray que no pudiese ser censurado de parcial, y lo tenemos ya en el manifiesto del señor Calleja, a quien nadie podrá poner aquella tacha respecto de Yermo.

La fuerza irresistible de la verdad le hizo explicarse en su manifiesto en los términos que exigían documentos irrefragables, y su propio conocimiento, como que a la sazón se halló en esta capital llamado por el mismo Iturrigaray, y presenció cuanto resulta de ellos.

En vano sus adictos inventarán y forjarán cuantas patrañas estimen conducentes para hacer vacilar sobre el asenso que merezcan verdades tan indudables y comprobadas, en lo cual la fecundidad de su imaginación no reconoce límites ni barreras.

En vano amontonarán cuentos, contradicciones, imputaciones falsas e inverosímiles, para debilitar el testimonio de tantos cuerpos y personas respetables, conforme con nuestras aserciones, con la serie de todos los sucesos, con el tenor de los actos y documentos irrefragables que no puede desconocer su misma obstinación, y aun con las confesiones que se les escapan en medio de innumerables mentiras que entretejen para desfigurar la verdad.

Ningún sensato puede persuadirse que unos testigos tan calificados quisiesen hacerse cómplices de un crimen, o sus encomiadores.

La identidad misma de ideas y opiniones; la aserción del vindicador Lizarza en el párrafo 89 de que “la prisión de Iturrigaray necesitaba partido entre los oidores que componen el acuerdo; partido con los jefes que mandaban las tropas acantonadas; con los oficiales de la guardia del virrey; con el mayor de la plaza para que no impidiera; con el capitán de artillería para que la entregara; se necesitaban relaciones con los jefes de serenos, con los comisarios de la Acordada, guardas del resguardo y alcabalas” toda esta asombrosa conspiración, cooperación, aplauso y congratulación en la prisión de un virrey de Nueva España, de tantos cuerpos y personas de todo el reino delicados y celosos de su honor y concepto de subordinación y fidelidad, es sin duda lo que mejor demuestra las justas y poderosas causas que hubo para ella; la pureza de motivos; y los elevados sentimientos de patriotismo que tuvieron los ejecutores de tan ardua empresa, cuando no los manifestase su propia naturaleza, y los riesgos de perderlo todo con la vida, a que se expusieron, sin otro interés que restablecer la tranquilidad que iba a recibir el último golpe con el congreso de Cortes resuelto por Iturrigaray.

2. En su razón, y para confirmación de todo, tenemos sin embargo por conveniente insertar aquí lo que el citado señor obispo de Valladolid dice en los párrafos 27, 28, 29 y 30 de su mencionada carta pastoral de 26 de septiembre de 812.

“Así es, que el error de algunos sujetos de opinión, de talento y de bastante instrucción en otras materias, causaron entre nosotros los primeros síntomas de la discordia, proponiendo como justa y conveniente una junta nacional de la Nueva España, a ejemplo de las referidas juntas de la península; cuya proposición inflamó por una parte la inquietud de aquellos hombres medio ilustrados sin crédito, sin fortuna ni moral, que dominados siempre por la envidia y la ambición, han sido en todos tiempos y países los incendiarios de los pueblos, y agentes de las revoluciones; y por otra parte alarmó justamente el celo y patriotismo de los hombres sensatos que comprendieron las funestas consecuencias que podría producir una novedad semejante, que chocaba con la constitución del Estado y la religión.

En efecto, una junta nacional en una provincia no sólo altera el gobierno establecido, sino que rompe la constitución del Estado, y es una verdadera rebelión.

Ella presupone nación soberana e independiente; y como la Nueva España hace tres siglos que es provincia, y parte integrante de la monarquía española, subordinada y dependiente de la asociación general de los españoles, como lo son del mismo modo las otras provincias de ultramar, y las que componen la península, se sigue que no puede haber junta nacional en la Nueva España ni en provincia alguna, sin que se separe primero de la monarquía; y no puede separarse sin romper las leyes de su constitución; y en esto consiste la rebelión o infidencia a la sociedad general.

Es, pues, injusta y perjudicial como turbativa del orden público, y notoriamente contraria al derecho natural, al derecho de gentes, a la santa ley de Dios, y a las leyes de la sociedad en que vivimos, como queda sólidamente demostrado.

Y por consiguiente, si se propone y quiere sostener como justa esta proposición, será herética, como diametralmente opuesta al derecho natural y divino, y destructivo de la religión.—

Ninguno de los sucesos ocurridos en la península pudo dar motivo justo a las provincias para intentar novedades, y menos para pretender separarse de la metrópoli.

No la invasión de Bonaparte, que en nada puede influir sobre la constitución del estado, mientras la defienda el pueblo español, como lo ejecuta con tanto valor y energía.

La ocupación que hace un enemigo de una parte, o de todo el territorio de una nación, no tiene el menor influjo en su constitución respectiva.

Los persas ocuparon todo el territorio de la república de Atenas, reduciendo a cenizas la ciudad; el pueblo, que no podía resistirlos en tierra, se refugió en sus buques; y queriendo aventurarlo todo, como han hecho los españoles, antes de recibir la ley del vencedor, les dieron una batalla naval, que obligando al enemigo a abandonar su conquista, los dejó soberanamente independientes como estaban antes.

En nuestros días el mismo Napoleón ocupó casi toda la Prusia; ocupó la mayor parte de los estados del emperador de Alemania, inclusa la capital Viena; ocupó también todo el reino de Portugal, que es la metrópoli de la nación portuguesa, teniendo que refugiarse la reina y su familia a una de las provincias de ultramar.

Ninguna de estas invasiones, ni de cuantas otras ha habido en el mundo, han alterado las constituciones de los pueblos invadidos, mientras que ellos las defienden.

No es la guerra la que confunde las naciones, la que las divide, las separa o las agrega; la guerra es el medio con que se operan estas vicisitudes de las sociedades humanas, y el consentimiento de los pueblos voluntario o forzado, es el que las constituye o destruye; pues el consentimiento aunque forzado, es consentimiento que obliga a guardar los pactos contratados y cumplir las leyes del vencedor, estando en su mano el no admitirlas y sostener la lucha hasta morir, como los de Sagunto y Numancia; de otra suerte, no habría paz entre los hombres, ni estabilidad alguna en las sociedades.—

Si la invasión de Bonaparte no dio motivo a las provincias de América para intentar novedades, menos lo pudieron hallar en los medios que adoptó la metrópoli para repelerla, y defender sus leyes y constitución.

Las provincias de la metrópoli se hallaron, como es dicho, súbitamente invadidas y despojadas de toda autoridad y gobierno legítimo o constitucional; y este gobierno en las manos del tirano opresor les impedía toda resistencia y defensa, y por consiguiente se vieron en la necesidad extrema de romperlo y crear otro, el de las juntas provinciales, que titularon justamente supremas, pues que cada una de ellas obrando de por sí, sin poder recibir auxilio de las otras tenía que usar de la autoridad suprema, levantar tropas, imponer contribuciones, nombrar generales, magistrados y jueces, sin lo cual era imposible dar un paso para el fin de salvar la patria, que notoriamente se hallaba en aquel conflicto extremo en que su salud es la suprema ley; pero ninguna de ellas se tituló nación ni aun la de Sevilla, no obstante que en los principios se consideraba sola, ignorando la existencia de las otras, y se le habían reunido las Andalucías con toda la fuerza militar; y todas ellas publicaron sus intenciones de repeler al invasor, y reintegrar la monarquía en el uso de su constitución y de sus leyes, como se ve en sus edictos y proclamas: y así es evidente que lejos de intentar novedad alguna contra la constitución del estado, se resolvieron a morir por conservarla en toda su integridad e independencia.

Hicieron, pues, todo lo que debían hacer excitando con tan heroica resolución el patriotismo de las provincias libres para que acudiesen a su auxilio, y a participar de sus trabajos y de su gloria, como así lo ejecutaron con ardor las provincias de ultramar, sin excepción alguna, según queda referido.—

En este concepto el patriotismo y la sabiduría de todos los principales habitantes de la Nueva España reprimió el espíritu turbulento de aquellos novadores, impidiendo el establecimiento de la junta, y conservando el gobierno establecido.

Pero no pudo impedir el que los sediciosos propagasen sus ideas por todo el reino entre los de su clase, que no faltan en parte alguna.

Se acaloró la efervescencia con las juntas que se establecieron en Caracas, Santa Fe y Buenos Aires, puntos más accesibles a la influencia de Bonaparte, en que por consiguiente había más cabezas perturbadoras con el vértigo revolucionario de la Francia.

Así se preparó nuestra infeliz insurrección, que reventó en Dolores dos años hace, no ya por el espíritu sólo de ambición de mandar y hacer figura, como el que causó la insurrección de las citadas tres provincias, sino por un sistema concebido por el apóstata Hidalgo y algunos otros de igual complexión y conducta, el más feroz, exterminador e inhumano que podía concebir el mismo Lucifer, y de que no se halla ejemplar en la historia de los crímenes de los hombres.”

¡Y aquí es de notar que en todas esas otras provincias americanas, en que de grado o por fuerza se erigieron juntas o congresos nacionales, con el mismísimo afectado objeto de la conservación de los derechos del rey Fernando y en prenda de seguridad contra el gravísimo fundado temor de ser entregadas a los franceses, según la opinión de la diputación americana, desmintiendo todas sus combinaciones, aserciones, y vaticinios, sirvieron solamente de primer escalón para declarar en seguida la independencia, que hasta hoy sostienen obstinadamente; y en medio de tales experiencias hay todavía valor para increpar, y zaherir, a los que en Nueva España previeron e impidieron la realización de iguales planes y resultados! ¡Hay bastante descaro para colocar tan oportuna y feliz resistencia entre las pretendidas causas razonables de la rebelión! ¡Y semejante impudencia se observa aun de parte de los que no quieren ser tenidos por traidores, y afectan antes bien sentimientos de fidelidad y amor a la madre patria!!!

3. Creemos también haber dado ilustración suficiente sobre las declamaciones infundadas, y falsas imposturas sembradas por el señor Cisneros, por el autor del Comercio libre vindicado, y últimamente por el señor Bodega, y por la reciente impresión de la representación de la diputación americana, acerca de la conducta opresiva contra los americanos observada por el gobierno de México después de la prisión de Iturrigaray, desmintiéndolos con hechos constantes que no se pueden negar, y que demuestran la mala fe de los calumniadores.

A vista de tales desengaños no podrá ya extrañarse la que resplandece en los demás periodos del informe del señor Bodega.

Sin embargo, prescindiendo de los siete primeros párrafos, y del 8º que no necesita más explicación que lo que se dirá hablando de otros, reclaman la más alta consideración las palabras del 9º copiadas en el párrafo 5 de nuestra introducción, por la malicia con que se ocultan las verdades más importantes para convencer el carácter de la rebelión desde su principio, y por las falsas ideas que se dan de él, asentando que según se fue prolongando el mal, se aumentaron y se malignaron sus síntomas, y que los varios acontecimientos de la lucha ensangrentaron prodigiosamente su carácter; produjeron otras pasiones, el odio y el rencor etcétera.

4. El autor y todo el mundo sabe que el odio, el rencor, la sangre y exterminio de los europeos, fueron los primeros síntomas, planes y fundamento de la rebelión.

Díganlo las proclamas del corifeo Hidalgo, de que el reverendo padre Bringas nos ha dado el extracto copiado en la nota al párrafo 103 del manifiesto del señor Calleja.

Y dígalo también el licenciado Bustamante de célebre recordación, que en el número 4 de su Juguetillo, acabando de poner en el número 3 la declamación inserta en el párrafo 22 de la introducción; vindicándose de la burla de otro impreso de un europeo, se explica así.

“Preví desde principios de agosto de 808, el espantoso rompimiento que iba a haber entre americanos y europeos, de que ahora somos tristes espectadores, y traté de evitarlo por cuantos medios me fue posible... estos son mis créditos ejecutoriados, como también la lealtad del deudor; pues los contrajo por evitar que se derramase la sangre de usted y sus paisanos; por conjurar la tempestad que a todos nos amenazaba.”

Esta era la bella constitución, y el asilo de la paz, convertido, según él mismo, en teatro de guerra desde la infausta noche del 15 de septiembre.

Mes y medio antes de la época lamentada por Bustamente, Bodega y otros, y más de dos años antes de la rebelión; sangre y exterminio de los europeos es lo que se preveía con el acierto que acreditó la experiencia.

Por lo demás no hay para que detenernos en los afectados sentimientos de este hipócrita, ni en la explicación de la paz y unión que predicaba, para que pacífica y unidamente trabajásemos en la anhelada independencia pax pax et non erat pax; puesto que nadie duda cuales fueron desde que se recibieron aquí las primeras noticias de la invasión de la península, e hicimos las indicaciones oportunas en la nota al párrafo 22 de la introducción, aunque no está de más observar aquí para mayor ilustración, que su héroe Iturrigaray dijo a la Junta de Sevilla en el oficio de 3 de septiembre de 808 impreso por Cancelada en su primer cuaderno “ya ha comenzado a experimentarse una división de partidos, en que por diversos medios se proclama sorda, pero peligrosamente la independencia y el gobierno republicano, tomando por motivo el no existir nuestro soberano en su trono...

Hay también el enorme obstáculo de que habiéndose suscitado aquí desde el principio el uso de la soberanía del pueblo en calidad de tutor y conservador de su majestad; y no estando aún del todo, sofocada esta especie..." expresiones que envuelven la acusación y convicción de su autor, como único protector de tales especies y designios, y las verdaderas intenciones de los bullidores.

Tampoco está de más la reimpresión con el número 102 del oficio que este consulado le pasó en 6 de agosto de 808, por que confirma las verdades importantes que referimos, y tratan de confundir nuestros enemigos, entre ellos el señor Bodega y los autores de la llamada representación de la diputación americana; y porque de todo resulta que los planes y los medios de llevarlos a su término, fueron los mismos cuando menos desde agosto de 808, anteriores por tanto a la prisión de su valenteador, y no efecto de este suceso.

5. “Aún antes de dar el grito en Dolores, dice el reverendo padre Bringas en la página 51 de la citada impugnación, la lista de proscripción que acompañaba vuestro plan de maldades cogido en Querétaro, contenía los nombres de los nobles de la ciudad...

Desde el principio, dice en la página 92, en el medio, en todos sus progresos hasta hoy, todo él ha sido sanguinario, bárbaro y cruel.

El mismo día 16 de septiembre de 810 en que comenzó este maldito sistema, empezó derramando sangre europea.

¿Qué hicisteis en la mañana de ese día con el capitán del regimiento de la reina don José Antonio Larrinua vecino honrado de conocida probidad y comerciante de aquel pueblo? Dejarle medio muerto a puñaladas de que aún no acaba de curar perfectamente; pero sorprendiéndolo en su cama.

Mas ésta no es sangre, ¿por qué vosotros queríais un río, o una balsa para nadar en ella como venenosas sanguijuelas? ¿Qué practicasteis muy luego en Guanajuato? La primera vez como la segunda, la dejasteis nadando en sangre humana.

Pero con circunstancias que os caracterizan de bárbaros, de inhumanos, cobardes e impíos; ¡mis ojos vieron los vestigios horribles de vuestra crueldad cebada hasta en la sangre de señoras delicadas, sólo por ser europeas! ¡ Si yo pintara la historia de vuestra barbarie en Guanajuato, se avergonzarían aun aquellos pueblos de la Asia de quienes tomaron su nombre los asesinos! ¿Qué hicisteis en Valladolid, Guadalajara, Ixmiquilpan, Tequisquiapan, Sultepec, Tehuacan de las Granadas, y hasta ayer en Tlalpujahua? degüellos y mas degüellos... pág. 93.

Los prisioneros se trataron desde el principio, no como decís, sino como todos sabemos, con tropelías, con indecencias, con hambre, con crueldad y con ignominia.

Yo lo vi en parte... yo vi en los últimos días de septiembre cien bárbaros a pie y 80 tártaros a caballo, y al día siguiente los veo regresar con la presa, uno de los vecinos más útiles y necesario del pueblo de Sichú don Bernardo Ortiz, montañés de más de sesenta años, a quien atropellándolo en su casa, a presencia de su esposa, sin que los contuviesen las lágrimas de sus tiernos hijos, le condujeron en un macho a la prisión de San Miguel.

Dos leguas más adelante hicieron lo mismo con don Antonio Carrillo, otro europeo honrado natural de Galicia, y pocos días después vi otras procesiones semejantes; esto vi yo en un rincón.

¿Que verían otros en lugares mayores?... Mentís descaradamente diciendo que innumerables quedaron indultados; muy raro fue el que escapó redimiendo su vida y libertad con sumas crecidas, y casi ninguno después que vuestro Hidalgo les indultaba de día y los sentenciaba de noche: pág. 95.

Volved, pues, un poco la turba vista hacia los aciagos momentos del nacimiento de vuestra insurrección, y decidme ¿no os acordáis que entonces (porque ahora no sé como se aforan) se pagaban las personas de los europeos a 100 pesos, y también a 200 y a 300? ¿Y para qué? Respondan el fuerte de Granaditas, las barrancas de Guadalajara, los montes de Valladolid, los arroyos de Sultepec, y ellos dirán los piadosos fines con que hacíais estas compras.”

6. Idénticas increpaciones hizo el excelentísimo e ilustrísimo señor obispo de Puebla don Manuel Ignacio González del Campillo, también americano, en su manifiesto impreso en el año de 812, para desengaño de los incautos, lamentando muchas veces que desde el principio de la rebelión el plan había sido robar, matar y exterminar a los europeos, buscándolos en lugares distantes sin más delito que haber nacido en la península, aún siendo hombres quietos, moderados y útiles al público, añadiendo que temblará el pulso a los que hayan de escribir la relación de tan espantosos sucesos, y el nombre mexicano que antes producía la idea de un hombre fiel, benéfico y manso, se oirá con el mismo horror que el del indio caníbal.

7. Testifican la propia verdad otros americanos en sus escritos y es un hecho de que hay otros tantos testigos como habitantes en este reino; razón porque no debía haber necesidad de singularizar a ninguno. Pero con todo no está de más hacer estos recuerdos, mientras haya embaucadores que mintiendo con impudencia, y desfigurando las cosas, pretenden engañar al gobierno y a los españoles distantes del teatro, y santificar o disminuir la deformidad de la atroz rebelión de este reino.

8. A vista de tantos testimonios de los mismos americanos, ya no podrá atacarse como sospechoso lo que el citado ilustrísimo señor obispo de Valladolid don Manuel Abad y Queipo dice en la segunda nota a su carta pastoral de 26 de septiembre de 812, pág. 61.

“Los insurgentes señalaron su cruel ferocidad desde el principio, no sólo por la alevosa sorpresa de los europeos, por la desolación de sus familias, por el saqueo de sus bienes y por la destrucción de sus haciendas, que extendieron sin piedad a las viudas y a los huérfanos de los gachupines, aun de aquellos que hacía muchos años que habían fallecido; sino por el degüello que ejecutaron en la alhóndiga de Guanajuato de todos los gachupines y criollos que allí existían, después de haber rendido las armas, y no obstante haber puesto bandera blanca y abierto la puerta para parlamentar, dejando insepultos y desnudos los cadáveres a la vista de sus mujeres, de sus hijos, de sus amigos y conocidos.

Y el infame Hidalgo permitió que se ultrajase de todos modos, con imputaciones y dicterios horrendos, el cadáver del señor intendente Riaño, modelo de magistrados y verdadero protector de su provincia; por cuya amistad conservaba el pérfido traidor el concepto que no merecía.

Esta furia, a las 24 horas de haber llegado a Valladolid fugitivo de Aculco, casi desnudo y con sólo la comitiva de cuarenta léperos desarmados, mandó degollar las inocentes víctimas sorprendidas al principio en esta provincia; y el 13 de noviembre de 810 salió al efecto la primera partida compuesta de cuarenta, y fue degollada en la barranca de las Bateas a tres leguas de esta ciudad.

Salió para Guadalajara; y el 18 se degolló la segunda partida compuesta de cuarenta y cuatro en la falda del Molcajete más allá de las Bateas.

Luego que se entronizó en Guadalajara comenzó a degollar en la misma forma, esto es, en partidas diarias de 60, 80 y 100, los muchos europeos y algunos criollos sorprendidos en diferentes parajes del reino que se hallaban en aquellas cárceles.

Manuel Muñiz, después general de América, esto es, jefe supremo de la insurrección por algunos meses, fue el verdugo que degolló las dos partidas de Valladolid, y las cuatro primeras de Guadalajara; pero habiéndose resentido su ferocidad de algún principio de ternura o del horror, se excusó de seguir en los degüellos, y le sucedió el general Marroquín, que por asesino ladrón estaba sentenciado a muerte en las cárceles de Guadalajara, de que lo libertó la insurrección.

Esta infernal arpía, no contento con mandar la ejecución, degollaba y despedazaba las víctimas con sus propias manos, mientras le duraban las fuerzas.

Así perecieron como dos mil ciudadanos inocentes de los más virtuosos, más honrados y más interesantes de la sociedad.

Cuando el señor Calleja reconquistó a Guanajuato, Allende, éste valentón que nunca se acercó al alcance de las balas, dio orden al momento de fugarse, para que la plebe degollase, como así lo ejecutó, doscientos españoles que tenían presos en la alhóndiga.

El juanino Herrera ejecutó lo mismo en el valle del Maíz, al fugarse de la derrota hecha por el señor Conde con dieciséis o veinte españoles que llevaba consigo, extendiendo su feroz crueldad a sus mujeres e hijas después que las había violado.

El padre Navarrete, de calidad indio, o por mejor decir, mixto de todas las razas, es tan feroz y cruel que manda prendar y degüella a cuantos caen en sus manos, españoles, indios y castas, hombres y mujeres, grandes y pequeños, por el motivo más ligero, como el de saludar la tropa del rey, o darle un vaso de agua.

Algunas veces él mismo abre el vientre a las víctimas vivas y les saca las entrañas con sus propias manos.

Puede ser no sólo ministro, sino sumo sacerdote del Dios Mexitli, o como llaman otros Huitzilipochtli.

Una partida de este bárbaro, aumentada hasta dos mil hombres que recogió de los pueblos inmediatos el furor fanático del padre Salto, degolló en Tecacho por orden del mismo Salto la escolta que conducía unos heridos, matando a éstos en sus camillas, no obstante haberse rendido con condición de salvar la vida, después de la más gloriosa resistencia.

No se sabe hasta ahora que hayan perdonado a ningún prisionero español gachupín o criollo.

Y así han sido innumerables en todo el reino estas escenas de los insurgentes; y aunque parece que ninguna puede exceder a la otra en perfidia y crueldad, sin duda excede a todas la que ejecutó la junta, al fugarse de Sultepec perseguida por el señor Castillo, degollando a las cuatro leguas la guarnición de Pachuca, que había rendido las armas bajo capitulación formal de quedarse libre y retirarse a donde mejor le conviniese; pues que ejecutó felonía tan atroz como cuerpo en representación (aunque cómica) de la nación, y cuando acababa de publicar el manifiesto de la nación americana.

Pero ¿cómo pueden obrar de otro modo si el plan primitivo de la insurrección no abraza otros medios, que aquellos que consisten en el exterminio y robo de los gachupines, y de los que siguen su causa? ¿No es este el carácter específico que revela la infamia de esta facción sobre cuantas se han conocido hasta ahora? ¡Tales son los hechos verdaderos!

Tales los Hidalgos, Allendes y todos cuantos héroes siguieron sus virtuosas huellas, según el malvado autor del papel titulado las Zorras de Sansón, dado a luz en 11 de octubre! Se estremecería la humanidad, si se hiciese una relación individual de las circunstancias especiales de crueldad que han acompañado a muchos de los sacrificios que han consumado, complaciéndose y saboreándose en los lamentos de víctimas inocentes y su prolongación.

9. Esto supuesto, es sin duda no sólo admirable, sino espantoso y criminal que el señor Bodega que todo lo ha presenciado se haya atrevido a dar al gobierno supremo ideas tan poco fieles; a pintar a su modo los primeros movimientos, la sorpresa que causaron a todos los habitantes; que no tuvieron por entonces más secuaces que los miserables indios y algunos mestizos y mulatos violentamente arrastrados unos por otros, y a donde los llevaban cuatro ambiciosos temerarios; (cuando cinco regimientos y cien mil hombres se presentaron al mes y medio sobre México en el monte de las Cruces, después de haber dominado las provincias de Guanajuato y Valladolid) que todos los demás veían con asombro este espectáculo, y aun los que lo componían ignoraban su objeto y naturaleza; que los mismos de que se componía el ejército insurgente no lo seguían sino en cuanto podían aprovecharse de la licencia o libertinaje que se les permitía o que se los ordenaba; y que en seguida atribuya a los tiempos sucesivos el que según se fue prolongando el mal se aumentasen y se malignasen sus síntomas; que los varios acontecimientos de la lucha ensangrentasen prodigiosamente su carácter, produjesen otras pasiones, el odio y el rencor, y animadas y encendidas éstas por la inconsideración, imprudencia y falta de política de unos y otros, puede decirse que resultó dividido el reino en dos partidos entre europeos y americanos.

10. ¡Qué tiempos y qué acontecimientos; qué inconsideración, imprudencia y falta de política precedieron de parte de los europeos para su proscripción y exterminio desde principio de agosto de 808, antes de la rebelión, y en el mismo rompimiento de septiembre, de 810, cuando o se hallaban penetrados de dolor y amargura con los horrorosos desastres de la madre patria, y consternados y afligidos en el más alto grado por sus propios mortales riesgos; o no hacían más que huir de la atroz persecución declarada; o ignoraban lo que pasaba en las sangrientas escenas en que eran sacrificados inocentes, inermes y desvalidos, como ponderan los citados beneméritos americanos! ¿Por qué el señor Bodega oculta tan horrendos sucesos anteriores a todo pretexto, y aun posibilidad de agresión de parte de los europeos, y lo que es más, hace una pintura falsa que los excluye? ¿O es menester que le digamos con el reverendo padre Bringas: “Mas esta no es sangre, porque vosotros queríais un río o una balsa para nadar en ella como venenosas sanguijuelas”?

11. Suponiendo al fin del párrafo 9 y en el 10 que se formaron, cuando a su señoría le place, dos partidos entre europeos y americanos, cuyas respectivas opiniones formaban esencialmente la guerra con que se destruían; que contra aquellos empezó a interesarse la opinión general; que faltó el espíritu público, desapareciendo las más visibles ventajas que tenía a su favor la buena causa; que se fueron debilitando las esperanzas de un feliz éxito; y llegó el caso de conocer que el mal era incurable, si no se mudaba de sistema y de conducta; no injuria menos a los americanos fieles, envolviéndolos en el partido contra la buena causa; y la injuria es tanto mayor, cuanto son falsos y desmentidos los principios a que atribuye la transformación de la opinión general, pues siendo ella cierta, resultaría que habrían entrado gratuitamente en los horribles sentimientos de los alzados, y nosotros estamos muy lejos de hacerles semejante agravio.

Los triunfos obtenidos a favor de la buena causa después del año de 813, en que el señor Bodega partió de este reino, y su actual estado, desmienten por fortuna sus aserciones y vaticinios, sin embargo de que ni en la conducta del gobierno ni en la de los súbditos ha habido ni podido haber alteración alguna sustancial en razón de los medios que en opinión de aquel ministro contienen o atizan la rebelión.

Y el documento número 7 contemporáneo del número 21, es decir del mismo tiempo en que Bodega marchó para la península, es la mejor vindicación de la injuria e infamia que echó sobre la población de la Nueva España, ya que sus escritores no sólo han descuidado su repulsa, sino que expresa o tácitamente se han conformado con ella, aprobando y elogiando positivamente el informe, y citándolo como si fuera un texto de la Sagrada escritura, o callando sobre su contenido.

No apoya menos nuestro intento de hacer una defensa, abandonada por los interesados en ella, la reflexión de que aun en el trozo del papel del congreso de los rebeldes de 28 de junio de 815 copiado en el párrafo 171 del manifiesto del señor Calleja, a pesar de su facilidad en mentir, no se avanzan más que a decir “que se propaga irresistiblemente el desengaño, y generaliza la opinión a favor de nuestra causa”, lo que ciertamente destruye las falsas aserciones del señor Bodega con relación al año de 813.

12. Él acusa en el párrafo 12 al gobierno de México, al supremo de la nación, a las Cortes de Cádiz, y sobre todo a los europeos residentes en Nueva España, de haberse empeñado en atropellar las máximas que dice debieron seguirse, y enumera en el párrafo 11, perpetuando así el desorden, y dando lugar a todos los males de la más horrible anarquía; y estas literales imputaciones, en cuya comprobación emprende la enumeración de algunos hechos más recientes y notables; la recomendación que hace en el párrafo 24 del carácter que distingue a los americanos; las proposiciones de que si alguna vez lo han desmentido, han sido muchas provocados, insultados y ofendidos; que aman tiernamente a su rey; que mientras pudieron obrar con serenidad explicaron de todos modos sus fieles sentimientos, que muchos atribuyen a un cierto exceso de lealtad lo que llaman generalmente levantamiento, revolución o proyecto de independencia; que en el mismo furor de las turbaciones hacían resonar el augusto nombre de Fernando, cuyo feliz regreso al trono de sus progenitores acababan de celebrar; todas estas especies, volvemos a decir, y todo el resto del informe, en que da a los americanos una actitud puramente pasiva en los males y desórdenes de la rebelión, son el más claro testimonio de la parcialidad injusta y maliciosa del señor Bodega, y de la poca delicadeza con que adoptó el mismo lenguaje, y hasta las materiales palabras de los periódicos y manifiestos de los rebeldes, arrostrando descaradamente con la verdad de los hechos más constantes y reconocidos; pues aunque nosotros hemos hecho justicia a los sentimientos de amor y fidelidad sincera que en los últimos días de julio de 808 aterraron a los malvados en México, y que se reprodujeron en las provincias, también hemos debido observar la progresiva seducción, comprobada con los hechos y con los medios de que se valieron los perversos para abusar de la ignorante y sencilla credulidad de la multitud con las consecuencias atroces que hemos visto; y negar, ocultar, o desfigurar éstas o los verdaderos designios y sentimientos de los seductores, que eran los que de hecho prevalecían, es el acto más refinado de mala fe.

13. También el perverso autor de las Zorras de Sansón recuerda aquellos días diciendo “¡Oh memoria! ¡días de placer dulce, de regocijo universal, días de vivas y aclamaciones! ¿Cómo pasasteis tan presto? ¿Cómo no habéis durado entre nosotros eternamente? Días en que este gran México aclamó por su rey al inocente, al perseguido, y al gran Fernando...

¿Os acordáis, y no os causó asombro aquella unión inalterable, aquella amistad verdadera? ¿No visteis embrazados el sacerdote con el militar, el religioso y el comerciante, el artesano con el caballero y el jornalero con el estudiante? ¿Y por qué desaparecieron esos días tan preciosos? Responded, falsos calumniadores; responded, enemigos de la sociedad, ¿es por ventura por deslealtad de los septentrionales, o porque vuestras opresiones los precipitaron a la desesperación y al despecho?” Ya está dada la respuesta.

Pero el mismo hipócrita sedicioso impostor la había anticipado diciendo en seguida: “Hidalgo, Allende y todos cuantos héroes siguieron sus virtuosas huellas, no hicieron otra cosa que sacudir el yugo de la esclavitud y romper unas criminales cadenas...

¡Ciudadanos! ¡Ciudadanos, reclamo vuestra indolencia! El templo de la unión se desplomó... multitud de capciosos ardides os separaron de vuestros compatriotas; os decidieron a ser verdaderos imitadores del perro del hortelano, que ni come ni deja comer, y por fin quedamos esclavos...

Aquellos varones fuertes (explica por nota Hidalgo, Allende, Morelos, Matamoros y otros mil) desdeñan vuestra ternura, y reclaman el heroísmo con que ellos se sacrificaron por no sobrevivir al oprobio de su nación.

Todos han muerto con esa divisa. ¡Héroes inmortales! Descansad tranquilos. La nación soberana es muy sensible a los clamores del honor.

Aún no es tiempo de erigir vuestras estatuas y de lavar este ensangrentado suelo con los monumentos triunfales de vuestra gloria.

No está lejos el día; y los laureles inmarcesibles fertilizados con vuestra sangre espirituosa, comienzan ya a brotar abundantes ramas que ceñirán vuestros bustos y los de vuestros

dignos imitadores... Libertad para no vernos expatriados por el poder y tiranía de los déspotas; libertad para ser felices a nuestro modo, y libertad en fin para ser útiles a nuestro rey.—

Los talleres que están cerrados por la falta de la industria y del dinero, los veréis en breve abiertos y con producciones de nuestro suelo.

Las casas que entre abiertas apenas dejaban salir un suspiro a los lamentos tímidos de la viudez y de la orfandad, con el socorro entrarán en anchura.

Los ciudadanos envueltos en el abatimiento y silencio profundo, que evitaban el encuentro sus humedecidos ojos, para respetar y obedecer a los déspotas, ya podrán burlarse de sus amenazas; pero para disfrutar de este cúmulo de delicias ¿cuál es, os pregunto, el sacrificio que resta haceros? ¿Cuál? Yo os lo diré.

Soltad vuestras zorras con teas abrasantes y devastadoras que circulen y talen los campos de este gran septentrión y exterminen las mieses corrompidas del infame servilismo, (ver nota 2) y si esta diligencia no bastare imitemos al formidable Sansón; unámonos todos, afiancemos la gran columna de este nuevo mundo y echémosle por tierra más que perezcamos en sus ruinas, antes que ser juguete y vilipendio de estos malditos destructores de la sociedad.”

Esto se ha impreso en México, y su autor seguiría echando a volar sus zorras abrasadoras si no lo hubiese denunciado el fiscal de la libertad de imprenta y un grito general de los buenos y si no lo hubiese calificado de sedicioso la Junta de Censura aunque demasiado tarde.

Júzguese ahora del señor Bodega, y del caso que podrá hacerse de los amores y lealtades que así se saben combinar por los más insolentes y feroces revolucionarios.

14. Imputa al gobierno de México el olvido de las consideraciones que merece una guerra de opinión que tiene motivos conocidos y que es fácil disiparlos, atribuyéndole excesos aun en lo que ha practicado con arreglo a los votos que él mismo lo ha dado como ministro vocal del acuerdo, verdad que no podemos patentizar individualmente porque no tenemos los archivos a nuestra disposición, pero que no por eso es menos cierta y demostrable por los que los tienen; y uno de sus anhelos es que se ofreciese y cumpliese todo lo que pudiera dirigirse a extinguir el descontento, sin ser incompatible con la dependencia, fidelidad y subordinación.

15. Sería de desear que él mismo explicase esta y otras palabras oscuras de su informe, sin que sea necesario adivinar su sentido.

Si llama guerra de opinión la que tiene por objeto saquear los caudales de los europeos y matarlos, y consumar la independencia absoluta de la madre patria, y la resistencia de los europeos a estos bárbaros e infames proyectos, entonces estamos conformes, y estas opuestas opiniones y designios se ejercitaron desde que supimos aquí la invasión de los franceses, y están confesados por los rebeldes declarados en los lugares citados en la introducción, en el manifiesto y papeles impugnados por el expresado excelentísimo e ilustrísimo señor obispo de Puebla y reverendo padre Bringas.

No alcanzamos en tal supuesto las consideraciones que merezca una guerra de opinión semejante, ni hallamos medio entre sucumbir del todo a la opinión y esfuerzos armados de los rebeldes, o contrarrestarlos con la fuerza y con el castigo, unido al perdón de los arrepentidos, que son los caminos que ha seguido constantemente el gobierno, prodigando los indultos más de lo que convenía; y sería de desear que el señor Bodega hubiese descubierto los que lo ocurrían, pues era el hallazgo que deseaba el rey, y que nadie debía considerarse en estado de procurarlo con más acierto que el que desde esta ciudad marchó con el destino de ministro de la gobernación de ultramar.

16. Pero ya veo que añade que la tal guerra de opinión tiene motivos conocidos, y que es fácil disiparlos, supuesto el carácter de los americanos, y lo demás que hemos referido de su párrafo 24; y acaso habla de las falsas imposturas contenidas en las proclamas de Hidalgo, y repetidas en los periódicos rebeldes, con que se procuró engañar y seducir al pueblo, e irritarlo contra los europeos, respecto de las cuales querrá tal vez decir convenía usar de la arma del desengaño y de la persuasión.

¿Qué mucho es que ocupase al señor Bodega este candoroso deseo, cuando la diputación americana dijo a las Cortes en 19 de agosto de 1811 una cosa semejante a las proclamas de Hidalgo, cuya sustancia copiamos en la nota al párrafo 103 del manifiesto del señor Calleja? “En los pueblos de América el temor de ser entregados a los franceses era gravísimo y fundado.

Los gobernantes eran europeos, de quienes no debía creerse renunciasen del amor a su patria, y del trato y comunicación con sus padres, hermanos, parientes y amigos existentes en España, rompiendo todos sus enlaces, como era forzoso, si sujetándose ésta al yugo francés, no se sujetasen también aquellos pueblos.

Muchos de los mismos jefes y otros europeos, preferían a las claras, que la América debía seguir la suerte de la península, y obedecer a Bonaparte si ella le obedecía.”

Nada importa que ella misma hubiese calificado exactamente poco antes este temor por un pretexto.

Nada la absoluta imposibilidad de que ningún gobernador, ningún europeo ni americano que no delirase, concibiese tal proyecto y tal temor, porque no tenía ni la más remota probabilidad, estando de por medio todo el poder marítimo de la Inglaterra para impedir su realización; y de que Bonaparte hiciese ninguna expedición marítima que no fuese presa de los ingleses.

Sin embargo de todo el temor era gravísimo y fundado menos para con Iturrigaray, cuyo desinterés y virtudes tan acreditadas infundían una plena confianza en la materia.

Era preciso obrar según ese gravísimo fundado temor: que la América consultase a su seguridad y a afianzar los derechos de Fernando VII cautivo, (que no había temor de que volviese a su trono) por medio de congresos que ejerciesen la soberanía en su ausencia.

Y ya que en Nueva España no pudieron cuajar, bajo los auspicios de Iturrigaray, esos fidelísimos proyectos que felizmente se consumaron en otras partes, con tanta constancia que en mengua de la previsión y engañosos cálculos de la diputación americana, subsisten aún después de restituido Fernando a su trono, y adoptada la amada constitución, en tanto grado que el congreso de Colombia contesta en 12 de julio último al general Morillo que no admitirá ningunas proposiciones de reconciliación que no tengan por base el reconocimiento de la soberanía o independencia de su república; ya que no pudieron cuajar, volvemos a decir, esos fidelísimos proyectos en Nueva España, convenía enviar misioneros que disipasen aquel fundado temor de ser entregados a los franceses.

Muy bien, muy bien... Pero también se ejercitó poderosamente este medio por muchos celosos americanos, entre ellos el reverendo padre Bringas, según él mismo refiere y testifican sus sermones impresos y su citada impugnación; se ejercitó también en el manifiesto del señor obispo de Puebla, y en otros papeles de americanos fieles, y todo fue infructuoso.

El gobierno entre tanto no podía dejar de oponer la doctrina única eficaz, acreditada por la experiencia, que era la de las bayonetas, y ella es la que desengañó muy breve a los indios, a quienes, para no temer la muerte, se les imbuyó el error de que habían de resucitar inmediatamente, produciendo la experiencia el admirable efecto de que abandonasen para siempre las banderas de la rebelión.

17. Ofrecer y cumplir todo lo que pudiera dirigirse a extinguir el descontento, sin ser incompatible con la dependencia, fidelidad y subordinación, eran cosas imposibles de combinar, aunque se prescindiese del frívolo reparo de que no hay con quien tratar, o de que los insurgentes no son dignos de que se trate con ellos, y se olviden para siempre estas despreciables ideas, según place al señor Bodega, aunque las hayan defendido sabiamente el señor obispo de Puebla y el reverendo padre Bringas, haciendo ver que entre el gobierno y los rebeldes no debía haber más relación que la de un juez severo para castigar a los traidores que no quisiesen aceptar el indulto con que se les había brindado sin cesar, aunque ellos han anhelado siempre por parecer gente de pro, merecedores a la observancia del derecho de la guerra, y su corifeo licenciado don Carlos María Bustamante insista todavía en esta manía en su citada memoria de principio de octubre, poniendo en duda si son delincuentes, y las Zorras de Sansón, el señor Vidaurri en su concordato, y otros, los tengan por héroes comparables con los Quirogas, Riegos, etcétera, etcétera

Ellos a nada menos han aspirado que apoderarse de todo, y romper toda dependencia y subordinación con la madre patria, pretextando, eso sí, amor y fidelidad a Fernando, a ese ente de razón que nada se perdía en invocar, según el documento número 6 de la Suprema Junta, cogido original en Cuautla, firmado en Zitácuaro en 4 de septiembre de 811 por Rayón, Verdusco, Liceaga y el secretario Yarza, de que el señor obispo de Puebla y el reverendo padre Bringas hacen la debida crítica en sus citados manifiestos e impugnación, y también el señor Calleja.

Las contestaciones que al mismo señor obispo le dieron Rayón, Morelos y Bravo en octubre de 811, agregadas a su manifiesto, y el éxito que tuvieron las embajadas que les despachó movido de su celo, y de acuerdo con el virrey, son una confirmación de sus verdaderas intenciones, tan bien demostradas por su ilustrísima como por el reverendo padre Bringas, el cual, encargándose de las bases de conciliación que proponían los rebeldes en sus periódicos y manifiestos, y de la que dice “que los europeos resignen el mando y la fuerza armada, en un congreso nacional e independiente de España, representativo de Fernando VII, que afiance los derechos en estos dominios”, hace de ella una censura y explicación no menos festiva que oportuna y exacta; y es cosa asombrosa que después de todo esto en el año de 814 haya ido el señor Bodega a contar allá a luengas tierras, que muchos atribuyen a un cierto exceso de lealtad, lo que llaman generalmente levantamiento, revolución o proyecto de independencia (y no nos dice cómo se debe llamar en su opinión o vocabulario) y que en el mismo furor de las turbaciones hacían resonar el augusto nombre de Fernando, animando así en el año de 20 al autor del sediciosísimo e incendiario papel Las zorras de Sansón, a asentar con insolente imprudencia, que “en los estandartes de la rebelión se grabaron los bustos de Fernando y que las aclamaciones incesantes de Hidalgo, Morelos y todos cuantos héroes siguieron sus virtuosas huellas, no eran otras que viva el rey, viva la religión y viva la nación,” preguntando en seguida “¿no es verdad esto que os digo? ¿Podréis desfigurar hechos tan ejecutoriados?” Sí, embaidores hipócritas e insolentes, podemos y debemos desmentiros.

Viva la América, viva Fernando, viva la religión y mueran los gachupines, es lo que proclamabais; jamás Fernando ha estado en vuestro corazón; jamás habéis tenido otro pensamiento que la anhelada independencia.

18. Los que conocemos estas verdades, como las conoce el señor Bodega, no podemos interpretar en buen sentido su máxima de ofrecer y cumplir todo lo que pudiera dirigirse a extinguir el descontento, sin ser incompatible con la dependencia, fidelidad y subordinación.

Más claro: el diputado en Cortes por México, dijo al congreso en el discurso citado.

“No hay asunto de más fácil remedio que restituir al reino la tranquilidad... en pocas horas se dicta un plan que haga cesar el derramamiento de sangre de nuestros hermanos, asegurando la unión a la madre patria y los auxilios para su defensa.

Conocido el origen de los movimientos o llámense sediciones de algunos pueblos, se deben dictar providencias capaces de ganar la confianza de todos.”

Censura después como un exceso de tiranía y despotismo no querer oír las quejas de cien mil hombres alarmados, ni sus proposiciones, como se hizo en las Cruces.

Y pasa a explicar su bello plan. “La erección en cada virreinato o gobierno superior de una junta compuesta por sujetos nombrados por los mismos pueblos, sean del estado, clase o naturaleza que fueren; que estas juntas representen en su respectiva provincia el cuerpo soberano legislativo; que quede a los virreyes y capitanes generales la potestad representativa de la ejecutiva nacional, y por lo mismo sujetos a las juntas, y en particular en los puntos de hacienda y guerra, de modo que puedan removerlos, o suspenderlos, y nombrarles sustitutos entre tanto dan cuenta a las Cortes, siempre con conocimiento de causa y no tumultuariamente...” (Pues... como a Iturrigaray) mucho de indivisibilidad de la monarquía, de unión, obediencia, fidelidad y de auxilios posibles; y que las tales juntas para toda clase de empleos eclesiásticos, civiles o militares propongan tres individuos, para que las Cortes nombren precisamente a uno de ellos.”

Y todo esto que apoya también la representación de la diputación americana, se entiende y se palpa a dónde iba a dar.

19. Con todo ni este precioso plan ha gustado a los rebeldes, como se ve por la declaración de Morelos a que se refiere el señor Calleja en su párrafo 156; por el manifiesto impugnado por el reverendo padre Bringas; por la acta de independencia que publicamos con el número 21; por el decreto constitucional de Apatzingán, después de la restitución al trono de sus mayores, de ese mismo Fernando a quien afectaban adorar; y por el otro manifiesto impugnado por dicho señor Calleja; no han querido ninguna dependencia ni reconocimiento de España, ni siquiera conceder a los hijos de aquella heroica madre, aun por cumplimiento y apariencia momentánea, los derechos de ciudadano, sino con calidad de quedar privados de empleos; y solamente les era indiferente invocar a Fernando cautivo, a Fernando ente de razón, como les es ahora a sus secuaces proclamarlo y proclamar la constitución, con tal que en lo demás se les deje el libre uso de todos los elementos y resortes que empujan y precipitan a las sublevaciones y a la anarquía; razón porque se espera en vano acallarlos, ni atraerlos al partido de la justicia y de la conveniencia pública, con la lisonjera perspectiva de felicidad que nos presenta la constitución, sin embargo de que ella misma los conduce suavemente en su propio sentir, a la anhelada independencia, porque no tienen paciencia para esperarla de la marcha de los efectos y sucesos de las nuevas instituciones; y razón porque prevén todos los que piensan que en vano, se empeñarían aun los liberales más decididos, los mismos inventores del sistema constitucional, en plantearlo y llevarlo adelante en toda su extensión con el sincero designio de remover todo pretexto de descontento; sus esfuerzos serían inútiles; subsistirían las mismas quejas, detracciones, calumnias, y medios incendiarios, porque no es la puntual observancia de la constitución la que se busca con sinceridad; no la unión y felicidad de la monarquía que ella establece, sino destruirlas del todo, para ir tras otro soñado e imaginario bien que desgraciadamente fascina y ocupa el corazón de los novadores, que sordos a los consejos de la sabiduría y de la experiencia se lisonjean hallar sus medras en las revoluciones que provocan, y que insensibles a los clamores y a la sólida ventura de su patria, se empeñan ciegos en precipitarla a su ruina y esclavitud.

20. Dice el señor Bodega que los sensatos no querían que quedase impune el crimen ni que dejase de usarse de la fuerza, sino que el rigor se templase con la clemencia; que en lugar de restringir se ampliasen cuanto fuese posible los olvidos, los indultos y perdones; que no se confundiese con el uso de las armas en las acciones militares la administración y ejecución de la justicia; que se respetasen hasta el punto debido los privilegios de las personas eclesiásticas; que no se abusase de la autoridad para inquirir, prender, castigar ni premiar; y esto supuesto, no hallamos que se hayan contrariado sus anhelos más que en dejar casi siempre impune el delito, por la excesiva bondad y consideraciones poco políticas que se han guardado sobre que harto queda dicho en la carta que se imprime y en sus notas, y volveremos a inculcar; y en orden a respetar hasta cierto punto los privilegios de las personas eclesiásticas, no explicando el señor Bodega cuál es el punto hasta donde debía llegar el respeto, ni cuáles los actos que lo han traspasado, ni podemos saber qué es lo que quiere, ni impugnar ni aprobar sus deseos, ni compararlos con sus votos en el acuerdo.

Pero sí podemos decir que lejos de haberse excedido el gobierno de los términos legales, ha pecado de condescendencia y miramiento.

Unos eclesiásticos traidores, malvados por excelencia sobre todos los demás, que con la más criminal seducción, con conspiraciones atroces, y con las armas en la mano, han sido autores de las escenas más sanguinarias, y han aspirado a la ruina del Estado ¿qué respetos, ni qué privilegios merecen más que un castigo privilegiado más imponente y severo que el de cualquier lego? Ellos mismos se desaforan y se hacen indignos de toda consideración, entregándose a delitos tan atroces; y esto es conforme a derecho, y sólidamente fundado aun por eclesiásticos americanos.

Pero los rebeldes han afectado hipócritamente este respeto ilimitado, para que los eclesiásticos pudiesen ser traidores impunemente, empleando todo su influjo en el fomento de la rebelión; y por eso declamaba el licenciado Bustamante sobre el fuero, y no debía tocar el señor Bodega semejante punto, especialmente habiendo él mismo votado por el bando de 25 de junio de 812 con todo el acuerdo, de conformidad con los auditores de guerra, uno de ellos americano, electo consejero de Estado, y los tres fiscales; y habiendo demostrado su justicia el señor obispo Abad y Queipo con la sabiduría y solidez que se ven en el apéndice a su citada carta pastoral de 26 de septiembre de 812, a que por esto nos remitimos.

21. Casi no ha habido más castigos que los que se han hecho en las acciones de campaña, pues aun en razón de prisioneros cogidos con las armas en la mano, si bien se han hecho ejemplares necesarios imponiéndoles la pena de la ley, para que así conociesen y eligiesen entre este extremo y el del indulto prodigado y cumplido sin interrupción alguna, son muchos más los casos que aun con perjuicio de este importante interés, se les ha perdonado, siendo lo sumo de la iniquidad y de la calumnia el que en esta materia se imputen al gobierno restricciones y abusos.

Los términos señalados en los indultos han sido puramente formularios, pues de hecho han estado abiertos sin interrupción ni límites algunos, y cumplidos religiosamente, sin que pueda citarse con verdad un solo caso en que se hayan denegado en ningún tiempo aun a los reincidentes por tres y cuatro veces.

22. Los excesos que en contrario finge el señor Bodega, si estaban inventados y declamados por los rebeldes, también estaban rebatidos por el reverendo padre Bringas y el ilustrísimo señor obispo de Puebla; y nos parece el mejor medio de impugnar las reproducciones del informe hasta el párrafo 17, copiar las imputaciones de los rebeldes y las respuestas que están anticipadas, para que se vea que dicho señor no hace más que repetir las falsas calumnias de los malvados refutadas victoriosamente, y juzgue todo imparcial el asenso que merece un ministro que desentendiéndose de todo, adopta en la Corte el mismo idioma de impostura y seducción, bajo la seguridad que le inspiraba la tenebrosidad de sus sugestiones.

23. Pero antes queremos trasladar aquí la nota 16 del sermón predicado por el reverendo padre Bringas en Querétaro en 18 de agosto de 811.

“Llamo excesiva la humanidad del gobierno, y no se puede rebajar un solo quilate a esta expresión.

Yo acompaño al ejército desde el octubre de 1810, y no lo hice desde su primer marcha, por que me lo impedían 25 leguas de terreno, ocupado por los enemigos; soy testigo imparcial de la conducta de sus jefes y tropas, por una línea de más de 600 leguas a diversos rumbos, y del modo con que se ha hecho la guerra, desde la primera batalla que dio el señor Calleja, general del ejército del centro, en Aculco; vi las de Guanajuato, y Calderón y después con el regimiento de San Carlos he asistido a sus repetidos y gloriosos combates; en ninguna de tantas funciones he observado otros excesos, que los de la clemencia.—

He visto ofrecer el indulto, sin interrupción, y especialmente, acabando de reportar una victoria, en cuyo lance el enemigo, en lugar de admitirlo, degolló bárbaramente al que lo llevaba.

He visto repetidas veces dar libertad con sólo un ligero castigo a innumerables reos de muerte, cogidos en el campo de batalla; ni me es posible en una nota expresar todo lo que he observado en la justa conducta del digno general y sus subalternos.

Si a pesar de todo, se atreviese la negra calumnia en América, o en España a denigrar la conducta del gobierno o del ejército, se le desmentirá sobre seguro, tantas veces, cuantas son más de cien funciones militares que ha habido hasta la fecha.—

Regístrense todas las historias, y afirmo sin vacilar que guardando la debida proporción, así como en ninguna de ellas se hallará una revolución caracterizada con mayor conjunto de monstruosidades, tampoco se encontrará una conducta más justa, más moderada, ni más excesivamente benigna, que la del gobierno español, y su ejército en América.

Yo nunca he dudado un momento, que el gobierno así como el ejército, han sido provocados y aún lo son del modo más bárbaro, impolítico, e ignorante, a hacer desde los primeros pasos, los escarmientos más terribles; conducta que acaso hubiera concluido la guerra, en pocas semanas, pero con sacrificios espantosos; cualquier militar sabe muy bien, que los rebeldes no han probado todavía, y quizá ni conocen, aun por el nombre los medios más terribles de que se vale el arte de la guerra; pero si la obstinación apura la paciencia del gobierno, y hace necesario el uso de ellos, entonces conocerán, con un sangriento escarmiento, si el miedo, o la bondad han sido causa del indulto.”

24. Queremos también anticipar algo de lo que sobre la materia dice el señor obispo Abad y Queipo en el mencionado apéndice.

“El autor o los autores del tal semanario, se incomodan y escandecen sobre todo con esta vigilancia; y no sin motivo al parecer, pues es más que probable, que escriben a la sombra de las goteras de México.

Ellos y los demás insurgentes quieren persuadir el rigor de su excelencia con el hecho de hallarse las cárceles llenas de insurgentes, sin advertir que este hecho prueba justamente lo contrario; pues siendo todos reos de pena capital por el tenor expreso de la ley, sólo la clemencia puede conservarlos, con el fin de salvarles la vida cuando se pacifique el reino, o con otro motivo poderoso para justificar la clemencia sobre el deber de la justicia.

La clemencia del jefe con los insurgentes es tal, que no tiene ejemplo; pues en agosto cuando se publicó dicho semanario, iban corridos 22 meses de insurrección, y de tantos insurgentes de pena capital, sólo se habían ejecutado tres o cuatro; en septiembre se ejecutaron cuatro, de suerte que en más de dos años no pasan por todos de ocho.

Están llenas también de insurgentes las cárceles de Querétaro; y no se ha ejecutado a nadie. Aquí es de notar la consideración de su excelencia con el referido Canal, y lo es igualmente en lo respectivo al cura Cos.

Este apóstata insurreccionó a Zacatecas luego que supo la insurrección de Dolores, a distancia de 60 leguas de los primeros insurgentes.

Fue, pues, cabecilla o jefe principal de aquella sedición. Se fugó de Zacatecas cuando entendió que se arrimaba la tropa del rey; y preso en Guanajuato por el señor Calleja, lo remitió a Querétaro.

Allí se puso en libertad bajo fianza; se fugó a la insurrección y está incendiando el reino con sus infames libelos; y con todo no se ha molestado a su fiador. ¿Es ésta crueldad, o es clemencia? Júzguelo el que quiera.

Por lo que hace a las ejecuciones militares, ¿sería buena justicia, buena política y buen gobierno, que dejasen impunes unos rebeldes obstinados, que desprecian la indulgencia y perdón; que desde el principio degollaron por millares los ciudadanos inocentes, no han dado ni dan cuartel a nadie, han degollado sin motivo los eclesiásticos más virtuosos, aprisionan y cautivan todos los demás que les resisten, que han pillado las iglesias, saqueado y devastado todo el reino, y en fin, que han declarado consumar su total desolación, antes de abandonar sus proyectos feroces? Ellos desprecian el indulto, insultando con algazara nuestra tropa, gritando: Venimos por el indulto, y poniendo esta misma expresión en sus cañones.

Siempre se ensoberbecen y se exaltan con la moderación. Se burlan de las capitulaciones y promesas.

Los indultos que concedían al principio, sólo se dirigían a sacar dinero. Los más de los indultados por Hidalgo, fueron degollados después a sangre fría.

¿Qué conducta se podrá, pues, observar con esta facción de rebeldes tan obstinados y protervos?... Este bando, (el de 25 de junio de 812) que tanto escuece a los insurgentes, es justo, es saludable y es necesario.

Es justo, porque está conforme a las leyes políticas y militares de la monarquía y de todas las naciones cultas.

Es saludable, porque sirve de freno a los seductores, y a los imbéciles e inconsiderados.

Es necesario, porque propone el único medio que existe de impedir la ruina total del reino.

La triste experiencia de dos años acredita, que los cabecillas de la insurrección, insensibles a todo lo justo y honesto, dominados del odio y la venganza, jamás entrarán en razón, si no es por el temor de la pena.

Sí; unos hombres que todo lo desprecian, no se deben tratar de otro modo. Ellos insultan y desprecian todas las autoridades, hasta la suprema de la nación representada en Cortes, y hasta la suprema de nuestra santa madre Iglesia.

La clemencia y la moderación inflaman, como es dicho, su orgullo y su soberbia, como lo hemos visto sucesivamente con los indultos del superior gobierno de México y los dos de las Cortes.

Pues siendo el último el más completo y generoso que se ha concedido jamás por nación alguna, como que no sólo perdonaba todos los delitos, sino que echaba un velo sobre ellos, es decir que restituía a los delincuentes al estado de ciudadanos honrados, como si no hubieran delinquido poniéndolos en aptitud de ser promovidos, como los ciudadanos fieles, a los honores y dignidades del Estado; sin embargo este indulto ha sido del que han hecho menos caso y más desprecio.

Finalmente ¿qué se debe esperar y qué tratamiento merecen unos hombres, que esperan salir con su proyecto sacrificando cuatro millones de americanos, que en su concepto deben morir antes de conseguirlo; que se conforman con este sacrificio con tal que lo consigan; que no han tenido pudor ni vergüenza para manifestar al comisionado de su excelencia ilustrísima (el señor obispo de Puebla) tan horrendo, tan espantoso sistema, en calidad de junta nacional? (véase el referido manifiesto fol. 116.)

¡Americanos! Abrid los ojos. Cuatro millones de habitantes son los cuatro quintos de toda la población de la Nueva España inclusos hombres y mujeres, viejos y niños.

Con que juzgad vosotros si será justo y razonable el sacrificio de los cuatro quintos de los americanos, a trueque de que el quinto restante pueda disfrutar la felicidad que les prepara el patriotismo y la sabiduría de Morelos, Rayón, Verdusco, Liceaga, Cos, y otra centena de medio españoles y mulatos, los más de ellos ladrones y asesinos de antemano, ebrios y corrompidos con todo género de vicios, que se han apropiado la representación nacional.

Juzgad, si la gloria de estos héroes, la ambición exaltada de dominar, la complacencia que sienten en destruir y haber destruido a todos los que los excedían en riqueza, nobleza, opinión y dignidad sin diferencia de gachupines y criollos; juzgad, repito, si estos son bienes o son males, y si estos bienes o males deben pesar más o menos que las desgracias que los insurgentes os han causado hasta el día, y aquellas que deben seguirse en la lid hasta matar cuatro millones de habitantes. Y después calificaréis con acierto, si es o no tirano y cruel el referido bando de su excelencia, en que se arregla al tenor de la ordenanza militar la forma de los juicios y ejecución de los cabecillas que se aprendan; y si para reducirlos a la paz con que siempre se les convida, resta algún otro medio que el del temor de la pronta e inexorable justicia, que es el fin del referido bando.”

25. Decía la Suprema Junta de Sultepec en su manifiesto a los europeos de 16 de marzo de 812. “Vuestra conducta y la de vuestras tropas no ha respetado ley alguna divina ni humana; habéis entrado a sangre y fuego en pueblos habitados de gente inocente, y sedientos de sangre humana la habéis derramado a raudales sin perdonar sexo, edad, ni condición, cebando vuestra saña en los inermes y desvalidos, ya que no habéis podido haber a las manos a los que llamáis insurgentes, quemando casas, haciendas y posesiones, saqueando furiosamente cuantiosos caudales, alhajas y vasos sagrados; talando las más abundantes sementeras.”

26. Respuesta del reverendo padre Bringas. “Vuestro estilo, mi doctor, me trae frecuentemente a la memoria cosas que yo tenía muy olvidadas; he aquí, que al leer este número se me pone a la vista aquel celebre embustero Nostradamo, cuyo maligno pero abundante flujo de mentir quedó recomendado a la posteridad tan enlazado con su nombre, como manifiesta este dístico, que aunque no es del satírico marcial puede competir con las más picantes de aquel célebre poeta.”

Nostra— damus cum falsa damus, nam fallere nostrum est.
Et cum falsa damus, nihil nisi Nostra damus.

“Vuelvo atrás 30 años de mi edad para descolgar mi ronca lira que otro tanto tiempo ha dejé colgada del robusto tronco del desengaño, sólo por divertir un rato a vos y al grupo de doctores que compusisteis el manifiesto americano, en que brilla tanto la teología, como el derecho, vertiendo esos versillos.

Cuando mintiendo, tratamos
A todo el mundo engañar,
Nadie se puede quejar,
Porque de lo nuestro damos.

“Comienza en este número aquel flujo increíble de mentiras, calumnias y testimonios con que pretendéis infamar a vista de todo el mundo la justificada conducta del gobierno y de nuestro ejército; es de la mayor importancia desmentiros tan completamente, como lo exige y merece la verdad y vuestra desvergonzada impudencia.

Cuando la posteridad lea este aborto de vuestro maligno corazón, y al mismo tiempo se convenza de su falsedad, transmitirá hasta los últimos siglos, pero enlazada con vuestras costumbres, la execración de vuestro nombre.—

En vuestras mismas producciones está autenticada vuestra conducta bárbara y criminal, y un fuerte preservativo de otras convulsiones semejantes a esta, con que habéis paralizado nuestra patria.

Este número puntualmente es una ligera descripción de ella no interrumpida en el espacio de 24 meses; leyendo lo que decís contra nosotros, se instruirá cualquiera; pero sólo en una parte de vuestra historia escandalosa.

Quien leyere este número, sin estar informado de la verdad, creerá que hemos hecho aquí unos degüellos como el de aquella noche, en que murieron 80 mil romanos en la Anatolia o Asia menor; que hemos abrasado unas Cortes como la que entregó a las llamas Alejandro, incitado por la Tays, y que entramos en ciudades mayores que la de los Oxidracas, sin perdonar, como escribe Quinto Curcio Rufo de los macedonios enfurecidos, ni a las mujeres ni a los ancianos ni aun a los niños de pecho: non femini, non seribus, non infantibus parcitur.

¡Oh Dios! ¡Que torrente de mentiras ha corrido del pico de vuestra pluma, mi doctor! ¡Y esto a vista de toda la América testigo de vuestras calumnias! ? Yo lo soy del modo con que se ha hecho la guerra desde el principio de vuestra rebelión, y como he dicho cien veces, he asistido a las funciones más terribles, y protesto que he quedado tan asombrado como edificado de la moderación, paciencia, humanidad y justicia del gobierno y de los jefes, en lances en que no bastaba para este porte, una virtud ordinaria; tan lejos está de ser verdad siquiera una de las cláusulas de estos 20 números.—

Decís que nuestra conducta y la de nuestras tropas, no ha respetado ley alguna divina ni humana. Esta tempestad incluye cuanto se puede decir de malo, y aunque como mal retórico lo pusisteis al principio, haciendo después la enumeración, a cuyo fin venía mejor, para dar el colmo a nuestra injusticia; la rabia no os dejó ver lo que escribíais.

Pero ¿por qué no individuáis, mi doctor, siquiera media docena de esos pueblos inocentes entregadas al degüello? Porque no pudisteis hallar uno solo para indicarlo, sin peligro de que sus habitantes condenasen vuestra mentira.

Yo lo haré por vos y escuchad: entró el ejército triunfante en Dolores, en San Miguel el Grande, en Guanajuato.

En el primero nació la insurrección, en el segundo le crecieron notablemente las alas, y ejercitó sus voraces uñas; en el tercero se sumergió en un abismo de maldades, e hizo al salir una brutal carnicería en los desgraciados europeos prisioneros; con arreglo a vuestros derechos de gentes y de guerra que tanto proclamáis.

¿Cuál de estos puntos merece el nombre de inocente?

¿Cuál no estaba sujeto, con arreglo a las antiguas leyes observadas en los siglos anteriores a un exterminio total y a ser arados y sembrados de sal? Nadie se resienta de la verdad; yo no hablo de todos los habitantes, ni de todos los cuerpos de esos lugares; sé que no hay punto donde no haya inocentes; mas sabiendo todo el mundo, qué pueblo y no pueblo bajo solamente formaba la gavilla de San Miguel, de Dolores y Guanajuato, ¿os parece fácil que un ejército triunfante embriagado con el dulce y fuerte vino de las victorias, ofendido bárbaramente hasta el extremo, sostenido por la razón y la justicia sin tener que temer de sus impotentes enemigos, al entrar en semejantes lugares, al ver destrozados sus hermanos, dilapidados y saqueados sus caudales, os parece, digo, fácil contenerle para que no tocase a degüello?— Sin embargo, no se tocó en Dolores, no resonó en San Miguel, y aunque se hizo en Guana uato al primer movimiento de una justa cólera irritada con tanta razón, no pasó de cinco minutos, por la humanidad del general.

Si pues en estos puntos donde nació y progresó la insurrección, ha salido falsa vuestra acusación, ¿podrá creerse verdadera en otros? En una palabra: yo he visto entrar y he entrado con el ejército y sus divisiones triunfantes en Aculco, Guanajuato, Guadalajara, Irapuato, San Felipe, Dolores, el Cardonal, Valle de Santiago, Salamanca, Zitácuaro, Cuautla, Lerma, Tenango, Sultepec, y que sé yo que otros puntos, y en ninguno he oído tocar a degüello; y si se hizo en Guanajuato, esa sola vez en el centro no lo oí, ni creo que le escuchó más que una parte de la vanguardia.

Y si con los más criminosos se ha portado con tanta humanidad el ejército, ¿cómo decís que ha cebado su saña en los inermes y desvalidos, ya que no ha podido haber a las manos a los que llama insurgentes con tanta propiedad? ¿Os parece todavía pocos los que ha habido a las manos en los campos de batalla? No tenéis bastantes pelos en la cabeza para computarlos.

Sobre esos, sí, en el acto del combate ha resonado repetidas veces el toque de degüello, a fin de matar menos, supuesto que para vuestras tropas debe ser esa la señal de correr.—

Quemando casas, haciendas y posesiones; asignad una siquiera por su nombre, quemada sin justicia y cejó el pleito. Yo no he visto en 24 meses incendiar más casas, haciendas y posesiones que Zitácuaro y sus pueblillos inmediatos; ¿con cuánta razón? es demasiado público, para que yo me detenga en otra cosa que deciros las diligencias que se practicaron para evitar este merecido castigo.

Zitácuaro debía sufrir este rigor por haberse consumado allí la rebelión usurpando el nombre de Fernando VII, creando una junta facciosa, y mostrando su obstinada rebeldía más de una vez; los pueblos inmediatos eran cómplices de estos crímenes, sin embargo cuando se destinó un regimiento a incendiarlos, se mandaron avisos con algunos de sus mismos habitantes, para que si querían evitar el incendio, bajasen a sus pueblos donde serían perdonados; soy testigo de que en uno de los más despreciables, después de una malísima noche y peores caminos, estuvimos con toda la tropa parados dos horas esperando que bajasen los obstinados indios a sus casas, ofreciéndoles el perdón llamándolos a voces; lo hicieron unos pocos cuyas chozas quedaron ilesas, como las capillas de todos los pueblos y casas inmediatas a ellas; mas la alucinación que les han causado vuestras mentiras y testimonios, les hicieron tan obstinados que pagaron justamente las maldades cometidas con otras divisiones.—

Saqueando furiosamente cuantiosos caudales, alhajas y vasos sagrados. Vamos a cuentas, mi doctor: para desmentir vuestra calumnia me bastaba responder lo que sabe todo el mundo, esto es, que es mentira; mas para restituir estas maldades a sus legítimos acreedores, escuchad y responded.

¿Quién saqueó el cuantioso caudal de don José Landeta en San Miguel el Grande? Los insurgentes. ¿Quién dilapidó los de los benéficos Fuentes, Berrio, Lámbarris, y en suma de todos los ricos europeos de aquella villa? Los insurgentes.

¿Quién pilló las riquezas, tiendas y almacenes de los europeos y no europeos en Guanajuato, Celaya, Chamacuero, Guadalajara, Silao, Lagos, Potosí, y en suma de toda la Nueva España? Los insurgentes.

¿Quién abrazó bárbaramente las casas de corral en Irapuato, las de la venta de Cuajimalpa, la hacienda de Guadalupe? ¿Quién destrozó las puertas, rompió los armazones y cielos de las tiendas, destrozó los envigados, hizo astillas las ventanas, soltó las espitas y canillas de las pipas de vino y dejó unos vestigios semejantes a los que deja una manada de cerdos en todos los lugares donde han entrado? Los bárbaros insurgentes.

¿Más qué he emprendido yo? Un desatino, porque una resma de papel no basta para describir por mayor los destrozos, talas, saqueos, robos, brutalidades y picardías que habéis hecho; mas para individuar algo, y no hablar de montón, como vos, a más no poder; he indicado una u otra de vuestras hazañas.— (ver nota 3)

¿Mas qué decís de vasos sagrados? ¿No son los insurgentes los que bebieron pulque en los cálices en Lagos, y arrojaron al suelo los sagrados corporales? Indicar siquiera un hecho tan sacrílego como éste, cometido por el más desalmado de nuestros soldados, porque las generalatas nada prueban; así es puntualmente aquello de talar sementeras, que ha sido vuestra práctica desde el principio de la insurrección.”

27. Decía también la Suprema Junta de Sultepec: “Cuando os lisonjeáis de haberos portado con piedad, habéis ejecutado cruelmente la ley inicua del degüello, quintando y diezmando pueblos numerosísimos con escandaloso quebrantamiento del derecho natural y positivo; habéis profanado el piadoso respeto debido a los cadáveres, colgándolos en los campos, para pacto de los brutos, y lo que es más, el religioso miramiento a los templos convirtiéndolos en caballerizas.”

28. Respuesta del reverendo padre Bringas.— “Tres especies de delitos horrendos en que os habéis cebado sin cesar, cargáis en este número sobre el gobierno y el ejército, quintos y diezmos de pueblos inocentes, y numerosísimos, impiedades con los cadáveres, y profanaciones de templos; mas, constante por necesidad en vuestro estilo, y bello modo de acusar como buen jurista, nada individuáis satisfecho con decirlo todo sin probar nada.

Yo pudiera responderos, negando el falso testimonio y aguardar la prueba; mas porque no llegará de aquí al juicio final decidme; permitido y no concedido que el ejército con el inconcuso derecho que tiene para castigar pueblos traidores y rebeldes, hubiese quintado o diezmado alguno, de que apenas me daréis ejemplar ¿no sería mayor severidad castigar 100 que 10? Pues esa es la resulta en un número de hombres que se suponen culpados, supuesto que el juez procede al castigo.—

Más decidme por vida vuestra ¿qué será un degüello, no por quinto ni diezmo sino por un total hecho repetidas veces en Guanajuato, Guadalajara, Valladolid, Sultepec, Tehuacán de las Granadas y otras partes?

¿Ejecutado por unos ladrones públicos rebelados, sin derecho ni aun aparente y con unas circunstancias que deshonrarían hasta los cafres y otentotes? ¡Comiendo tajadas de sandia, me han dicho estaba el humanísimo Bravo, mientras le degollaban unos cuantos europeos! ¡Cenando y bebiendo espléndidamente estaba el piadosísimo Hidalgo, mientras formaba en su impía fantasía la lista de proscripción que daba a sus verdugos sobremesa con órdenes para las barrancas! Cuándo, pues, se ha hecho algún diezmo en algún pueblo para castigar reos que no habrá sido de otra suerte, nada hay contra el derecho natural y positivo; antes éstos y también Dios manda que se quite la vida a los malhechores en cien pasajes de la Escritura, que o no habéis leído o habéis olvidado, o disimuláis maliciosamente.—

Seguís acusándonos de haber colgado los cadáveres en los campos. Si esto es reprehensible y digno de ponerse por acusación, ya no escaparán de vuestra rabia ni los hombres más santos.

Si algún pobre ignorante de los que habéis alucinado, hubiese producido este desatino yo lo pasaría sin exclamaciones; pero que un doctor se escandalice de una ejecución de justicia, tan usada en los tribunales católicos, tan apoyada en la escritura santa, tan vista y revista en nuestro mismo país, es la última prueba, o de su ignorancia, o de su malicia.

En el supuesto, pues, muy fundado de que colgó esos cadáveres quien podía, y debía mandarlo para la pública vindicta de tanto público delito, para escarmiento del doctor Cos y de sus compañeros, sabed, mi doctor, para remedio de vuestro escándalo que esta es una práctica que aprendimos, de los púsimos macabeos, de la santa Judith, del real profeta David, del justo y valiente general Josué, y del mansuetísimo Moisés por un orden expreso del señor; id, pues, ahora a acusar de delincuentes contra el piadoso respeto debido a los cadáveres al mismo Dios, y a tantos de sus mayores amigos; mas entre tanto que sigo contestándoos, decidme: ¿en qué libro de la Santa Escritura, en qué jurista de los más desalmados entre los católicos habéis vosotros hallado canonizada la sacrílega práctica de colgar en los campos, para pasto de los brutos desnudos de toda autoridad no a los ladrones y traidores públicos, como nuestro gobierno; sino a los sacerdotes venerables de Jesucristo, después de haberles arrastrado de una soga?¿Y no lo hicisteis así con el brigadier Flores en la villa de San Juan de los Lagos, dejándolo pendiente de un árbol, y totalmente desnudo? Esto es un hecho de que casi soy testigo; pasé junto al árbol, y estando en el dicho San Juan, se cogió y arcabuceó a uno de los agresores, que acompañó en este sacrilegio al excomulgado asesino que lo hizo llamado Diente mocho, y fue colgado en el mismo árbol.

¿Y no habéis hecho lo mismo otras mil veces con otros fieles vasallos, cuya individuación omito, porque sería necesario escribir un tomo? Pero hay esta diferencia, que los delitos están canonizados para vosotros; y las virtudes son vicios en el gobierno; pero este trastorno de ideas existe sólo en vuestra cabeza. Vamos adelante.—

Y lo que es más (seguís acriminando) y lo que es más el irreligioso miramiento a los templos convirtiéndolos en caballerizas. Esta calumnia, que no probáis siquiera con un hecho, resulta con más verdad sobre vuestra cabeza, porque aunque no sé que hayáis hecho caballeriza alguna iglesia, sí me consta que habéis profanado muchas, que las habéis inutilizado, que las habéis violado sacrílegamente, sacando los reos imaginarios del mismo pie del sagrario como lo hicisteis con el infeliz Miramón en Sultepec, y con otros muchos en cien partes; que habéis profanado los púlpitos, predicando blasfemias delante del santísimo sacramento, derramando los santos oleos, y abandonando sus ampollas descubiertas en un pueblillo junto a Sultepec, y también en el curato de Tequisquiapan de que daré testigo.—

Habéis marchado, decía en otro número, con ignominiosas señales a los infelices que habéis dejado vivos; habéis insultado con irrisiones y befas a los moribundos condenados a muerte, por vuestra cruel venganza, sin siquiera oírlos en manera alguna; habéis desenfrenado vuestra lascivia con estupros inmaturos ejecutados en tiernas niñas de nueve años, con adulterios, con raptos de toda clase, de mujeres de carácter y conocida virtud; habéis profanado los templos con estas mismas obscenidades, alojándoos en la casa de Dios con más número de mancebas que de soldados.—

Respuesta del reverendo padre Bringas. “¿Dónde se hizo este herradero, mi doctor? En vuestra cabeza, llena de malicia, para hacer odiosos a los europeos.

Con esta mentira acalorasteis al principio a los buenos y sencillos americanos, y no sería mucho que creyesen esto unas gentes tan sencillas, que han podido creer, por vuestras edificantes pláticas doctrinales, que hay hombres con rabo en el mundo.

¡Gracias a Dios que no hay oncas en nuestra América! que si las hubiese, ni un millón de misioneros celosos desimpresionarían a estas gentes, que imaginarían que las oncas eran hombres, Mas, ¿qué os escandalizáis de que se hubiesen señalado corporalmente algunos bandidos, para perdonarles la vida y poderlos conocer por relapsos en otra función?

¿También será irreligiosa, inhumana, y nueva esta práctica? Para vos, mi doctor, todo lo que no sea brujulear el naipe, será cosa desusada.

Pues sabed que con los siervos fieles y amantes de su Señor, la mandaba Dios observar en el éxodo, con que ya tenéis otra ley divina que corregir.

¿En qué punto, mi doctor, se ha representado la otra impía comedia que anunciáis, de insultar con irrisiones y befas a los moribundos condenados a muerte, y no como quiera, sino sin quererles oír en manera alguna? Yo os lo diré: en los inicuos de aquellos que habéis ordenado vosotros; ¡hay muchos testigos vivos, que por disposición de Dios, escaparon en casi todos ellos, de vuestra carnicería, y esos refieren los dicharachos, las obscenidades, insultos, burlas, y otras cosas que no son para mi pluma, con que los insultaba la canalla y a veces todo el pueblo! ¡Más que mucho si lo hicieron así también con muchos sacerdotes, como veréis después! Por lo demás, ni en el ejército ni en sus divisiones, ni en los tribunales jamás se ha variado la seria y piadosa práctica establecida con los reos condenados a muerte, cumpliéndoles hasta los antojos, sin excluir de esto a vuestro patriarca Hidalgo, a quien se le ministraron soletas, leche, y que se yo qué otras golosinas que pidió; para prueba de su ilustración, confusión, y disposición santa y edificante para morir.

Mas todo lo que sigue de raptos, adulterios, estupros inmaturos, no es más de que escribiendo vuestro manifiesto, os acordasteis de las especies de lujuria, y quisisteis ver si las teníais todas presentes, y os interrumpió la serie de ellas, aquel estupendo delito del alojamiento de mancebas en los templos, que todo junto es tanta verdad como el Alcorán de Mahoma, que decía vuestro Hidalgo era la mejor y la única religión que había en el mundo, y doy por testigo al reverendo padre fray Manuel Estrada que me ha dicho lo oyó de su boca.—

Habéis puesto, dice en otro número, vuestras manos sacrílegas en nuestros sacerdotes criollos, matándolos, poniéndolos en cuerda en unión de gente plebeya, confundiéndolos con la misma en las cárceles públicas, haciéndoles sufrir una muerte continua, en horribles bartolinas, y calabozos, asegurándolos con esposas y grillos, sentenciándolos a muerte y destierro, en consejo diabólico, que llamáis de guerra, y ejecutando muchas veces, estos atentados aun sin intervención de vuestros jefes seculares, y por el sólo capricho de algún europeo que quiera manifestar su odio personal, despreciando fueros, e inmunidades, con escándalo del mundo religioso, acostumbrado hasta aquí, a venerar el altar.—

Respuesta del reverendo padre Bringas. “La mentira, mi doctor, en tanto puede parecer hermosa, en cuanto se parezca a la verdad, mas cuando a más de faltarle la verosimilitud, se presenta del todo desnuda, y descarada, no hay aspecto más horrible, y abominable, ni objeto más digno de todos les ascos, y gestos, que la mentira.

He aquí, puntualísimamente el retrato de las impudentísimas falsedades de vuestro manifiesto que voy ahora a combatir. Siga, pues, la maldita procesión de vuestros testimonios; que yo la ahuyentaré con el asperjes de la hermosísima verdad.”

Sabíais vosotros, mi doctor, que el pueblo americano, había llegado en la veneración al sacerdocio, hasta el extremo de la superstición; y como vuestro principal objeto era hacer odiosos a los europeos, creyendo que por este medio, lograríais degollarlos a todos, y salir con vuestro desatinado proyecto, habéis cargado la tinta en pintarles como a los hombres más impíos, y enemigos de la religión; mas no hallando mérito para conseguirlo, ni aun con una sola verdad, os habéis afianzado hasta el extremo de la mentira y calumnia, describiéndoles para inflamar al pueblo americano, no sólo como a injustos homicidas de los sacerdotes, sino acumulándoles que han declarado la guerra al clero y a la nobleza; y esto es todo vuestro empeño en este número y el siguiente.—

Cuanto decís, pues, en el primero, es sola una incompleta pintura de vuestra práctica con los sacerdotes fieles a la patria, a la religión y al rey; pero faltan las oscurísimas sombras de muchas impiedades, que habéis añadido a los sacrílegos asesinatos.

Sí; vosotros sois los que comenzasteis a despreciar los fueros, e inmunidades desde el mismo día 16 de septiembre de 1810, con escándalo del mundo religioso, acostumbrado hasta entonces a venerar el altar; y aunque al principio aparentabais con palabras, venerar a los sacerdotes, los comenzasteis a atropellar con las obras desde el mismo día del nacimiento de la insurrección.—

Sí, vosotros empezasteis a poner vuestras sacrílegas manos en los ministros de Dios hiriéndolos, aprisionándolos, matándolos, confundiéndolos con la plebe en las cárceles públicas, haciéndoles sufrir una muerte continuada en presidios, y destierros, y ejecutando muchas veces estos atentados, por sólo el capricho de algún indio, negro o mulato que haya querido manifestar su odio personal.

Todo es así puntualmente, como lo decís de nosotros; mas vamos a la prueba.— “hasta el 16 de marzo fecha de vuestro manifiesto, no me probareis que nuestro gobierno, ni el ejército, o sus divisiones, quitasen la vida a algún eclesiástico de los muchos que lo merecían.

No hablo de algún accidente que puede haber sucedido en el campo de batalla, o en el ardor del combate, donde el eclesiástico desalmado que se pone en línea a tirar fusilazos cede de su derecho, y da acción a los defensores para que le maten, aunque no fuese más que por el derecho natural de defender cada uno su propia vida; mas vosotros comenzasteis estos sacrilegios desde el mismo día en que brotó la insurrección en Dolores; y cuando el gobierno sacrificó a la justicia al primer sacerdote que fue vuestro corifeo Hidalgo, ya vosotros habíais atropellado a innumerables, y quitado la vida, por lo menos a ocho sacerdotes y eclesiásticos; no lo digo sobre mi palabra como vos; voy a convenceros con hechos individuados que sabe todo el mundo.—

¿Qué hizo el clérigo Balleza en Dolores el 16 de septiembre dicho con la persona del padre sacristán de dicho pueblo? ¿No le condujo arrastrando y medio vestido a la cárcel, entre los demás reos? ¿Qué hicieron los sacrílegos insurgentes en Acámbaro, cuando aprisionaron al padre Ondarza?

¿No le dieron cuchilladas en la misma sagrada corona, y le llevaron preso a Valladolid? ¿Cómo se portó el sacrílego Hidalgo en Guadalajara con un religioso lego carmelita y un sacerdote franciscano descalzo? ¿No les aprisionó y en una noche les hizo asesinar en una barranca, muriendo aquel sacerdote al golpe de la lanza del asesino Marroquín? ¿Qué hicieron los sacrílegos insurgentes con el cura de San Sebastián de San Luis Potosí don José Mateo Braceras, el reverendo padre lector fray Manuel Diez y un religioso lego llamado Mata? ¿No les llevaron arrastrando, en medio de los furiosos gritos de la plebe desenfrenada? ¿No hicieron en ellos una representación de la pasión de Jesucristo, hiriéndoles y pisándolos dentro de la misma cárcel pública? ¿Cómo se portaron en Mezquitic con su cura el padre Lozano? ¿No lo maltrataron y no habiéndolo podido matar, desahogaron su rabia con un niño huérfano del dicho cura a quien mataron a puñaladas en el mismo presbiterio de la iglesia, sin tener compasión de su tierna edad de nueve años?

¿No atropellaron también la persona del cura de Santa María del río Caamiña? ¿No mataron huyendo de San Luis Potosí al padre Gutiérrez, cuya cabeza llevaron hasta Guanajuato? ¿No asesinaron entre Matehuala y el Venado al reverendo franciscano fray Agustín Monroy?— ¿Qué hicieron los sacrílegos guanajuateños en Granaditas con el reverendo padre franciscano fray Juan Baquerin, y con el padre don Martín Septiem? ¿No les dieron puñaladas en la misma corona, quitando al uno de ellos de la mano el santo Cristo, de una pedrada? ¿Cómo obraron estos sacrílegos insurgentes en Salvatierra con el reverendo padre fray Domingo, carmelita sacerdote anciano y venerable? ¿No lo mataron a lanzadas, a cuya sazón estaba yo en Celaya? ¿Qué hicieron en Santa Ana Chautempam con su venerable cura Estavillo, anciano de 80 años? ¿No le hicieron bajar de la torre donde se había refugiado y allí mismo le cosieron a puñaladas? ¿Cómo se portaron las tropas del humanísimo Rayón en Zitácuaro a vista de la criminal junta? ¿No hicieron cuartos a un religioso mercedario por haber sepultado la cabeza de un europeo?

¿No degollaron también en San Juan de los Lagos al padre Flores, sacándole enfermo de la cama, después de haberles dado el dinero que quisieron, dejándole desnudo? ¿No le dejaron colgado de un árbol en el campo?— “¿Qué hicieron los malvados en el ataque de Querétaro del día 30 de octubre de 1810? ¿No insultaron con palabras a todo el venerable colegio de misioneros apostólicos de la Santa Cruz, metiendo en su recinto con las hondas, por las ventanas de las celdas y en la huerta más de cien costales de piedras e hiriendo con ellas al reverendo padre vicario fray Lorenzo Pardo, y a los padres predicadores fray Juan González y fray Manuel López Sandoval? ¿No mataron con el deseo y las diligencias más eficaces a toda aquella santa comunidad, pagando con esta horrible ingratitud los sudores y fatigas con que a pie, y descalzos han buscado sus almas, por los montes, sin más interés, que su salud eterna?” “¿Mas a dónde voy yo? ¿Qué papel me bastaría para esta enumeración, sólo respecto de los sacerdotes y eclesiásticos heridos y muertos, antes que el gobierno sacrificase uno de los que lo merecían? ¿Pues quién reducirá a número los atropellados prisioneros y destinados por Hidalgo, Rayón, Morelos y otros malditos enemigos de Dios a los presidios de Zitácuaro, Huetamo y otros? Esto sería interminable; mas esto, mi doctor, es hablar, probando con hechos individuados e indubitables, y no producir a bulto como vos mentiras y calumnias, sin asignar un hecho porque no le hay.

¿Quién, pues, ha atropellado el sacerdocio y los templos? ¿A quién le viene ajustado todo el número 11 y algo más de vuestro manifiesto? ¡Pensadlo bien, porque de todo habéis de dar cuenta!”

29. El citado señor obispo de Puebla había dado testimonio de las propias verdades diciendo.

“El gobierno ha hecho la guerra, pero con benignidad, dulzura y humanidad se ha derramado la sangre con prudencia y economía, y si en algunas acciones se ha prodigado ha sido por la necedad y obstinación de los rebeldes y siempre con dolor del jefe del reino que ha llorado sobre las victorias; y los triunfos de los ejércitos no le han producido otra satisfacción que la de proporcionarle nuevo motivo de reproducir decorosamente el indulto para que la desesperación de la indulgencia no haga a los sediciosos obstinados en su delito... ningún eclesiástico ha sido degollado en México; y esto se dice para hacer aborrecible un gobierno tan piadoso y humano que no ha impuesto la pena de muerte a algunos eclesiásticos cuyos delitos son notorios.”

30. El mismo prelado da al público en vindicación del gobierno el proyecto que le ocurrió para la pacificación del reino y sus resultas; y entre otras expresiones de aprobación y aplauso que mereció al excelentísimo señor virrey don Francisco Xavier Venegas, son muy notables las palabras con que concluyó su contestación de 12 de septiembre de 811.

“Cerciorado yo de que nada pudiera añadir a los justos y convenientes medios que vuestra excelencia ilustrísima estime proporcionados al logro de tan deseado fin, cedo en vuestra excelencia ilustrísima todas las facultades de mi empleo para que conceda a los delincuentes el indulto tan amplio como vuestra excelencia ilustrísima crea convenir a las circunstancias, y sobre todo como sea de la entera voluntad de vuestra excelencia ilustrísima.” Su conducta anterior y posterior jamás desmintió esta generosa disposición; y lo propio debe decirse de su sucesor en el virreinato, sin que pueda traerse un solo hecho en contrario por los injustos declamadores contra el gobierno.

31. Satisfecho el señor obispo de Puebla de la convicción íntima de estas verdades, creyó que necesitaba aquel más bien de ser vindicado de la nota de una excesiva indulgencia, aun a costa de ponderar sin exactitud los cargos que por este lado se le hacían.

Por eso se explica en los términos siguientes. “No ha sido uno de aquellos terroristas y sanguinarios que quieren se corten como mies las cabezas de los insurgentes, y que semejantes a Calígula desearían que todos tuviesen una para que cayese de un solo golpe.

Con los buenos publicistas españoles ha considerado, que no todos los rebeldes tienen culpa; muchos son engañados y falsamente atraídos, otros violentados, y los más interesan poco en la rebelión, siguiendo a sus principales jefes por motivos particulares de inclinación, amistad y parentesco.

Por estas reflexiones se ha conducido con humanidad tratando de proteger y conservar este país que es propio y no enemigo, y en el que debe hacerse una guerra que se refiera a su pacificación no a su destrucción como si fuera un territorio francés.

Por esto empuña en una mano la espada y en otra toma la oliva; ni su severidad obstina, ni su indulgencia insolenta; reprime a los rebeldes sin obstinarlos y les abre las puertas del perdón sin que se entienda debilidad.— Pero como los hombres dominados de sus pasiones siempre van por los extremos; los sanguinarios y crueles censuran al gobierno de muy indulgente pacífico que degenera en indolencia y falta de energía, atribuyendo a estos defectos la permanencia de la insurrección; otros por el contrario dicen que el rigor y la crueldad ha obstinado a los rebeldes, y esta opinión ha pasado los mares y trascendido a algunas naciones extranjeras.

Con el designio de desmentir unas voces tan injustas como injuriosas al gobierno de este reino, se dan a la luz pública unos documentos que acreditan sus verdaderas intenciones.—

Por ellas se verá que constantemente ha preferido a los medios de rigor los de amor y suavidad; que si ha hecho la guerra ha sido con el fin de establecer la verdadera paz, que no siempre se consigue con sola la misericordia, sino que es necesaria la justicia; y por eso dijo el profeta justitia et pax osculatae sunt.

En ellos se descubrirá a toda luz la tortuosa conducta de los jefes de la insurrección, su política falaz y capciosa, cuyos vicios son una señal inequívoca de su intrínseca maldad, porque la justicia y la verdad no necesitan de la negra mentira para triunfar; se verán las calumnias, imposturas, o intrigas con que seducen a sus compatriotas, o irritan sus ánimos para que como instrumentos ciegos les sirvan a realizar sus pérfidos planes; últimamente la obstinación en seguir su ruinoso sistema sin admitir la amnistía con que los convida un gobierno legítimo que ha sido el remedio eficaz de las sediciones.”

32. Se dijo que ponderaba sin exactitud la opinión de los que censuraban al gobierno por excesivamente indulgente y en efecto es así.

Ni es cierto ni verosímil el terrorismo exaltado que combate para mejor disculpar al gobierno en el extremo opuesto.

No hay quien no se haya compadecido de la suerte de los insurgentes seducidos, deseando eficazmente su perdón y complaciéndose en él.

Lo que se ha reprobado justamente es el que se haya prodigado sin hacer distinción alguna respecto de los reincidentes tres o más veces, con lo que es indudable que se ha fomentado la insurrección; que México haya sido siempre un asilo seguro para cuantos rebeldes han sido conducidos presos, o han sido aprehendidos en la misma ciudad por conspiraciones descubiertas, por irrefragables que hayan sido las pruebas y convencimientos de los delitos, y la necesidad de aplicar las leyes; y que esto haya sucedido principalmente, no respecto de rebeldes seducidos, sino de seductores, cuya experiencia fomentaba igualmente la insurrección, al paso que ejemplares de castigos justos y arreglados a las leyes, hechos en tales personas, eran el único antídoto capaz de contener las vehementes pasiones y corrupción que se interesaban en propagar y fomentar el desorden y los atentados contra la pública tranquilidad, sobre que se ha clamado vanamente, porque ha prevalido un sistema de tolerancia espantoso, impolítico y verdaderamente criminal. Fue uno de sus efectos el que no nos era desconocido, y descubre el Pensador Mexicano en su papel titulado Pasaportes y caballos, dado a luz no ha muchos días, declamando contra aquellos.

“El objeto, dice, con que se establecieron no fue otro sino el de embarazar que entrasen los insurgentes en los pueblos pacíficos y que saliesen de ellos los insurgentes mansos a prestarles auxilios a los bravos. Nada de eso se consiguió; los insurgentes han entrado y salido en la capital como les ha dado la gana, con pasaporte o sin él por las garitas o por las zanjas, y no sólo ellos aun han introducido cargas, y las han sacado, o guiadas o clandestinamente cuando han querido.

¿Quién impidió si no él que en Apan y en otras partes uniformaran y armaran los cabecillas insurgentes a sus tropas en los tiempos del más crudo espionaje y cuando se alambicaba los sesos el gobierno y se desvelaba por apurar todos los arbitrios para impedirles los auxilios? Entonces, entonces era cuando entraban unos insurgentes y salían otros a su salvo. De México se sacaban los fusiles, las monturas, los gorros, los cuarterones de paño, los galones, las divisas, los zapatos, y hasta tambores y cornetas.”

¿Qué tal? ¡Y aún no acabaremos de escarmentar!!! ¡Aún se quejarán de un gobierno de quien así se han burlado!!! ¡Aún pretenderán más anchuras, suavidad e ineficacia en sus medidas!!! ¡Aún querrán aletargar, mezclando en la nueva táctica de revolucionar invocando la constitución, fidelidades, confianzas, e inciensos de adulación!!! Si otra potencia que la Española y otros gobernadores hubiesen luchado con las atroces pasiones y maquinaciones de que ha sido teatro la Nueva España desde el año de 808 habría habido a la verdad más ejecuciones de justicia; pero ningunas o menos víctimas en los campos.

33. Estamos conformes en el voto que todos hemos tenido de que no se aumentasen las públicas contribuciones sino después de haber apurado los últimos recursos de la economía; que se respetase en ellas el alimento del pobre, el salario del artesano, el estado actual de la agricultura y la miseria que se padece en todo el reino.

Mas no por eso aprobaremos la acusación que el señor Bodega hace al gobierno de México en el párrafo 14, sin embargo de que los europeos a quienes atribuye todo lo malo, han sido los peor librados en los millones que ha tenido que buscar por préstamos forzosos para atender a las urgentes necesidades del erario en el inmenso vacío que dejaban los ingresos, aun después de esas contribuciones que tanto reprueban, pues las cuatro quintas partes de los préstamos se han lastado por los europeos, conociendo la esterilidad de los deseos de economía y reformas en tiempos de revolución, en que las exigencias son momentáneas, y la suprema ley del Estado que es su conservación, reclamaba remedios de igual naturaleza; y es lástima que el señor Bodega no hubiese acreditado su gran celo y genio, proponiendo en tiempo medidas eficaces que sacasen al gobierno de sus apuros, sin echar mano de tales contribuciones y arbitrios, que ha adoptado sin duda a no poder más; en lugar de censurar tan tardíamente una conducta que no ha podido evitar el gobierno en las circunstancias en que se ha visto, y en la conveniencia y necesidad acreditada por la experiencia de aumentar la fuerza armada por medio de realistas levantados en los pueblos y haciendas, que era imposible mantener sino a costa de ellos mismos; pues que los ingresos del erario eran insuficientes aun para las atenciones esenciales y permanentes del Estado.

Tan vanas e irracionales declamaciones desacreditan a sus mismos autores.

Y basten estas indicaciones contra el espíritu de acriminación del señor Bodega, pues no es de nuestra incumbencia la defensa de los gobernadores que por sí mismos se hallan en estado de hacerla con mejores datos.

34. Tampoco debe detenernos el voto de que no quedase el menor vestigio de la injusta desigualdad de que se han quejado en todos tiempos los americanos, de que en la observancia de la ley no se distinga el interés que puede tener en ella el americano o el europeo; y en fin, de que unos y otros fuesen exactamente iguales en el uso de los beneficios y derechos que proporciona la sociedad política a que pertenecen, máxima que no entendemos cómo pueda haber valor de recordar para imputar su infracción, porque semejante mentira por sí sola se combate.

¿Quién en efecto se persuadirá que para la observancia de la ley se atienda a si el interés es de americano o europeo? ¿Qué magistrado habrá tan corrompido que en la aplicación de la ley se decida por semejante distinción? No decimos que sea imposible; pero tales monstruos destituidos no sólo de religión sino de todo principio de moralidad, son muy raros, y de consiguiente no pueden fundar el deseo sincero de un remedio general, cual insinúa el señor Bodega, sino la compasión y el reconocimiento de la humana miseria, o un odio individual y aislado.

Se avergüenza el hombre de probidad hasta de imaginarlo posible; y si lo es, no está en la potestad humana evitar tales abortos de su miserable condición.

Aún es más inverosímil la posibilidad de que americanos y europeos no sean iguales en el uso de los beneficios y derechos que proporciona la sociedad.

¿Cómo este ministro falaz podrá justificar semejante suposición? Desafiamos a él y a todos sus maestros y secuaces a que manifiesten un solo hecho de la desigualdad que fingen.

Pero después de lo que se ha dicho por nosotros, por americanos imparciales y por el señor Calleja sobre tan vagas quejas, imposibles de comprobación, sólo hay que añadir que las desigualdades y ventajas hacia los europeos solamente pueden encontrarse en gravámenes y padecimientos, especialmente desde la funesta invasión de la madre patria por los franceses, y en favor de esta verdad están los hechos y la verosimilitud; porque por más que se declame, a ningún hombre sensato puede persuadirse que los europeos hayan aspirado en tan amargas circunstancias a dominación y superioridad, aun cuando en su conducta no entrase más estímulo que el interés propio de su conservación.

Y en razón de la que se contrae a la provisión de empleos, nada sin duda más injusto que mezclar en semejante querella a los europeos residentes en América, que, como dice el señor obispo de Puebla, ningún influjo tienen en la repartición de los destinos civiles o eclesiásticos; y que rarísima vez aspiran a ellos, porque están muy lejos de la manía de colocar la bienaventuranza en los empleos, aun cuando nada tienen más que su trabajo.

35. Y si habla con respecto al gobierno, siempre ha sido injusta y mucho más con relación a la época de que se trata, como funda sólidamente un americano del sur que en 1818 dio a luz en la península El examen y juicio crítico del manifiesto que hizo a las naciones el congreso general de las provincias unidas del Río de la Plata (de cuyas observaciones haremos algún mérito en lo sucesivo por ser enteramente adoptables a esta América, sin más diferencia que mudar los nombres) y entre otras cosas dice lo siguiente: “Jamás por ventura se vieron tantos americanos ensalzados a puestos eminentes como en la época de la insurrección; pero ésta es insaciable en sus pretensiones, ilimitada la ambición de los aspirantes, y el contagio ha cundido hasta infectar las almas de los leales, a quienes por lo tocante a empleos oigo, no sin mortal disgusto desrazonar con destemplada y notoria injusticia.—

¿Qué pretendemos, o a qué aspiramos? ¿A qué los primeros empleos de América se confieran forzosamente a hijos del país? Pero esto lo resisten la sana política, la justicia y las leyes.

Consideraciones políticas y la recta administración exigen que los virreinatos, gobiernos de provincias, judicaturas y otros empleos de importancia no se confieran a personas que tengan relaciones y conexiones en el distrito en que hayan de ejercerse aquellos cargos; esto se ha observado en los grandes reinos y Estados, y esto prescribe la legislación dentro de la misma península.

¿Cuándo se han quejado los gallegos, catalanes, valencianos, etcétera, de que sus capitanes generales y demás empleados de jerarquía no sean hijos de sus respectivos países? ¿Aspiraremos acaso a que una mitad de los destinos se confiera a americanos? Otro delirio; igual pretensión podrían introducir y con más fundamento las provincias de la península, contendiendo entre sí por la igualdad de empleos.

Háilas de gran población, contribuyentes con exceso a otras y que cuentan muy pocos empleados; y hay rinconcitos afortunados, cuyos hijos se encaraman en gran número a todos los destinos.

Bien sea por el genio emprendedor, espíritu de paisanaje, protección que se dispensan unos a otros, o por su mayor aptitud o proporciones para educarse, o resolución para entrarse en la Corte; el hecho es bien notorio.

¿Cuándo se han quejado en tono insurreccional catalanes, andaluces, o castellanos o gallegos, porque guardada proporción no cuenten tantos empleados como, por ejemplo, Asturias, Vizcaya o la Montaña? ¿Será tanta nuestra ceguedad que no veamos cuán pequeño es el número de americanos aptos para los destinos, con juicio, aplicación y seso, comparado con los españoles peninsulares? ¿O querremos otra vez escandalizar al mundo, como los diputados americanos en las Cortes, contando como ciudadanos útiles para los destinos, como ellos para la soberanía, a tantos millones de indios y de castas, forzando a los europeos a que hagan pinturas desagradables y bochornosas de indios, castas, y aun de los criollos? Seamos cuerdos y de una vez convenzámonos de los miramientos y consideración que nos ha dispensado la generosa España.—

En toda la América han circulado los Diálogos Patrióticos, escritos por un sabio americano, bien conocido en ella y en Europa, y publicados en México en fines de 1810. Con ímprobo trabajo recogió su autor y presentó en el diálogo 3º las notas de los americanos que en Europa y en América obtuvieron los primeros destinos, sin exceptuar los virreinatos.

Las notas son muy incompletas; pero el número de empleados es tan grande, que él solo forma la más completa apología del gobierno español, y debe asombrar a las naciones a quienes se dirige el manifiesto de agravios. ¿A quién, en efecto, no asombrará la generosidad de una nación que fiaba a americanos los virreinatos, capitanías generales, presidencias, magistraturas, obispados y arzobispados? Que en la península hayan mandado ejércitos, acaudillado expediciones, gobernado provincias, sentádose en todos los consejos supremos, y aun en las sillas ministeriales, y ocupado todo linaje de destinos, conforme a su capacidad, instrucción y relevantes prendas, está bien y era muy justo; pero ¡virreinatos, capitanías generales, arzobispados y obispados en América...!

¿Qué pensarán los extranjeros habituados al lenguaje y máximas del sistema colonial? ¿Qué otra metrópoli trató así a sus colonias? Pues desde otras metrópolis han salido y salen todavía los gritos incendiarios contra la tiranía del gobierno español con los americanos, y los míseros americanos han aprendido su lenguaje y decorado todas sus frases. ¿Hasta cuándo ciegos mis paisanos amarán la vanidad y la mentira?— Estas observaciones y la repetida lectura de los diálogos patrióticos han llenado mi alma de indignación contra aquel raras veces de los congresistas; y eso que en los diálogos falta el cómputo de las dignidades, canonicatos, prebendas y toda suerte de beneficios eclesiásticos, rico patrimonio y casi exclusivo de mis paisanos.

Asómbrese la Europa al oír que un sabio, quizá el más versado en la estadística de las Américas, hizo subir el fondo de los proventos eclesiásticos a cuarenta millones de pesos; pues de ellos un diezmo perciben los europeos, quedándose lo restante para los americanos.” Léase con cuidado esta nota (ver nota 4) trabajada con exquisita diligencia y digna de la consideración de todo hombre curioso; y leída, pondérese de nuevo aquella cláusula raras veces y a costa de saciar con inmensos caudales la codicia de la Corte. Eso de inmensos caudales es frase americana, y ella me recuerda la insulsa fanfarronada de un diputado del Perú, que en las Cortes con sus inmensos raudales de oro y plata hastió a cuantos le oían, y se granjeó un bien merecido desengaño, escrito por un europeo instruidísimo en las cosas de América. (ver nota 5)

36. También el reverendo padre Bringas dice en su citada obra: “Esto como todo lo demás es un alambre cien veces retorcido... Si los americanos observasen la regla de proporción, hallarían muy lejos de injusticias, ventajas y exceso a su favor; verían a los americanos sentados muchas veces en las primeras sillas en América y en Europa; pretender una repartición con igualdad absoluta, es un delirio.”

37. Pero no es extraño que el señor Bodega repita esta antigua e irracional queja, cuando se atreve a estampar que de los hombres beneméritos de que están poblados el estado eclesiástico y secular de Nueva España y por todas las carreras, han sido muy pocos los premiados, y éstos casi siempre con los destinos que no apetecen los europeos.

Semejante falsedad, es cuanto cabe en la parcialidad, en el espíritu de calumnia, y en el designio de engañar al rey.

Sin duda las togas, las mitras, los canonicatos, las prebendas, los empleos de 1' 2' y 3' orden eclesiásticos y seculares en que se ven colocados americanos en número tan superior a los europeos, como queda manifestado en la nota recomendada por el americano del sur, y nadie puede negarlo de buena fe, no tienen aliciente alguno para los peninsulares; o el señor Bodega se ha lisonjeado de ser creído sobre su palabra, sin que a nadie le venga a las mientes recorrer las listas respectivas que descubren tan notoria falsedad; ni siquiera reflexionar ¿quién es el que hacía este mismo informe, y a quién? Un ministro electo de la gobernación de ultramar, consejero después por haber cesado el sistema constitucional, al ministro universal de Indias, siendo ambos americanos.

Si se reflexiona que tales quejas dimanan privativamente de los españoles americanos, de este corto número de habitantes que apenas hará una sexta parte de la población, y en quienes sin embargo están refundidos casi todos los empleos civiles y eclesiásticos del país, por ser sumamente raros los agraciados entre indios y castas, será mayor el asombro que produzca la injusticia de tales querellas.

38. Creemos que en efecto hay que remediar en la materia, sin perder de vista las consideraciones políticas de que el gobierno no puede prescindir, como reconocieron los diputados americanos en la citada representación que hicieron a las Cortes en dicho año de 811, puesto que solamente aspiraron a la igualdad que ya tenían en cuanto es posible aun en los destinos de primer orden, a la repartición de los empleos por mitad entre europeos y americanos; pero el remedio no es a favor de los quejosos sino de los que callan; de la grande multitud de indios y castas, de hecho casi excluidos hasta el día.

Unos y otros son los que con su trabajo cultivan y hacen productiva la agricultura, la minería y la industria.

Han sido también, es verdad, instrumentos ciegos de que los rebeldes cabecillas se han valido para la destrucción de su patria, dando rienda suelta a sus pasiones predilectas, y engolosinándolos con el robo, con el libertinaje y con el ejercicio de mandos militares que les daban una superioridad que solamente podían mantener en la revolución, con la diferencia de que los indios escarmentaron y desistieron muy breve de seguir las banderas de la rebelión, manteniéndose casi todos pacíficos en sus pueblos no sólo por lo que tenían que temer de parte de los defensores de la buena causa, sino por lo que padecían y experimentaban de la de los mismos rebeldes, y de que los castas han sido más constantes, como más acariciados y contemplados por los cabecillas por su carácter y disposiciones para la guerra.

Pero en cambio, otros muchos de estos han defendido la buena causa heroicamente. No hay expresiones adecuadas para pintar la fidelidad, el entusiasmo, el valor y sacrificios de los sirvientes de las haciendas de Yermo, y nuestra gratitud a sus importantes y heroicos servicios por la buena causa, constantes en parte en el documento número 101.

39. “Que diga la ciudad de México (asienta el Pensador Mexicano, testigo intachable, en su primera proposición, en el número 23 del Conductor eléctrico), ¿quién la sostuvo y libró de 80.000 insurgentes acaudillados por Hidalgo, sino los denodados negros de las haciendas de Yermo (no son sino castas libres, o libertos manumitidos hace más de treinta años en prueba de los sentimientos de humanidad y beneficencia que siempre han ejercitado los Yermos; y tampoco es justo atribuir a ellos solos esa gloria que parten gustosos con el regimiento de Tres Villas compuesto también de castas, y con los demás defensores) que bañaron sus lanzas con la sangre enemiga, y no desfallecieron un momento hasta que obligaron a los contrarios a fugar despavoridos? Hable Antequera lo que debió a doscientos campechanos de los que materialmente ninguno quedó vivo en su defensa: lo que debió a una porción de negros costeños mandados por el valiente Caldedas: díganlo los centenares de insurgentes que murieron al filo de los machetes que mandó el comandante Reguera, Zapotillo, Rienda y otros.

Últimamente, el denodado valor con que pelearon siempre defendiendo a la dicha ciudad de Antequera un piquete de negritos de Trujillo y Omoa, conocidos con el nombre de negros de Dambrine.

Numere el reino todas las victorias que han ganado los fieles del Potosí, y los demás regimientos del reino que no se compone de indios débiles sino de las castas robustas.

Si atestiguan los generales, un Armijo dirá que con sólo los morenos y sus castas ha podido reconquistar y apaciguar las costas del sur (aunque el resultado no es cierto por desgracia, es indudable la buena disposición de los moradores del país bien dirigidos y no dominados por los rebeldes), lo dirá también Cruz en la Nueva Galicia, Arredondo en las Colonias: los de Veracruz, Misantla y otros puntos; y por último, lo confirmarán los virreyes."

Es en efecto cierto que han sido importantes sus servicios donde quiera que han recibido el impulso de los defensores de la buena causa.

¡Ojalá que otros no hubiesen sido igualmente dóciles a la voz de los cabecillas rebeldes.

No son pocos aun los que después de haber sido indultados han servido y sirven a la buena causa con la mayor fidelidad y entusiasmo. Tales fenómenos, y el riesgo de que elijan el partido malo en lugar del bueno, debe llamar la atención del gobierno para hacerles conocer el bien, e identificarlo con el interés de tan recomendables habitantes.

Por eso la constitución dejó aun a los descendientes de África abierta la puerta del merecimiento, para que puedan ser ciudadanos después de haberlos declarado españoles, y los que obren bien, como los beneméritos defensores que elogiamos, tendrán los mismos derechos que los demás ciudadanos desde que se les expida la carta que ha ofrecido la nación.

Nosotros deseamos que llegue este día y que una educación más cuidadosa los prepare para todos los empleos a que ya tienen derecho en proporción de su mérito y virtudes conforme al soberano decreto de las cortes de 29 de enero de 1812, y a apreciar la mano benéfica de la nación que así los distingue sin ejemplo en ninguna otra del mundo.

Deseamos que en cuanto sea posible experimenten los beneficios del Estado por todas carreras; que desde luego obtengan los indios y castas las colocaciones respectivas y compatibles con su actual estado, y que alternen con todos los demás españoles en los destinos civiles y eclesiásticos de que sean capaces, habiendo como hay aún en la actualidad en la carrera eclesiástica sujetos que tienen bastante aptitud para ser colocados en los curatos y en las catedrales, para que alentados los demás con tales ejemplos, se aumente el número de los aplicados y beneméritos; y la gratitud de estas dos clases de que se compone la mayor parte de la población, es de esperar que las identifique con la nación que así cuida de su suerte, con tanta mayor facilidad cuanto menos han experimentado la pasión de la rivalidad respecto de los europeos, a quienes han respetado y amado hasta la funesta época de la revolución; porque, como dice el citado americano del sur, "el europeo era como el patrono nato del indígena, y el mediador pacífico entre el indio y el criollo, y por lo mismo querido de aquel, al paso que no podía lisonjearse el criollo de semejante afecto y sí de positiva detestación."

La revolución ha suspendido este natural curso de las pasiones; pero es preciso vuelvan a su antigua carrera, y si el gobierno la acelera y afirma por los medios indicados y otros que aconseje la sabiduría, esta será la mejor prenda de la tranquilidad del país, que no han revuelto los indios ni los castas, sino españoles americanos ambiciosos, a quienes nada basta para contentarlos y para que dejen de conspirar a la infalible ruina de su misma patria, si la providencia divina no contrariase sus insensatos esfuerzos, por lo que sería vano esperar que desistiesen de ellos, aunque se les diesen no sólo la mitad sino todos los empleos para que no tuviesen que quejarse los Bodegas y sus secuaces.

40. Mas volviendo de esta digresión, donde aquel señor ministro se excedió a sí mismo, es en la pintura que hace de los europeos de Nueva España, suponiendo ser uno de los votos de los buenos “el que olviden para siempre aquellos modales fieros, insolentes y orgullosos con que han tratado a los americanos.

Apenas había uno, añade en el número 20, que pudiese vivir seguro de no ser preso o procesado, sin que fuera bastante para evitarlo ni el carácter, ni la calidad, ni la representación, ni la vida más ejemplar y austera.

Todo se pospone al desahogo de las pasiones que dominan: insurgente y americano se han hecho voces sinónimas en el idioma de aquellos europeos: la gestión más inocente, especialmente si ofende su orgullo y su prepotencia, es un crimen capital e irremisible. Mortandad general, exterminio absoluto y total aniquilación de todo lo que no sea ellos mismos y sus bienes, es lo que piden estos furiosos, sin saber todavía lo que piden, o sin saber que piden la ruina de sus mujeres, de sus hijos y la suya misma....

Se ha perdido, dice, en el número. 26 la paz de los matrimonios y los hijos han experimentado el odio de sus padres."

41. Tanto cúmulo de imposturas en que el señor Bodega ha excedido con mucha ventaja a todos los cabecillas rebeldes y a cuanto han vomitado para irritar y exaltar el odio y conatos de exterminio de los europeos, carece absolutamente de fundamento.

Su autor, arrebatado de una pasión ciega, ha olvidado en su furibundo enojo hasta las apariencias y la verosimilitud.

No puede traerse un hecho siquiera que compruebe según su intención, la trascendencia a las familias de los europeos de efecto alguno de las agresiones, mortal odio y horrores que han experimentado en la rebelión, y sí se podrían citar ejemplos desnaturalizados de algunas mujeres e hijos contra ellos.

De la misma manera miente en el clamor que les imputa de mortandad general, exterminio absoluto, total aniquilación, y las demás zarandajas que les atribuye: ningún americano que no delire como el señor Bodega, puede dejar de desmentir tan groseras e increíbles imposturas: a ninguno se ha procesado sin fundamentos sólidos.

Creemos también poder decir con seguridad que jamás ha sucedido por acusación, querella o denuncia de los europeos, que es sin duda el mejor convencimiento de la falsedad del espíritu que se les atribuye: los jueces que han procesado han sido europeos y americanos: americanos los subalternos de quienes principalmente ha dependido la averiguación, la prisión, la sustanciación de los procesos, y de consiguiente la absolución o la condenación.

Los jueces europeos, en lugar de profesar una persecución sistemática contra americanos, se han distinguido en la apatía y en todos los subterfugios que conducen a la impunidad: hubo caso en que oímos de su boca el descubrimiento y la confesión de cien reos complicados activamente en una de las varias horribles y atroces conspiraciones tramadas en esta capital, de modo que nada más faltaba en su sentir para la condenación correspondiente a tan horrendo crimen, que la observancia de las fórmulas legales; y luego resultó todo embrollado, y se tomó el camino acostumbrado de los indultos y de las escapatorias para eludir la administración de justicia: poca diligencia de parte de los reos ha bastado para conseguir la impunidad.

Si se hiciese una visita de los procesos formados por causa de infidencia, se vería con escándalo la tolerancia y el descuido con que se ha mirado tan grave materia; y es el mayor agravio que puede hacerse a los americanos decir que bajo tales circunstancias apenas había uno que pudiese vivir seguro de no ser preso o procesado.

Por fortuna no es cierto que fuesen tantos los que lo mereciesen; ni sin merecerlo en su conciencia tenía nadie que temer; ni aun mereciéndolo infundía más que seguridad y confianza la buena suerte aun de delincuentes conocidos, a favor de la ninguna actividad de los jueces, que pocas veces se dedicaban personalmente a la instrucción de los procesos, abandonándola a los escribanos y subalternos aun cuando aparezca lo contrario, sin más trabajo que firmar lo que se les ponía delante, guisado
según los alcances y disposiciones de manos mercenarias, de quienes a la verdad no debían hacerse tantas confianzas, aun suponiéndolas dotadas le buena intención y probidad.

42. Por lo demás, si el señor Bodega se hubiese limitado a increpar la conducta y producciones de alguno que otro europeo, respetando la generalidad que el señor obispo de Puebla y el reverendo padre Bringas reconocen por benefactora, y origen de cuanto establecimiento útil hay en Nueva España, estimando por lo mismo por maliciosa y calumniosa la imputación de que oprimen a los americanos con tiranía por sus conexiones y genio orgulloso, altanero y dominante, y diciendo el segundo en el sermón predicado en Guanajuato: "Tos gachupines en la América, muy lejos de oprimir a los criollos, han sido los verdaderos padres de la patria, ¿qué necesidad hay de persuadir esta verdad de que hay tantos testigos como habitantes? Pasad una revista desde Veracruz hasta los extremos de la Sonora, y si encontráis un ramo de industria, un proyecto de economía, un establecimiento piadoso, un recurso para la humanidad afligida, un remedio para la indolencia; ha sido establecido en la mayor parte por los gachupines, aunque no faltan criollos que heredando con su sangre los sentimientos más generosos los han imitado en la beneficencia."

Si el señor Bodega, volvemos a decir, hubiese contraído su censura a lo que realmente es malo, entonces lamentaríamos de común acuerdo esos excesos privados de la humana miseria, tan irremediables como insignificantes para el concepto general; compensados con otros iguales de la otra parte, como observan oportunamente los citados respetables americanos, e incapaces por sí solos de producir males grandes.

Pero es intolerable y singular la empresa que este enconado ministro ha tomado sobre sí de manchar la generalidad de los europeos de Nueva España con los más negros borrones.

43. "Si reflexionaseis imparcialmente, podríamos decirle con el reverendo padre Bringas, en la conducta general de los europeos, os avergonzaríais de vuestras producciones: en lo demás es una grandísima ignorancia, necedad y malicia tomar la conducta desarreglada de uno u otro por motivo para aborrecer a los buenos y cerrar los ojos para no ver cuánto más es esto que aquello.

Todos somos hombres, y entre los hombres están y estarán en continuo pleito los vicios y las virtudes ....

Nada retrae a los europeos de interesarse en la felicidad de este reino, ni aun vuestra ingratitud y maldades, y si a alguno le oís una expresión en contra, es del número de los necios que hay en las cuatro partes del mundo; mas los hombres de seso y probidad abominan esas producciones: y ¿por qué el pecado de un europeo ha de ser original que contagie a los demás?"

44. Sin embargo aun no bastaba que se haya hecho y publicado tan bella pintura del gobierno y de todos los europeos.

No bastaba la resignación y el silencio guardados todavía en vista de ella, como en tantas otras provocaciones e insultos, en que ha sido nuestro único recurso, en el mismo funesto periodo de años en que principalmente se finge nuestra prepotencia, orgullo y dominación.

Era menester insultarnos de nuevo para asegurar el triunfo de la mentira y de la calumnia y para echarnos en cara más adelante nuestro mismo silencio, como argumento de convicción.

Era menester recomendar y encomiar un libelo tan falso e infamatorio, y presentárnoslo como un preservativo de la reincidencia y de la discordia, y esto es lo que hace el ciudadano Franco impugnador de Paz, al mismo tiempo que asienta que "el informe del señor Bodega no es otra cosa que una serie de hechos que han pasado por nuestra vista, y que produjeron y fomentaron la bárbara guerra que nos ha desolado: que la verdad y la justicia no necesitan de apología: que no puede haber unión si no hay uniformidad de sentimientos, y no puede haber uniformidad de sentimientos si no nos ponemos todos en un perfecto nivel: que en este equilibrio, no hay remedio, es preciso que unos cedan más que otros, para que no quede ni memoria de aquellos rasgos desventajosos con que el informe pinta a los americanos: que se descubre la mano de un pintor maestro que no hizo más de copiar a la naturaleza."

45. Desempeña tales proposiciones con varios interrogantes a que es necesario contestar por su orden ligeramente, anticipando sobre todas que dándolos todo el influjo que sea imaginable, su resultado quedará muy lejos de ser la pintura que hace el señor Bodega, que es la que se trata de defender, y si no vamos a verlo.

Primer interrogante. "¿Quién ignora quo los europeos fueron los primeros padres de los americanos; y que hasta el día lo son muchos de ellos?"? La segunda parte es cierta aunque incapaz de producir más que efectos limitados, como ella misma: a más de que nosotros no creemos que la intención del señor Franco sea poner enmienda en la autoridad paternal y en el respeto filial: la primera es muy inexacta: americanos son los indios y castas, y no fueron los europeos sus primeros padres en el sentido en que se habla: lo fueron de los españoles americanos que no hacen una quinta parte de la población del reino: y si se toma la denominación en sentido más lato por los oficios que han ejercido y por la gratitud que reclaman los autores de la civilización, de la propagación, de la religión, y de los demás beneficios que disfruta toda la población, entonces tocan a los americanos españoles más o menos inmediatamente los mismos títulos y motivos de autoridad y consideración: y a veces ellos reclaman más autoridad y derechos como descendientes de conquistadores.

Segundo. "¿Quién no ve cuan natural es que los padres ejerzan autoridad y dominio sobre los hijos y que éstos en cambio les tributen sumisión y respeto?" Además de las reflexiones que se acaban de hacer en los interrogantes antecedentes, del presente nada puede inferirse

sino la autoridad y dominio de los europeos sobre los hijos propiamente tales, y su respeto y sumisión: fuera de la esfera de esas relaciones, en la naturaleza no se puede encontrar la autoridad y dominio de los europeos y la sumisión y respeto de los americanos, pues no se heredan en todas las generaciones procedentes de europeos; ni es fácil que el autor del interrogante designe el mecanismo por donde un primero o séptimo abuelo suyo puedan infundirle respecto de los europeos, la sumisión y respeto a la autoridad y dominio que aquellos tuvieron sobre sus primeros hijos.

Tercero. "¿Quién no ve que los europeos a merced de la industria y el trabajo que naturalmente apura el hombre cuando se halla distante de sus hogares y familia, elevan sus fortunas a un grado que no alcanzan los patricios en su propio suelo, donde por sus mayores relaciones descuidan aquellos objetos que no están en la línea de lo necesario?" Es en parte cierto el primer extremo de la comparación, y nos recuerda el pasaje siguiente de la citada impugnación del reverendo padre Bringas, aunque no sea tan adaptable respecto del señor Franco.

"Gracias sean dadas a Dios que al cabo he hallado en vuestro manifiesto un número donde se ven muchas verdades, mas avergonzadas y llenas de susto por la mala vecindad de unas enormísimas mentiras y calumnias que al principio del siguiente están dándoles puntillazos.

Todo cuanto decís en él a los europeos, singularmente acordándoos, como yo no ignoro, que hicisteis vuestra carrera sostenido por sus benéficas manos, y que no hay cosa más odiosa a Dios que la ingratitud, como también lo es a los hombres, debía haberos contenido para no levantarles tantos testimonios, y haber obrado contra ellos tan injustamente, porque vengamos a cuentas.

Si ellos han heredado gruesos caudales de sus mujeres, que por lo regular también los habían heredado de otros europeos: si como decís muy bien también los han adquirido con su industria y trabajo, aunque os faltó añadir que sin retraerles de esta honesta tarea el ver la marcialidad con que los desperdician después muchos españolitos americanos: luego vosotros sois unos ladrones públicos que habéis robado y pillado a los verdaderos y legítimos propietarios.

Luego no estuvo bien hecho lo que vuestro mandarín Hidalgo hizo en la casa del buen Landeta en San Miguel el Grande cuando arrojaba las talegas a la plebe diciendo: tomad hijos que todo esto es vuestro.

Luego ....pero dejemos éstos luego, porque no hay bastante papel para sacar tantas justas ilaciones."

46. Aunque hay en el reino algunos europeos de mala cabeza y conducta; aunque los hay también en mayor número sin comparación, hombres de bien, económicos y trabajadores, que sin embargo no prosperan, o son de fortuna corta; y otros en menor número que se hacen de caudal por su industria, trabajo y conducta, unidos al favorable viento de la fortuna, no es cierto que la eleven a un grado que no alcanzan los patricios en su propio suelo: el resultado es uno mismo en todos, si las circunstancias personales no varían, como que todos viven bajo unas mismas leyes, libertades, proporciones y relaciones, sin diferencia ninguna de hecho ni derecho: y en efecto se palpa en muchos americanos que progresan a la par de los europeos; pero si como indica el señor Franco, falta en aquellos el trabajo, la industria y la conducta de éstos, o los patricios descuidan por sus mayores relaciones, los medios de hacer fortuna, es claro que no la harán, y que destruirán la que tengan; pero esto es un mal irremediable si no es por ellos mismos.

Cuarto. "¿Quién no sabe que en todos tiempos y lugares han tenido los ricos mucha preponderancia respecto de los pobres?" En hora buena; pero labora en el supuesto falso de que los europeos sean los ricos, y los americanos pobres.

La riqueza mayor incomparablemente, la verdadera riqueza está en los americanos: ellos son poseedores de casi toda la propiedad territorial: tienen además los mismos medios de industria y comercio para adquirir las riquezas facticias o representativas: y tienen el manantial perpetuo de las herencias, que traslada a ellos toda clase de riquezas aun de los europeos, ganadas regularmente a costa de sudores, privaciones y afanes de por vida, pues es una verdad que no se puede negar sin mala fe que hasta esta funesta época de persecución no volvían a la península ni un dos por ciento de ellos, sin que sea necesario añadir que se casaban y dejaban a sus hijos el fruto de todos sus sudores.

¿Cómo, pues, puede encontrarse en los europeos una excelencia o ventaja de riqueza respecto de los americanos?

¿Y qué quiere decir: "no puede haber unión sin uniformidad de sentimientos y no puede haber uniformidad de sentimientos si no nos ponemos todos en un perfecto nivel, cediendo unos más que otros?" ¿Qué nivel, o qué equilibrio es el que se busca? Ni en las leyes ni de hecho, puede señalarse ningún desnivel o falta de equilibrio favorable a los europeos, en cuanto a los medios generales de la humana felicidad.

Al contrario es indudable; es palpable y notorio que los americanos hacen muchas ventajas al europeo, por lo que heredan de él y de los mismos americanos, razón porque el reverendo padre Bringas en el sermón impreso predicado en Guanajuato asienta la proposición de que "si no son casi todos los criollos poderosos, es por haber disipado los cuantiosos caudales que a costa de fatigas les dejaron por herencia sus padres europeos."

¿Por ventura se puede negar que el europeo no cuenta regularmente más que con su trabajo y probidad? ¿No empieza y consume sus mejores años, en el servicio, en la subordinación y en la dependencia más rigorosa? ¿Qué es, pues, lo que se quiere?

¿Se quiere que el americano disfrute locamente de lo adquirido y heredado; que no trabaje; que sea, como dice el señor Franco, descuidado en adquirir y conservar; y que si por esto se ve al fin menos desahogado que el europeo trabajador, económico y guardador, que ha hecho alguna fortuna, se reparta esta para establecer el nivel y el equilibrio a que se aspira, so pena de ser de lo contrario el blanco de la vil envidia y de la maldición de los americanos que no hayan seguido su ejemplo? Esta igualdad a que aspiraron los sansculotes de la revolución francesa, sobre injusta, sería poco duradera.

El hombre ocioso y vicioso volvería a perder lo que adquiriese por tal repartimiento, el industrioso trabajador y guardador aumentaría lo que lo quedase, con la producción y con las agregaciones de la propiedad de los perdidos: y sería menester volver periódicamente a nuevos repartimientos.

Se pretende, pues, un nivel y un equilibrio impracticable en las leyes inmutables de la naturaleza, de la moral y de la sociedad; o ni se sabe qué es lo se pretende, o se echa menos; ni menos puede señalarse en qué está la decantada desigualdad; desventaja, o desnivel, voces generales vacías de sentido y de verdad, de que se usa sin pruebas, hechos ni especificación, lo mismo que de las de despotismo, arbitrariedad, tiranía de tres siglos, esclavitud, cadenas, etcétera, etcétera.

En todo el mundo es preciso que haya pobres en número infinitamente mayor que los ricos: así, los hay americanos y europeos; pero ricos en acto y en posibilidad, siempre que no falten las dotes personales necesarias para adquirir y conservar, son incomparablemente más los americanos que los europeos.

Es, pues, fácil sacar la consecuencia, y es fácil conocer la exactitud del raciocinio y objeto del interrogante que se impugna.

Quinto. «Pues siendo todo esto así ¿quien no esté preocupado extrañará que la autoridad y dominio de los unos haya degenerado muchas veces en tirantez y orgullo, y la sumisión y respeto de los otros en timidez, envilecimiento, y en un carácter reservado y difícil de penetrar?»—

Siendo todo esto, según hemos observado, no necesitamos decir más sobre esta última consecuencia al que no esté preocupado.

Los discursos del señor Franco son inexactos, falsos, e inadaptables a su intento; más inadaptables a la justificación de la proposición de que la pintura del señor Bodega no hizo más que copiar a la naturaleza; y mucho más todavía para probar que es una serie de hechos que han pasado por nuestra vista, y que produjeron y fomentaron la bárbara guerra que nos ha asolado.

A lo menos en cuanto pertenece a los europeos, nos toca desmentirla plenamente como una serie de imposturas, que ni siquiera tienen una apariencia de verosimilitud: y creemos que por más favorable que parezca a los americanos, debe también hacer resentir su delicadeza.

47. Desengáñese todo el mundo: los europeos de Nueva España no son de casta distinta de los peninsulares, y de todos los demás hombres, y esto basta para que se conozcan las mentiras del señor Bodega, de sus panegiristas, de los que le han precedido y siguen en el arte de calumniar y engañar: los europeos de Nueva España aunque sujetos a las pasiones que todos los demás hombres, son en general ciudadanos dotados de moralidad y de virtudes cívicas y religiosas.

Sin detenernos en los que se hayan trasplantado por razón de empleos, o hayan tenido alguna carrera anticipada; la educación segunda que tienen aquí aun los de más descuidados principios bajo la dependencia estrecha y censura de unos amos interesados en su ilustración y buena conducta; su continua dedicación al trabajo en que subsisten, y progresan los que tienen fortuna; sus relaciones necesarias de sangre, de familia, de interés, dependencia y política con los americanos, no puede persuadirse a nadie que produzcan unos monstruos cuales pinta esa pluma venenosa e ingrata, ni que provoquen ni motiven un estado de división contrario a su interés y tranquilidad.

En efecto, regístrense el corazón del hombre, y todos los resortes que lo hacen obrar, y no se encontrará cuál pueda impeler a los europeos a la conducta que se les atribuye.

Que lo señalen sino los mismos calumniadores. Que lo combinen con la aserción de la diputación americana de que la cualidad de europeo ha sido hasta ahora la que más ha recomendado a un hombre para con el público o pueblo de América (público dice el impreso), aserción que hace escapar la fuerza irresistible de la verdad y que supone otras cualidades que concilian la estimación o preferencia del pueblo o del público, y de las personas de juicio, que tanto irrita a los que no quieren reconocer los defectos que producen su postergación por sus mismos paisanos.

En ninguna parte se prefiere a nadie, sino por la conveniencia e interés que se encuentra en la preferencia, y mucho menos cuando el preferido tiene en el país émulos que perpetuamente se emplean en desacreditarlo y concitarle aversiones y odios.

Si a lo menos los europeos experimentasen de parte de los americanos una competencia que les perjudicase, en los giros y especulaciones a que se dedican en el comercio, en la minería, en la agricultura, o en la industria, podría haber alguna apariencia de pretexto para hacer verosímil lo que dicen.

Pero sobre no ser posible semejante origen de odio, en un país tan dilatado y abundante en recursos y objetos superabundantes para todos, ellos mismos decantan que no hay tal competencia, siendo éste otro de sus sentimientos, aunque el remedio no dependa sino de ellos propios.

Menos la hay en razón de empleos a que rara vez aspiran los europeos residentes aquí, ni es combinable con la queja de que son preferidos, dándose a los americanos solamente lo que aquellos rehúsan, según el señor Bodega.

De consiguiente por más que se cavile, no se puede señalar tal principio de odio, ni otro que siquiera sea verosímil.

48. Al contrario son muy conocidos y aun confesados los que hay de parte de muchos americanos para el injusto desafecto y odio con que miran a los europeos.

Acabamos de indicar algunos muy poderosos. Por eso dice el citado americano del sur.

"Los europeos, inferiores en número, pero superiores en juicio, en aplicación, laboriosidad, industria y economía, son odiados perseguidos por los criollos.»

Ellos conservan y adquieren los bienes de fortuna a fuerza de un trabajo incesante, de economía y conducta: y como el mayor número subsiste de esta manera en la mediocridad, pero con honor y buena opinión, se les facilitan y multiplican los medios de adquirir. Los americanos que no siguen su ejemplo, o no adquieren, o disipan lo que adquirieron por herencia o por propia industria y trabajo: pierden de consiguiente el crédito: se les escasean los medios honestos, no sólo de progresar, sino de subsistir: quieren sin embargo satisfacer acaso aun las necesidades facticias y los vicios, y claro es que no podrán hacerlo sino por medios ilícitos: no hay necesidad de expresar los resultados.

Ellos, y otros, por sus mayores relaciones en el país donde nacieron, como dice el ciudadano Franco, a quien hemos impugnado, descuidan aquellos objetos que no están en la línea de lo necesario, y se encuentran por ese descuido aun sin lo necesario.

Entonces entran la envidia y la ojeriza contra los que con su conducta opuesta condenan y reprenden su mala versación, y talvez procuran también, como es justo, resguardarse de ella y evitar su propio sacrificio.

De aquí el encarnizamiento contra los europeos, de los americanos viciosos, y de los que no han querido ni quieren trabajar.

Otros imprudentemente se casan y llenan de hijos sin tener oficio ni beneficio, o una renta competente para mantener las obligaciones, cosa que rara vez hace el europeo; y de aquí es preciso que resulte una vida penosa y amarga. ¡Tales son las desventajas, las desigualdades y la superioridad que se lamentan! Y es bien claro que en todo el mundo se han de ver iguales resultados concurriendo las mismas causas, sin que haya otro remedio que su cesación de parte de los quejosos.

Sin embargo, ellos, y aun los que no adolecen de aquellas notas nunca confiesan ni reconocen el verdadero origen de la diferencia de suerte y de las pasiones que produce: inventa su amor propio pretextos que no existen, increpan y hacen recaer toda odiosidad contra los europeos.

49. El anhelo por la independencia demasiado extendido, como confiesan muchos buenos americanos que saben preservarse de este funesto contagio, por convencimiento de que sería la ruina de su patria y de los mismos patronos de ella, y que confiesa también la diputación americana, está en el carácter y propensión del corazón del hombre, cuando el raciocinio, la ilustración imparcial, y la virtud no superan los impulsos de la voluntad, y hallando siempre resistencia en los europeos, es otro manantial fecundo del odio que se les profesa, de que ya está visto que se libertarían, a lo menos de pronto, si entrasen en los planes de los aspirantes a la independencia, como sucedió a Iturrigaray, el europeo más odiado y más digno de serlo.

50. Este anhelo se exaltó en los que lo tenían en el momento que los sucesos de Bayona y de la península presentaron la ocasión de llevarlo a su término, al considerar a la madre patria en imposibilidad de resistirlo con la fuerza.

Pero como la mayor parte de los habitantes del país no tenía semejantes ideas, sino sentimientos acendrados de fidelidad, para llevarlas a efecto era necesario que el gobierno entrase en los planes, y trabajar en la seducción y perversión del pueblo.

Ambos medios se pusieron en planta poderosamente: se frustró el primero cuando se consideraba más adelantado, con el infausto suceso de la prisión de Iturrigaray: y entonces se continuó el segundo con más ardor que nunca, y con feliz éxito, gracias a los gobiernos sucesivos sobre que hemos dicho bastante.

Pero esto no era obra de días ni meses, aun sin las interrupciones que sufrió: necesitaba tiempo y agentes eficaces, y véase aquí por qué se retardó la explosión, y satisfecha la objeción del párrafo 3 de la representación de la diputación americana.

Véase también cómo la antigua antipatía, ineficaz por sí sola para tantos estragos, tuvo nuevos prosélitos, y tomó el carácter feroz y sanguinario que desplegó contra los que se oponían a la independencia, siendo indiferente la observación hecha de que los seducidos no han obrado con relación a ella, o por tal impulso, sino por el de otras pasiones, pues que los efectos eran los mismos para los perseguidores y perseguidos.

Véase cómo en semejante lucha no podía comenzar la agresión de parte de los europeos, sino de la de los conspiradores, como lo ha acreditado la experiencia en Nueva España y habrá sucedido en todas partes, aunque la diputación americana suponga lo contrario, arrostrando con admirable frescura los hechos más notorios, la verosimilitud y el curso de las pasiones humanas.

51. Su representación, confesando el anhelo por la independencia que no se puede ocultar, trata de desfigurar ingeniosamente sus objetos; pero si entonces pudieron escucharse sus razonamientos, no se entiende cómo haya valor para darlos a la prensa, hoy que el horizonte está más claro, y descubiertas las verdaderas intenciones que tuvieron los rebeldes en todas partes, encubriéndolas con pretextos muy falsos indignos de crédito, y bajo sombras y máscaras que alucinasen a los infelices seducidos, y al supremo gobierno para adormecerlo y retraerlo de sostener sus derechos con los auxilios de la fuerza remitida de la península.

Como la imaginación es muy fecunda, sabemos que nada basta para contener sus interminables efugios, cuando no se procede de buena fe.

Sabemos que es imposible recabar la confesión del convencimiento, por más que los hechos y las confesiones de los mismos rebeldes hayan presentado el desengaño sobre el primitivo carácter de las rebeliones.

Pero no por eso es inútil ni se ha de abandonar la defensa propia de las imposturas y calumnias de los que por sistema malicioso, o por equivocación y engaño, se esfuerzan a indemnizar a los delincuentes, y culpar a los inocentes.

La nación y la posteridad tienen también derecho a ser informadas de la verdad.

52. Los europeos constituidos por desgracia en el teatro de tan exaltadas pasiones, en que se calculaba fríamente su exterminio, para remover el obstáculo de los designios mal solapados de independencia, no han podido descuidarse ni equivocarse desde el principio en el conocimiento exacto de todo el fondo de su iniquidad.

Su mayor pecado es el haberlo penetrado, y precavido la consumación de los planes en cuanto estaba de su parte, sin dejarse sorprender con los especiosos pretextos y coloridos con que se encubrían la alevosía y la maldad.

En tan funestas circunstancias, si el sentimiento de su injusta persecución excitaba la indignación, estaba reprimida por la previsión del riesgo que corrían, y por el interés de la propia conservación, para no dar pábulo ni pretexto a más irritación de los ánimos: y ya que no podían prescindir de las medidas únicas que pedían salvarlos y salvar los derechos de la madre patria, es por su naturaleza imposible que en lugar de usar de la moderación y política que sugerían su propia conveniencia, insultasen y provocasen a los americanos, como se les imputa, bastando esta sola reflexión para convencerse de la calumnia, aun cuando no estuviese tan conocida la táctica de inventar pretextos y acriminaciones falsas de agresión contra los europeos para negar o disculpar la rebelión; táctica de que vemos con dolor que no se desiste todavía; pues que ha habido valor de probar de nuevo nuestra paciencia y resignación, imputándonos los males que causa actualmente el escandaloso abuso que se ha hecho de la libertad de imprenta desde su restablecimiento en esta capital, en escritos sediciosos e incendiarios en que se concita de muchos modos a renovar los espantosos desastres de que apenas hemos salido, a la rebelión y a la anarquía.

Para dar mejor idea de esta verdad sin más difusión; tenemos por conveniente copiar bajo el número 104 el artículo comunicado del periódico de esta capital Noticioso general número 760 de 10 de Noviembre, que instruye sobre el particular, sin que nadie se haya atrevido a combatir sus asertos.

Si esto sucede a nuestra presencia: en lo que tenemos a la vista; y a pesar del recelo de que la imputación fuese desmentida inmediatamente, ¿qué deberá esperarse cuando se habla o se escribe sin temor de contradicción, o interesa alucinar y engañar a todo riesgo? Podrá ser que esta perpetua tendencia o propensión de zaherir a los europeos, que se observa en sus detractores, tenga en alguno por origen el error, la preocupación y la falta de examen y critica.

Pero en la mayor parte procede de refinada envidia, malignidad, encono y deseo de quitar de en medio a tan rígidos observadores.

¿Cómo pudieran desconocer de otra suerte que los europeos son los agentes más eficaces de la prosperidad de las Américas en la agricultura, en la minería, en el comercio y en la industria?.

"En eterno abandono yacerían las ricas minas de América, dice el patricio del sur, si el genio activo y emprendedor de los europeos no acometiera empresas muchas veces ruinosas a sus intereses.»

Y esto supuesto ¿cómo se puede hallar de buena fe un motivo justo de odio y de la persecución que experimentan?

¿En qué otro país del mundo se aborrece a tales ciudadanos por los mismos que heredan el fruto de sus sudores, fatigas y anhelos?

53. Semejantes son también los ataques contra el supuesto mal gobierno y las declamaciones de opresión, despotismo, tiranía, esclavitud y cadenas de tres siglos, con que en cada papel y en cada página de los más de nuestros escritores modernos se pretenden justificar las sediciones, y promover otras nuevas.

Por lo que a nosotros toca hemos observado ya cuan sospechosas deben parecer en la pluma de los defensores y encomiadores de Iturrigaray; de los que se esfuerzan a echar un velo impenetrable a su gobierno, el más corrompido y detestado de cuantos ha habido en los tres siglos; de los enemigos eternos de los que felizmente osaron separarlo del mando de este reino: y en efecto no es fácil combinar la buena fe y la sinceridad de su acalorado celo.

No queremos sin embargo decir que el gobierno de las Américas haya sido tan absolutamente perfecto, que no haya nada más que desear.

Basta que sean hombres los gobernadores y magistrados para que no se espere tal perfección.

Defectos ha habido y habrá en todo el mundo, y bajo cualquier mando y sistema: se multiplicaron, si se quiere, en la larga duración de la privanza del inmoral Godoy, en que presidía la corrupción en el nombramiento de los funcionarios públicos.

Pero entonces y siempre no ha habido en el mundo un país en que se haya disfrutado de más libertad y prosperidad. La paz de tres siglos, mientras la Europa ha ardido en guerras devastadoras debía bastar para el eterno agradecimiento a la nación protectora.

Ella ha hecho en las Américas en tres siglos las mejoras de tres mil años, como dice el citado americano del sur. Las leyes con que las ha gobernado son el objeto de la admiración y aplauso aun de los extranjeros.

Ellos también confiesan el auge en que las había puesto la España y se hallaban al tiempo de la insurrección. El barón de Humbolt les ha dado últimamente, como testigo ocular y observador, desengaños apreciables.

Los que habitamos estos países, si procedemos de buena fe, no necesitamos de otro testimonio que el de nuestros sentidos para confesar cuanto dicen el señor Calleja en su manifiesto, y el americano del sur varias veces citado.

La prosperidad, la abundancia, la seguridad y la holganza han sido nuestra suerte, mientras el género humano gemía bajo las contribuciones y la miseria, y la espada devastadora de la guerra. La tranquilidad interior que los desnaturalizados hijos de la España ponderan y quieren atribuirse a sí mismos exclusivamente, como efecto de su lealtad y virtudes, es la mejor prueba de la injusticia de sus detracciones.

No tratamos de defraudar nada a la lealtad americana; pero no podemos dejar de reprobar altamente la ingratitud de los que desconocen el verdadero origen de aquellos inapreciables bienes. Nos complacemos sobremanera en la conducta fiel de las Américas durante la guerra de sucesión, en que combatían las casas de Austria y Borbón, con resolución de seguir la misma suerte que la España.

Pero «¿sería creíble, pregunta el americano del sur, esta adhesión firmísima de tantos millones de hombres esparcidos en tan vastas regiones, si la España las dominara con cetro de yerro? A ser cierto el sistema de opresión, de tiranía, y crueldades, cabe en el orden moral con que se rige el género humano, que vasallos tan vejados desaprovecharan la más lisonjera coyuntura de quebrantar su yugo? A no contar con una legislación sabia, con un gobierno benéfico, sería un visible milagro de la omnipotencia la conservación en paz por tres siglos de tan varias y dilatadas regiones defendidas por un corto número de soldados o más bien entregadas a sí mismas.

Este hecho visible es en mi juicio la más victoriosa apología del gobierno español....(¿Qué dijera este autor, si hubiese presenciado como nosotros, los últimos días de julio y siguiente agosto de 1808 en México y en las provincias; y los excelentes sentimientos de fidelidad y entusiasmo que manifestó la generalidad del pueblo de Nueva España, al saber el levantamiento de la península contra los franceses?) «Pues a esa dominación maldicen unos nuevos ferocísimos habitadores descendientes de aquellos sus afortunados abuelos, y que por un rabioso furor revolucionario se han empeñado en derramar sobre el suelo americano el vino de la ira, del furor del Omnipotente; es decir la sedición armada, y con ella todas las calamidades de la guerra de Europa, a título de emular su civilización y cultura.»

54. Ha habido, es verdad, virreyes malos, entre ellos el peor ese Iturrigaray a quien tanto aman los rebeldes y sus secuaces.

Pero son muchos más sin comparación los buenos. No acertaré yo a ponderar, dice el mismo americano, y dice verdad, la delicadeza y pulso con que procedían nuestros monarcas para mandar virreyes a América: es por ventura la elección que más meditan y en la que nada pueden las intrigas de los cortesanos.

Por eso han ocupado siempre estos destinos los hombres más íntegros y eminentes de la monarquía. No se nos cite un ejemplar infausto de época bien reciente (el de Iturrigaray): los clamores de la península escandalizada, y los de la América demuestran que ni americanos ni los europeos, estábamos habituados a ver tales monstruosidades.» Está bien seguro de que citen ese ejemplar nuestros rebeldes vergonzantes: jamás se ven en sus escritos más que encomios o memorias fúnebres de su infausta prisión: las imprecaciones se quedan para los virreyes que no tienen sus méritos, y por eso son visires, Calígulas, Nerones, Cayos Marios etcétera, etcétera.

Lo bueno es que quedan muy satisfechos con nombres, sin cuidarse de las realidades.

55. Son muy contados los virreyes que han olvidado sus deberes. Los demás han desempeñado este importante cargo con la dignidad que exige, con arreglo a las leyes, y con una autoridad contrapesada en la sabia legislación indiana, y refrenada para impedir sus abusos, con la de las audiencias en la administración de justicia y aun en el gobierno, como también observa el americano del sur.

Ha habido, hay y habrá magistrados y jueces de primera instancia malos, americanos y europeos; y lo mismo sucede en los curas (casi todos americanos) que tanto influyen en la felicidad o desventura de los pueblos. Pero ¿a dónde iremos, y qué parte del género humano ha estado y estará libre de tales plagas, por buenas que sean las leyes y las intenciones del gobierno? ¿Quién podrá persuadirse que habrá en el mundo constitución ni gobierno que pueda evitar del todo los abusos y prevaricaciones de la humana miseria? Convengamos en que nuestra actual constitución y gobierno disminuirá su número; pero no hay razón para que los americanos declamen tanto sobre la suerte que les ha cabido en la materia.

Son infinitamente mayores los padecimientos de sus hermanos de España y los europeos residentes en América son sin duda los que, como observa también el americano del sur, han sufrido más de las debilidades y corrupción de los funcionarios públicos, sin embargo de lo cual de nada se acuerdan, ni aspiran más que a participar de los beneficios del nuevo sistema. ¿Qué otra nación del universo, dice el americano del sur, ha fomentado en sus colonias más ahincadamente la educación e instrucción pública.

Nueve universidades establecidas en las Américas, seminarios, colegios, escuelas de matemáticas, de astronomía, de náutica y minería, y mil y mil otros establecimientos científicos, y fundaciones piadosas, debidas al celo de prelados y ricos europeos contradicen las acusaciones torpísimas. Y vamos al compás de la nación ....

México y Lima rivalizaban con la misma capital de la metrópoli....» Él mismo pondera la admirable conducta de las leyes y del gobierno respecto de los indios: y concluye en que el indio en su clase es el ser más dichoso y feliz, y que no podrá mostrarse alguna provincia, cuya plebe pueda entrar con él en paralelo de protección y ventajas.

Se asombra, dice, apenas puede creerse que españoles americanos, hijos de españoles, los herederos del óptimo fruto de sus fatigas, sean los manifestadores de portentosas patrañas.

Las naciones cultas saben por experiencia el crédito que se merecen países revolucionados contra sus legítimos soberanos, al quejarse de crueldades y males tratamientos de la potencia dominadora.»

56. No puede lamentarse bastante este espíritu de detracción y calumnia con que escritores americanos no cesan de fomentar el descontento, la desesperación, la insubordinación, y todas las pasiones feroces de la multitud. ¡insensatos!

¿A qué aspiráis? En vano os cubriréis con la máscara del amor a la patria. Vosotros no tenéis más sentimiento que el de vuestras miserables pasiones.

Queréis ensalzaros por el camino de los crímenes, ya que no sabéis seguir el de la virtud y el mérito. Queréis alimentaros de la sangre, destrucción y despojos de vuestros hermanos.

Queréis progresar en las revoluciones y en la anarquía. Pero sabed que la historia y la experiencia nunca desmentida, enseñan que los motores de ellas son siempre víctimas de su mismo furor revolucionario, aún en el caso mas lisonjero para ellos de haber logrado sus perversos intentos de conmover y precipitar al pueblo.

Sabed también que todos los hombres de juicio detestan vuestros designios de independencia de la península, porque prevén que aun dado caso que sin oposición alguna se os abandonase a vuestro propio consejo, el resultado sería la anarquía, la total destrucción de su patria, y hacerla presa y esclava, de la primera potencia europea que quisiese ocuparla. Recorred todas las Américas; contemplad su estado actual y el que han tenido en todo el tiempo de la revolución, y adquiriréis un desengaño saludable.

«¡Crear un Estado! exclama el americano del sur. No conocen por cierto el nuevo mundo los que se imaginan fácil esta empresa.. ..europeos, criollos, indígenas, negros esclavos, o libertos, multitud de diversas castas nacidas de todas estas diferentes razas forman la población de las Américas.

Pero ¡y qué contradicción de intereses! ¡que rivalidades, inveterados odios, y tan inalterables como las mismas diferencias físicas de sus colores! Los europeos odiados y perseguidos de los criollos.

Éstos verdaderos promotores de la rebelión, como que ella sin trabajo los enriquece y ensalza, son a su vez odiados de los indígenas y de todas las castas por ellos tratadas con desdén y sobrecejo despreciativo.... arrastran en pos de sí a una gran muchedumbre de incautos indios y castas; lisonjean, adulan, se pliegan, se insinúan y embaucan; mas no por eso dejan de ser detestados por los castas... .

¿Quién será, pues, el hombre que amalgame y concilie en una constitución tantos y tan contrarios elementos, y que acierte a fijar un gobierno capaz de interesar, de hacerse amar y respetar de tantas clases o diferentes y encontradas naciones? ¿Cuál el genio divino que en medio de aquel caos de ignorancia y de errores, de semicultura y semibarbarie, de ferocidad y de enervamiento, de facciones y de partidos políticos, produzca la luz social y cree en un momento la antorcha de la ciencia administrativa que iluminó al Nuevo Mundo? ¡Sueños! ¡delirios! de unos cuatro letraduelos que repitiendo las grandes frases de los filósofos, fascinan a los infelices americanos!»

57. Así hablaba en el año de 18 respecto de los congresistas de Buenos Aires. Hablaba un sujeto tan imparcial y sincero, que empieza su discurso diciendo.

«Como americano adolecí un tiempo de la manía o sueño de independencia; y ¿cuál es el americano a quien no haya aquejado la misma dolencia? Pero testigo por espacio de cinco años de la farsa revolucionaria de Buenos Aires, farsa a la verdad menos trágica y sangrienta que las de Caracas, Nueva España y Santa Fe, pero fecunda también en crímenes, en delitos, en facciones demagógicas, en asesinatos, vejaciones y odios implacables contra todo español, contra todo americano honrado y pacato, abjuré por convencimiento mis errores, y no sin vergüenza de haber sido el juguete de tantos y tan variados efímeros gobiernos que sucediéndose a impulso de las facciones acaudilladas por insignes malvados, aceleraban por momentos la total ruina de mi patria.» Hablaba de una parte de la América, cuya sensatez se ha decantado en la revolución, anunciando que «no había podido constituirse bien ni mal, ni adelantar un paso a este fin en siete años, ni había que esperarlo en lo sucesivo.»

¿Qué dirá ahora que aquel desgraciado país se halla según las últimas noticias entregado a todos los horrores de la anarquía, a gobiernos que se mudan todos los días, que se proscriben, y derraman torrentes de sangre de todos los partidos?21 Entonces, copiando las quejas de un escritor insurgente de diciembre de 1812 exclama «¡En esto han parado los alegres cálculos, las teorías brillantes, y las locas esperanzas de mis paisanos, tan francos con el extranjero, y tan inexorables con el español europeo! ¡En ser unos mirones de la felicidad ultramarina extranjera!» ¿Que será ahora que ni para el extranjero ha quedado más que llanto y desolación?

58. El doctor don Luis Quijano abogado de Quito y secretario que fue del gobierno revolucionario, pocos días antes de su fallecimiento, sucedido en 28 de abril de 1813, y hallándose ya bien enfermo y previendo su próxima muerte, se lamentaba de los extravíos de los americanos; comparaba la libertad, la paz, la prosperidad y felicidad que disfrutaron por tres siglos bajo la dependencia de la península y su suave gobierno con el estado actual; y concluyo diciendo «desengañémonos, humillémonos, y confesamos de buena fe que no hemos conocido la quietud interior, el buen orden, ni la verdadera felicidad en nuestro gobierno patricio y liberal: solamente hemos sido esclavos miserables de nuestras erradas opiniones y caprichos, y en ningún tiempo se ha gozado de menos libertad privada y pública que en la de la pretendida independencia, voz sonora y equívoca que obra en contradicción de su significado, siendo realmente el manantial de todas las desgracias públicas.»

¡Desgraciada la Nueva España si no escarmienta en cabeza ajena, ni le bastan las costosas lecciones prácticas que ha recibido en la funesta revolución que ha destruido los manantiales de la felicidad pública!

México 15 de diciembre de 1820.

Fuente:

J. E. Hernández y Dávalos. Historia de la Guerra de Independencia de México. Seis tomos. Primera edición 1877, José M. Sandoval, impresor. Edición facsimilar 1985. Instituto Nacional de Estudios Históricos de la Revolución Mexicana. Comisión Nacional para las Celebraciones del 175 Aniversario de la Independencia Nacional y 75 Aniversario de la Revolución Mexicana. Edición 2007. Universidad Nacional Autónoma de México.

Versión digitalizada por la UNAM: http://www.pim.unam.mx/catalogos/juanhdzc.html

Notas de J. E. Hernández y Dávalos:

Nota 1: Servil, y servilismo en el idioma de ese fanático escritor y de otros, es la conducta de todo europeo y americano fiel que está en contradicción con sus ideas revolucionarias y de independencia, invocando la constitución que atacan en sus fundamentos, y al rey de cuya obediencia pretenden sustraerse.

Equivale al apodo de chaquetas con que han honrado los rebeldes a los americanos leales y a los adictos a la buena causa son alusión al uniforme de chaqueta que vistieron las compañías de patriotas compuestas de americanos y europeos que se formaron en seguida de la prisión de Iturrigaray, e hicieron el importante servicio que se necesitó hasta que la capital tuvo guarnición competente.

De consiguiente, no hay necesidad de expresar lo que quieren decir con la palabra liberales según su peculiar acepción, que solamente necesita comentarios para los que no reflexionan sobre sus producciones.

Nota 2: Lo que el reverendo padre Bringas había visto en esta línea, cuando escribía, aún era poco. Posteriormente se convirtió en sistema quemar y arruinar las fincas rústicas, derribando con barretas lo que perdonaba el fuego.

Pero mucho más de lo que nosotros podríamos decir de esta barbarie, se verá con asombro en el documento número 37 del manifiesto del señor Calleja, citado en su párrafo 55 que habíamos omitido poner en su lugar, y que ahora tenemos por conveniente dar a luz con el número 103.

Nota 3: “Computándose los capitales reales y ficticios de la Nueva España en tres mil millones de pesos, deben pasar los de nuestras colonias de siete mil quinientos millones... ¿Hay quien ignore que su mayor parte se halla en los diez millones de indígenas, a razón de 685 uno con otro o 34 por 100 de útil anuales? ¿Hay quien ignore que entre los cincuenta mil (europeos) avecindados no paran ni setecientos cincuenta millones, décima parte, aun considerando quince mil pesos por cabeza, o setecientos cincuenta de lucro anual? ¿Hay quien ignore que nuestros trabajos fructíferos se poseen y emplean por la familia criolla, en la cual parecemos vigilantes esclavos de su bienestar? Se observa la misma proporción en los beneficios del Estado.

De treinta millones de sueldos y pensiones, y de cuarenta millones eclesiásticos no cabrá a los forasteros otro diezmo, gozándose sesenta millones por la tribu ingrata.”

Nota 4: “Arengando en las cortes dijo el señor I... La nación ha experimentado el amor y liberalidad de las Américas en el inmenso raudal de oro y plata que ha corrido para la península desde el año de 1790 acá.

Y el inmenso raudal de oro y plata son nueve millones que por rentas, donativos y préstamos vierten las posesiones ultramarinas en el erario metropolitano, de cuya cantidad debe deducirse el valor de los azogues, naipes, tabaco y papel de que las surte la España, los derechos y costos del dinero, las asistencias y pensiones de empleados, y las quiebras de varios años por consumos extraordinarios del país, de modo que depurada la cuenta, llegarán netamente a la matriz siete millones.

¿Qué estimulación ha formado el señor I... de las expensas de la madre patria en la administración, custodia y paz de las Indias? Aquel producto ruin, pero cacareado, ¿retribuye acaso la multiplicación progresiva de las fuerzas marítimas y terrestres, los dispendios de las guerras suscitadas por su libertad, los menoscabos de la emigración, los gastos del gobierno, y las atenciones que las colonias reciben? No puede oírse sin pena el concepto de algunos criollos sobre su inmenso raudal de oro y plata, al advertir que cualquiera provincia de España, una sola ciudad rinde más al Estado con menos ruido y gravamen.

Los diversos donativos y empréstitos de las dos Américas para la nación madre en los veintidós años que median desde 1790 acá [1812] es bien seguro que no corresponden en su totalidad al uno y medio por ciento de los capitales reales y ficticios de estas tierras; es decir, que en dicha época no han ofrecido uno y medio por ciento de lo que poseen.

La Nueva España, más rica y liberal que las demás gobernaciones, ha remitido dieciocho millones de pesos por préstamo y don, la mayor parte e interés, y diez millones por las empresas de consolidación; pero ascendiendo sus bienes e industria al principal figurado de dos mil millones de pesos, cuyo uno y medio por ciento sube a treinta millones, es claro que veintiocho millones donados, prestados y arrancados, no alcanzan a aquel miserable cupo.

¡Cuánto uno y medio por ciento se habrán donado, prestado y arrancado en la península, durante los mismos veintidós años!

Nota 5: La historia de lo pasado es para los hombres cuerdos lección y aviso de lo venidero.

La revolución de Nueva España abunda en documentos semejantes, sin embargo de los motivos especiales que tenían los rebeldes para la unión, en la resistencia y triunfos de los defensores de la buena causa, por lo cual lo sucedido no es más que una sombra de lo que sucedería cesando aquella poderosa causa de unión.

Sin embargo de esto conviene no perder de vista tales documentos; y ya que no es posible presentarlos todos, nos ha parecido oportuno dar a luz a lo menos con el número 105 el citado en el párrafo 37 del manifiesto del señor Calleja con el número 27, y a él nos remitimos.