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Siglo XIX > 1820-1829 > 1820

El doctor San Martín forma y remite a Bustamante la relación de sus servicios.
Apróx. diciembre de 1820.

Relación de la conducta patriótica del ciudadano doctor José de San Martín, canónigo doctoral de la santa iglesia catedral de Oaxaca.

Cuando la prisión de Fernando 7º (séptimo) en Bayona tuvo la ligereza de decir delante de un gran concurso que este es el tiempo propio en que la América debe reclamar su independencia.

A pocos meses después en el mismo año de diez fueron a Oaxaca López, y su compañero Armenia, vecinos de la cofradía del Cacalote en la provincia de Valladolid.

Iban enviados por el señor Hidalgo para trabajar en que la provincia de Oaxaca se le reuniera y con orden de que siendo el jefe americano podían descubrirle el plan que llevaban así lo hicieron con el intendente don José Lazo Macarino, y éste, aunque tenía buenos sentimientos patrióticos por temor, o quién sabe por qué causa entregó todos los papeles que había recibido a el sanguinario europeo asesor doctor y maestro don Antonio Izquierdo.

Fueron sentenciados a muerte aquellos dos buenos patriotas.

Los asistieron y auxiliaron en la capilla el doctor San Martín, y fray Bernardino Galindo comendador de la Merced y ambos no pudieron contenerse; ambos derramaron lágrimas arrancadas de sus ojos por el patriotismo, y esto bastó para que los hubieran tenido por insurgentes.

Al padre Galindo lo remitieron a México y lo costó mucho trabajo el libertarse por unas lágrimas que estaban disculpadas con la misma humanidad.

Con el doctor San Martín usaron de distinta manera ese tenía mucho ascendiente en el pueblo; el regimiento provincial estaba incompleto y con este protestó el comandante don Bernardino Bonavía de acuerdo con el obispo don Antonio Bergosa le propusieron al virrey Venegas (sin que el doctor San Martín lo supiera) que lo nombraran comandante del cuerpo eclesiástico militar, y de ello a vuelta de correo recibió el doctor San Martín con sorpresa el título de teniente coronel y el despacho de comandante para el cuerpo que levantara.

Este fue un gran compromiso.

Si no admitía, lo tenían por insurgente y quién sabe cuál hubiera sido su suerte; se resolvió a admitir el segundo extremo porque conoció que de este modo podía servir de algún modo a su patria y libertarse de las marejadas de un mar enfurecido.

Siendo ya teniente coronel le mandó el virrey que auxiliara con doscientos hombres al sanguinario Régules para el sitio de Huajuapan.

Emprendió su marcha y en el pueblo de Tepozcolula (de lo que hay muchos testigos oculares) consiguió libertar como a sesenta infelices a quienes Régules iba a fusilar.

Llegó la división militar al sitio de Huajuapan, y allí libertó del suplicio el doctor San Martín como a otros diez prisioneros, y tuvo la fortuna de que antes que el señor Morelos auxiliara al incomparable Trujano y derrotara a los sitiadores realistas; lo hubiera nombrado el teniente general don Antonio González Sarabia para comandante de la plaza de Nanhuitlan.

Estando allí aconteció la toma de Huajuapan por el señor Morelos, en cuya acción murieron más de quinientos realistas; se fugaron como trescientos; los restantes fueron hechos prisioneros y conducidos a Zacatula y Techan.

Allí murió el infame y detestable criollo Juan Antonio Caldelas teniente coronel en la costa del Sur y ahijadito de Bonavía.

Régules con Esperón y otros oficiales que salvaron por sus buenos caballos y por su conocimiento práctico de los caminos, llegaron en la tarde del día siguiente al pueblo de Nanhuitlán.

Régules aunque era comandante general de las Mixtecas no quiso tomar el mando.

El doctor San Martín hizo los reclamos correspondientes con arreglo a ordenanza y que hubiera junta de oficiales para que decidiera el punto.

Se resolvió en su contra y le dejaron el mando de las armas, y entonces congregó nueva junta para que se resolviera si se había de abandonar la plaza sin dar cuenta primero al teniente general por estar cerca el señor Morelos con fuerza superior.

¿Qué se haría con más de cien hombres que por sospecha de insurgentes estaban en la cárcel?

¿Y qué se haría con más de sesenta heridos y enfermos que estaban en otra casa?

Sobre lo primero se resolvió que se abandonara la plaza y los otros dos que se dejara a la resolución del comandante San Martín.

Éste conociendo que aquellos presos la mayor parte eran inocentes; que otros tenían contra sí unas ligerísimas sospechas y que no tenía tropa para custodiarlos determinó ponerlos en libertad.

Antes de hacerlo pasó al hospital solicitó indios para que en camillas condujeran los enfermos a Oaxaca y no habiéndolos encontrado porque todos se habían refugiado a los montes; les dijo a los presos que los ponía en libertad si llevaban a todos los heridos hasta Oaxaca.

Al punto admitieron este partido; cortaron madera, hicieron camillas y condujeron a los enfermos hasta la ciudad; mas allí el terrible y monstruoso doctor y ministro don Antonio Izquierdo se resistió a que se cumpliese la palabra que el doctor San Martín les había dado a todos estos infelices; el doctor San Martín hizo dos representaciones pero no pudo impedir que el doctor Izquierdo los hubiera puesto en la cárcel.

Después de este acontecimiento se quedó ya el doctor San Martín en Oaxaca, disciplinando su tropa, y teniendo con los oficiales en tres días a la semana una academia militar sobre ordenanzas y etcétera.

En el día en que el señor Morelos se acercó a Oaxaca, el doctor San Martín estaba ejerciendo, las funciones de jefe de día.

Cuando comenzó el tiroteo los canónigos estaban disponiendo para ir al convento de San Juan de Dios lugar en que se celebró la primera misa en Oaxaca el día 25 de noviembre dedicado a Santa Catarina Mártir.

¡Qué casualidad en el mismo día en que los gachupines se hicieron dueños de Oaxaca en el tiempo de su inicua conquista, la reconquistó el inmortal Morelos!

Lejos entonces de salir procesionalmente se juntaron en cabildo y resolvieron que de su propio bolsillo se le distribuyeran mil pesos a los soldados que estaban en los parapetos ofreciéndoles para después más cantidad según el valor que manifestaran.

El doctor don Jacinto Moreno y Baso actual arcediano de aquella iglesia fue comisionado para esta operación.

A mi presencia hizo la distribución del dinero.

Tres días antes de esto se había fugado el señor Bergosa por el rumbo de Tehuantepec para irse por Villahermosa e irse por Veracruz como lo hizo su abominable y detestable secretario Miguel Casimiro de Horta a pesar de las diligencias que practicó para alcanzarlos el coronel García Cano comisionado para el efecto por el señor Morelos.

El doctor San Martín se presentó al señor Morelos; éste en los tres primeros días desconfió de su sinceridad; pero ya después quedó convencido de su patriotismo así por varios informes, como por sus operaciones.

El doctor San Martín dirigió los arcos triunfales, los jeroglíficos, y trabajó en los lemas, y las inscripciones que en ellos se pusieron así en los cuatro ángulos de la plaza como en la puerta de la catedral.

Predicó el sermón de nuestra señora de Guadalupe en la función que en acción de gracias por su entrada, le hizo el señor Morelos en el convento de religiosos betlemitas, y en el convento de Santo Domingo predicó el sermón de las banderas de un batallón que crió el mismo general.

En el intermedio hasta la salida del señor Morelos hubo algunas cosas particulares que no se refieren por no tener parte en ellas el doctor San Martín, y sólo se van a referir dos en que tuvo algún conocimiento aunque ligero.

El licenciado Ramos Villalobos, actual oficial mayor de la Secretaría de Relaciones se apareció en Oaxaca repentinamente haciendo el papel de insurgente bajo la protección de don José María Murguía a quien el señor Morelos había hecho intendente.

Pocos días después ya se desconfió de Ramos; lo puso preso en un cuartel el señor Morelos y comisionó al exministro Herrera para que le formara causa.

Éste entonces ponderó la gravedad de su delito pero después por ciertos resortes se templó el calor de su patriotismo, y su causa se fue embromando hasta que los gachupines volvieron a entrar en Oaxaca y el delito de Ramos no sólo quedó impune, sino que se le borraron tanto las manchas a Ramos que sin interés alguno sino que voluntariamente le dio el destino que actualmente tiene.

El segundo pasaje es el de fray Manuel de la Cruz religioso carmelita; este hombre muy tonto y muy cándido; muy fanático y muy irracional confesaba a un pobre hombre de una accesoria que era compañero suyo en la brutalidad.

En el confesionario le dio el dictamen para que convidara insurgentes a comer y allí mismo los matara, y de facto de uno en uno allí mismo mató, 11 y los enterró en su accesoria; de esta causa conoció el ex ministro Herrera y después el doctor San Martín; mas con la entrada de los realistas en Oaxaca todo se quedó sin concluir.

A principio del año 13 el general Matamoros le pasó oficio al doctor San Martín diciéndole que de orden del señor Morelos pasara a Chilpancingo, y que para esto de su misma renta pidiera mil pesos al cabildo de su catedral se cumplió todo esto, y a pocos días de llegado a Chilpancingo le quitó el señor Morelos al doctor Velasco la vicaría general castrense y se la dio al doctor San Martín, quien la desempeñó procurando restablecer el orden en lo posible y solicitando principalmente que se pusiera ministro eclesiástico en las numerosas rancherías que hay en la Sierra Madre, donde por a falta de aquel auxilio hay gentes hasta de quince o veinte años que no se han bautizado.

Luego que aconteció la derrota de Valladolid comisionó el Congreso de Chilpancingo al excelentísimo señor Rayón y al doctor San Martín para que pasaran a Oaxaca y procuraran sostener aquella provincia.

Lo ejecutaron, y el señor Rayón se quedó en sus fronteras fortaleciéndose en el pueblo de Huajuapan, y el doctor San Martín se pasó a Oaxaca desde donde socorrió en cinco meses con más de sesenta zurrones de grana; con ocho o diez mil pesos en reales; con mucha remonta y varias armas de fuego y blancas.

Publicó bandos para que los insurgentes no saquearan ni perjudicaran a los vecinos como lo estaban ejecutando; tomó varias providencias para que el gobierno no estuviera paralizado; procuró encender el entusiasmo patriótico que se hallaba extinguido; levantó tropas y levantó dos fortines en un estrecho del camino de la Mixteca.

En aquellos mismos días llegó el doctor Velasco a Oaxaca, e imprimió un papel que fijó en las esquinas asegurando que el doctor San Martín había pedido al señor Morelos el destierro de los canónigos don Ignacio Vasconcelos y don Jacinto Moreno y Bazo.

Es falso que el doctor San Martín hubiera hecho esta instancia; pero el destierro de aquellos dos canónigos fue útil, porque ellos eran los primeros enemigos de nuestra gloriosa revolución; los ignorantes los escuchaban como a un oráculo; los europeos tenían por su caudillo a Moreno; los religiosos miraban a Vasconcelos como un profeta divino, y todos los medio ilustrados se alucinaban con las razones de entrambos.

Todo esto le causó gran perjuicio al doctor San Martín en la entrada de los realistas.

El doctor Velasco hombre inquieto y ambicioso de dinero para disiparlo en sus… causó mil vejaciones en ese tiempo a toda la ciudad.

Se quejaron contra él al señor Rayón el Ayuntamiento, el cabildo eclesiástico, el comercio, el comandante de las armas y el mismo doctor San Martín.

El señor Rayón dio orden a este para que lo aprehendiera y se lo remitiera a Huajuapan.

Noticioso de esto el doctor Velasco trató unido con el subdiácono Ordoño de asesinar al doctor San Martín, y para realizarlo le dio un baile; mas como éste no ignoraba las asechanzas de Velasco, asistió al convite, y asistió con todas las precauciones que impidió las perversas intenciones de Velasco.

En la noche del día, siguiente emprendió el doctor San Martín prender al doctor Velasco.

Este lo supo por el gobernador el padre Moctezuma, y Velasco dispuso más de cuarenta hombres para resistir a los que le fueran a aprender.

El doctor San Martín que no tenía noticia de esto mandó una patrulla doble para que sorprendieran a Velasco en la casa de juego.

Al acercarse la patrulla le hicieron fuego los hombres dispuestos por Velasco y él se puso a la cabeza.

El valiente Mongoy que mandaba la patrulla con sable en mano se fue sobre Velasco, lo desarmó, e hizo rendir las armas a todos sus cómplices, le intimó la prisión, y lo condujo a la torrecilla de Santo Domingo.

El doctor San Martín que estaba a caballo y presenció todo esto, seguía la comitiva a poca distancia acompañado de un asistente que se apellidaba España a quien con los tiros se le alborotó el caballo.

Y el doctor San Martín le gritaba detente España.

En ese mismo acto llegaba la patrulla comandada por Elías inglés del norte, y como preguntó quién vive, y oyó la voz España, le iba a hacer fuego, hasta que por un accidente conoció que era el doctor San Martín.

Como a los tres o cuatro minutos le salieron al encuentro al doctor San Martín dos hombres a caballo y con los sables desnudos; le dijeron que eran soldados, y les reconvino que si no había dado orden para que ninguno saliera del cuartel; a ese tiempo el uno hizo ademán de tirarle con el sable, pero la viveza de ambos caballos y una pistola, que llevaba en la mano el doctor San Martín impidieron que ni uno ni otro se hicieran daño.

Continuaron aquellos su camino a medio galope, y a pocos pasos encontraron con la patrulla de Elías; éste les gritó que se detuvieran, y como no obedecieron les hizo fuego, y una bala atravesó a uno de parte a parte.

A pocos días de este acontecimiento se tuvo noticia de la aproximación de los realistas; el entusiasmo del pueblo a favor de ellos era extraordinario; la deserción de nuestras tropas fue numerosa; el comandante Rocha después de una ridícula junta de oficiales determinó el abandono de la ciudad, y de nada valieron las razones del doctor San Martín, porque las maniobras secretas del intendente don José María Murguía, del cura don Manuel Mejía, del cura actual de Acayucan don N. Rivero, y del comerciante don marido de la señora Rivas todo lo tenían minado a favor de los gachupines.

El doctor San Martín entonces se fugó para el pueblo de Tlalistac donde lo acogió perfectamente su cura el sabio benemérito americano don José Victoriano Baños.

En el día siguiente entró a Oaxaca sin tirar un tiro el comandante don Melchor Álvarez con una numerosa división compuesta de los de Lovera y Asturias, y en el río del Marquesado lo recibieron muchas señoras de Oaxaca vestidas de túnica blanco y con los pies descalzos, distinguiéndose entre todas las Morales (hermanas del actual gobernador) y las Rodríguez hijas de un europeo Ayamontino.

En la puerta que llaman de la Soledad recibieron al señor Álvarez el cabildo eclesiástico, el Ayuntamiento y allí mismo se descubrió el gran patriotismo del intendente don José María Murguía.

Entregó éste al señor Álvarez en aquel propio acto el bastón de intendente después de haberle arengado con las expresiones más lisonjeras al gobierno español.

Los recibió el señor Álvarez y se lo devolvió diciéndole que el gobierno español estaba muy satisfecho de su conducta.

Entró el señor Álvarez en triunfo en Oaxaca; se le dio un gran banquete que había dispuesto y preparado ocultamente el intendente Murguía; en la misma mesa brindaron los europeos a la salud del doctor San Martín diciendo todos a una voz viva el señor lectoral nuestro padre y protector.

Esta expresión fue sincera porque el doctor San Martín defendió sus personas y propiedades.

Con este antecedente y con lo que varios amigos habían hablado a su favor al señor Álvarez no tuvo inconveniente de venir de Clalixtaca y presentársele; más tuvo la desgracia que el día siguiente tuvo una desavenencia con el europeo don Jerónimo Estévez y en el calor de la disputa le dijo que no creyera que porque habían entrado los gachupines se había de abatir ni dejar que le jugaran las barbas.

Inmediatamente supo el señor Álvarez todo lo que había pasado y arrestó al doctor San Martín en el convento de Santo Domingo; allí sólo hizo cargo de la disputa con Estévez; de las cantidades que le había remitido al señor Rayón; de un uniforme que estaba haciendo para este general; y mandó fijar unos rotulones en las esquinas para que todos pidieran lo que se les antojase contra el doctor San Martín; pero no hubo quién judicialmente lo hubiera hecho; solamente en lo extrajudicial lo ejecutaron el europeo don Jacinto Bazo, a quien su conducta antiamericana le valió en el serenato que actualmente sirve, el cura Zomiera el actual penitenciario don Francisco Ramírez, el canónigo europeo don Francisco Sarralde, y el padre Goitia, pero ninguno de estos tuvo valor para firmar sus asertos porque tenían contra sí el pueblo alto y bajo y porque conocían que el doctor San Martín tenía entereza para confundirlos y avergonzarlos como verdaderos eguililistas, principalmente el doctor Moreno y Bazo que aduló extraordinariamente al señor Morelos que comía y cenaba con él y le acompañaba en su coche.

A pocos días de esta prisión remitió el señor Álvarez al doctor San Martín a Puebla en el convoy que condujo el europeo teniente coronel Márquez que se fue a España.

Este jefe trató muy bien al doctor San Martín y lo entregó en Puebla al comandante Márquez Donallo quien lo puso en entera libertad lo mismo que al doctor Velasco.

La conducta desarreglada de este canónigo colegial hizo que el comandante Díaz Ortega primer jefe entonces de las armas de aquella provincia hubiera puesto arrestado en el convento de San Agustín al doctor Velasco y al doctor San Martín en el Colegio Carolino; mas a éste se le dijo por conducto del ilustrísimo señor Arancibia que bien podía entrar y salir con tal prudencia y moderación.

En este tiempo se comenzó a formarle causa al doctor San Martín nombrando a un capitán y al secretario del cabildo el eclesiástico don M. Nava contraviniendo en este nombramiento a las leyes de la materia, se le tomó su declaración preparatoria, y sin estar formada ni substanciada la causa decreto el virrey Apodaca su destierro a Puerto Rico.

Esto no se verificó por haber intervenido los respectos del señor Arancibia y porque los médicos certificaron que por estar afecto enfermedad del pecho probablemente moriría en la navegación.

Continúo pues el doctor San Martín en su prisión, mas sin que de parte del gobierno, ni de su Iglesia catedral le hubieran dado un sólo medio real para su subsistencia.

Después de año y dos meses de esta infeliz situación logró el doctor San Martín ejecutar lo que mucho antes había meditado.

Con el auxilio de algunos amigos se fugó del Colegio de Carolino, y en traje de arriero caminó hasta el pueblo de Zacatlan a costa de mil riesgos y peligros.

El comandante Osorno lo recibió allí con bastante aprecio y le proporcionó una cómoda subsistencia.

Como a los dos meses emprendió su viaje para la provincia de Valladolid en compañía del doctor Juan Robinson angloamericano y el mariscal Pablo Anaya.

Son innumerables los trabajos que sufrieron en esta jornada teniendo que pasar por el medio del pueblo de Chalco donde había guarnición enemiga por las inmediaciones de Toluca, Tenancingo y etcétera hasta llegar a Huetamo que ya estaba enteramente libre.

Llegó al pueblo de Uruapan; en donde por malos informes de don Pablo Anaya; y el influjo de don Ignacio Martínez, actual intendente de ejército, y don M.

Ponce actualmente empleado en el estado de Puebla, lo arrestaron en un cuartel diciendo que el doctor San Martín era espía de los gachupines, no hubo más prueba de esto, que el simple dicho del señor Anaya, para vengarse del arresto que el doctor San Martín le intimó en Oaxaca por su complicidad en los asuntos del doctor Velasco entando allí escribió un papel contra el doctor Cos, por la conspiración que éste tramó contra el congreso de Apatzingan.

Luego que éste se retiró a Tehuacán, quedó el doctor San Martín en entera libertad y se dedicó a hacer el calendario de el año de dieciséis y imprimir otros papeles tanto para tener en qué insistir, como para inflamar el entusiasmo nacional.

Estando en el pueblo de Querétaro (sic) lo comisionó la junta gubernativa para que fuera a Chilapa, a proporcionar, la fortificación de aquel fuerte como ejecutor.

Este fuerte está situado, al sudoeste de Valladolid; está circunvalado, por todas partes, de una barranca tan profunda y escabrosa, que ni aun los hombres más temerarios, se atreven a bajarla; la única entrada del fuerte es por un camino del estrecho de seis varas de ancho y como veinte de largo, con espantosos precipicios de ambos lados, hasta topar con una puerta por lo sidente; tiene un camino oculto, por donde sólo cabe un hombre a caballo teniendo en ocasiones que irlo estirando.

Todo el fuerte está defendido por la circunvalación de la barranca, con un terrible escapado de peñascos, perpendicularmente colocados de la naturaleza, y por cuatro fortines, que en los mismos se formaron de modo que por la comunicación de Chimilpa, cincuenta hombres contra tres mil pueden sostener el campo, de murallas pa dentro tienes distinción de sur a norte más de dos leguas, de oriente a poniente más de tres; está muy poblado de árboles comunes y también de otras maderas exquisitas; tiene dilatadas llanadas en que se mantienen todas las clases de ganados, así de uña, como de tesu; está arraigado de numerables, arrullos, de agua hermosa y cristalina y las mayenes que traviesa todo el campo, están sembradas, de muchos espesos limonares, de modo que con su fragancia y hermosura de deleitan todos los sentidos.

En aquellos campos se siembra maíz, arroz, garbanzo, chile, añil, y tabaco, dentro del mismo fuerte había fábrica de pólvora, porque en ciertos puntos ministra este fuerte todos sus albietrios todos sus ingredientes.

Yo soy de dictamen que aunque toda la América se perdiera doscientos hombres, verdaderamente patriotas, podían conservarse en Chimilpa, era en espunabilida del castillo de Ulúa, no puede entrar en comparación con la fortaleza de Chimilpa.

Una poca proporción de este terreno pertenece a uno de Uruan,y la mayor parte es de tierras; que se llamaban baldías o le arengas.

Estando allí el doctor San Martín, fue cuando el mariscal don Pablo Anaya, sorprendió a la junta gubernativa en la hacienda de Santa Efigenia, y condujo presos a sus individuos el presidente don Ignacio Ayala, don Francisco Rojas, y don Mariano Tercero, y los condujo al pueblo de Ario, estando para esto de acuerdo con el comandante general don Manuel Muñisio.

Este hecho conmovió todas aquellas provincias; dentro de pocos días se reunieron en Uruapan los comandantes de Valladolid, del Bajío, de Guanajuato, de Zacatecas, del Potosí, de Dolores, y los de la parte del Sur, que comandaban las divisiones de Chapala (perteneciente a Guadalajara) los Reyes, Colima y otros varios jefes particulares.

Estas Juntas, por votación las presidió el comandante don N. Yarza hombre hábil de buenas luces y principios, y el doctor San Martín fue nombrado secretario.

Ahí se decretó, la prisión, del mariscal Anaya la de su cómplice y que se le desformara causa.

A todos se opusieron en un cuartel, y el actual teniente coronel retirado, don José María Vargas que entonces era comandante de aquella plaza, les proporcionó la fuga, lo mismo que al oficial de la guardia.

Se trató entonces de consolidar nuestro sistema para esto se resolvió que hubiera una junta general, compuesta del gobierno y de todos los comandantes; se pulsaron varios inconvenientes, con las diferencias que había con el señor Rayón, y se determinó que el doctor San Martín, y el expresado Vargas pasaran a Coporo, con instrucción para determinarlas.

Lo ejecutaron y el señor Rayón convino en todo, esto en el lugar donde habían de ser esas conferencias y del sujeto que las había de presidir.

Como a los dos meses de ésta salió el señor Rayón de Coporo, y luego hasta el pueblo de Apatzingan, donde el doctor San Martín, lo auxilió con dinero y otras varias cosas en aquel lugar, trató de sorprenderlo el señor Negrete; quedó burlada su intentona y el señor Rayón marchó para Jaujilla, con el objeto de contestar, con la Junta Gubernativa; más por maniobras envidiosas del general el padre don José Antonio Torres no se pudieron poner de consuno en un plan justo, y arreglado.

Quedaron pues mutuamente resentidas, tanto la Junta Gubernativa, como el excelentísimo señor Rayón.

Estando todavía en esta entrevista se recibió noticia, de capitulación de Coporo.

Se exaltó extraordinariamente su primer jefe; lo dejó todo pendiente, y el mismo día se puso en camino para ver los males que podía remediar.

Llegó a la hacienda de Canario, y Santa Rosa, y por los informes que allí tuvo, perdió la esperanza de recuperar una fortaleza que había sido el terror de los enemigos.

Se instaló pues ya, el gobierno de Jaujilla, sin constar para nada con Coporo; los individuos que la componían eran, el licenciado don Ignacio Ayala, presidente don Mariano Tercero don N. Pagola don Mariano Sánchez Arreola, y don Pedro Villaseñor.

Estos tres últimos andaban por rumbos distantes y por esto nombraron de vocal al doctor San Martín el secretario del despacho, de guerra; y relaciones, lo era el actual teniente coronel graduado, don Francisco Lojero, y el de hacienda y justicia don Antonio Vallejo, y el comandante de las armas de aquella plaza, el coronel don Antonio López de Lara.

Allí el doctor San Martín sin embargo de que fue varias ocasiones presidente, y que se hacía cargo de todo el despacho, trabajando, desde las tres de la mañana hasta las seis de la tarde, se hizo también cargo de la imprenta: publicaba las gacetas, e imprimió varios papeles interesantes distinguiéndose entre todos un difuso cuaderno sobre una representación, que se dirigió al gobernador, y cabildo eclesiástico, de Valladolid, sobre la facultad que debían ejercer sacerdotes insurgentes, en la administración de los sacramentos.

En este papel impreso se tocan cosas muy notables para la historia de nuestra revolución don José de la Cruz general de las armas de Guadalajara mandó quemar algunos ejemplares, otros los remitió a España y muchos se conservan en el archivo de aquel Estado.

En aquella plaza construyó el señor San Martín diez baluartes, pertrechados con cañones, de calibre de de 4 de a 6 de a 8 y dos cañones de a 12 y levantó muralla en todo el circuito de la plaza.

El fuerte de Jaujilla, está situado al sur de la ciudad de Valladolid a medio cuarto de legua del pueblo de Zacapo, la extensión de esta plaza, es como de mil y quinientas varas de oriente a poniente, y como de ochocientas de norte a sur; tiene dos puertas, una para el lado de Zacapu al lado del norte que tendrá de extinción de dos mil varas de laguna y otra para el pueblo de Tarejero hacia al sur que dista como tres leguas.

Por el oriente tiene la laguna como 6 leguas de largo, y por el poniente una legua de largo.

Toda la laguna está sembrada, de multitud de Yletas; hay en ella almeja, y muchos patos que sirven de centinela, pues al menor ruido se alevantan gritando una multitud de aquellas parvas.

El temperamento de Jaujilla es frío, húmedo, y mal sano; no tiene allí otros auxilios de víveres y de guerra sino los que se le introducen de fuera, estando allí el doctor San Martín, fue comisionado para cumplimentar al inmortal Mina que estaba en el fuerte del Sombrero.

Emprendió su viaje, llevando de secretario a don Pedro Vallejo, a don Antonio Cumplido (que aun no era vocal) y la correspondiente comitiva, tuvo necesidad de pasar por el fuerte de los Remedios, y el general, el padre don Antonio Torres, lo escoltó, y acompaño con doscientos hombres.

En su tránsito por la villa de León, estaba el señor Negrete con 3 mil hombres, y aunque vio pasar, aquella división no se atrevió a salir, temeroso de que fuera alguna llamada falsa del general Mina, que pocos días antes había derrotado, al comandante Ordóñez.

Pasó pues el doctor San Martín sin ningún obstáculo; más el general Negrete mandó 500 hombres de caballería, que fueran en observación y estos iban a sorprender al doctor San Martín que se había quedado en un rancho solamente con 4 compañeros, y escapó entonces, por una verdadera casualidad.

Llegó al frente del Sombrero donde no estaba el general Mina, pero llegó al día siguiente de la expedición del Jaral.

Pasados los cumplimientos de estilo le hizo saber al señor Mina con toda ceremonia, el objeto de su comisión y las instrucciones que le había dado el gobierno a lo que contestó el general Mina accediendo a todo; pero protestando que él no era enemigo de la España; sino de Fernando Séptimo; que deseaba la libertad de todos los pueblos y que su intensión era hacer libres e independientes a los mexicanos, para que estos lo auxiliaran contra aquel tirano déspota.

En aquel mismo día con toda familiaridad se procedió, a examinar el resultado pecuniario, de la expedición del Jaral, y resultó que en la recámara de aquel conde, se hallaron ciento, y más miles de pesos, en plata, y dieciocho mil en oro.

Estos fueron los que al general Mina trajo a las cajas nacionales; sin contar entre esto, el cuantioso saqueo que hizo la división del comandante Ortiz, que dejó alguna plata labrada; porque ya no la pudo cagar en comprobación de esta verdad, baste referir un hecho, del cual hay varios testigos, oculares; un tambor, se presentó al general Mina suplicándole le comediera la facultad de pagar a la tropa de su cuenta, todo el prest de aquel día.

Se le concedió exceptuando a los oficiales, y el tambor les dio a los cabos un peso, a los sargentos 2 reales y a los soldados el duplo de su paga y después de esta singular acción del tambor, le sobraron 600 pesos que dio a guardar a la mujer de don Pedro Moreno.

¡Cuánto sería el saqueo, de otros soldados en toda la línea y veteranos!

Regresó el doctor San Martín para Jaujilla, y a los dos días después llegó el benemérito coronel, don Cornelio Ortiz de Zarate; felicitó al gobierno de parte del señor Mina y dio cuenta, de la expedición del señor herrera del señor Morlial, diciendo en sustancia que no se había sacado cuerpo alguno, de aquella comisión; que en una isla (de cuyo nombre no me acuerdo) le encontró con el señor Mina, y que como tenía todas las facultades del señor Herrera, había contratado con aquel general que se le pagarían todos los gastos erogados, y que se le auxiliaría después de establecida nuestra independencia para contra, Fernando Séptimo.

Un mes después, vino el general Mina a Jaujilla, y el doctor San Martín lo recibió, con todos los honores, y de coro que le correspondían los enemigos existentes en Pátzcuaro al mando del señor Aguirre lo supieron trataban de sitiarlo y por eso el señor Mina al tercero día salió de aquella plaza; el doctor San Martín le dio toda clase de auxilios, y Mina devolvió de refuerzo, los obligó a encerrar en aquella ciudad, y llegó hasta las puertas de Pátzcuaro.

¡Ha! si el padre Torres, y la ciega pasión que le tenía, el presidente del gobierno don Ignacio Ayala no hubieran frustrado sus proyectos y los del doctor San Martín, desde el año de 18 hubiera entrado el señor Mina en México.

Después de concluido el sitio de los Remedios hubiera muerto en una criminal intriga el señor Mina pusieron los enemigos el sitio a Jaujilla, el Negrete se colocó al lado del sur con tres mil hombres, y el señor Aguirre con dos mil, por la parte del oriente y en los dos puntos de el norte y occidente pusieron partidas volantes.

Como la plaza de Jaujilla era central, tenía que dar municiones de guerra a todos los fuertes y comandantes y por esta causa cuando se rectificó el sitio, solamente tenía ocho arrobas de pólvora, por esto el doctor San Martín dio orden, para que no se hiciera pólvora sino cuando intentaran un asaltó, lo emprendieron varias ocasiones y en ellas perdieron como dos mil hombres, y nosotros solamente tuvimos dos heridos.

Sin embargo de esto nuestra situación era deplorable, y determinó el gobierno que por el rumbo de Zacapu, saliera el señor Ayala y los secretarios, y al pueblo de Tarjero, por la parte del sur salieron los señores San Martín, y Cumplido conduciendo la imprenta y el archivo.

Estos tenían que pasar por en medio de los ejércitos de los señores Negrete, Aguirre y tuvieron la desgracia de perderse de tiro de pistola, un día y medio, hasta que por último llegaron por descuido de los enemigos.

Desde allí caminaron con eminentes peligros, hasta el punto de Zacate, donde el gran patriota, don Mariano Anzorena les ministró toda clase de auxilios; allí se estableció el gobierno, y llamó y los señores Sánchez Arreola y Pagola.

Entre varias determinaciones que se tomaron fueron, que se llamaba al señor Tercero para formar la causa porque se sabía con certeza que procediera a acuerdo con Valladolid; se nombró comandante de la misma provincia al señor Liceaga; y de la de México al señor Verduzco.

Se tomaron otras dichas providencias, económicas, y políticas por el señor San Martín, quien tenía también el poder ejecutivo.

Una de ellas fue el sitio de Pátzcuaro para distraer de este modo la atención del enemigo en Jaujilla.

Para esto fue necesario llamar, a varios comandantes, y en esto consistió la principal desgracia del doctor San Martín, puso un oficio al comandante Hermosillo, y el comerciante de Apatzingán don Francisco Morillo, por cohechos al correo, lo interceptó y lo remitió al general Cruz.

Este general dio orden, al señor Quintanar para que vivo o muerto le trajeran al doctor San Martín.

Este comandante comisionó al vil indultado don José María Vargas (conocido por el cojo Vargas).

Ese introdujo por la costa, diciéndoles a aquellos morantes negros que él era el comandante Hermosillo y con esta máscara se introdujo, hasta el rancho de Zarate prometiéndoles tres onzas de oro al soldado que vivo o muerto cogieran, al doctor San Martín.

Con esta escatatema llegó aquel punto, como a las nueve de la noche, y por su desdicha todos se salvaron exceptuando once pasajeros tres escribientes, que dormían con descanso, y el doctor San Martín que por su falta de vista no pudo guarecerse, así por la oscuridad de la noche, como por lo escabroso del monte, y después de que a quemarropa le había arrojado dos tiros de fusil, un fiel del Potosí apellidado Castañeda.

Se entregó entonces, y le introdujeron en su propio curato, donde estaba su secretario don Pedro Bermeo cubierto de sangre, y todos los prisioneros; allí hizo el inhumano Vargas que los confesara a todos el doctor San Martín, y los fue fusilando, excepto a Bermeo.

Toda esta operación duraría más de una hora.

Vargas se aposesionó de todos los intereses, y caballos del doctor San Martín.

Lo hizo montar en un mal caballo y pésima silla; lo hizo caminar en aquella noche y al día siguiente treinta leguas y con ruido de asonada lo entregó en Apátzingan al señor Quintanar, éste del mismo modo lo condujo por Tancitaro hasta los Reyes donde en una multitud de pillos entró el doctor San Martín preso, con la solemnidad de escuilas y cohetes, por aquel triunfo, que los gachupines y agachupinados tenían por importante.

En el día siguiente lo condujeron a Chapala y a los dos llegó al pueblo llamado las Palmas; allí lo embarcaron a la oración de la noche, y a las dos de la mañana llegó, después de un mal trato, a un pueblo donde había venido a recibirlo el general Cruz.

Éste lo recibió con el despotismo de orgullo que le era genial y se lo entregó al comandante don Antonio Adorno quien a pesar del paisanaje y otras varias relaciones no le dio el mejor trato.

En el día siguiente el general Cruz, hizo llevar a su presencia al doctor San Martín; le hizo a éste varias preguntas insidiosas, y a todas le respondió con cautela y a todos los cargos que le hizo respondió que todo su yerro había sido de opinión.

En el día siguiente lo despachó Cruz a Guadalajara y fue introducido en la cárcel pública, y fue puesto en un calabozo, que sirve de segunda cárcel a los reos que en ella misma cometen otro nuevo delito, y allí estuvo el doctor San Martín tres años dos meses once días, y 18 horas.

Por parte del señor Cruz no tuvo otro auxilio más que la comida de la caridad que se daba a todos los presos; más que la generosidad del ilustrísimo señor obispo Cabañas hizo que en cuanto lo permitían las circunstancias no le faltaron socorros cómodos y regulares.

Desde la prisión escribiendo con tinta de sebo, en papel de puros y pluma de carrizo, dirigió varias representaciones al virrey Apodaca, pero ningunas tuvieron efecto, porque el auditor de guerra Cerqueda (discípulo del doctor San Martín) pedía expresamente su cabeza.

No salió pues de la prisión hasta que se concedió la amnistía española en el año de veinte.

Se gritó entonces en Guadalajara nuestra independencia.

Publicó el doctor San Martín un voto en acción de gracias, una proclama y con sólo el término de tres días, predicó el sermón que por esta solemnidad, corre impreso.

Todo lo posterior lo sabe el señor Bustamante.

Se me paso decir que el cabildo de Oaxaca no me ha socorrido con un sólo medio real; que por influjo, del doctor Moreno y Bazo (como consta en el expediente de la materia) se tocó como en vacante en mi canonjía; y que desde el año de 17 se proveyó en el ignorante licenciado Cañas.

Lea usted con cuidado en lo material y formal todo lo escrito. (*)

Es totus y etcétera, y etcétera.

J. M. S.

Rúbrica de San Martín.

(*) Esta inexacta y adulterada relación, formada por el interesado, se ha publicado a la letra con su original.

Fuente:

J. E. Hernández y Dávalos. Historia de la Guerra de Independencia de México. Seis tomos. Primera edición 1877, José M. Sandoval, impresor. Edición facsimilar 1985. Instituto Nacional de Estudios Históricos de la Revolución Mexicana. Comisión Nacional para las Celebraciones del 175 Aniversario de la Independencia Nacional y 75 Aniversario de la Revolución Mexicana. Edición 2007. Universidad Nacional Autónoma de México.

Versión digitalizada por la UNAM: http://www.pim.unam.mx/catalogos/juanhdzc.html