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Siglo XIX > 1810-1819 > 1817

Proclama extemporánea, que desde Jaujilla, dirige Ignacio Rayón a los defensores del fuerte de Cóporo.
Fortaleza de Jaujilla, enero 7 de 1817.

A los valientes oficiales y guarnición de la plaza de Cóporo.

Si no hubiera yo mismo experimentado el valor, el patriotismo y las otras buenas cualidades que a cada uno de vosotros ha hecho siempre dignos de toda mi consideración, sin duda alguna que los reputaría en este momento por mis más feroces enemigos, que suscribiéndose en el mismo plan de desolación que han puesto en práctica en esa desgraciada provincia, trataban de consumar al mismo tiempo la ruina total de nuestra patria.

No, señores.

Aún no puedo persuadirme que unos ofíciales que en la presente época han servido de instrumento para ahuyentar y llenar de terror y espanto a un ejército de cinco mil hombres, tengan ahora la cobarde inclinación de doblar la cerviz al yugo tiránico de los europeos, incurriendo en el espantoso contraste de presentarse con docilidad a recibir el nuevo sello de la esclavitud, cuando hace ya seis años que arroyos de sangre no han sido todavía bastante precio para constituirnos en el rango de las naciones libres.

¿Qué dirán éstas cuando supieran que no las armas del tirano, ni tampoco los Venegas, los Callejas ni los Trujillos, sino nuestro débil carácter, nuestra rústica ignorancia, nuestro amor a las mismas cadenas que nos oprimen formaban el principal apoyo a la santa causa de esta infeliz nación?

¿Ignoran acaso que existe un Cóporo inexpugnable? ¿Que en sus mismas murallas existen las cenizas de cen tenares de enemigos que desde España vinieron a ser víctimas de nuestro valor? Por estos mismos motivos, ¿no es también verdad que desde el momento en que se dio el grito de independencia, manifestaron con júbilo su generosa disposición para cooperar con sus armas y auxilios al rescate de nuestra libertad?

Pues, ¿qué dirían estas mismas al ver estampado en los periódicos de México que el mismo Cóporo inexpugnable se había rendido, no a otro ejército de cinco mil hombres sino a la oferta de un indulto despreciable?

Vuelvo a repetir que el mismo conocimiento que me asiste del mérito de cada uno de vosotros, me inclina a creer que hayáis sido víctimas de la seducción o mala fe de alguno o algunos de los secuaces del enemigo que existen ocultos entre nosotros mismos; pues no es posible persuadirme que unos oficiales de honor y de no vulgares principios sean capaces de incurrir en la negra nota de traición o cobardía, en el mismo hecho de oír la infame capitulación propuesta por el enemigo y no gritar con arrogancia:

iMuera Aguirre, muera el gobierno español y muera todo traidor que intente ultrajar los sagrados derechos de nuestra patria!

Pero inclinarse a manifestar un semblante halagüeño a la misma infame capitulación, cuando aún falta mucho tiempo para el consumo total de víveres; cuando aún existen millares de balas y arrobas de pólvora a nuestra disposición; cuando toda la misma guarnición está llena de un patriótico entusiasmo y más bien quiere perecer en las trincheras que imitar la conducta de sus superiores; cuando por las provincias de Guanajuato y Michoacán se trata de formar un escuadrón respetable de caballería para romper la circunvalación del fuerte y abrir brecha a los auxilios que necesita para hacer mucho más difícil su rendición; cuando yo mismo en persona he de aparecer en esa plaza y primero me sepultaría en sus ruinas que verla hollada por unos cobardes indultados; no lo esperaba yo por cierto.

Mas ya veo que de nada han servido los heroicos ejemplos de Cuautla y Mexcala, cuyas glorias cantará con admiración la posteridaD. Pero ¿cómo ha de ser posible que los jefes en quienes principalmente consiste el honor de una importante plaza, sean los primeros que conspiren contra la existencia, cuando debieron ser los primeros que corriesen a las filas de su guarnición, para alentarla con su presencia y ejemplo? Ánimos, pusilánimes.

En vosotros mismos tenéis la práctica experiencia de que toda esta caterva despreciable de sitiadores están convencidos de vuestra constancia y de vuestro valor.

Por lo mismo os temen y han tomado ahora un excesivo interés en alucinaros, cuando en otras ocasiones habéis arrostrado las balas y los peligros.

¿Cómo, pues, sois ahora capaces de dejaros vencer, no por las armas irresistibles de la necesidad, sino por las de la intriga, la infidelidad y la traición con que intentan rendíros los Urbisus, los Epitacios y los Aguirres?

Echad por último una ojeada sobre los actuales movimientos del enemigo por todo el reino; veréis que está desamparado y debilitando las guarniciones de los puntos más interesantes; veréis que trata de organizar un ejército numeroso por que sabe que el anglo-europeo le ha declarado la guerra y para auxiliar activamente la nuestra ha penetrado ya por las Provincias Internas el americano; veréis que el gobierno de México, atacado por todas partes y lleno de miedo y confusión por tan funestos rompimientos, sólo se emplea en acuerdos y providencias que en el día no tienen otro objeto que el de hacer la paz con nosotros.

Y en tan lisonjeras circunstancias, ¿que tenga lugar la cobardía en nuestros pechos?, ¿que haya viles que se prostituyan contra su patria cuando tienen más recursos para salvarla?, ¿que Cóporo quiera rendirse a discreción de Aguirre, cuando mi sangre puede todavía impedirlo? Ánimo, pues, valientes oficiales y guarnición de Cóporo.

Seguid como hasta aquí, manifestando al mundo que merecéis un lugar en los anales de la historia cuando quiera escribir los sagrados nombres de los héroes de la patria.

Despreciad, como es justo, cuantas capitulaciones o intimaciones os haga ese cobarde enemigo, que en el mismo hecho de no valerse de la fuerza de las armas está convencido de su misma impotencia para hacerlos rendir de otro modo.

Tened por traidor de la patria a cualesquiera que en sus discursos o de otra manera os inspiren máximas subversivas que sólo sirvan para desalentaros y disponeros para las acciones cobardes e indignas de vuestra fama.

Acordaos del 2 y del 4 de marzo de 1815, y veréis que se os hace el mayor agravio cuando se supone que en vuestros pechos ya no existe aquel sagrado fuego patríótíco que os trajo la inmortalidad. Y, por último, aguardad mí presencia y mis auxilios, pues yo no he de ver con indiferencia vuestra suerte ni vuestros sacrificios.

Capitanía General en la Fortaleza de Jaujilla, enero 7 de 1817.

Vuestro compañero de armas, licenciado Ignacio Rayón.

Por mandado de S. E., Ignacio Aguado, secretario.

Es copia de su original.

Fuente:

Independencia Nacional Tomo II. Morelos – Consumación. Coordinador: Tarsicio García Díaz. Instituto de Investigaciones Bibliográficas. Seminario de Independencia Nacional. Universidad Nacional Autónoma de México – Biblioteca Nacional – Hemeroteca Nacional. México, 2005. Páginas XX-XX. Tomado de: Ernesto Lemoine. La revolución de Independencia, t. IV, pp. 236-238.