Buscar en  
  Página principal

  Conquista

  Independencia

  Revolución

  Siglo XXI

  Siglo XX

  Siglo XIX

      1890-1899

      1880-1889

      1870-1879

      1860-1869

      1850-1859

      1840-1849

      1830-1839

      1820-1829

      1810-1819

          1819

          1818

          1817

          1816

          1815

          1814

          1813

          1812

          1811

          1810

      1800-1809

  Siglo XVIII

  Siglo XVII

  Siglo XVI

  Siglo XV

Siglo XIX > 1810-1819 > 1817

Manifiesto que hace el Gobierno Provisional Mexicano en las Provincias del Poniente.
Fortaleza de Jaujilla, a 24 de mayo de 1817.

Americanos:

Los representantes de las Provincias del Poniente toman la voz para ratificar vuestras ideas, corroborar vuestro espíritu y preparar vuestro corazón contra el pérfido doblez y negras intrigas de vuestros enemigos y de algunos falsos ciudadanos.

Compatriotas: estad ciertos de "que el hombre no tributa a otro hombre mayor obsequio que proporcionarle su quietud, su reposo y seguridad".

Este gran servicio habéis recibido con la infidencia de algunos de vuestros jefes militares y de muchos paisanos egoístas, apáticos, indolentes e ignorantes, que se han presentado al enemigo.

Separados de entre nosotros aquellos caníbales, ya se podrá establecer el orden, la unión, la paz y la moralidad; se asegurará la vida de unos, los intereses de todos y aún el buen concepto entre los mismos pueblos; florecerá el ramo del fondo Nacional: cesarán los robos de los ranchos y haciendas; desaparecerán los asesinos y bandidos, y sólo habrá en nuestros ejércitos hombres útiles y honrados patriotas con cuya subordinación y disciplina serán muy rápidos nuestros progresos.

Tan incalculables ventajas ha logrado la América con el indulto de aquellos malhechores.

Ciudadanos: los astutos gachupines han abusado de la sencillez, ignorancia y religiosidad de los buenos americanos; y se han prevalido de las falsas lisonjeras ideas de los apáticos, egoístas y ambiciosos.

A unos les han hecho aparentes halagos y a otros grandiosas promesas, rogándoles hasta con las lágrimas en los ojos que reciban el indulto.

¡Qué desgraciados son todos los que se dejan engañar! ¡Qué suerte tan infeliz les espera! La misma muerte es preferible a la abatida situación y al inminente peligro en que se hallan.

El indulto que conceden los españoles no tiene la sinceridad que la ley del olvido entre los atenienses.

Solamente es una red, un lazo, una añagaza para coger a los incautos.

El desnaturalizado que se indulta no tiene honor ni estimación en alguno de los dos partidos.

Los buenos americanos que viven en las ciudades, los miran como a traidores de su Patria, como a hombre sin carácter, y no los admiten en sociedad.

Los gachupines y sus esclavos los tratan con desprecio; no perdonan ocasión de zaherirlos, de insultarlos públicamente, yen todo evento desconfían de ellos.

Si alguna ocasión se valen de sus personas, es para aprovecharse de los conocimientos de aquel ínfidente, y porque lo consideran instrumento útil para sus intrigas, para sus fines inicuos y para contrarrestar nuestros planes, que ellos por sí solos no pueden desbaratar.

¿Serán tan necios los gachupines, que descansen en la palabra de un hombre cuyo carácter destemplado se ha dado a conocer en la misma alternativa con que tan fácilmente ha abrazado ya uno, ya otro partido? ¿Cómo se han de persuadir de buena fe los españoles, que los indultados son más adictos a su causa que a la nuestra? Aunque en presencia de ellos se expliquen con expresiones y lenguaje realista, nunca creerán los gachupines que éstos son los sentimientos de su corazón.

La dolorosa experiencia, de más de siete años, les ha enseñado que los americanos, aún más los prostituidos, no son un vil rebaño de animales, como se explicaba Francisco Venegas, repitiendo las palabras de un fiscal, el oidor Aguirre.

Ya han conocido los transplantados europeos, que somos entes racionales y demasiado sensibles; que no estamos desposeídos del amor nacional, y que en el pecho de todos está encendida la tea de aquel fuego sagrado.

Obrarían con torpe imprudencia los gachupines, si después de tan manifiesto desengaño y de tan repetidos y singulares acontecimientos, se fiaran de las promesas de algún indultado.

Éstos, dentro de poco tiempo se desengañan, se arrepienten y vuelven a su Patria llenos de confusión y perjudicando en lo posible a sus mismos seductores.

Tan sólida persuasión ha obligado a los gachupines a no depositar empleos ni armas en manos de los indultados; y si alguna vez lo ejecutan, por sus fines particulares, es poniéndoles al lado un musulmán que los dirija, un amo que los gobierne y un salvaguardia secreto que fiscalice hasta sus más pequeñas acciones.

¿Cuál será nuestra suerte, mexicanos, sí nos confiáramos en el indulto del gobierno español? Luego que nos desarmaran, pedirían sus fiscales y ministros nuestro total exterminio.

En las cárceles de México y de todas las capitales del reino, y en los puertos de Veracruz, de San Blas, de Acapulco, se han degollado centenares de indultados.

A otros les han dado por calabozo el vientre de los ballenatos, poco después de que los han embarcado, bajo el pretexto del destierro; y a otros los han despojado de sus empleos, de sus intereses, y los han expatriado sin permitirles que señalen un abogado que los defienda, y nombrado de juez para la sentencia, un gachupín, que es la parte que se reputa ofendida.

La razón despótica de "así conviene al Estado y a la Religión", ha sido bastante para que la sinagoga mexicana mande quitar la vida a un indultado.

iInfelices habitantes de todas las provincias: el astuto español os seduce, os alucina y os obliga a trabajar, para que vosotros mismos remachéis los grillos a vuestros hijos, parientes y amigos, y para que en las heridas de vuestros cuerpos carguéis las vergonzosas señales de la ignominia de vuestra Patria!

Si los gachupines quieren continuar en la usurpación de estos dominios, si quieren defender sus familias, conservar y aumentar sus caudales, ¿por qué no salen ellos en persona a la guerra?

¿Dónde están esos sesenta y cuatro mil campeones que residen en América? Todos se han metido en las ciudades fortificadas, y sólo calculan sobre el comercio y la remesa de numerario a la Península, mientras los criollos insensatos se sacrifican, pelean a favor de ellos y pierden su honor, su vida y sus intereses.

Ciudadanos: reflexionad sobre la terrible opresión de nuestra América, conoced la justicia de vuestros derechos, examinad los horrorosos males que os esperan; y entonces, seréis inaccesibles a la seducción de los españoles.

Sus labios dolosos son los del áspid, que encubren un veneno mortal para los incautos; os engañan para que sacrifiquéis vuestra libertad a un cetro de hierro, y para que recibáis, como un don del cielo, las esposas, los grillos y cadenas que os envían con el indulto, con esa carga de esclavitud y escritura de vuestra ignominia.

Mexicanos: tened fortaleza, constancia y unos mismos sentimientos y entonces seréis invencibles por la fuerza, por la intriga, por la astucia y perfidia de vuestros enemigos.

Éstos no le deben tal cual triunfo y la rendición de algunas plazas, a sus cañones, fusiles y bayonetas.

Sus momentáneas glorías son fruto de nuestras pasadas anarquías, de la apatía de algunos comandantes y de las esperanzas lisonjeras que han dado a los ignorantes aquellos mandarines trapacistas.

Los Venegas, Callejas y Apodacas; los Cruces, Trujillos y Negretes; los Donallos, Monduis y Ortegas; los Ordóñez, Aguirres, Linares, Orrantias, Castañones, y toda la descomunal horda de españoles vendidos, no ha tenido otra táctica y ciencia militar, que la seducción y la perfidia.

Compatriotas: cuando una tenebrosa noche estaba extendida por toda la superficie de la América; cuando parecía aniquilada, exánime, y que apenas se le notaban señales de existencia, la reanimó una sola chispa del fuego patriótico: a una sola voz, al grito de libertad despertó la América del profundo letargo en que la había sumergido el gobierno español.

Sus tiranas mecénicas leyes; el deseo de salir de la esclavitud, en el momento vigorizó el brazo de sus hijos, para castigar el delito y reprimir el despotismo.

Se reunieron los paisanos sin orden, sin disciplina y sin armas; pero guiados del entusiasmo de su honor, vieron huir en su presencia, despavoridas, numerosas huestes que parecían irresistibles.

¿Cuáles serán, pues, las glorías que debéis esperar en el día, que ya tenemos tropas valientes, disciplinadas, aguerridas y suficientemente armadas?

Ciudadanos: no os dejéis engañar, para admitir el indulto, con las falsas ideas que esparcen los gachupines, asegurando que ya se acabó nuestra insurrección.

Estas expresiones son hijas de su perfidia, de la debilidad de sus fuerzas del temor que tienen de que nos unamos a nuestros aliados.

Pretenden, con aquellos groseros ardides, subyugarnos y debilitar nuestro partido, antes de que se aproximen más los angloamericanos.

Mexicanos: nuestra América todos los días se hace más singular y admirable.

A pesar de los continuos reveses que sufrió el año pasado, no se amortigua el entusiasmo de los verdaderos hijos de la Patria.

Al costado mismo de las arrogantes gavillas españolas, brilla el denuedo y valentía de nuestros soldados.

La experiencia les ha dado a conocer a nuestros enemigos, que los ejércitos americanos se forman como por una especie de encanto, y que la pérdida de una batalla es señal de otra más fiera y obstinada.

La América, precisada a hacerse militar, en el momento mismo de marchar al campo de Marte, ha manifestado a los gachupines la impotencia de su orgullo para sojuzgarla y oprimirla.

La conquista de un pueblo indefenso o de un cerro mal fortificado, les cuesta a los infelices esclavos muchos torrentes de sangre; con ella han adquirido algunas fosfóricas ventajas a su gloria militar, pero ningunas consistentes para su inicuo plan de subyugación.

Los ingratos gachupines y sus infames vergueros dispersarán nuestros ejércitos, se apoderarán de nuestros cañones, fusiles, pertrechos y equipajes, y aún, sí quieren más, harán prisioneros a todos nuestros soldados; pero un solo buen americano que exista en nuestro continente, comunicará su espíritu a los otros, vivificará, reanimará la amortiguada virtud del patriotismo, y execrará y
maldecirá el aciago nombre de España.

La América toda será su eterna enemiga, y esta gran nación, que empezó su carrera de gloria sin tener un fusil, sabrá con las armas, que ya tiene, renovar en México la memorable escena de primero de julio del año de 1520.

Por último, americanos todos, estad ciertos de que "no se vende a una nación que quiere defenderse".

Su libertad depende de la unión, de la firmeza y de la constancia.

Sí tenemos estas relevantes virtudes, nada hay que temer, aunque se multipliquen las cuadrillas de asesinos y aunque sus capataces usen de su arma más poderosa, que es el indulto y la seducción.

No escuchemos la voz de la astuta serpiente, que nos presenta una fruta agradable a la vista, pero que, sí la comemos, nos ha de causar la muerte.

Jamás entremos en composición con nuestros enemigos; no descansemos, ni cedamos, ni perdonemos medios y sacrificios.

Obremos todos a un mismo fin, y será igual el beneficio de los particulares y el de toda la Patria.

Palacio del Gobierno Provisional, en la fortaleza de Jaujilla, a 24 de mayo de 1817, y año octavo de nuestra gloriosa Independencia.

Lic. Ignacio de Ayala, presidente interino.

Lic. Mariano Tercero.

Dr. José de San Martín, gubernante [sic] suplente.

Francisco Loxero, secretario de Gobierno y Guerra.

Fuente:

Independencia Nacional Tomo II. Morelos – Consumación. Coordinador: Tarsicio García Díaz. Instituto de Investigaciones Bibliográficas. Seminario de Independencia Nacional. Universidad Nacional Autónoma de México – Biblioteca Nacional – Hemeroteca Nacional. México, 2005. Páginas 250-254. Tomado de: Ernesto Lemoine. La revolución de Independencia, t. IV, pp. 427-435.