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Siglo XIX > 1810-1819 > 1816

Mier hace extensas explicaciones de los servicios de Mina y los recursos con que cuenta.
15 de septiembre de 1816.

Señores P. y A. &c.

Baltimore, 15 de septiembre 1816.

Muy señor mío, estimadísimo paisano y amigo:

En fin estoy aquí a defender personalmente la causa de la patria, que desde Londres había procurado defender con mis escritos.

En ellos, si no ha visto usted, verá ahora en los ejemplares de La revolución de México, que envió para usted y sus tres generosos compañeros, cuanto me sirvió aquella colección de periódicos mexicanos que usted me envío por Migon que está bueno, con las dos onzas de oro de que doy muchas gracias, sin embargo todo lo he hecho es nada para lo que resta que hacer, y sobre que imploro toda la atención y benevolencia de usted.

Ya sabe usted las barbaridades que hizo Fernando aboliendo la Constitución y el despotismo más atroz con todos sus abusos.

Los miembros más distinguidos de las Cortes, incluyendo a los nuestros Ramos Arizpe, Félix, Terán y etcétera, los generales más célebres, como los empecinados, los O-Donojues, los Ballesteros, los Villacampas y etcétera, todos los sabios de la nación, todo lo que en ella no rebuzna o no ha podido ser vil, yacen en los castillos de África y en la Península convertida en calabozo para 51,000 víctimas.

Fuera de las 12,000 familias, que por haber jurado a José por las órdenes que el mismo diera, han quedado proscritas en Francia, son innumerables y las que han emigrado a Francia, Italia o Inglaterra; y no puede usted figurarse el abatimiento y la miseria en que ha sepultado a la nación aquel monstruo de ingratitud, ni el grito unánime de detectación que ha levantado la Europa, cuyos periódicos por tanto han sido prohibidos en España.

Lejos de acceder los reyes en el Congreso de Viena a la demanda de que le ayudasen para subyugar la América, de que él se considera incapaz, fuera de la confederación Europea.

Las princesas del Brasil, aunque firmado solemnemente su contrato matrimonial por su embajador con Fernando y su hermano, han rehusado unirse con un tirano, que exigía declarasen la guerra a Buenos Aires.

Y en el parlamento de Inglaterra se han oído los votos públicos que forman sus miembros, para que nuestra América prospere en su emancipación y se sepulten en las tropas que el usurpador.

Así le llaman, y en la Corte de Luis 18, y con su aprobación, yo presente se han impreso discursos para probar que lo es.

No sólo en la boca de todos los emigrados de España, sino dentro de ella misma se oye la misma voz reclamando la independencia de América, o para tener un asilo, o para que cese el tirano de tener dinero, con que asalariar bayonetas y ser independiente de la nación.

Todas las potencias de Europa están hacia nosotros con las mejores disposiciones.

El pueblo de Inglaterra está tan a favor de nuestra causa, que su despótico gabinete se vería forzado reconocer como potencias independientes a nuestras Américas, si México estuviese libre.

Este México es el que detiene a todos; el que obsta para que las demás partes de América que tienen en Londres sus ministros, obtengan su reconocimiento.

Todos nos culpan de sus males, y todos sus votos se dirigen la libertad de México sin la cual la del resto es efímera; y de este México tan importante casi nada se sabía, sino que corría la sangre torrentes; pero ya comenzaba a esperarse mucho, y aun a formar los armadores y comerciantes sus cálculos, desde que se supo que habla un Congreso en Tehuacán, y una Constitución que un centro de operaciones.

En este estado, los Estados Unidos de América resueltos ya, a reconocer nuestra independencia, enviaron a Londres un general a tratar con el partido de la oposición del parlamento, para levantar las dificultades, o zanjar medidas, caso que el gabinete británico se acordase con Fernando por motivos de celo para declararles la guerra.

Los lores jefes de la oposición, le presentaron al general Mina (que aquel gabinete trataba con tanto decoro que por un miembro del parlamento le enviaba cada 4 meses 500 libras esterlinas para sus alimentos) le presentaron, digo, como un sujeto digno de toda su confianza, y la de los Estados Unidos para hacer efectiva la libertad de México, a pesar de la guerra que sobreviniese.

El enviado trató con él para el caso de guerra o paz, y los lores proveyeron de una fragata o corbeta de 22 cañones con provisiones completas, y un equipo regular de armas, pertrechos y municiones.

Este D. Xavier Mina es el verdadero Mina aquel que a la edad de 18 años comenzando con 12 de sus criados y amigos levantó una en Navarra, cuyas proezas le merecieron luego de la Junta Central el título de comandante general de las armas de Navarra, y de la Junta Suprema de Aragón igual comandancia del alto Aragón.

Una acción desesperada, y superiores... a sus fuerzas, a que le obligó una orden imprudente de la Regencia, cuando ya le perseguían fuerzas superiores organizadas por el enemigo directamente le hicieron caer prisionero, aunque salvar su división.

Una parte de ella buscó a su tío (paisano, que él solía llevar de de sus criados) para que se pusiese a su cabeza, añadiendo al nombre de Espoz que tenía el de su sobrino Mina, para seguir con la confianza del reino.

Otra parte que se resistía obedeció a la orden, que para unirse su tío dio Mina, desde Bayona, y su padre llevó en una polaina.

Pocos que no obedecieron formaron las partidas que luego se extendieron por toda España, y de cuyo sistema fue el inventor nuestro Mina.

Hasta entonces no podía decirse de él sino que había nacido para general, que tenía práctica adquirida en los ejércitos de la derecha e izquierda y en su propia división, en que ya dejó a su tío formados excelentes oficiales que le dirigieron para hacerse ilustre.

Pero Napoleón que había formado de su talento y valor el juicio que se merecía, no lo dejó libre como a los demás militares en Francia, sino que le encerró en el castillo de Vincennes, donde estaba la flor de sus reos de estado, los más grandes generales, y una biblioteca magnifica.

Mina poseído del más grande deseo de saber, se dio al estudio de todos los ramos militares bajo la dirección de tan sabios maestros, y salió de allí para España hecho un general completo, como lo testifican todos los inteligentes que han procúralo sondearle.

Apenas entró en la patria, y supo lo que Fernando preparaba contra la libertad de Valencia, corrió a Madrid por si podía sostener a las Cortes, que sin poderlo remediar fueron víctimas de la ignorancia de los pueblos y el servilismo de los militares antiguos.

Mina sufrió los abrazos del tirano, que en la junta de estado tenía luego sobre los negocios de América, le prefirió para mandando una que destinaba contra México.

El ministro Lardizábal le reveló su plan, y era contener a la Nueva Granada con una división que llevó Murillo, acopiar fuerzas sobre Panamá para irlas dirigiendo adonde fuese menester, y sin hacer caso de Buenos Aires que nada les importaba, cargar toda la atención y la fuerza sobre México, con cuyos recursos se subyugaría el resto.

Mina esquivó tal encargo como que ya resistir al tirano, y regresó a Navarra, donde convenció a su tío que aún mandaba su ejército y tenía tres castillos en Aragón, de que era necesario apoderarse de Pamplona para centro de operaciones y asilo de los patriotas.

El mismo se metió dentro, y todo estaba preparado para recibirle, cuando los soldados desobedecieron a su tío que les daba la escalada de la muralla, y Mina tuvo arrojarse por ella y refugiarse en Francia con la flor de sus oficiales.

En vano Luis 18 quiso emplearle para colocar en vez de Fernando al duque de Orleáns sobre el trono de España; Inglaterra para colocar allí al duque de Sueex, y Napoleón armarle contra su patria.

También el emperador de Prusia le hizo partidos como después la duquesa de Angulema.

Mina tenía, un ojo sobre América y otro sobre España, donde se preparaba la insurrección, en que pereció Porlier.

Hubo otra en marzo tramada en Madrid por los generales Renovales y Ariza, según se escribió, en que Fernando y toda su familia no pereció, la cual le dio tanto cuidado, que restableció la tortura en todo su rigor, y le obligó a quejarse al rey de Francia, quien prendió atados a los españoles liberales que allá estaban como al conde de Torens, al general Espoz y etcétera, y de rechazo fueron presos en Burdeos los mejores oficiales de Mina, que estaban allí al embarcarse para acompañarnos.

Mina salió de Londres para Liverpool con otro pretexto, porque el lord Castelreag ministro de Inglaterra, estaba empeñado en reconciliarle con Fernando que sin duda lo proponía por medio de su embajador, (como si pudiese haber reconciliación con los tiranos) y podía impedirle la salida.

Nosotros zarpamos de Liverpool en 5 de mayo, y el secretario mismo de la embajada española salió de Londres el mismo día en posta por Francia, para dar a su Fernando ésta funesta noticia.

Yo vine acompañando al general, porque me conjuraron todos los mexicanos que había en Inglaterra, y los ministros de las demás partes de América, para que así lo rodease de confianza, y se asegurase el golpe, que bajo un general tan acreditado creían enteramente decisivo.

Pero yo no necesitaba conjuros para tal cosa, tanto menos cuanto conocía a fondo este joven general, que Dios sin duda ha destinado para nuestra salvación, porque tal conjunto de prendas excelentes no se podía hallar ni buscado con candela.

Republicano de corazón, idólatra de la libertad, adherido nuestra causa por convicción de principios animado por el grito mismo de sus compatriotas más ilustres, y creyendo con ellos, que en América se ha de conquistar la libertad de España, reúne un candor de corazón admirable a una claridad de talento muy grande, una rectitud de intenciones a una docilidad que encanta y a un profundo desinterés.

Su odio al despotismo y al gobierno militar, su amor al orden y al gobierno civil, su actividad y atención a todo, la regularidad de sus costumbres la civilidad de sus modales y una figura agraciada ganan las voluntades e inspiran a todos una confianza sin límites.

Ustedes lo van a ver.

A pesar de los vientos nos obstinamos en arribar a este puerto, creyendo por una carta que había escrito de aquí el ministro de la Nueva Granada doctor don Pedro Gual (hombre aquí de mucha opinión y que la merece,) que el de México don José Manuel Herrera debería hallarse en esta ciudad o en la cercana de Washington.

¡Cuál fue nuestra sorpresa al saber que de tantos meses permanecía en Nuevo Orleáns, donde estaba también Toledo y había llegado de Buenos Aires don Luis Iturribarria mi amigo!

El gobierno de esta república repitió la seguridad de obrar prometida por su enviado en Londres; pero como no estaba aquí el ministro de México no podíamos transigir sobre las condiciones para los auxilios había propuesto este gobierno.

El general se dirigió a la principal casa de comercio de esta ciudad el generoso mister Dennis Smith, que deseoso todo el mundo lo está en éste país de nuestra libertad, reunió los principales comerciantes, y les propuso auxiliar la expedición para hacerla más respetable y digna del general que la mandaba.

Él estaba tan entusiasmado, que sólo ponía más que todos y todo iba prósperamente.

La alegría rebozaba entra todos los americanos reunidos alrededor del general como el ya citado ministro Gual, don Miguel Santamaría que desde luego unió su suerte a la nuestra, y es natural de Veracruz, el caballero Revenga natural de Caracas que fue secretario del general Bolívar y ahora lo es del nuestro, don Manuel Torres autor de varias obras excelentes en favor de nuestra América y mártir de su libertad y etcétera.

Sólo nos faltaba escoger oficiales y sargentos, que de todas las naciones de Europa y de esta América se nos ofrecían a centenares aquí, en Filadelfia y Nueva York porque nosotros no trajimos de Inglaterra sino pocos, de que cinco españoles tuvimos que despedir por malos en todo género.

Fuimos en efecto a recogerlos, especialmente científicos, aguerridos y patriotas y sobre todo de un valor y de una probidad sin tacha, para que no puedan desacreditar nuestra opinión.

Pensábamos nosotros marcharnos con ellos y todo lo demás que teníamos antes que pudiésemos tener respuesta del señor Herrera, aunque el general y yo le escribimos, determinamos enviar en julio (nosotros habíamos arribado aquí el 3 de dicho mes) una goleta americana de aquí a Punta de piedras (de cuyos comandantes nos había instruido un oficial caraqueño que había llegado de allá en la popa,) con carta del general y mía más detallada al gobierno supremo de la república que creímos en Tehuacán con el Congreso dándole cuenta de todo lo que llevábamos su disposición, y que estaríamos allá a de septiembre o principios de octubre.

El general escribió también a don Guadalupe Victoria como general de la provincia de Veracruz congratulándolo de tenerle por su compañero de armas, y suplicándole mandase escoltar hasta el sitio del Congreso al conductor de los pliegos, joven apreciable (hermano de Mr. Laborde de este comercio y nuestro gran amigo) que ya había sufrido mucho por la libertad en Cartagena.

Él debía quedarse aguardándonos allí, y la goleta volverse acá, porque pensábamos salir tan pronto que no podíamos recibir aquí la respuesta.

Cuando satisfechos ya de hacer recogido la sargentería y oficialidad más brillante e instruida, que jamás tuvo ejército alguno, especialmente angloamericanos por ser angloamericanos por ser republicanos (sin faltar algunos españoles sabios y decididos, ni americanos nuestros de Caracas y Cartagena de los que hay muchos en San Tomás y Santo Domingo que enviamos a prevenir con cartas del señor Gual que los conoce, y con la ventaja de ser toda nuestra gente católica) catate que llegan las noticias de la disolución del Congreso por la violencia; y aunque nosotros no juzgábamos la cosa irremediable, pues los miembros estaban libres, podían reunirlos el señor Liceaga y existe una junta subalterna más adentro, se pintó como desesperada la situación de México por quien menos debía esperarse, y aún se informe a nuestros comerciantes con el ánimo de hacernos daño, y en efecto se nos hizo el posible porque toda la compañía se nos zafó del empeño, y casi nos quedamos reducidos a sólo lo que traíamos de Londres; sólo el generoso Smith, aunque todo lo creía perdido, todavía asintió a recibir una letra que para lo más urgente giró el general contra los lores que nos enviaban.

Y esto nos cuando ya había salido una goleta de guerra con oficiales para Puerto Príncipe en Santo Domingo punto de nuestra reunión, cuando en nuestra corbeta y un corsario español que en llegando aquí abrazó nuestra causa en obsequio de Mina, estaban ya embarcados casi 250 oficiales y sargentos, a quienes no teníamos más que dar de comer porque nos retiraron también los viveros.

Yo pude por mi amistad particular con don Alexandro Smith hermano de Mr. Dennis (Dionisio) restablecer nuestros asuntos; pero como la compañía había ya perdido la confianza, apenas tres volvieron a entrar en favorecernos con sus pequeñas cuotas.

Entonces Mr. Dennis Smith desplegó toda su bizarría, y se encargó de toda la expedición, tanto más de admirar cuanto que este caballero está ya retirado del comercio contento con su fortuna.

Es verdad que un desembolso cuantioso en un país tan escaso de numerario podría hacer vacilar su crédito si no se le pagase; pero dice que todo ese riesgo lo merece la causa de la libertad de nuestra América que idolatra, y un hombre tan de bien como nuestro general, que teniendo tanta gente en mar, quedaría sacrificado.

Este generosísimo americano merece una estatua y a no permitir que su crédito como banquero perezca, debe empeñarse todo americano que tenga un corazón grato y honrado.

Su mismo hermano nos acompaña para proveernos de todo y armar otra división en Nuevo Orleáns.

Sí señores: la situación de México nos ha obligado a mudar un poco nuestro plan, debiendo antes desembarcar en la costa de México, proveemos da tropas americanas de nuestra misma América y de ésta, sobre lo que informará a usted de los planes del general, don Miguel Santamaría, que enviamos ante ustedes de propósito para ese.

Ya he dicho que es nativo de Veracruz y le conoce bien el señor Almanza.

Es un joven instruido de probidad, y entera confianza, que servía de íntimo secretario a mi primo y amigo de usted Ramos Arizpe, diputado de Coahuila, para los negocios relativos a la libertad de América, por cuya causa ha estado 15 meses en dura prisión, y confinado en Cádiz por Fernando pudo escapar llegando acá poco antes que nosotros, y dándonos el consuelo de que nuestro amigo podrá llegar poco después.

He aquí la fuerza con que mediante la generosidad de nuestro protector Smith debemos desembarcar en la costa de México.

Dos regimientos efectivos de la infantería americana nuestra y angloamericana.

El cuadro de dos regimientos más de la misma arma; la oficialidad europea, de españoles decididos y patriotas, angloamericanos en su mayoridad americana nuestra y no poca.

Un regimiento efectivo de caballería.

Un cuadro más de la misma arma.

Una brigada de artillería volante.

Un cuadro de una brigada de artillería de a pie.

Un parque de artillería gruesa.

Todo se supone bien vestido y armado.

Infinidad de municiones, pertrechos, vivieres, armamentos para algunos miles más, compañías de artilleros, armeros, obreros, y todo lo necesario para la construcción de un fuerte respetable en pocos días.

Mucho papel, imprenta e impresores.

Mucho oficial ingeniero, científico e inteligente de fundición de cañones, construcción de todo género de armas y municiones, de planos, puentes se ríos y etcétera.

Un bergantín de 18 cañones el más hermoso de los Estados Unidos casi todo costeado por Smith, y para no exponerse al rigor de las leyes todo pasado como vendido al general y todo, sin más garantía que su palabra de honor.

En fin va mucho criollo del primer crédito, como el célebre doctor Roscio, doctor Infante, señor Revenga, Iturribarria que creó no espere en Puerto Príncipe, Santa María, y yo de vicario general para servir a ustedes.

Otros españoles ilustres quedan en marcha para unírsenos como el célebre Estrada, Asturias en Londres y etcétera, etcétera.

La corbeta de 22 cañones la goleta y Corsario con unos 250 oficiales y sargentos ha 15 días que salieron para Puerto Príncipe.

Ahora bien: aunque todo esto procurado sobre el crédito de nuestro general lo haya sido a lo más barato posible, como es aquí carísima la mano de obra, es imposible que no ascienda a algunos cientos de miles fuertes.

Cuatrocientos mil duros necesitamos, esto es todo, y sin otra cosa de que mil fusiles que llevaba Toledo, incomparable con un general del crédito de Mina, le ofrecieron ustedes quinientos mil pesos luego que desembarcase, yo he visto la carta de ustedes.

Nosotros no pedimos tampoco todo ese numerario, cien mil pesos efectivos pedimos, o lo más que ustedes puedan aprontar, y lo demás en letras para donde ustedes quieran en favor de Mr. Dennis Smith para sostener así su crédito y el nuestro, y ya podemos entonces contar con cuanto necesitemos en adelante, que todo nos dará, y para eso va su hermano, rico comerciante en Nuevo Orleáns.

¡Ah paisanos míos!

Yo conjuro a ustedes por los manes de tantas centenares de miles de americanos sacrificados en México y las demás partes de América, por el amor de la patria bañada en sanó e, destrozada y amenazada de una esclavitud atroz y eterna, por cuanto hay sagrado en cielo y tierra no nos desamparéis en un momento tan crítico y decisivo para nuestra libertad e independencia, de que depende la de la América entera.

Ahora es el instante de meter hombro, porque si por falta de esa cantidad (que es una ratería para ustedes y mucho más para una patria tan opulenta, quien debe después satisfacerlo a ustedes) no pudiese efectuarse tal fuerza necesaria en las circunstancias, sino que se desgraciase la expedición, o a lo menos por defecto de fuerzas costase la empresa más dilación y más sangre ¡qué responsabilidad ante Dios el mundo y la patria, cuando lo llegase a saber, no pesaría sobre la cabeza de ustedes.

Al contrario, si con la ayuda de ustedes la patria se salva ¡que lauro para ustedes y que recompensas y bendiciones deben aguardarse de ella!

Yo seré después el pregonero de su generosidad y beneficencia.

Yo conozco bien la de ustedes y he asegurado al general que no nos faltarán, pues que los americanos no cedemos para nuestra patria a la liberalidad que mostramos para España, y que mostraron los españoles.

Lo mismo he garantido al generoso Smith ¿y cómo puede él imaginarse, que cuando él por México expone su crédito y su fortuna sobre nuestra palabra, sus hijos tuviesen la ruindad de abandonarnos en la empresa?

El general por su parte asegura la victoria y el éxito con esa fuerza; y puede hacerlo.

El reino de Navarra no tiene 18 leguas de ancho, 28 de largo, de nuestros ejércitos el más cercano distaba 80 leguas, había fuerzas superiores y disciplinadas organizadas al propósito contra él, que jamás pudo alejarse del enemigo arriba de 4 o 5 leguas; no tenía más que dos mil hombres y jamás pudieron batirle.

¿Qué no podrá hacer en México?

Por lo demás su ahínco es sostener al gobierno nacional que exista de hecho; la Constitución la hemos jurado, esa debe ser nuestra regla hasta que un Congreso más numeroso y pacifico juzgue conveniente mejorarla; nada de gobierno militar; la fuerza armada es esencialmente obediente y muda, puede deliberar; el que una la espada al bastón civil es déspota o quiere serlo; se pierde a sí y a la patria.

Estas son sus máximas invariables.

¡Paisanos míos rarísimos!

¡Ánimo!

Y todo se remediará; un momento de unión y América es libre y Europa nos reconoce; no se aguarda aquí y allá sino libertad de México.

Pero Dios nos libre que esta expedición se desgraciase con un general de tal nombre a la cabeza.

La patria se abismaba, se nos creería incapaces de libertad, y quedábamos abandonados.

Es necesario pues hacer el último esfuerzo, un esfuerzo heroico, cual la patria exige en este momento único para poner al general en estado de corresponder a la opinión que tiene aquí y en Europa, y en virtud de la cual este generoso Smith ha arriesgado toda su fortuna, como también parte los lores de la oposición.

Sus bolsas, le añadieron, que le quedaban abiertas en desembarcando, y podía contar con sus rentas enteras.

Este gobierno está de acuerdo, y tanto que Onis y su gavilla, que se han dado desde que llegamos infinito movimiento contra nosotros, y han llenado las gacetas de exageraciones sobre el mal estado de México su anarquía y aniquilamiento de la insurrección, no ha podido (cosa de risa) en tres meses encontrar al secretario de los Estados Unidos para darle una nota diplomática contra nosotros.

Los ministros de Buenos Aires, Caracas, Cartagena y Nueva Granada con otros americanos me enviaron.

No tienen ustedes disculpa.

Nos precedió para prevenir las cosas ante ustedes y en México nuestro íntimo amigo el señor marqués del A., cuya última carta que vimos en Inglaterra era de últimos de marzo frente Santo Domingo.

En llegando aquí le escribí a la Habana.

No he tenido respuesta, y le creo en camino para México, si alguna orden reservada del rey, aunque le mandó dar pasaporte, no le ha detenido.

Si ha llegado, ya estarán ustedes instruidos, aunque quizá no de mi venida con el general, porque ésta se resolvió después.

El último abrazo que dio a nuestro general fue con promesa de darle el otro en el campo de batalla.

Si ahí está, díganle que su hermano queda bueno.

A ambos les sobra patriotismo, y hubo vez que para enviar armas, solicitaron hipotecar todas sus haciendas y propiedades.

Darían su sangre si fuere necesario.

Imítenlos, imitemos tanto americano generoso que ha dado su propia vida por salvar la patria.

No esperen paz ni reconciliación con un tirano tan inexorable.

¡Si tal se porta con esa España que ha hecho sacrificios tan costosos por él, que hacía con nosotros que hemos procurado escapar de sus garras?

No hay peor suerte que la del esclavo que habiéndose soltado e insultado a su amo, vuelve a caer en sus manos.

Sin honor ni palabra ha cumplido de cuanto prometiera a la del mundo entrando en España.

Ésta debate por libertarse de tirano tan abominable, ¿nosotros nos reconciliaríamos con él?

¡Fuego!

¡Vive Dios! seamos libres de una vez.

La mitad del mundo atada a un rincón de Europa del otro lado del océano, su satélite veinte veces mayor que su planeta es un absurdo en lo moral como en lo físico.

España ni puede ni quiere someternos.

No acabaría si empezase a detallar el estado de nulidad y de miseria en que se halla.

Su fuerza naval me consta que está reducida a dos navíos de línea de dos puentes y cinco a seis fragatas no servibles.

Los corsarios de Buenos Aires están bloqueando a Cádiz han hecho muchas y ricas presas.

Si Fernando envió a Cartagena diez mil hombres al principio, fue con el resto de subsidios que debía y entregó Inglaterra.

Esperaba en esta para verificar las bravatas, que publicó al principio del año pasado de enviar 20,000 hombres al Perú y etcétera, pero todo ha sido frustrado porque el parlamento negó a los ministros de San James los subsidios que pedían.

En vano Fernando desterró comerciantes de Cádiz y apresó los consulados de Bilbao y Santander, nada pudieron dar y a pujidos ha ido enviando por barcos mercantes a Canarias algunos puñados de oficiales y soldados, resueltos a pasarse a nosotros si encuentran protección de nuestro lado.

Los que fueron con Murillo ya casi todos perecieron, no le resta ni marina ni fuerza a este verdugo, que no ha podido destacar contra Bolívar más que 400 hombres.

No crean ustedes que la fuerza de éste ha sido derrotada, Mariño está triunfante y Arismendi se sostiene.

También triunfa Buenos Aires y Chile se está libertando.

Cabal y otros jefes progresan admirablemente en la Nueva Granada.

España no tiene otra esperanza que en nuestras divisiones y rivalidades.

Creo que el general Mina, naturalmente conciliador, acabará hasta con las de los gachupines.

Apoyémosle, ayudémosle.

¿Dónde encontrar otro mejor en todas líneas?

Hoy parte en un bergantín inglés para Jamaica nuestro enviado a ustedes don Miguel Santamaría, y el mismo apoderado y agente en toda forma de nuestro protector Mr. Dennis Smith, que aunque le hemos exigido otro agente para nuestra propia satisfacción y testimonio de nuestras operaciones y rectos procederse, ha concebido una idea tan favorable de nuestra probidad y honradez, que no ha querido otro apoderado que el mismo nuestro.

¡Serán ustedes más delicados?

Acompaña a nuestro Santamaría hasta Jamaica el jefe de nuestro estado mayor, oficial de tanta pericia como valor, las familias principales de Caracas, así para recoger allí y en San Tomás todos los oficiales criollos emigrados, como para procurar a Santamaría un barco de guerra inglés, respecto a la mucha introducción que allí tiene, así para seguridad del enviado como para dar ustedes campo de enviar dinero sin comprometerse.

En todo caso lleva Santamaría orden de Mr. Smith, para que a su costa se le lleve con toda seguridad a ese puerto.

El jefe del estado mayor va a recoger, como es, dicho, los oficiales emigrados, y acaso conseguirá que nos escolte y apoye la escuadra cartaginesa de Brion que cruza a Sotavento de San Tomás.

Hoy llega aquí el ministro de la Nueva Granada don Pedro Gual que estaba en Washington para arreglar si él o yo debemos partir pasado mañana en goleta a Matagorda puerto de Texas, porque Auvry con sus corsarios y 800 hombres de Nuevo Orleáns ha tomado aquel puerto de orden del señor Herrera, para tener aquel apoyo en la Bahía de San Bernardo y erigir un tribunal de almirantazgo donde condenar sus presas.

El mismo señor Herrera ha pasado allá, e iré yo con órdenes de Mr. Gual a Auvry como que pertenece a la Nueva Granada, o irá él mismo para que nos escolte y apoye son sus barcos y fuerzas, y para concertar otras medidas.

Otra expedición se prepara también por acá para apoyarnos, y hay cartas de que nuestros lores de Inglaterra nos envían un refuerzo.

Nos lloverán de allá y de aquí; no se espera sino nuestro desembarco.

Deberíamos haberlo hecho en septiembre; pero las circunstancias desgraciadas, en que la disolución del Congreso se nos ha informado que ha puesto a México, obligándonos a un armamento mucho más considerable, y a no desembarcar sin fuerzas efectivas para hacernos respetar, contener a los díscolos, apoyar el gobierno nacional, restituir el orden y tomar por fin a México para terminar de una vez la sangrienta contienda, nos obligan a dilatar un poco más el desembarco.

Dentro de 4 días, si el tiempo que es malísimo lo permite, saldrá en fin el general con 20 oficiales en el bergantín de Mr. Dennis Smith, y según sus cálculos desembarcaremos en la costa de México a fines de diciembre, o a más tardar, a principios de enero, ayudándonos ustedes como lo espero de su patriotismo, y lo espero tanto que he sido garante de que no nos faltarán.

Ni creo posible que desairen el gran concepto que me merecen tan justamente.

Eran una desesperación en Europa las cosas de México y un misterio, porque casi nada se sabía de positivo.

Aquí lo son poco menos, y los españoles procuran en todas partes echar tierra en los ojos.

En Jamaica tienen una fábrica positiva de imposturas.

Por Dios instrúyannos ustedes de cuanto crean conveniente al mejor éxito de nuestra expedición, pues es interés de todos.

Sobre esto es inútil decir más a sujetos como ustedes.

La vía es de toda confianza.

Tengo largo y positivo conocimiento del juicio y probidad del joven que enviamos.

Ya estoy inquieto sobre la suerte del joven Laborde, cuyo hermano ha hecho y está haciendo grandes servicios, y del uso que podrá haber hecho don Guadalupe Victoria de las confianzas que hacía el general al gobierno, Santamaría que también escribió, y principalmente yo que entré en mucho detalle aunque sin comprometer persona de esa América que ni las menté ni insinué.

Si ese general, como se nos ha querido persuadir por acá es del partido anárquico, procuren ustedes por vida suya salvar al caballerito que fue y avisarle de la dilación de nuestra expedición para que se retire, se venga con Santamaría, o procure de otro modo juntársenos.

Si hay gobierno legítimo por ahí, sería bueno me enviase poderes extraordinarios, porque no sabemos aún cómo piensa el señor Herrera, que aunque está bien opinado, hay por aquí intrigantes malévolos que pueden extraviar sus ideas.

En todo caso procuren ustedes informar de todo al gobierno y asegurarle que lo apoyaremos de todo nuestro poder.

Por Dios, por Jesucristo, por María Santísima no nos abandonen ustedes que no vuelva Santamaría sin los socorros, porque seríamos perdidos, y este caballero Smith, cuya generosidad no merece tan mala suerte.

¡Qué gratitud será la nuestra para con ustedes y cual la de la patria!

¿Se dirá que el país más opulento no se salvó por falta de 400,000 duros?

Ni lo imagino, y ya me parece que les hago agravio con repetir mis suplicas.

Perdonen a este pobre anciano, que no respira sino por ver la patria libre y morir.

Adiós, paisanos míos, adiós querido amigo; hasta darles un abrazo.

Manden cuanto quieran a su afectísimo servidor y capellán que besa su mano.

Doctor Servando de Mier.

Baltimore, 15 de septiembre de 1816.

P. S.

Ya dice que envió a cada uno de los cuatro un ejemplar de La historia de la revolución de Nueva España escrita según las circunstancias de 1813.

Hoy escribiría de otra suerte; pero otra obrita tengo manuscrita al caso.

Aunque ya usted ha visto mis cartas, mande un ejemplar de cada una, un Casas y una Representación de la diputación americana, aquél con prólogo, ésta con notas mías.

Dios nos deje vernos.

Ha llegado el ministro Gual y so ha resuelto que yo pase a Matagorda a verme con Herrera llevando de secretario al capitán Yary.

Saldré en la goleta de Mr.

Laborde el 18 de este, es decir de aquí a dos o tres días.

Número 14.

En atención al mérito, y etcétera.

(Despacho idéntico a los publicados, concediendo el grado de alférez de caballería a Lefévre.

Fecho en Galveston, 23 de enero de 1816).

TRANSLACIÓN DEL DOCTOR MIER DE LA CÁRCEL SECRETA DE LA INQUISICIÓN A LA DE CORTE

Secretaría del virreinato.

Año de 1820.

Muy reservado.

Infidencia número 2041.

Sobre traslación a la Corte de fray Servando Mier.

Este cuaderno contiene las contestaciones sobre embarque del padre Mier.

Cuaderno corriente.

Son cuatro cuadernos y dos tomos en octavo mayor.

Nota después de puesta la carta a la Corte no volvieron a la mesa los dos tomos que corrían unidos a esta causa.

Delmotte.

Fuente:

J. E. Hernández y Dávalos. Historia de la Guerra de Independencia de México. Seis tomos. Primera edición 1877, José M. Sandoval, impresor. Edición facsimilar 1985. Instituto Nacional de Estudios Históricos de la Revolución Mexicana. Comisión Nacional para las Celebraciones del 175 Aniversario de la Independencia Nacional y 75 Aniversario de la Revolución Mexicana. Edición 2007. Universidad Nacional Autónoma de México.

Versión digitalizada por la UNAM: http://www.pim.unam.mx/catalogos/juanhdzc.html