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Siglo XIX > 1810-1819 > 1816

Manifiesto expedido en Tehuacán por Manuel de Mier y Terán, explicando las razones que lo movieron a disolver el Congreso.
Tehuacán, enero 16 de 1816.

[A los pueblos de las Provincias de Veracruz, Norte de México y Puebla]

La nulidad de la forma esencial del Congreso, siendo bien conocida en todos los departamentos, parecía que hacía superfluo todo manifiesto justificativo de su disolución; pero como alguno de los individuos de aquél se atreve aún a descubrir pretensiones absurdas, nocivas al progreso de las armas y, sobre todo, a la tranquilidad de las tres comandancias generales, se hace preciso producir los urgentísimos motivos con que el día 15 del próximo pasado diciembre se dio satisfacción a la Comisión Ejecutiva, estrechándola a que reasumiese el mando y tomase medidas para consultar el voto general de las tres provincias.

No solamente el Congreso era ilegítimo por estar compuesto de suplentes por todas las provincias, de diputados llamados arbitrariamente y electos sin el menor tino y discreción, sino que residiendo en los pueblos la soberanía, según el Decreto Constitucional, y siendo indispensable consultar la voluntad de aquél, sobre los representantes que debían asegurar y ejercer sus derechos, el Congreso nada menos pensaba que en permitir las juntas de los pueblos; habiéndose notado que las asambleas provinciales celebradas en los casos más críticos, fueron desaprobadas y calificadas de motines revolucionarios, nocivos a las preeminencias de que S. M. se creía investido.

De este número fueron las juntas de Chignahu apan, en que el departamento del Norte decretó su independencia del mando de Rosáínz, fundándola en los actos hostiles que aquél le había inferido; la de Acazónica, dirigida al mismo objeto, y últimamente la de Tehuacán, celebrada al otro día de la aprehensión del mismo Rosáinz, con el fin de nombrar un comandante interino.

Los actos de gobierno de las Corporaciones desde su instalación, han sido dirigidos constantemente por la política de debilitar el crédito de los militares.

Después de la derrota de Valladolid, retuvieron en el seno de ellas al señor Generalísimo; y en vez de que su alteza se había de haber ocupado de reunir su dispersado ejército, lo vimos entretenido por la violencia que le hacía el Congreso en las operaciones fútiles e insustanciales, sin advertir que su influjo en todos los países insurreccionados era de la mayor utilidad en aquellas desgraciadas circunstancias.

De esta suerte vinieron a quedar sin jefes las divisiones del Ejército del Sur, hasta que el Congreso despachó primero al licenciado Rayón y a pocos días al licenciado Rosáínz, ambos con título de teniente general.

Ambos vinieron con facultades de todo punto iguales para un mismo terreno, independientes el uno del otro; éste con órdenes reservadas de estorbar a aquél el acrecentamiento de sus fuerzas.

¿Y qué resultó de unas medidas tan impolíticas, ignorantes y maliciosas? Lo que era natural, la anarquía más espantosa.

La han padecido los tres departamentos por espacio de más de un año, y la conducta del Congreso en ese tiempo de calamidad ha sido la más incivil y criminal.

Todos los partidos han ocurrido a él manifestando sus pretensiones; para todos había respuesta ilusoria, ambigua y buena únicamente para ensangrentar a los competidores.

Escribía a Rosáinz que sus providencias eran encaminadas a sostenerlos, y al mismo tiempo entablaba comunicación con sus subalternos para que dependiesen de la soberanía [radicada en el mismo Congreso].

Les daba órdenes por diferentes conductos y los excitaba a que le faltasen a la subordinación; como si la anarquía no proviniese de la concurrencia de muchos jefes.

Despacha al desgraciado Arroyave a sustituir a Rosáínz; este tirano lo decapita y obtiene la aprobación del Congreso para que hiciese en lo sucesivo otro tanto con cuantos viniesen.

Nombrado segundo en el departamento del Norte para darle instrucciones concernientes al capricho de Rosáinz, en la ocasión en que el referido departamento resolvió sustraerse del mando de este general, y lo hizo debidamente en junta departamental; pero el Congreso celoso de que los ciudadanos tomen parte activa en su suerte y bienestar, desaprueba el arbitrio de celebrar asamblea y lo reputa por desacato, no obstante que pocos días después decretó la independencia de la demarcación y en seguida fomentó el desarreglo de ella, incitando por medio de Zelaeta a algunos subalternos con el fin de que se sustrajesen del mando del comandante general.

Impelía a este modo de obrar, la necesidad de sostenerse un gobierno que respecto de los comandantes era inútil o nocivo.

Él no podía ensanchar los medios con que se hace la guerra, y por todos caminos procuraba restringirlos, y era incapaz de tener influencia en todas las comarcas insurreccionales, porque los individuos que componían las Corporaciones no habían tenido la política de sacar uno de los departamentos.

Allá, sin el beneplácito de los comandantes y de los pueblos, se llamaban ellos representantes, se fingían Poderes, y sin echar una ojeada a la provincia que pretendían representar, se suplían cuantas facultades les pedía la necesidad.

Al otro día de haber llegado a Tehuacán, en menos de medía hora entre cinco congregantes nombraron otros cuatro, con tanta expedición y tan poco escrutinio, como si se tratara de pajes o recamareras, sin atender a que Corral estaba detestado en la provincia de Veracruz por todo el ejército de aquella parte, por haber querido sostener con animosidad las prerrogativas antímílitares que el congreso concedía a los intendentes.

Este intrigante, que sólo supo exaltar las diferencias entre el general Rayón y Rosáiz; que comenzó a sembrar la discordia en Tehuacán, mucho antes que pudiera recoger su cosecha, esto es, antes que estuviese en proporción de sacar alguna utilidad, que nombrado intendente, sólo se ocupó (como todos ellos) en minorar la ración del soldado para completar sus exorbitantes sueldos, en enredar, provocar y poner a punto la ira de Rosáinz, en términos de atacar Jamapa; llegó a ser el oráculo del Congreso y a abusar de su autoridad para sus fines conocidos de venganza contra los comandantes generales de Veracruz y de las otras dos demarcaciones.

Persuadió a sus compañeros de que el general Victoria no podía extender sus tareas a las dos costas, y por esto a que se nombrase al señor mariscal Bravo en calidad de comandante independiente para la de Barlovento, ocasionando de esta suerte unas competencias, que serían excusadas con que aquel jefe ponga hombres de su satisfacción a donde no alcance su personalidad.

La ficción más extraña a un intrigante y de que sólo Corral es capaz, [ocurrió] en Tehuacán...

En cuanto tuvo su asiento en el solio soberano, se convirtió, de aliado con el intendente Martínez, en defensor de Rosáinz, poniendo en sus agencias tal actividad, que iba ya a exigir un consejo de guerra su satisfacción, sin advertir que un arbitrio tan adecuado para encender la anarquía, no ocurrió quizás ni en la astucia de Calleja.

El representante nuevo de Campeche era conducido a esta maniobra por el deseo de minar el concepto de los comandantes de las tres demarcaciones que no serían tal vez de su gusto.

Otras providencias legislativas aseguraba Corral estar reservadas para cuando hubiera una escolta de seiscientas bayonetas, y su colega Ponce de León elogiaba tanto sus actos constitucionales y de buen gobierno, que por ellos decía haber estado el señor Morelos maniatado y muy sumiso.

Se puede añadir sin temeridad a esa virtud de nuestros legisladores, haber manejado de modo los asuntos que lograron llevar al héroe del Sur al patíbulo de los gachupines; desgracia que esa sociedad de díscolos no tuvo embarazo en festejar casi públicamente porque se acabó el ascendiente que nuestro desgraciado jefe tuvo en todas partes y con tanta envidia y celo miraban los congregantes.

Era la política de ellos arruinar el concepto de los jefes militares, minorar su autoridad y sembrar entre ellos desavenencias para que jamás se uniesen y equilibrando las fuerzas que estaban bajo su mando pudiesen comparecer delante de las Corporaciones en solicitud de sentencias que siempre dejaban el pleito en pie.

Y, haciéndose necesarios de esta suerte, sostenían su dominación en medio del desconcierto, o mejor diré, de la ruina de las respetables divisiones [militares] que sólo son capaces de hacer la guerra con algún fruto.

La debilidad de un gobierno semejante, sus mismos funcionarios la confesaban, y ella seguramente era la que los obligaba a apelar tan frecuentemente a la intriga, al artificio y la calumnia.

Quizás conocería los vicios de su congregación y suponiendo como verdad que ella sería repugnante a todo hombre de razón; por esto llamarían al militar aplicado y al ciudadano de honor, aspirante, ambicioso del supremo puesto, como si ya hubiésemos desalojado al visir español que lo ocupa; y al que en aquella asamblea de intrigantes se le denominaba aspirante, se le condenaba como un reo atentador del sagrado derecho constitucional.

Expresión la más hipócrita en boca de unos hombres que fueron sus primeros infractores, difiriendo la elección de los diputados propietarios por todo el tiempo que quisiesen, con el mismo pretexto que tiene Calleja para llamar a las divisiones de nuestra tropa "gavillas de rebeldes", y es el estar por los enemigos las capitales de las provincias y residir los americanos en los pueblos de poca consideración.

La experiencia confirma cuantas tachas políticas se pueden hacer a las Corporaciones.

Por espacio de un año han gobernado según sus fórmulas de Tierradentro, sin que hayamos podido advertir las ventajas militares ni los efectos benéficos de un gobierno tan organizado.

El terreno que no se ha defendido por las divisiones antiguas que desde el principio de nuestra revolución se han creado en él, lo ha paseado con libertad el enemigo, quien lejos de perder ha adquirido nuevos puntos y plazas en las provincias de Valladolid y Guanajuato.

En las vigorosas defensas de Cóporo y Chapala no conocemos la influencia que ha tenido el Congreso; tampoco sabemos de alguna expedición que haya emprendido con esas fuerzas que decía tener a su disposición.

Esas tropas que aseguran los congregantes tener tan arregladas, no ha llegado a nuestra noticia hayan formalizado una reunión respetable como convenía, aunque no fuese más que para proporcionar a S. M. una situación más cómoda y segura.

Lo que vemos es que las divisiones de Tierradentro existen y operan por el ascendiente de sus antiguos jefes, quienes a los trabajos de luchar contra el enemigo habrían tal vez añadido el de sostener su crédito libre de las tramas del maquiavelismo y la política más ratera; por el cual ha reprimido el Congreso un torrente revolucionario, que si hubiera seguido su curso, tendríamos una mitad menos de enemigos y no hubiera padecido tanta violencia la opinión pública, pues ella habría colocado en cada comandancia los sujetos que disfrutaban la confianza y aceptación de los soldados; afiance único que asegura a los jefes en tiempo de revolución y cuando los hombres se hacen libres en sus opiniones, sin hacer favor más que ala experiencia del mérito y a la justicia .

Observe el Congreso el paradero que ha tenido su lucha con la opinión de los americanos.

Éstos querían a Morelos en el rumbo donde su influjo preponderaba; pero los congregantes lo retenían, tanto para servicio de su autoridad, como porque temían que algún día los dominase.

Ya veremos el resultado de este manejo.

Los países donde hacía falta aquel jefe, han pasado por todos los extremos del desorden y la anarquía; y él por fin, fue inmolado por la táctica de Maquiavelo.

Se empeñó el Congreso en sostener como general a Rosáinz en lugar del señor Morelos, y éste se concitó el odio universal, por lo que vino a ser insuficiente la autoridad de aquél, así como la fuerza de que se valió el otro y a despecho de aquella asamblea de impolíticos.

A Rosáinz lo repulsó de su seno la revolución, como ha repelido a Sesma, y repelará a cuantos abusen de la fuerza y autoridad que les ha presentado la misma revolución.

Las mismas Corporaciones se han desacreditado por su desgobierno en Tehuacán, y desenvolvieron a la vista de todos su chocante e impolítica teoría y lograron al fin que la guarnición, dirigida por oficiales subalternos, las disolviese con una admirable facilidad.

Por el contrario, ha sucedido con los jefes a quienes ha querido autorizar el Congreso y han disfrutado del concepto de los americanos que subsisten con más o menos facultades para obrar, sin que S. M. haya tenido otro fruto de sus persecuciones que el entorpecer las operaciones de los que las han padecido; ponerlos en peligro de dar golpes que pueden dañar su reputación; y sembrando en todo la desconfianza y el temor, agatizar el entusiasmo que hace triunfar a toda revolución.

La nuestra, disuelto el Congreso, se puede decir que se halla en su estado natural, susceptible de que se la forme del modo más conveniente.

En tales términos, las tres demarcaciones de Veracruz, Norte de México y Puebla, por su contacto recíproco y relaciones mutuas, pueden sistemar su unión por el método de los artículos siguientes:

Primero.- Se erigirá una junta de tres individuos y se denominará Convención Departamental.

Segundo.- Los individuos se tomarán uno de cada departamento por elección en junta de militares y ciudadanos libres que estén comprometidos en la suerte de la guerra, presidida dicha junta por el comandante general de la demarcación.

Tercero.- El tiempo en que deben de funcionar los tres diputados, a quienes se dará el nombre de comisarios, se determinará en sus primeras sesiones; pero no ha de pasar el tiempo de un año.

Cuarto.- La residencia de la Convención Departamental no será fija; cada tres o cuatro meses variará al cuartel general de la otra demarcación.

Quinto.- La Convención se formará un reglamento para organizar sus actos de gobierno.

Sexto.- Los sueldos de los tres comisarlos, de secretarios y ofíciales, se lactarán por tercias partes, una de cada provincia.

Séptimo.- La Convención Departamental ejercerá su autoridad en las tres provincias de Veracruz, Puebla y Norte de México; se pondrá en comunicación con las demarcaciones de Tíerradentro o con el gobierno o jefes que ella tenga.

Octavo.- La administración o demisión de esa propuesta, las variaciones o modificaciones que se crea necesario hacerle, serán discutidas en junta departamental de cada demarcación.

Cuartel General de Provincia de Puebla en Tehuacán, enero 16 de 1816.

[Manuel de Mier y Terán.]

Es copia.

Puebla, 29 de febrero de 1816.

Juan Lambau.

Fuente:

Independencia Nacional Tomo II. Morelos – Consumación. Coordinador: Tarsicio García Díaz. Instituto de Investigaciones Bibliográficas. Seminario de Independencia Nacional. Universidad Nacional Autónoma de México – Biblioteca Nacional – Hemeroteca Nacional. México, 2005. Páginas 224-229. Tomado de: Ernesto Lemoine. La revolución de Independencia, t. IV, pp. 388-391.