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Siglo XIX > 1810-1819 > 1816

Lucas del Valle a Carlos María Llórente, sobre las posiciones que ocupan los insurgentes y sus ataques.
Tancoco, diciembre 2 de 1816.

Como el establecimiento de este nuevo punto militar en que tanto ha empeñado usted los esfuerzos de su alcance, puse a cubierto nuestra parte del distrito de Tampico de las frecuentes incursiones que hasta aquí han hecho por este rumbo las gavillas de rebeldes situados en Paloblanco, y Cimarrones y otros puntos, causando en dicha demarcación daños incalculables en sus haciendas, ranchos y habitantes; y como al mismo tiempo también liberta de iguales atentados las doctrinas de Amatlán y Tamiagua, pertenecientes al de Tuxpan, que igualmente han sido bien hostilizados de los perversos.

Era consiguiente hiciesen todo esfuerzo en la destrucción de este Cantón, cuya localidad impide sus inicuos y devastadores planes.

En efecto formado su atrincheramiento y con la fuerza de 50 realistas de la compañía de Tamiagua con que vuestra merced dejó a su salida de aquí el 20 del anterior, organizado este punto, y con las instrucciones conducentes a su seguridad y defensa.

Me mantuve en él sin que ocurriese novedad particular como he manifestado a usted diariamente, y ocupado en reducir a los naturales de este pueblo se restituyan a él y abandonen los montes en que han estado refugiados el espacio de tres años por no adherir al inicuo partido de la rebelión.

El 1o. del presente al amanecer fue atacado este punto por más de 600 rebeldes a pie y a caballo, todos con armas de fuego y blancas.

El grueso de caballería desplegó con señal de ataque sobre el lanco de este atrincheramiento que da frente al oriente, al mismo tiempo que más de 200 infantes se arrojaron con desprecios de nuestros fuegos sobre la parte del sur de un modo poco común esta clase de enemigos, y se empeñó una acción bastante sostenida por ambos costados.

Como tenía divertida mi fuerza en toda la línea de defensa, y sobre el flanco del sur cargaron con tanto arrojo después de media hora de fuego vivo, hicieron replegar los defensores de él con pérdida de dos muertos y heridos a los revellines salientes de oriente y poniente quedando el enemigo dueño de aquel costado, dirigiendo sus fuegos con la mayor vivacidad al interior de nuestro recinto.

Los rebeldes blasonaban la victoria con una gritería desmedida, intimidaciones de “rindan las armas” y otras que despreciábamos, al paso que con hachas y machetes flanqueaban el paso para saltarnos a la arma blanca, cuyos incidentes no dejó de imponer algún pavor a estos bisoños realistas en la ocasión única que habían visto a su frente al enemigo, pero no obstante en pocos momentos hice practicar varios movimientos rápidos sobre el lienzo ocupado de los perversos con el fin de desalojarlos a toda costa, pues que las circunstancias aflictivas en que me hallaba pedían un pronto y ejecutivo medio e dejar bien puesto el honor de nuestras armas cuya victoria vaciló por algún tiempo, en cuyos debates tuve la pérdida de un muerto y cuatro heridos de gravedad sin poder arrojar al enemigo de la posesión que ocupaba.

Mis maniobras interiores se interrumpían cada vez más con el sostenido fuego del enemigo.

Los lamentos de los heridos moribundos y el ver abierto una gran brecha en la estacada hasta que les facilitaba su entrada, comprometieron más mi deber a hacer el último sacrificio.

El primer ayudante de esta segunda división, don Francisco Rodríguez que usted dejó en este punto con el fin de restablecer su salud, dirigió con un arrojo digno de su clase aquellos encuentros hasta precipitarse sobre el lienzo ocupado, con sable en mano y herir a un rebelde; pero este acreditado oficial haciendo otra nueva tentativa a la balloneta sobre el enemigo con algunos realistas, consiguió desalojarlos en el momento mismo de intentar el asalto en cuya última operación tuve tres heridos.

Mucho contribuyó a la victoria el vivo fuego que sufría la canalla desde los citados revellines, únicos puntos de defensa a que había reducido su multitud a esta pequeña guarnición; pero reanimados estos realistas y dueños ya de nuestra posesión, gritaban con el mayor placer “¡viva el rey!” y solicitaban de mi les permitiese salir a vengar más y más la sangre de sus compañeros; pero como la fuerza enemiga, aunque en fuga, era de tanta consideración, y no podía disponer mas que de 20 hombres para la persecución, dejando menor número en este atrincheramiento.

No accedí a aquel pedido y si trate de cubrir en el momento nuestra línea de defensa.

Los traidores en retirada y vergonzosamente vieron desaparecer la gloria que pocos momentos antes decantaban sobre nuestra ruina, y se situaron en el paraje nombrado Tierrablanca, distante media legua de este punto y en dirección al de la Campechana, sufriendo considerables pérdidas de muertos y heridos, dejando a nuestra inmediación uno de los primeros que no pudieron llevarse como lo hicieron con otros muchos, tres caballos ensillados, otro muerto, una carabina y varias frijoleras que abandonaron en el campo, y he mandado repartir entre estos bisoños pero valientes realistas.

En premio a la constancia de dos horas de sangrientos encuentros, cuya resolución, espero merezca la aprobación de usted, nuestra pérdida en la rigurosa defensa de este punto ha consistido en tres muertos y diez heridos casi todos de gravedad.

Si el auxilio que pedí al comandante militar de Tantima, distante de este cantón menos de tres leguas hubiese llegado oportunamente, habría obtenido otra nueva gloria sobre los rebeldes que se mantuvieron a nuestra vista hasta el mediodía, mas como aquel no llegó hasta las 9 de la misma noche, y en la tarde se retiró la canallada, carecí de esta satisfacción.

La extensión de 54 varas de longitud que tiene este atrincheramiento formado de estacada y en forma de cuadrilargo con sus revellines salientes en los centros de sus costados; su situación en lo más diáfano de este pueblo, la pequeña y bisoña guarnición que lo defendía el decidido empeño que hicieron los traidores a costa de muchas vidas que sacrificaron y dos horas del más vivo y sostenido fuego, son en sí circunstancias que acreditan los justos sentimientos de honor de estos dignos vasallos y defensores de los derechos de nuestro monarca el señor don Fernando VII, por lo que en obsequio de la justicia que se merecen estos beneméritos individuos, no puedo menos de recomendarlos a la alta consideración de usted, para que se sirva elevar su buen comporte al superior conocimiento del excelentísimo señor virrey de este reino, haciéndolo muy especialmente de la conducta militar del citado ayudante don Francisco Rodríguez quien a pesar de sus achaques hizo los servicios que llevo detallados y son tan propios de su acreditada bizarría.

Al teniente de mi compañía don Dioniso Quiroz, al valiente cabo del regimiento fijo de Veracruz, Juan Antonio Raso, que usted dejó aquí para la instrucción de estos realistas y salió herido de un brazo; a los soldados de la segunda y tercera compañía de esta división que casualmente se hallaban en esta punto, Manuel Medina y Bernabé de Sosa, y a los individuos de la compañía de mi cargo, cabo Juan de Dios Lemus, Francisco Aldama, Miguel Capitán, José Mariano Lemus, Manuel Cruz y Andrés Avelino, que se distinguieron de un modo extraordinario en la última carga dada al enemigo, siendo igualmente dignos del mayor aprecio todos los que componían esta guarnición que desearon a porfía aumentar una nueva gloria a las invencibles armas del rey como lo consiguieron.

Dios guarde a vuestra merced muchos años.

Tancoco, 2 de diciembre de 1816.

Lucas del Valle

[Rúbrica]

Señor teniente coronel don Carlos María Llórente, comandante en jefe de esta segunda división del norte.

Fuente original:

AGN (Archivo General de la Nación), Operaciones de Guerra, vol. 260, fs. 356-361.

Fuente:

Carlos Herrejón Peredo y Carmen Saucedo Zarco. Guadalupe Victoria. Documentos. Instituto Nacional de Estudios Históricos de las Revoluciones de México. Secretaría de Educación Pública. México, 2012. Primera edición. 557 pp.