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Parte detallado, rendido por el jefe realista Manuel de la Concha al virrey Calleja, sobre la acción de Temalaca, en la que don José María Morelos fue derrotado y hecho prisionero.
Tepecuacuilco, 13 de noviembre de 1815.

Excmo. Sr. Virrey, D. Félix María Calleja.

Reunida la sección del teniente coronel D. Eugenio Villasana y la mía en la Cuadrilla de Zazamulco el día 2 del corriente, acordamos unánimes hacer una persecución continuada al rebelde Morelos que con su gavilla marchaba por el margen del río con dirección al pueblo de Atenango, que era puntualmente el que le proporcionaba un paso más fácil que el de Totozintla y Mescala; pero como este traidor había intentado por cuantos arbitrios le fueron asequibles ocultar su derrotero, creímos que acaso podría retroceder a pasar el río por algunos de los parajes que estaban ya a su retaguardia, mas como las noticias adquiridas por el Sr. Villasana y el vado que tiene el río por Atenango nos daba cierta idea de que su objeto no podía ser otro que acercarse a aquél, resolvimos separar de ambas secciones ciento treinta infantes ligeros y docientos ochenta caballos, tomando yo el mando de esta tropa y la marcha a las doce de la noche del expresado día 2, por los pueblos de Manianalan y Tulimán, por donde a pesar de ser un camino extremadamente penoso se ahorraban seis leguas respecto del Real que guía a Atenango.

La noche del 3 pernocté en la hacienda de Tecuacuilco, de la cual salí la madrugada del 4 para reunirme en el pueblo de Tulimán a cien caballos que el Sr. Villasana había mandado en observación de los movimientos de Morelos, quienes me aseguraron que éste había pasado dos días antes el río por Atenango, cuya certeza acabé de confirmar por un indio que aseguró haberlo dejado el anterior en el pueblo de Temalaca donde estaba dando descanso a su gavilla.

Con esta noticia violenté la marcha para pasar el río aquella propia noche del 4, y habiéndolo verificado, duró esta operación hasta las once de la misma y por lo mismo descansó la tropa al margen opuesto tres horas, supuesto a que creí que si lo hacía más tiempo no había de encontrar en aquel pueblo a Morelos, quien seguramente la confianza de haber pasado el río y un fuerte aguacero que le cayó la noche del 3, le obligaron a hacer aquel alto en Temalaca, que distaba seis leguas del río.

Éstas se me alargaron en extremo, porque sin haber tenido la más mínima detención no pude llegar a Temalaca hasta las 9 de la mañana, hora en que puntualmente avistamos la retaguardia de Morelos que marchaba camino al pueblo de Coesala por la cumbre del cerro que intermedia.

Un corto alto que mi sección hizo en Temalaca, sólo con el fin de tomar un poco de agua que hasta allí había faltado, fue bastante para que los traidores en un corto trozo se apoderasen de la cumbre, la cual abandonaron luego que la división marchó hacia ellos, con la circunstancia de no haber dado ésta ni aquéllos un solo tiro, cuya particularidad acaeció también en otra altura que a continuación tomaron, formando una línea de batalla de alguna consideración con su infantería y caballería.

Desalojaron ésta en el mismo acto de observar que nosotros nos dirigíamos a batirlos en tres trozos y, por lo mismo, se replegaron a unas lomas contiguas donde Morelos había recibido la noticia de nuestra aproximación.

Aquí fue donde este rebelde se resolvió a esperarnos en tres divisiones que formó su chusma, la una a su izquierda, mandada por el supuesto brigadier Bravo, la del centro el de igual clase Lobato, y la de la derecha por él mismo, quien se reservó el principal trozo de infantería y las dos piezas de artillería.

Esta formación se observó por nosotros luego que se tomó la segunda altura y así dispuse que el capitán de Fieles de San Luis, D. Manuel Gómez [Pedraza] con su Compañía y el piquete de Dragones de España al mando del de igual clase, D. Mateo dtilti, atacasen su izquierda, haciendo su caballería una carga a todo escape, al propio tiempo que cuarenta Cazadores de Fernando VII, a las órdenes de su teniente D. José Cobos, treinta de Zamora a las del subteniente D. Serafín Pérez, treinta de Tlaxcala a las de el subteniente D. Victoriano Castillo y trienta mixtos del Fijo de Veracruz y Tlaxcala a las del subteniente D. Mariano Irala, avanzasen por el centro, confiados los dos trozos en que por nuestra izquierda tenían igual orden los cuerpos de realistas fieles de Tepecuacuilco, Iguala, Cocula, Teloloapan y mi escuadrón de Ixtlahuaca, a las órdenes de los comandantes D. Juan Pablo Pinuaga, D. Mariano Ortiz de la Peña, D. Manuel Castrejón, D. Anastasio Román, D. Jacinto Romero, subteniente urbano de Toluca y el capitán D. Francisco Alejo Salazar.

En esta disposición se emprendió el ataque a las once de la mañana con un fuego bastantemente vivo por ambas partes y con la circunstancia que el enemigo rompió los suyos con las dos piezas; mas como todos los cuerpos de mi mando cumplieron tan perfectamente bien con sus deberes, principalmente el bizarro capitán Gómez, que se fue sobre ellos sin atender a las dificultades que presentaba el terreno que le tocó, se dispersaron y pusieron en precipitada fuga casi a un propio los tres trozos que componía la batalla enemiga, poco después de una hora que duró la actividad del avance y, por lo mismo, se siguió el alcance en todas direcciones, particularmente por aquellas donde iban los gruesos principales.

Uno de ellos fue el que tomó y siguió a Morelos por el gran cerro contiguo a la loma de su formación, por donde se llevó un cañón, acaso con el objeto de hacerse fuerte en la cima de aquél; pero la valiente caballería que tenía aquella dirección sin haberle dado lugar para más que a subir la media, le quitó aquella pieza e hizo una mortandad horrorosa en la infantería enemiga que seguía a Morelos, y a éste lo apresó en una de las cañadas el teniente de realistas de Tepecuacuilco D. Matías Carranco, cuya particularidad lo hace recomendable a pesar de que por aquel lado habían cargado muy cerca de docientos caballos de todos los cuerpos de que se componía la sección.

Los restos de ésta siguieron el alcance por el frente y Camino Real de Coesala en donde, por habérseles formado nuevamente los dispersos en una barranca que intermedia, se empeñó otra escaramuza, la cual resultó en nueva mortandad de los rebeldes.

Esta operación la hicieron seguramente por defender el botín de Morelos, su equipaje y los de los cabecillas que lo acompañaban, pero a pesar de ello todo quedó en nuestro poder y aunque se haya escapado alguna cosa, sólo habrá sido lo que tomó mucha anticipación.

Hasta las cinco de la tarde no se reunieron los cuerpos que siguieron el alcance a los enemigos y a consecuencia no habían sabido parte de ellos la prisión de Morelos y la del capellán mayor del Congreso, Morales, cuya vista les fue tan inesperada que por sólo ella se olvidaron del hambre que hacía tres días les acompañaba y de la sed que por la fatiga y por no encontrarse agua en aquellas inmediaciones les acosaba extremadamente.

Todo fue alegría, en términos que a la tropa le pareció poco el ver cerca de trecientos enemigos muertos en el campo, a comparación de la presa de Morelos, como objeto principal de sus desvelos.

La pérdida de los rebeldes con treinta prisioneros que se fusilaron en Atenango, no bajó de aquel número, con la circunstancia de que en el campo murieron también los cabecillas Sesma el Viejo, Lobato, el coronel o brigadier, y Gallardo, sargento mayor.

Las armas de fusil y blancas que perdieron aquéllos, aunque es de mucha consideración, no he podido averiguar el número cierto de ellas, a causa de que los cuerpos realistas marcharon al siguiente día para sus respectivos destinos.

Los dos cañones con sus municiones y las de fusil que son en número de bastante entidad quedan en mi poder.

El botín y equipajes se ha distribuido en la tropa, y sólo he reservado cinco barras de plata de seis que dice Morelos llevaba y algunos comestibles para la provisión de aquélla.

El importe de las barras y el producto de las mulas que portaban, todo se servirá V.E. decirme el destino que le he de dar.

A Morelos y a el capellán Morales los tengo bien asegurados, esperando que V.E. determine de ellos en virtud del parte que desde Temalaca remití a V.E. con fecha 6, debiendo haber sido del 5, que fue la acción, cuyo equívoco padecí a virtud de no tener allí mis papeles.

Los pueblos por donde he transitado hasta éste desde el campo de batalla, han concurrido con todas las cuadrillas inmediatas a ver y conocer a Morelos como monstruo y autor de las desgracias que por él les han sobrevenido, en términos de que ha habido república que ha pedido su muerte en pedazos, principalmente aquellas que en la marcha actual de aquél han sufrido el incendio de sus pueblos y la muerte de uno de los mejores capitanes que mandaba los realistas de Tulimán.

Que yo haya hecho unas marchas forzadas de noche y día desde 23 del último octubre que por superior orden de V.E. salí desde Tenancingo buscando a Morelos, nada tiene de extraño, porque habiéndolo verificado así, cumplí con mis deberes y desempeñé la confianza de V.E. en haber puesto a mis órdenes la respetable sección que mandé; pero que los individuos que componen ésta hayan trabajado tan empeñosamente por climas malos y caminos peores, sufriendo con resignación la escasez de alimentos y aun la de agua en estos últimos días, me hace recomendarlos a la consideración de V.E., dividiendo en dos partes a los oficiales que componen esta valiente tropa, la una para aquellos de mi sección y la de Villasana que atacaron a Morelos, y la otra por los demás que de mi División dejé agregados al Sr. Villasana.

Los que componían la sección que atacaron y contribuyeron al destrozo y prisión de Morelos, son el teniente D. José Cobos, del Fernando VII, D. Serafín Pérez, subteniente de Zamora, D. Victoriano Castillo, de la misma clase de Tlaxcala y D. Mariano Irala, también subteniente del Fijo de Veracruz; el capitán de caballería de Fieles de San Luis D. Manuel Gómez, subteniente D. Vicente Irureta y su subteniente D. Feliciano Pedrosa; el capitán de Dragones de España D. Mateo Cuilti y su teniente D. Feliciano Rodríguez, que me sirvió de ayudante en la expedición; el comandante de Realistas de Tepecuacuilco D. Juan Pablo Pinuaga, su teniente D. Matías Carranco y el subteniente D. José María Ramírez; el comandante de Realistas de Iguala D. Mariano Ortiz de la Peña, el teniente D. León de Higuera y el subteniente D. Ignacio Peña; el comandante de fieles realistas de Huisuco D. Manuel Castrejón; el comandante de Realistas de Totoloapan D. Anastasio Román; el teniente de éstos D. José de Jesús Román y el subteniente D. Bruno Rabadán; el subteniente de Dragones Urbanos de Toluca D. Faustino Romero; el capitán de mis realistas de Ixtlahuaca D. Francisco Alejo Salazar y el subteniente D. José Fariñas.

Los oficiales que dejé en la sección del Sr. Villasana y pertenecen a la mía, como que han acompañado a ésta en todas las expediciones que con este objeto se han hecho desde Tenancingo, son el capitán de Zamora D. Manuel Herreros, subteniente D. Manuel Cedrón y el subteniente D. Francisco González y cadete D. Rafael Ruiz; el capitán de infantería de Fernando VII D. Jacobo Velarde y los subtenientes D. José Sola y D. José González Fuentes; el teniente de Tlaxcala D. Mariano Gil, el de igual clase D. Manuel Sorrilla y los subtenientes D. Mariano Arana, D. Antonio Guarnero, D. Juan Oropesa y D. Rafael Aguilar, que son los únicos que vienen al frente de docientos hombres de Tlaxcala, por defecto de los tres capitanes que residen en Toluca y no han querido salir a éstas ni a las expediciones anteriores que yo he mandado. (*)

El teniente de Urbanos de Toluca D. Agustín Fuentes; el capitán de mi escuadrón D. Martín de Iturriaga y el teniente del mismo D. Francisco Patiño.

Todos, todos los recomiendo a la consideración de V.E., porque han despreciado las amarguras de una persecución, porque supieron que ésta se dirigía en contra del rebelde Morelos, que tantos daños ha hecho y amenazaba hacer en la América.

Con particularidad debo hacer presente a V.B. el sobresaliente mérito del sereno capitán D. Manuel Gómez, del de igual clase D. Francisco Salazar, del teniente y subteniente de infantería Cobos, Pérez, Castillo e Irala, del de mi ayudante subteniente de Tlaxcala D. José Fariñas, que comunicó las órdenes con la mayor puntualidad, y del subteniente de Fieles Pedrosa y sargento de mi escuadrón George Enríquez, que fueron los que primeramente, despreciando los fuegos enemigos, se arrojaron sobre ellos.

Dios guarde a V.E. muchos años.

Tepecuacuilco, 13 de noviembre de 1815.

Excmo. Sr. Manuel de la Concha [rúbrica].

Fuente:

Ernesto Lemoine Villicaña. Morelos, su vida revolucionaria a través de sus escritos y de otros testimonios de la época. Universidad Nacional Autónoma de México. Primera edición. México, 1965. p. 598-603.

Nota de Ernesto Lemoine Villicaña: Archivo General de la Nación (AGN), Operaciones de Guerra, t. 117, f f. 235-48.

Original, con una nota en su primera plana: "Inserto en la Gaceta n. 824"; y, en efecto, con la supresión de un párrafo y otras ligeras variantes, se publicó en la Gaceta del Gobierno de México, de 21 de noviembre.

Éste es el engolado relato del vencedor, mas para completar el cuadro, se hace necesario conocer la "Visión de los vencidos" —que diría León Portilla—, por lo que incluimos adelante (Doc. 227) el sobrio y angustioso informe de un soldado de la escolta de Morelos, ínfimo protagonista de aquella malhadada acción, que presenció el acto final del derrumbe de su inmenso jefe.

(*) Otra nota de Ernesto Lemoine Villicaña: Éste párrafo, subrayado por nosotros, no se incluyó en la Gaceta.