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Siglo XIX > 1810-1819 > 1815

En oficio reservado al Ministro de Indias, Calleja hace interesantes observaciones acerca del carácter de la insurgencia.
México, 22 de febrero de 1815.

No. 11. Reservada.

Excmo. Sr. Ministro Universal de Indias.

El estado de estos países en cuanto a la opinión y por lo respectivo a la guerra de los insurgentes, es el mismo que he manifestado a V.E. en mis últimas cartas relativas a este asunto.

No hay en el día un cuerpo capaz, como los que se formaban en otro tiempo, de apoderarse de ninguna provincia, capital o pueblo en que estén nuestras tropas, por la actividad con que se les persigue; ni cuentan con un solo país o territorio de que puedan llamarse dueños con propiedad; pero, en cambio, lo son casi exclusivamente de los campos.

Infinitas gavillas de bandidos más o menos numerosas, sin dependencia ni reconocimiento entre sí y muchas veces haciéndose cruelmente la guerra las unas a las otras, vagan como árabes por todo el Reino, robando, incendiando y talando el país, escaseándonos y aun privando a muchos pueblos de subsistencias e impidiendo los medios de regenerar los ramos arruinados.

Tal es en sustancia el estado de la Nueva España.

La Junta Revolucionaria, compuesta en la actualidad de los tres cabecillas Liceaga, Morelos y Cos, que forman lo que llaman ellos Poder Ejecutivo y que situada al sur y poniente de Valladolid, era la más temible y parecía amenazar, según los avisos de D. José de la Cruz y de las autoridades de aquella ciudad, la seguridad y existencia de las provincias interiores, ha bastado para dispersarla la división de mil hombres escasos que al cargo del coronel D. José Antonio Andrade dije a V.E. había salido para aquel rumbo, la cual regresó a Valladolid el 18 de enero último, después de haber recorrido todo el país comprendido entre aquella provincia y la Nueva Galicia e interná(n)dose en el territorio de ésta hasta ponerse en contacto con las divisiones de Cruz, sin encontrar otra oposición que la que ofrece para la marcha y manutención de las tropas y sus caballerías, la falta de subsistencias por la ruina que ha causado a la agricultura el sistema que se han propuesto los bandidos, de quemar e inutilizar todo lo que no pueden conservar; cuyos partes dirigiré a V.E. luego que me los permita el brigadier D. Ciriaco de Llano, a quien los pasó aquel jefe.

Con un sistema tan bárbaro y cruel y con el de obligar a las gentes de los pueblos a que los abandonen a la llegada de las tropas, son indecibles los obstáculos que ofrece esta guerra; y puede decirse que sin presentar grandes masas, son dueños del país, del que se apoderarían en lo absoluto sin la actividad con que se les persigue y sin este incesante cuidado de preparar los medios necesarios para frustrar sus designios y deshacer en su principio las reuniones que se forman con la mayor celeridad, apenas se les da tiempo para ello.

Sin embargo, en su actual estado y con su privativa táctica de no empeñar acción alguna, de cuyo buen éxito no tengan una casi segura probabilidad, y de aumentar todo lo posible su caballería que en efecto es numerosa y la mejor del Reino, por componerse de hombres de a caballo y gentes del campo, bastan para ocupar a muchas tropas, sin que éstas logren sino muy rara vez y a costa de mucha fatiga y actividad darles algún golpe considerable.

Así ha sucedido con el convoy de Veracruz, que sin embargo de contar con la fuerza de 1,500 hombres, le han detenido en Xalapa desde mediados de noviembre último, siendo infructuosas cuantas expediciones se han hecho hasta ahora por las mismas tropas del convoy, bien que me prometo mediante las providencias que últimamente he tomado y de que instruyo a V.E. en cartas separadas, allanar los obstáculos estableciendo puntos militares, sin lo cual no puede contarse con el país y para cuyo fin se necesita reunir triplicadas fuerzas de las que tienen los enemigos. y que el gobernador de Veracruz quiera concurrir con las tropas de aquel clima, las únicas que pueden conservarse en él en la estación de aguas.

La apertura de este camino ocupa mi principal atención en el día y será uno de los primeros frutos de la llegada de las tropas que V.E. se ha servido anunciarme; y este aumento de fuerzas y el que proporcionalmente tendrán también todas las provincias, según sus atenciones; la mayor energía aplicada de resultas y la esperanza de que estas gentes cansadas de la vida errante que llevan hace cinco años, quieran volver al seno de sus familias y hogares, me hacen concebir la lisonjera idea de que llegará acaso entonces el tiempo de que dejen las armas de la mano; aunque, si he de decir lo que siento, me parece muy remoto y difícil en un pueblo cuyo apego al ocio y al robo le hace olvidar los intereses más caros al hombre.

Por otra parte, este odio infame que ciertas clases, especialmente los eclesiásticos, le han hecho concebir hacia el Gobierno legítimo y los europeos en general, y que no han bastado a extinguir las proclamas, las estrechas medidas que he tomado, prohibiendo los destinos y empleos públicos a quienes no sean conocidos por adictos a la justa causa, ni los edictos pastorales y los escritos más luminosos que procuro fomentar, junto con la idea vaga pero lisonjera a un pueblo vicioso e ignorante de disfrutar con la independencia una libertad sin límites, y al ver lo arraigados que por desgracia están semejantes principios, me hacen desconfiar de que basten aquellos medios y motivos para establecer la tranquilidad apetecida, así como se engañaron mis esperanzas y las de todos los sensatos, creyendo que sería suficiente el regreso de nuestro amado soberano para obligarles a reconocerle y deponer las armas.

Por el contrario, puede decirse con verdad, que nunca se les ha visto más activos y empeñosos en formar reuniones, armarlas, vestirlas y disponerlas para la campaña, que en la ocasión en que el más amable de los soberanos hace oír su voz paternal, en lo que convienen todas las noticias que recibo de las provincias, dimanado sin duda de que saben la próxima venida de las tropas de esa Península y el temor de ver frustrados sus proyectos, les obliga a hacer esfuerzos extraordinarios por realizarlos antes de su llegada.

Yo no sé que otras medidas podrán alcanzar a destruir este espíritu de rebelión. Convencido de que ella tiene su principal origen y apoyo de la perversidad del estado eclesiástico, voy a tentar el medio de que se pongan los curatos como en los principios de la Conquista, exclusivamente en manos de buenos religiosos y de los pocos clérigos adictos a la justa causa, y a excitar para ello a los respectivos diocesanos, recogiendo en las capitales y extrayendo del Reino a todos los eclesiásticos malos o sospechosos, aunque algunas feligresías queden, como es natural, sin ministros; teniendo en mi concepto menos inconvenientes el que carezcan del pasto espiritual, que el que se alimenten con doctrinas subversivas y contrarias a los derechos del soberano y de la patria.

Si por este medio llegase a curarse la enfermedad, lo demás no deberá dar cuidado, pues las tropas de la Península unidas a las fieles y valientes del país, bastarán con la prudencia necesaria en el Gobierno para contener y disipar en poco tiempo las reuniones de los obstinados que quieran llevar adelante sus pretensiones y contra quienes no veo otro camino que el del rigor.

Desde mi parte último de fin de diciembre, cuyo duplicado remito ahora, no ha ocurrido otra acción de alguna importancia que la en que fue derrotado el cabecilla Rosáinz, a quien reconocen la mayor parte de las gavillas situadas al sur y oriente de esta capital, y de que tratan las gacetas núms. 691 y 694, que con las demás hasta esta fecha remito a V.E. por separado; y a la verdad, debo aplaudirme de no haber hecho bajar al camino de Veracruz la división que le derrotó, porque en ausencia de ella era probable que unido a las demás gavillas de aquel rumbo, se hubiere apoderado de las villas de Orizaba y Córdoba, donde existen los tabacos del rey, que importan muchos millones y que son el principal fondo de nuestra subsistencia.

Por el mismo rumbo y el de Oaxaca, comprendido todo en la Comandancia General del Sur, no ocurre otra cosa que la extraordinaria aglomeración de fuerzas que ha congregado en dicho camino la codicia del convoy y para cuya disipación he tomado las providencias de que impongo a V.E. en cartas separadas.

Por lo respectivo al Ejército del Norte, que manda el brigadier D. Ciriaco de Llano, las últimas noticias que tengo son las de que, habiéndosele reunido el coronel Iturbide con una fuerte división y hecho acercar otra por el sur de Valladolid, tomaron posición el 21 del mes próximo pasado a la inmediación del cerro de Cóporo, cuyas defensas, habiendo tenido un aumento considerable por el tiempo que ha mediado, se han visto aquellos jefes en la necesidad de reducir a los rebeldes por medio de un sitio que estrechaban de día en día y en cuyas operaciones se ocupaban, impidiéndoles todos los recursos y subsistencias e imposibilitándoles la fuga que habían intentado varias ocasiones.

Aunque me lisonjea la fundada esperanza de que quedarán bien castigados y de que podrá servirles de nuevo escarmiento para no volverse a fortificar más, con el designio que ahora se propusieron de formar un establecimiento permanente, siento el vacío que ha dejado la división de Iturbide en la rica provincia de Guanajuato y en las inmediatas de San Luis Potosí y Zacatecas, que no pueden menos de experimentar los efectos de la ausencia de aquellas tropas, porque teniendo cada provincia, como he dicho a V.E. mucho menos de lo que necesita para sostenerse, y existiendo dentro de ellas una porción de bandidos que se reúnen con celeridad, cualquiera movimiento de esta clase da lugar a que perpetren sus acostumbrados robos, incendios y saqueos en los territorios pacíficos y organizados.

De las Provincias Internas no he vuelto a tener noticias, y esto prueba que continúan en su estado de tranquilidad y que por la frontera de Texas tampoco ocurre novedad, pues están libres las comunicaciones, como lo acreditan los respectivos convoyes que vienen de lo interior; y tengo prevenido al brigadier Arredondo que me participe por extraordinario cualquiera ocurrencia que haya digna de atención.

En el mismo estado supongo a la Nueva Galicia, respecto a los partes que me ha dirigido el coronel Andrade de sus. operaciones, y no haber recibido aviso alguno en contrario del Mariscal de Campo D. José de la Cruz, cuya principal atención ocupa todavía la reunión de indios fortificados en el islote de la laguna de Chapala.

Póngolo todo en noticia de V.E. para que se sirva, si lo tiene a bien, imponer a S.M. de la situación en que se encuentra este Reino, asegurándole que nada me quedará qué hacer por su conservación y para avanzar los progresos de sus reales armas en la deseada pacificación de él, empleando todos los medios de la energía y de la prudencia que me sugieran mis escasas luces.

Dios. México, febrero 22 de 1815.

Excmo. Sr. Félix Calleja.

Fuente:

Ernesto Lemoine Villicaña. Morelos, su vida revolucionaria a través de sus escritos y de otros testimonios de la época. Universidad Nacional Autónoma de México. Primera edición. México, 1965. p. 532-536.

Nota de Ernesto Lemoine Villicaña: Archivo General de la Nación (AGN), Virreyes (Calleja), t. 268-C, f f. 62-5.

No está por demás insistir en que las ideas de Calleja que más se aproximan a su verdadero pensamiento en torno a la volcánica situación que vivía el virreinato, han de buscarse en documentos confidenciales como éste, no destinados al público; y mucho menos en los altisonantes y neronianos bandos, proclamas y partes militares que salían en las gacetas, donde se descubren, a cada paso, las mentiras más gruesas, la demagogia por sistema y la más increíble distorsión de la realidad.