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Siglo XIX > 1810-1819 > 1815

Elogio histórico del general don José María Morelos y Pavón, formado por el licenciado don Carlos María Bustamante.
Apróx. Diciembre de 1815.

Juntaba en su carácter las mayores y más nobles cualidades que pueden hacer honor a la naturaleza humana, y dar a un hombre grande ascendente sobre los demás. (Nota 1)

Era no menos superior en la paz que en la guerra.

Sus miras, sus ideas, y sus razones eran admirables en el consejo; su intrepidez maravillosa en la acción; y cuando se trataba de ejecutar lo que una vez decidía, no ha habido en el mundo quien uniese tan perfectamente la firmeza con la diligencia.

Era amigo extrañamente generoso, y por otra parte capaz de perdonar aun a los que se manifestaban sus mortales enemigos...

Conyers Middleton en la descripción del carácter de César. Tom. 3, pág. 270.

Traducción de Azara.

La conducta equívoca de los hombres expuesta a contrarias aberraciones, ha dado lugar para que se remita al tiempo la calificación imparcial de sus hechos hazañosos, y se reserve al tribunal de la justa posteridad el fallo inexorable sobre sus vicios y virtudes.

Sin embargo, en siglos fecundos de sucesos maravillosos como el presente, comparecen en el teatro del mundo personajes tan privilegiados, que es preciso dispensarles de aquella ley general, y conceder de grado a sus panegiristas e historiadores, que esparzan sobre sus sepulcros las flores de la elocuencia, mezcladas con los suaves aromas, y dulces lágrimas de una sincera gratitud, estando humeante su sangre, y cuando sus cenizas no están yertas en la pavorosa región de los sepulcros; ora sea para desahogo de un pecho agradecido, ora para trazar a sus posteros las huellas que les dejaron para remontar su nombre, y grabar sus pomposos títulos en el augusto templo de la memoria.

¿Y quién no ve que en este limitado catálogo de ilustres personajes debemos colocar (cuando celebramos el día fausto de nuestra independencia) al muy honorable y excelentísimo señor Don José María Morelos y Pavón, cura de Nocupétaro y Carácuaro, general en jefe del Ejército del Sur, fundador del primer Congreso Nacional de Chilpancingo, y ornamento precioso, no menos que ilustre víctima inmolada por la libertad de la esclavizada nación mexicana?...

¡Vive Dios! Que al tiempo de pronunciar este nombre, nombre para mí, dulce y respetable, no menos que al tiempo de escribirlo, mi corazón agitado de extraordinarios latidos, vuela a la región del entusiasmo, e invoca en su auxilio a los genios de otros muchos caudillos que tan intrépidos como él, sellaron con su sangre su amor purísimo a la patria en los campos de batalla, y en los patíbulos; compraron a precio de ella nuestra libertad, y merecieron de justicia nuestros más tiernos y dolorosos recuerdos.

¡Manes ilustres de Hidalgo, Allende, Aldama y Matamoros!

Si os es dado presenciar esta escena en que compite la ternura de mi corazón con la de la justicia que os debe, perdonad a la debilidad de mis expresiones; yo no puedo disminuir en un ápice vuestros apreciables servicios; si en esta vez no los recuerdo particularmente, es porque dejo a plumas de mejor temple que la mía, y a trompas tan sonoras como las del cantor de Aquiles, que publiquen por el mundo vuestros hechos famosos en heroicos poemas, y tejan las guirnaldas que deben ornar vuestros sepulcros...

Incapaces de un celo y rivalidad criminal, permitid que mi pluma y mi voz celebren las virtudes de un capitán ilustre que siguió la senda que le trazasteis, y os cedió la palma hermosa de la invención y preferencia.

Yo os juro sobre vuestras cenizas y restos venerables, que en nada disminuiré vuestro mérito reconocido, y que el héroe de mi asunto se adunará gustoso al coro ilustre donde os colocaron vuestros sacrificios; desde donde entonáis loores festivos y repetís fervientes votos por la prosperidad de nuestra cara patria.

Tres siglos de cautiverio, resultado de la agresión y usurpación más inicua que vieran las edades, sumaron a los hijos de Anáhuac en la abyección y desprecio de sus mismos opresores.

Descansaban éstos tranquilos en su dominación, apoyados en la ignorancia y terror que siempre han asegurado las usurpaciones de los reyes.

En vano elevamos nuestros clamores al cielo; en vano pulsábamos las puertas del santuario de la administración española, ubicada a dos mil leguas de ultramar; las voces de nuestra justicia se estimaban, no por quejas, sino por alarmas y voces de rebelión; mas como el que oprime es a su vez oprimido, plugó al cielo castigar a nuestros tiranos lanzando sobre ellos otro más terrible del lado de los Pirineos.

Desprendióse como un torrente del Apenino sobre toda la península, y redujo a sus hijos al extremo del infortunio.

Entonces fue, cuando sacudiendo aquellos desgraciados las cadenas que también pesaban sobre ellos desde la funesta batalla de Villalar, hicieron públicas sus quejas; mostraron a buena luz la iniquidad de sus opresores, y confesaron la justicia y sin razón con que se nos había oprimido.

La Junta Central (aunque con mezquindad) nos llamó a la representación nacional, y comenzamos a ser reconocidos por hombres.

Este golpe de luz semejante al relámpago desprendido en una noche tenebrosa para consuelo del extraviado caminante, si bien nos iluminó y llenó de esperanzas, causó espanto y tristeza a los crueles enemigos que abrigábamos en nuestro seno como víboras venenosas; rebulléronse; levantaron a lo alto sus atrevidas cabezas; dieron horrendos silbidos, y juraron perpetuarnos en la antigua tiranía.

Usurpada la autoridad superior por un acuerdo de oidores; reducido a prisión el virrey de México, tan sólo porque mostró compadecerse de nuestra suerte, y que deseaba reunir nuestra representación en México, la tiranía se quitó la máscara.

Los americanos pacíficos, vieron conducir a sus hijos a los más hondos calabozos; levantar batallones de satélites, que asechasen hasta los lugares más desiertos, y turbasen por el espionaje la inocente paz de las familias; vieron erigir tribunales desconocidos en la legislación, con achaque de proteger la confianza pública para fallar contra los inocentes, despreciando las antiguas fórmulas de los juicios, vieron elevar patíbulos, y hacer morir con muerte equívoca en cárceles secretas, a los Talamantes, Verdad y otros americanos de acreditada sabiduría y patriotismo.

Todo lo ignoraba el general Morelos, porque ocupado en la cura de almas que desempeñaba tan cumplidamente (como que con sus propias manos, y como el peón más humilde acababa de construir desde los cimientos el edificio de su parroquia), ni aún había pensado sobre la suerte peligrosa de su amada patria.

Ahogada la primera conspiración de Valladolid en 21 de diciembre de 1809, y esparcido el terror en aquella ciudad por la prisión de los conjurados, el cura de Carácuaro participó de él, pues logró imponerse de los hechos en una tertulia de amigos donde celebraban el nacimiento del Redentor en un coloquio, y a que él concurrió habiendo venido de su curato.

Penetróse en un momento del peligro en que se hallaba la nación; lloró sus males, y juró remediarlos aunque se inmolase por ella.

Desde este instante Morelos estudia el arte de fortificarse en su mismo curato, bien así como Napoleón estudió el de resistir a los ataques que le daban en su colegio de Paris sus compañeros de aposento.

¡Qué semejanza descubro entre uno y otro héroe, teniendo ambos unas mismas inclinaciones, y llorando aquel los infortunios de la Córcega su patria, así como éste los del imperio de Moctezuma!

En esta sazón, el grito de Dolores se hace oír por todos los ángulos del Anáhuac. Morelos sabe que el héroe Hidalgo a quien debía los respetos de sabio de colegio, viene para Valladolid con un ejército; preséntasele allí, y recibe en una cuartilla de papel el nombramiento de comandante general del Sur, con orden expresa de tomar el Castillo y puerto de Acapulco; nombramiento que recibe sin más armas que seis escopetas viejas y algunas lanzas; sin más caja militar para los gastos que su escaso bolsillo.

Asunto muy digno de la historia, no menos que de los poetas y artífices, será transmitir a las generaciones venideras a Morelos en actitud de marchar para realizar esta grandiosa empresa; no temamos, él la desempeñará cumplidamente; él lo sacará todo de su mismo y realzado ánimo.

De hecho: Morelos se presenta en Petatlán, en Coayuca y en otros pueblos; habla a aquellos negros feroces el lenguaje de la libertad que es su ídolo, y que la amaban en razón de lo que habían carecido de ella.

Paréceme ver a aquel decantado músico de la antigüedad, que al eco de su lira armoniosa convierte las piedras en hombres que le escuchan atónitos, y se reúnen en su derredor. Grandes masas de éstos se ponen a las órdenes de Morelos que tiene el ímprobo trabajo de contener su ferocidad, y reducirlos a disciplina.

Todos le obedecen y respetan como un genio superior; con una partida de ellos se apodera en Petatlán de veinticinco fusiles que halló depositados en la casa de un comandante de milicias de aquel departamento que se hallaba ausente.

He aquí todo el armamento y cuadro de un ejército que hará temblar a la tiranía en sus dorados alcázares; faltábale un parque de artillería que comenzó a formar con un cañoncito (llamado el niño) con que celebraban las salvas del santo patrono del pueblo.

En breve las necesidades comenzaron a afligir a aquella división naciente; pero Morelos supo proveer a todas sufriendo él primero las mayores privaciones con admirable constancia; viósele vender el mísero equipaje que había llevado, y hasta la última prenda que le quedaba que era un manteo de paño fino, de que se deshizo gustoso para acallar los clamores de sus hambrientos y desnudos soldados.

Isabel la Católica enajena sus arracadas para conquistar el mundo de Colón, y reducirlo a una ominosa servidumbre; pero Morelos vende su capa para redimirlo de ella ¡qué contraste reservo al pincel, no menos que a la pluma de la historia, que transmita a la posteridad con todas las bellezas del arte este interesantísimo cuadro, sobre el que yo jamás fijaré la vista sin que de mis ojos destilen dos hilos de calientes lágrimas.

Epáminondas ocultándose de la vista de sus amigos para que le lavasen la única capa con que se cubría, llamó con justicia la atención de toda la Grecia; ¿con cuánta mayor razón no llamará la de todo el mundo el que se despeja para siempre de ella por dar libertad a seis millones de oprimidos esclavos?...

En tan miserable estado sabe Morelos que el comandante Paris con toda la división de su mando, con las tropas más selectas de la costa de Acapulco, y un gran tren de artillería, se apresta para atacarlo, y Morelos se le anticipa sorprendiéndolo en su campo de los Tres palos.

Sábese muy bien que el éxito de estas empresas es muy aventurado; que demanda una combinación profunda, grande silencio, y un arrojo denodado y a toda prueba, arrojo de que sólo era capaz un hombre que se poseía a sí mismo en toda la plenitud de esta voz.

Efectivamente: en minutos se presenta, sorprende, ataca, dispersa, a toda aquella división; hace prisionera a una parte de su oficialidad, y también lo habría sido Paris si no huye a merced de las tinieblas, y si embozado en una jerga no sale dando voces y preguntando con astucia ¿dónde está Paris?

Este golpe de mano dado en la sazón más oportuna, o como decía el mismo Morelos con su sencillez característica, este piezazo, puso en su poder más de seiscientos fusiles, un buen tren de artillería selecta de la fábrica de Manila; gran copia de municiones, víveres, más que regulares equipajes, y el dinero necesario para continuar la campaña por algún tiempo.

La noticia de este importante suceso pone al virrey Venegas en la mayor consternación, y le agua el gusto que le habían causado las victorias de Aculco, las atrocidades de Calleja en Guanajuato, las mutilaciones de orejas de Cruz en Huichapa, y el recobro de las municiones tomadas por Villagrán.

El hecho era tan público como degradante al pabellón español, y era preciso noticiarlo al pueblo por el órgano del gobierno.

Hasta tres veces mudó el parte oficial que se lee en la gaceta para desfigurarlo (yo testigo) y al fin dijo, que Morelos con infame alevosía había sorprendido al comandante Paris ¡infame alevosía, cuando es el hecho más heroico y más licito en una campaña militar!!!...

Con este equipo de armas y municiones, Morelos constante en su resolución de tomar a Acapulco según las órdenes del señor Hidalgo, se presenta a la vista de aquella plaza, el oficial Calatayud sale a batirlo, y aunque no pasaron de escaramuzas y ataques de guerrilla los que se empeñaron por una y otra parte, por ambas se cantó el triunfo.

Por estos días José Gago, artillero del castillo, de origen gallego, con acuerdo del gobernador de la plaza se presenta a Morelos, y le ofrece entregar la fortaleza por cierta suma de dinero; recibe parte del premio de su prodición; se pone de acuerdo en el modo y hora con que realizará la entrega; pero el suspicaz Morelos en el acto de emprender su marcha divide en trozos su ejército, y no le permite que avance por un sólo punto temeroso de una zalagarda ¡feliz previsión que le salvó la vida por entonces!

Dada la señal de avanzar sobre la fortaleza con el mayor silencio, comienza ésta a hacer un fuego vivísimo a metralla por todas direcciones; más por fortuna no hiere ni mata, sino a un corto número de hombres; los más huyen despavoridos sin poderlos contener ni reunir; Morelos toma la punta a los dispersos, y ocupa el único desfiladero por donde deberían pasar; allí se tiende de modo que era imposible avanzar un paso sin hollarlo; apenas le ven sus soldados cuando le conocen, y se contienen; entonces blandamente les pregunta ¿por qué huyen ustedes?

No calma el aceite al ímpetu de la ola de un mar tormentoso con tanta prontitud, como Morelos calmó y reanimó la agitación de aquellos soldados acobardados, ni tuvo más energía aquella misteriosa palabra... soldados!!

Con que César reprimió los ímpetus de una legión amontonada. Morelos les hizo ver dulcemente, que él había previsto la perfidia, y por eso no había avanzado por un sólo punto.

Con estas y otras razones, todos se aquietaron, y marcharon a tomar sus posiciones del veladero.

¡Ojalá y que fuese dado a mi pluma describir cumplidamente las diversas y gloriosas acciones sostenidas en aquel punto y paso real de la Sabana!

Paris reforzado con gruesas divisiones le atacó inútilmente, aunque redobló sus esfuerzos por su reputación comprometida; éste, así como Fuentes, Cosío y otros comandantes de nombradía fueron desairados. Morelos se hizo temible en aquellos puntos, no menos que en los Cóagulotes y en los Coyotes, obrando siempre a la defensiva, y conduciéndose siempre con la sobriedad y precaución de un consumado general; allí fue donde por primera, vez se dejó ver el genio de don Hermenegildo Galeana, y se conocieron sus disposiciones militares aunque no conocía el alfabeto castellano.

En tiempo de revoluciones (decía mister Tomás) el hombre que estaba desquiciado del puesto, que debía ocupar, pasa naturalmente a él, y allí muestra el destino en que debe ser empleado.

Ni le fueron inferiores los ilustres Bravos, que abrazando la profesión militar comenzaron esta brillante carrera dando ataques, o rechazando al enemigo en los que les presentaron.

El memorable don Leonardo preguntado en juicio cuando fue hecho prisionero por los españoles ¿qué cuántas batallas había perdido? respondió con tanta sencillez como entereza...

Ninguna.

No es mucho que con tales oficiales el general Morelos cortase en el Sur tantos laureles como acciones dio o recibió de sus enemigos.

En breves días se le vio triunfar en Tixtla, en Cuautla, y en Izúcar.

En el primer punto desbarató la lúcida decisión de Fuentes, acudiendo al socorro de aquella plaza que se hallaba a punto de sucumbir.

¿Pero con qué municiones la socorrió?

¡Risa da decirlo! con dos tanates de cartuchos, cuya pólvora se fabricó el día anterior en Chilpancingo y se secó en cómales.

Yo he visitado, y aun recorrido aquel teatro de sus glorias; he aquí me decía mi conductor, donde Morelos situó su batalla; donde él mismo colocó su artillería, y con sus propias manos dio fuego a los cañones; pero con puntería tan certera, que introdujo las balas en las filas enemigas; a esta sazón sobrevino un recio aguacero que imposibilitó a Fuentes el uso de su fusilería; aprovechose de esta circunstancia Morelos, cargole con sus dragones, siguió el alcance de los dispersos, y sembró de cadáveres el largo espacio que hay desde Tixtla a Chilapa; allí hizo prisionero al artillero Gago, y le mandó fusilar en pena de la perfidia ejecutada en Acapulco.

Igual suerte corrió don Mateo Musitu, español poderoso, que con gran temeridad levantó una fuerza armada a sus expensas, y con ella, y con el ascendente que le daba su fortuna se oponía tenazmente a nuestra libertad.

Tan gloriosos triunfos abrieron a Morelos las puertas de Izúcar donde fue recibido con aplauso; pero infatigables sus enemigos, en breve le buscaron con una fuerte división al mando del brigadier don Ciriaco Llano y de su segundo Soto Maceda. Recibiólos con la serenidad de un general impertérrito; desde el balcón de su casa dio las disposiciones de defensa; el enemigo asestó contra el edificio su artillería; una bala de cañón echó abajo el lintel de la puerta del balcón desde donde Morelos observa al enemigo con un anteojo apenas acababa de retirarse de aquel punto. Sus ayudantes le oyeron decir en el acto de hacer sus observaciones estas palabras de elogio en obsequio de Soto Maceda...

Me gusta este mozo, es buen puntero, y entra de recio; yo no quisiera ser más que lo que él cree que es este instante, efectivamente, aquel joven marino desarrolló toda su energía y valor, y salió herido en la cabeza y vientre de que murió en Huaquichula.

No corrió menor peligro la vida de Morelos en aquel día; porque siguiendo el alcance de los fugitivos hasta la hacienda de la Galarza con una partida de su escolta, repentinamente se vio rodeado de triplicada fuerza que iba a cargar sobre él; pero se supo que allí estaba Morelos, y ésta sola idea les impuso y lleno de pavor.

Este ejército corría majestuoso por el centro del reino, y todo lo allanaba sin tropiezo.

El nombre de Morelos era escuchado con respeto, respeto que él sabía conciliarse por sus virtudes militares y políticas; al mentarse el corazón se dilataba, el alma recibía una ilusión halagüeña; revestíanse todos de un nuevo espíritu, y todos se hacían honor de pertenecer al ejército de Morelos.

Por todas partes pululaban soldados; la costa de Veracruz ardía en guerra viva, y los muros de Ulúa, no menos que los baluartes de Santiago y la Concepción de la plaza de Veracruz, veían retirarse avergonzadas las ominosas huestes del sanguinario Hévia, batidas en los hermosos llanos de Santa Fe: ¡Oh nombre de Morelos!

Dese placer a mi corazón en repetirlo con la boca; a ti se te debe esa metamorfosis prodigiosa; tu nombre (repito) daba aliento a los tímidos, reforzaba a los animosos, y llenaba de consuelo al mísero cautivo que esperaba la redención de su patria al impulso y golpe de tu prepotente brazo, de ese brazo, que tuvo que combatir con enemigos de toda especie.

El obispo de Puebla (don Ignacio González del Campillo) ya sea seducido por una brillante condecoración de la Corte de España, que no había recibido ningún obispo americano; ya por los confidentes que le rodeaban y sitiaban con el mayor esmero en su palacio; ya en fin trastornado por los años que tornan a los viejos a la edad infantil, coludido con el gobierno español hizo la más cruel guerra al general Morelos; dióse el prelado en espectáculo público paseándose por entre las filas de un corto batallón de infantería que se puso al mando del coronel Saavedra para atacarlo; bendijo a los soldados; dióles un peso fuerte y un calzado, y los exhortó con cuanta energía pudo a que combatiesen con tal monstruo, como pudiera hacerlo el mismo San Pío V con los soldados de don Juan de Austria; inútiles medidas ¡vive Dios!

Aunque preparadas con tales disposiciones, que en el siglo dieciséis (siglo de los conjuros y exorcismos) habrían producido efectos maravillosos de valor, ni Saavedra ni sus soldados osaron presentarse al general Morelos, retrocedieron avergonzados, y sufrieron la zumba y el sarcasmo de la gente poblana.

Sin embargo, el reverendo obispo no cesaba de hostilizar cuanto podía, al más benemérito caudillo que viera el Anáhuac.

Cuantos fondos estaban a su disposición puso a la del gobierno; y así es que varias costosas expediciones como la de Orizaba al mando del general Llano, y la que se proyectó sobre Oaxaca en fines de noviembre de 1812 bajo la dirección del coronel Águila (llegada apenas al pueblo de Quiotepeque) fueron costeadas y mantenidas con el dinero de los pobres, o de las obras pías.

Empeñóse el prelado en una nueva lid en que salió igualmente desairado.

Quiso hacer del conciliador con los disidentes y el gobierno; mandó al cura Palafox de Huamantla a la Junta de Zitácuaro confesado y sacramentado, como si pasase a tierra de Berbería; escribió varias cartas; publicó manifiestos que corren impresos, en que se cita a los publicistas para calificar de crimen horrendo el grito de libertad que en el exceso del despacho dio la esclavizada América.

En cada línea de estos escritos se legó a nuestra posteridad una abundante materia de diversión, o sea de compasión y lastima al ver tamaños extravíos de la razón.

Morelos también sostuvo por su parte una lid literaria; y aunque en sus escritos no desarrolla la elocuencia su energía, ni siembra sus bellezas; empero aparecen muy bien en ellos la noble sencillez, la justicia y la firmeza de su carácter que formaban sus principios.

El héroe del Sur era tan brioso y denodado con su pluma como con su espada.

De César se dice que escribía sine ullo vellamine, y otro tanto puede decirse de Morelos.

El gobierno de México nada consiguió con semejantes intentonas dirigidas a divertirlo o extraviarlo, ya que no podía contenerlo en su rápida y gloriosa marcha; sino el triste desengaño de que se las había con un hombre de cabeza, y digno de figurar a lado de los Brutos y Catones.

Todo cedía en aquellos días de gloria a la voluntad de Morelos: presentarse y vencer ya por sí, ya por medio de sus tenientes, era todo uno.

Matamoros se adscribe a sus banderas, y comienza a trabajar por su gloria.

Galeana toma a Taxco después de reñidos combates.

Morelos pasa a auxiliar a Galeana en la barranca de Tecualoya; bate a Porlier, jefe que menos por su valor que por sus crueldades, fue el terror del Valle de Toluca; era un tigre que no respiraba sino sangre, desolación y muerte decretada en el furor de la crápula.

Darán eterno testimonio de esta dolorosa verdad los muchos infelices fusilados el 19 de octubre de 1811; indios tomados en el cerro de la Teresona por el ronco y furioso marino Cuevas.

Hasta Las espinillas llegaba la sangre derramada como un lago en el lugar del suplicio, y chapaleaban los verdugos cuando andaban por él como si caminasen por un lugar de uva.

Darán testimonio a sí mismo de su crueldad los padres carmelitas de aquella ciudad desairados por él, tan sólo porque le suplicaron que moderase su furor excesivo.

Batido Porlier en Tacualoya, lo fue igualmente en Tenancingo por dos días consecutivos, donde pereció uno de sus marinos más atrevidos, en quien libraba su confianza, pues había salido felizmente en los ataques más bruscos y arriesgados. (Nota 2)

Tenancingo parecía otra Troya; por todas partes el incendio hacía horribles estragos y el que se escapaba de las llamas, se exponía al rigor de la caballería o de las balas.

En este punto los atrevidos e insolentes mulatos de Yermo, y haciendas de tierra caliente mordieron la tierra con impotente rabia, huyeron desbandados como tímidas palomas a vista del rapaz milano.

No corrió diversa suerte Porlier, pues perdió su equipaje y artillería, en la que se incluía una hermosa culebrina; tomó la fuga alumbrándose con la claridad del incendio de Tenancingo, y entró de oculto en aquella Toluca que tantas veces lo vio entrar triunfante lanzando miradas de desprecio sobre aquel desgraciado pueblo.

Si Morelos no se hubiese sentido achacoso en aquella noche, tal vez siguiendo el alcance por sí mismo, Porlier habría corrido la suerte de Gago; pero su quebrantada salud apenas le permitió mandar la acción sentado sobre un tambor de guerra.

Esta victoria produjo efectos maravillosos a beneficio de la humanidad; humillose Porlier y cambió de carácter; trocose de tigre en cordero; desde aquel día se mostró compasivo con los prisioneros, y economizó su sangre; diremos por tanto que este triunfo coronó a Morelos con el doble laurel de la victoria, y de sus benéficos frutos alcanzados en favor de la humanidad afligida.

México contempló atónito este espectáculo; esparciose el terror por todas partes aumentándolo el crecido número de gentes que llegaban a la capital a guarecerse de toda la Tierra Caliente; quien creía ver como en Roma a sus puertas a este nuevo Aníbal; quien predecía los mayores males; quien, hacía mil votos secretos en el fondo de su corazón por la prosperidad de tan ilustre vencedor.

No corrieron nuestras armas igual suerte en la desgraciada villa de Zitácuaro reducida la mayor parte a cenizas por el despiadado Calleja, a quien en muchos días no ocupó otra idea que la de hacer borrar hasta la memoria de su antigua existencia, no de otro modo que el duque de Alba, que redujo a pavesas el palacio donde pensaron por primera vez los heroicos flamencos separarse de la dura dominación de Felipe II...

Zitácuaro cayó, cantaban en fúnebres endechas las hermosas, pero mal empleadas liras de Roca y Conejares.

Esta lúgubre voz era seguida por el coro de aquellos caníbales sus paisanos y nuestros asesinos, que por todas partes derramaban sobre nuestros corazones la copa amarga del disgusto.

El día 5 de febrero el vencedor de Aculco, entró en México precediendo aquellas huestes de quienes fueron amigas inseparables la inmoralidad, la desolación, el incendio y la muerte.

En breve se le manda que vaya a acatar a Morelos que lo esperaba en Cuautla.

Conocía éste muy bien aquel punto no era militar; pero también entendió, que marchitaría sus laureles cuando sus enemigos presumiesen que tomaba la fuga.

No de otro modo el generoso león perseguido de los lebreles en la selva no parte precipitado, sino que marcha con aire majestuoso, aunque quisiera evitar el duro compromiso de hallarse entre el cazador y el venablo.

Sí, ¡vive Dios!

Que la gloria de América exigía que aguardase en cualquier punto de ella aquel ilustre caudillo que había añadido al pendón augusto de nuestra libertad e independencia, tantas estrellas cuantas batallas había ganado, o cuantas agresiones había resistido.

En el campo de San Lázaro se reúne el ejército; allí campa, allí hace noche, y allí reciben el último adiós muchos de los infelices que iban a terminar sus días consumando el más horrendo parricidio en las calles de Cuautla... ¡Oh Cuautla!

¡Oh lugar de nuestra gloria; yo pronuncio tu nombre y me estremezco!

Morelos había tomado sus disposiciones para resistir al enemigo fortificándose en la iglesia y convento de San Diego, calle real, y pocas calles que rodeaban la plaza.

Galena defendía la trinchera de San Diego, punto principal de ataque, sobre la que rompió un fuego infernal de fusil y cañón, no menos que sobre la casa de tesorería y otros puntos.

La acción se había ganado enteramente por el enemigo, que habiendo ora dado la barda de un corral que tenía a la espalda la trinchera, comenzó a penetrar por ella poniendo en gran conflicto a los Galeana.

Por fortuna suya un obús cargado de metralla se disparó, y empleó oportunamente por un joven que a pesar de estar herido y de ser paisano, lo disparó la victoria por todos los puntos de defensa.

Calleja habría sido destruido, y el ejército de Morelos habría entrado a México vencedor; si don Leandro Bravo prevalido del ascendente que gozaba su corazón, no hubiese impedido el alcance que se apresaba a dar sobre el ejército fugitivo, y a cuyo efecto estaban ensillando los dragones.

¡Cuántas veces lloraría después de esta resolución, que a haberse verificado no habría caído en manos de sus enemigos, ni muerto en un patíbulo!

Resolviese por tanto a sufrir nuevo ataque y a padecer un sitio; error grande que produjo resultados muy funestos, y tal vez prolongó una lid que debió darse por concluida en aquel día.

A los siete después de esta acción memorable, comenzó el sitio de Cuautla, y a consecuencia se empeñaron diversas acciones en que triunfó el honor de las armas de América.

El agua que bebía Morelos y su ejército, se compraba al precio de mucha sangre; y situar una batería que la defendiese para que jamás osasen quitársela, fue el resultado del valor extraordinario de Galeana encargado de esta operación.

Reservase a la historia detallar menudamente, y seguir el diario de operaciones militares, en que campeó el valor y la prudencia de Morelos, ella fijará con exactitud el terrible ataque que dio al campo de Zacatepeque, en que las tropas expedicionarias venidas de auxilio al mando del brigadier Llano sufrieron el mayor descalabro, cuando el coronel Matamoros no pudo introducir el socorro de víveres de que necesitaba la plaza que se hallaba reducida al último apuro; menos por las obras de ataque emprendidas por Calleja, que por la falta de sal con que no podía condimentarse el pan de maíz, único grano que se conocía en Cuautla.

Tan grande apuro decidió a Morelos a abandonar la plaza; la necesidad urgía porque estrechaba el hambre; y así es que la noche del 2 de mayo (1812) a pesar de estar quebrantada su salud, y de haber tomado un sudor, ejecutó esta empresa tan brillante y de mayor nombradía que la defensa del 19 de febrero.

Esta fue obra de la desesperación; porque ni el silencio de la noche ni la precaución que era indispensable tener, permitía al soldado ajustar sus movimientos a las disposiciones exactas de la ordenanza; tanto más, cuanto que muchas familias de paisanos, mujeres y niños iban mezclados en las filas; sin embargo, Calleja no lo entendió hasta que la división sitiada no se halló en buena distancia de la plaza, y cuando los ataques parciales de la tropa dispersa se lo hicieron saber.

Eran pasadas dos horas cuando supo de positivo que Cuautla había sido evacuado, y aun todavía titubeo en mandar el batallón de Guanajuato que lo ocupase.

Morelos se vio en gran peligro de perecer, porque extraviando el camino cayó en una zanja de donde le sacaron con el caballo; golpe que le causó una apostema en el vientre, y demandó una operación quirúrgica.

Destacados los dragones que para el efecto tenía de reserva Calleja, y apostadas en varias partes otras partidas, tuvo que batirse con ellas haciendo fuego como el último soldado viéndose envuelto entre sus enemigos.

Habríanle tomado vivo a no tener la precaución de mandar desbaratar el puente de vigas de la barranca de Ocuituco. Calleja se gloriaba de que Cuautla era una plaza de carrizo; pero esta expresión se convertía en elogio del que supo defenderla, contra el que tenía en sus manos toda clase de recursos, y abundando de pólvora pudo volarla con minas.

No menos se complacía en decir al gobierno, que había sembrado de cadáveres el largo trecho que hay de Cuautla hasta Ocuituco, cebándose la saña, de su bárbara soldadesca en alcanzar a los fugitivos paisanos y soldados dispersos.

Tal fue el término de un asedio de sesenta y cinco días, en que se ejecutaron por este monstruo toda clase de maldades, hollando indignamente los principios sagrados del derecho de las naciones, hasta intentar envenenar las aguas de Cuautla, solicitando de las boticas de México, todo el ácido corrosivo que pudiera encontrarse en ellas.

Regresó por último el ejército de este asesino a la capital; y aunque se procuró ocultar su pérdida distribuyendo varios cuerpos a otros puntos, se echó muy bien de ver su gran disminución y falta de oficiales.

El gobierno se lisonjeaba de que el monstruo del Sur vagaba fugitivo y errante, buscando asilo en las cavernas; así lo decía en sus proclamas; pero en breve se vio desmentido esta alocución Gascona.

Matamoros en Izúcar había formado en breves días una brillante división en la que presidía el orden y la disciplina.

Apenas Morelos recobra un tanto su salud cuando parte para Chilapa, lo recobra, y bate a cerro en sus inmediaciones; allí recibe la noticia del gran conflicto en que se hallaba sitiado en Huajuapa el coronel Trujano con tres campamentos, cuya artillería enfilaba la plaza. Régules, Esperón y Caldelas, no menos feroces que Calleja, habían renovado en aquel sitio las dolorosas escenas de Cuautla; pero Trujano se había defendido con un valor y sabiduría digna del más consumado general.

El aprieto era tal, que estaba reducido a no comer sino maíz y piloncillo; sus municiones eran las escasas que los cañones estaban a media carga; pero su astuta y buena maña era también tal, que sus soldados ignoraban la peligrosa situación en que se veían, descansando tranquilos porque los había habituado a vencer.

En tal estado se presenta Morelos con un grueso de tropas para auxiliar la plaza; reúnense las fuerzas de los tres campamentos; empeñase una acción terrible en la que don Miguel Bravo no había sacado la mejor parte, y perdido dos cañones de artillería; pero reforzado y empeñada la acción nuevamente, Caldelas muere cubierto de heridas; sus soldados negros de Xicayán le imitan, y pocos escapan con vida; Régules y Esperón huyen para Oaxaca; el alcance de los fugitivos hasta cerca de Yanhuitlán es tan estragoso, como el de Cuautla a Ocuytuco.

Morelos triunfa completamente, y no sólo resarce sus pérdidas, sino que triplica el número de toda clase de armas, municiones y pertrechos.

Con la pompa de un vencedor entra en Tehuacán el 10 de septiembre de (1812) y pone en la mayor consternación a Puebla, Veracruz y Oaxaca.

Sabe que el osado Labaqui con trescientos campechanos, se sitúa en San Agustín del Palmar. Morelos cree que este insulto hecho a su cuartel general es imperdonable, y se prepara para batirlo.

El mismo traza el plan de ataque, cuya ejecución encarga a don Nicolás Bravo, quien lo desempeña cumplidamente.

Después de tres días de fatiga Labaqui muere con el valor de un espartano, y al exhalar su último suspiro penetra con la bayoneta a uno de sus asesinos.

Morelos siente la muerte de este comandante, así como había sentido la de Caldelas protestando quisiera haberlos podido perdonar dándoles un abrazo en remuneración de su esforzado valor.

La división de Labaqui entra prisionera en Tehuacán; y aunque los oficiales de Morelos le instan para que salga a verla, él se resiste a recrear la vista con tal espectáculo, y con una expresión de ternura dice: ¿qué he de ver?

Unos desgraciados prisioneros!!!!

Limítase a reconocer por sí mismo las municiones quitadas a Labaqui, y a dar libertad a los que no quisieron tomar partido en su ejército.

En la ocupación del Real de Pachuca se habían tomado una porción de barras de plata que Morelos mandó entrasen en el tesoro público; pero como su recibo era dudoso por las muchas partidas de salteadores que infestaban los caminos, se decidió a salir en persona a recibirlas, y al mismo tiempo a reconocer aquellas localidades de más frecuente tránsito para los convoyes del enemigo.

Acaso éste se prestaba para transportar crecidas sumas de oro y plata a Veracruz. Llegó, pues, el enemigo a Anapaluca, al mismo tiempo que Morelos a la hacienda de Ozumba; formose al instante, y lo mismo hizo el coronel español Águila con cerca de setecientos hombres en escalones.

Casi era igual el número de tropa que custodiaba el convoy de barras de Galeana; largo tiempo estuvieron a tiro de fusil ambos ejércitos, y sólo se oyó primera descarga cuando una compañía de Niños (Nota 3) del ejército americano rompió el fuego.

Habíase colocado malamente la artillería de Morelos en número de tres cañones, sobre los que se echó una guerrilla, que empeñando la acción hizo huir nuestra infantería que se había mantenido impávida, a pesar de que una bala de a cuatro hizo pedazos al coronel Tapia.

El mariscal Galeana hubo de retirarse, porque desembarazado el grueso enemigo reforzó el convoy con más tropa, y no podía contar con refuerzo nuestro, a causa de la vergonzosa retirada, que ya tocaba en fuga; sin embargo, antes de una hora se reunió el ejército americano, y se presentó al de Águila que ya había llegado a la hacienda de Ojo de Agua, y estaba descargando sus atajos.

Formáronse en batalla segunda vez ambos ejércitos, y permanecieron en esta actitud hasta que ya entrada la noche se retiró Morelos a Ozumba, perdiendo trece hombres con algunos heridos.

Esta acción, si no dio brillo a sus armas, le aseguró el tránsito de las barras de plata, y preparó a su tropa para entrar con mejor éxito en la villa de Orizaba; empresa que tuvo oculta aun a sus mismos confidentes, y que sólo entendieron cuando se hallaron en las inmediaciones de dicha villa.

Morelos llega al ingenio, y lo sorprende; toma el foso en el instante; salen de la plaza cincuenta hombres a reconocerlo, y los envuelve y hace pedazos; repiten nueva salida en mayor número, y por poco corren igual suerte.

Sitúa en la noche sobre el cerro de Tlachichilco un cañón que enfila a la garita; a las tres de la mañana forma el ejército para atacar la villa; comienza la acción por la garita de angostura, cuya tropa se resiste valerosamente; pero atacada y flanqueada con el cañón de Tlachichilco a dos fuegos, se ve en el mayor aprieto; los americanos saltan sobre las trincheras de la garita, a la arma blanca, y en un instante las deshacen.

Avanzan por la calle Real hasta la trinchera del Puente de la Borda; y si en el acto hace movimiento la caballería enemiga, Morelos le toma todos los puntos por donde pudiera flanquearlo.

Con el pertrecho tomado en la garita ataca al coronel Andrade que se hallaba situado en la calle Real al abrigo de una trinchera colocada en el Puente de Borda, y otra en la iglesia de Dolores.

En este conflicto escapa Andrade con toda su división; pero ésta se ve cortada, y tiene que rendirse en el llano de Escamela con cuanto llevaba, en términos de que este jefe apenas si puede llegar a Córdoba con sólo dos hombres, pues se le persigue hasta encima de la cuesta de la barranca de Villegas.

Acción tan brillante puso en manos de Morelos nueve cañones de todos calibres, más de cien cañones de pertrecho, el armamento de la guarnición que llegaba a mil hombres, y el valor de más de trescientos mil pesos en vales, dinero, plata labrada y efectos que se extrajeron por Zongolica.

Permitió a sus soldados el saqueo en los almacenes de tabaco que al fin mandó quemar.

Este artículo de riqueza con que el gobierno español satisfacía en parte sus necesidades, les hizo mandar en horas una expedición sobre Orizaba. Morelos evacuó la villa, dispersó su ejército haciendo marchar en trozos a Tehuacán por Zongolica, y él con su escolta, parte de la división de Galeana, y los guerrilleros de Arroyo y Luna, se situó ventajosamente en las cumbres de Aculzingo.

Águila le ataca, y es rechazado; huye su caballería, y Morelos no se aprovecha de esta ventaja.

Como tropa disciplinada fácilmente se reúne, y torna segunda vez a la carga; se empeña de nuevo la acción; pero flanqueado Morelos por las partidas de guerrilla de la tropa expedicionaria se halla en el caso de ceder el punto al enemigo, a quien costó demasiado caro la victoria, pues se peleó cuerpo a cuerpo y con desesperación.

Desaparecióse Galeana, y Morelos llegó a Tehuacán temeroso de haberlo perdido; pero se sustrajo astutamente de la vista de sus enemigos perdiendo su caballo, y ocultándose en el hueco de un árbol; sin embargo, observado por dos dragones que le asaltaron les dio muerte, y en el caballo de uno de ellos entró en Tehuacan.

Como en la acción de Aculcingo perdió Morelos su artillería, para ocultar esta pérdida se quedó en Ixtapa aquella noche. Secretamente hizo reponer la artillería de Tehuacán, y al día siguiente entró en esta plaza haciendo creer a su guarnición que nada había perdido.

Esta serie de triunfos aunque mezclados con algunos cortos reveses, puso al héroe del Sur en actitud de acometer mayores empresas. Impenetrable en su secreto hacía vacilar a los más profundos calculadores sobre el rumbo y punto a donde se dirigía, con el poderoso armamento con que se hallaba.

En 10 de noviembre parte para Oaxaca, conquista atrevida, y que presentaba obstáculos insuperables de la naturaleza, caudalosos ríos, valles profundos, montañas fragosas, escasez absoluta de víveres; he aquí los mayores impedimentos para la marcha de un ejército; pero él la intenta, y aunque con penalidades y muerte de tres hombres a rigor del hambre en las cumbres de San Juan del Rey, lo consigue.

Desde allí divisa por primera vez un país tan hermoso y encantador como el que Moisés vio a lo lejos después de conducir a su ejército por la aridez del desierto y es abastecido de cuanto necesita.

¡Oaxaca!

Dulce patria mía, levanta tu faz, alza tu cuello oprimido con las duras cadenas de servidumbre con que te agobió la pesada mano del salteador Régules, y de aquel obispo que cambiando su carácter de lenidad por el de un feroz conquistador, levantó de tus sacerdotes y pacíficos artesanos un batallón de asesinos para que sellasen con las manos ungidas del óleo santo tu perpetua esclavitud, y te atasen irrevocablemente al carro de los Fernandos y Filipos!...

¡Cenizas venerables de López, de Armenta, de Tinoco y de Palacios, primeras víctimas inmoladas por la salvación y libertad de la bella Antequera!

Reanimaos, salid triunfantes de la noche del sepulcro, y de la fosa del vilipendio...

Congratulaos, y venid gozosos a estrechar en vuestros brazos, y ceñir el laurel de la victoria al general Morelos, que con prepotente brazo viene a romper los grillos con que se atan a quinientos prisioneros que yacen en las cárceles, y conventos de la esclavizada Oaxaca...

Esto es hecho; Morelos se presenta en las llanuras de la hacienda de Viguéra: sus partidas de guerrilla al mando del bravo coronel Montaño reducen a polvo a los de Régules que tienen la osadía de presentarse para observarlas; Morelos da por orden del día estas precisas palabras...

A acuartelarse a Oaxaca...

Pero tiene que pasar por el único camino del marquesado que enfila la artillería del fortín de la Soledad.

Colócase a su vista desde donde comienza a dar sus disposiciones de ataque; pide de comer (como acostumbraba hacerlo en el acto de entrar en una acción); una bala de cañón le desaparece a uno de los soldados más inmediatos a su persona, y sin embargo sigue comiendo, y apenas levanta suavemente la cabeza hacia el fortín.

El joven don Manuel Terán avanza con la batería de vanguardia, y sus tiros certeros vuelan la techumbre del fortín.

El otro joven Sesma ocupa con su infantería de San Lorenzo las alturas, y se apodera de aquella fortaleza.

El incomparable Guadalupe Victoria llega al foso profundo de la Soledad, ve en su borde colocada una partida de infantería que con un vivo fuego disputa el paso; sin embargo, se arroja para pasarlo a nado, les tira la espada, y con voz terrible les dice...

Allá voy cobardes a batiros, y ésta sola palabra como si hubiese salido de en medio de la voz de muchos truenos aterra a sus enemigos que huyen despavoridos, abandonan el puesto, y dan lugar a que los soldados de Morelos bajen el puente levadizo, y pase por él la cabeza de la columna.

Reúnese el enemigo en la plaza.

Por sus bocas calles y azoteas sale un fuego infernal, pero el ejército majestuoso lo desprecia, y en pocos momentos se apodera Terán de la gran batería situada en la plaza.

Dos trozos de caballería salen en este instante a cortar la retirada de muchos ricos españoles, que emprenden la fuga camino de Guatemala.

El ejército se ocupa en batir algunas partidas sueltas, que aún hacían fuego guarecidas en los soportales de la plaza.

Ábrense las cárceles, y salen los prisioneros a quienes habían mandado, decapitar dos horas antes el teniente letrado Izquierdo; pero que sus verdugos desobedecieron espantados con el horror de este crimen.

En medio de estos infelices se deja ver don Carlos Enríquez del Castillo cubierto de miseria, con un breviario en la mano, y con la barba tan crecida que le llegaba a la cintura; así sale del calabozo y vuela a su casa; se arroja en los brazos de su esposa que comienza a dar horribles gritos porque le desconoce, y porque su imaginación exaltada le presenta en la imagen de su marido la de un espectro salido de la región del duelo.

El padre Talavera a quien se le destinaba la suerte que a Enríquez compañero antiguo de Morelos; el padre Ordoño, y otros que poblaban las mazmorras se presentan a los pies del héroe libertador, besan su mano generosa, y la bañan de lágrimas; sus oídos escuchan la voz de la gratitud entrecortada con los sollozos y oprimida por el nudo de la garganta; el general enjuga sus lágrimas, los estrecha entre sus brazos, y su corazón sensible no puede soportar la amargura de aquella escena.

¡Maldito sea el poder que sólo es dado para oprimir a los débiles, y bendita sea la bienhechora mano a quien el cielo concede el dulce poderío de romper las cadenas de los esclavos!

No son éstos los únicos estorbos que Morelos allanó para poseer la provincia de Oaxaca; tuvo además que batir por medio de sus tenientes Bravo y Matamoros, a Rionda.

Reguera y Zapotillo en la costa de Xicayan, y a Dambrini en la raya de Tehuantepec, que venía de Guatemala con una fuerte división a vengar la muerte del teniente general Sarabia, fusilado en Oaxaca juntamente con Régules, Villasante y Bonavía; el primero fue presidente de aquel reino, y a la verdad digno de mejor fortuna por su noble sencillez y hombría de bien, virtudes porque Venegas quiso alejarlo de su lado, aunque estaba nombrado su segundo por la Regencia de Cádiz, y lo puso en el compromiso de perecer. Oaxaca vio corresponder a sus esperanzas al héroe conquistador que llamó cerca de sí a todas las autoridades, al pueblo; a las primeras, para que cesasen en sus funciones, y a éste para que eligiese por magistrados a los que mereciesen su confianza.

Morelos se adunó a la multitud, y sufragó como ciudadano particular por los que supo que merecían la confianza pública.

Este fue un espectáculo que inundó de gozo a aquellos pueblos avezados a la esclavitud española, solamente comparable con el que sentiría la Grecia cuando el heraldo la anunció la libertad precaria que la concedía la tirana Roma.

No se limitó a esto el héroe del Sur, pues celebró juntas solemnes en la iglesia catedral, presididas del gobernador de la plaza y general Matamoros para tratar en ellas de la instalación de un Congreso Nacional.

En 5 de febrero de 1813 parte de Oaxaca a la conquista de Acapulco para dar complemento a toda la del Sur.

¿Pero cómo acometer nuevamente una empresa intentada dos años antes sin artillería de batir, y cuando con los sucesos anteriores se hallaba más que nunca fortificado y guarnecido el castillo de San Diego?

De hecho, en Yanhuitlán deja parte del ejército que ocupó a Oaxaca, y con dos escuadrones de caballería de San Luis, otro de la Magdalena y su escolta se dirige a Ometepeque, donde se refuerza con un batallón de infantería costeña a las órdenes del general Galeana a quien había prevenido tomase la vanguardia.

El comandante Paris harto escarmentado con las derrotas pasadas, huyó precipitadamente a embarcarse por la Palizada a Acapulco.

En el punto del Veladero se reunieron a Morelos las tropas del mariscal Ávila; y las de Galeana quedaron en la Sabana con el resto.

A los ocho días reforzada su división por las compañías nombradas del Pie de la Cuesta al mando del coronel Álvarez, hizo movimiento por el oriente hacia al punto de la garita, mientras que Morelos con la otra parte bajó a la poza de los dragos.

Enseguida ocupó Galeana un montecillo a tiro de fusil del castillo donde se emboscó; y al tercero día de hallarse Morelos en los dragos emprendió el ataque con la tropa de su inmediato mando, del punto dominante de las Iguanas y Casa Mata; y a pesar de la eminencia y escabrosa subida de esta fortificación la ganó a la bayoneta con desprecio de sus fuegos, y de una culebrina de a ocho avocada en las trincheras por donde penetró.

El enemigo derrotado bajó a la plaza por el rumbo opuesto al del ataque, y la guarnición de ésta que pasaba de ochocientos hombres.

Conseguidas estas ventajas continuó Morelos con el asalto de la plaza por el oriente y poniente, mandando que la caballería de San Luis, y Dragones de la Magdalena se emposesionasen del punto de los Icacos, y otros de la Bocana para impedir que el enemigo le tomase por mar la retaguardia; y así es que formó dos líneas de circunvalación, una sobre las goteras de la plaza, y la otra por los puntos de la Bahía.

A las siete de la mañana del 12 de abril (1813) se empeñó la acción con una resistencia terrible de los sitiados, auxiliados por algunas lanchas que a par del castillo, procuraban impedir el asalto; más no pudiendo contrarrestar el denuedo de los americanos fueron perdiendo por partes la ciudad, hasta replegarse la mayor parte a la fortaleza, dejando un refuerzo competente en el hospital situado en medio de la plaza que domina toda la población por estar en una altura; allí habían construido los españoles un fortín con cuatro piezas de a ocho, y suficiente parque.

Habiéndose retirado las familias de los particulares al castillo, y los americanos dueños de media ciudad continuaron el ataque del fortín del hospital, que abandonaron clavando la artillería y dando fuego a su parque, cuya explosión voló parte de aquel, y mató algunos de sus soldados.

Replegáronse al castillo, y por este acontecimiento Morelos estrechó la línea de éste en el punto del Padrastro, abandonado igualmente por los realistas.

En vano salieron al siguiente día a recobrarlo pues fueron rechazados, y los americanos se mantuvieron por todo él, sin más parapetos que sus pechos.

En esta noche se hicieron trincheras con el Padrastro, San Nicolás, Tierra Colorada, y Dominguillo, quedando desde entonces formado el sitio; siendo de notar que Morelos carecía de artillería gruesa.

Los sitiados no tenían agua suficiente en sus aljibes, y así es, que de noche salían a disputarla con las armas al punto de los Hornos donde hay una fuente para entretener a Morelos con el fuego mientras llenaban sus tiestos.

Los sitiadores arrojaron ahí un cadáver, y mientras lo sacaron los sitiados y se llenó la fuente de agua limpia duró el tiroteo, y duró toda una noche; esta hostilidad cesó cuando se entabló el temporal de aguas.

Entretanto el castillo no cesaba de hacer un vivo fuego de artillería, de modo que a los dos meses arruinó casi todas las fábricas de la ciudad.

Morelos se situó en una casa que tuvo que abandonar por lo expuesto que estaba al fuego; subiose después a la Casa Mata donde formó otra trinchera, y situó un cañón de a ocho con que hacía algún daño al castillo.

Veinte días eran pasados de sitio cuando se emprendió la obra de una mina para volar la fortaleza, y cuyo socavón llegó hasta los cimientos.

En este tiempo la peste comenzó a hacer estragos; el soldado a pesar de sus dolencias no abandonaba el fusil, pues era muy poca la tropa sana que subsistía, y no bastaba para relevar todos los atrincheramientos; ni era menor el estrago que causaba el hambre.

Desde el general hasta el último soldado se alimentaban con una escasa ración de totopo y plátano asado.

Los sitiados se mantenían en su obstinación.

Los disturbios de tierra adentro, exigían que Morelos partiese a terminarlos; pero esto ofendía a su pundonor, y excitaba murmuraciones que tal vez podrían terminar en un motín.

En tal conflicto convoca una junta de guerra, y adopta el pensamiento del coronel don Pedro Irigaray de apoderarse de la isla Roqueta que proveía de leña al castillo, y le proporcionaba algunos auxilios.

¿Pero cómo acometer esta empresa si carecía en absoluto de botes?

Sin embargo, en lo pronto se construye una débil canoa y se equipa con ochenta costeños al mando del coronel don Pablo Galeana sobrino del célebre mariscal.

Con el mayor sigilo embarca de diez en diez hombres esta gente por el punto de la Caleta; en la isla había una guarnición de cincuenta hombres con una pieza de artillería y una lancha, y cerca de un islote inmediato estaba anclada la goleta Guadalupe, cuyo comandante se había quedado esa noche en la isla.

Reunidos los ochenta soldados Galeana se lanza sobre las centinelas como el lobo a la presa; la lancha hizo su deber; pero al fin tuvo que retirarse abandonando la isla, con cuyo hecho quedó en poder de los sitiadores, no menos que la goleta y algunas chalupas.

Supo Morelos que los prisioneros carecían de agua, y mandó auxiliarles.

El mismo fue a reconocer la isla, y dispuso que las familias y, prisioneros se condujesen a la población.

No por esto desmayó la guarnición del castillo porque esperaba refuerzos del navío San Carlos que debía llegar de San Blas.

Tomada la contraseña con que debería entrar, se propuso Morelos ocuparlo y a pocos días apareció; pero la inconsideración de algunos soldados hizo que su comandante conociese que la isla estaba tomada, y así no quiso atracar en aquel punto y entró por la Bocana haciendo fuego a babor y estribor a las débiles chalupas que osaran hostilizarlo.

Desembarcó sus auxilios de víveres, armas y pertrecho, y quedó fondeado sin podérsele dañar.

Entonces Morelos concibió otro proyecto más atrevido, y que por una casualidad quedó frustrado.

Mandó que el mismo Galeana con cincuenta hombres asaltase el navío cuando saliera de la bahía y que estuvieran a punto para la empresa.

Efectivamente lo asaltaron con tanta intrepidez, que lograron meterse bajo sus fuegos.

Un alférez se apoderó de un cable y trepó sobre la cubierta con el machete por única arma; invitó a sus compañeros a que lo imitasen, pero éstos se ocuparon en dar hachazos a la quilla, y en otras maniobras dejando perecer al oficial; el navío se desprendió aunque sufriendo alguna pérdida, y la de los americanos ascendió a veinticinco muertos.

Continuó la mina hasta colocarse los barriles de pólvora; pero el corazón sensible de Morelos se compadeció de las mujeres, niños y viejos, y antes de decidirse a esta dura operación quiso probar la suerte de un asalto.

Mandó al mariscal Galeana (que el 17 de mayo había tomado el punto de los Hornos donde había un destacamento enemigo), que con seiscientos hombres diese el asalto.

Habíanse ya echado a pique las lanchas enemigas, el fuego de los sitiados era muy activo, y lo continuaron hasta por la mañana con toda clase de armas y granadas de mano; mas como la luz del día vieron situados en el foso y guarecidos con el mismo muro a los asaltadores, y a punto de trepar con escalas; previeron que si lograban rechazarlos, Morelos por último recurso daría fuego a la mina, y sobrecogidos de pavor capitularon sobre la base de que se les perdonaría la vida, se les conservarían sus intereses, y se les permitiría trasladar a países ocupados por los españoles.

Condescendió Morelos, y aun les dio más de lo que pedían.

El 20 de agosto tremoló el pabellón mexicano sobre los muros de San Diego de Acapulco.

Su guarnición salió con los honores de la guerra; abrazáronse vencedores y vencidos.

Morelos al ocupar la fortaleza recibió el bastón de manos de su gobernador quien le dijo estas precisas palabras...

Señor excelentísimo tengo el honor de poner en manos de vuestra excelencia este bastón con que he gobernado esta fortaleza, sintiendo en mi corazón que para su conquista haya sido preciso derramar tanta sangre...

Morelos lo recibió con dignidad y le dijo...

Por mí no se ha derramado ninguna...

En la mesa brindó Morelos diciendo viva España; pero España hermana y no dominadora de América...

Tal éxito tuvo la valerosa empresa de la conquista de Acapulco en la que la vida del general Morelos corrió gran riesgo: cubrióse de llagas todo su cuerpo.

En el acto de estar dando sus órdenes al ayudante Hernández, una bala de cañón lo hizo pedazos, y un gran pulpo de carne de sus cuerpos cayendo sobre los ojos del general lo tuvo ciego todo aquel día, de modo que creyó perder la vista.

Sin embargo continuó con tranquilidad dando sus disposiciones.

En otra vez una bomba cayó sobre su casa que aplanó parte de ella, y los cascos llegaron hasta cerca de la cama en que yacía harto quebrantado de salud.

La historia que pinta la impavidez de Carlos XII de Suecia, cuando una granada cayó junto al escribiente a quien dictaba, y refiere las palabras que le dijo mirándolo sobrecogido arrojar la pluma, calificará si fue más animoso el monarca del norte que el héroe de la América mexicana.

Hasta aquí las glorias de Morelos lo presentan como un héroe de valor y fortuna; mirémoslo ya bajo el aspecto de un ciudadano amante de libertad de su patria y que consagra a ella los pocos momentos de reposo que le deja un enemigo tan maligno como tenaz e irreconciliable.

(Déjese entender que hablo del ferocísimo Calleja que acababa de suceder en el virreinato de México a Venegas.)

Para terminar las desazones de los vocales de la Junta de Zitácuaro que produjeron el amargo fruto de la espantosa derrota del Puente de Salvatierra, y que comprometieron al general Morelos por elección de los mismos vocales una providencia definitiva, los emplazó para la villa de Chilpancingo donde reunió el primer Congreso Nacional, citando a los primeros sabios a quienes dio una representación provisional, menos a los que fueron nombrados por provincias libres de enemigos como la de Oaxaca y Teypan.

El 13 de septiembre de 1813 vio la América por primera vez su representación nacional, y este día habría sido el más fausto de ella, si un genio maligno no hubiese seducido al ejército a que le proclamase generalísimo, título que rehusó constantemente, y que sólo aceptó para calmar la sedición militar que se preparaba, después de haber hecho presente a los facciosos que aquel título ni podía convenir a un sistema liberal representativo, ni menos al que mandaba el ejército de una nación, en el que no aparecían tropas auxiliares extranjeras, y por cuya causa únicamente pudiera dársele.

A tan pomposo título se subrogó por sí mismo, y se honró más que con el primero, tomando el modesto de Siervo de la Nación; sí, diga lo que quiera la malicia de Calleja en su manifiesto, la humildad de Morelos no le permitía aspirar a condecoraciones brillantes; su patria, su adorada América en plena libertad, era el ídolo a quien sacrificaba su corazón.

Recibió por tanto los homenajes más sinceros de los pueblos, aumentó a un punto indecible el cariño que le profesaban; y a la idea de este león terrible que rugía en las campañas, se acompañaba como correlativa la de un padre dulce, la de un hombre sincero, la de un amigo fiel, y la de... ¡oh Morelos!

Apártate de mi imaginación por este instante, porque la memoria de tu existencia hace caer la pluma de mi mano, y me convierte en un emblema de dolor!...

Yo me acuerdo cuando te hablé las últimas palabras, cuando besé tu mano; cuando te estreché en mis brazos y cuando con toda la efusión de un corazón agradecido, supliqué al ángel protector de la América que guiase tus pasos, y que te cuidase como a la pupila de mis ojos.

¡Ah! no plugo al cielo; yo me postro y adoro pecho por tierra los inefables decretos de su alta Providencia...

El 8 de noviembre (1813) parte Morelos de Chilpancingo con su ejército; pasa el Mezcala con un buen tren de artillería sacado de Acapulco; penetra el largo espacio de más de cien leguas por donde acaso no se había visto la huella humana; llega a su curato de Carácuaro y su corazón no puede resistir a las impresiones que recibe oyendo los votos de sus amados feligreses, ni a las halagüeñas sensaciones que le cansa la vista de aquella pobre casa donde había morada entre las dulzuras de la paz, ni de aquella humilde iglesia que había erigido con sus propias manos.

Allí permanece algunos días arreglando sus negocios domésticos que tenía abandonados, y lo que es más, los consagra a un novenario piadoso de Nuestra Señora de Guadalupe que reza con su escolta y amigos, para implorar el buen éxito en su jornada.

Reunidos más de seis mil hombres de varias direcciones llegó Morelos a las inmediaciones de Valladolid hasta el punto de Santa María donde campó en 23 de diciembre de 1813 previno a Galeana partiese con varios piquetes a ocupar la garita de Zapote, y que don Nicolás Bravo le siguiese con su división a retaguardia.

Sale la guarnición de la plaza, se bate con Galeana, y éste en menos de media hora toma la garita y logra penetrar por algunas calles de la ciudad; pero Bravo es atacado por retaguardia con el auxilio que en la mejor sazón pudo llegar a Valladolid, comandado por el brigadier Llano, pero dirigido por el coronel don Agustín de Iturbide (hoy emperador de México).

Replégase Bravo a Galeana batido a dos fuegos, y se empeña de nuevo otra acción terrible. Morelos apenas puede socorrer a estos oficiales porque distaban de su campo más de una legua, y era preciso atravesar por un barbecho pantanoso.

Sin embargo, aunque destruida la mayor parte de la división de Bravo, sus restos y los de la de Galeana se abrieron paso espada en mano hasta el cuartel general.

En la tarde del día siguiente la división de Matamoros y otros cuerpos cometieron la imprudencia de pasar revista de armas enfrente de la plaza, de donde se destacó el mismo coronel Iturbide con trescientos caballos, doscientos infantes en la grupa y un cañón.

Con la rapidez que caracterizaba sus movimientos ataca las filas de los americanos, penetra por en medio de ellas, y una de sus partidas llega hasta la tienda del mismo Morelos.

Cuando la pelea estaba en su mayor ardor por entre ambas partes llega en auxilio de Morelos el comandante Navarrete; pero no avisa de su llegada, y así es que sus fuegos protectores fueron contestados por los americanos como si fuesen enemigos; semejante equívoco produjo tal confusión que amigos y enemigos se batieron denodadamente.

Conociose el yerro cuando el daño era irremediable; de la tropa salida de la plaza pereció una parte; pero la confusión y el desorden que semejante desgracia causó en los americanos fue tal, que abandonaron el campo, la artillería, muchas municiones y no pocos equipajes, de que no se aprovechó el enemigo sino hasta pasado el segundo día de tan desgraciado suceso, pues el pavor fue general en ambos campos. (Nota 4)

Recogidos los restos del ejército de Morelos que por la dispersión se redujo a menos de la mitad, pasó a situarse en la hacienda de Puruarán habilitándose con la artillería del general Muñíz, y con la que se puso a punto de defensa.

El 6 de enero (1814) el mismo coronel Iturbide ataca este puesto con achaque de reconocerlo; pero se le resiste como tal vez no esperaría; sin embargo logra penetrar por la bagacera de la hacienda.

En tal conflicto y abandonado el puente que proporcionaba la retirada al ejército americano por la tropa de don Ramón Rayón, el general Matamoros se halla en el más desesperado lance, y es hecho prisionero en el acto de pretender la fuga.

Morelos no se halló en el ataque porque no se lo permitió su oficialidad.

La pérdida de su segundo inspira el mayor desaliento; procura libertarlo, ofrece devolver por él a los prisioneros del batallón de Asturias, y aunque amenaza al virrey Calleja que haría uso en ellos del derecho de represalia, desprecia su intimación, hace fusilar a Matamoros, y en breve sabe que la conminación se había hecho efectiva en la costa de Acapulco y demás puntos de depósitos.

Poco importaba a esta fiera la sangre española como él tuviese el vil placer de derramar la americana. Tal fue el principio de una larga y penosa serie de desgracias; los triunfos de Morelos desaparecieron como un prestigio.

Oaxaca fue ocupada por dos mil hombres al mando del brigadier Álvarez sin disparar un fusilazo (28 de marzo de 1814.)

Los ricos españoles que escaparon de la invasión de 1812, y que poseían sus tesoros en Veracruz, Puebla y México, costearon la expedición que no pocos traidores fomentaron desde el mismo seno de Oaxaca apoyándose en el influjo que tenía con el virrey el obispo Bergosa.

Morelos cometió el error de dar pasaporte a los canónigos Vasconcelos y Moreno que salieron desterrados a Puebla e instruyeron al gobierno muy a fondo del estado verdadero de Oaxaca.

Pudiera Moreno haberse acordado de los favores grandes que debió al general prevalido de la cualidad de maestro suyo que había sido en el colegio.

Morelos quiso rehacerse en la costa de Acapulco, pero esta no era ya la época de sus triunfos pasados, faltaba entusiasmo, armamento, y numerario; el intendente Ayala a quien por gratitud de un préstamo hecho en circunstancias congojosas había mantenido en aquella provincia, había despechado con sus depredaciones a sus habitantes.

En esta sazón Armijo llega, ve, y vence, hace suyo todo el sur.

Las desgraciadas batallas perdidas en Tlacotepeque, Chichihualco, y otros puntos por la mala elección de jefe que sucedió a Matamoros en agravio de Galeana, no menos que la pérdida del atajo de Tordillas que conducían el resto del tesoro, la correspondencia, y actas del Congreso de Chilpancingo, colmaron la medida del infortunio; el amabilísimo y benemérito don Miguel Bravo es hecho prisionero por la Madrid junto a Tlapa, y muere en Puebla como su hermano don Leonardo en México en un patíbulo.

¡Generación ilustre que semejante a la de los Gracos, y Scipiones ofrece sus más preciosos vástagos por la libertad de la patria!

El Congreso en dispersión por los bosques de Ario, Santa Gertrudis, Uruapan y Apatzingán se reúne con un puñado de soldados, y guarecido entre los breñales inaccesibles; alimentados sus miembros con parota, maíz tostado, y llevando en comunidad una vida más mísera y estrecha que conocieron los rígidos espartanos, dicta en 22 de octubre de 1814 el decreto de sabiduría mayor que vieron los pueblos de este continente, en que dichosamente brillan la piedad, la libertad y la filantropía más acendrada.

Si Reynal lo hubiese leído, no dudo que habría exclamado como cuando examinó la Constitución angloamericana penetrado de dolor y entusiasmo...

¡Pobre de mí!

Pues no me veré sentado en medio de los respetables personajes de tu Areópago, ni asistiré a las deliberaciones de tu Congreso...

Moriré sin ver la mansión de las costumbres, de las leyes, de la virtud y de la libertad...

Tierra tan sagrada no cubrirá mis cenizas aunque lo he deseado, y aunque mis últimas palabras serán otros tantos votos que dirija al cielo por tu prosperidad.

Tamaños trabajos no menos que los que los de la fuga de Ario en que por poco es sorprendida esta corporación por la bien combinada, secreta y rápida marcha que el señor Iturbide hizo atravesando desde Valladolid las más rudas montañas de Michoacán, en nada disminuyeron el valor y constancia de Morelos por nuestra libertad.

Viósele en el campo de Atijo trabajar como al último soldado, clavar con sus propias manos las estacas de las trincheras, y talar con la hacha y la azada los más espesos bosques.

Viósele después como oficial general amenazar al coronel general Andrade que se hallaba en Pátzcuaro con su división, y hacerle retirar recordándole su derrota de Orizaba.

Viósele en el Congreso discurrir como político, y en el gobierno obrar con una actividad que todo lo reanimaba.

La llama de nuestra libertad brillaba aún como antorcha clarísima, en Zilacayoapan, en Xonacatlán, en las llanuras de Apan, en Puente del Rey, en las inmediaciones de Veracruz. Victoria bate en la Antigua a un correo y repara su necesidad con los despojos del convoy que le acompaña; se fortifica en Monte Blanco y en la Palmilla; abre comunicación con los Estados Unidos por Boquilla de Piedra, y comienza a recibir sus auxilios; detiene un convoy riquísimo en Jalapa, y no habría pasado a no habérsele negado las municiones que pidió a Tehuacán.

Tan brillante conducta obligó a confesar al general Águila que ni con quince mil hombres podía pasar cuando la fuerza de Victoria apenas llegaba a ochocientos (parte de 19 de marzo de 1815).

El Águila Mexicana extendía todavía sus alas maternales sobre sus hijos, y les aseguraba triunfos en Cóporo, Tortolitas, Tehuacán, Teutitlán Nautla ¡pero ay!

El genio de la guerra desaparece de entre nosotros!

¡Días de duelo, de mengua y confusión!

¿Quién podrá recordares sin llorar sobre tanta sangre derramada inútilmente en los campos de batalla y en los patíbulos?

¿Quién podrá escuchar sin estremecerse la relación de multitud de deserciones de partidas numerosas hechas diariamente, no menos que las intrigas, perfidias y asesinatos?

¿Quién no invocará la justicia del cielo al ver disipada en Tehuacán la Corporación Nacional por un golpe de mano de un joven inconsiderado dado a tiempo en que los Estados Unidos se aprestaban a socorrernos, y cuando ya éramos dueños del importante punto de Galveston?

Faltó Morelos, faltó la piedra angular del edificio, vínose a tierra, y sus ruinas nos cubrieron sumándonos en lo hondo de la desolación.

La mano de la historia guía nuestra pluma a referir el hecho más lamentable que pudiera llorar nuestro continente mexicano.

Para hacerlo concédaseme hacer una pausa, así como al caminante cuando intenta trepar por una asperísima montaña.

La adversidad fija irrevocablemente el carácter de los hombres y los purifica como en un crisol que descubre sus preciosos quilates.

Ella los presenta en el verdadero punto de vista en que deben ser contemplados.

Llegó el tiempo de observar ciertos hechos singulares de nuestro héroe que precedieron a su muerte, a esta época (en que como decía Plinio,) el hombre se muestra sin embozo, y cual quisiera haber sido toda su vida. Dado el decreto provisional de Apatzingán, aquel decreto que emula a la sabia Constitución de Cádiz, y establecido el gobierno liberal a cuya cabeza se colocó Morelos, se creyó ser tiempo de trasladar el Congreso a Tehuacán; ora, para reconcentrar las fuerzas diseminadas y arreglarlas; ora para ocupar las provincias de Veracruz, Puebla y Oaxaca; ora en fin para ponerse en pronta comunicación con los Estados Unidos por los puntos de Boquilla de Piedra y Nautla.

Distribuyéronse seiscientos pesos a cada vocal del Congreso para equiparse.

Morelos nada tomó para sí, vendió sus vestidos y parte de una recua de avío que le habían dado sus feligreses.

Emprendiose la caminata por una línea enemiga de más de sesenta leguas con menos de quinientos hombres.

A las orillas del Mezcala pasaron junto a la fortificación de Totolzintla; pero el enemigo no osó presentársele, como ni tampoco cuando se acercó al pueblo de Tuliman aunque se hallaba a tiro de fusil, no obstante que cada comandante tenía orden de perseguirlo en su respectiva demarcación.

Morelos pasó el río de Tenango siendo el primero en botarse al agua aunque estaba bien crecido.

Campó en Tezmalaca; hizo allí mansión por espacio de un día; vendiéronsele los indios por amigos, y pudieron observar de cerca el miserable estado de su fuerza de que dieron razón exacta al coronel don Manuel de la Concha.

Morelos se creyó allí seguro, tanto porque en aquel punto acababa la línea militar, como porque en él deberían reunírsele varios piquetes de tropa de Guerrero, Sesma y Terán.

¡Desgraciado! ignoraba que sus correos mandados a estos jefes se habían extraviado perdiendo la correspondencia que llevaban.

Detenida la división en aquel punto, ocurrió una lluvia en aquella noche que en parte inutilizó el armamento.

Púsose en marcha al siguiente día (5 de noviembre de 1815) y apenas había caminado legua y media, cuando se avistaron dos compañías de realistas de Teloloapan y de Zamora.

No era ésta la fuerza principal de Concha, ni venía a batirlo sino a reconocerlo, y picarle la retaguardia.

Morelos tomó al momento posiciones de defensa; colocó al oficial Lobato con cien hombres; pero abandonó el flanco izquierdo; entró la confusión en la tropa que defendía el punto, y se puso en fuga.

Presumiendo Morelos que la acción era perdida dijo a don Nicolás Bravo...

Vaya usted a escoltar al Congreso, que aunque yo perezca nada le hace, pues ya está constituido el gobierno.

Así es, que se quedó sólo con sus asistentes sosteniendo el fuego personalmente; remudó caballo, y sólo permaneció en su compañía un criado que también le abandonó; sin embargo al imperio de su voz vino, y le acompañó en retirada.

Morelos caminaba desprendido el pie derecho del estribo, y dirigiendo la vista al enemigo le hacía fuego, pero sin dejar de chupar un puro que traía en la boca.

¿Quién creerá que en este conflicto pidiera al criado le diese un perón de los que el día anterior se habían hallado en Tezmalaca?

Conoció entonces Morelos lo difícil que le era trepar a caballo por aquellas asperezas, apeose de él, apostando a su asistente de centinela mientras que se quitaba las espuelas para subir por su propio pie; díjole éste que los enemigos estaban ya encima, y le preguntó qué haría?...

Rinde las armas y sálvate le respondió Morelos...

Apenas había hablado estas palabras, cuando vio sobre sí las carabinas enemigas que le atestaban dirigidas por un tal Matías Carranco pérfido desertor suyo.

Fijole la vista Morelos y le dijo serenamente...

Señor Carranco (Nota 5) parece que nos conocemos.

Pudo éste haberlo matado, pero no lo hizo.

En recompensa de esta gracia que llamaremos con Cicerón gracia de salteadores, le dio Morelos uno de sus relojes.

Apresose juntamente con él su asistente que logró huirse de Tenango.

Conducido a Tezmalaca se le pusieron grillos, y la tropa europea lo llenó de dicterios usando con él del lenguaje de abominación que es exclusivamente suyo, y que hasta su llegada no se había oído en lo interior de América.

Reconvínole a Concha sobre este procedimiento que él no había tenido con los prisioneros españoles; remediole, y quitándole las prisiones le trató con una generosidad desconocida.

Al entrar en Tepecuacuilco comenzaron a sonar las campanas, tirar cohetes y hacer el pueblo otras demostraciones de regocijo. Morelos dijo a Concha...

Como se conoce que vengo aquí; ya he sabido de estos gustos.

Al entrar en San Agustín de las Cuevas se presentó a verlo multitud de gente baldía y holgazana de la que vegeta en México; de estos sibaritas que gritan viva al que vence; que nada han hecho por su patria sino engrosar las filas de sus asesinos para disputar osadamente a los beneméritos de ella la preferencia, y distinción en los primeros puestos luego que se ha conseguido el triunfo, tan sólo porque vistieron jerga, y no se perfumaron con almizcle y agua de colonia; de éstos, que sólo se acuerdan de la rancia nobleza de sus abuelos, y de los leones y cuarteles que orlan los blasones de sus armas nobiliarias y caprichosas, compradas al gobierno español con lo que formó una parte de sus depredaciones, y que a semejanza de los caballos si los monta el cristiano obran contra el moro, y si el moro pelean contra el cristiano.

Entre éstos se dejó ver una vieja extranjera semejante a una estantigua que osó insultarlo, y a quien Morelos respondió blandamente diciéndola... señora, ¿qué no tiene usted qué hacer en su casa?

Reducido a prisión en la ciudadela se presentó el auditor Bataller a tomarle declaración; Morelos le dirigió la vista poniéndose la mano derecha sobre los ojos para obsérvalo...

¿Usted es el oidor Bataller le dijo?

Sí soy le respondió con altanería.

¡Ah cuánto siento no haber conocido a usted algunos días antes!

Si es cierto que un galo respetó a Mario en el acto de matarlo, no lo es menos que la presencia de Morelos aterró a muchos de los que le rodeaban; pues a la idea que presentaba su persona eran correlativas las de sus hechos memorables que excitaban sorpresa.

Observó que un joven le miraba con interés para retratarlo en cera, y entonces se puso en buena actitud cual otra Carlota Corday.

En los interrogatorios se comportó con la mayor dignidad y honradez pues a nadie quiso comprometer en sus dichos.

En la Inquisición, en este lugar de iniquidad donde la política española ponía en movimiento todos los resortes de su crueldad mezclada con superchería y fanatismo, y a donde se le llevó como a ateísta (a pesar de que con sus propias manos había erigido un templo al verdadero Dios del cielo, y escrito el novenario piadoso del santo Cristo de Carácuaro), conservó igualmente su noble entereza.

Puesto en farsa en un infame autillo, y rodeado de un aparato que sólo servía para ridiculizar a los que lo presidían y apoyaban, solamente se le notó alguna confusión en el momento de raerle la corona y las manos para degradarle.

El hombre es esclavo de su imaginación, y siente como aprehende.

El carácter sacerdotal de Morelos era indeleble y sagrado.

El obispo que lo degradaba lloraba también; pero era de regocijo, tal vez recordando las peregrinaciones que había hecho a pie emigrando por mero capricho de Oaxaca a Tabasco, después de que había levantado contra él un batallón de sacerdotes que lo persiguiesen, ofreciendo remunerar con beneficios de la Iglesia al que mayor número de americanas matara con sus manos ungidas.

Cuando se le llevó a fusilar a San Cristóbal Ecatepec se le preparó de comer en el cuerpo de aquella guardia; sentose, y lo hizo con más serenidad que Leonidas en el último banquete con que refaccionó a sus trescientos espartanos para sorprender el campo de los persas e inmolar vivo a Gerges.

La conversación rodó sobre el mérito de la fábrica material de aquella iglesia y de cosas indiferentes.

Concluida la comida le dijo Concha...

¿Sabe usted a qué ha venido aquí?

No lo sé pero lo presumo...

A morir.

Sí, pues tómese usted el tiempo que necesite.

Dentro de breve despacho dijo Morelos; pero permítame usted que fume un puro pues lo tengo de costumbre después de comer.

Encendió con tranquilidad; trajéronle a un fraile para que lo confesase...

Que venga el cura dijo, pues no he gustado de confesarme con frailes; de hecho, vino el vicario, y encerrándose en una pieza recibió la última absolución.

Oyó tocar cajas, vio desfilar la tropa y dijo...

Esta llamada es para formar; si la tropa aguarda no mortifiquemos más...

Deme usted un abrazo señor Concha y será el último que nos demos.

Metió los brazos en la turca, se la ajustó bien y dijo, ésta será mi mortaja pues aquí no hay otra.

Quisieron vendarle los ojos y se resistió diciendo no hay aquí objeto que me distraiga.

Sacó el reloj; vio la hora; pidió un crucifijo y le dijo estas formales palabras

“Señor, si he obrado bien, tú lo sabes; y si mal yo me acojo a tu infinita misericordia;”

Persistieron en que se vendase los ojos, y sacando su pañuelo lo hizo él mismo dándolo vueltas por las puntas encontradas y se lo amarró.

¿Aquí es el lugar? preguntó.

Más adelante le respondieren.

Dio unos cuantos pasos, y habiéndole dicho que se hincase lo hizo, y por detrás lo fusilaron duplicándole las descargas por no haberse empleado bien los primeros tiros.

Al caer dio dos botes contra el suelo, y un horrendo y herido grito cual pudiera un tigre puesto entre el cazador y el venablo; grito con que invocó la justicia del cielo, grito con que anunció a la España que perdería el mundo hermoso de Colón por cuya libertad se inmolaba tan preciosa víctima; grito en fin, que resonó en los senos más profundos del corazón de los buenos americanos.

Su alma voló a colocarse en aquel lugar distinguido, que según una expresión de Tulio, tienen los dioses preparado a los que amaron su patria y dieron por ella su vida.

¡Naciones encorvadas bajo el yugo de la tiranía!

Mirad cómo ha muerto el héroe de Michoacán, el que nació en el suelo de Catzonzi, de aquel ilustre monarca que al tiempo de ser cubierto con los leños de la hoguera que lo redujo vivo a cenizas, mandó a sus amigos como último comunicado de su voluntad, que las recogiesen en un saco, y llevasen de pueblo en pueblo por todos los de su reino diciendo a voz herida...

Mirad como pagaron los españoles los servicios que les hizo vuestro rey. (Nota 6)

El hijo de Sofronisco y de la humilde Tenáreta, el padre de la Moral, bendice la copa de cicuta que le quita la vida; se pasea y aguarda la convulsión y helamiento de sus miembros para recibir con serenidad a la muerte.

Morelos abraza al que le quita su libertad y regenta su suplicio.

Examina tranquilo este lugar, y en él pone por testigo de la rectitud de sus intenciones a aquel hombre Dios que prefundió su último suspiro por la libertad de un pueblo deicida.

No se deja vendar los ojos porque había visto con ellos el minaz aspecto de la muerte en el campo del honor.

¡Cenizas venerables del hombre impávido! recibid nuestras lágrimas como flores de honor que esparcimos sobre vuestro sepulcro!...

¿Dónde estás?

¿Dónde estás?

¿Por qué te separas de tus hijos?

Si el genio de la libertad mexicana desapareciera de entre nosotros, volaríamos a esa fosa, y con tristes gemidos lo evocaríamos, para que saliendo acompañado del silencio y cual éter purísimo del cielo, reanimase y alegrase a sus desfallecidos amigos...

¿Qué no tenga yo en esta vez, (diré con Reynal en alabanza de los héroes angloamericanos) el genio de la elocuencia de los célebres oradores de Roma y Atenas?

¡Con cuánta elevación y entusiasmo hablaría de este hombre generoso, que con su paciencia, sabiduría, valor, y con su misma sangre levantó el grandioso edificio de nuestra libertad e independencia!

¡El mármol y el bronce lo mostraran a las edades más remotas.

El amigo de la libertad cuando reconozca su busto, sentirá que sus ojos se llenan de deliciosas lágrimas, y su corazón se despedaza de sentimiento!

¡Sí, Morelos mío! yo he aplicado mis impuros labios sobre tu frente majestuosa, y he besado tu triunfante mano estrechándola contra mi pecho; ese ha sido el momento más dulce de mis días, y su memoria recuerda en mi alma la ilusión más halagüeña, más pura y festiva.

¡Grito herido y pavoroso de la universal resurrección!

Despréndete del empíreo, retiembla por las bóvedas sepulcrales; anima al polvo; da el ser a la nada, para que a tu voz horrísona salga triunfante de entre la lobreguez, de la tumba el héroe valiente que viera Michoacán...

Cubierto con una túnica blanquísima de inmortalidad ceñidas sus sienes con una corona de limeros y empuñando en su diestra la verde palma del triunfo, dijera a los déspotas y tiranos...

Mirad ya el premio del desapropio que hice de mis bienes, de mi reposo, de mi vida; yo gozo de una dicha perdurable, porque rompí el cetro de un monarca ferocísimo, de un ingrato, que tornó a sus pueblos, la esclavitud por aquella libertad que ellos compraron con su sangre o con sus tesoros...

Yo soy irrevocablemente feliz, mientras vosotros cargados con el anatema de las naciones gemís atormentados en un eterno cruciatu.

¡Monstruos que afligís la tierra, y la plagáis con todo género de crímenes y desdichas!

Dirigid ya una mirada sobre este cuadro que os trazó mi torpe pluma, y que han humedecido las lágrimas de mis ojos...

Si aún hay en vuestros corazones un resto de pudor, corredse, y decidíos a imitar las virtudes del héroe prodigioso que trastornó hasta los fundamentos del opulento Imperio mexicano.

¡Compatriotas!

Dad ya, eterno prez y nombradía al cura de Nocupétaro y Carácuaro; al héroe del sur; al fundador del primer Congreso Nacional de Anáhuac; al legislador de Apatzingán; al plantador del primer gobierno liberal.

Conoced por estos títulos de honor, al benemérito y excelentísimo Señor Don José María Morelos y Pavón, cuya alma descanse en paz y sus virtudes sean imitadas por las generaciones venideras. (Nota 7)

Notas:

1. El impreso que tenemos a la vista contiene una medalla que dice en el anverso “Por la libertad” y en el reverso “La América Mexicana. En la División de los Tres Supremos Poderes. Año de 1814.”

Grabada en México en julio de 1822 a la memoria del primer Congreso Mexicano y de su decreto constitucional sancionado en Apatzingán.

2. Michelena.

3. Llamados Emulantes que quitaron un cañón en Cuautla.

4. La posteridad acusará con justicia de precipitación al señor Morelos en esta jornada.

Su tropa fatigada de un camino tan largo como penoso, ayuna y desnuda, no podía entrar en acción, y mucho más teniendo la caballería en estado muy deplorable: debió, pues, situarse en Pátzcuaro, donde a vueltas de pocos días su ejército habría convalecido, se habría sorbido toda la guarnición de Valladolid, y refuerzos que hubiesen venido a esa plaza; se habrían finalmente reconcentrado en su cuartel general otras divisiones (como la del Pachón) diseminadas en el Bajío sin que hubiese faltádoles víveres y forraje.

Con semejante actitud el enemigo habría formidado y tal vez Valladolid se habría ganado sin sangre.

Los grandes progresos que ha hecho el actual emperador se deben a esta parsimonia sin la cual nada habría conseguido, dando golpes de mano que pocas veces salen bien.

Un sabio decía, que todo general debería honrarse trayendo consigo pendiente del cuello una medalla en que estuviesen grabados los bustos del flemático Fabio y del fogoso Aníbal.

Yo quitaría el de éste y substituiría el de Washington a quien sus enemigos acusan de no haber dado más que dos acciones, conservándose siempre sobre la defensiva.

5. En el noticioso de 25 de julio de 1822 se reclama al gobierno que Carranco residente en Tepecuacuilco está recibiendo de la hacienda pública el sueldo de capitán con honores de tal, y reportando el fruto de su iniquidad: mejor estaría con una corma al cuello limpiando las cloacas de México, o allanando la Cuesta de Tula.

6. Así consta de la información mandada recibir a la Audiencia de México de orden del rey para averiguar (no el crimen cometido por Nuño de Guzmán contra el rey Calzonzique lo quemó vivo) sino las muchas cantidades de oro y plata que robó, y a cuyo recobro se creía con derecho el fisco de España.

La tengo en mis papeles y espero publicarla algún día.

7. Confrontado este escrito del licenciado don Carlos María Bustamante, con los documentos que se han publicado, se conocen luego las inexactitudes en que incurrió este letrado.

Fuente:

J. E. Hernández y Dávalos. Historia de la Guerra de Independencia de México. Seis tomos. Primera edición 1877, José M. Sandoval, impresor. Edición facsimilar 1985. Instituto Nacional de Estudios Históricos de la Revolución Mexicana. Comisión Nacional para las Celebraciones del 175 Aniversario de la Independencia Nacional y 75 Aniversario de la Revolución Mexicana. Edición 2007. Universidad Nacional Autónoma de México.

Versión digitalizada por la UNAM: http://www.pim.unam.mx/catalogos/juanhdzc.html