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Siglo XIX > 1810-1819 > 1815

Causa de Morelos. La revolución a fines de 1815: análisis hecho por el cura de Carácuaro en la declaración que rindió ante el Auditor de Guerra.
25 de noviembre de 1815.

En 25 del mismo mes y año, los propios señores de la jurisdicción unida, a efecto de evacuar la declaración prevenida del presbítero D. José María Morelos, lo hicieron comparecer en la sala de declaraciones del Santo Oficio y, por ante mí, le recibieron sus señorías el correspondiente juramento, bajo del cual ofreció decir verdad.

En este estado, se suspendió la diligencia, por haber estado ocupado el presbítero Morelos toda la mañana en asuntos del Santo Oficio, de lo cual doy fe. Luis Calderón [rúbrica].

En 26 del mismo mes y año, habiéndose conducido los señores de la jurisdicción unida a la sala de declaraciones del Santo Oficio, y estando ya desembarazado el reo, lo hicieron comparecer, y para tomarle declaración le recibieron juramento, que hizo en forma, bajo del cual ofreció decir verdad.

Y preguntado acerca del estado actual de la rebelión, y sobre todo lo que [compete] al gobierno secular y eclesiástico, dijo:

Que las armas de fuego de todas las divisiones de los rebeldes, serán como siete u ocho mil fusiles y como mil pares de pistolas; que la mayor parte de los unos y de las otras están sin uso, ya porque se halla descompuesta en una tercera parte, y ya porque las que están de servicio se suelen guardar y se sale sin ellas a las expediciones, por no haber tampoco con qué pagar la infantería.

Que la fuerza de infantería y caballería, aunque no la sabe a punto fijo por no haber recibido todos los estados, en especial los de Osorno y Rayón, se regula que puede ascender al triplo de las armas de fuego, que es decir, de veinticinco a veintisiete mil hombres, incluso el cuerpo de artillería, que es corto, pues aunque se regula que en los puntos fortificados, como el Cóporo, Chapola y otros, y en las divisiones, podrá haber como docientas piezas, hay muchas de corto calibre y otras inservibles por mal fundidas.

Los comandantes de más reputación, son:

El primero Manuel Terán, coronel, que quedó con la división que tenía Rosáinz y se compondrá como de dos mil hombres, poco más o menos; y que de todos los comandantes que hay en el día, este es, en concepto del deponente, el que tiene más disposición, así por su talento como porque agrupa a él algunos conocimientos matemáticos.

El segundo, Guadalupe Victoria, por cuyo nombre es conocido, por haber mudado en éste el que antes tenía (e ignora, o no se acuerda el declarante de cuál era) cuando fue preso Hidalgo, con cuyo motivo se vino a la costa del Norte, en donde está en el día, y su división tendrá una fuerza poco más o menos como la de Terán, aunque uno y otro suelen juntar más gente desarmada cuando tratan de atacar algún convoy.

El tercero, el padre Carvajal, que está por Valladolid, y cuya división podrá ascender a quinientos hombres, a que suele agregar otros tantos que reúne cuando tiene que hacer alguna expedición: y ésta es la división que antes tenía Muñiz a su inmediato mando.

El cuarto, Remigio Yarza, mariscal que está en el fuerte de Zacapo, y su división ascenderá a ochocientos hombres armados y otros tantos sin armas.

El quinto, Nicolás Bravo, hijo de Leonardo, que ajusticiaron aquí, no por su capacidad y conocimientos, sino por el séquito que tiene y también por su valor; el cual tenía a su cargo el departamento de la costa del Sur y de Tierracaliente, y es regular que siguiendo las Corporaciones que venían a trasladarse a Tehuacán, se halló allí con ella; y, consiguientemente, habrá quedado a cargo de Pablo Galeana la división que tenía en el Sur y ascenderá hoy a docientos hombres armados, porque dio docientos y pico de los que tenía para la escolta de las Corporaciones, a que unidos ciento que dio Carvajal y docientos o cerca de ellos que traían las Corporaciones, vino a ser el total de la fuerza que batió y derrotó el señor Concha, como de quinientos hombres.

Y que a los docientos hombres armados que quedaron a cargo de Galeana, se le deben agrupar algunas partidas sueltas que están bajo sus órdenes y son cortas y mal armadas, de las cuales es una la de Montes de Oca, que anda por el camino de Acapulco y es algo respetable, porque se dice que tiene como ciento y cincuenta o docientas armas de fuego, y ahora poco se le mandaron nueve cajones de municiones.

El sexto, Sesma el manco, pues aunque su división es corta, corno que sólo ascenderá a quinientos hombres armados, tiene disposición y capacidad bastante.

El séptimo, Osorno, que aunque no tiene talento y todos lo dominan, según el deponente ha oído decir y ha echado de ver, tiene una división como de mil hombres armados con fusiles, a que reúne un gran número de arma blanca cuando tiene que hacer alguna expedición.

El octavo, José María Bargas, que manda en Chapala y tendrá corno setecientos fusiles, de los cuales docientos tendrá dentro del fuerte y quinientos afuera.

El noveno, el padre Correa, que manda hoy la división que era de Rosas y está en el pueblo de Dolores, que tendrá como cuatrocientos fusiles. El décimo, el padre Torres, que está por el Bajío, y su división, compuesta de varias partidas, se regula que puede tener ochocientos fusiles.

El undécimo, Rosales, que anda por Zacatecas y cuya división será como de trecientos hombres armados.

El duodécimo, Ávila, mariscal, que está en Zacatula y que tendrá como cien hombres armados con fusiles y retacos, y como trecientos de arma blanca y flecha, aunque no todos están siempre sobre las armas porque no hay con qué pagarlos, y lo que regularmente mantiene sobre ellas son cosa de cien hombres; tiene séquito y es de mucho valor.

Que a más de éstos, hay otros comandantes de menos importancia y reputación; y que, entre los que la tienen, se le pasó nombrar a Rayón, que debe ocupar el segundo lugar después de Terán, y cuya división se halla en Cóporo; y aunque no puede decir a punto fijo la fuerza de que se compone, calcula que podrá ser de seicientos fusiles, contando con la partida de Bargas, el que anda por Ajusco, que está a sus órdenes, como también la de Atilano García. Y que si se le dan avíos de escribir, formará un plan de las medidas que el gobierno debe tomar para pacificarlo todo, y en especial la costa del Sur y Tierracaliente.

Que a más de las diligencias que hizo Hidalgo en su tiempo para negociar la alianza con los Estados Unidos, las cuales no tuvieron efecto, y de ellas se halla ya instruido el gobierno, dispuso el deponente que pasase al Norte de América un David, angloamericano, acompañado de Tavares, vecino de Acapulco, a entablar la misma negociación; pero habiendo encontrado a Rayón en el camino, los hizo revolver a Zitácuaro, y con motivo de haberse averiguado después que trataban de que los negros se levantasen contra los blancos, los hizo el declarante decapitar.

Que por agosto del año próximo pasado, el mariscal Anaya se pasó de su orden a los Estados Unidos con el mismo fin, y volvió sin haber adelantado nada ni pasado tampoco de la Nueva Orleans, trayendo consigo al general Robinson, como de curioso o de espía, para observar cómo se hallaba esto; y se le dio la comisión que propuso y facilitó el mismo, de tomar a Panzacola a nombre de los rebeldes de aquí, respecto a que los angloamericanos no podían o no les convenía hacerlo por sí; de cuya expedición, que tenía también por objeto el que Robinson, vencida Panzacola, viniese con un ejército por Tierradentro a auxiliar la insurrección, no ha habido hasta ahora resultas, porque este angloamericano salió de Huetamo a mediados de octubre último, que se le dieron mil pesos para sus gastos del camino, y que para su empresa nada más pidió que el que se le autorizase por el Supremo Consejo, que llaman de Gobierno, como así se hizo; que él no solicitó esta comisión abiertamente, sino que propuso el plan, que debe estar entre los papeles aprehendidos al que depone, y facilitando su ejecución se le autorizó para que lo hiciera; siendo de advertir que no vino con credenciales algunas del gobierno angloamericano, sino como un particular y con un simple pasaporte; y que Anaya dijo que era general y doctor en Medicina, aunque el declarante no vio sus despachos.

Y que él mismo dijo que por el tiempo en que Álvarez de Toledo vino a Texas, sé acercó él también y llegó hasta Durango, que es 'por donde ha dicho ahora que ha de venir con diez mil hombres, de los cuales tenía ya prontos unos tres mil.

Que por mayo de este año, recibió el Congreso una carta de Álvarez de Toledo y otra el deponente, de las cuales, en la primera y también en la otra, insertaba una contestación que decía haberle dado el gobernador de la Luisiana, reducida a manifestarle que debían tener esperanzas de que los auxiliasen los Estados Unidos.

Que en estas cartas, y en otras dos que también dirigió al presidente del Congreso y a Cos, proponía, digo, manifestaba las escaceses en que se hallaba y las esperanzas que, no obstante, tenía concebidas.

En la del Congreso, proponía las medidas que, a su entender, podían y debían tomarse para llevar adelante la revolución y lograr el objeto; siendo una de ellas, la traslación del Congreso y demás Corporaciones a las cercanías de la costa, para facilitar la correspondencia, el establecimiento de una Marina que hiciese corso y el comercio, el envío de un plenipotenciario que pudiese tratar con el gobierno angloamericano, y el de un comandante con algunos oficiales que mandase la poca tropa que le había quedado y mantenía sobre las armas, que eran como cuatrocientos hombres porque no podía pagar más, pues habiendo con qué, tenía prontos como dos mil y podría levantar un ejército como de diez mil; y que para todo esto necesitaba dinero, sin expresar cuánto.

Que, en consecuencia, se acordó la traslación del Congreso a Tehuacán, como ya lo tiene declarado, y se puso en ejecución [el plan].

Se nombró de plenipotenciario al Lic. Herrera, y a Peredo se le dio la comisión de la Marina, y también a Elías; habilitando al primero con quince mil pesos que se le dieron, y trece mil que se le remitieron después, con orden de que en el camino recogiese lo que pudiese; al segundo, que es Peredo, con mil pesos; y a Elías con seis mil, a más de otros mil que se le dieron para el camino, siendo el concierto que se hizo con él el de autorizarlo para el corso y que agregando él seis mil pesos a los seis que aquí se le daban, se habilitaría con un barco, y de las presas que hiciese daría la mitad al Congreso, a más del casco de los buques y su armamento, que lo cedería por entero.

Que todos éstos salieron de Puruarán en 16 de julio, siendo las últimas noticias, que llegaron a la costa de Veracruz; añadiendo que como Álvarez de Toledo no mandó original la carta del gobernador de la Luisiana, sino que sólo la insertó en la suya, no le dio crédito el deponente y se opuso a que se le franqueara lo que pedía en ella y el título de Teniente General que el Congreso quería despacharle, porque no debía creérsele sobre su palabra, mayormente cuando no había acompañado las credenciales que dijo tenía de todos los diputados a Cortes americanos (a excepción del Illmo. Sr. Pérez de Maniau y de otro, cuyo nombre y apellido no tiene ahora presente), para que viese lo que podía negociar con los Estados Unidos, por cuyas razones no creyó la carta que suponía del gobernador de la Luisiana; y sólo consiguió que no se le diese el título de Teniente General, sino el de Mariscal de Campo que, en efecto, se le remitió.

Que en todo el tiempo de la insurrección, no han recibido auxilio alguno de armas o municiones por ninguna de las dos costas del Norte ni del Sur; y que todo se ha reducido a dar esperanzas que hasta ahora no han tenido efecto.

Y preguntado con especialidad si no trajo Anaya fusiles, dijo que ninguno, y que todos los que tienen son cogidos en las expediciones en que han salido victoriosos.

Que hasta ahora no han tenido ni tienen barco alguno suyo que haga el corso ni el comercio, y que Peredo y Elías no sabe lo que podrán haber adelantado acerca de esto en el estrecho tiempo que llevan de su comisión.

Que en la dispersión de Temalaca, como las Corporaciones iban delante y el deponente se quedó a hacer frente al señor Concha, sin embargo de que al que le tocaba era a Nicolás Bravo, como comandante de la escolta, cree que aquéllas escaparían y seguirían el rumbo de Tehuacán, o se irían con Osorno o con Victoria.

Que el sistema de economía y recursos para el mantenimiento de las tropas y demás gastos, ha estado reducido hasta ahora a lo que producen las haciendas de europeos y criollos que siguen su partido y de que están apoderados los rebeldes, cuyo producto podrá acercarse a un millón anual; a lo que exigen los comandantes de los que hacen el trajín o comercio, con lo que mantienen sus divisiones respectivas, que nunca les alcanza; a los impuestos sobre carnicerías, que producen muy poco; y a la alcabala, que no puede regular lo que residirá el cuatro o seis por ciento que por ella se paga, pero sí que es poco; y a algún otro donativo que se suele exigir, a que se agrega el botín que se suele coger en las expediciones en que salen victoriosos.

Con lo que se concluyó, y el declarante dijo que lo expuesto es la verdad ofrecida en su juramento, que ratificó y firmó con sus señorías.

Doy fe.

Añadió que fue de capellán a la Legación de los Estados Unidos el padre Pons, provincial que fue de los dominicos de Puebla, y de secretario el licenciado Zárate.

Bataller.

Flores.

José Ma. Morelos.

Luis Calderón [rúbricas].

Fuente:

Ernesto Lemoine Villicaña. Morelos, su vida revolucionaria a través de sus escritos y de otros testimonios de la época. Universidad Nacional Autónoma de México. Primera edición. México, 1965. p. 614-620.

Nota de Ernesto Lemoine Villicaña: Archivo General de la Nación (AGN), Causa de Morelos, fi. 81-7 (véase la nota al documento anterior).

De los dos procesos que se le siguieron al Siervo de la Nación, el de la jurisdicción unida —militar y eclesiástica— y el del Santo Oficio, originales en los fondos del Archivo General, sólo hemos seleccionado unos cuantos fragmentos: aquellos que, a nuestro juicio, reflejan mejor la visión de la insurgencia durante aquellos días negros, a través de los ojos, del corazón y del cerebro de nuestro personaje, insigne cautivo, cuyo abatido estado de ánimo se compaginaba únicamente con la imagen del pelotón de ejecución que, sabía, lo aguardaba con impaciencia.

Huelga decir que es urgente, para el decoro de la historiografía mexicana, publicar en un solo volumen, debidamente anotado, la documentación íntegra de este sonado proceso.