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Siglo XIX > 1810-1819 > 1815

Causa de Morelos. Importantes revelaciones acerca del movimiento insurgente, declaradas por el capellán del caudillo, presbítero José María Morales.
México, noviembre 24 de 1815.

Recíbase a los presbíteros D. José María Morelos y D. José María Morales, declaración inquisitiva del estado actual de la rebelión, por lo que su noticia pueda conducir al acierto de las providencias sucesivas del Excmo. Sr. Virrey y del Illmo. Sr. Arzobispo electo.

Así lo proveyeron, mandaron y firmaron los señores de la Jurisdicción Unida, por ante mí, de que doy fe. Batallar. Flores. Luis Calderón [rúbricas].

DECLARACIÓN DE MORALES.

En el mismo día, compareció inmediatamente el presbítero preso, D. José María Morales, y para la declaración acordada, sus señorías le recibieron juramento que hizo en forma, como sacerdote, bajo el cual ofreció decir verdad. Y en esta virtud, se le preguntó lo siguiente:

Preguntado sobre el estado actual de la rebelión y de todo lo que al gobierno secular y eclesiástico le interesa saber, dijo:

Que los rebeldes no tienen hecho tratado alguno de alianza con los angloamericanos ni con otra potencia, aunque han tratado de negociarla con los primeros, y todo lo que hasta ahora han conseguido ha sido una contestación que el gobernador de la Luisiana le dio a Álvarez de Toledo, reducida a manifestarle que se alegraría de que los insurgentes de esta Nueva España saliesen con su intento para reconocerlos como potencia independiente; cuya contestación la recibió Morelos (a quien Álvarez de Toledo se la dirigió) no original, sino inserta en carta que el mismo le escribió. Y vio y oyó leer el deponente, que Toledo le decía en su carta que había adquirido mucha gloria con sus hazañas, y desearía que lo nombrase por su compañero.

En otra carta que dirigió al llamado Congreso, le manifestaba a éste lo falto de recursos que se hallaba, de manera que estaba atenido a que un amigo lo mantuviese, y por esto era necesario, para ponerse en estado de que los auxiliase, que le remitieren al menos medio millón de pesos, aunque fuese en cantidades parciales y en libranzas, porque así se facilitaría la cobranza, más bien que en cantidades gruesas; cuyas cartas se recibieron por el mes de mayo de este año.

Que ha oído decir que se han hecho varias remisiones de dinero a la Nueva Orleans, pero como mienten tanto en esto como en todo lo demás, sólo tiene el deponente por ciertas, quiere decir más probables, dos: una de doce mil pesos que se anduvieron juntando con mucho apuro para comprar armas; y otra que llevó Anaya, el Mariscal, la que decían unos que había sido como cuarenta mil pesos, otros que veinte, y él que no pasó de tres.

Acerca de lo cual y de las malas cuentas que dio, fue reconvenido en sesión pública, que el deponente presenció, aunque no sabe en lo que por último paró esta dependencia.

Que todo lo que hasta ahora han recibido los rebeldes, según se decía, aunque el deponente no lo cree, por lo mucho que mienten, son trecientos fusiles que Anaya dijo haber traído y dejado también algún dinero para que se comprasen más.

Y que en la carta de Toledo, dirigida al Congreso, de que antes ha -hecho mención, recuerda ahora que le pecha le mandase oficiales insurgentes; y va enviado plenipotenciario de ellos, para cuyo cargo al que consideraba más a propósito era a Cos.

Que, en consecuencia, se le mandaron como cuarenta oficiales, poco más o menos, según lo que dijeron, aunque el exponente dificulta que hubiesen completado este número.

Se nombró de plenipotenciario al Lic. Herrera, cura que fue de Chautla, y de comandante o director de los barcos corsarios que se trataron de poner al mismo tiempo, a Peredo, el que estuvo en la Inquisición, y a un italianó, de cuyo nombre y apellido no se acuerda.

Que a Peredo se le habilitó con mil pesos, al plenipotenciario Herrera con seis mil y a los demás no se acuerda con cúanto; y no supo ni entendió tampoco si llevaron algún dinero más para los fines de su comisión.

Que las fuerzas con que cuentan los rebeldes, no las sabe a punto fijo, ni cree que lo sepa tampoco el mismo Morelos; y sólo puede decir que las divisiones más acreditadas y que corrían y corren por más numerosas, eran la de Bargas, de quien se decía que tenía cinco mil fusiles, aunque él le confesó al declarante que no eran más de quinientos; la de Rosas y Ortiz, que fue derrotada últimamente; y la de Rosales, que no sabe de qué gente se compondrá; la del padre Torres, que podrá tener como quinientos hombres cuando los junte todos, porque no siempre los tiene sobre las anuas, sino sólo cuando se le ofrece alguna expedición; y las de otros dos, de cuyos nombres no se acuerda, de las cuales la una se reputa de consideración y la otra no.

Que todas éstas operan en lo que llaman Bajío y del lado de la costa del Sur, y no tiene conocimiento de las que andan por este otro lado de la costa del Norte. Advirtiendo que el Bargas de que ha hablado, no es el que anda por Ajusco, sino el que está en el Bajío, y se llama José María, el cual tiene grado de Mariscal.

Que los recursos que tienen los rebeldes para mantener sus tropas y ocurrir a los demás gastos que se les ofrece, se reducen al producto de las haciendas de europeos y criollos que siguen su partido, de que se han hecho dueños y las tienen en administración, las cuales les producen poco, así por las malas cuentas de los administradores, como porque al acercarse las tropas del Rey tienen que abandonarlas y todo se pierde.

A las contribuciones que imponen sobre las familias, exigiendo dos reales mensales de cada una, siempre que pueden, es decir, cuando no están protegidas por las tropas del Rey; a un real que daba por el pasaporte el que lo pedía, y a una exacción que hacen a los que piden licencia para venir a comerciar a los pueblos que están por el Rey, la cual es mayor o menor según la importancia del comercio.

Que todo esto es del lado del Bajío y del Sur, de que el deponente tiene noticia, añadiendo que algunas veces suelen exigir donativos; y cuando tienen alguna bonanza, ocurren asimismo con ella a las necesidades que padecen, que [son] frecuentes.

Que cree que ni Morelos, ni Rayón ni ninguno de todos los otros cabecillas tienen dinero guardado ni enterrado, por lo que ha visto y observado, pues aunque Morelos sacó mucho de Oaxaca, lo perdió todo en la derrota de Tlacotepec, de manera que uno tuvo que darle una camisa, porque no libertó más que lo que llevaba puesto.

Que se acordó la traslación de las Corporaciones de la Nueva Constitución Provisional al pueblo de Tehuacán, por haber parecido el más a propósito, tanto por la cercanía de la costa, que facilitaba la correspondencia con los enviados a la Nueva Orleans, como por componer las desavenencias que se habían suscitado entre las divisiones de las provincias de Puebla y Veracruz; y que este era el objeto de la expedición que ha derrotado el señor Concha en Temalaca.

Que los individuos de las Corporaciones habían pasado ya cuando empezó el ataque, porque iban por delante.

Que del Congreso Legislativo sólo iban cinco, y eran los dos licenciados Castañeda, el Lic. Alas, Sesma el viejo y el indio González; y aunque ha oído decir que Sesma murió en el ataque, no sabe cómo sucedería, si no es que se atrasó por ir, como en efecto iba, enfermo.

Y que los otros vocales del Congreso, que por todos son en el día hasta trece, se quedaron por allá, excusándose a venir, por los motivos que cada uno tuvo o pretextó.

Que del Supremo Tribunal de Justicia venía Ponce, que es el Presidente, Martínez, vocal suplente, y un licenciado de Valladolid, de cuyo nombre y apellido no se acuerda ahora.

Que la tropa que llevaba Morelos y derrotó el señor Concha, se componía en todo, según lo que vio el deponente, de quinientos hombres: tres[c]ientos de caballería, poco más o menos, y docientos infantes.

Y que con motivo de esta traslación, dejaron en la provincia de Michoacán tina Junta Gubernativa y dependiente de la Suprema, compuesta de cinco individuos, que no sabe, digo, no tiene presente quiénes, a excepción de uno que se apellida Muñiz, por haber sido este un acuerdo que se hizo en el camino y de que se dio al deponente una ligera noticia, por cuya razón no retiene los nombres.

Que el gobierno de lo eclesiástico corre a cargo del Poder Ejecutivo o Consejo que llaman de Gobierno, el cual pone curas y vicarios donde le parece; y a los eclesiásticos que merecen alguna demostración o castigo, los juzga el Tribunal Supremo de Justicia, por cuya razón, la del mal tratamiento que se les da y el poco respeto que se les tiene, están todos muy descontentos y en disposición de abandonar aquel partido si hallasen modo de poderlo hacer, a excepción de uno u otro obstinado y perdido que no tenga otro modo de subsistir.

Que los pueblos están desprovistos de párrocos, de manera que se hallarán cuarenta o más leguas sin encontrarse uno, por cuyo motivo han perecido en la peste de viruelas y de calenturas multitud de gentes sin auxilio alguno espiritual, y en el día sucede lo mismo a los que se mueren de enfermedad natural; no habiendo tampoco quien les diga misa ni les administre legítimamente los demás sacramentos.

Y que como no reconocen al obispo electo de Valladolid ni a ninguno de los legítimos, por considerarlos sus contrarios, han tomado el expediente de acudir al Legado de Su San- tidad, que dicen o suponen haber en los Estados Unidos, para que provea de remedio; cuyo resultado no ha venido aún, e ignora el deponente lo que se habrá adelantado acerca de esto.

Que aunque los instruidos, entre quienes circulan los papeles públicos, no deben dudar de la restitución del Rey nuestro señor al trono de España, afectan que lo dudan, y que caso que haya venido o venga, será corrompido por Napoleón, para alucinar así a los ignorantes y mantenerlos en su partido; pero que la masa del pueblo, por lo que el deponente ha visto y observado, está en disposición de que si se deshiciese este engaño y se certificase de que el Rey se hallaba en su trono como antes, depondrían las armas y se pacificarían todos, a excepción de aquellos que en el cambio conocen lo que van a perder, porque sólo en aquel partido pueden dar suelta a sus vicios y pasiones y ser mirados con la consideración que no pueden esperar se les tenga en ninguna otra parte.

Y, por último, que todo lo que lleva expuesto es la verdad de lo que ha visto y entendido, y que no sabe más porque nunca ha tenido ingerencia en el gobierno ni ejercido empleo que le proporcionase otros conocimientos.

Y en este estado se concluyó esta diligencia, repitiendo el declarante ser cierto por su juramento, que ratificó y firmó con sus señorías. Doy fe.

Y de haber añadido, que en el cerro del Atijo hay unos socavones muy estrechos, de que los rebeldes han hecho bartolinas en que meten a los eclesiásticos que quieren castigar, tapando la boca con pared de mampostería y dejando un agujero por donde les meten la comida, que es siempre muy escasa; y que de cuando en cuando suelen abrir la puerta de la entrada, para que se ventile algo el socavón, y vuelven a cerrarla, de manera que están privados de toda comunicación por ser un lugar desierto, y no hay quien lo vea que no se horrorice.

Que cuando el deponente lo vio, había tres eclesiásticos encerrados, cada uno en su socavón, y eran, uno el padre Ramírez, del Orden de San Agustín, que estaba de capellán en Acapulco cuando Morelos lo tomó, otro el padre Alegre y otro el padre Gotor.

Bataller.

Flores.

José María Morales.

Luis Calderón [rúbricas].

Fuente:

Ernesto Lemoine Villicaña. Morelos, su vida revolucionaria a través de sus escritos y de otros testimonios de la época. Universidad Nacional Autónoma de México. Primera edición. México, 1965. p. 609-614.

Nota de Ernesto Lemoine Villicaña: Archivo General de la Nación (AGN), Causa de Morelos (colocación del Ms. en vitrina especial), ff. 75-81.

Transcribimos del original, en cuya carátula se lee:

"Año de 1815. Secretaría del Virreinato. Cuaderno 2° Varios documentos y papeles concernientes a la conducción a esta Capital del reo Morelos, y declaraciones que se le tomaron en ella."

Bustamante manejó este cuaderno, aunque no lo aprovechó bien; pero nos lo imaginamos vertiendo sentidas lágrimas sobre él, porque agregó en la parte inferior de la carátula, con su clara e inconfundible letra, la siguiente nota:

"Causa formada por la Capitanía General, con independencia de las que formó la Inquisición y Junta de Seguridad al benemérito ciudadano José Ma. Morelos, honor de la Nación mexicana."

Agreguemos que el capellán Morales, capturado en Temalaca junto con Morelos, unió su oscuro nombre al del héroe de la independencia, pero no hizo honor a esa accidental situación en que el destino lo puso.

Merced a delaciones incalificables, a una sistemática secuela de injurias y denuestos para con su ilustre jefe, y a sus hipócritas y lloronas manifestaciones de arrepentimiento por haber servido en las filas de la revolución, pudo salvar la vida.