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Siglo XIX > 1810-1819 > 1815

A diez días de su sacrificio, José María Morelos escribe a Calleja denunciando los lugares donde los insurgentes tienen o se surten de material bélico.
México, 12 de diciembre de 1815.

Excmo. Sr.

El que suscribe, declara a V.E. otras breves noticias de que se ha acordado, y son:

En la garita que está cerca de Acapulco, en el Camino Real, a pocos pasos y a la derecha yendo de México, hay más de 600 quintales de cobre en barra, el que está medio cubierto con tierra y basura.

En el primer charco al norte del Castillo de Acapulco. junto a Los Hornos, se echó mucho cobre y fierro.

En el remate de la mina que se dirigía al mismo Castillo, se ocultó la mayor parte de la bala de todo calibre.

En las zanjas que se hicieron del padrastro al rastrillo para avanzar al Castillo, se cubrió con tierra y basura porción de bala grabada y cobre; y en los pozos, pozo abajo del padrastro y al mismo rumbo de la ciudad, se echaron cobre y campanas.

Otras campanas medianas se repartieron a los pueblos de Tesca, Coyuca, Tecpan, y puede que a otros que no sé si ocurrieron.

En el punto del Veladero se hizo igual entierro de cobre, fierro, acero y estaño, pero no supe el sitio fijo y pueden saberlo aquellos vecinos.

El metal de plata, y puede que algún fierro de las minas y haciendas del Real de Tepantitlan, se está pasando a este lado derecho del río Grande para realizarse, y de esto sabe Pablo Galeana y otros.

Los insurgentes de todo ese rumbo y los de Valladolid, Mescala y Zacapu, no tienen más plomo que el qUe se consigue de las minas del Limón, cerca de Mescala, camino de México para Acapulco; y de las minas de Curucupaceo, jurisdicción de Etuquaro, cerca de Valladolid: y es conveniente penar a aquellos mineros para que no vendan el plomo a los insurgentes, etcétera.

De estas últimas, se habilita con escasez el Fuerte de Cóporo.

La mayor parte de salitre se toma de las jurisdicciones de Huetamu y Cuzamala; y la mayor de azufre de las jurisdicción de Tajimaroa.

Las fundiciones de fierro y acero están en la jurisdicción de Huetamu, aunque también están sacando en Quacoman.

En la jurisdicción de Ario, cerca del volcán de Joruyo, están las minas de cobre, y son las más abundantes y de donde los insurgentes se están surtiendo.

En Huetamu, los padres Díaz, un Herrera, un Vázquez y otros, y lo mismo en los otros pueblos, están tenidos éstos y otros sujetos por contrarios a la insurrección, de modo que casi no hay pueblo donde no haya algunos sujetos de esta clase.

Las fincas de los valles de Urechu y Tacámbaro sostienen la insurrección del sur de Valladolid, como las del valle de Guencio a Cóporo.

Aquéllas pueden lograrse a favor de las tropas del rey, con su destacamento en Ario; y las otras donde mejor convenga.

Estas son, Sr.. Excmo., las que me han ocurrido, y si me acordase de otras las diré para que V.E. haga el uso conveniente.

Dios guarde a V.E. muchos siglos [sic].

México, diciembre 12 de 1815.

Excmo. Sr. José María Morelos [rúbrica].

Fuente:

Ernesto Lemoine Villicaña. Morelos, su vida revolucionaria a través de sus escritos y de otros testimonios de la época. Universidad Nacional Autónoma de México. Primera edición. México, 1965. p. 647-650.

Nota de Ernesto Lemoine Villicaña: Archivo General de la Nación (AGN), Operaciones de Guerra, t. 74, f f. 591-2. Original, todo de puño y letra del caudillo, reproducido antes en facsímile en, Autógrafos de Morelos, op. cit.

De la totalidad de los escritos del Siervo de la Nación, éste es, sin duda alguna, el más comprometedor para su fama, el más quemante y el único que desearíamos no haber visto firmado por él. Pero ignorarlo, decir que "no existe" para imitar con ello la conducta del avestruz, es actitud impropia e indebida en el historiador; lo que hay que hacer es entenderlo y ubicarlo.

Por principio, su autenticidad no se discute, tanto por el contexto de los oficios con que se le acompañó —y que no insertamos aquí, pues no vienen al caso—, como por el examen de la escritura, que cualquier curioso puede analizar acudiendo al citado volumen de Autógrafos, publicado desde 1918, o al ejemplar del Archivo General.

La denuncia que hace el cura de Carácuaro, precisamente el 12 de diciembre —¿bajo la presión espiritual de la Guadalupana?—, no se incluyó en los autos de la Causa, y Calleja, que debe haberla acariciado con sardónica sonrisa, la remitió a Armijo para que comprobara, in sito, la veracidad de los datos en ella contenidos, muchos de los cuales resultaron ciertos.

Qué opinar ante tamaña prueba de flaqueza? Desde luego, sería monstruoso conceder a un solo testimonio contrario a la causa por la que se ha luchado, validez para minimizar la obra de conjunto, de un lustro entero al servicio incondicional de esa misma causa.

Además, y ya muchos lo han escrito, debemos tener presente las adversas circunstancias, materiales y morales, bajo las que vivió el caudillo en los días de su cautiverio: torturado, insultado, humillado, sujeto a las más indignas coacciones; amagado por la amenaza de terribles castigos, terrenales y celestiales; cercado, en fin, por sus implacables verdugos —así los de la cruz como los de la espada—, empeñados en destruirlo, no sólo físicamente sino también —y esto era lo más importante para ellos— en lo que competía a su existencia póstuma. Y no hay que olvidar a Quiles, el abogado defensor.

¡ Quiles! Para salvar a su cliente del paredón, no hubo resortes que no tocara, incluso aquellos que iban contra el honor de su defenso:

"Niegue Ud. su convicción revolucionaria y diga que estaba equivocado y que ahora reconoce su error. Dé pruebas de su arrepentimiento; revele y denuncie más cosas de las que se le exigen. Escriba personalmente al virrey sobre cuanto sepa de los planes, recursos y posiciones de sus correligionarios. Sólo así podrá ablandarlo; sólo así reforzará la débil posibilidad de obtener el perdón. Hay que ganar tiempo. ¡Vivir, a cualquier precio!"

Porque tras la mano del caudillo, advertimos la ofensiva dialéctica de Quiles; los ejercicios espirituales que por esos días fustigaban también su conciencia; la visión que se le ofrecía del infierno, agitardándolo en el "más allá; el juego alternante —sádico y siniestro— entre la vida y la muerte, ser y desaparecer, con linderos de apenas el grosor del filo de una navaja; tres centurias de chantaje inquisitorial, so pretexto del respeto a Dios; y etcétera y etcétera hasta el fin del mundo : eran demasiados enemigos acumulados contra una persona, para que ésta no cediera.

Todo acabó por doblegar una voluntad tan recia y tan probada en los percances, y un mal día —el más malo desde aquel venturoso 30 de septiembre de 1765—, en la penumbra de su mazmorra y de su alma, el león abatido tomó la pluma, la mojó en la tinta, en su sangre y en sus lágrimas, y empezó a escribir aquella carta, anuncio anticipado de su agonía.

Era el doce de diciembre, fecha y fiesta de la mexicana Guadalupana. Y el gran hombre no pudo más. ¡Estaba positivamente destrozado!