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Siglo XIX > 1810-1819 > 1814

José María Morelos a Liceaga, exponiendo interesantes ideas sobre política monetaria y manifestándole su pesimismo acerca de las operaciones militares en el Sur.
Rancho de Anota, 29 de abril de 1814.

Excmo. Sr. Presidente, D. José Ma. Liceaga.

Mi estimado amigo y compañero:

Por la adjunta del inspector Díaz, se hará Ud. cargo de la suerte que habrá corrido el Mariscal D. Ignacio Ayala, cuya persona traía conmigo, como lo anuncié en mis anteriores respuestas, pero se volvió pocas leguas atrás, por lo que no pudo pasar con mi guarnición en el puesto que se tenía fraguada la escena.

El enemigo no ha pasado hasta ora de Teipan para Petatan, sino en avanzadas de los prisioneros y traidores del país, y sólo queda la esperanza de que se le haya quitado la embriaguez al padre Lacunza antes de llegar al enemigo con la presa.

Por consiguiente, queda en mi poder la carta del préstamo sobre los cincuenta mil pesos, por si resultare vivo, porque él solo sabía en donde los tenía enterrados, pues no se fiaba ni de su esposa en punto de intereses.

Ya se había cambiado a comprar la hacienda de San Blas, por estar el enemigo de Chilpancingo inmediato a la de San Cristóbal, pero las incidencias nos lo extraviaron todo y no debemos contar con ese fondo.

En asunto a monedas soy de parecer que nada se puede inventar ni prometer en plata, hasta no tenerla de bulto y con la seguridad conveniente; y, entretanto, no pueden cesar los reales de cobre, si no es que los demos en papel o en baqueta, como en los Estados Unidos, pero que no pase su valor de un peso cada uno, porque entonces sí resultaría gravada la Nación en céntuplos millones.

Y que nada hemos hecho, si no abolimos los bustos y monedas de los españoles, porque esta Nación, acostumbrada a obedecer, siempre quita el sombrero a los escudos y retratos de España, por más prohibición que se le hagan, y estimarán en más una moneda de cobre con el busto de Fernando que una de plata con el sello de la América.

Persigamos, pues, a ese maldito dinero de cordón, porque su numerario son otros tantos soldados que nos hacen la guerra.

No ande entre nosotros otro numerario que el inventado por nosotros mismos, sea en oro, plata, cobre, baqueta, papel o madera, y entonces seremos dueños de nuestra libertad. Y por ahora, o se continúan los reales o nos sepultamos en una Tebaida.

No tengo mucha esperanza de que el Sr. Galeana pueda mantenerse en el Veladero, por tener cortados los víveres y la comunicación conmigo, por haber penetrado el enemigo desde Acapulco hasta cerca de Petatán, persiguiéndome como sesenta leguas por camino forzado y tránsito de tres únicos pueblos que pudieron dar algunos víveres y, fascinados por los prisioneros, se han mostrado indolentes y volubles.

He puesto un propio por Tlacotepec, que es la única comunicación para el Veladero. Avisaré del resultado.

Apreciaré que la salud de Ud. sea como apetece su atento servidor y compañero que su mano besa.

José María Morelos [rúbrica].

Fuente:

Ernesto Lemoine Villicaña. Morelos, su vida revolucionaria a través de sus escritos y de otros testimonios de la época. Universidad Nacional Autónoma de México. Primera edición. México, 1965. p. 469-470.

Nota de Ernesto Lemoine Villicaña: Archivo General de la Nación (AGN), Operaciones de Guerra, t. 912, f f. 325-6. Original.

El escrito transpira esa angustia interior que agobiaba a Morelos durante aquellos meses críticos.

De desgracia en desgracia, el caudillo veía sucumbir a sus esforzados compañeros de lucha, como Ayala, al que aquí se alude, hecho prisionero por esos días y poco después fusilado (véase Doc. 166).

Y pronto seguiría su turno al valiente Galeana, de cuya difícil situación también se duele el caudillo en esta desconsoladora misiva.