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Siglo XIX > 1810-1819 > 1813

Representación al ayuntamiento de México sobre la situación de la revolución; Carlos María de Bustamante.
Oaxaca, octubre 1 de 1813.

La América (dije) está toda conmovida; toda conoce sus verdaderos derechos; ha penetrado la intención de sus opresores y sus agravios, y está decidida a vengarlos.

Cada hombre es un soldado que desprecia la muerte, la busca y provoca en los campos del honor; envidia al que sale a combatir en él, y una penosa y angustiada expedición es para el americano un juego de diversión, comparable con la lid de toros, y por el que todos tienen una pasión declarada.

Es verdad que ya no se presentan enjambres numerosos de guerreros, porque la experiencia de treinta meses les ha hecho ver que no es la multitud sino el valor el que da las victorias; pero vuestra excelencia puede creer que el que hace frente en el día al enemigo, va con mucha probabilidad de vencerlo.

Los americanos son dueños ya en gran parte del fatal armamento con que el gobierno se propuso sojuzgarlos; ellos lo han adquirido en centenares de acciones, a costa de su sangre, y con él derraman la de sus opresores en cuantas acciones de guerra dan o reciben...

No hay cantón en que no se fundan algunos cañones, se elabore pólvora y pertrecho, y se enseñen a lo menos los primeros rudimentos de la milicia; donde no haya regulares oficiales, y con su enseñanza poco dejan de conseguir de cuanto emprenden: sus victorias aumentan su orgullo, y éste multiplica sus fuerzas ya morales, ya físicas.

Por su frugalidad y vida campesina, a que están acostumbrados, se sostienen nuestros cantones a poca costa; porque en ellos no se conocen aquellas necesidades indispensables que en las divisiones enemigas, como hijas de la molicie y lujo propio de las ciudades donde son reclutadas, o de la educación que ha recibido en ellas esta clase de soldados.

Comparemos, pues, estas grandes disposiciones de los partidarios de la libertad de la América, que apenas tuvo el ejército de Alejandro con la de sus opresores; comparemos también los recursos de unos y otros para continuar la guerra; el entusiasmo de aquéllos, con la languidez y violencia de éstos, arrancados del seno de sus familias.

¿Y qué, nos podremos prometer el triunfo de los últimos y la ruina de los primeros?... No.

Preguntemos ahora, ¿con qué tesoros piensan nuestros opresores continuar la guerra?

¿Podrán extraerlos de un reino en que están ya agotados los manantiales únicos de la felicidad común, el comercio y la minería; apurados los recursos, ocupadas las fincas rústicas, consumida la moneda o demeritada en su valor y ley adulterada, y pobres ya, los únicos que podrían respetar sus caudales, que son los opulentos comerciantes y contratistas, fatigados hasta no más con exacciones voluntarias o forzadas?

Demos ya una ojeada sobre la disposición de los habitantes de las capitales y pueblos grandes, ocupados por el gobierno.

Los más están despechados y aburridos con el sistema bárbaro y opresor que han planteado las juntas de seguridad y cuerpos de patriotas, y por el que se sacrifican tontamente, por defender a cuatro gachupines hacendados.

Quéjanse en el silencio, y murmuran, y no esperan más que el momento de ver nuestras columnas victoriosas, para tomar la resolución que conviene. Nada medita, nada piensa y determina ese gobierno, de que al momento no seamos sabedores, nuestras avanzadas están por todas partes, pues podemos decir que tenemos tantos confidentes observadores, cuantos americanos y aun europeos de aquéllos que están desengañados y prevén el desenlace de la escena, o que aspiran a congratularse con nosotros para conservar sus bienes y sus vidas.

No está, pues, ese gobierno en estado de prometerse, ni aun por sueño halagüeño, nuestra reconquista.

Demos ya una mirada sobre nuestros ejércitos. El de Morelos, dueño de la provincia de Oaxaca, la mejor de la América, ha sojuzgado toda la costa del sur, y en ella no hay un enemigo: ha aumentado su fuerza en hombres y armas; tiene bravos soldados y excelentes oficiales, y como su concepto militar se ha fortificado con mil gloriosas acciones, que son tantas, cuantas han dado o recibido sus huestes; nada emprenden que no consigan.

El de Rayón, aunque poco numeroso, tiene disciplina; en él hay talleres de armas y reina el entusiasmo y amor al orden...

¿Qué espera vuestra excelencia a vista de estos hechos ciertísimos, y cuyos funestos resultados va en breve a llorar?

¿Espera ver remediados semejantes desastres con que se forme un cuerpo principal de operación de gente levantada de leva que se oponga a Morelos y le persiga sin intermisión?

¿Otra división que le mantenga expedita la comunicación de México a Veracruz; otra para lo mismo de Querétaro a esa ciudad, otra entre Querétaro, Valladolid, Guanajuato, Guadalajara y Zacatecas, defendiéndose los pueblos con sus urbanos y patriotas, que es el plan del general Calleja?

¿Bastará esta fuerza pequeña, repito, para contener el ímpetu de aquel ejército vencedor?...

Cuando tales proyectos bastasen en lo pronto, ellos sólo servirían para retardar los desastres futuros, pero no para impedirlos, serían remedios paliativos que conservarían la misma vida de ese cuerpo enfermo, pero que no le impidieran la muerte y total destrucción.

Tampoco basta el que se trate de sembrar la desunión entre los jefes que componen nuestra junta nacional.

Los pueblos que están penetrados en sus intereses y derechos, lo están igualmente de que éste es un ardid miserable de una ruin y artera política; conocen el término funesto de él, y así lo detestan en lo general, aunque no falte uno u otro pícaro egoísta que dé oídos a las voces de la falaz seducción.

Los hombres jamás se engañan en lo que deben hacer para ser libres, y pocas veces yerran el camino de conseguir este don del cielo.

Bien lo ha visto esa capital en la elección de sus electores de parroquia y ayuntamiento: nada pudo conseguir el temor, el respeto, y el oro de los que intentaron sobornar a la multitud para que eligiese europeos; tampoco recabó cosa alguna el obispo Bergoza, a pesar del ascendiente que tenía sobre algunos electores eclesiásticos, aunque de entre ellos no faltó alguno que prefirió su colocación en un curato al interés de su nación.

Todo es inútil cuando el pueblo quiere ser libre y sustraerse del yugo que le oprime.

¡Alto, pues, señor excelentísimo!

Llene vuestra excelencia los números de un verdadero padre de la patria, imite en la fortaleza a esos electores, de que es hechura digna; anímese de un santo celo por la justicia, haga cara a las asechanzas de la perfidia, y hable en medio de las bayonetas y el terror del lenguaje de aquel Catón que atronaba el capitolio...

La patria está en peligro, salvémosla...

Estudiemos sus intereses, y seamos tan generosos que salvemos juntamente con ella a muchos hombres que han oprimídola, pues la generosidad americana escribe sus agravios en el agua, y sólo se acuerda de ellos para perdonarlos.

Es tiempo aún; no irritemos al vencedor, ni esperemos ver cambiada la hermosa México en un desierto espantoso...

Propóngase vuestra excelencia imitar la conducta del ayuntamiento de Buenos Aires, imite también al de Londres, interesándose de veras ante el trono de Jorge III para la reconciliación de los estados de América, disidentes de su metrópoli.

Convoque su excelencia a todas las corporaciones en uso de las facultades que para ello le dan las ordenanzas antiguas de ciudad: obre activamente con Calleja, y si se resistiese a conocer la verdad, manifiésteselo así a la América, protestando de su inculpabilidad en las desgracias públicas.

Me abstengo de proponer las bases de conciliación, porque esto está reservado a la suprema junta nacional; yo sólo hago esta excitación en el concepto de habérseme nombrado elector de parroquia, y con obligación de conciencia de promover la salvación de esa ciudad.

Octubre 1 de 1813.

Carlos María Bustamante.

Fuente:

José María Morelos y Pavón. Documentos de su vida y lucha revolucionaria. Tomo VI. Congreso de Chilpancingo. 1813. Segunda parte. En la insurgencia. Centro de Investigaciones y Ediciones Históricas, A. C. Universidad Autónoma Metropolitana, Unidad Azcapotzalco. Secretaría de Cultura de Michoacán. Universidad Autónoma Benito Juárez de Oaxaca. Investigación, selección, arreglo, revisión y notas de: Héctor Cuauhtémoc Hernández Silva y María del Carmen Berdejo Bravo. CD ROM. México, Primera edición electrónica, 2012.

[Hernández y Dávalos, Colección, V-78.]