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Siglo XIX > 1810-1819 > 1813

Parte rendido a José María Morelos por don Mariano Matamoros, sobre la batalla de San Agustín del Palmar.
San Andrés Calchicomula, 18 de octubre de 1813.

Serenísimo Sr.

Las crecidas ocupaciones que me han rodeado, me han impedido dar a V.A. el parte que, circunstanciado, es como sigue:

La mañana del 13 del corriente, estando en la hacienda de San Francisco, dispuesto ya para marchar a Chalchicomula, tuve noticia positiva de que el convoy de tabaco procedente de Orizaba y custodiado de más de mil hombres al mando de los cabecillas Martínez y Cándano, debía dormir esa noche en San Agustín del Palmar.

Al momento dispuse que el sargento mayor, D. Rafael Pozos, asociado de los señores coroneles D. José Antonio Arroyo, D. José María Sánchez y el teniente coronel D. Vicente Gómez, marchasen a observar su llegada y movimientos y acampasen a sus inmediaciones, para disponer yo a la mañana siguiente lo conducente al ataque; ordenándoles asimismo me diesen aviso con anticipación del punto que ocupaban.

Inmediatamente me dirigí a la hacienda de San Pedro en donde expedí orden imponiendo pena de la vida al que en la acción volviese la espalda y tres carreras de baquetas por do[s]cientos hombres al que se entretuviera en coger alguna mula cargada o en desnudar los cadáveres, con objeto de hacer ver al rebelde Calleja que nuestro fin particular no es el de robar, como su maldiciente lengua divulga por medio de ridículos y despreciables libelos.

A las dos de la mañana del siguiente día 14, salí de aquella hacienda y me encaminé a reconocer los puntos en que había de atacar.

Efectivamente, luego que alumbró el día, me enteré del terreno; y combinados ya mis planes, observé el convoy tendido en el Camino Real y expedí órdenes al sargento mayor Pozos para que dividiendo la caballería en tres trozos, atacara al enemigo por la retaguardia, y al teniente coronel D. José Rodríguez para que mandando echar pie a tierra a su caballería y unida ésta a la infantería, las dividiera en cinco guerrillas y atacaran por todo el costado derecho del convoy.

En este orden, se rompió por todos los puntos dichos un fuego tan activo, que con su humareda me impidió la observación que hacía desde el punto en que me hallaba, situado con un corto cuerpo de reserva para la distribución de mis órdenes, según lo exigiesen las circunstancias; pero disipándose un poco el humo y dejando alguna claridad, noté que el convoy marchaba apresuradamente hacia la vanguardia y que el enemigo había cargado toda la fuerza a su retaguardia, y con este motivo dispuse que la mayor parte de la reserva y la guerrilla inmediata auxiliasen a mi caballería, lo que visto por los rebeldes, formaron al instante un cuadro reforzado a tres de fondo, que cubierto de su caballería marchaba sin detenerse, siguiendo la dirección del convoy y sosteniendo el fuego con la mayor actividad.

Mas esta evolución no fue tan pronta que no me diese lugar para mandar que de las cuatro guerrillas de infantería se formasen dos trozos, de los cuales el primero ayudado de un cañón atacase por la vanguardia al cuadro enemigo, debiendo hacerlo el segundo por el costado derecho; y que la caballería que se hallaba a retaguardia, dividida en otros dos trozos, hiciese lo mismo por aquélla y el costado izquierdo.

De este modo avanzaron más de dos leguas sin cesar un fuego muy activo, hasta que dispuse abocar a retaguardia de mi caballería, que combatía esforzadamente con la de los enemigos, dos cañones cargados a metralla, mandando orden a aquélla para que se retirase y abriese claros.

Y creyendo el enemigo era verdadera dicha retirada,, cargó precipitadamente sobre nuestra caballería contando ya por suya la victoria; mas haciéndoseles entonces fuego con los cañones, fueron muchos de ellos víctimas de su temeridad, poniéndose los demás en desordenada fuga y envolviendo en ella al cuadro de su infantería; lo que, visto por mí, mandé inmediatamente tocar a degüello, a lo que sin demora obedeció mi caballería toda, internándose hasta el centro del enemigo y haciendo en ellos una horrible mortandad, con la que asombrados y aturdidos huyeron precipitadamente, prorrumpiendo a gritos los que no pudieron verificarlo:

¡Viva la América y nuestro General!, por lo que, usando yo de piedad, mandé no matasen a nadie y que amarrándolos a todos quedasen prisioneros.

El haber quedado mi caballería e infantería muy fatigada, con más de seis horas de fuego que sostuvo con el mayor ardor y constancia, desde las siete de la mañana hasta la una y cuarto del día; y a más de eso, el designio de hacer ver al alucinado Calleja que nosotros no hemos tomado las armas para robar, me obligaron a no mandar seguir el alcance a los fugitivos y a las cargas que se habían adelantado mucho.

La batalla se dio a campo raso, para que el orgulloso y mal aconsejado Castro Terreño se desimpresione del falso concepto en que está, de que las armas americanas se sostienen sólo en los cerros y emboscadas y no en los llanos y a cuerpo descubierto.

La pérdida de los enemigos consistió, según las noticias que con escrupulosidad he recogido de los comandantes de los trozos, en do[s]cientos quince muertos y tres[c]ientos sesenta y ocho prisioneros, entre ellos el cabecilla que se titulaba teniente coronel, Juan Cándano, sitiador en jefe del Sr. Bravo en Coscomatepeque, con diecisiete oficiales, quinientos veintiún fusiles, catorce pares de pistolas y diecinueve cargas de tabaco, que habiéndoseles extraviado se recogieron, sin incluir las que los pueblos inmediatos cogieron en los montes y caminos; pues me aseguran que en Puebla no entró ni aún la tercera parte del dicho convoy. Nuestra pérdida fue la de catorce muertos y sesenta y dos heridos, las tres partes de ellos levemente.

Al cabecilla Cándano y a un alférez de su cuerpo los tengo en capilla y en esta misma tarde serán pasados por las armas.

Todos los demás prisioneros van caminando a esa ciudad a la disposición de V.A., y aunque al capitán Longoria lo tenía también en capilla, le he perdonado la vida, condescendiendo a los ruegos de este señor cura, que a nombre de todo el clero solicitó la absolución de los tres, para que con este hecho quede cubierto este vecindario con los enemigos, pero va en cuerda con los demás.

Todos los oficiales y tropa que tengo el honor de mandar, han manifestado en esta acción la competencia, el valor y brío de que tan repetidas veces han dado pruebas; sin embargo, recomiendo a V.A. a los señores coroneles D. José Antonio Arroyo y D. Miguel Inclán, y los capitanes D. Vicente Herrera, D. Antonio Lara y D. José María Perera, con el teniente D. Mariano Serrano, y el capitán de la segunda de granaderos del Regimiento de Nuestra Señora del Carmen, D. Mariano Molina, por la intrepidez y serenidad con que combatieron con el enemigo y el ánimo que supieron infundir a su tropa.

No puedo dejar en olvido el acendrado valor del sargento mayor D. Rafael Pozos y el de mi asistente Ignacio Echeverría, quienes por su mucho arrojo salieron heridos en las piernas de bala de fusil.

Como estas victorias se han alcanzado por especial y visible protección del Altísimo, que con tan felices sucesos abrevia la conclusión de nuestra justa causa, en hacimiento de gracias hice celebrar en este pueblo una misa solemne con Te Deum; y formadas las compañías de granaderos del Regimiento de Nuestra Señora del Carmen en el atrio de la iglesia y los cañones en la plaza, hicieron tres salvas en su intermedio.

Dios guarde a V. A. muchos años.

Cuartel General de San Andrés Calchicomula y octubre 18 de 1813.

Serenísimo Sr. Mariano Matamoros.

Es copia

su original a que me remito. Chilpancingo, 27 de octubre de 1813.

Fuente:

Ernesto Lemoine Villicaña. Morelos, su vida revolucionaria a través de sus escritos y de otros testimonios de la época. Universidad Nacional Autónoma de México. Primera edición. México, 1965. p. 405-408.

Nota de Ernesto Lemoine Villicaña: Correo Americano del Sur, Oaxaca, 18 de noviembre de 1813, pp. 301-6.

En la historia militar de Morelos, el suceso que aquí se reseña adquiere una importancia excepcional : fue la última de las grandes victorias obtenidas por los ejércitos del caudillo ; poco después se iniciaría la rauda interminable de los desastres.