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Siglo XIX > 1810-1819 > 1813

Nueva intimación de José María Morelos a Vélez, recordándole, entre otras cosas, que en ese día, un año atrás, rompió brillantemente el sitio de Cuautla.
Acapulco, 2 de mayo de 1813.

Sr. Gobernador, D. Pedro Antonio Vélez.

No obstante las anteriores intimaciones y papeles públicos que declaman derechos y agravios en general, es preciso que entren las excepciones en particular: y aunque V.S. me dice que el corto número de europeos que hay en ese castillo no imprimen carácter para su defensa, no puedo menos que explicar mi sentir.

Ese corto número de europeos es para mí recomendable, ya por la notoria bondad de unos, como D. Simón Adrián, ya porque comprometidos han hecho la guerra otros como D. Francisco Paris.

Yo soy ingenuo y lo mismo hubiera hecho en la ocasión.

No hay agravio particular contra uno solo; esta guerra es en general.

Ahora bien, ¿qué negocia la Nación, ni menos yo, con el exterminio de unos pocos que empleados o comprometidos no han hecho más que cumplir con las órdenes superiores en las que ellos mismos eran interesados?

Pero disuelta esta armazón, en poco o nada podrán perjudicarnos y es muy natural que quieran y apetezcan su bien, uniéndose a la mayor fuerza y a una Nación por quien tanto han laborado.

Venegas, huyendo para Veracruz no se sabe la suerte que ha corrido.

Desunido éste de Calleja, Yermo y otros principales, dejó el mando, el que andando de Herodes a Pilatos ya recae en uno, ya en otro.

Calleja, enmudecido por un año desde el famoso sitio de Cuautla, es mal visto; y, desunido de Yermo y de los demás, han resultado todos divididos en partidos, con que si cuando estaban todos unidos con toda su fuerza no se dio el auxilio competente a las divisiones que guarnecían a este puerto, ¿cuál se puede esperar con la desunión y poca fuerza?

¿Y qué avanzaría yo con destruir un corto número de individuos, acaso parientes de mis progenitores? Más avanzaré sin duda a lo menos para con Dios, libertándolos y protegiéndolos.

No puedo pasar en silencio que hoy hace un año en que rompí la línea del sitio de Cuautla, y aunque la Caseta de México dijo la historia al revés, los que la vieron la están publicando al derecho.

Dice en su parte Calleja, que entró a Cuautla sin resistencia alguna, después de haber salido de aquella plaza Morelos con su ejército bien ordenado; y como poco antes había dicho y bien: que no podían salir ni las ratas, le faltó al parte confesar que salí por encima de su artillería, como así fue.

También, el decir la verdad, que perdió más de tres mil hombres, y que los míos no pasaron de trescientos, inclusos setenta al rompimiento de la línea, y contando apestados y heridos.

Buen testigo es inmediatamente el comandante D. Manuel del Cerro en Chilapa, Régules en Huajuapan, Labaqui en San Agustín del Palmar, Andrade en Orizaba, el sitio de Veracruz, todo el Obispado de Oaxaca, etcétera, etcétera.

No traigo a colación la historia por jactancia, sino por desengaño de la Gaceta de México: esos papeles públicos que han perdido a los mismos interesados y socios.

¡Qué diferente se hubiera pensado en Acapulco, si esos papeles enemigos de la verdad y fuera del ardid de guerra, no hubieran engañado a estos habitantes desde sus principios!

En ellos se dijo que se encontró muerto al señor Hidalgo en su coche en Las Cruces, y de este modo le dieron siete vidas y a mí me han dado setenta y siete.

Es preciso confesar la verdad cuando la muerte se acerca, pues entonces ni a los ateistas les desagrada.

Vamos, pues, procediendo como hombres y no como brutos, y más en un partido tan sano y seguro que no se puede perder el honor, único escollo que suele obstinar al hombre.

El cerco de Veracruz lleva un año de puesto y me es preciso reducirlo a sitio; tengo fuerza para hacerlo.

Los mexicanos y poblano[s] me llaman y citan con ansia: no puedo desentenderme por este ángulo de tierra.

Más claro: no puedo perder aquel avance definitivo por escapar la vida a un puñado de hombres que no quieren oír ni entender, para bien obrar, como dice el Profeta.

Yo no podré retirarme tan fácil sin dejar en poder de la Nación el castillo de Acapulco, o el lugar en que éste ocupaba, si fuere necesario volarlo.

Por todo, debe V.S., como gobernador, hacerlo saber a cuantos se hallen en el castillo y sus dependientes, para que se aprovechen de los momentos y de mi ingenuidad, porque yo no sé otra política que la claridad.

Si V.S. no lo hiciere así, será responsable a los ojos de Dios y de los hombres.

Añádales V.S. con toda verdad, que los que gobiernan por España no son dueños sino del sitio que ocupan sus pies y en muy señalados lugares, como Acapulco, Guadalajara, México, Puebla, Perote y Veracruz, únicos y próximos a rendirse sin sangre.

Esta última oferta asegura más mi conciencia, y pasado el término que las otras, comenzaré las hostilidades hasta llegar a la última irremisiblemente.

Dios guarde a V.S. muchos años.

Campo sobre el Castillo de Acapulco, mayo 2 de 1813.

[José María Morelos.]

Fuente:

Ernesto Lemoine Villicaña. Morelos, su vida revolucionaria a través de sus escritos y de otros testimonios de la época. Universidad Nacional Autónoma de México. Primera edición. México, 1965. p. 288-290.

Nota de Ernesto Lemoine Villicaña: Archivo General de la Nación (AGN), Operaciones de Guerra, t. 939, f f. 198-9.

Borrador del escribano de Morelos, con anotaciones y enmiendas de puño y letra de éste.

Acotado al final, probablemente en las oficinas del virrey: "Intimaciones a los del Castillo de Acapulco."