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Siglo XIX > 1810-1819 > 1813

Informe de lo sucedido durante el sitio de Acapulco, su rendición y conducta de Pedro Antonio Vélez; fray Pedro Ramírez al virrey Calleja.
México, noviembre 4 de 1813.

Excelentísimo señor:

Cumpliendo con el superior encargo de vuestra excelencia, paso a manifestarle el plan de todo lo acaecido en Acapulco desde la última vez en que el infame Morelos vino a atacarle antes del seis de abril en que rompió sus fuegos para desalojar el destacamento del baluarte que semanalmente iba a la mira para observar al enemigo, ya se dejaron ver por el cerro que llaman del Herrador y por las entradas de Acapulco varios trozos aunque cortos de gente armada y uniformada que se formaban en ala y se percibía el sonido de la tambora a cuyo son marchaban.

Todo esto se observó desde varios puntos del pueblo a beneficio de los anteojos conociéndose claramente por estas demostraciones que ya venía Morelos a mano armada sobre el pueblo y la fortaleza y con gente bien disciplinada y aguerrida.

En este estado pasé donde don Francisco Paris a quien tuve enfermo en mi casa y haciéndole relación de todo lo observado le consulté este pensamiento.

Son de parecer le dije que no se debe temer a un enemigo que avisa antes de asaltar, pues ofrece tiempo para que se puedan tomar las precauciones oportunas.

Por los aparatos no queda duda alguna de que es Morelos el que viene sobre nosotros y no sería malo que tomase el gobernador las providencias de retirar al castillo y al foso las mil y tantas fanegas de maíz que están en el hospital conducidas por el bergantín San Carlos, todo el cobre que se halla en el pueblo, la mucha porción de cacao que se halla en los almacenes el alquitrán, harina aunque mala, el mucho algodón que hay en el palacio y poco a poco la artillería y municiones que hay del hospital, de forma que sin estos auxilios no podrá Morelos hacer mansión en el pueblo el que también se puede botar abajo desde el castillo y así se puede lograr destruir mucha gente y tal vez al mismo Morelos aunque después se gaste en parar la población que a poca costa se haría pues la mayor parte de sus casas eran pajizas.

Me aprobó Paris el pensamiento diciéndome lo comunicase al punto a don Pedro Vélez, lo que ejecuté con tal desgracia, que llegué a horas en que casi enajenado el gobernador por exceso en tomar las once, no logré otra cosa sino que me despreciara como lo hacía con todos en aquel caso agregándome que sólo era de mi resorte predicar y confesar.

Desde el día en que hice esta propuesta hasta el seis de abril mediaron ocho y desde el seis hasta el doce por la noche en que se hizo la retirada violenta dejando al enemigo cuatro cañones sin clavar y todo lo que llevo dicho, mediaron otros seis días que siendo por todos catorce sobraba tiempo para haber retirado todo renglón favorable a Morelos, el día siguiente trece quemaron los insurgentes todas las ramadas que estaban en la calzada vecinas al castillo, y allí encontraron mucho aguardiente azúcar y otros víveres después de los muchos marranos gallinas y algunos carneros que tomaron en la población siendo lo más doloroso que verificó la retirada sin un palo de leña después que como dos años y meses antes estaba pagando el rey cuatro reales diarios a cierto número de paisanos sólo con el destino de acopiar leña para cualquiera ocurrencia apretada.

La poca que se llegó a juntar en todo este tiempo se llevaba a casa del tesorero quien llegó a venderla a ocho rajas por dos reales siendo yo uno de los que han comprado pero por segunda mano pues de mí se reservaba dicho caballero.

Hago esto presente a su excelencia para que tenga conocimiento de la versación que ha habido en Acapulco siendo perjudicado el rey y aprovechados a cara descubierta con el nombre de soberano todos los comerciantes en compañía del gobernador siendo el primero el señor tesorero quien dejó perder cinco mil rajas de leña que quedaron en su casa a beneficio de los insurgentes cuando se verificó la retirada que yo sólo por oídas la supe, y tomé la providencia de concurrir por lo pronto al depósito y escapar los vasos sagrados.

De la compañía de comerciantes a nombre del rey se excluye don Blas Vidal, quien siempre ha trabajado sujetándose al tiempo y sin tener aceptación con el gobernador aunque este punto parezca importuno la conciencia me dicta hacerlo presente a su excelencia para que de aquéllos que presenten documentos de haber prestado al rey en las urgencias de la caja quede entendido su excelencia que se han desquitado bien y que con toda seguridad se les puede despachar sin blanca excluyendo como llevo dicho a don Blas Vidal, a la testamentaria del difunto son Simón Adrián pues éste prestaba lo que tenía de comisiones y también lo suyo porque fue bien ganado y él era excelente patriota.

También el oficial don Antonio Góngora según he oído decir, ha puesto dinero en cajas reales pero me parece lo ha adquirido como los demás, sino con otras diligencias que le proporcionaba la comisión de su compañía.

Prevengo esto para que no sean perjudicados los que han trabajado, y para que si a su excelencia le parece no quede tan recargado el rey con tantos créditos, aunque creo que para con el tesorero no estará comprometido pues este señor jamás se ha franqueado sino para aquellos casos en que públicamente constan las subscripciones, y no será extraño que diga no ha tomado sus sueldos completos después de que no ha gastado un sólo real en comer durante la penuria del tiempo, manteniéndose del almacén de víveres del rey a los que puso precios a discreción y con cuyos productos bien manejados no podía haber tenido la caja tantas urgencias.

Cuando se rindió el castillo había siete mil y más pesos y es regular que él se pagase si se le debía ya que no pagó a muchos pobres que franquearon lo que tenían y dejó que se aprovechase Morelos de dicha cantidad.

Bien conozco señor excelentísimo que esta relación es dilatada para quien tiene las atenciones que su excelencia pero aun cuando se mortifique algún rato quiero con toda individualidad hacerle presente los acaecimientos de Acapulco para que venga en conocimiento de que no pudo tener otro fin que el que se ha visto estando puesto el pandero en semejantes manos.

Puestos ya en el castillo a puerta cerrada comenzó el desorden de la gente que nunca fue subordinada antes tomó mayor incremento a su desvergüenza porque conociendo la necesidad que había de ella y porque Vélez en todo su tiempo les dio alas para altivarse sin que se diera ejemplar de que castigase a alguno por la falta de respeto a los oficiales o a otra persona de mérito.

Siempre había jugado y bebido con ellos, y así no tenía entereza para corregirlos.

En toda la Nueva España no se habrá visto tropa mejor pagada ni más contemplada y consentida que los negros del castillo, de aquí resultaba el excesivo precio que pedían por cualquier trabajo, pues no levantaban cosa alguna del suelo sin que se les diese un peso y últimamente hasta dos cuando antes descargaban un barco por un peso diario, de aquí nacían las quejas de los oficiales y vecinos, dirigidas a Vélez quien jamás les quiso oír sin llenarlos de injurias y atropellamientos con cuyo proceder acabó de remachar la insolencia de los negros que siendo unos insurgentes intestinos por razón de tener padres parientes y hermanos entre los enemigos sólo se manifestaban fieles por el metal y servían en aquello que consideraban no ofendían a Morelos lo que pudo haberse remediado en tiempo si Vélez les hubiese sujetado la rienda.

Sólo habían en el castillo de gentes fieles y subordinadas un trozo de la quinta división, un piquete de patriotas de Chilapa y tres familias de Acapulco en quienes obró menos la peste por permisión de Dios y se malogró su fidelidad por los procedimientos de Vélez como más abajo diré en su lugar.

En este estado disgustados los oficiales por las injurias de Vélez cuando le iban a proponer cosa alguna perteneciente al servicio, diciéndoles que no le enmendasen la plana, se trató de mandar un destacamento a la isla Roqueta al mando del oficial don Miguel Nava para que cuidase del pronto despacho de la leña para el castillo y para desembarazar a éste y al foso de alguna gente.

Se efectuó el proyecto con mucho trabajo por lo remiso que era Vélez en tomar las providencias y resultó buen efecto pues se conoció claramente que la isla parecía haberla criado Dios para la defensa de la fortaleza en un caso como el que se hallaba.

De allí se sacaba sal que no la tenía el castillo, allí se abrían pozos para beber agua y conservar la poca que tenía el castillo en los aljibes pues todavía no llovía y se gastaba mucha sin el auxilio de los pozos; y últimamente se reconoció que sería la isla de convalecencia para los enfermos pues se habían puesto buenos algunos que fueron con calenturas y otros tocados de escorbuto; ventajas todas que las hicieron presentes a Vélez pidiéndole que fortificase más aquel punto y con tanta más prontitud cuanto que el enemigo iba situando la artillería que quedó en el hospital en los cerros vecinos para sitiar la plaza por mar.

De nada hizo caso Vélez y a instancias de los vecinos y con algunas subscripciones que hicimos se fabricaron unos jacales para hospital y otros para alojamiento de la tropa y oficiales en que siempre estábamos insistiendo.

En efecto se trasladaron muchos enfermos a la isla, y el refuerzo no iba; unos pedían que fuese el oficial Rubido, otros lo rehusaban que había perdido con ignominia la población; hasta que el teniente Nava escribió al gobernador que no respondía por la isla con tan poca gente pues ya el enemigo amenazaba y que también era justo lo relevase por haber estado tanto tiempo.

En efecto se accedió a la petición de Nava y se determinó que fuese Rubido con otros dos oficiales que lo fueron don José María Vergara y don José Bobadilla, opuesto éste a los dos primeros y todos tres al gobernador.

Luego que llegó Rubido a la isla escribió que era tomable por todas partes y no segura como se había dicho, pero no tomó las providencias para guardarla, y destinó solamente al oficial Bobadilla al lugar que llaman la rajada con un resto de gente para custodiar aquel punto y éste sólo fue el que salvó a la gente que estaba a su cargo porque tuvo vigilancia y los otros dos escaparon en calzones blancos después de haber pasado la noche enfadados con las mujeres que festejaron la buena llegada de don Pablito Rubido, quien antes de embarcarse en una canoa se fue a un barquito del que también escapó luego que sintió el rumor del enemigo sobre él.

Al día siguiente que fue el nueve a diez de junio se presentaron al castillo todos tres oficiales de los que Bobadilla vino enteramente vestido Vergara en camisa y calzones blancos Nava como relevado del mismo modo y a Rubido no le vi hasta por la noche mientras la isla estuvo a cargo de Nava no sucedió cosa alguna a esfuerzos de su vigilancia.

Posteriormente fueron llegando todas las canoas y las dos lanchas cañoneras sin haber tirado un cañonazo porque no hubo jefe ni oficial que lo ordenase y porque ya la gente nuestra estaba mezclada con la insurgente todos los que vinieron en estas embarcaciones me dijeron lo mismo que llevo indicado y estaba todo acorde con lo que me significaron muchas personas a quienes confesé en artículo de muerte y que se hallaron en la isla al tiempo de la sorpresa lamentándose entre todas dos mujeres de buena vida que después de prisioneras volvieron al castillo en donde murieron en concepto a su parecer de que la isla si no fue vendida de hecho desearon los nuevos reforzadores que se perdiese.

Perdida ya la isla se trató de despachar una lancha a San Blas a
dar parte de lo sucedido y también se ofreció a conducirla un europeo a quien llamaban Curro, y que se halla en el día en esta capital, y despreció Vélez el pensamiento como también el que la otra lancha saliese a voltejear por afuera para prevenir a cualquiera embarcación que ignorando la pérdida se metiese incautamente a dentro, hasta que ambas lanchas con todas las canoas se perdieron el día de la Santísima Trinidad a las tres de la tarde con el dolor de que conocido por todos los prácticos el temporal que había de sobrevenir le dijeron a Vélez que mandase gente para que varasen todas estas desamparadas embarcaciones, y no hizo más que irritarse y dormir las once hasta que a la oración recibió la noticia de lo sucedido a las tres.

Antes de esta desgracia con la noticia de la isla perdida formó Vélez una junta para renunciar el mando, pues él no podía en vista de lo sucedido responder por la plaza, y que así saltase al frente el que se hallase capaz de sostenerla.

Contestaron todos que pondrían su parecer por escrito, tomando este partido prudente temerosos de que Vélez botase por el suelo (como lo había hecho en otras juntas) la casaca y el bastón luego que los concurrentes se producían contra lo que él se tenía propuesto.

En efecto al día siguiente presentaron todos sus pareceres de los que me consta que el mayor número convino en que se sostuviese la plaza hasta el último momento saliendo según tuve noticia por garante de ella el oficial Bobadilla y el difunto don Simón Adrián, a quien por petición suya yo mismo le puse de mi puño y letra su dictamen que era el que a menos que no se consumiera la última rata no debía entregarse el castillo y que no faltaba quién tomase el mando si no había alguno que quisiese defenderlo, con intención de salir él al frente como dijo, y ganar diez o doce mil pesos en proporcionar alivios a la fortaleza. Éste era excelente cristiano y patriota.

Vistos por Vélez todos los pareceres como no era su intención que tomase alguno el mando sino que todos conviniesen en entregar el castillo, como ya quería, él, blasfemó, gritó, y rabió, llorando a la batería a decirles a los artilleros que ¿si querían ser gobernados por otro que no fuera él? a lo que contentaron acordes que no, y el llanto se convirtió en risa y beber mucho hasta que levantándose de la siesta a las ocho de la noche horas en que yo concluía el rosario y la plática (que una u otra vez hacía entre semana) y vino a predicar después de mí diciendo que lo quisiesen, que le habían dado un mal rato los caballeros de honor cuyo nombre era desconocido para él, y aunque no era padre podía también predicar, y una fuerza de disparates sugeridos todos por el licor que se conocía estaba todavía predominante.

Al día siguiente pasé a su habitación amistosamente y le dije que se moderase que no era regular que un jefe hiciese esos escándalos, que los insurgentes habían tenido ya el atrevimiento como efectivamente sucedió de gritarle de borracho y decirle que quién lo había metido a mandarín y que volviese a las antiguas que habían tenido en la costa, que valía más comer carne fresca entre amigos y jugar cuatro albures en los que siempre le había ido bien, y que le tenían dinero de Fernando VII para apuntarle al cuatro contra el as, que yo no lo aconsejaba mal que no se desesperarse por el golpe de isla, lo que no le hubiera acontecido si desde el principio toma mi parecer, me negó todo y me atropelló por cuyo motivo tuvimos algunas voces las que se suspendieron con el aviso de que venía parlamento de los insurgentes.

De orden suya salió un oficial a contestar con el parlamentario que en trajo un pliego de Morelos en el que intimaba como en los anteriores la rendición, agregando que ya nos había ganado el único asilo que era la isla y que no hiciésemos una tonta resistencia cuando ni por mar ni por tierra nos podían venir auxilios, a esto puso Vélez una contestación acorde con las miras de los oficiales y vecinos las que a todos manifestó; más no fue esta la dirigida a Morelos sino la que sigue: "Política y paciencia que todo queda al cuidado de Vélez".

Así en los mismos términos me lo significó el reverendo padre fray Manuel Fuentes religioso del orden de San Diego a quien hizo prisionero Morelos en Huajuapan y quien quedó hecho cargo del curato en mi lugar por orden de dicho Morelos; sus expresiones fueron estas:

Compañero, aunque usted ha visto con mucho fastidio a los sacerdotes insurgentes debe usted excluirme de ese número pues soy prisionero y no he adoptado su indigno sistema.

Con mayor ceño veo yo a Vélez quien aseguró desde el doce o trece de junio la posesión del castillo a Morelos remitiéndole de noche por una de las garitas y por repetidas ocasiones unos papelitos contenidos en estos términos política y paciencia, y todo queda al cuidado de Vélez.

Agregándose a esto una carta remitida por el comandante de artillería Concha, asegurando a Morelos que no tuviese cuidado de los tiros del castillo pues él los dirigiría donde no pudiesen ofenderle, me parece que no admiten duda las expresiones del padre si las compara su excelencia con los sucesos anteriores.

Desde que llegó la insurrección a Acapulco fue Concha sindicado por delito de infidencia por cuyo motivo sufrió una larga prisión en el bergantín San Carlos, después fue trasladado a la nao, y últimamente estuvo en calidad de preso en el hospital de donde lo sacó Vélez en una invasión que hicieron los insurgentes al pueblo en donde supe no se había portado mal dirigiendo algunas bombas a los enemigos.

Esta causa de Concha se que ya tiempo ha está en México y que aun había tomado conocimiento de ella la junta de seguridad, Concha tuvo carta de Morelos reciente la insurrección para que se viese con Piza a quien dirigió también letras con el título de gobernador de Acapulco que nunca entregó. Yo por mi parte lo doy también toda fe a dicho padre Fuentes por el interés y diligencias con que procuré radicarme de su verdad.

Después de haberme contado el caso con toda seriedad, lo convidé yo a un poco de aguardiente de pisco y seguimos tratando sobre insurgentes en cuya conversación iba tomando varios tragos hasta que se puso algo tocado de la bebida y se despidió hasta el otro día diciéndome: “tenga usted presente compañero lo que lo he dicho para que usted lo exponga en su tiempo y no quedé sin castigo esta maldad”.

Al día siguiente después de haber cantado la misa de un insurgente capitán nombrado Lara, vino dicho padre a pedirme chocolate y se ratificó en lo que me había comunicado la noche anterior, la que yo pasé toda admirado y espavorido con semejante noticia.

Por lo que respecta a Vélez no pongo tampoco la menor duda, pues siempre decía que no se había de llevar el diablo lo que tanto trabajo le había costado y que se reirían de él en México, si entraba desnudo como salió dando a entender siempre lo que pensaba.

En todo el curso del sitio conocían los que pensaban con honor que el castillo había de tener el fin que tuvo.

Entraban atajos de la costa y salían de Acapulco todos cargados, y no se les hacía fuego.

Si el oficial de cuarto daba aviso de alguna ocurrencia, o encontraba dormido al gobernador, o de tan mal humor que lo despedía con insultos de suerte que ya todos le tenían miedo y ninguno no quería proponerle nada de lo que le ocurría conducente al buen servicio.

A todos atropelló demasiado, y en especial a los oficiales delante de todo el Pueblo por cuyo motivo no les obedecían.

El oficial Bobadilla sólo porque dijo que no entendía como con artillería de mayor calibre y con la distancia de un tiro de pistola o medio de fusil en que se hallaban distante del Castillo un cañón de a cuatro enemigo no se había podido desmontar, fue atropellado y maltratado del gobernador quien le dijo a vista de todo el pueblo “Yo le compondré a usted por sabio”.

A todos los oficiales les quitó la facultad de mandar tirar un cañonazo y la dejó sólo a disposición de Concha con quien es compadre espiritual de suerte que viendo todos que no acertaba Concha un tiro le dijeron al gobernador que aquel hombre ya no tenía vista y que permitiese que el artillero Garabito que apuntaba bien fuese el que en adelante había de dirigir la puntería con conocimiento del oficial de guardia quien nunca haría fuego sin necesidad. Contestó Vélez que todo eso era por enemistad a Concha y los sacudió bien a los de semejante propuesta.

Posteriormente a esfuerzos de los oficiales que con el anteojo en la mano observaban las operaciones del enemigo iba concediéndoles unas veces que hiciesen fuego, y otras les negaba y cuando a él se le ponía subía a la batería y hacía fuego sin regla de suerte que los insurgentes vecinos por una parte como medio tiro de fusil y por otras mucho menos por cuyo motivo comunicaban a estos diciéndoles: Veladores ¿está ya borracho Vélez? que gasta pólvora sin necesidad?

Esto se lo decían en su cara y lo declaraban también los que venían a presentarse y los que habiendo sido prisioneros en la Isla lograban volver al castillo.

Todo era un desorden, un comercio, un fornicio continuo, una desvergüenza grande, una total desesperación por los que pensando bien no podían remediar nada.

A D. Simón Adrián que era el vecino más acomodado y de mejores sentimientos le dio de puñaladas el gobernador con una cortaplumas de suerte que por ser corto no le alcanzó al cutis, pero si le rompió la levita, centro, y camisa, y el motivo de todo esto no fue otro que haberle ido a enseñar a Vélez una carta cristiana que le dirigía a Morelos en un parlamento que remitió al castillo, y cuyo contenido no era otro que hacerle ver, infame los desastres que había ocasionado en una gente inocente.

En otra ocasión pocos días antes de morir Adrián faltó muy poco para que Vélez le descargase una pistola, por lo pronto que lo contuvieron por atrás sólo porque aquél dijo estas palabras que me ocasionaron la mayor ternura:

Mi Vélez, sólo yo puedo hablar a usted con confianza como que somos amigos antiguos y juntos hemos ganado el pan en México.

Yo me muero pero le suplico a usted no rinda el castillo y tenga confianza en Dios que ya que por las armas no ha caído Morelos puede suceder que el mes de septiembre inmediato y tan cruel para todo forastero lo quite del medio con unas calenturas malignas como las que vemos en dicho mes a más de que sabemos de fe que vienen barcos en nuestro auxilio como nos lo tiene ofrecidos el señor Cruz.

Esto fue en el mismo cuarto de Vélez donde por sus insinuaciones y porque quería darle en algún modo satisfacción del hecho anterior llevó a Adrián a que enfermase allí, pero con esto hecho se retiró a morir a su cuarto quedando a todos los de la guarnición que querían bien a Adrián un conocimiento y pleno desengaño de que las miras de Vélez no eran otras que las de rendir la plaza.

Este hecho con Adrián fue como diez antes de la rendición y su muerte cuatro días o cinco.

Yo voy apuntando a su excelencia todos los hechos como me van ocurriendo de modo que muchos posteriores los relato primero que los anteriores pero si todos verdaderos y al pie de la letra; yo tenía diario de todos con sus fechas y pormenores, y lo rompí en Tepecuaquilco cuando Vélez me pidió perdón de lo que me había agraviado en Acapulco.

Siendo la conducta del sitio y las tropelías de Vélez hago también presente que el motivo de que la peste tomase tanto incremento fue el que las mujeres por la noche o al amanecer se emporcaban en el corto recinto del Castillo, y así se quedaba por algunos días sin hacer Vélez otra cosa cuando más, que gritar en común a todas sin señalarse con alguna, por la mucha versación que desde muchos años había tenido con ellas especialmente con las rameras a quienes distinguía con los auxilios de chocolate, aguardiente y otras cosas de que carecían todos.

Por esto jamás pudo contener las ofensas de Dios por las que varias veces le reclamé; aquí estaban tendidos dos o tres muertos, y allí estaban seis u ocho envueltos con las mujeres, habiendo llegado a tal extremo la desvergüenza y poco miramiento que no se contenían ni cuando se elevaban la Hostia y Cáliz al tiempo de celebrar pues entonces gritaban más, y hablaban más obscenidades percibiéndolas el sacerdote desde el altar donde al principio del sitio se ponían dos centinelas y después ninguna durante la misa, ni en los medios ni fines.

Si los oficiales daban alguna queja no eran atendidos como ya llevo dicho y por este motivo estaban todos en inacción y sin poder mandar nada al subalterno que no sufriesen una contestación insolente sin haber jefe que los sostuviese.

Ya muy rara vez se hacía fuego al enemigo y sabiendo claramente que tenía buen efecto cuando los oficiales lo pedían, especialmente Rubido que quería se dirigiesen los tiros a diversas partes donde se ponían juntos los insurgentes; a éste se le concedió algunas ocasiones, y como digo siempre obraba bien el fuego que se necesitaba como Concha no fuese el que apuntase. Sólo a los principios del sitio se hacía fuego de rato en rato, y es constante que se le mató a Morelos mucha gente especialmente toda la mejor que trajo disciplinada de los desertores del rey.

Don Blas Pablo Vidal sujeto que aunque poco o nada militar se comedía a todo servicio pues trabajó más que otro alguno hasta haber arreglado los víveres y aun las pulgadas de agua que, debían consumirse del aljibe antes que lloviese fue el más estropeado de Vélez y el que padeció mucho aguantando de intento a este hombre sólo porque se verificasen las cosas que proponía y que todas eran conducentes.

No se podía tratar con Vélez especialmente en su mesa porque acabado de hacer las once allí era donde gritaba, otras veces lloraba y en una ocasión faltó poco para que le atravesase un cuchillo al padre fray Miguel Pardo Religioso Hipólito, si no le contienen, por cuyo hecho me retiré de su mesa.

En otra ocasión por una simple queja de don Juan Puyol (a quien siempre atendió y nunca corrigió sus excesos por ser ambos lobos de una carnada) se levantó y le dio una trompada gritando con tanto escándalo que casi nos levantamos todos de su mesa dejándolo solo. Prevéngase usted para morir le decía, y mientras tanto llevarlo al calabozo de cabeza.

Este era un pobre patriota que no se acomodaba a servir a dicho Puyol.

Llegaron a tal grado los excesos de Vélez, su continua embriaguez y su desprecio por la plaza que un oficial que vino de Guatemala con destino a México nombrado don Antonio Culebras buen sujeto, y me parece militar veterano, me dijo un día: padre ya no se pueden ver sin dolor estas cosas que ocasiona este hombre con su descuido y embriaguez.

Se levanta a beber y luego se duerme hasta el medio día, repite la frasca y vuelve a dormir hasta las siete de la noche en que sube a la batería y hace materia para la media noche advirtiendo todo esto la gente que abusa por lo que ve para ser insubordinada.

Me parece que sería bueno decir a Vélez que nombrase por sí un sujeto que gobernase en sus enfermedades y ocupaciones y que con todas sus facultades impidiese todo desorden especialmente la comunicación que todo el día tiene nuestra gente con el enemigo tan vecino que ya usted ve y oye la continua gritería que tienen unos con otros, y aunque por ahora no parece sospechosa lo llegará a ser con la costumbre de comunicarse.

Yo veo que todos tratan de impedir este cáncer pero que nada remedian por la poca obediencia la que si tendrán a un sujeto puesto y dado a reconocer por Vélez.

A esto le contesté que desde luego pensaba bien, pero que Vélez pensaría que esto era echarle su defecto en cara y habría una marimorena que acaso levantaría un rumor más grande.

Paciencia me dijo: esto me duele mucho y más cuando no le veo remedio, no es éste servicio al rey no digo en actual guerra, pero ni en tranquilidad, aquí lo que se ve es una como guardia, una como lista, y unos como partes; estoy acostumbrado a servir al rey en España desde Cabo, y esto que aquí pasa me duele mucho.

Efectivamente toma razón dicho oficial pues la comunicación con el enemigo era total de suerte que Galeana mandó a nuestra gente sandías para refrescar, y el mismo Morelos les mandó cuatro docenas de perones de los que participaron el gobernador cuatro, y éste me dio a mí uno.

Esto fue ya como veinte días antes de la rendición.

En medio de estos desórdenes y calamidades llegó para nuestro consuelo y también para nuestra desgracia el bergantín Nuestra Señora de Guadalupe alias El Alcázar procedente de San Blas con auxilio de víveres muchas noticias lisonjeras de España y un oficial del señor Cruz tan insinuante y expresivo que tuve que admirarlo comparándolo con otros del mismo señor, en las que advertía mucha seriedad y circunspección.

Le dice a Vélez sosténgase usted que pronto le despacho a La Flora y otras embarcaciones con auxilios los necesarios.

Le envía de regalo seis terneras para que las coma con los amigos y compañeros que le hubiesen ayudado a trabajar, las que no vinieron no sé por qué motivo, y últimamente después de hacerle relación de los socorros que mandaba de víveres y municiones por lo pronto, le animaba con esfuerzo a mantenerse firme, pero ya nada de esto obraba en el corazón de Vélez, ya estaba decidido el hombre a entregarse e iba disponiendo las cosas de modo que saliesen acordes a sus ideas y que cualquiera sensato en vista de nuestra debilidad procurada por Vélez, había de resolver la capitulación que desde la llegada del buque tramó con más empeño.

La conducta que observé y guardé con el capitán ya me indicaba sospechas de su corazón.

Mandó que se desembarcase en primer lugar el aguardiente que fueron veinte y tantos barriles, la manteca, sal, y otras cosas frescas de que había necesidad y la pólvora de la que no me acuerdo si fue toda o parte de la que vino reservada, el caudal por cuyo renglón se alegró la gente pues había sido fiel por el metal.

El desembarco de la pólvora me causó a mi mucha malicia pues posesionado como ya estaba de los intentos de Vélez desde la pérdida de la Isla, no dejé de pensar que fuese con la mira de que se aprovechase el enemigo y el reservar el caudal, con la de que la gente se aburriese y tomase su camino; bien puedo ser mi juicio temerario, pero no careció nada de bien fundado.

Concluido el desembarco de todo lo dicho asaltaron al capitán del buque varias canoas llenas de insurgentes, de los que a pesar de su limitadísima tripulación se defendió con tal disposición y gallardía que acabó casi con todos, apresó dos canoas y no se pudo saber el paradero de tres oficiales de la escolta de Morelos habiendo remitido dicho capitán al cuarto oficial al castillo con la relación de lo acaecido y veinte barriles para que le proveyesen de agua pidiendo también al gobernador quince hombres para defenderse de otro asalto que era regular le diesen en venganza de lo primero, y para poder servir mejor a las ocurrencias de la plaza agregándole que aunque estuviese escaso de gente si al fin la peste los había de consumir, los quince que pedía escaparían del escorbuto de tierra con los aires de la mar y serviría de mucho provecho para lo que restaba que hacer.

La respuesta de Vélez fue retener los barriles en el castillo y pedir al capitán nombrado don Nicolás Cañarte que le remitiese las canoas apresadas hechas rajas para leña en vista de que dicho capitán se hizo cargo de que nuestro apuro era muy grande y se fue voluntariamente al puerto de Zihuatanejo a hacer aguada y cortar leña para el castillo según supo Vélez y todos por una mujer nuestra que después de prisionera en la Isla volvió al castillo.

Muy poco tiempo pasó después de recibido del oficio del señor Cruz a las diligencias practicadas por Vélez para rendirse que entonces apuró más que nunca.

La peste había cesado en el castillo tanto que de quince o veinte que confesaba yo diarios y diez o doce que morían habiéndose dado día en que murieran quince y diez y seis, ya no se confesaban más que uno o dos diarios, y llegó ocasión en que se pasaban cuatro días para hacer una confesión.

Las viandas frescas y lo desocupado que quedó el castillo retiraron la peste después de muertas muchas almas que no hubieran perecido si Vélez desde el principio no cierra la puerta y la ataca de tercios que quitaron la ventilación, bien que los tercios los agregó por que dos balas enemigas pasaron la puerta y lastimaron un soldado.

En el dicho buque llegó un muchacho nombrado Faustino, tambor de milicias remitido a San Blas por Vélez con comercio y con éste en calidad de emisario empezó dicho Vélez a tener comunicación franca con el enemigo, ya de antemano la tenía pues por medio de Galiana de quien es amigo y compañero antiguo de las campañas del juego obtuvo la gracia de Morelos, pero como de Faustino tenía más confianza lo remitió con cartas en cuya conducción iba y venía de cuyas resultas entró en desconfianza la poca guarnición que había quedado buena y esta es la gente cuya fidelidad se malogró como anteriormente apuntó a su excelencia.

Estando yo un día tomando chocolate en la batería con el oficial Rubido llegó el sargento Juan Manuel a entregarle una esquela del sargento Mariano Carrete cuyo contenido era decir a Rubido que se iba con sus compañeros no a los insurgentes como lo hizo sino donde Dios lo ayudara porque el no entendía de trácalas y que así se lo dijese al gobernador, que el no era acapulqueño y que ya estaba impuesto de las idas y venidas de Faustino.

Esto no lo podrá negar dicho Rubido ni los demás oficiales tampoco podrán negar, los trozos de gentes que se iban todas las noches por cuyo motivo convendrían en la capitulación.

Los otros pobres fieles especialmente un infeliz nombrado Coronado y conocido por el mejor buzo, maldecían la hora en que había venido aguardiente de San Blas pues hacía ocasionado tanto desastre hasta verse en el estado estrecho el gobernador según este pobre pensaba de no hacer caso de la gente que se iba, y juró de pasará cuchillo si el castillo se rendía, al gobernador y tesorero pues de esto último me aseguró el tal Coronado había visto los obsequios de aguardiente y otras cosas que remitía al enemigo, oyendo esto contuvo a este pobre y lo consolé conociéndole así su condición como su hombría de bien.

Todos los demás pobres fieles en vista de que se iban despidiendo los que se reconocían honrados entre si tomaban igual camino lo que advertido por Vélez que quería persuadir a la superioridad de que toda la gente de la guarnición le había pedido la capitulación formó un papel y mandó al que hacía de cabo de la compañía veterana que era un mozo nombrado Tapia que ahora está con el mismo Vélez a que lo firmasen todos los sargentos de los cuales habiéndolo rehusado el sargento nombrado José Ramón se le dijo que así lo mandaba el gobierno y tuvo que acceder contra su voluntad viniendo después a lamentarse conmigo, y contarme las vilezas y trato con el enemigo que había tenido Vélez sin habérsele escapado una sola vez pues en todas le traía razón el emisario Faustino al dicho José Ramón de su mujer e hijos que estaban con el enemigo.

Al dicho Tapia como que estaba con Vélez quien vive en la calle de Monte alegre número siete si acaso no se ha mudado (pues me dijo pensaba hacerlo por lo estrecho que se hallaba) se le puede llamar y tomarle esta declaración sin que Vélez lo advierta porque puede prevenirlo, bien que aun sin esta diligencia es capaz Tapia de negar y jurar falso si no se lo estrecha conociendo que va Vélez de por medio.

Concluidos a esta fecha los pactos que le convenían a Vélez privadamente con Morelos, pero también con oficios de éste para que le sirviesen de documentos en la Inquisición de todo lo actuado; los que no deben hacer fe en nada mandó el tesorero al oficial o amanuense de las cajas reales según dicen unos, de don[de] el mismo Morelos, y según otros donde el tesorero insurgente con cartas y prevenciones cuyo contenido siempre ignoré bien que supongo el que puede haber sido en vista de los sucesos posteriores.

El tesorero niega haber sido el que remitió a Lorenzo Liquidano que así se nombra el dicho amanuense y se descarta con Vélez éste también negará y se disculpará con el tesorero pero lo cierto es qué fue dicho Liquidano donde el enemigo enviado por cualquiera de los dos, y que esto acabó de rematar el ánimo de los pocos negros fieles que quedaron y fue preciso llamar a algunos de los que se habían ido desde la batería y que ya estaban mezclados con los insurgentes para que viniesen al castillo a tomar el fusil para hacer la ceremonia de la rendición.

Esto nadie me lo ha contado, yo vi a Vélez llamar a un capitán de insurgentes nombrado Sabino a pedirle gente de la suya para enterrar dos muertos que apestaban el foso, y algunos de los nuestros para la dicha, ceremonia.

Esto fue el mismo día veinte que se entregó el castillo.

El despacho de Liquidano a los insurgentes fue el diez y seis por la tarde pues entonces vinieron varios a contármelo y empeñándose para que les guardase algunas cosas pues creían que ya no tenía remedio la rendición del castillo, y que a mi no me registrarían los insurgentes el equipaje.

El diez y siete de agosto por la mañana subí todo desabrido a la batería, y allí encontré del mismo modo al oficial Rubido quien me dijo estas palabras: es cosa fuerte entregarle a Morelos que nunca cumple su palabra sabemos que de fe vienen barcos en nuestro auxilio y ya poco deben tardar según la fecha del oficio del señor Cruz, voy a ver a Vélez y decirle que se espere hasta ver las resultas y a proponerle que si no quiere esperar yo tomo el mando y sostengo la plaza aun así como está que después se puede tratar de otra cosa si los barcos no llegasen y la apuración fuese más estrecha.

Lindo pensamiento le dije si llega a tener efecto, poro ya veo esto de capa calda y a Vélez del todo resuelto y comprometido.

Sin embargo me contestó voy a ver lo que avanzo; se bien que es un pícaro que ha tratado de sacrificarme, y si no fuera gobernador ya no tuviera narices en la cara. Se despidió de mí y me consta que fue a tratar con Vélez y después de mucho tiempo de conversación nada sacó, lo que después que se rindió el castillo fue que Vélez había dicho a Rubido que no tuviese cuidado de Morelos que el abonaba las resultas que ya tenía onzas de oro del cuño insurgente regaladas por Morelos de quien tendrían que acordarse los gachupines por su buen trato para con ellos, esto supe después no en el mismo día por que no volví a ver a Rubido, pero lo cierto es que la conducta de Morelos para con los europeos resultó acorde con lo que Velen dijo tanto que mandó se les diesen doscientos pesos para el camino y les hizo amasar pan para su fiambre.

En este mismo día diez y siete supe que el capitán Verdejo estaba renuente a la capitulación y Rubido nada contestó pesar de las insinuaciones de Vélez quien viendo esto y (oyendo por otra parte varias habladas de algunas mujeres viejas y de los pocos criollos fieles que quedaron en las que se producían diciendo que no eran tontos y que estaba bien acondicionado el emplasto llegando a tal extremo que un negro a quien llamaban Gualillo dijo ahora nos tocaba a nosotros quitar del medio cinco o cuatro y quedarnos dueños del castillo hasta que vengan a socorrernos) tomó el partido de insinuarse con Morelos, y pedirle mandara su gente por los alrededores del castillo para que hiciesen un ataque falso y se posesionases de toda la circunferencia de la plaza, pues esto era muy conducente para que todos en vista del apuro acelerasen la capitulación lo que se verificó el mismo día desde las once y media o doce de la noche, permitiendo Vélez que pereciesen dos cuando el para si estaba impuesto de todo.

Aquí habrá sorprendido vuestra excelencia el juicio pero pronto se sosegará escuchando el motivo porque me impuso de lo dicho aunque interrumpa el orden de mi relación de la que no me queda un punto de duda.

A los siete u ocho días de salido del castillo me mandó llamar con su esposa un capitán de insurgentes nombrado N. Lara suplicándome que por el amor de Dios le oyese de penitencia inmediatamente tomé la capa y me dirigí a la casa de su morada lo saludé con bastante amor y lleno de ternura me tomó de la mano dicho capitán diciéndome lo tratase con caridad y le escuchase con paciencia, yo procuré alentarle la confianza cuanto fue posible y preguntándole la dolencia me dijo: padre me muero de un metrallazo que me tocó de uno de los dos cañonazos que tiraron del castillo la noche del falso ataque que por petición del pícaro gobernador de ustedes fuimos a dar al frente y costados de la plaza, y aunque iba prevenido de que los tiros habían de salir por la espalda del fuerte mi asistente que ya me tenía preparada una ramada por aquella parte me condujo precisamente a tiempo que aunque no me ofendió el primer tiro por haberme agachado al fogonazo, del segundo que fue inmediato participé el metrallazo en castigo de mis iniquidades e insolencia y en un ataque falso después de haber escapado la vida de dos balazos que recibí en Cuautla, si padre mío, esta maldita insurrección subsiste por los pícaros traidores como Vélez conocido y de mucha satisfacción con toda esta gente.

He llamado a usted padre porque aborrezco a los sacerdotes que nos han acompañado si ellos quisieran se acabaría todo pero la raíz está en México pues aquellos sacerdotes malos han ilustrado a Morelos sobre su mismo sistema de insurrección y le han dado normas para evadirse del gobierno gachupín que es el que no quieren y llega a tal grado la conspiración que en una tertulia que tuvimos con Morelos el quince de este mes nos significó la disposición en que se hallaba hasta el mujerío de la capital pues estaban resueltas para en un caso hacer guerra contra los nuestros desde los balcones y azoteas.

Dicho todo esto que pasó delante de su mujer nombrada María Valenta de Adame le dije, que yo pondría en un papel toda esta relación, y que si me hacía favor de firmarla pretextando la verdad por el artículo en que se hallaba y me contestó que si tanto que si no se podía sentar para hacerlo, lo diría delante de dos testigos de mi satisfacción y que procurásemos ganar el tiempo para su confesión para cuyo principio mandó retirar a su mujer.

Depuso puede quedar impuesto su excelencia de lo dicho para tomar las providencias que guste, y puede también si gusta hacer solicitar por todos medios a la mujer de dicho capitán quien se haya en Coyuca a cuyo cura le recomendé para que la socorriese pues me la encargó con mucho encarecimiento su difunto esposo.

Concluida la relación de su confesión que hizo muy arrepentido me pidió los santos oleos, y contestándole no los tenía yo ni tampoco los padres insurgentes, tomó un poco de agua con mucho trabajo la que devolvió con bastante podre y sangre por arriba y abajo comenzando desde entonces sus mayores angustias que concluyeron con el último suspiro al amanecer del veinte y ocho de agosto.

Este hecho y cuanto llevo indicado e indicaré a su excelencia lo juro in verbo sacerdotis tacto pectore para quitarle todo escrúpulo, ya llevo dicho a su excelencia que en esta relación digo algunas cosas que fueron posteriores como anteriores y por el contrario pero es porque no me acuerdo de las fechas y voy relatando como me ocurre pero confesando lo oído y lo sabido y visto por mí todo como es realidad.

Volviendo al tiroteo del diez y siete por la noche que continuó hasta el diez y ocho por la mañana hasta siete y media u ocho quiero preguntar a su excelencia ¿será posible que sin acuerdo de antemano se ataquen dos hombres ya convenidos en sus pactos y obsequiados y correspondidos entre si?

¿Y será posible que se tengan tan poco respeto a una fortaleza que sin temor de sus fuegos se sitúen a tiro de pistola los enemigos metidos en las ramaditas y jacales despreciables incapaces de resistir un fuego vivo si no tuviesen la seguridad de que este no se les había de hacer?

¿Y será posible que en el fuerte tiroteo del enemigo pegado ya a las paredes del foso e indicando avance se vaya a dormir el jefe cerca de las los de la mañana cuando apuraban más los contrarios y se levantase a más de las nueve si no tuviera este la satisfacción de que nada había que temer?

Así lo hizo don Pedro Vélez sin reflexionar que con este procedimiento descubría su malicia como justo castigo de la ignorancia que cuanto es más empinada de cuerpo tanto más la debilidad de sus acciones indica la sospecha que incluyen.

En esta misma mañana, las rameras que había en el castillo y muchos de los artilleros y otros de la guarnición comenzaron a tirar desde la batería a los insurgentes vecinos muchos atados de ropa previniéndoles las guardasen hasta verse en el pueblo y también los insurgentes despedían desde el foso tablillas de chocolate, queso, y otros comestibles, señalando el destino y entrega que habían de tener.

Este mismo día tomó Vélez una tranca que duró hasta que levantándose de siesta hizo junta para manifestar a los oficiales los capítulos hechos según me dijeron por el tesorero y también me mandó llamar a mi con don Francisco Barragán y manifestándome los puntos de la capitulación que desprecie.

Dije públicamente que yo no entraba en nada y que no se debía contar conmigo para cosa alguna como había sucedido en todo el curso del sitio.

Admitida por todos la propuesta se remitió a Morelos quien al día siguiente despachó un papel modificando algunos puntos de la capitulación y el veinte siguiente tomó posesión del castillo.

Este mismo día tuve un pleito con Galiana y con el cura de Izúcar el padre Bernal sobre unos ornamentos que me prestó el comandante del bergantín de San Carlos, y al fin los tomaron, y sólo por insinuación de Vélez cedió Galeana de las voces y gritería que ya se había armado.

El día diez y nueve cuando Morelos remitió la modificación dicha supe que el oficial Rubido se llegó a clamar a Vélez para que le consiguiese de Galeana con quien tenía tanta amistad una canoa para irse solo a encontrarse con el bergantín Guadalupe que sabía estaba cerca porque el tenía mucho recelo de entregarse a Morelos y que la contestación de Vélez fue consolarlo como antes; y que aunque le había dicho que Morelos lo había señalado por su emisario esto oí decir en el castillo, y si no me engaño creo que Rubido me lo ha dicho después; bueno será indagar el caso que no será extraño si Rubido se ha reconciliado con Vélez lo niegue ahora porque todos los caballeros de Acapulco han vivido siempre como amigos y enemigos y corren igual suerte las faltas que se sacaban unos con otros a proporción del tiempo.

Esto es todo lo ocurrido en el sitio último del castillo; desprecio del gobernador en un todo, un continuo beber y dormir en los mayores apuros, un comercio general como lo ha hecho el tesorero durante el encierro, una comunicación con el enemigo sin poner remedio en ésta.

Por conducto de los insurgentes que gritaban a Vélez recibió éste a los mediados del sitio carta de su mujer; nuestra gente que veía esto desmayaba en el servicio tanto que yo compadecía a los oficiales viéndolos ultrajados por Vélez y nada obedecidos de la gente.

El caballero Culebras hombre de juicio, se mataba viendo estas cosas, este era buen oficial como también Nava que aunque campestre y nada militar pero de muchísimo valor y en extremo obediente.

No pudo haber tenido otro fin el desgraciado Acapulco con la conducta de Vélez desde que por desgracia tomó el mando de que se rieron bastante en México cuando tuvieron la noticia graduando aquel pueblo por el más infeliz cuando era gobernado por un lépero jugador y como tal desterrado de México por el difunto señor arzobispo virrey. Jamás ha dado buenas cuentas de lo que se le ha confiado y así no es extraño que haya dado las que se ven del gobierno de Acapulco cuyo bastón entregó lleno de satisfacción al rebelde Galeana a nombre de Morelos.

Con el gobierno de Vélez se alegraron las mujeres públicas por que tenían un valedor como ellas mismas le decían, los jugadores se prometían y con razón, un protector y los comerciantes y amigos un compañero para sus expediciones por mar, así es que no habiendo podido conseguir la carne fresca como carga concejil y con la proporción de que las lanchas del rey iban y venían a La Palizada se consiguió por razón de comercio entre el gobernador y cirujano don Juan Molina sacando de cada pez un dineral que no podía dejar de advertir el público, y yo de reprender cuando podía.

Por este motivo llegaron a aborrecerme tanto los vecinos que decían era yo un registro de todo y me levantaron varios testimonios en los que tuve mucho que padecer y sufrir los vejámenes de Vélez quien por autoridad y no por amistad quería que a todo callasen la boca en estando él de por medio.

Con el mismo Molina hizo Vélez una compañía de efectos por mar en cuya expedición tardó tanto el bergantín San Carlos que habiendo salido de Acapulco en octubre de ochocientos doce volvió a mediados o fines de marzo de ochocientos trece, y si bien me acuerdo la salida fue en septiembre.

En esta expedición iban interesados ambos comandantes del buque y el gobernador y cirujano y les resultó mucha utilidad.

El dinero de este viaje no se pudo desembarcar por la venida de Morelos y lo llevó San Carlos al puerto de San Blas regresándose Molina Cirujano de la plaza dejando al castillo en este conflicto sin facultativo como lo hizo en el primer viaje quedando malo y de muerte como sucedió al segundo comandante de la nao.

Para esto dio licencia Vélez a Molina engañando al señor Venegas antecesor de vuestra excelencia y pusieron en lugar de Molina un tal Quixáno que no sabía ni tomar la tinta.

El día de la salida del bergantín con esta expedición, fui yo con Vélez y otros dos a bordo, y fue tal el escándalo y gritos de Vélez tratan a Molina de cojito y enfermito, que daba a conocer que otros quisiesen que no tenía nada Molina y que todas eran tramas suyas de suerte que hasta Molina se incomodó.

Este escándalo era en el mar caminando del San Carlos a la nao en donde vomitó Vélez y por poco viene abajo porque no acertaba con el cabo para agarrarse de él, y sobre todo esto estando ya en la cámara de la nao pidió ron con agua, de suerte que admirado el comandante don Juan Echenique me dijo voy a poner en el cabrestante un vaso de ron puro para ver si así lo beben también estos diablos.

El tesorero venía con nosotros y bebía largo pero a éste nada lo trastorna. Tomó Vélez el ron puro, y lo advirtió, riéndose todos de la pegadura y a poco rato se hizo a la vela San Carlos con salvas del castillo saludo de la nao y correspondencia de bergantín que salía.

Poco después nos embarcamos para ir a tierra y Vélez bajó en una silleta a bote asegurado de un cabo del navío.

Al saltar a tierra le tiraron los chinos de la casaca pidiéndole una galita y les despidió con tantas obscenidades que alborotaron a los vecinos y conocieron que venía del Baco embromado.

Por estos pasajes y otros me obligaron a escribir al antecesor de su excelencia y tal vez pudo llegar en tiempo del gobierno presente un oficio en que hacía yo presente a la superioridad el desorden de Vélez pidiendo por caridad otro gobernador, y también manifesté que aunque era cierto el apuro de la plaza que significaban los vecinos al mismo gobierno por falta, no lo era por falta de dinero como ellos decían pues yo me ofrecí si me daban facultades a poner prontos más de cien mil pesos sacados del mismo Acapulco.

Pueden registrarse las correspondencias del gobierno y allí se encontrará mi oficio.

Aunque me alargue demasiado no quiero omitir cosa alguna de que no imponga a su excelencia por informe que puede tomar de México de la conducta de Vélez vendría en conocimiento de lo que ha sido en Acapulco.

Después del mucho desprecio con que veía la plaza aunque dirigía oficios y partes el veinte y ocho de agosto de mil ochocientos doce día de mi padre San Agustín, comió en mi casa con todos los oficiales y vecinos a quienes quise hacer un agasajo y también a la tropa en obsequio de mi patriarca.

Concluida la comida puso Vélez el Monte en el que perdió, insultó a todos, bebió demasiado y se quedó hasta las doce o más de la noche, manteniéndose hasta aquellas horas en su espera el castillo abierto sin que mis persuasiones y las de otros pudiesen reducirle a irse: su respuesta era decirme una desvergüenza y que lo echara de mi casa.

Esto dio con sentimiento mío mucho que decir a toda la vecindad y a los comandantes de la nao y San Carlos siendo éste último el que pudo obligar a Vélez para que se fuese a dormir.

Posteriormente hacía de éstas muchas, pero ninguna llegó a la hora que la del día veinte y ocho.

Tampoco quiero omitir el atropellamiento que hizo Vélez a don Manuel Orañon administrador de correos sólo por que le dio el parabién de la llegada de San Carlos.

Después de insultarlo le dijo: ¿qué le daba a entender con darle el parabién cuando no lo había hecho otras veces? y Oronoz le contestó, que lo felicitaba por el buen éxito de la expedición cuyas utilidades las sabían hasta los muchachos.

Después de la entrega del castillo que fue el veinte de agosto vinieron barcos el veinte y cinco y no se pudo saber de donde eran procedentes infiriéndose que serían de San Blas por lo que tenía anunciado el señor Cruz, de cualquier parte que viniesen eran siempre favorables a nosotros y la cosa hubiera corrido otros trámites como decía Rubido.

De esto no me queda duda alguna pues me lo dijo Morelos y no me quiso permitir por más que le suplicase que me dejase salir en una balandra que estaba anclada en la bahía presa por los insurgentes en la Isla a saludar a dichos buques que estaban boltegeando de la parte afuera y me contestó que ellos entrarían si les daba la gana y que entonces sabría de mi familia que era el motivo que yo pretextaba para embarcarme.

Estando ya fuera del castillo se trató de pasaportes, los que consiguió Vélez para Teypa y que recelaba venir a México, pero después animado por Morelos y otros insurgentes conocidos por el partido de los Guadalupes, se resolvió venir a la capital y sacó nuevo pasaporte para sí y otros compañeros separándose de los europeos en el que me hice insertar yo por la seguridad y recomendaciones que traía Vélez para el camino cuando antes por temor me había comprometido a salir con Morelos desde Acapulco hasta Chilpancingo.

Entre los compañeros de Vélez vino un sujeto que está aquí nombrado don Juan Puyol a quien también se le dieron doscientos pesos para el viaje por que se la pegó de europeo a Morelos.

Éste ha sacrificado a todos, pobres y ricos con la harina del rey y es uña y carne con Vélez lo mismo que el oficial Góngora quienes desearon mucho la capitulación los dos últimos por su familia que tienen en México y el otro por convenir con Vélez.

Estos Puyol y Góngora y también un dependiente de don José Peña nombrado Barragán no deben ser creídos en nada de lo que produzcan en favor de Vélez porque además de que los llevó dicho la versación que había con el enemigo la sabían éstos, y aunque anteriormente digo que Góngora había hecho sus reales con sus diligencias y proporciones ahora me acuerdo que el mismo dijo le vivía agradecido a Vélez por lo que lo había interesado en sus comercios, por este motivo me parece no debe hacer fe la atestación de Góngora en favor de Vélez pues además de lo dicho han vivido juntos y son muy amigos.

Excluyó también Vélez del pasaporte para México al oficial don José María Vergara porque éste se las tenía todas apuntadas y deseaba todas presentarlas a la superioridad, y consiguió que lo remitieran a Teypa.

Lo mismo solicitó para mi pero contestó Morelos que ya me había dado su palabra para pasar a México; esto me lo dijo la muchacha que tiene Morelos contándome lo mal que se producía Vélez de mí y se confirma bien con los consejos que me daban Morelos y su secretario Rosainz y que me llevase bien con Vélez.

El día dos de septiembre salimos de Acapulco y en el camino fue muy atendido Vélez de los insurgentes a quienes regalaba onzas de oro y algunas cosas de ropa especialmente en Mescala al comandante de aquel cantón nombrado el Chato Campos a quien dio una onza de oro varios pañuelos y una casaca y fue correspondido de aquel insurgente con una mula que trae consigo.

Luego que llegamos a Tepecuaquilco donde encontramos ya con gente nuestra, lo recibió a Vélez el señor Morelos con mucha indiferencia por los informes que ya había tenido de sus buenos servicios dando a conocer el desagrado con que había oído las cosas de Acapulco.

A Tepecuaquilco llegó una carta de Morelos dirigida a Chilpancingo con fecha del doce de agosto anunciando que el veinte del mismo tomaba posesión del castillo, cuya conversación hoy en casa de Armona e inmediatamente la comuniqué a Vélez quien me contestó que ya lo sabía añadiéndome que con lo que Rubido había dicho de él, con el mal concepto que tenía para el señor Daoiz, y con lo prevenido que yo estaba para quejarme de él en México, lo acabarían; que no era regular que yo le tirase desentendiéndome de sacerdote y de la generosidad con que había perdonado a todos en Acapulco, y que así se acabasen nuestros sentimientos que conocía lo mal que había hecho sin tener facultades, y que la prueba mayor que yo le podía dar para su satisfacción era dictarle un borrador para dar parte a su excelencia de lo ocurrido en el sitio y después ponerlo yo en limpio a todo lo que me excusé conviniendo solamente a instancias de Vélez en ponerle el último párrafo que efectivamente comencé por estas palabras.

Necesitaba señor excelentísimo de una energía superior a toda elocuencia humana para poderle significar, etcétera.

Pero después a la cláusula siguiente suspendí diciendo a Vélez, no me gusta encarecer mentiras con la pluma y fui a acostarme, de suerte que Vélez siguió el capítulo como yo lo empecé puede pasar la vista su excelencia por él y graduar el tamaño de mi verdad.

No quiero omitir tampoco que para antes de salir del castillo preguntándome Vélez que haría con los papeles que allí tenían con el borrador los oficios con el gobierno y otros jueces lo digo: que los quemara por que no se impusiese el enemigo de cosa alguna que hiciese lo mismo con las señales de inteligencia que tenía para los barcos y que reservase los pareceres que le habían dado por escrito los oficiales y vecinos cuando perdida la Isla formó junta, y también los tratados y contestaciones con Morelos pues todos debían hacer fe para los cargos que indispensablemente le habían de hacer y que no supe si así lo hizo con los primeros pero si con los dictámenes de los patriotas y también con las contestaciones de su parte a Morelos mas no con las de éste a él, las que estando ya fuera del castillo las reformó Morelos como Vélez quiso sirviendo de empeño para esto Galiana quien tenía mucho interés en que Vélez saliese bien en el consejo de guerra que le esperaba.

Sería nunca acabar si tratase de emporcar más el papel señalando a su excelencia tantas ocurrencias menudas del sitio que trajeron consecuencias fatales, y últimamente la perdida del castillo que lloré con amargura; no menos que con indignación oí los aplausos y vivas por la posesión que tomaba el enemigo.

Me causa rubor referir las villanías y bajezas que todos por su estilo hacían con diferencia de uno o dos, cuyo semblante asomaba el sentimiento.

El señor tesorero tuvo la debilidad de tomar la mano de Morelos y besarla, diciéndole padre santo, siendo tal su hipocresía que después de haber pretextado muchas ocasiones que el indio Morelos jamás lo había quitado las ganas de comer bien, beber mejor, y dormir por que tenía toda su confianza en su dulcísima madre de la vida que era una imagen de su devoción y de su idea el mismo la regaló a Morelos luego que fue a reconocer el castillo, ocasionando risa a todos con esta demostración bien que esto y otros obsequios le tuvo cuenta para que no le quitasen nada y tuviese lugar de conducir los rasos hasta poderlos vender en Tepecuacuilco en la tienda del capitán don Juan Bernal.

Aunque esto parece que nada conduce al intento lo hago presente a su excelencia para que confirme que todo era un comercio, y que es muy doloroso que el rey sufra atrasos ocasionados por los mismos a quienes mantiene y mucho más con los fondos del mismo soberano como se por oídas que no entraron en cajas reales los tantos por cientos de los efectos desembarcados de la nao, y que los mismos chinos no teniendo numerario ofrecieron pagar con géneros lo que correspondiese y que estos se los distribuyeron entre Vélez y el tesorero.

Estas voces corrieron en Acapulco por los émulos de ambos caballeros o interesados en el buen orden y servicio.

Ahora que hago memoria no se que contestación pueda dar Vélez para no haber admitido la oferta que le hizo un oficial que vino el año pasado de Guadalajara nombrado don Diego Candamo de que le quitaría a Acapulco el sitio y padrastro que tenía con el destacamento de insurgentes del Veladero si le daba no se que corto número de hombres que entonces tenía de sobra la plaza.

Si contesta Vélez como acostumbra, que éste era un botarate, ¿cómo no lo fue para que así el como todos los comerciantes de Acapulco le confiasen sus intereses?

Efectivamente así es, y dicho caballero Candamo nos ganó a todos la voluntad con este comedimiento que deseábamos con ansia tuviese efecto, como lo hubiera tenido si Vélez accede a su propuesta.

También es preciso advertir que los señores que han venido de Acapulco especialmente Vélez a excepción de dos o tres como Vidal, Culebras, etcétera, tienen la linda propiedad de acumular a otro el delito que se les prueba, esto es lo más común en ellos el encubrirse delante del juez como lo hacían con el difunto gobernador el señor Camino.

Sabemos bien que la soberbia y la malicia se revisten de buenas obras para invadir y triunfar de la inocencia.

Vélez es uno de los que obran de este modo y acaso, y aun sin el su residencia en México traiga muy malas resultas mucho más cuando ya encuentra cultivado el terreno.

Las voces que he oído estos días de que ha dicho que Morelos es hombre grande, pueden influir mucho en los partidarios de este infame.

La sola estampa de Vélez acredita lo que puede ser como sucede en todo hombre que a primera vista envía especies de su corazón, y lo asegura mi padre San Agustín que el exterior indica el interior y por que las cosas visibles de la criatura se le puede sondear el corazón.

Extrañará su excelencia que después de haberle pedido por Vélez en la noche que tuvo el honor de conocerle resulte ahora con un informe tan dilatado y con visos de criminal, pero conociendo claramente que me hago reo de un injusto disimulo mucho más mediando los preceptos de un príncipe que quiere tomar conocimiento para escuchar los indispensables descargos o para imponer la pena debida no debo omitir la menor de las circunstancias del caso como este, como tampoco debo echarme el cargo de conciencia de no imponer al jefe superior de todos los desórdenes e intrigas y atrasos que han sufrido la patria y el rey por un vasallo díscolo, ni debo tampoco pecar en comprometer al juez para que suspenda la justicia ni éste acceder a mis insinuaciones y súplicas.

De este carácter es la obediencia que si no tuviera dificultades no sería meritoria su excelencia en vista de todo resolverá lo que tenga por conveniente.

Dios guarde a vuestra excelencia muchos años.

México, noviembre cuatro de mil ochocientos trece.

Excelentísimo Señor.

Fray Pedro Ramírez.

Excelentísimo señor virrey gobernador y capitán general de esta Nueva España don Félix María Calleja del Rey.

Fuente:

José María Morelos y Pavón. Documentos de su vida y lucha revolucionaria. Tomo VI. Congreso de Chilpancingo. 1813. Segunda parte. En la insurgencia. Centro de Investigaciones y Ediciones Históricas, A. C. Universidad Autónoma Metropolitana, Unidad Azcapotzalco. Secretaría de Cultura de Michoacán. Universidad Autónoma Benito Juárez de Oaxaca. Investigación, selección, arreglo, revisión y notas de: Héctor Cuauhtémoc Hernández Silva y María del Carmen Berdejo Bravo. CD ROM. México, Primera edición electrónica, 2012.

[“Importante por diversas razones”, está escrito en Hernández y Dávalos, Documentos, VI-174, “Superior gobierno.- Año de 1820.- Testimonio de las representaciones dirigidas a la capitanía general sobre el estado de Acapulco durante el sitio de Morelos.- Cuaderno 2º.- Duplicado. Oficio más antiguo”.]