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Siglo XIX > 1810-1819 > 1813

Informe de conversaciones con José María Morelos y otros jefes independientes, y de lo ocurrido en su marcha desde Acapulco; fray Pedro Ramírez al virrey Calleja.
México, noviembre 11 de 1813.

Excelentísimo señor:

Habiendo tomado el rebelde Morelos posesión del castillo en veinte de agosto de este presente año fui a verle el inmediato veintiuno y tuve con él las conversaciones siguientes.  

Luego que le saludé me contestó diciendo:

¡Cayó por fin el curita bravo en manos del indio Morelos!

Sorprendióme tanto esta expresión que creí me iba a juzgar por ella.

Me convido a asiento y después de preguntarme de trabajos me dijo que cuál era el fin que me había propuesto a padecerlos que si lo consideraba tan indolente que diciéndole que era del otro reino y criollo, me había de oprimir, mucho más siendo sacerdote, y que si un hombre de juicio seguía el sistema de los gachupines ora tan venal y ellos tan indignos que ni aun entre sí se guardaban consecuencia, que si no había tenido noticia de la prisión del señor Iturrigaray cuyo atentado no hubieran hecho los criollos sin proceder primero por los trámites debidos, y con ajos y cebollas cuya tropelía obligaba a llorar al difunto señor Lizana.

Que cuando los criollos hubieran tratado de semejante cosa que lo dudaba, hubieran considerado el carácter del sujeto manejándose con el respeto y obediencia que tenían acreditada y no con la libertad y desprecio que en todo acostumbraban los europeos; que las lágrimas que por este motivo derramó el señor Lizana obligaron a muchos eclesiásticos a denunciar a todo gachupín y que en el día en México los señores de mejor nota protegían la insurrección dándole el título de gloriosa lo que me podía acreditar con papeles muy satisfactorios y que dan a conocer han entendido y penetrado el sentido, y diciendo esto preguntó por el Diario de México remitido por un canónigo si bien me acuerdo de León o cosa semejante y después de haberlo buscado mucho interrumpí yo diciéndole que lo creía y que no necesitaba ese trabajo para afianzar su verdad.

Prosiguió tratándome de mi destino, y que no me quería despojar del  curato, que recogiese todo lo que me habían tomado y que siguiese administrándolo a lo que contestado por mí que de ningún modo admitía me dijo estaba muy escaso de ministros pero que respondería.

Me despedí y me dijo que no huyese de Morelos que a nadie se comía y que lo visitase con frecuencia ofreciéndoseme con toda expresión.

Al día siguiente veintidós por la tarde vino a visitarme una muchacha que tiene consigo Morelos diciéndome le había encargado éste que viniera a besarme la mano, la recibí con agasajo e inmediatamente comenzó a llorar su suerte diciendo del uso que de ella hacía y el destino de servir a Morelos y al hindizuelo coronel que tiene consigo, que se nombraba María Francisca Sarrasola de Oaxaca y que allí la decían Ortiz.

Por ésta supe era cierto que semanalmente tenía Morelos un correo de México que ignoraba si le venía diario pero que cuando dicho correo juntaba Morelos a los sargentos mayores a su secretario Rosáins a Galeana, Ayala y al capitán Lara y allí leía en presencia de todos las noticias que le comunicaban que Verduzco había llegado derrotado y que después enfermó y se fue, que Morelos lo había recibido mal y concluyó para despedirse suplicándose la robara y quitase de semejante compañía.

El veintitrés me mandó llamar y me propuso que si quería irme con un joven a quien decían el licenciado de Yucatán, que este me conduciría con bastante cuidado al pueblo de la Concepción de donde me haría cura y mayordomo también o síndico de la cofradía de la Virgen que ya había visto que el ministro que tenía destinado para Acapulco por servirme acababa de morir, y que hallándose escaso de sacerdotes era preciso me allanase yo a tomar el partido o de permanecer en Acapulco o pasar a la Concepción.

Me excusé cuanto fue posible y le supliqué no me precisará a abrazar ninguno de estos destinos y me interrumpió ofreciéndome dejar en Acapulco al padre Fuentes, remitir otro a la Concepción, pero que yo lo acompañase en su derrota pues pensaba después de atacar a Tepecuacuilco pasar a Puebla de donde lo llamaban con instancia y después venir a México donde también contaba con toda la disposición necesaria para recibirlo y que después me acomodaría con el favor de los amigos del coro que no tuviese recelo pues no me había de pesar y que de lo contrario vería yo después lo mal que la había de pasar viviendo en todas partes lleno de sustos a cada momento.

Mi contestación fue decirle que lo pensaría y tratando de despedirme me convidó a comer y yo acepté.

En efecto convenido ya en acompañarle aquel día, me puso las once y me empezó a contar que en México habían adoptado ya el plan de insurrección todos los que la rehusaron antes, pero que desde el principio había tenido sus protectores todos hombres de nervio, y que el conde de Santiago le había puesto desde entonces a su disposición las posesiones de tierras que tenía en el Aguacatillo para que las sembrase y arrendase a beneficio de la América y sostener de ese modo a toda esa gente que las ocupaba, y que otros muchos les franqueaban dinero y arbitrios para seguir su sistema en el que proseguía para dar a conocer que los indios cultivados también aprenden la táctica y que son del todo necesarios para la subsistencia del reino del que había de exterminar todo gachupín que en adelante no quisiese seguir voluntariamente su partido o irse y que cuando esto no lo logre tan pronto con las bayonetas, lo conseguiría con la inercia del indio que no trabajando necesariamente ha de continuar el reino en su atraso, y que de este modo viendo los europeos que en nada pueden medrar irían poco a poco tomando su camino como ya lo estaban haciendo muchos con las licencias que han sacado para la Península que es lo mejor que podían hacer, que sólo por este empeño continuaba él trabajando cuando ya podía retirarse a descansar, pues había cumplido su conquista de la Costa del Sur pero que conociendo que los compañeros no adelantaban nada le era forzoso seguir su derrota.

Que Morelos sabe vencer huyendo y que cuando inclina la atención de todos a una parte resulta por otra, que no se pensaban que me animase a seguirlo pues la gente se alentaba mucho con los padres y que después de justicia me colocarían bien pues le había ayudado a trabajar.

Quedé en contestarle al día siguiente y me despedí.

El veinticuatro volví a ver a Morelos y le dije que sin embargo de
las ventajas que me había propuesto si lo seguía, estaba resuelto a venir a México y que si no me lo concedía viviría siempre quejoso en vista de que yo quedaba el más mal parado cuando los europeos y todos habían conseguido sus pasaportes: que no era regular que a mí sólo me lo negase que tenía que hacer en México y que lo deseaba conocer, a todo lo que me contestó de este modo.

A los europeos se les ha dado el paso por un efecto de bondad y con habilitación para el camino y porque no se mezclen con la gente de la América que no necesita de ellos para maldita la cosa pero sí tiene necesidad de ministros para su servicio y se cuenta con usted para la junta que se ha de celebrar en Chilpancingo de la que será usted un vocal si no quiere quedarse en Acapulco.

Mucho tiempo tiene usted para conocer México adonde no lleva otros negocios que los de tratar sobre el indio Morelos pues de esto tengo sobrada experiencia.

Para no molestar la atención de vuestra excelencia me negué a todo lo que me proponía y le protesté ser su amigo y corresponderle, que yo jamás hablaría de él si no muy bien como nos había tratado y que le serviría en lo que pudiese interrumpiendo esta conversación con entregarle seis pañuelos de obsequio una bilena de cristal y una manga de dos caras (después que el primer día cambiamos de relojes) y me agradeció mucho la fineza diciendo que era yo capaz de hacerle moneda falsa por venir a México que en hora buena me viniera y que si yo quería me daría recomendaciones para sus amigos especialmente para sus amigos, especialmente para los que tenía en el coro pues no dejarían de valerme para alguna cosa mucho más el señor Alcalá quien se había significado mucho con los insurgentes y que pasase a ver lo que sobre esto me decían los Guadalupes (que son unos oficiales de Morelos) y los que tienen comunicaciones en México que estos me podrían decir si él me proponía ventajas o no, y si era cierto cuanto me había dicho para todavía pensarse bien en venirme para México o seguir a la América.

Al otro día veinticinco que fue cuando llegaron unos barcos pasé a ver don Pedro Irrigaray quien ha quedado de gobernador en el castillo a un oficial López sargento mayor de la plaza al secretario de Morelos, y auditor de guerra Rosáins quienes son conocidos por los Guadalupes (como también el difunto Lara el licenciado de Yucatán y el canónigo Velasco que no estaban en Acapulco a esta fecha) y me dijeron que era una locura el pasar a México a vivir sin sosiego, que el general no debía permitir mi separación faltando un diputado para la junta y capellán al regimiento de Guadalupe y que suponía ya me hubiese comunicado Morelos su pensamiento como lo había tratado con ellos, contesté que me había dicho de todo y que él mismo me había mandado visitarlos, y que yo lo verificaba no por dudar de su verdad, sino por atención.

A esto me dijeron todos que nada adelantaba en venir a México en donde tenían de su parte a los más principales de quienes tenían contestaciones a cada paso asegurándoles su protección al pueblo medio enteramente decidido a sostener su causa y al ínfimo pueblo sujeto a lo que sigan los demás que lo acreditarían con cartas de varios señores, y que no pensase salir de entre los insurgentes de quienes no podían quejarme ni menos alegar poco respeto y obediencia a los sacerdotes, y que no convenían con la licencia que me había dado el general a quien ellos verían para el caso oyendo esto me despedí diciéndoles que yo en nada convenía y que me venía de todos modos aunque los sacerdotes y frailes insurgentes que no me podían ver hiciesen diligencias secretas para que no me permitiesen salir y lograr de este modo vengarse de mí.

De aquí pasé donde Morelos a quien le hablé con toda entereza y sosegándome con su buen modo me dijo que no haría otra cosa que lo que mandaba, que me iría pero que no le correspondiese mal, que cuando me considerase en México me escribiría y me tomó la firma para conocerla agregándome que no la pasaría mal en México si yo le contestaba, y que ya vería que su nombre sonaba por esos vientos lo que me constaría mejor si procuraba tener entrada en casa de la señora Lapanis muy adicta a la América y donde diariamente se trataba sobre Morelos y la insurrección, yo le agradecí todo y le prometí escribirle desde aquí y significar a todos su buen trato lo que verificaré si recibiese carta suya manifestándola primeramente a la superioridad de vuestra excelencia.

En este mismo día pedí también a Morelos si quería concederme la gracia de salir mar a fuera a ver qué barcos eran aquellos que el mismo me dio noticia se habían visto, y me contestó que no, que entrasen ellos si querían que se les comprarían sus efectos, y que ya en este caso me podía ir al Perú en uno de ellos con carta que me daría para don Martín Icaza en Guayaquil y otras para Lima haciéndome otros encargos que no me pesarían y que entonces me resultaría mejor viaje, pero que había de ser entrando por si los barcos.

Ya con esto me despedí contento habiendo quedado en venirme hasta Chilpancingo con el mismo Morelos, a quien signifiqué el miedo y recelos que tenía el camino.

Este mismo día por la noche supe que un insurgente a quien confesé estando muy malo, que Morelos tenía mucho dinero perteneciente a la nación en Chichihualco y en Tecpan en casa del intendente Ayala, y perteneciente a su persona muchísimo más, con abundante porción de grana en Zihuatanejo y Zacatula, lo mismo supe por otros a quienes de intento les preguntaba yo antes o después de la confesión, y me lo confirmó la muchacha de Morelos agregándome que mucha parte del caudal había dado orden que pasase de Tecpan a Chilpancingo y que a un chino nombrado Claudio de la hacienda de Acahuizotla se le había dado la comisión de que llevase mucha grana a venderla a Veracruz.  

Después pasados dos días me mandó llamar Morelos y me dijo entregase un inventario de todas las existencias del curato al padre fray Manuel Fuentes quien se quedaba en mi lugar, y que me había llamado para esto y para pedirme un favor que esperaba no me excusaría como en otras ocasiones lo había hecho para predicarle el sermón de acción de gracias a la Virgen de Guadalupe por la toma del castillo, y para quedarme en la América; que me suplicaba en fe de amistad que le había prometido me llevase bien con Vélez y que para este efecto me había unido con él en el pasaporte y que le interesaba mucho que yo renunciase enemistades con un sujeto tan recomendable como Vélez y que él lo había de saber si yo cumplía mi palabra que me fuese en su compañía pues iba bien recomendado y que me quitase de cuidados y recelos; le ofrecí que haría lo posible para servirlo, y quedé en volver a despedirme como en efecto lo hice el día antes de su salida.

El martes treinta y uno de agosto, salió Morelos de Acapulco con sólo veintiún hombres uniformados de su escolta, y toda la demás gente despreciable y desnuda a excepción de algunos de los que estaban en el castillo a quienes llevó consigo.

Por todo el camino habían trocitos de gentes del mismo modo y muchos iban enfermos y desnudos largando el espíritu hasta que encontramos a Morelos en Mazatlán y allí estaba con él alguna porción de gente con armas todos, pero sin uniformes a excepción de unos pocos de su guardia.

Aquí fue donde hizo reformar Vélez el pasaporte para venir por Mezcala cuando antes era por Izúcar, yo lo acompañé y los recibió Morelos con atención insinuándose mucho con Vélez.

En la noche de este día hablé con el canónigo Velasco, el insurgente entre todos de más talento y también de mal corazón; este me dijo que para qué venía a México que era un purgatorio o infierno sin dinero; y más en el día que estaba escaso que la América tenía fondos para sus individuos que lo pasaban con descanso y más los sacerdotes y que era preciso tratar en la junta que no se permitiese a estos salir de los terrenos de la nación que tenía un derecho inconcuso para reclamarlos.

Lo que oído por mí le repuse diciendo que yo me hallaba enfermo y muy maltratado y que en México me repondría y que sobre todo tenía el permiso del general.

Está bien contestó pero en adelante no debe ser así, pues nada bueno se promete la nación de los que se pasan a la otra parte y casi yo no he aprobado la capitulación en esta parte y mucho más con usted de quien sé que es altisonante y que ha visto con ceño hasta los sacerdotes.

Esta vuestra excelencia mal informado le contesté, y tratando de despedirme me convidó a cenar y mudó de tono en su conversación.

Después me trató sobre el señor Baquijano y otros caballeros de Lima diciendo que allí estaban lo mismo o peor que en este reino y que cuando se le metía a una nación el ser independiente no se sosegaba, poco más o menos; me habló en favor de la América lo mismo que Morelos y los demás significando el grande partido que tenían en México en cuya garita de San Cosme cenaba todas las noches recién entrado en la insurrección, y que allí lo iban a ver todos sus amigos a darle noticias de lo que pasaba, y tratar lo conducente a la materia.

Que si me hospedaba yo en San Agustín o en el hospicio de Agustinos allí también tenía amigos que al punto me habían de preguntar por él y que al primero que así lo hiciese dijese a su nombre le hiciera el favor de escribir a su padre que estaba vivo y que en México encontraría sujetos que públicamente defendían la insurrección y todos hombres sensatos y de una instrucción y conducta conocida añadiendo a todo que muy poco faltaba para que volviese a México, y de la misma garita o de otra parte me hiciese llamar con algunos de sus amigos y religiosos como yo para que confirmase la verdad de todo lo que me decían y que me habían de ver con buen semblante y que se harían mis amigos todos aquellos que preguntándome de él tuviesen razón de su paradero.

Al día siguiente salió Morelos con toda su comitiva y escolta para Chilpancingo de donde le salieron a recibir Miguel Bravo y muchos clérigos con un religioso franciscano viejo, y cerca del pueblo se le formó presentándole las armas una compañía de las mismas que estuvieron en Acapulco bien indecente toda ella, y en el pueblo un trozo de granaderos uniformados y otro de infantería que serían por todos como sesenta hombres que decían eran de la división de Matamoros.

Entre éstos había bastantes hombres blancos.

El pueblo estaba con tres trincheras en las bocas calles todas de madera y sin cañones, en la torre si los había y estaba bien fortificada; tienen también fábrica de fusiles que no vi pero que me informó de ella un don José Zamora realista y prisionero que fue según él me dijo, y ahora el contador del ejército.

Alístome un fusil en la mano, y pesaba más desde medio cañón a la boca que de la culata.

También está en Chilpancingo el cuño del cobre del que ya sabía yo antes de llegar al pueblo.

Este dicho Zamora me dijo que había una conjuración secreta entre los sacerdotes que acompañaban a Morelos de la que podía resultar una borrasca grande si no se convenían en la junta, y que Velasco que tenía mucho partido con los eclesiásticos solicitaba ser el segundo de Morelos y tratar también de que no era regular que hubiese en el ejército sujetos de más título y graduación que los sacerdotes.

En el mismo día de la entrada de Morelos a Chilpancingo salí yo con mis compañeros a Zumpango, y al día siguiente en Mezcala donde se advierte viniendo de Acapulco, y antes de entrar a la población un cerro que domina aquello con un parapeto de madera y un cañón que no lo vi pero aseguran que lo tienen; esto es a la derecha; más adelante y a la izquierda otro parapeto en una loma donde hay alguna gente y decían que también tiene cañón.

En la población alguna gente la más de allí india y la más insolente y atrevida de cuantas tiene Morelos en sus indecentes gavillas, toda esta gente está al mando de un pícaro nombrado el chato Campos defectuoso de un brazo de resultas de un ataque de nuestras tropas, es teniente coronel y comandante de aquel punto.

Desde Acapulco hasta Mezcala sin dejar de advertir todo destacamento o gavilla, entrando también en cuenta la gente que esperó a Morelos en Chilpancingo, no llegan a mil u ochocientos hombres, y toda gente despreciable para nuestras tropas.

En la banda del río de Mezcala perteneciente a los insurgentes hay varios fosos y zanjas estrechas para impedir de allí el paso del río a aquella parte y también dos parapetos que dominan al río estos son de madera y tierra no tenían cañón. Esto es lo que observé en Mezcala de donde pasamos a Tepecuacuilco quedando ya libres de insurgentes.

Por conclusión de todo permítame su excelencia le haga esta insinuación ajena del todo de la vil adulación e hipocresía.

Desde que llegué a México, y aun en estos últimos días, enfermo en mi cuarto, he oído decir que su excelencia quiere salir para el mejor éxito de las expediciones militares a las campañas con el enemigo lo que me ha llenado de sentimientos considerando las consecuencias que se pueden originar.

La presencia del príncipe contiene demasiado la rienda a un pueblo desmascarado y desbocado como el que le ha tocado en suerte a su excelencia y que no respira más que una conjuración pública visible y universal contra la patria contra el trono, y contra el semejante.

En las circunstancias presentes ninguno por fiel y prudente que sea es capaz de llenar el hueco de un jefe, ni yo soy capaz de atreverme a dar consejo ni prevención a su excelencia sino un apunte de lo que sobre este particular ha sucedido en otra ocasión.

Soy hijo de un padre que sosegó en el Perú la rebelión de José Gabriel Tupac-Amaru, y que se vio precisado para el mejor acierto de las providencias a salir a la campaña dejando en su lugar a don Ramón Valle con todas las prevenciones necesarias.

Apenas volvió la espalda cuando levantó el grito Arequipa, y tuvo que regresar vencido ya casi el camino y derramar mucha sangre culpada mezclada por la inocente.

Esta es una insinuación sencilla que hago a vuestra excelencia nacida de mis deseos por el bien de la patria y originada de mi tendencia a su persona a quien amo vivamente aun desnudo de su jerarquía y privilegios y a cuya obediencia me resigno enteramente para cuanto me considere útil al servicio pues lo deseo con ardor para distinguirme del común de otros religiosos, que por seducción o por depravada malicia se han hecho enemigos así de la patria como de ambas majestades.

Dios guarde a vuestra excelencia muchos años.

México noviembre once de mil ochocientos trece.

Fray Pedro Ramírez

Excelentísimo señor virrey gobernador y capitán general de esta Nueva España, don Félix María Calleja.

Fuente:

José María Morelos y Pavón. Documentos de su vida y lucha revolucionaria. Tomo VI. Congreso de Chilpancingo. 1813. Segunda parte. En la insurgencia. Centro de Investigaciones y Ediciones Históricas, A. C. Universidad Autónoma Metropolitana, Unidad Azcapotzalco. Secretaría de Cultura de Michoacán. Universidad Autónoma Benito Juárez de Oaxaca. Investigación, selección, arreglo, revisión y notas de: Héctor Cuauhtémoc Hernández Silva y María del Carmen Berdejo Bravo. CD ROM. México, Primera edición electrónica, 2012.

[Hernández y Dávalos, Colección, VI-175.]