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Siglo XIX > 1810-1819 > 1813

Hermoso elogio dirigido por José María Morelos a los soldados insurgentes, por su elevado sentido del deber y por sus asombrosas dotes militares.
Tlacotepec, 21 de noviembre de 1813.

RUDIMENTOS MILITARES

Los gachupines en todos tiempos se han empeñado en abatir a los americanos hasta tenernos por brutos, incapaces de constitución y hasta de las aguas del bautismo y, por consiguiente, inútiles a la Iglesia y al Estado; pero yo veo lo contrario: sobresalientes a los eclesiásticos, jueces, letrados, artesanos, agricultores, y lo que es del caso, militares.

En el tiempo de tres años y meses, he palpado y todos lo han visto, que los americanos son militares por naturaleza y se puede asegurar sin engaño que por lo menos en el ejército de mi mando cualquier soldado veterano puede suplir la cátedra de general.

Las reglas que yo había leído en los autores, he tenido que ilustrarlas con las que ellos naturalmente practican.

Gachupines insensatos, ¿cómo habéis tenido atrevimiento de proferir que mis conciudadanos son incapaces para las armas?

Ya los habéis experimentado: vosotros con fusiles y ellos con piedras y machetes os han derrotado infinitas ocasiones.

Yo veo con gran complacencia marchar en los caminos a mis soldados reunidos en formación y preparados como si actualmente fueran a dar batalla.

Si descubren al enemigo, toman la mejor posición; no empeñan acción en la que no puedan salir victoriosos; no fijan sus pies en sitio que no esté abastecido de agua, víveres y escala de retirada.

Pasan lista los comandantes a mitad de la marcha para ver si alguno ha salido de la formación; cada regimiento lleva sus avanzadas de caballería y compañía de zapadores; los granaderos van habilitados de mecha y granada; la artillería con todos sus utencilios; nadie se adelanta ni se atrasa; todo va a punto.

Se acabó ya aquella algarabía y confusión del ario de 1810. Ya no se oye otra voz que la de los jefes que mandan. Los soldados cazadores saben muy bien que su oficio es tirar a los oficiales enemigos; dígalo Soto en Izácar, Michelena en Tenango, García en Tasco y los ridículos generales europeos en sus fugas.

Naturalmente, nuestros soldados cuando se revuelven con el enemigo, saben fingir, dar órdenes y llevar el escuadrón enemigo a las manos de nuestras tropas: Salas y Armenta en el Veladero, Guillén en el Paso de la Sabana, etcétera.

El un soldado al otro se instan al coraje y ardor de la guerra, no con falsas imposturas como los gachupines, sino con justicia en la mano, por la usurpación de sus derechos, por la sangre derramada de sus hermanos y también por los desacatos cometidos y sacrilegios que los gachupines cometen en los templos.

La recta intención y continuadas victorias los animan en ningún cuartel que tienen con los gachupines, porque nos miran como a esclavos; y los males que se seguirán a nuestra pérdida, los debe hacer constantes arrostrando todo peligro.

¿Quién no ha visto a nuestros cirujanos prevenidos con las angarillas e hilas en la segunda línea, para conducir a los heridos y muertos?

¿Los capellanes en la misma, absolviendo moribundos en medio de las balas, sin distinción de amigo o enemigo?: Gutiérrez en Orizaba y Acapulco y Valdivieso en Juquila.

Pero, ¿qué diremos al ver una compañía destinada en cada regimiento y un regimiento en cada ejército, para evitar el desorden y el saqueo de los reclutas?

¡Ah! ¿Quién pudiera reducir a un punto de vista los muchos y diferentes recintos en donde mis soldados, sin necesidad de cuartel maestre general, han trazado sus campos y hecho fortificaciones en diversas pero hermosas figuras que el enemigo no se ha atrevido a acometer?

Yo lo he visto. Yo mismo he dado la orden al primer soldado u oficial que se me presenta, hasta de la edad de once arios, para acampar un ejército. Yo mismo lo he admirado y rectamente he sacado la consecuencia.

Luego, si un indito de Carácuaro, sin letras, de edad de once años (Almonte) campa mejor que los gachupines, este indito, sin duda, y cualquier soldado americano, es mejor militar que el mejor gachupín.

Para instrucción de los reclutas, mando a todos los generales y comandantes de divisiones y plazas, hagan leer dos veces a la semana estas reflexiones, con enérgica explicación a cada cuerpo y compañía; y de su cumplimiento me den inmediato aviso, transcribiéndola en el cuaderno peculiar de ordenanzas que cada uno debe tener.

Dado en el Campo de Tlacotepec, noviembre 21 de 1813.

Morelos [rúbrica].

Fuente:

Ernesto Lemoine Villicaña. Morelos, su vida revolucionaria a través de sus escritos y de otros testimonios de la época. Universidad Nacional Autónoma de México. Primera edición. México, 1965. p. 439-441.

Nota de Ernesto Lemoine Villicaña: Archivo General de la Nación (AGN), Historia, t. 582, s. cat. Copia de fines del siglo pasado.

He aquí un precioso testimonio que, por sí mismo, sería suficiente para consagrar a su autor con el alto y merecido título de "Padre del Ejército Nacional".

Pensado y escrito durante la fatigosa marcha hacia el abismo de Valladolid, llevaba la mira de infundir confianza a sus tropas, recordándoles, como en íntimo coloquio, sus glorias pasadas y lo que la patria esperaba de su esfuerzo en la campaña próxima a abrirse: toda una lección en torno al cumplimiento del deber, para ser aprendida por los futuros militares del México independiente.

Obsérvense, de pasada, las cariñosas expresiones del caudillo al hablar de su hijo, el ingrato Almonte.