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Siglo XIX > 1810-1819 > 1813

Correo Americano del Sur, número XXXVI.
Jueves 5 de noviembre de 1813.

Año cuarto de nuestra gloriosa insurrección

Partes que ha recibido su alteza serenísima del señor coronel don Juan Moctezuma y Cortés

Excelentísimo señor.

En 12 de mayo, en número de cuatrocientos infantes y caballos, se acamparon los veneguistas en San Juan Atlanca, pueblo distante de la trinchera de los Reyes como media legua.

Allí procuré reconcentrar mi fuerza, que consistía en veinte granaderos, algunos lanceros y un cañoncito de a 2.

Es verdad que tenía otras veinte armas de fuego, dos pedreros, y más gente, pero no me pareció, puesto en orden, abandonar los otros tres puntos que guardaba, a saber, Atempan, Chichipico y Tezauacan.

A pesar de aquel número de pretendidos realistas, y de otros cien auxiliares que venían sobre Atempan; a pesar de no tener yo más armas da fuego que las cuarenta referidas, cañón y pedreros; no se hubieran atrevido a entrar en la sierra si dos traidores viles, [Ver Nota 1] a quienes hice el bien que pude, no hubieran informado a Andrade del estado actual de mi fuerza.

En efecto, los auxiliares del señor brigadier Bravo no podían entrarme por Tuxpango, porque este jefe batía o se disponía a batir el convoy que dejaba en Veracruz el genio tutelar de los gachupines, Venegas; los que podía esperar por San Martín de Montiel, se retardaban porque mi compañero el señor Sánchez, herido de una fiebre aguda, era incapaz de socorrerme.

Sin embargo, no quise retirarme sino resistir al enemigo apoyado en la clemencia del cielo (que cada día como una lluvia agradable cae sobre nuestras cabezas), en la alegría de mi gente y terreno ventajoso.

En efecto, al romper el día nos atacaron por tres puntos que no pudimos cubrir, pero el valiente capitán de dragones, don Ignacio Soria, con sólo catorce hombres cubrió la altura sobre el

atrincheramiento, se mantuvo a pie firme en medio del fuego más de media hora, les hizo ocho muertos, gachupines todos del batallón de América que se presentaron vestidos con los cotones de los indios de Tecuila.

Flanqueado el atrincheramiento, e inutilizados los fuegos de los seis fusiles que quedaban, y despeñado el cañoncito en una barranca, se tocó a retirada, que arreglada nos introdujo en Zongolica para salvar los intereses y las preciosas vidas de los enfermos.

En este ataque no he tenido un solo herido, ni un avanzado, ni el gobierno intruso otra gloria que la siguiente:

Entró en Zongolica el famoso Conti ese día cerca de las once de la mañana, saqueó la población toda, derribó las puertas de las casas, destrozó los tercios de tabaco de la nación y vecinos, degolló hasta los gatos de la del honrado Cueto; cada noche, de las cuatro que durmió este cobarde en Zongolica, destacaba ciento cuarenta centinelas que corrían la palabra; el día que se fue este corzo y sanguinario mandarín dictó leyes austeras y quemó las casas del tesorero, teniente coronel, y cuarteles; hubiera acabado con el templo si el honrado ministro don Juan Márquez no hubiera duplicado sus súplicas a este Neroncito.

La canalla comandada por tal jefe correspondió como debía a su furor e irreligiosidad.

El gibado Martínez [Ver Nota 2] entró con ella en el templo, robó la plata de las imágenes, despojó los altares de sus lienzos, los hizo pantalones; no dejó un galón a los frontales y ornamentos; derramó las sagradas aguas del bautisterio, allí se lavaron las manos embetunadas de sangre y robo; muchos sacrílegos cayeron sobre la concha de bautizar y la cera por último.

¡Si viviera León Isáurico…!

Salió del templo la canalla, se dirigió a las casas; en una, catorce bárbaros oprimieron a una mujer vieja [Ver Nota 3] a quien el miedo maniató para no fugarse; en la de mi ministro redujo a menudas partículas el archivo, sin perdonar un solo cuaderno de gobierno; pero señor general, lo que horroriza, lo que sin lágrimas no puede recitarse, consiste en que después de haber abusado con torpeza de las estampas de papel, se ensuciaron alrededor de una imagen de María Santísima de Guadalupe, la colocaron boca abajo en medio de una multitud de manojos de tabaco y velas de sebo, y la escribieron un rótulo que... siempre fallará el decreto de la eterna desgracia de los iconómacos gachupines; todo esto sucedió en la casa del difunto Piñeyro.

Hasta aquí he relacionado a vuestra excelencia la historia de Zongolica desde el 13 hasta el 18 de mayo.

Vuestra excelencia me conoce, y como yo conozco el carácter sincero de vuestra excelencia, creo que me honrará mucho por la justicia que me dispense al leer este detall en que ni la impostura ni el odio santo con que aborrezco la tiranía han tenido parte.

Cuido con efecto de mi reputación, como cristiano, y como americano; pero como soldado del gran Morelos quiero que las pupilas de los ojos de tantos americanos, o sencillos, o incautos y seducidos, se revelen a la luz de tamaños desengaños.

Me he acuartelado en Cozcatlán, donde espero órdenes de vuestra excelencia.

Junio 22 de 1813.

Excelentísimo señor.

Juan Moctezuma y Cortés.

Excelentísimo señor capitán general, don José María Morelos.

Otro del señor mariscal de campo, don José Osorno

Excelentísimo señor.

Después de la completa derrota del cabecilla Salceda, de que ya tengo dado parte a vuestra excelencia, se reunieron los enemigos de orden del pérfido virrey en número como de quinientos hombres, y se dirigieron hacia estos lugares comandadas por el que se titula comandante de Pachuca, Carlos María Llorente; y habiendo yo sabido la aproximación de estos malvados, marché con toda la tropa de mi cargo la noche del 19 de agosto inmediato pasado a los fosos de Acopinalco con el objeto de atacarlos allí, pero después tuve a bien el dejarlos entrar, lo que lograron el día 20 retirándonos nosotros de aquel punto y dirigiéndonos al de Zacatlán, habiéndoles cogido la retaguardia.

Llegaron a esta hacienda y traté de que se les pusiese a la vista el sargento mayor don Rafael Posos con ocho hombres; no obstante, ellos siguieron su marcha para el pueblo de Chicnahuapa, dejando una emboscada de sesenta infantes en el paraje nombrado las Casillas con el fin de sorprendernos.

En efecto, luego que llegamos al lugar indicado nos rompieron vivo fuego, al que les correspondimos de la misma suerte y logramos herirles a un gachupín, sin que por nuestra parte hubiera habido hasta ese entonces la novedad más mínima.

El 21 en la tarde me acampé yo con trescientos hombres en el cerrito inmediato a Chicnahuapa, donde actualmente estaba el enemigo, a cuyo campamento salió una de sus avanzadas compuesta de un capitán, un sargento, un cabo y doce dragones, y luego tomaron rumbo para la hacienda de Cuacoyunga, que se halla a corta distancia del lugar en donde estábamos.

Allí cogieron al teniente don Antonio Gálvez y dos soldados que había yo mandado con el fin de surtirme de víveres; pero habiendo visto todo esto, dispuse que partiesen sobre la avanzada, lo que se verificó inmediatamente por el señor coronel Inclán, sargento mayor Posos y capitán don Rafael Saldierna, quienes lograron dispersarla, matándoles a cuatro, cogiéndoles un prisionero, el cual fue arcabuceado inmediatamente, e hiriéndoles gravemente al capitán que comandaba la avanzada referida, en cuyo acto se les tomaron cinco carabinas, ocho caballos y tres pistolas, sin que por nuestra parte hubiese habido más pérdida que la de un dragón muerto, pues el teniente Gálvez fue quitado y libre de sus manos, sin lesión alguna.

El 22 emprendió el enemigo su marcha para Zacatlán, y nosotros hicimos lo mismo por la retaguardia en número de cuatrocientos hombres de caballería al mando inmediato del señor coronel don Miguel Serrano, del señor coronel don Miguel Inclán, del teniente coronal don Vicente Gómez y del actual coronel del regimiento de Otumba don Pedro Espinosa, siendo el director de todos ellos el referido sargento mayor Posos.

Llegamos a la entrada de Zacatlán, de donde se dirigieron para el punto de San Miguel en que estaba el señor coronel don Vicente Beristáin con veinte y cinco fusileros, un obús y cinco cañones, por cuyo motivo quizá no se atrevieron a llegar y se quedaron en el pueblo de San Pedro, en donde se les atacó parte del día y de la noche; y aunque se determinaban algunos a bajar esa misma tarde no lo consiguieron hasta el 23 que tuvieron aviso por los indios de San Miguel que el dicho comandante Beristáin se había retirado, dejando enterrados los cañones, con cuyo motivo ascendieron impunemente a San Miguel y comenzaron a incendiar las casas, habiendo hecho lo mismo en San Pedro, por lo que nos vimos en la precisión de retirarnos con el fin de acamparnos en esta hacienda para que se repusiese nuestra caballería y los dragones que estaban todos muy fatigados del ataque y de las crecidas lluvias que experimentamos en todo este tiempo.

El 25 marcharon los perversos a esta hacienda; pero habiéndolos atacado fuertemente se replegaron a Chignahuapa y nosotros los seguimos hasta sus inmediaciones, y se dispuso por el sargento mayor Posos que nos acampáramos en el rancho de la Quinta con todas las precauciones que en semejantes casos se requieren.

El 26 determinó su retirada formal el enemigo, trayendo consigo cuatro tapeztles con heridos, en cuya vista traté de poner mi tropa en disposición de atacarlos, y de facto salió la guerrilla comandada por el señor coronel Inclán al frente de ellos y las demás divisiones a sus costados, haciéndoles un fuego graneado muy vivo al que correspondieron en los mismos términos, y advirtiendo que su caballería nos atacaba por retaguardia traté inmediatamente de retirarme pero siempre haciéndoles fuego muy vivo, tanto a su infantería como a su caballería; no obstante que íbamos perdiendo terreno, cuya resistencia les hizo tomar la precaución de montar en ancas de los caballos a la infantería que traían, pues sólo de este modo podrían habernos quitado nuestro punto.

El fuego duró cinco horas, y viendo ellos que el rumbo por donde habían de salir de estos lugares aun todavía se hallaba ocupado por nosotros, hicieron como que se replegaban a esta hacienda y tomaron mediante un perverso guía que llevaban otro camino, para el pueblo de Tlaxco, sin atender a la distancia que media de aquí a allá, y que ya eran las cuatro o cinco de la tarde; caminaron toda la noche con cuya precipitada fuga nos dieron a conocer el pavor y miedo que habían cobrado a nuestras valerosas armas, sin que hasta la fecha presente hayan vuelto a pensar en venir a estos lugares; lo que pongo en la superior noticia de vuestra excelencia para su conocimiento.

Dios guarde la importante vida de vuestra excelencia muchos años.

Cuartel general de Atalmaxac y septiembre 30 de 1813.

Excelentísimo señor.

José Osorno.

Excelentísimo señor capitán general vocal da la suprema junta, don José María Morelos.

Trozo de una arenga que Bonaparte hizo en París al cuerpo legislativo, sacado del Diario de México del domingo 4 de julio de 1813, artículo “Francia”

Ha recurrido la América a las armas para defender sus derechos y hacer respetar su pabellón.

En esta gloriosa contienda tiene a su favor los votos del universo.

Si la concluye con obligar a los enemigos del continente a reconocer el axioma de que la bandera cubre así la mercancía como la tripulación, y que los neutrales no pueden estar sujetos a los bloqueos, sobre el papel todo conforme a las capitulaciones del Tratado de Utrech, serán los americanos superiores a todas las demás naciones.

Dirá la posteridad que el antiguo mundo había perdido sus derechos y éstos han sido recobrados ya por el nuevo.

Concluido este discurso se retiró S. M. rodeado de víctores y aclamaciones.

En la Imprenta Nacional del Sur.

Fuente:

José María Morelos y Pavón. Documentos de su vida y lucha revolucionaria. Tomo VI. Congreso de Chilpancingo. 1813. Segunda parte. En la insurgencia. Centro de Investigaciones y Ediciones Históricas, A. C. Universidad Autónoma Metropolitana, Unidad Azcapotzalco. Secretaría de Cultura de Michoacán. Universidad Autónoma Benito Juárez de Oaxaca. Investigación, selección, arreglo, revisión y notas de: Héctor Cuauhtémoc Hernández Silva y María del Carmen Berdejo Bravo. CD ROM. México, Primera edición electrónica, 2012.

Notas:

1. José Macario y José Bretón.

2. A este gibado gachupín salvé la vida, y se le daba limosna desde Zongolica como consta de sus cartas existentes aún.

3. Francisca Méndez tiene 60 años.