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Siglo XIX > 1810-1819 > 1813

Correo Americano del Sur, número XXXIII.
Miércoles 13 de octubre de 1813.

Año cuarto de nuestra gloriosa insurrección

Representaciones importantes, que el excelentísimo señor licenciado don Carlos María de Bustamante, brigadier de los ejércitos nacionales e inspector general de caballería, vocal representante cerca del supremo congreso nacional por el pueblo y provincia de México, dirigió a aquel ayuntamiento por la estafeta de Puebla en 6 de octubre de 1813.

Excelentísimo señor.

He visto con grande complacencia la acertada elección que mis colegas hicieron de los individuos que componen ese ayuntamiento; me he dado mil parabienes por haber influido en los escrutinios privados que a pesar de la vigilancia de la tiranía hicimos en la elección de casi todos los señores nombrados, y no puedo menos de recrearme en esa bella obra como obra de mis manos y solemne testimonio de los sentimientos y votos de esa buena ciudad.

Mi separación de ella debida a mis principios y a la horrorosa persecución que me preparaba el tirano Venegas y sus dignos satélites Bataller y Yañez, no me puede hacer olvidar ni por un momento lo que debo a ese gran pueblo; él es y será el ídolo de mi corazón y yo me ocuparé del día a la noche en meditar sobre su verdadera dicha... porque me eligió (como decía Cicerón lisonjeándose de su consulado) no por votos particulares de sus ciudadanos, ni voces del pregonero, sino por aclamación general de toda la capital.

En tal concepto, no puedo dejar de decir a vuestra excelencia que esa ciudad se ha puesto en sus manos llena de peligros y temores, turbada con leyes perniciosas y con folletos fabulosos, llagada internamente con peligrosas maquinaciones de gran número de malos ciudadanos, sin que haya desgracia para el Estado, que los hombres de bien no deban temer, y que los malos no se prometan.

Ésta, que es la descripción de la capital del mundo en los días en que tomó el mando de aquella república el mejor de sus cónsules, es la misma que debe hacerse de la desgraciada México, y cuya salvación está en las manos de vuestra excelencia si revistiéndose de valor y constancia para hacer frente a la tiranía procura solicitarla con energía heroica.

El ayuntamiento, que es la primera corporación representativa de los derechos del pueblo, que sabe que la soberanía reside esencialmente en la nación, debe de justicia reflexionar sobre la situación política en que se halla, estudiar sus intereses, meditar sobre los medios de su futura subsistencia y calcular las fuerzas de los dos partidos que luchan animosamente, reflexionando además sobre las pretensiones políticas de uno y otro para entrar la mano en sus diferencias y proporcionar una paz que haga la dicha de toda la América.

Nada de esto podrá emprender vuestra excelencia si sólo forma idea de las cosas por lo que le dicen los papeles públicos y Gacetas de un gobierno que vive reñido con la verdad y empeñado en ocultársela, de un gobierno embaidor y degradado; por tanto, será propio de mi patriotismo presentar a vuestra excelencia el cuadro político de nuestra situación actual sin apurar el colorido de él, figurando los hechos como son en sí y como debe un hombre de bien que ama la verdad y solicita la paz.

La América, señor, está toda conmovida; toda ella conoce sus verdaderos derechos; ha penetrado las intenciones de sus opresores y sus agravios, y está decidida a vengarlos; cada hombre es un soldado que mira con desprecio la muerte, la busca y provoca en los campos del honor envidia al que sale a combatir en él, y una penosa y angustiada expedición es para él un juego de diversión comparable con el de la lid de toros, porque todo americano tiene una pasión declarada.

Es verdad que ya no se presentan enjambres numerosos de guerreros, porque la experiencia de treinta meses les ha hecho ver que no es la multitud sino el valor y el orden el que da las victorias; pero vuestra excelencia puede creer que el que hace frente en el día al enemigo va con mucha probabilidad de vencerlo.

Los americanos son dueños ya del fatal armamento con que el gobierno se propuso sojuzgarlos; ellos lo han adquirido en centenares de batallas a costa de su sangre, y con él derraman la de sus opresores en cuantas acciones de guerra dan o reciben.

No hay cantón en que no se fundan algunos cañones, se elabore pólvora y pertrecho, y se enseñen a lo menos los primeros rudimentos de la milicia, donde no haya regulares oficiales, y con su enseñanza y entusiasmo poco dejan de conseguir de cuanto emprenden; sus victorias aumentan su orgullo y éste multiplica sus fuerzas, ya morales, ya físicas.

Por su frugalidad y vida campesina a que están acostumbrados se sostienen nuestros cantones a poca costa, porque en ellos no se conocen aquellas necesidades indispensables que en las divisiones enemigas, como hijas de la molicie y lujo propio de las ciudades, donde son reclutadas, o de la educación que ha recibido en ellas esa clase de soldados.

Comparemos pues estas grandes disposiciones de los partidarios de la libertad de América, que apenas tuvo el ejército de Alejandro, con las de sus opresores; comparemos también los recursos de unos y otros para continuar la guerra; el entusiasmo de aquéllos con la flojedad, languidez y violencia de éstos arrancados del seno de sus familias.

¿Y nos podremos prometer el triunfo de los últimos, y la ruina de los primeros?

Preguntemos ahora:

¿Con qué tesoros piensan nuestros opresores continuar la guerra?

¿Podrán extraerlos de un reino en que están segados los manantiales únicos de la felicidad común, el comercio y minería; apurados los recursos, ocupadas las fincas rústicas, consumida la moneda, o demeritada en su valor y ley, adulterada, y pobres ya, los únicos que podrían presentar sus caudales, que son los opulentos comerciantes y contratistas, fatigados hasta no más con exacciones ya sean voluntarias o forzadas.

Demos ya una ojeada sobre la disposición de los habitantes de las capitales y pueblos grandes ocupados por el gobierno.

Los más están despechados y aburridos con el sistema bárbaro y opresor que han planteado las juntas de seguridad y cuerpos de patriotas, y por el que se sacrifican tontamente por defender a cuatro gachupines hacendados.

Ellos se quejan en silencio y murmuran, y no esperan más que el momento de ver nuestras columnas victoriosas sobre sus fosos para tomar la resolución que conviene.

Nada medita, nada piensa y determina ese gobierno, de que al momento no seamos sabedores; nuestras avanzadas están en todas partes, pues podemos decir que tenemos tantos confidentes observadores cuantos americanos, y aun europeos de aquéllos que están desengañados y prevén el desenlace de la escena, o que aspiran a congratularse con nosotros para conservar sus bienes y sus vidas.

No está pues ese gobierno en estado de prometerlo, ni aun por un sueño halagüeño, una reconquista con fuerzas superiores venidas de España, porque éstas, o están destruidas totalmente, o si existen algunas no pueden acudir a su socorro por falta de tesoros que costeen unas expediciones dispendiosas. Veracruz casi está ya destruida: media ciudad se ha desbaratado para hacer leña de las vigas y puertas de las casas en los fogones porque totalmente falta carbón.

Los americanos dueños ya de varios buques pequeños hostilizan a los pescadores de la costa, de manera que... ¡cosa increíble!... en Veracruz no hay pescado.

Un toro de los pocos que conducen embarcados algunos rancheros de la barra de Tuxpan tiene el valor de ciento veinte pesos lo menos.

El único pan que alimenta a aquellos desgraciados y pertinaces es la tortilla de maíz picado del poco y caro que llevan algunos bongos de Campeche.

Los negros de la costa, vestidos con cotonas verdes y confundidos con las yerbas y arbustos de la playa, hacen desde ella un tiroteo terrible a los que se acercan por los médanos, de suerte que en estos días no se han atrevido a salir las tropas de línea de la plaza ni aun llegar al Santo Cristo del buen viaje.

Demos ya una mirada sobre nuestros ejércitos.

El del señor Morelos, dueño de la provincia de Oaxaca, la mejor de la América, ha sojuzgado a toda la costa del sur y en toda ella no hay un enemigo; ha aumentado su fuerza en hombres y armas; tiene bravos soldados y excelentes oficiales, y como su concepto militar se ha fortificado con mil gloriosas acciones, que son tantas cuantas han dado o recibido, sus huestes nada emprenden que no consigan.

El ejército del señor Rayón, aunque poco numeroso, tiene disciplina, en él hay talleres de armas y reina el entusiasmo y amor al orden.

Examinemos nuestra situación política con respecto a la Europa.

Los triunfos del Lord Wellington han parado en humo; él y su ejército se retiraron a Cádiz, cuando lo creían enseñoreándose de la España, y apenas se ocupaba ahora en cubrir las fronteras del Portugal.

Desengañado de que nada puede emprender contra los franceses ofensivamente ha puesto sus miras sobre la América, y dijo a las cortes que temiendo que esta parte del mundo cayese en manos enemigas su nación enviaría sobre ella sus ejércitos, procurando ocuparla para sí.

Aunque los mediadores ingleses que se habían ofrecido para terminar nuestras diferencias pidieron a las cortes que se quitase la condición de que si no se conseguía el objeto en el término señalado habían de auxiliar a la España con sus ejércitos para sujetarnos, el congreso desechó la mediación en estos términos, por lo que al día siguiente salieron los mediadores para Inglaterra.

El plan de esta potencia sobre nosotros se reduce a unión, auxilios y supremacía de poder allá, el legislativo acá, y la provisión de empleos y comercio libre.

El otro extremo viene a reducirse a la paz y la guerra, en que deberá seguirse lo que determine España.

¿Pero qué puede determinar esta infeliz potencia, sojuzgada ya con el prepotente poder de Bonaparte, árbitro soberano de ella y primer monarca de Europa?

Esta sola consideración y este hecho, de que no pueden dudar sino cuatro infelices atolondrados gachupines, ha obligado ya a cambiar de todo punto aquel plan.

Los buenos americanos residentes en Londres y en norte de América, han establecido sus juntas en ambas potencias para que éstas nos auxilien y protejan; la suprema nuestra nacional, que ese gobierno ha apodado como acostumbra a guisa de verdulera, llamándola CÓMICA Y DE FARSA, comisionó al excelentísimo señor Morelos para que tratase con los Estados Unidos; su excelentísima lo ha hecho de un modo digno de su grande alma, está concluida la federación entre ambas potencias; están en camino sobre esa capital veinte mil angloamericanos que se dirigen por tierra dentro.

¿Qué espera pues vuestra excelencia a vista de estos hechos ciertísimos y cuyos funestos resultados va en breve a llorar?

¿Espera ver remediados semejantes desastres con que se forme un cuerpo principal de operación de gente levantada de leva que se oponga al señor Morelos y persiga sin intermisión?

¿Otra división que mantenga expedita la comunicación de México a Veracruz?

¿Otra para la mismo de Querétaro a esa ciudad; otra entre Querétaro, Valladolid, Guanajuato, Guadalajara y Zacatecas, defendiéndose los pueblos con sus urbanos y patriotas que es el plan del general Calleja?

¿Bastará esta fuerza pequeña (repito) para contener el ímpetu de aquel ejército vencedor?

¿Bastará aumentar el número de los esclavos que llaman PATRIOTAS, que son otros tantos hombres forzados dispuestos a huir y que no están fogueados?...

Cuando tales proyectos bastasen en lo pronto, ellos sólo servirían para RETARDAR los desastres futuros pero no para IMPEDIRLOS; serían remedios paliativos que conservarían la vida a ese cuerpo enfermo, pero que no le impedirían la muerte y total destrucción.

Tampoco basta el que se trate de sembrar la desunión entre los jefes que componen nuestra junta nacional; los pueblos que, como he dicho, están penetrados de sus intereses y derechos, lo están igualmente de que éste es un ardid miserable de una ruin y artera política; conocen el término funesto de él y así lo detestan en lo general, aunque no falte uno a otro pícaro novelero egoísta que dé oídos a las voces de la falaz seducción.

Los hombres jamás se engañan en lo que deben hacer para ser libres, y pocas veces yerran el camino de conseguir esto don del cielo.

Bien lo ha visto esa capital en la elección de sus diputados y ayuntamiento; nada pudo conseguir el oro de los que intentaron sobornar a la multitud para que eligiese europeos; tampoco recabó cosa alguna todo el influjo del señor obispo de Oaxaca, a pesar del ascendiente que tenía sobre algunos electores eclesiásticos, y de que entre ellos no faltó alguno que quiso preferir su interés individual al de su nación; todo es inútil cuando el pueblo quiere ser libre y substraerse del yugo que lo oprime.

Tampoco crea vuestra excelencia, que los pueblos que afectan estar unidos a ese gobierno lo están de corazón y detestan sinceramente nuestra causa por las exageradas relaciones que les hacen los miserables que les insuflan de robos, incendios y asesinatos que les suponen hacemos; ellos son testigos de los muchos desórdenes que ejecutan las tropas asalariadas del gobierno; y los hombres en cuyos corazones ha grabado el Eterno el amor a la libertad, jamás confunden ni equivocan el modo de conseguirla con la justicia esencial de la causa que defendemos; entro ellos hay muchos ilustrados que les advierten secretamente de esto, y les hacen entender que toda guerra civil es guerra de salvajes en que se multiplican los excesos hasta que se introduce al fin el orden y la disciplina, obra de los tiempos y de la paciencia de sus caudillos, como lo han visto en el señor Morelos...

¡Ah! tema mucho ese gobierno de los que afectan seguir decididamente su causa...

Día vendrá en que proporcionándoseles armas y apoyo se quiten la máscara hipócrita que los encubre, y desarrollando sus ideas se conviertan en tigres que despedacen a sus opresores.

Alto pues señor excelentísimo, llene vuestra excelencia los números de un verdadero padre de la patria; imite en la fortaleza a esos electores de que es hechura digna; anímese de un santo celo por la justicia; haga cara a las asechanzas de la perfidia y hable, en medio de las bayonetas y del terror, el lenguaje de aquel Catón que atronaba al capitolio... La patria está en peligro... Salvémosla...

Estudiemos sus intereses, y seamos tan generosos que salvemos juntamente con ella a muchos hombres que han procurado oprimirla, pues la generosidad americana escribe sus agravios en el agua y sólo se acuerda de ellos para perdonarlos; es tiempo aún; no irritemos al vencedor, ni esperemos a ver cambiada la hermosa México en un desierto espantoso, sus bellos templos en escombros y pavesas... sus calles en corrales de matanza:

Ánimo, repito, y vuestra excelencia propóngase imitar la conducta del sabio ayuntamiento de Buenos Aires, a cuyos buenos oficios debe aquel virreinato no haber sido presa de la codicia inglesa; imite también al de Londres, interesándose de veras ante el trono de Jorge III por la dicha de las colonias americanas disidentes de su metrópoli.

Los que dicen “moriremos antes que rendirnos”, son unos cobardes egoístas, son los primeros que abandonaran las filas de los asesinos en que ahora están colocados; así exclamaban los defensores de Madrid teniendo a Bonaparte a la vista, pero lo decían huyendo; no es tiempo de fanfarronadas, es tiempo de pensar seriamente en salvar la patria, en economizar la sangre (que toda es americana), en sellar los agravios con el perdón y el olvido.

Convoque vuestra excelencia a todas las corporaciones, en uso de las facultades que para ello le dan las ordenanzas antiguas de ciudad, léales esta interpelación, y conferencie sobre ella; obre activamente con el señor Calleja; y si se resistiesen aquéllas y éste a conocer la verdad, hágalo así manifiesto a la América, protestando de su inocencia e inculpabilidad en las desgracias públicas, y deje a nuestras espadas vengadoras que trocen algún día los pechos y sieguen las cabezas de los enemigos de la paz sin misericordia.

Me abstengo de proponer las bases de la conciliación, porque esto está reservado a la suprema junta nacional, y sólo hago esta brevísima excitación a vuestra excelencia en el concepto de elector nombrado por el pueblo de México y con obligación en conciencia de promover su salvación.

Sea yo en buena hora el objeto del menosprecio de sus miserables mandarines y aturdidos europeos; pero la posteridad imparcial me hará justicia, y mi nombre se tomará en boca con el mismo aplauso que nuestros aliados toman el de su Benjamín Franklin; la virtud tiene un carácter imprescriptible que no pende del capricho de los hombres.

Dios guarde a vuestra excelencia muchos años.

Zacatlán, 15 de abril de 1813.

Día de la cena del Señor.

Excelentísimo señor.

Licenciado Carlos María de Bustamante.

Al excelentísimo ayuntamiento de México, congregado con todas las corporaciones y vecinos honrados de la capital.

Otra representación

Excelentísimo señor.

Tengo el honor de participar a vuestra excelencia que el héroe de Acapulco me ha nombrado representante interino por esa ciudad cerca de su majestad, la nación, reunida en el augusto congreso de Chilpancingo.

He admitido tan gravoso empleo con la dulce esperanza de que el señor Dios protector de las buenas intenciones de los hombres me dará las luces necesarias para desempeñarlo, y desde luego lo habría renunciado si la gratitud y obligaciones que debo a ese buen pueblo no me empeñasen en servirlo hasta exhalar en obsequio de su libertad mi último suspiro.

Acompaño a vuestra excelencia la representación que formé en Zacatlán el día de jueves santo, cuya remisión he detenido por ciertas consideraciones de política; reproduzco ahora su contenido, añadiendo que nuestra fuerza se ha duplicado desde la toma de Acapulco tanto la moral como la física, lo que deberá vuestra excelencia tener en consideración, principalmente el crecido armamento recibido por el puerto de Zihuatanejo de los Estados Unidos.

Supongo que oprimido ese cuerpo por las bayonetas del gobierno fingirá y afectará detestar mi nombre condenando este escrito a las llamas como lo hizo Venegas; todo lo preveo, pero esas acciones de farsa y pantomímicas que seguramente degradarán a V. E., en nada podrán mancillar mi reputación, ni impedir la marcha majestuosa que me prescriben las obligaciones de hombre de bien y de interesado en salvar la patria.

Dios guarde a vuestra excelencia muchos años.

Oaxaca, octubre 4 de 1813.

Año cuarto de nuestra revolución.

Excelentísimo señor.

Licenciado Carlos María de Bustamante.

En la Imprenta Nacional del Sur.

Fuente:

José María Morelos y Pavón. Documentos de su vida y lucha revolucionaria. Tomo VI. Congreso de Chilpancingo. 1813. Segunda parte. En la insurgencia. Centro de Investigaciones y Ediciones Históricas, A. C. Universidad Autónoma Metropolitana, Unidad Azcapotzalco. Secretaría de Cultura de Michoacán. Universidad Autónoma Benito Juárez de Oaxaca. Investigación, selección, arreglo, revisión y notas de: Héctor Cuauhtémoc Hernández Silva y María del Carmen Berdejo Bravo. CD ROM. México, Primera edición electrónica, 2012.