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Siglo XIX > 1810-1819 > 1813

Correo Americano del Sur, número XXXI.
Miércoles 29 de septiembre de 1813.

Año cuarto de nuestra gloriosa insurrección

[Noticias sobre las revoluciones en América del Sur]

El virrey (que se dice de México), ocupado siempre en alucinar a los que tienen la debilidad de creerlo, ha procurado insertar en sus Gacetas varios partes de las del Perú, para manifestar que las armas españolas están triunfantes, así en aquella como en esta América, y que no nos queda ya otro arbitrio que echarnos en sus brazos a implorar su misericordia.

Cuando se tomó la isla Roqueta de Acapulco por las armas del Héroe del Sur, se encontraron en ella diversos papeles y partes originales del Perú que manifiestan lo contrario, y creemos de nuestra obligación deber insertarlos para que los gachupines conozcan que la mano del señor pesa igualmente sobre ellos en todas partes para castigo de su orgullo, crueldad, soberbia, ambición, despotismo e inmoralidad.

Lean pues en comprobación de esta verdad importante los siguientes partes, comenzando por el del presidente de Quito don Toribio Montes datado en Guayaquil (dos días después de la toma de Oaxaca) a 17 de noviembre de 1812, que dirigía al virrey de México pidiéndole socorro, y agradézcanos éste el comedimiento que tenemos de pasarlo a sus manos ya impreso, entendido de que fue interceptado éste cuando caminaba por veredas extraviadas y llegó su original a Acapulco en el bergantín Guadalupita; dice así:

Excelentísimo señor.

Obligado a huir de la canalla, [Ver Nota 1] no he tenido más arbitrio que subir a lo más alto de la cordillera por las inmediaciones a los volcanes de Ninahuillca y Pichincha, haciendo jornadas de tres días sin víveres, y por tierra despoblada, oyendo a tiro de fusil los bramidos del Cotopagsi, cuyo peso supera en mucho al de los Alpes; esta marcha forzosa hija de la necesidad, asombró tanto a los insurgentes que dejaron libre a Quito haciendo retirada por la villa de Ybarra, y así entraron por fin las tropas de S. M. el día 8 del corriente.

Cuando esperábamos por este suceso comenzar a recobrar las provincias perdidas, nos hallamos el día 12 con Quito cercado por la multitud innumerable de bandidos que de mala fe y con doble intención nos dejaron entrar a dicha capital.

En el mismo día como a las ocho de la mañana rompieron su fuego sin tomar punto señalado, y su dilación fue solamente para que acabaran de llegar los pelotones o manadas que como lobos carniceros se dejaban ver por todas partes.

Valiéronse de los medios más inicuos, arrojando cohetes con dardos envenenados, granadas de obús y de mano, con púas largas de medio palmo, rompiendo paredes para huir de nuestra artillería, saltando azoteas y tejados, y volando, en fin, con barriles de pólvora algunas casas principales por las que dejaban un flanco a su cerco. [Ver Nota 2]

A vista de un suceso no esperado, determiné salir por dicho flanco luego que cerró la noche con la poca tropa que me quedó, porque de tres mil y doscientos, apenas se salvaría el pico, quedando los tres mil honrosamente muertos y heridos en defensa de los derechos su soberano. [Ver Nota 3]

Si vuestra excelencia no me auxilia con cuanta tropa y armas sea posible se acaba de perder este hermosísimo continente, [Ver Nota 4] sirviéndole de gobierno que acá no han venido tropas peninsulares, y que no me faltan víveres y algunos reales para mantener las que puedan venir, cuyas primeras armadas espero [Ver Nota 5] en los bergantines Guadalupe, Lucero y San Carlos, que desembarcarán en esta ría de Guayaquil, donde quedo reponiéndome de un descalabro tan sensible.

Dios guarde a vuestra excelencia muchos años.

Ría y noviembre 17 de 1812.

Excelentísimo señor.

Toribio Montes.

Señor virrey de N. E.

Parte dado por el comandante don Juan de Ymaz al mariscal don José Manuel de Goyeneche en Vaca a 24 de mayo de 1812.

Es imposible ya contrarrestar a las fuerzas de los rebeldes en este reino sin esperanza de tropas peninsulares que nos auxilien, pues según las Gacetas nos instruyen, se dirigen a México las pocas que podían venir y nos habían prometido, por el incremento que ha tomado la insurrección en la Nueva España; sólo me consuela que no sólo yo sino todos los demás comandantes hemos perdido las acciones no por impericia sino por falta de fuerza y verdad... en los planes de ataques.

A vuestra señoría le informaron esta vez que los cochabambinos mandados por el rebelde Arce y situados en el alto del Queñual eran cuatrocientos mal armados, y por consiguiente podía yo destruirlos con trescientos infantes y sesenta caballos; cumplí la orden saliendo a las cuatro de la mañana de este día del campo de Pocona, llegando al amanecer a la cumbre; pero cuando volví mis ojos a la retaguardia me hallé cercado de más de cuatro mil insurgentes, los más de ellos con fusil en mano, aunque solo hacían fuego los de la derecha.

En el alto quedó toda mi división por tierra, sin escapar ni la caballería, que por la subida estaba totalmente fatigada; se perdieron los tres cañones volantes, con todos los pertrechos, y sólo pudo escapar yo con un soldado por habernos confundido en medio de la chusma por razón del vestuario, fingiéndonos compañeros y manifestándoles la herida del soldado en un brazo y la mía en el muslo derecho de la que no tengo esperanza de vivir.

El teniente coronel don Felipe Hera corrió sin duda la misma suerte que los demás, aunque puede haber escapado por el bosque.

Yo soy ingenuo, y aunque me cueste la vida no dejaré de repetir a vuestra señoría que las partidas de guerrilla son buenas al abrigo de un ejército que les sirva de centro, porque solas o en desfiladeros, o ya en tierra plana, son sitiadas, alcanzadas y perdidas.

Dios guarde a vuestra señoría muchos años.

Vaca y mayo 24 de 1812.

Juan de Ymaz.

Señor don José Manuel de Goyeneche.

Otro al mismo general de don Gerónimo Barrón y Lombera datado en Caraza a 28 de mayo de 1812.

La incertidumbre del punto en que vuestra señoría se halla me hace aventurar el parte que no puedo dejar de poner en noticia de V. S., cuya existencia nos importa. Conforme a las órdenes de V. S., reduje a cenizas el pueblo de Zacaca; pero apenas lo ejecuté cuando me hallé cercado de más de doce mil cochabambinos con bastante fusilería y sus cañones de estaño.

La sed insaciable que estos rebeldes tienen de la sangre de los que llaman gachupines, la manifestaron en presencia de Dios y de los hombres descargando su furia sobre la corta pero honrada división que tenía el honor de mandar.

El vil insurgente Zenteno rompió su fuego con ocho cañones por la derecha, y saliendo el cabecilla Terrazas de una emboscada por la izquierda formó con aquel un triángulo, en el que teniendo a mi división presente a ésta recocían sus fuegos sin que ellos pudieran ofenderse.

Yo no sé donde aprendieron los malvados evoluciones tan extraordinarias; gritaba la canalla que no se hicieran prisioneros los gachupines sino que los mataran y echaran al fuego del pueblo que estaba ardiendo, como si la quema fuera tan injusta.

ACABÓ, EN FIN, MI DIVISIÓN, pero yo que todo lo presencié me pude abrir camino por entre la chusma con diez soldados de caballería haciéndoles mayor número de muertos y heridos, entre los cuales vi caer a su comandante de artillería Zenteno, por el que sin duda me persiguieron incesantemente dos días con sus noches hasta matarme cinco de los diez soldados que saqué de setecientos cincuenta que componían mi división, y todo el resto fue objeto de su furor, pues según noticias a ninguno perdonaron la vida sin embargo de que muchos eran paisanos, pero también es cierto que ninguno se rindió, cuya constancia y fidelidad a la religión y al rey es digna de eternos monumentos.

Dios guarde a V. S. muchos años.

Caraza, 23 de mayo de 1812.

Gerónimo Barrón y Lombera.

Señor don José Manuel Goyeneche.

Sigue el Sat patriae... datum

(véase el número 26)

Si las cortes iban a formar una constitución para un pueblo soberano debían dar parte proporcional en su formación a todos los individuos de este pueblo, y mucho más a los que se hallaban libres de franceses, como sucedía a las provincias de ultramar.

Ahora bien: o el pueblo español tenía doble soberanía que el pueblo americano, o éste último no está obligado a recibir la constitución que han votado ciento treinta diputados españoles y cincuenta y un americanos, de los cuales muchos eran recusados positivamente por los mismos pueblos a cuyo nombre firmaban.

El pueblo americano no tenía más lazos con el pueblo español que la soberanía que había reconocido en los reyes conquistadores de aquellos países.

Mudadas por las cortes las bases de la sociedad española, y despojados los reyes de la soberanía que ejercían cuando conquistaron aquellos reinos, la asociación de estos pueblos con los de España para formar un pueblo soberano es absolutamente voluntaria y no hay título alguno para forzarlos a ella.

Este es el estado de la cuestión en cuanto al derecho que las cortes tienen para hacer la guerra a los americanos disidentes; y no digo el saber de las cortes, pero ni todo el de Europa puede darle mejor colorido, a no ser que se destruyan todos los títulos de autoridad que ellas mismas han reconocido solemnemente.

La bondad y equidad de la constitución no tiene que ver con la justicia de la guerra que se hace a los que no quieren admitirla.

José Napoleón pudiera justificar con igual título la destrucción de España.

Aquí tenéis, podría decirles, la constitución de Bayona, que a mi parecer es la mejor del mundo y que además fue aprobada y jurada por nuestros conciudadanos a quienes yo nombré para que os representasen.

Sed fieles con ella, o si no os obligaré con las armas.

Id enhoramala vos y vuestra constitución, le dicen con mucha razón los españoles.

¿Os dimos nosotros comisión de hacerla o de nombrar diputados que la jurasen?...

Pero la constitución es excelente… Guardadla pues para vos y los vuestros.

Lo mismo, y con la misma razón, dicen los americanos.

Esto es en cuanto a los títulos para hacer la guerra en cuanto a la conveniencia política de hacerla y seguirla, o es menester llenar un libro, o reducir el punto a una palabra: España, que no tiene medios para defenderse a sí misma, está consumiéndose para sostener una guerra injusta; una guerra que la priva de grandes auxilios y medios; una guerra que cuando menos es infinitamente dudosa en su éxito, y que aunque termine en favor suyo, no puede producirle más bienes reales que los que una conciliación pudiera traerle desde ahora.

(Se continuará)

En la Imprenta Nacional del Sur.

Fuente:

José María Morelos y Pavón. Documentos de su vida y lucha revolucionaria. Tomo VI. Congreso de Chilpancingo. 1813. Segunda parte. En la insurgencia. Centro de Investigaciones y Ediciones Históricas, A. C. Universidad Autónoma Metropolitana, Unidad Azcapotzalco. Secretaría de Cultura de Michoacán. Universidad Autónoma Benito Juárez de Oaxaca. Investigación, selección, arreglo, revisión y notas de: Héctor Cuauhtémoc Hernández Silva y María del Carmen Berdejo Bravo. CD ROM. México, Primera edición electrónica, 2012.

Notas:

1. Huir... ¿Qué es huir un comandante español, cuando en diciendo español todas las naciones tiemblan?

Sea por Dios, tal anda el mundo; esto no entró en el calealo [sic, ¿calepino?] de los Almagros, Corteses, Pizarros y Alvarados, esperamos igual confesión... y algo más, del gran Calleja.

2. Sobre que son el mismo diablo los insurgentes, siempre pelean de mala fe, ¿y los gachupines?...

Dígalo su corifeo.

3. La buena causa gachupinesca los habrá salvado sin duda ¿No es verdad padre Bringas?

Habrán entrado en el cielo vestidos y calzados.

4. “Por no quitarle a usted el oficio no salgo yo por la otra puerta”, decía un pobrete a otro en el mesón del Cristo de Puebla cuando le pedía limosna.

5. Espera hijo, espera, te quedarás con la gana, no estamos en los dichosos tiempos de la conquista en que el virrey de México socorría al de Lima; ya no se atan los perros con longanizas; los que se escandalizaren de semejante pérdida en Quito, acuérdense de que cuatro mil víctimas sacrificó en aquella infeliz ciudad Goyeneche cuando su primera conmoción; acuérdense de que Dios es justo, y de que quien a espada mata a espada ha de morir.

¡Oh!, si nuestros asesinos hubiesen tenido presente esta verdad, que diversa conducta habría observado.