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Correo Americano del Sur, número XXVIII.
Jueves 2 de septiembre de 1813.

Año tercero de nuestra gloriosa insurrección

Sigue la Representación de la diputación americana a las cortes de España

¿Serán (los americanos) tan orgullosos que por no depender de la península habrán querido gobernarse por sí mismos?

Su humanidad es notoria, hasta tocar en abatimiento, y jamás han visto a la nación española como una nación distinta de ellos, gloriándose siempre con el nombre de españoles y amando a la península con aquella ternura que expresa el dulce epíteto de madre patria, que jamás se ha caído de sus labios.

¿Serán por último tan ambiciosos, que por obtener sólo ellos los empleos de su país intenten la separación?

Pero a más de ser esta contraria a los designios de ambición, pues los excluía de los puestos de la península, es bien sabida su moderación y acaban de manifestarla por medio de sus representantes, pidiendo solamente la mitad de sus empleos para que la otra mitad quedase a los europeos, a quienes siempre han preferido colocándolos ellos mismos en los destinos que penden de su mano, partiendo con ellos sus caudales, dándoles a sus hijas y hermanas para enlazarse con ellos, auxiliándolos en todo y profesándoles tan sobresaliente estimación que la cualidad de europeo ha sido hasta ahora la que más ha recomendado a un hombre para con el público de América.

Siendo esto así, como lo es en efecto, ¿a qué otro principio podrá atribuirse la disensión sino al mal gobierno?

Su opresión, creciendo de día en día, ha alejado del corazón de los americanos la esperanza de reforma y engendrado el deseo de independencia como único remedio.

Ha ido acopiando un material combustible que por fin se ha inflamado con la más ligera chispa y ha reventado la mina.

La opresión, sin duda, es el primer eslabón de la cadena de principios que han producido este efecto; pero, después de haberlos explicado, es preciso hacer otro registro de ellos para valuarlos y pesarlos, lo que es también muy importante.

Bajo ese aspecto se presentan a la vista los americanos como delincuentes, que deseando separarse de la obediencia de la madre patria se han valido de la coyuntura de sus achaques para rebelarse contra ella con cualquiera ocasión ligera y sirviéndose de especiosos pretextos que no pasan de tales.

Examinemos pues, fondeemos la materia, registremos escrupulosamente cada uno de los principios, porque el error más pequeño nos va a decir la pérdida de uno o muchos reinos, cuando no sean todos los de ultramar.

El concepto de que sucumbía la península, y se dijo antes, era inculpable, pues lo inducían necesariamente las noticias de sus pérdidas y situación.

Sentada esta base era prudencia impedir el cáncer que podía cundir a la América formándose un gobierno que velase sobre su seguridad, así como se ejecutó en las provincias europeas, en las que igualmente fueron depuestas las autoridades que la contradecían. [Ver Nota 1]

A la eficacia con que persuade el ejemplo se agregaron los escritos que salían en la península, y que volando al otro lado de los mares estimulaban a abrazar aquel partido, induciendo también algunos de ellos desconfianza del gobierno.

¿Qué apoyo, qué material no ministraban una de las representaciones la junta de Valencia, la proclama de la de Cádiz, el papel del marqués de la Romana [Ver Nota 2] y otros que se omiten?

Pero es preciso citar a la letra las palabras del sólido dictamen de don Gaspar Jovellanos presentado a la junta central en 7 de octubre de 1808, en el que en la segunda proposición de las que establece como principio, dice: “que cuando un pueblo siente el inminente peligro de la sociedad de que es miembro, y conoce sobornados o esclavizados los administradores de la autoridad que debía regirle y defenderle, entra naturalmente en la necesidad de defenderse, y por consiguiente adquiere un derecho extraordinario y legítimo de insurrección”.

En los pueblos de América el temor de ser entregados a los franceses era gravísimo y fundado.

Los gobernantes eran europeos, de quienes no podía creerse renunciasen del amor a su patria y del trato y comunicación con sus padres, hermanos, parientes y amigos existentes en España, rompiendo todos los enlaces, como era forzoso, si sujetándose ésta al yugo francés no se sujetasen también aquellos pueblos.

Muchos de los mismos jefes y otros europeos proferían a las claras que la América debía seguir la suerte de la península y obedecer a Bonaparte si ella le obedecía.

A esta ocasión común a todas las provincias, y que obró en Caracas la revolución, se añadió en Buenos Aires la circunstancia de comunicar su virrey la invasión de Andalucía como un golpe decisivo, permitiendo al pueblo formarse su congreso, como en efecto lo ejecutó, instalando una junta que lo gobernase.

Se agregaron a las funestas noticias los malos tratamientos e insultos, ya de los jefes, como en Quito, Socorro, y Chile, ya de los particulares, como en Santa Fe, y ya de unos y otros, y del gobierno mismo, como en México.

Es digno de notarse que estos tratamientos comenzaron por parte de los europeos contra los americanos.

En ningún punto comenzó la conmoción porque algún americano insultase a los europeos, sino más bien al contrario.

En todas partes se prendía y procesaba a los americanos que se explicaban desafectos a los europeos, y en ninguna se prendió a un solo europeo de los muchos que insultaban a los americanos hasta en las plazas públicas.

En aquéllos sólo era delito mostrarse afectos a los criollos o condolidos de su opresión; y por esto únicamente se les prendía, aunque fuesen los más condecorados, como un virrey.

Se hacían continuas remesas de reos americanos a la península, en donde se absolvían, lo que prueba el atropellamiento con que se les había procesado. [Ver Nota 3]

En una palabra, la sangre de los americanos se derramaba impunemente y con profusión; y no ha corrido una gota de europea, que no haya sido en defensa, o cuando menos represalia de los ríos de la primera, y a la que ésta no haya acompañado vertiéndose en su auxilio.

Las calles del Socorro en el nuevo reino de Granada, los campos de Córdoba en el de Buenos Aires, el monte de las Cruces, campo de Aculco, Puente Calderón, ciudad de Guanajuato, con otros mil sitios en el de México, han sido el teatro de estas escenas, sin recordar la de Quito, sobra la cual es preciso echar prontamente un velo para no horrorizar a la humanidad. Basta haberlas indicado para el conocimiento que se pretende, y sólo añadiremos que en México fueron premiados por el gobierno supremo los autores de la facción que insultó a los naturales del reino; origen de la insurrección.

Se infiere de todo que aun culpando a los americanos por el deseo de independencia no se les puede culpar por la ocasión del rompimiento cuando ella de suyo lo provoca aun sin aquel deseo.

O digamos a lo menos, si hemos de hablar con imparcialidad, que semejantes incidentes si no los disculpan del todo disminuyen mucha parte del exceso con que se les acrimina.

Porque querer que un hombre diga y vea a sangre fría sus injurias, y no repela con la fuerza la de quien lo invade, es pedir una virtud superior aun al heroísmo.

En cuanto a los pretextos para conocer si son puramente tales, o hay en ellos alguna sinceridad, deben hacerse las siguientes reflexiones:

1. Que son uniformes, esto es, unos mismos en todas partes.

2. Que son unísonos u originales, esto es, que no hay en una provincia ecos o plagios de otra, sino que cada una los ha producido por sí misma sin comunicarse con las demás ni aprenderlos de ellas.

3. Que son verosímiles, o de tal aspecto, que no es fácil convencerlos de malignos aunque tal vez lo sean.

4. Que son conformes a las máximas, cuya observancia podría exigírseles, o por cuya infracción únicamente podía condenárseles.

La uniformidad de los pretextos es constante y se persuade también fácilmente que son originales, pues casi a un mismo tiempo se vaciaron en diversas provincias, como Caracas y Buenos Aires, y los insurgentes de México ni noticia podían tener de lo que se alegaba en aquéllas porque las impidió el gobierno.

Una y otra circunstancia son indicios de sinceridad, porque era mucha contingencia que obrando de malicia, la cual es muy varia en sus cavilaciones, se explicasen como de concierto las provincias que no se habían acordado ni comunicado.

La verosimilitud está a la vista, porque los pretextos son de temor de caer bajo la dominación de Bonaparte, tratar de su propia seguridad, conservar aquellas posesiones de Fernando VII y preparar un asilo a sus hermanos que huían de la tiranía de Napoleón; y todo esto si no fuere verdad tiene toda la apariencia de ella.

Era muy natural temer en las Américas el yugo francés, caso de sucumbir la península con la que están enlazadas; lo era, igualmente, y lo dictaba la prudencia, el procurar evitarlo tratando de su propia seguridad; y no pueden convencerse de malignos estos designios cuando reconocían y juraban a Fernando VII y ofrecían un asilo a los españoles europeos que pudieran emigrar.

No carecen tampoco de fundamento ni se contrarían a los principios porque debían gobernarse.

Ya se dijo antes lo que apoyaba el temor de ser entregados a los franceses por sus gobernantes y demás europeos residentes allí, y lo apoyaban de parte del gobierno de la península los escritos que en ella salían, inductivos a su descrédito y que recaían sobre aquellas órdenes primitivas para reconocer la regencia del duque de Berg.

El tratar de su propia seguridad, gobernarse por sí, sobre fundarse en razón, estribaba también en el ejemplo de Andalucía, Asturias y otros puntos de la península que ejecutaron lo mismo cuando vieron ocupadas las Castillas, instaladas juntas en Sevilla, Oviedo, etc.

Sobre todo ¿qué más se les podía exigir, sojuzgada España, como ellos creían, que reconocer al rey a quien juraron, y la fraternidad con los europeos, a los que prometen acogida?

El influjo de los franceses es falso, no porque ellos hayan dejado de intentarlo, sino porque no ha surtido efecto.

Bonaparte se ha valido de aquellos españoles en calidad de sus agentes para atraer a sí a las Américas; pero éstas, unánimemente sordas a la voz a pesar de las promesas halagüeñas que la acompañan, han quemado por mano de verdugo sus proclamas, han ajusticiado a los agentes que han habido a las manos, y han detestado al gobierno de que proceden.

(Se continuará)

En la Imprenta Nacional del Sur.

Fuente:

José María Morelos y Pavón. Documentos de su vida y lucha revolucionaria. Tomo VI. Congreso de Chilpancingo. 1813. Segunda parte. En la insurgencia. Centro de Investigaciones y Ediciones Históricas, A. C. Universidad Autónoma Metropolitana, Unidad Azcapotzalco. Secretaría de Cultura de Michoacán. Universidad Autónoma Benito Juárez de Oaxaca. Investigación, selección, arreglo, revisión y notas de: Héctor Cuauhtémoc Hernández Silva y María del Carmen Berdejo Bravo. CD ROM. México, Primera edición electrónica, 2012.

Notas:

1. He aquí el crimen que cometió el virrey Iturrigaray: haber intentado plantear este gobierno a imitación de las juntas de España. El fundamento de su lealtad se tuvo por la causa averiguada de su traición. ¡Bárbaros gachupines!

2. En la causa del padre Domingo, lector de Santiago Tlatelolco de México, procesado por infidente, alegué ante el señor arzobispo virrey que las malas nuevas de España y este papel principalmente había obligado al reo a expresarse de un modo que inducía el concepto que indicaba a semejantes producciones que debían recogerse; pero corrían impunes por ser de gachupines.

3. En la causa de don Antonio Calleja, remitido a España bajo partida de registro por el alcalde de corte, don Juan Collado, declaró el consejo de Castilla que no había en ella ni sombra de delito y se le pagaron las costas, condenándose en ellas a los fiscales Borbón, Sagarzurrieta y Robledo, sus acusadores; único rasgo de justicia que vimos en los magistrados españoles.